Meditación.
2. Adán y Cristo.
Meditación de ROM. 5, 12-19.
¿Cómo es posible que toda la humanidad haya sido culpada de la desobediencia a Dios de Adán y Eva? Independientemente de que pensemos que la historia del pecado original es real o imaginaria, y de que pensemos que el pecado de origen no se nos transmitió, dado que el mismo no es más que el intento de explicar la aparición del mal en el mundo, estamos hechos del mismo barro con que Dios creó a Adán, por lo que somos sus descendientes, y somos tentados para que aprendamos a superar las seducciones del demonio, con el fin de que crezcamos espiritualmente. Si Jesús no hubiera iniciado el proceso de nuestra redención, nuestros pecados nos condenarían. Dado que sabemos que Dios nos ama, somos conscientes de que no necesitamos ser tratados con imparcialidad, sino con el amor misericordioso de Nuestro Dios Uno y Trino.
El cumplimiento de la Ley divina nos atrae la salvación, en el sentido de que nos insta a ser purificados y santificados. El incumplimiento de la voluntad divina, por ser pecaminoso, nos atrae la muerte. Aunque la gente moría antes de que existiera la Ley mosaica, la misma nos hace conscientes de nuestros pecados si no la cumplimos adaptándola al punto de vista que Jesús tiene de la misma. La Ley nos ayuda a percatarnos de cómo ofendemos a Dios si la incumplimos, y nos recuerda la necesidad que tenemos de sentir que somos objeto del amor misericordioso de Nuestro Padre común.
El pecado nos hace diferenciar entre lo que éramos cuando Dios creó a Adán y lo que somos después de haber experimentado el sufrimiento, el trabajo y la muerte. Dado que la Ley nos hace responsables de los pecados que cometemos cuando la incumplimos, necesitamos ampararnos en Jesús, de quien esperamos que culmine nuestra redención.
Adán es el representante de la humanidad creada, y Cristo es el representante de la humanidad redimida. La humanidad creada es la representación del pecado, y la humanidad redimida es la representación del pueblo de Dios, libre de su natural imperfección.
Aunque somos descendientes de Adán, y por tanto semejantes a nuestro ancestro respecto del hecho de que somos libres para incumplir la voluntad divina, gracias a Nuestro Redentor, podemos cambiar la condenación que merecemos por no cumplir puntualmente la Ley, por el juicio de Aquel que, porque nos ama, nos evitará el castigo digno de quienes rechazan el cumplimiento literal de sus preceptos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.
Meditación.
Introducción.
Dios creó a nuestros primeros padres, y los dotó con dones preternaturales, para que no sucumbieran ante la enfermedad y el pecado. Adán y Eva eran felices, pero, habiendo sido creados para alcanzar la máxima glorificación, se expusieron a asumir la muerte, al conocer el mal, con el fin de ser iguales a Dios. A diferencia de Adán y Eva, nosotros no fuimos dotados preternaturalmente, pero queremos ser purificados al superar la adversidad que atañe a nuestras vidas, porque anhelamos la santidad, pues, al igual que nuestros primeros antecesores, también queremos ser como Nuestro Criador.
Durante los años que hemos vivido, hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Dios, unas veces sin quererlo, pero, otras veces, quizás hemos pecado sabiendo que hemos hecho lo que Nuestro Padre común detesta. Al hacer el propósito de reparar el daño que hemos hecho si hemos pecado, vamos a pedirle a Nuestro Señor que renueve nuestro espíritu, para que algún día podamos parecernos a Jesús.
Dios es justo, y, su amor, supera su justicia. Esta certeza, es, pues, la que nos asegura el perdón de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. San Juan escribió en su Evangelio unas palabras, a la luz de las cuales, podemos interpretar la segunda lectura de hoy (JN. 3, 16). Adán pecó, y todos hemos pecado. Adán murió, y todos moriremos. Cristo resucitó, y, por ello, todos resucitaremos cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
En el Evangelio de hoy, San Mateo nos narra brevemente el episodio de las tentaciones de Jesús, un relato en que el demonio le dice al Mesías que viva como si no creyera en Nuestro Padre común, pero, Jesús, rechazará la existencia de su vida sin fe y por ende sin sentido, pues no quiere prescindir de las raíces espirituales que, al no ser entendidas por sus adversarios religioso-políticos, más tarde, le conducirán a la muerte.
Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se retirará al desierto para relacionarse íntimamente con Dios, aunque quizá sin saber que ello le hará conocer las entrañas del hombre, para buscar un camino idóneo para que, después de recorrerlo, nos encontremos con Nuestro Padre común.
1. Podemos ver el episodio del pecado original como un relato en que el hombre desobedeció a Dios, pero también podemos verlo de una forma más positiva. Dios creó un huerto paradisíaco en el que Adán y Eva no trabajaban por necesidad, sino por placer. Aparentemente ellos sólo tenían que desear que acabara el tiempo que Dios les había impuesto para que se probaran su fidelidad a Él ante ellos mismos, dado que, el Creador, sabía lo que sucedería con ellos y con nosotros. Adán y Eva, sin pasar por el conocimiento del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte, podrían haber alcanzado la suma perfección divina, pero, obedeciendo a nuestra impaciencia natural, ellos quisieron conocer el misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal, a pesar de que ello significaba que habrían de ser vulnerables, pues serían víctimas del padecimiento y la muerte. Personalmente pienso que este episodio puede ser comparable a la vivencia de un estudiante al que se le dice: no estudies, y te evitarás muchos dolores de cabeza. El estudiante hace caso omiso de ese aviso y sigue estudiando, porque, a pesar del sacrificio que ello lleva impreso, es consciente de que, al concluir su ciclo formativo, podrá optar a un puesto de trabajo que le aportará beneficios económicos y una gran satisfacción al contribuir el mismo a su realización personal. Pienso que vivimos en una sociedad en la que tenemos una fuerte tendencia a proteger a nuestros seres queridos, por consiguiente, los padres que les conceden todos sus deseos a sus descendientes, hacen de los mismos grandes egoístas, incapaces de sensibilizarse del dolor y las carencias de sus prójimos. Adán y Eva debieron aprender una gran lección a partir de aquella experiencia, así pues, a pesar de que fueron expulsados del Paraíso hasta que fueron purificados por la experiencia que tanto anhelaban, él pensó que Eva era la madre de la vida, tuvieron hijos, e intentaron ser felices, a la luz del cumplimiento de la voluntad de Dios.
2. "Cuanto más creció el pecado (en el mundo, en nuestras vidas), más abundante fue la gracia de Dios" (ROM. 5, 20). La Cuaresma se caracteriza por los sacrificios que todos podemos llevar a cabo en un determinado momento para alcanzar el perdón de Dios. Muchos de nuestros hermanos, vivirán algunas procesiones de Semana Santa, caminando descalzos, con sus cirios encendidos, pidiéndoles a Jesús y a María que les quiten algunas enfermedades graves a sus prójimos, y, para que se les conceda su petición, se ofrecerán voluntariamente para que las citadas enfermedades caigan sobre ellos. Yo quisiera deciros que no hagáis esto sin ánimo de ofenderos, porque, Nuestro Padre común, dispone de dádivas para tener una buena salud Él mismo, puede sanar a nuestros prójimos, y puede curarnos a nosotros cuando lo estime oportuno, por tanto, en vez de ofrecernos como víctimas para sufrir enfermedades que en el caso de afectarnos sólo nos harían sufrir, vamos a hacer que sobreabunde la abundancia divina donde abunda la miseria humana, ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Me ha venido otra vez a la mente el proteccionismo excesivo con que muchos padres tratan a sus hijos, porque, estoy pensando en la grandeza del amor de Dios, que, al amarnos más de lo que jamás nos han amado y de lo que nos amarán en el futuro, es capaz de dejar que recibamos todos los golpes que necesitamos recibir para ser purificados, con tal de no coartar el uso que hacemos de nuestra libertad.
Hace tiempo conocí a una mujer que protestaba constantemente porque no se sentía valorada por sus compañeros de trabajo, de los que siempre decía que la trataban injustamente, siendo ella cuidadosa y muy puntual para satisfacer las necesidades que los tales tenían. No sé cuál era la actitud de los compañeros de trabajo de la mujer de la que os estoy hablando, pero estoy seguro de que ella, recibiendo -o sin recibir- manifestaciones de aprecio de sus compañeros, era incapaz de enumerar diez de las virtudes que tenía.
3. San Mateo nos dice en su Evangelio que, cuando Jesús fue bautizado, "fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (MT. 4, 1). Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús quiso relacionarse estrechamente con Dios, para someterse a la voluntad de Nuestro Padre común. El Espíritu Santo premió el deseo del Señor de crecer espiritualmente, así pues, a través del duro episodio de las tentaciones, el Mesías aprendió a compadecerse de nosotros, según las palabras del Sagrado Hagiógrafo (HEB. 2, 18). Al adquirir la experiencia del conocimiento del poder, el prestigio y la riqueza, y al conocer el sufrimiento, Jesús puede compadecerse de nuestra fragilidad, porque Él mismo experimentó nuestra debilidad. En la biblia se nos sigue instruyendo (HEB. 4, 15).
En su empeño de demostrar la fragilidad del Mesías, el autor de la Carta a los Hebreos les transmitió a sus lectores el siguiente mensaje: (HEB. 5, 7-10).
4. San Mateo nos dice en el Evangelio de hoy que, "después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, Jesús tuvo hambre" (MT. 4, 2). Desde un punto de vista estrictamente espiritual, si pensamos que Jesús fue dotado por Dios con dones especiales, podemos creer que el Hijo de María ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, pero, si Nuestro Señor era un hombre semejante a nosotros, debemos creer que se alimentó a base de hierbas. Jesús se retiró del mundo como lo han hecho muchos religiosos de diversas confesiones a lo largo de la Historia para encontrarse con la Suma Divinidad. Recuerdo que hace varios años hice unos ejercicios espirituales para jóvenes en los que lo pasé muy mal, porque, al ni siquiera contar con una Biblia en Braille, y al estar todos mis compañeros en actitud silente, no podía soportar aquella quietud. Tres días tardé en encontrar la paz. Jesús debió sufrir mucho sin alimentarse debidamente, recordando la muerte de José, la soledad de María, las miserias del mundo, la política romana basada en la tortura y las crucifixiones masivas, el terrorismo de los celotes, la hipocresía de la clase religiosa gobernante en Palestina en aquel tiempo... Jesús oraba para que el Dios que permanecía en silencio le resolviera sus dudas, pero Él cada día estaba más débil, y, quizás tenía la sensación de que Dios lo abandonaba más, como si lo estuviera preparando para ser martirizado tres años después.
5. En el libro del Deuteronomio se encuentra el siguiente texto que puede ser aplicado a los años que hemos vivido y a nuestra experiencia vital, por consiguiente, Dios nos dice: (DT. 8, 1-3).
(MT. 4, 3-4). ¿Qué significa esta tentación con que Satanás intentó apartar a Jesús de su propósito divino? El mundo necesita pruebas que evidencien la existencia de Dios. Todos tenemos esas pruebas, así pues, Nuestro Padre común nos alimenta, nos cuida, nos da el aire que necesitamos para respirar, y otras muchas dádivas que no valoramos.
Si seguimos meditando el texto del Deuteronomio con que iniciamos la meditación de la primera tentación que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, podemos encontrar las siguientes palabras: (DT. 8, 4). El mundo está lleno de pobres, enfermos y afligidos, y, nosotros, en vez de saciar a los hambrientos, sanar a los enfermos y consolar a los afligidos, queremos que Dios nos haga todo el trabajo que podemos hacer con los medios que Nuestro Padre común nos ha dotado.
Todos podemos hacer milagros en conformidad con nuestra fe, y necesitamos que Dios haga lo que nosotros no podemos hacer, pero nos gusta mucho la vida regalada. Cada día son más los jóvenes que abandonan sus estudios, y, en lugar de buscar trabajo, se dedican a vivir a expensas de sus padres, sin preocuparse de la situación económica de ellos, pensando únicamente en divertirse. Dios no nos concederá nunca una vida fácil, porque, el hecho de purificarnos y santificarnos, requiere de nosotros el esfuerzo de superar la adversidad, con la eficaz ayuda de Dios, así pues, esta es, precisamente, la razón por la que Dios permanece en silencio ante el hambre, las enfermedades, y las demás manifestaciones de la miseria. Si Dios nos diera todo lo que necesitamos, y no tuviéramos que aprender a luchar para superar nuestras carencias, no tardaría mucho tiempo en llegar el día en que seríamos caprichosos y desagradecidos para con Él, porque no valoraríamos, ni su misericordia, ni el sufrimiento que nos ha costado nuestra purificación. Probad a educar a un niño concediéndole todos sus deseos, evitadle el hecho de veros sufriendo y cansados por causa de sus carencias, y veréis cómo os explota, sin la intención de abusar de vosotros con maldad, pues adquirirá el hábito de utilizaros a su antojo. Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a buscar el placer inmediato, porque hemos sido creados para alcanzar la suma perfección, pero no por ello hemos de olvidarnos de vivir cumpliendo la voluntad de Dios constantemente.
Ciertamente la vida difícil de los cristianos es dura, pero, cuando flaqueen nuestras relaciones con nuestros cónyuges, nuestros hijos, o con otros seres queridos, cuando tengamos carencias y nos sintamos débiles, diremos con el Salmista en estado de recogimiento interior las palabras contenidas en el SAL. 17, 8, y Dios siempre estará con nosotros, apoyándonos en todas las actividades que emprendamos, aunque el pesimismo arraigado en nuestro corazón no nos permita percatarnos de ello.
Satanás le propuso a Jesús que se convirtiera en nuestro ídolo al satisfacer nuestras carencias y caprichos. ¿Por qué hizo el Señor caso omiso a las palabras del tentador? ¿Ignoraba Jesús que nos pondríamos a su servicio si nos diera instantáneamente todo lo que le pidiéramos? Jesús le dijo al demonio que el materialismo no nos hará tan felices como la espiritualidad, así pues, nuestras posesiones pueden contribuir a que seamos felices, pero, la filiación divina, la vida de la gracia, es nuestro gran tesoro. ¿Cómo podemos comparar la posesión de todas las riquezas del mundo con el alimento espiritual de la Palabra de Dios? ¿Quién puede mostrarnos más amor que Jesús Eucaristía? Jesús sabía que si nos concedía nuestros caprichos no lo querríamos a Él, sino sus dádivas, y Él quiere que le amemos, no porque es poderoso, ni porque le necesitamos, sino porque el Hijo de María, es Nuestro Hermano, Nuestro Amigo, nuestro todo. Padres, ¿amáis a vuestros hijos porque son altos, guapos e inteligentes, o porque son vuestros descendientes?
6. Dios tranquiliza a quienes creen en Él independientemente de las tribulaciones que los mismos padezcan, así pues, en la Biblia leemos: (SAL. 91, 11-12). Dios quiere hacernos comprender que nos tiene asidos de su mano diestra y no permitirá que tropecemos, esto es, si tenemos fe en Él, Nuestro Padre actuará en nosotros sin coartar el uso de la libertad que nos ha concedido. Si tenemos fe en Dios cuando estemos enfermos, cuando no tengamos adonde ir, Él proveerá nuestras necesidades, porque nos tiene asidos, y no nos desamparará.
A veces tenemos la tentación de poner a prueba a Nuestro Padre común, diciéndole: Si tú existieras, no permitirías que murieran tantos niños indefensos en el tercer mundo. Algunos utilizan pretextos semejantes al que estamos considerando porque sufren crisis de fe, pero, otros, utilizan estas cuestiones para blasfemar abiertamente, sin respetarnos a quienes nos resistimos a dejar de creer en Dios, así pues, en el Deuteronomio leemos: (DT. 6, 16).
¿Somos capaces de probar a nuestros cónyuges y a nuestros hijos? Si hacemos esto, somos muy desconfiados, y, debemos confiar en Dios, más que en quienes más amamos, porque nadie nos ama como lo hace Nuestro Padre celestial.
Consideremos la segunda tentación con que el diablo atacó a Jesús. Como nuestro Redentor sostenía que la espiritualidad es más importante que el materialismo, el demonio, para desmentirlo haciendo que la gente le siguiera, utilizó las Escrituras, con la intención de hacer que Cristo diera un espectáculo soberbio, para convertirse en el hombre más famoso de toda la Historia, por causa de su poder, fama y riqueza. (MT. 4, 5-7). Hace varios días, uno de mis amigos, testigo de Jehová, me sometió a consideración, diciéndome: Antiguamente Dios se les manifestaba a los hombres, pero, en nuestro tiempo, nadie habla con Dios. ¿Por qué crees tú que sucede eso? Yo, antes de contestarle a mi amigo, pensé un breve instante, y exclamé: No podemos decir que la Biblia no se había imprimido en aquel tiempo, puesto que ahora que existe, es utilizada para adornar muebles. Yo creo que la gente no habla con Dios porque, aunque todos sabemos hablar mucho, muchos no tienen la capacidad de escuchar a nadie, y menos al Dios que no podemos ver ni tocar. Cuando alguien se atreve a afirmar que Dios existe, se le responde: ¿De verdad? Pues, ¡que haga un milagro ahora mismo. ¡En estas circunstancias Nuestro Padre guarda silencio, porque no le sirve de nada manifestárseles a quienes no son humildes para reconocer los milagros que Él opera en nuestras vidas diariamente, y que no reconocemos porque se repiten muchas veces, y porque no sabemos valorar lo que tenemos. Si yo en vez de tener listas de correo dedicadas a la evangelización publicara otros temas más solicitados por la mayoría de la gente, tendría muchos más lectores de los que tengo. Si no podéis creerme, iros a MSN Groups, a Yahoo! Groups, a Egrupos, a Elistas, o a otro servidor de listas de correo, y comparad el número de suscriptores de listas religiosas, con el número de usuarios de otros servicios. Con mis conocimientos de Tarot y Numerología podría ganarme la vida muy bien a través de la red, pero prefiero trabajar gratuitamente para aquel que lo tiene todo. Yo edité un libro para ayudar a Cáritas o a Manos Unidas porque pensé que de esa forma podía servir a Dios, pero no pude venderlo, y, la web principal de Trigo de Dios por la que pagué mucho dinero está muy mal hecha porque no sé crear páginas web y por eso me timaron, así pues, parece que Dios no quiere mi dinero, pues, me prefiere a mí, por eso, hermanos, trabajo para Él, porque me ama como soy.
7. Como Jesús no quiso que la gente le siguiera facilitándole la vida, ni quiso llamar la atención de los habitantes de Jerusalén dando un espectáculo inolvidable, Satanás se jugó su última carta, y atacó al Salvador violentamente. ¿Podría Jesús resistirse al poder que conceden los dioses mundanos? ¿Podría Jesús resistirse al dios dinero? ¿Podría Jesús rehusar del dios sexo? ¿Podría Jesús renunciar al dios droga? ¿Podría Jesús renunciar al dios que le instaba a someterse a la fuerza a los débiles para explotarlos sin consideración? Satanás, aquel a quien los testigos de Jehová llaman “el creador de este sistema de cosas”, le cedía a Jesús su supuesto dominio sobre los hombres, con tal de conseguir que el Mesías renegara de Dios un momento a lo largo de la eternidad. El demonio sabía que Miguel y sus ángeles le derrotaron gritando la grandeza de Dios, pero él quería volver al infierno anotándose el triunfo de, en su afán de dividir a Dios y a los hombres, conseguir que el Criador de la humanidad renegara de Sí mismo. ¿Conocéis a alguna persona que sea capaz de cometer cualquier fechoría por dinero? ¿Quién podría tener la fuerza moral suficiente para renunciar a unos dioses tan prometedores de dádivas excelentes y placenteras, aunque las mismas, a largo plazo, sean la perdición de los hombres?
Veamos, pues, el texto sagrado: (MT. 4, 8-10).
8. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 4, 11). ¿Tenemos la tentación de creer que nuestra fe es plena? ¿Creemos que nadie conoce mejor la profesión que ejercemos que nosotros? Seamos humildes, no vaya a suceder que la presunción nos aparte del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Dios creó a nuestros primeros padres, y los dotó con dones preternaturales, para que no sucumbieran ante la enfermedad y el pecado. Adán y Eva eran felices, pero, habiendo sido creados para alcanzar la máxima glorificación, se expusieron a asumir la muerte, al conocer el mal, con el fin de ser iguales a Dios. A diferencia de Adán y Eva, nosotros no fuimos dotados preternaturalmente, pero queremos ser purificados al superar la adversidad que atañe a nuestras vidas, porque anhelamos la santidad, pues, al igual que nuestros primeros antecesores, también queremos ser como Nuestro Criador.
Durante los años que hemos vivido, hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Dios, unas veces sin quererlo, pero, otras veces, quizás hemos pecado sabiendo que hemos hecho lo que Nuestro Padre común detesta. Al hacer el propósito de reparar el daño que hemos hecho si hemos pecado, vamos a pedirle a Nuestro Señor que renueve nuestro espíritu, para que algún día podamos parecernos a Jesús.
Dios es justo, y, su amor, supera su justicia. Esta certeza, es, pues, la que nos asegura el perdón de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. San Juan escribió en su Evangelio unas palabras, a la luz de las cuales, podemos interpretar la segunda lectura de hoy (JN. 3, 16). Adán pecó, y todos hemos pecado. Adán murió, y todos moriremos. Cristo resucitó, y, por ello, todos resucitaremos cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
En el Evangelio de hoy, San Mateo nos narra brevemente el episodio de las tentaciones de Jesús, un relato en que el demonio le dice al Mesías que viva como si no creyera en Nuestro Padre común, pero, Jesús, rechazará la existencia de su vida sin fe y por ende sin sentido, pues no quiere prescindir de las raíces espirituales que, al no ser entendidas por sus adversarios religioso-políticos, más tarde, le conducirán a la muerte.
Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se retirará al desierto para relacionarse íntimamente con Dios, aunque quizá sin saber que ello le hará conocer las entrañas del hombre, para buscar un camino idóneo para que, después de recorrerlo, nos encontremos con Nuestro Padre común.
1. Podemos ver el episodio del pecado original como un relato en que el hombre desobedeció a Dios, pero también podemos verlo de una forma más positiva. Dios creó un huerto paradisíaco en el que Adán y Eva no trabajaban por necesidad, sino por placer. Aparentemente ellos sólo tenían que desear que acabara el tiempo que Dios les había impuesto para que se probaran su fidelidad a Él ante ellos mismos, dado que, el Creador, sabía lo que sucedería con ellos y con nosotros. Adán y Eva, sin pasar por el conocimiento del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte, podrían haber alcanzado la suma perfección divina, pero, obedeciendo a nuestra impaciencia natural, ellos quisieron conocer el misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal, a pesar de que ello significaba que habrían de ser vulnerables, pues serían víctimas del padecimiento y la muerte. Personalmente pienso que este episodio puede ser comparable a la vivencia de un estudiante al que se le dice: no estudies, y te evitarás muchos dolores de cabeza. El estudiante hace caso omiso de ese aviso y sigue estudiando, porque, a pesar del sacrificio que ello lleva impreso, es consciente de que, al concluir su ciclo formativo, podrá optar a un puesto de trabajo que le aportará beneficios económicos y una gran satisfacción al contribuir el mismo a su realización personal. Pienso que vivimos en una sociedad en la que tenemos una fuerte tendencia a proteger a nuestros seres queridos, por consiguiente, los padres que les conceden todos sus deseos a sus descendientes, hacen de los mismos grandes egoístas, incapaces de sensibilizarse del dolor y las carencias de sus prójimos. Adán y Eva debieron aprender una gran lección a partir de aquella experiencia, así pues, a pesar de que fueron expulsados del Paraíso hasta que fueron purificados por la experiencia que tanto anhelaban, él pensó que Eva era la madre de la vida, tuvieron hijos, e intentaron ser felices, a la luz del cumplimiento de la voluntad de Dios.
2. "Cuanto más creció el pecado (en el mundo, en nuestras vidas), más abundante fue la gracia de Dios" (ROM. 5, 20). La Cuaresma se caracteriza por los sacrificios que todos podemos llevar a cabo en un determinado momento para alcanzar el perdón de Dios. Muchos de nuestros hermanos, vivirán algunas procesiones de Semana Santa, caminando descalzos, con sus cirios encendidos, pidiéndoles a Jesús y a María que les quiten algunas enfermedades graves a sus prójimos, y, para que se les conceda su petición, se ofrecerán voluntariamente para que las citadas enfermedades caigan sobre ellos. Yo quisiera deciros que no hagáis esto sin ánimo de ofenderos, porque, Nuestro Padre común, dispone de dádivas para tener una buena salud Él mismo, puede sanar a nuestros prójimos, y puede curarnos a nosotros cuando lo estime oportuno, por tanto, en vez de ofrecernos como víctimas para sufrir enfermedades que en el caso de afectarnos sólo nos harían sufrir, vamos a hacer que sobreabunde la abundancia divina donde abunda la miseria humana, ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Me ha venido otra vez a la mente el proteccionismo excesivo con que muchos padres tratan a sus hijos, porque, estoy pensando en la grandeza del amor de Dios, que, al amarnos más de lo que jamás nos han amado y de lo que nos amarán en el futuro, es capaz de dejar que recibamos todos los golpes que necesitamos recibir para ser purificados, con tal de no coartar el uso que hacemos de nuestra libertad.
Hace tiempo conocí a una mujer que protestaba constantemente porque no se sentía valorada por sus compañeros de trabajo, de los que siempre decía que la trataban injustamente, siendo ella cuidadosa y muy puntual para satisfacer las necesidades que los tales tenían. No sé cuál era la actitud de los compañeros de trabajo de la mujer de la que os estoy hablando, pero estoy seguro de que ella, recibiendo -o sin recibir- manifestaciones de aprecio de sus compañeros, era incapaz de enumerar diez de las virtudes que tenía.
3. San Mateo nos dice en su Evangelio que, cuando Jesús fue bautizado, "fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (MT. 4, 1). Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús quiso relacionarse estrechamente con Dios, para someterse a la voluntad de Nuestro Padre común. El Espíritu Santo premió el deseo del Señor de crecer espiritualmente, así pues, a través del duro episodio de las tentaciones, el Mesías aprendió a compadecerse de nosotros, según las palabras del Sagrado Hagiógrafo (HEB. 2, 18). Al adquirir la experiencia del conocimiento del poder, el prestigio y la riqueza, y al conocer el sufrimiento, Jesús puede compadecerse de nuestra fragilidad, porque Él mismo experimentó nuestra debilidad. En la biblia se nos sigue instruyendo (HEB. 4, 15).
En su empeño de demostrar la fragilidad del Mesías, el autor de la Carta a los Hebreos les transmitió a sus lectores el siguiente mensaje: (HEB. 5, 7-10).
4. San Mateo nos dice en el Evangelio de hoy que, "después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, Jesús tuvo hambre" (MT. 4, 2). Desde un punto de vista estrictamente espiritual, si pensamos que Jesús fue dotado por Dios con dones especiales, podemos creer que el Hijo de María ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, pero, si Nuestro Señor era un hombre semejante a nosotros, debemos creer que se alimentó a base de hierbas. Jesús se retiró del mundo como lo han hecho muchos religiosos de diversas confesiones a lo largo de la Historia para encontrarse con la Suma Divinidad. Recuerdo que hace varios años hice unos ejercicios espirituales para jóvenes en los que lo pasé muy mal, porque, al ni siquiera contar con una Biblia en Braille, y al estar todos mis compañeros en actitud silente, no podía soportar aquella quietud. Tres días tardé en encontrar la paz. Jesús debió sufrir mucho sin alimentarse debidamente, recordando la muerte de José, la soledad de María, las miserias del mundo, la política romana basada en la tortura y las crucifixiones masivas, el terrorismo de los celotes, la hipocresía de la clase religiosa gobernante en Palestina en aquel tiempo... Jesús oraba para que el Dios que permanecía en silencio le resolviera sus dudas, pero Él cada día estaba más débil, y, quizás tenía la sensación de que Dios lo abandonaba más, como si lo estuviera preparando para ser martirizado tres años después.
5. En el libro del Deuteronomio se encuentra el siguiente texto que puede ser aplicado a los años que hemos vivido y a nuestra experiencia vital, por consiguiente, Dios nos dice: (DT. 8, 1-3).
(MT. 4, 3-4). ¿Qué significa esta tentación con que Satanás intentó apartar a Jesús de su propósito divino? El mundo necesita pruebas que evidencien la existencia de Dios. Todos tenemos esas pruebas, así pues, Nuestro Padre común nos alimenta, nos cuida, nos da el aire que necesitamos para respirar, y otras muchas dádivas que no valoramos.
Si seguimos meditando el texto del Deuteronomio con que iniciamos la meditación de la primera tentación que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, podemos encontrar las siguientes palabras: (DT. 8, 4). El mundo está lleno de pobres, enfermos y afligidos, y, nosotros, en vez de saciar a los hambrientos, sanar a los enfermos y consolar a los afligidos, queremos que Dios nos haga todo el trabajo que podemos hacer con los medios que Nuestro Padre común nos ha dotado.
Todos podemos hacer milagros en conformidad con nuestra fe, y necesitamos que Dios haga lo que nosotros no podemos hacer, pero nos gusta mucho la vida regalada. Cada día son más los jóvenes que abandonan sus estudios, y, en lugar de buscar trabajo, se dedican a vivir a expensas de sus padres, sin preocuparse de la situación económica de ellos, pensando únicamente en divertirse. Dios no nos concederá nunca una vida fácil, porque, el hecho de purificarnos y santificarnos, requiere de nosotros el esfuerzo de superar la adversidad, con la eficaz ayuda de Dios, así pues, esta es, precisamente, la razón por la que Dios permanece en silencio ante el hambre, las enfermedades, y las demás manifestaciones de la miseria. Si Dios nos diera todo lo que necesitamos, y no tuviéramos que aprender a luchar para superar nuestras carencias, no tardaría mucho tiempo en llegar el día en que seríamos caprichosos y desagradecidos para con Él, porque no valoraríamos, ni su misericordia, ni el sufrimiento que nos ha costado nuestra purificación. Probad a educar a un niño concediéndole todos sus deseos, evitadle el hecho de veros sufriendo y cansados por causa de sus carencias, y veréis cómo os explota, sin la intención de abusar de vosotros con maldad, pues adquirirá el hábito de utilizaros a su antojo. Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a buscar el placer inmediato, porque hemos sido creados para alcanzar la suma perfección, pero no por ello hemos de olvidarnos de vivir cumpliendo la voluntad de Dios constantemente.
Ciertamente la vida difícil de los cristianos es dura, pero, cuando flaqueen nuestras relaciones con nuestros cónyuges, nuestros hijos, o con otros seres queridos, cuando tengamos carencias y nos sintamos débiles, diremos con el Salmista en estado de recogimiento interior las palabras contenidas en el SAL. 17, 8, y Dios siempre estará con nosotros, apoyándonos en todas las actividades que emprendamos, aunque el pesimismo arraigado en nuestro corazón no nos permita percatarnos de ello.
Satanás le propuso a Jesús que se convirtiera en nuestro ídolo al satisfacer nuestras carencias y caprichos. ¿Por qué hizo el Señor caso omiso a las palabras del tentador? ¿Ignoraba Jesús que nos pondríamos a su servicio si nos diera instantáneamente todo lo que le pidiéramos? Jesús le dijo al demonio que el materialismo no nos hará tan felices como la espiritualidad, así pues, nuestras posesiones pueden contribuir a que seamos felices, pero, la filiación divina, la vida de la gracia, es nuestro gran tesoro. ¿Cómo podemos comparar la posesión de todas las riquezas del mundo con el alimento espiritual de la Palabra de Dios? ¿Quién puede mostrarnos más amor que Jesús Eucaristía? Jesús sabía que si nos concedía nuestros caprichos no lo querríamos a Él, sino sus dádivas, y Él quiere que le amemos, no porque es poderoso, ni porque le necesitamos, sino porque el Hijo de María, es Nuestro Hermano, Nuestro Amigo, nuestro todo. Padres, ¿amáis a vuestros hijos porque son altos, guapos e inteligentes, o porque son vuestros descendientes?
6. Dios tranquiliza a quienes creen en Él independientemente de las tribulaciones que los mismos padezcan, así pues, en la Biblia leemos: (SAL. 91, 11-12). Dios quiere hacernos comprender que nos tiene asidos de su mano diestra y no permitirá que tropecemos, esto es, si tenemos fe en Él, Nuestro Padre actuará en nosotros sin coartar el uso de la libertad que nos ha concedido. Si tenemos fe en Dios cuando estemos enfermos, cuando no tengamos adonde ir, Él proveerá nuestras necesidades, porque nos tiene asidos, y no nos desamparará.
A veces tenemos la tentación de poner a prueba a Nuestro Padre común, diciéndole: Si tú existieras, no permitirías que murieran tantos niños indefensos en el tercer mundo. Algunos utilizan pretextos semejantes al que estamos considerando porque sufren crisis de fe, pero, otros, utilizan estas cuestiones para blasfemar abiertamente, sin respetarnos a quienes nos resistimos a dejar de creer en Dios, así pues, en el Deuteronomio leemos: (DT. 6, 16).
¿Somos capaces de probar a nuestros cónyuges y a nuestros hijos? Si hacemos esto, somos muy desconfiados, y, debemos confiar en Dios, más que en quienes más amamos, porque nadie nos ama como lo hace Nuestro Padre celestial.
Consideremos la segunda tentación con que el diablo atacó a Jesús. Como nuestro Redentor sostenía que la espiritualidad es más importante que el materialismo, el demonio, para desmentirlo haciendo que la gente le siguiera, utilizó las Escrituras, con la intención de hacer que Cristo diera un espectáculo soberbio, para convertirse en el hombre más famoso de toda la Historia, por causa de su poder, fama y riqueza. (MT. 4, 5-7). Hace varios días, uno de mis amigos, testigo de Jehová, me sometió a consideración, diciéndome: Antiguamente Dios se les manifestaba a los hombres, pero, en nuestro tiempo, nadie habla con Dios. ¿Por qué crees tú que sucede eso? Yo, antes de contestarle a mi amigo, pensé un breve instante, y exclamé: No podemos decir que la Biblia no se había imprimido en aquel tiempo, puesto que ahora que existe, es utilizada para adornar muebles. Yo creo que la gente no habla con Dios porque, aunque todos sabemos hablar mucho, muchos no tienen la capacidad de escuchar a nadie, y menos al Dios que no podemos ver ni tocar. Cuando alguien se atreve a afirmar que Dios existe, se le responde: ¿De verdad? Pues, ¡que haga un milagro ahora mismo. ¡En estas circunstancias Nuestro Padre guarda silencio, porque no le sirve de nada manifestárseles a quienes no son humildes para reconocer los milagros que Él opera en nuestras vidas diariamente, y que no reconocemos porque se repiten muchas veces, y porque no sabemos valorar lo que tenemos. Si yo en vez de tener listas de correo dedicadas a la evangelización publicara otros temas más solicitados por la mayoría de la gente, tendría muchos más lectores de los que tengo. Si no podéis creerme, iros a MSN Groups, a Yahoo! Groups, a Egrupos, a Elistas, o a otro servidor de listas de correo, y comparad el número de suscriptores de listas religiosas, con el número de usuarios de otros servicios. Con mis conocimientos de Tarot y Numerología podría ganarme la vida muy bien a través de la red, pero prefiero trabajar gratuitamente para aquel que lo tiene todo. Yo edité un libro para ayudar a Cáritas o a Manos Unidas porque pensé que de esa forma podía servir a Dios, pero no pude venderlo, y, la web principal de Trigo de Dios por la que pagué mucho dinero está muy mal hecha porque no sé crear páginas web y por eso me timaron, así pues, parece que Dios no quiere mi dinero, pues, me prefiere a mí, por eso, hermanos, trabajo para Él, porque me ama como soy.
7. Como Jesús no quiso que la gente le siguiera facilitándole la vida, ni quiso llamar la atención de los habitantes de Jerusalén dando un espectáculo inolvidable, Satanás se jugó su última carta, y atacó al Salvador violentamente. ¿Podría Jesús resistirse al poder que conceden los dioses mundanos? ¿Podría Jesús resistirse al dios dinero? ¿Podría Jesús rehusar del dios sexo? ¿Podría Jesús renunciar al dios droga? ¿Podría Jesús renunciar al dios que le instaba a someterse a la fuerza a los débiles para explotarlos sin consideración? Satanás, aquel a quien los testigos de Jehová llaman “el creador de este sistema de cosas”, le cedía a Jesús su supuesto dominio sobre los hombres, con tal de conseguir que el Mesías renegara de Dios un momento a lo largo de la eternidad. El demonio sabía que Miguel y sus ángeles le derrotaron gritando la grandeza de Dios, pero él quería volver al infierno anotándose el triunfo de, en su afán de dividir a Dios y a los hombres, conseguir que el Criador de la humanidad renegara de Sí mismo. ¿Conocéis a alguna persona que sea capaz de cometer cualquier fechoría por dinero? ¿Quién podría tener la fuerza moral suficiente para renunciar a unos dioses tan prometedores de dádivas excelentes y placenteras, aunque las mismas, a largo plazo, sean la perdición de los hombres?
Veamos, pues, el texto sagrado: (MT. 4, 8-10).
8. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 4, 11). ¿Tenemos la tentación de creer que nuestra fe es plena? ¿Creemos que nadie conoce mejor la profesión que ejercemos que nosotros? Seamos humildes, no vaya a suceder que la presunción nos aparte del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico sobre las tentaciones de Jesús y los cristianos. (Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico sobre las tentaciones de Jesús y los cristianos.
Introducción.
Dado que durante el tiempo de Cuaresma estudiamos concienzudamente el pecado, sus efectos y consecuencias, al iniciar este tiempo de oración, ayuno y penitencia, la Iglesia nos invita a estudiar profundamente las tentaciones que vivió Jesús, por cuanto las mismas son un bosquejo de las tentaciones que tenemos que vencer a lo largo de nuestras vidas en el mundo no cristiano en que vivimos, en el que necesitamos poder, riquezas y prestigio para triunfar, en conformidad con nuestros criterios humanos.
¿Qué son las tentaciones? Según el Diccionario de la R. A. E., éstos son los significados del término tentación:
""Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.
Solicitación al pecado inducida por el demonio".
Veamos unos ejemplos del primer significado de la palabra tentación.
Después de percatarse de las dificultades existentes para encontrar trabajo en este tiempo de crisis, un adolescente toma la decisión de dejar sus estudios, pensando que los tales nunca le servirán para nada.
Jorge y Ana se conocieron hace tres meses y han decidido convivir como pareja, para averiguar si pueden encontrar la felicidad juntos. Dado que han iniciado su relación sin conocerse, y no saben que es frecuente el hecho de que no tengan la misma forma de pensar y actuar, cuando les surgen oportunidades de discutir, en vez de solventar sus problemas, toman la decisión de separarse, perdiendo, tal vez, una gran oportunidad de ser muy dichosos, después de formarse convenientemente para amarse, servirse, y casarse.
¿Es pecaminoso el hecho de tener tentaciones? Las tentaciones por sí mismas no son malas, aunque sí puede serlo el hecho de no rechazar enérgicamente muchas de ellas. No olvidemos que todas las tentaciones que nos inducen a hacer lo que no debemos no tienen que ser consideradas como pecaminosas, dado que no concebimos las tales con el pensamiento de hacer el mal. Un ejemplo de ello es el deseo que muchos enfermos de depresión sienten de aislarse del mundo e incluso de ni siquiera levantarse de la cama, porque no le encuentran un motivo a sus vidas que les fortalezca para vencer sus dificultades.
Independientemente de que surjan en nuestra mente pensamientos que nos induzcan a pecar o que, aunque no sean concebidos con el propósito de contradecir la voluntad de Nuestro Padre común, nos hieran de alguna manera, debemos encontrar la forma de vencer dichas tentaciones. Recordemos que tenemos tentaciones porque carecemos de la perfección de Dios. Vistas de un modo positivo, las tentaciones pueden ser concebidas como las oportunidades que necesitamos para superarnos, aunque fallemos muchas veces en nuestro empeño de superar a nuestros más brutales adversarios, -es decir, a nosotros mismos-, cuando perdemos el tiempo pensando que no podemos vencer dichas tentaciones, porque no sabemos cómo hacerlo adecuadamente, cuando nos encasillamos mentalmente pensando que es mejor sucumbir ante las mismas aunque estamos totalmente seguros de que no sabemos hacerlo, porque estamos seguros de que no las vamos a vencer, aunque no nos esforzamos en poner a prueba nuestra resistencia a dichos pensamientos, etcétera.
Cuando San Pablo reprendió a los cristianos de Corinto, porque celebraban la Eucaristía en las casas de los creyentes ricos, los cuales participaban en los banquetes en que concluían dichas celebraciones en aquel tiempo, de los que apenas podían participar sus hermanos pobres, los cuales permanecían en los patios de dichas casas avergonzados, esperando tener la dicha de ser alimentados con las sobras de los adinerados, les dijo a sus lectores de dicha ciudad: (1 COR. 11, 18-19).
De la misma manera que los estudiantes ponen a prueba los conocimientos de las materias que estudian cuando son examinados por sus profesores, nosotros, por medio de las tentaciones características de nuestras vidas, tenemos la oportunidad de demostrarnos tanto a quienes nos rodean como a nosotros mismos, quiénes somos realmente. Sé que no siempre es fácil vencer las tentaciones que tenemos, pero, cuanto mayores son las dificultades que las mismas nos presentan y las superamos, más grande es el mérito que tenemos al lograr nuestro objetivo de mejorar como personas cristianas.
San Pablo, durante el tiempo de su primer encarcelamiento, les escribió a los cristianos de Filipo: (FLP. 4, 13). ¿De qué manera fortaleció Nuestro Señor Jesucristo a San Pablo, para que el citado Apóstol pudiera soportar sus largos años de encarcelamiento? Cuando el citado siervo de Cristo llegó a Roma, alquiló una casa en la que les predicaba a quienes le visitaban. Nuestro admirable Santo, vivía encadenado a soldados, los cuales eran reemplazados cada dos horas, y tenían la misión de responder del preso a quien vigilaban estrechamente con sus vidas. San Pablo soportó esa situación heroicamente, recordando las promesas divinas, predicando la Palabra de Dios, y dedicándole tiempo a la oración.
Nuestro Señor le hizo soportable el tiempo de su prisión a San Pablo haciéndosele presente espiritualmente, por consiguiente, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 56, 9-12).
San Pablo fue librado de la condena que por causa de la acusación que cayó sobre él podría haber sufrido, la cual provocó su primer encarcelamiento, porque el pretor Afranio Burro, -amigo de Séneca, y maestro de Nerón-, falló en favor de su causa.
¿Cómo nos ayuda Dios cuando sufrimos por cualquier causa? Cuando somos atribulados, puede sucedernos que Dios nos ayude a solventar las dificultades que causan nuestro padecimiento, de la misma forma que también puede suceder que, aunque tengamos que vivir ciertas dificultades durante muchos años, podemos ver en las mismas la mano de Dios, haciéndonoslas soportables, tal como le sucedió a San Pablo, tanto durante los años que se prolongó su ministerio, como en las dos ocasiones en que fue encarcelado.
1. Las tentaciones de Jesús.
En la Carta bíblica a los Hebreos, leemos: (HEB. 4, 14-15). Analicemos las palabras con que finaliza el texto de la Epístola a los Hebreos que acabamos de recordar, dado que las mismas son muy importantes para que las tengan muy presentes aquellos hermanos nuestros que se amparan en la falsa creencia de que son inútiles. Nuestro Señor no pecó jamás, pero pasó por las mismas pruebas que pasamos nosotros durante los años que se prolongan nuestras vidas, es decir, Nuestro Salvador fue tentado, así pues, dado que Jesús pasó por circunstancias semejantes a las nuestras y por ello comprende la debilidad que nos caracteriza, es un Sumo Sacerdote capacitado para amarnos, comprendernos y perdonarnos.
¿Cómo pudo Jesús evitar el hecho de ceder ante las tentaciones del demonio? ¿Sucedió ello porque el Mesías se valió del poder de su Divinidad para superar las mismas, o logró Nuestro Señor su propósito por causa de su amor a Dios y de su perfección? Para hallar una respuesta a la pregunta que nos hemos planteado, nos es necesario recordar el pecado de nuestros ancestros. Dado que, al comer del fruto prohibido, nuestros padres renunciaron a una vida semiperfecta, era necesario que esa desobediencia fuese corregida, no por medio de un sacrificio cualquiera, sino por la ofrenda de una víctima sumamente perfecta, porque, aunque Nuestro Santo Padre nos ama muy a pesar de nuestra imperfección, no está relacionado con el pecado de los hombres. Si los hebreos, durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación a través del desierto camino de la tierra prometida, no superaron las tentaciones a las que hubieron de enfrentarse, fue necesario que Jesús superara las tentaciones de la humanidad con sus tres tentaciones tipológicas en las que se resumen las tentaciones de la humanidad, para que comprendiéramos el valor y la necesidad de aplicar las siguientes palabras de Nuestro Salvador a nuestras vidas: (MC. 11, 24).
Por otra parte, en la profecía de Habacuc, leemos: (HAB. 2, 4).
Dado que no siempre nos es fácil superar las tentaciones que nos caracterizan, en la Biblia se nos insta a confiar en Dios, imitando la fe inquebrantable de Nuestro Redentor (SAL. 37, 5-6).
Si las tentaciones son pruebas que debemos vencer para superarnos, ¿debemos pensar que Dios es el tentador que nos impone dichas pruebas? (ST. 1, 13).
Si Dios no nos induce a pecar, ¿quién nos hace sucumbir bajo nuestra humana fragilidad, para que acabemos pecando una y otra vez? (ST. 1, 14-15).
Jesús superó las tentaciones a que fue sometido por el demonio, porque no actuaba como quienes se dejan arrastrar por las pasiones de que Santiago habla en su Epístola Universal.
Las tentaciones a que fue sometido Jesús, se narran en los siguientes pasajes bíblicos: MT. 4, 1-11; MC. 1, 11-12, y LC. 4, 1-13. Dado que este año meditamos la gran mayoría de los domingos el Evangelio de San Mateo, estudiaremos dichas tentaciones, siguiendo el orden en que las expone dicho Evangelista.
1-1. La primera tentación de Jesús. La autosuficiencia excesiva.
(MT. 4, 3). ¿Por qué le dijo el demonio a Jesús que se alimentara? San Mateo responde esta pregunta, en los términos que siguen: (MT. 4, 1-2).
¿Cómo pudo sobrevivir Jesús cuarenta días sin alimentarse? En términos humanos, en el caso de que Jesús tuviera esta vivencia, y la misma no haya sido una invención de los hijos de la Iglesia Madre de Jerusalén, para ilustrar las tentaciones a que Jesús hubo de enfrentarse durante los años que se prolongó su Ministerio público, a menos que no utilizara su poder divino para soportar el hambre, no tenemos más remedio que aceptar el hecho de que el Mesías tuvo que alimentarse de hierbas, con tal de poder sobrevivir a su larga estancia apartado del mundo.
Hay un detalle en el texto de San Mateo que estamos meditando que no debemos olvidar. En el versículo 1, se nos dice que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado. En cuanto se hizo Hombre, Nuestro Señor, por medio de sus vivencias de Persona humana, tenía que demostrarnos que, a pesar de nuestra fragilidad, -la debilidad que Él experimentó hasta el extremo de la muerte-, estamos capacitados, para cumplir la voluntad de nuestro Padre común, en conformidad con nuestras posibilidades.
¿Cuál es el significado de la tentación que estamos considerando? Después de pasar cuarenta días sin comer -o mal alimentado-, Nuestro Señor debía ser víctima de los dolores angustiosos que causa el hambre en el Tercer Mundo. Ante la propuesta que le hizo el demonio, Jesús debió haberse interrogado en los siguientes términos: ¿Debo esperar que Dios me alimente, o tengo que sustentarme por mi medio? ¿Por qué le voy a pedir a Dios que haga algo que puedo hacer por mí mismo?
Ante tan desesperado dilema por causa de los dolores que debía producirle el hambre, Jesús decidió confiar en Dios, recordando que, muchas veces, la autosuficiencia excesiva, -el amor propio desmedido-, nos aleja de la presencia de Nuestro Creador. No pretendo decir que los desempleados dejen de buscar trabajo y que esperen que Dios les lleve el pan a sus hogares, sino que, aunque nuestra forma de proceder nos conduzca a actuar inadecuadamente, que nunca vivamos al margen de nuestro Santo Padre.
Jesús, al rechazar la citada tentación, nos recordó que, si tenemos fe en el Dios Uno y Trino, debemos alimentarnos de su Palabra, al mismo tiempo que consumimos alimentos físicos para poder vivir (MT. 4, 4).
1-2. La segunda tentación de Jesús. El empeño humano de probar la fidelidad de Dios.
(MT. 4, 5-7). Por medio de la tentación que estamos considerando, el demonio le dijo a Jesús: "Haz lo que quieras, porque Dios está contigo". Existe, desde hace siglos, una peligrosa costumbre, que consiste en interpretar la Biblia, no en conformidad con la voluntad de Dios, sino de acuerdo a los deseos de muchos lectores de la misma. Hay pasajes en la Biblia que, si se interpretan literalmente, pueden ser textos letales para quienes los interpretan inadecuadamente. Desgraciadamente, muchos piensan que, sus interpretaciones bíblicas, les son inspiradas por el Espíritu Santo, lo cual solo les sirve, para hacer, las obras que no deberían llevar a cabo jamás, bajo ningún concepto.
Hay entre nosotros quienes piensan: "Nosotros vivimos y dejamos que los demás vivan. No pecamos porque no robamos ni matamos". Es verdad que quienes así piensan no cometen los pecados más graves, pero, al no dejarse purificar y santificar por la Palabra de Dios, se pierden la dicha de sentirse aceptos por Nuestro Padre común.
El demonio fue muy astuto cuando sometió a Jesús a la tentación que estamos considerando, pues, al citar el Sal. 91, 11-12, se saltó la parte del citado texto, referente a que los ángeles le guardarían en todos sus caminos, así pues, dichas palabras son un gran consuelo para quienes vivimos por la fe que profesamos.
1-3. La tercera tentación de Jesús. Cambiar la fe y obediencia a Dios por la posesión del poder, la fama y el prestigio, que son tan necesarios para triunfar en este mundo.
(MT. 4, 8-10). Dado que el demonio había fallado en sus dos intentos anteriores de conquistar el corazón de Jesús, proponiéndole en el primer caso que tuviera una existencia fácil y vacía, y, en el segundo, que se ganara el corazón de los hombres, haciéndose para los tales un ídolo y por consiguiente que rechazara a Dios actuando al margen del Padre y del Espíritu Santo, Satanás atacó a Jesús con toda la agresividad y astucia que fue capaz de concentrar en sí mismo, proponiéndole, abiertamente, que le adorara a él, y renegara de Dios, a cambio de cederle su dominio sobre la tierra. Lo que parecía una excelente oportunidad para Jesús de acabar con la miseria que afligía la humanidad, solo era un imperdonable acto de idolatría, pues, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 97, 1).
¿Qué significa el hecho de que Dios es Rey? Esta realidad le recordó a Jesús que el demonio mentía al intentar hacerle creer, -en vano, por supuesto-, que él era el soberano de la tierra.
Si Dios no ha solventado los problemas de la humanidad, ello sucede porque aún no ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados, purificados y santificados, así pues, este hecho no ha de instarnos a ser idólatras, sino, al contrario, ha de entusiasmarnos la idea de vivir en base a la fe que profesamos.
La Palabra de Dios tiene que fortalecernos para que podamos resistir las tentaciones que, al convertirse en obras, impiden que seamos aptos para vivir en la presencia de Dios, a no ser que corrijamos nuestra conducta.
San Pablo les escribió a los cristianos de Éfeso: (EF. 6, 10-17).
2. ¿Cómo debemos reaccionar los cristianos cuando seamos tentados?
Como he demostrado en esta meditación, necesitamos ser tentados, con el fin de que seamos probados. El caso de que no superemos esas pruebas, lo único que significa, es que no debemos de dejar de esforzarnos para seguir perfeccionándonos, así pues, solo porque somos humanos, estamos destinados a fallar muchas veces en el periodo de nuestra superación, porque no somos perfectos. Recordemos que Dios probó la fe de Abraham, cuando le mandó que sacrificara a su hijo Isaac (GN. 22, 1-2).
Sabemos que, aunque Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios no permitió que asesinara al depositario de la promesa de hacerle descendiente de una muchedumbre incontable.
San Pablo indicó en su segunda Carta a los cristianos de Corinto que tenía derecho a enorgullecerse por causa de ciertas revelaciones que le hizo el mismo Dios. También dijo en la citada carta que tenía un aguijón, -el cual no sabemos si era un vicio, una enfermedad u otro problema-, del cual le pidió a Dios que lo librara, porque se le hacía difícil el hecho de soportarlo. Dios le indicó al citado Santo que no lo iba a librar del citado aguijón, sino que, amparándose en su gracia, tendría que sobrevivir con él, el tiempo que le fuera necesario, en conformidad con su crecimiento espiritual (2 COR. 12, 7-10).
¿Creemos que en nuestra debilidad se muestra perfecta la fuerza de Dios? ¿Cómo es posible este hecho, si no cesamos de equivocarnos cuando tomamos decisiones, y, en el caso de estar enfermos, tenemos la sensación de no saber sobrellevar como buenos cristianos nuestros padecimientos? Si nos encontramos en esta situación de desconfianza tanto en Dios como en nosotros, nos es conveniente aplicarnos las palabras del Apóstol San Pablo, contenidas en ROM. 8, 38-39.
A pesar de que San Pablo sabía que era inferior a Nuestro Señor, no dudó en confiarse a Cristo, para que el Salvador del mundo le hiciera instrumento de la salvación de sus oyentes y lectores (GÁL. 2, 20).
Al mismo tiempo que los hebreos probaron la fidelidad de Yahveh en su peregrinación a través del desierto, Dios probó la fe de su pueblo, por medio de las dificultades que le hizo vivir (NM. 20, 1-13).
San Pablo nos insta a evitar las tentaciones que nos inducen a incumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Veamos unos ejemplos de ello.
En la Iglesia de Corinto, había fieles que, aunque estaban casados, querían evitar el hecho de mantener relaciones maritales, con el fin de dedicarse al servicio de Dios. San Pablo, previendo más allá del deseo de sus creyentes discípulos, la posibilidad de que, tanto los tales como sus cónyuges, pudieran caer en el pecado de fornicación, les indicó a sus lectores: (1 COR. 7, 5).
San Pablo velaba por la fe de sus oyentes y lectores de Corinto, porque no quería que ninguno de ellos incumpliera la voluntad de Dios (2 COR. 11, 2-3).
Es importante que, a pesar de las dificultades que tengamos, nunca dejemos de creer en Dios, por consiguiente, San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (1 TES. 3, 4-5).
En el ambiente de no creyentes en que la mayoría de los cristianos vivimos, se nos presentan muchas oportunidades de renegar de Dios (1 JN. 2, 15-17).
Creo necesario interrumpir la meditación en que estamos ocupados, para hacer una breve aclaración sobre las palabras de San Juan que acabamos de recordar. Para comprender el citado texto, nos es necesario recordar, que, el mismo, fue escrito en un tiempo, en que los cristianos eran ferozmente perseguidos, lo cual hacía que los tales se distinguieran del mundo, por causa de la opresión que padecían. En aquel tiempo, formar parte del mundo, significaba renunciar al Dios de los cristianos, y, por tanto, a su Iglesia. Actualmente, quienes no estamos siendo perseguidos, no debemos odiar este mundo, pero sí debemos rechazar todo lo que se opone a Nuestro Dios Uno y Trino. Debemos amar el mundo en que vivimos, no solo porque somos sus hijos, sino porque tenemos el deber de contribuir, con nuestras palabras y obras, a la salvación de nuestros hermanos, independientemente de que los tales sean creyentes en Dios, pues, por esta causa, lleva la Iglesia a acabo, su obra de Evangelización.
La fuente más poderosa de tentaciones a la que debemos enfrentarnos, somos nosotros mismos (ST. 1, 14).
No temamos el hecho de ser tentados, pues, San Pablo, nos instruye: (1 COR. 10, 13).
Somos débiles para superar nuestras tentaciones, por consiguiente, en nosotros se cumplen las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando, en la noche en que Judas le entregó a sus enemigos, les encontró durmiendo, cuando les pidió que oraran, con tal de no caer en tentación: (MT. 26, 41).
En quienes, aunque fallen en su crecimiento espiritual, se mantienen fieles al Señor, se cumple esta promesa magnífica: (AP. 3, 10-12).
No dejemos de orar, para que Dios no permita que pasemos por la prueba de caer en la tentación que nos aparta de Él.
Jesucristo, -el Sembrador de la Palabra de Dios en nuestros corazones-, nos dice: (MT. 13, 20-21).
Con tal de que evitemos el hecho de caer en la tentación de pecar, muchos predicadores nos dicen que no nos relacionemos con quienes incumplen la voluntad de Dios. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a este hecho? El Apóstol nos dice que todos los hijos de la Iglesia deben ser puros (1 COR. 5, 6-11).
Concluyamos esta meditación, aplicándonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 TES. 5, 8).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Dado que durante el tiempo de Cuaresma estudiamos concienzudamente el pecado, sus efectos y consecuencias, al iniciar este tiempo de oración, ayuno y penitencia, la Iglesia nos invita a estudiar profundamente las tentaciones que vivió Jesús, por cuanto las mismas son un bosquejo de las tentaciones que tenemos que vencer a lo largo de nuestras vidas en el mundo no cristiano en que vivimos, en el que necesitamos poder, riquezas y prestigio para triunfar, en conformidad con nuestros criterios humanos.
¿Qué son las tentaciones? Según el Diccionario de la R. A. E., éstos son los significados del término tentación:
""Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.
Solicitación al pecado inducida por el demonio".
Veamos unos ejemplos del primer significado de la palabra tentación.
Después de percatarse de las dificultades existentes para encontrar trabajo en este tiempo de crisis, un adolescente toma la decisión de dejar sus estudios, pensando que los tales nunca le servirán para nada.
Jorge y Ana se conocieron hace tres meses y han decidido convivir como pareja, para averiguar si pueden encontrar la felicidad juntos. Dado que han iniciado su relación sin conocerse, y no saben que es frecuente el hecho de que no tengan la misma forma de pensar y actuar, cuando les surgen oportunidades de discutir, en vez de solventar sus problemas, toman la decisión de separarse, perdiendo, tal vez, una gran oportunidad de ser muy dichosos, después de formarse convenientemente para amarse, servirse, y casarse.
¿Es pecaminoso el hecho de tener tentaciones? Las tentaciones por sí mismas no son malas, aunque sí puede serlo el hecho de no rechazar enérgicamente muchas de ellas. No olvidemos que todas las tentaciones que nos inducen a hacer lo que no debemos no tienen que ser consideradas como pecaminosas, dado que no concebimos las tales con el pensamiento de hacer el mal. Un ejemplo de ello es el deseo que muchos enfermos de depresión sienten de aislarse del mundo e incluso de ni siquiera levantarse de la cama, porque no le encuentran un motivo a sus vidas que les fortalezca para vencer sus dificultades.
Independientemente de que surjan en nuestra mente pensamientos que nos induzcan a pecar o que, aunque no sean concebidos con el propósito de contradecir la voluntad de Nuestro Padre común, nos hieran de alguna manera, debemos encontrar la forma de vencer dichas tentaciones. Recordemos que tenemos tentaciones porque carecemos de la perfección de Dios. Vistas de un modo positivo, las tentaciones pueden ser concebidas como las oportunidades que necesitamos para superarnos, aunque fallemos muchas veces en nuestro empeño de superar a nuestros más brutales adversarios, -es decir, a nosotros mismos-, cuando perdemos el tiempo pensando que no podemos vencer dichas tentaciones, porque no sabemos cómo hacerlo adecuadamente, cuando nos encasillamos mentalmente pensando que es mejor sucumbir ante las mismas aunque estamos totalmente seguros de que no sabemos hacerlo, porque estamos seguros de que no las vamos a vencer, aunque no nos esforzamos en poner a prueba nuestra resistencia a dichos pensamientos, etcétera.
Cuando San Pablo reprendió a los cristianos de Corinto, porque celebraban la Eucaristía en las casas de los creyentes ricos, los cuales participaban en los banquetes en que concluían dichas celebraciones en aquel tiempo, de los que apenas podían participar sus hermanos pobres, los cuales permanecían en los patios de dichas casas avergonzados, esperando tener la dicha de ser alimentados con las sobras de los adinerados, les dijo a sus lectores de dicha ciudad: (1 COR. 11, 18-19).
De la misma manera que los estudiantes ponen a prueba los conocimientos de las materias que estudian cuando son examinados por sus profesores, nosotros, por medio de las tentaciones características de nuestras vidas, tenemos la oportunidad de demostrarnos tanto a quienes nos rodean como a nosotros mismos, quiénes somos realmente. Sé que no siempre es fácil vencer las tentaciones que tenemos, pero, cuanto mayores son las dificultades que las mismas nos presentan y las superamos, más grande es el mérito que tenemos al lograr nuestro objetivo de mejorar como personas cristianas.
San Pablo, durante el tiempo de su primer encarcelamiento, les escribió a los cristianos de Filipo: (FLP. 4, 13). ¿De qué manera fortaleció Nuestro Señor Jesucristo a San Pablo, para que el citado Apóstol pudiera soportar sus largos años de encarcelamiento? Cuando el citado siervo de Cristo llegó a Roma, alquiló una casa en la que les predicaba a quienes le visitaban. Nuestro admirable Santo, vivía encadenado a soldados, los cuales eran reemplazados cada dos horas, y tenían la misión de responder del preso a quien vigilaban estrechamente con sus vidas. San Pablo soportó esa situación heroicamente, recordando las promesas divinas, predicando la Palabra de Dios, y dedicándole tiempo a la oración.
Nuestro Señor le hizo soportable el tiempo de su prisión a San Pablo haciéndosele presente espiritualmente, por consiguiente, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 56, 9-12).
San Pablo fue librado de la condena que por causa de la acusación que cayó sobre él podría haber sufrido, la cual provocó su primer encarcelamiento, porque el pretor Afranio Burro, -amigo de Séneca, y maestro de Nerón-, falló en favor de su causa.
¿Cómo nos ayuda Dios cuando sufrimos por cualquier causa? Cuando somos atribulados, puede sucedernos que Dios nos ayude a solventar las dificultades que causan nuestro padecimiento, de la misma forma que también puede suceder que, aunque tengamos que vivir ciertas dificultades durante muchos años, podemos ver en las mismas la mano de Dios, haciéndonoslas soportables, tal como le sucedió a San Pablo, tanto durante los años que se prolongó su ministerio, como en las dos ocasiones en que fue encarcelado.
1. Las tentaciones de Jesús.
En la Carta bíblica a los Hebreos, leemos: (HEB. 4, 14-15). Analicemos las palabras con que finaliza el texto de la Epístola a los Hebreos que acabamos de recordar, dado que las mismas son muy importantes para que las tengan muy presentes aquellos hermanos nuestros que se amparan en la falsa creencia de que son inútiles. Nuestro Señor no pecó jamás, pero pasó por las mismas pruebas que pasamos nosotros durante los años que se prolongan nuestras vidas, es decir, Nuestro Salvador fue tentado, así pues, dado que Jesús pasó por circunstancias semejantes a las nuestras y por ello comprende la debilidad que nos caracteriza, es un Sumo Sacerdote capacitado para amarnos, comprendernos y perdonarnos.
¿Cómo pudo Jesús evitar el hecho de ceder ante las tentaciones del demonio? ¿Sucedió ello porque el Mesías se valió del poder de su Divinidad para superar las mismas, o logró Nuestro Señor su propósito por causa de su amor a Dios y de su perfección? Para hallar una respuesta a la pregunta que nos hemos planteado, nos es necesario recordar el pecado de nuestros ancestros. Dado que, al comer del fruto prohibido, nuestros padres renunciaron a una vida semiperfecta, era necesario que esa desobediencia fuese corregida, no por medio de un sacrificio cualquiera, sino por la ofrenda de una víctima sumamente perfecta, porque, aunque Nuestro Santo Padre nos ama muy a pesar de nuestra imperfección, no está relacionado con el pecado de los hombres. Si los hebreos, durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación a través del desierto camino de la tierra prometida, no superaron las tentaciones a las que hubieron de enfrentarse, fue necesario que Jesús superara las tentaciones de la humanidad con sus tres tentaciones tipológicas en las que se resumen las tentaciones de la humanidad, para que comprendiéramos el valor y la necesidad de aplicar las siguientes palabras de Nuestro Salvador a nuestras vidas: (MC. 11, 24).
Por otra parte, en la profecía de Habacuc, leemos: (HAB. 2, 4).
Dado que no siempre nos es fácil superar las tentaciones que nos caracterizan, en la Biblia se nos insta a confiar en Dios, imitando la fe inquebrantable de Nuestro Redentor (SAL. 37, 5-6).
Si las tentaciones son pruebas que debemos vencer para superarnos, ¿debemos pensar que Dios es el tentador que nos impone dichas pruebas? (ST. 1, 13).
Si Dios no nos induce a pecar, ¿quién nos hace sucumbir bajo nuestra humana fragilidad, para que acabemos pecando una y otra vez? (ST. 1, 14-15).
Jesús superó las tentaciones a que fue sometido por el demonio, porque no actuaba como quienes se dejan arrastrar por las pasiones de que Santiago habla en su Epístola Universal.
Las tentaciones a que fue sometido Jesús, se narran en los siguientes pasajes bíblicos: MT. 4, 1-11; MC. 1, 11-12, y LC. 4, 1-13. Dado que este año meditamos la gran mayoría de los domingos el Evangelio de San Mateo, estudiaremos dichas tentaciones, siguiendo el orden en que las expone dicho Evangelista.
1-1. La primera tentación de Jesús. La autosuficiencia excesiva.
(MT. 4, 3). ¿Por qué le dijo el demonio a Jesús que se alimentara? San Mateo responde esta pregunta, en los términos que siguen: (MT. 4, 1-2).
¿Cómo pudo sobrevivir Jesús cuarenta días sin alimentarse? En términos humanos, en el caso de que Jesús tuviera esta vivencia, y la misma no haya sido una invención de los hijos de la Iglesia Madre de Jerusalén, para ilustrar las tentaciones a que Jesús hubo de enfrentarse durante los años que se prolongó su Ministerio público, a menos que no utilizara su poder divino para soportar el hambre, no tenemos más remedio que aceptar el hecho de que el Mesías tuvo que alimentarse de hierbas, con tal de poder sobrevivir a su larga estancia apartado del mundo.
Hay un detalle en el texto de San Mateo que estamos meditando que no debemos olvidar. En el versículo 1, se nos dice que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado. En cuanto se hizo Hombre, Nuestro Señor, por medio de sus vivencias de Persona humana, tenía que demostrarnos que, a pesar de nuestra fragilidad, -la debilidad que Él experimentó hasta el extremo de la muerte-, estamos capacitados, para cumplir la voluntad de nuestro Padre común, en conformidad con nuestras posibilidades.
¿Cuál es el significado de la tentación que estamos considerando? Después de pasar cuarenta días sin comer -o mal alimentado-, Nuestro Señor debía ser víctima de los dolores angustiosos que causa el hambre en el Tercer Mundo. Ante la propuesta que le hizo el demonio, Jesús debió haberse interrogado en los siguientes términos: ¿Debo esperar que Dios me alimente, o tengo que sustentarme por mi medio? ¿Por qué le voy a pedir a Dios que haga algo que puedo hacer por mí mismo?
Ante tan desesperado dilema por causa de los dolores que debía producirle el hambre, Jesús decidió confiar en Dios, recordando que, muchas veces, la autosuficiencia excesiva, -el amor propio desmedido-, nos aleja de la presencia de Nuestro Creador. No pretendo decir que los desempleados dejen de buscar trabajo y que esperen que Dios les lleve el pan a sus hogares, sino que, aunque nuestra forma de proceder nos conduzca a actuar inadecuadamente, que nunca vivamos al margen de nuestro Santo Padre.
Jesús, al rechazar la citada tentación, nos recordó que, si tenemos fe en el Dios Uno y Trino, debemos alimentarnos de su Palabra, al mismo tiempo que consumimos alimentos físicos para poder vivir (MT. 4, 4).
1-2. La segunda tentación de Jesús. El empeño humano de probar la fidelidad de Dios.
(MT. 4, 5-7). Por medio de la tentación que estamos considerando, el demonio le dijo a Jesús: "Haz lo que quieras, porque Dios está contigo". Existe, desde hace siglos, una peligrosa costumbre, que consiste en interpretar la Biblia, no en conformidad con la voluntad de Dios, sino de acuerdo a los deseos de muchos lectores de la misma. Hay pasajes en la Biblia que, si se interpretan literalmente, pueden ser textos letales para quienes los interpretan inadecuadamente. Desgraciadamente, muchos piensan que, sus interpretaciones bíblicas, les son inspiradas por el Espíritu Santo, lo cual solo les sirve, para hacer, las obras que no deberían llevar a cabo jamás, bajo ningún concepto.
Hay entre nosotros quienes piensan: "Nosotros vivimos y dejamos que los demás vivan. No pecamos porque no robamos ni matamos". Es verdad que quienes así piensan no cometen los pecados más graves, pero, al no dejarse purificar y santificar por la Palabra de Dios, se pierden la dicha de sentirse aceptos por Nuestro Padre común.
El demonio fue muy astuto cuando sometió a Jesús a la tentación que estamos considerando, pues, al citar el Sal. 91, 11-12, se saltó la parte del citado texto, referente a que los ángeles le guardarían en todos sus caminos, así pues, dichas palabras son un gran consuelo para quienes vivimos por la fe que profesamos.
1-3. La tercera tentación de Jesús. Cambiar la fe y obediencia a Dios por la posesión del poder, la fama y el prestigio, que son tan necesarios para triunfar en este mundo.
(MT. 4, 8-10). Dado que el demonio había fallado en sus dos intentos anteriores de conquistar el corazón de Jesús, proponiéndole en el primer caso que tuviera una existencia fácil y vacía, y, en el segundo, que se ganara el corazón de los hombres, haciéndose para los tales un ídolo y por consiguiente que rechazara a Dios actuando al margen del Padre y del Espíritu Santo, Satanás atacó a Jesús con toda la agresividad y astucia que fue capaz de concentrar en sí mismo, proponiéndole, abiertamente, que le adorara a él, y renegara de Dios, a cambio de cederle su dominio sobre la tierra. Lo que parecía una excelente oportunidad para Jesús de acabar con la miseria que afligía la humanidad, solo era un imperdonable acto de idolatría, pues, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 97, 1).
¿Qué significa el hecho de que Dios es Rey? Esta realidad le recordó a Jesús que el demonio mentía al intentar hacerle creer, -en vano, por supuesto-, que él era el soberano de la tierra.
Si Dios no ha solventado los problemas de la humanidad, ello sucede porque aún no ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados, purificados y santificados, así pues, este hecho no ha de instarnos a ser idólatras, sino, al contrario, ha de entusiasmarnos la idea de vivir en base a la fe que profesamos.
La Palabra de Dios tiene que fortalecernos para que podamos resistir las tentaciones que, al convertirse en obras, impiden que seamos aptos para vivir en la presencia de Dios, a no ser que corrijamos nuestra conducta.
San Pablo les escribió a los cristianos de Éfeso: (EF. 6, 10-17).
2. ¿Cómo debemos reaccionar los cristianos cuando seamos tentados?
Como he demostrado en esta meditación, necesitamos ser tentados, con el fin de que seamos probados. El caso de que no superemos esas pruebas, lo único que significa, es que no debemos de dejar de esforzarnos para seguir perfeccionándonos, así pues, solo porque somos humanos, estamos destinados a fallar muchas veces en el periodo de nuestra superación, porque no somos perfectos. Recordemos que Dios probó la fe de Abraham, cuando le mandó que sacrificara a su hijo Isaac (GN. 22, 1-2).
Sabemos que, aunque Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios no permitió que asesinara al depositario de la promesa de hacerle descendiente de una muchedumbre incontable.
San Pablo indicó en su segunda Carta a los cristianos de Corinto que tenía derecho a enorgullecerse por causa de ciertas revelaciones que le hizo el mismo Dios. También dijo en la citada carta que tenía un aguijón, -el cual no sabemos si era un vicio, una enfermedad u otro problema-, del cual le pidió a Dios que lo librara, porque se le hacía difícil el hecho de soportarlo. Dios le indicó al citado Santo que no lo iba a librar del citado aguijón, sino que, amparándose en su gracia, tendría que sobrevivir con él, el tiempo que le fuera necesario, en conformidad con su crecimiento espiritual (2 COR. 12, 7-10).
¿Creemos que en nuestra debilidad se muestra perfecta la fuerza de Dios? ¿Cómo es posible este hecho, si no cesamos de equivocarnos cuando tomamos decisiones, y, en el caso de estar enfermos, tenemos la sensación de no saber sobrellevar como buenos cristianos nuestros padecimientos? Si nos encontramos en esta situación de desconfianza tanto en Dios como en nosotros, nos es conveniente aplicarnos las palabras del Apóstol San Pablo, contenidas en ROM. 8, 38-39.
A pesar de que San Pablo sabía que era inferior a Nuestro Señor, no dudó en confiarse a Cristo, para que el Salvador del mundo le hiciera instrumento de la salvación de sus oyentes y lectores (GÁL. 2, 20).
Al mismo tiempo que los hebreos probaron la fidelidad de Yahveh en su peregrinación a través del desierto, Dios probó la fe de su pueblo, por medio de las dificultades que le hizo vivir (NM. 20, 1-13).
San Pablo nos insta a evitar las tentaciones que nos inducen a incumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Veamos unos ejemplos de ello.
En la Iglesia de Corinto, había fieles que, aunque estaban casados, querían evitar el hecho de mantener relaciones maritales, con el fin de dedicarse al servicio de Dios. San Pablo, previendo más allá del deseo de sus creyentes discípulos, la posibilidad de que, tanto los tales como sus cónyuges, pudieran caer en el pecado de fornicación, les indicó a sus lectores: (1 COR. 7, 5).
San Pablo velaba por la fe de sus oyentes y lectores de Corinto, porque no quería que ninguno de ellos incumpliera la voluntad de Dios (2 COR. 11, 2-3).
Es importante que, a pesar de las dificultades que tengamos, nunca dejemos de creer en Dios, por consiguiente, San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (1 TES. 3, 4-5).
En el ambiente de no creyentes en que la mayoría de los cristianos vivimos, se nos presentan muchas oportunidades de renegar de Dios (1 JN. 2, 15-17).
Creo necesario interrumpir la meditación en que estamos ocupados, para hacer una breve aclaración sobre las palabras de San Juan que acabamos de recordar. Para comprender el citado texto, nos es necesario recordar, que, el mismo, fue escrito en un tiempo, en que los cristianos eran ferozmente perseguidos, lo cual hacía que los tales se distinguieran del mundo, por causa de la opresión que padecían. En aquel tiempo, formar parte del mundo, significaba renunciar al Dios de los cristianos, y, por tanto, a su Iglesia. Actualmente, quienes no estamos siendo perseguidos, no debemos odiar este mundo, pero sí debemos rechazar todo lo que se opone a Nuestro Dios Uno y Trino. Debemos amar el mundo en que vivimos, no solo porque somos sus hijos, sino porque tenemos el deber de contribuir, con nuestras palabras y obras, a la salvación de nuestros hermanos, independientemente de que los tales sean creyentes en Dios, pues, por esta causa, lleva la Iglesia a acabo, su obra de Evangelización.
La fuente más poderosa de tentaciones a la que debemos enfrentarnos, somos nosotros mismos (ST. 1, 14).
No temamos el hecho de ser tentados, pues, San Pablo, nos instruye: (1 COR. 10, 13).
Somos débiles para superar nuestras tentaciones, por consiguiente, en nosotros se cumplen las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando, en la noche en que Judas le entregó a sus enemigos, les encontró durmiendo, cuando les pidió que oraran, con tal de no caer en tentación: (MT. 26, 41).
En quienes, aunque fallen en su crecimiento espiritual, se mantienen fieles al Señor, se cumple esta promesa magnífica: (AP. 3, 10-12).
No dejemos de orar, para que Dios no permita que pasemos por la prueba de caer en la tentación que nos aparta de Él.
Jesucristo, -el Sembrador de la Palabra de Dios en nuestros corazones-, nos dice: (MT. 13, 20-21).
Con tal de que evitemos el hecho de caer en la tentación de pecar, muchos predicadores nos dicen que no nos relacionemos con quienes incumplen la voluntad de Dios. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a este hecho? El Apóstol nos dice que todos los hijos de la Iglesia deben ser puros (1 COR. 5, 6-11).
Concluyamos esta meditación, aplicándonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 TES. 5, 8).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.
Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad.
Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 1-11.
Lectura introductoria: ST. 1, 13-16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como el Paráclito llevó a Jesús al desierto, para exponerlo a las tentaciones diabólicas. El Espíritu Santo no nos evita las dificultades características de nuestras vidas, sino que nos empuja a vivirlas para que adquiramos una gran fortaleza. El hecho de superar unas dificultades a veces no significa que se termina el tiempo de nuestras luchas, sino que nos disponemos a resolver problemas aún más graves que los que superamos anteriormente.
Busquemos la paz divina cuando oremos, pero no ignoremos que la paz cristiana no es la total ausencia de conflictos, sino la seguridad de que superaremos grandes dificultades, si no consentimos que se nos debilite -ni se nos extinga- la fe en Dios. La Cuaresma no es el tiempo del cansancio que nos produce la acumulación de sacrificios y de ayunos, pues es el tiempo del combate, el tiempo de contraponer las pérdidas después de aceptarlas a las ganancias, y el tiempo de sumirnos en nuestra debilidad, para descubrir el amor y el poder de Dios, en nuestra vivencia personal del desierto.
Orar es recordar que ningún suceso de nuestras vidas es inútil. El Espíritu Santo expuso a Jesús a las tentaciones de Satanás porque sabía que las iba a superar satisfactoriamente. Oremos para que Dios nos ayude a aprender lecciones a partir de nuestros sucesos vitales cuyo sentido aún no logramos comprender.
Orar es ayunar de aquello que nos impida crecer espiritualmente y ayudar a quienes tienen carencias al mismo tiempo. A este respecto, bueno será que quienes tengan dinero donen una cantidad significativa que no sea simbólica para que no dejen de hacerse obras de caridad en favor de los menesterosos, y que los pobres inviertan su tiempo en hacer el bien, porque todos tenemos algo que hacer en la viña del Señor, y somos válidos para servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.
Orar es comprender que la vida no siempre es fácil, y que necesitamos vivir el dolor que nos produce nuestra visión de las situaciones que consideramos adversas, con el fin de poder madurar.
Orar es comprender que las carencias han de ser cubiertas en su justa medida. Es justo alimentar a los pobres cuando los tales no puedan ganarse el sustento, pero no estará de más enseñarles a sembrar, y a producir su propia riqueza. El reparto equitativo de los recursos de la tierra no extinguiría la pobreza del mundo, si los menesterosos no aprendieran a invertir el dinero inteligentemente y a lograr que el dinero trabajara para ellos, en lugar de trabajar ellos para ganar dinero.
Orar es aprender a vivir nuestro cristianismo en silencio, evitando lucirnos ante tanta gente que parece vibrar ante actuaciones sensacionalistas.
Orar es rechazar la intención de probar el amor y la fidelidad de dios para con nosotros, porque sabemos que Nuestro Padre común nos ama, y confiamos plenamente en Él.
Orar es comprender que los cristianos no debemos sobornar a nadie ni evitar profesar nuestra fe a cambio de obtener beneficio alguno.
Orar es tener presente que, así como los ángeles sirvieron a Jesús, Dios buscará la manera de socorrernos cuando tengamos dificultades.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo desde la eternidad:
Aunque te pido que me evites el hecho de ser tentado, Tú llevaste a Jesús al desierto después de que fuera bautizado, para exponerlo a las tentaciones de Satanás. Ello me induce a no pedirte que me evites las tentaciones, sino a pedirte que me ayudes a superar las mismas tal como debe hacerlo un buen hijo de Dios, que es consciente de que su Padre celestial jamás lo abandonará.
Jesús sintió hambre después de ayunar durante cuarenta días con sus respectivas noches. Jesús aprovechó su carencia de alimentos y bienes materiales para llenarse de tu presencia, y a mí me es difícil aceptar los problemas que tengo. Ayúdame a comprender que mis dificultades no son inútiles, porque pueden aportarme enseñanzas que necesito aceptar, para poder ser el cristiano en que pensaste antes de crear el mundo.
Mientras que la vida fácil me puede volver ocioso, las dificultades, las carencias y el aprendizaje vital y de la Palabra de Dios, pueden hacer de mí un gran cristiano, si cuento con tu inspiración, para alcanzar tan loable meta.
El poder, las riquezas y el prestigio tienen su utilidad, pero no quiero olvidar la importancia que tiene la Palabra de Dios.
Tal como les sucedía a los fariseos, los cristianos necesitamos vencer la tentación de aparentar una bondad y una fe que no nos caracterizan. ¿Nos atreveremos a ser nosotros mismos evitando así el miedo a que nos juzgue la gente?
Tú estás dispuesto a ayudarnos, pero nosotros corremos el peligro de pedirte que hagas lo que está en nuestras manos y podemos llevarlo a cabo perfectamente. La quietud es buena para quienes oran, pero el quietismo es una plaga que nos induce a desinteresarnos de nuestras responsabilidades y a no solidarizarnos del padecimiento de la humanidad.
Ayúdame a tener el valor de evitar hacer todo lo que puede impedirme el hecho de cumplir tu voluntad, que consiste en que yo alcance la plenitud de la felicidad.
Si acepto que me ayudes cuando te necesito, ayúdame a comprender que ello debe servirme para ser un buen siervo de Dios.
2. Leemos atentamente MT. 4, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 4, 1-11.
3-1. ¿Por qué necesitamos ser tentados?
Al superar la triple tentación a la que lo sometió el demonio -el ángel que gobierna las fuerzas del mal según la biblia-, Jesús demostró que es el Unigénito de Dios, y que, así como venció a su enemigo, nosotros, amparados en su amor y su poder, también podremos vencer las tentaciones de dejar de cumplir la voluntad divina. Nadie tiene la oportunidad de demostrar si ama sinceramente, si jamás ha tenido razones para odiar. Los matrimonios que conviven durante muchos años saben que las dificultades les sirven para fortalecer y afianzar sus relaciones. El bien y el mal están dentro de nosotros, y sólo depende de nosotros el hecho de que el primero o el segundo gobiernen nuestras vidas. Estamos capacitados para hacer grandes obras de amor, y para cometer los mayores crímenes. Para comprender la grandeza del bien, necesitamos tener la experiencia del mal. Para valorar la luz, necesitamos vivir en tinieblas.
En DT. 8, 2, se nos informa de que Dios condujo a los hebreos al desierto, con el fin de probar si realmente le eran fieles. Lógicamente, Dios sabía lo que iba a suceder de antemano, pero quiso que los miembros de su pueblo se conocieran a sí mismos. Dios no necesita probarnos, pero nosotros necesitamos las tentaciones para conocernos. Dado que seremos tentados cuando menos esperemos que ello suceda, necesitamos formarnos espiritualmente, vivir sirviendo a dios y tener el hábito de orar, con el fin de superar dichas pruebas exitosamente. No sabemos si se nos probará con desavenencias económicas, la pérdida de la salud, el fallecimiento de alguno de nuestros familiares o amigos queridos, o con alguna otra situación que consideremos adversa, pero conviene que no olvidemos que Dios nunca nos desamparará (SAL. 27, 10. 37, 25).
Aunque en MT. 26, 41 se nos induce a entender que somos débiles, si nuestras convicciones son estables, podremos resistir grandes presiones, consecuentes de nuestra visión de las situaciones dolorosas que hayamos de vivir.
Si Jesús hubiera sucumbido a las seducciones de su adversario, no hubiera podido llevar a cabo el propósito con que Dios lo envió a Israel. Nuestra felicidad es una responsabilidad que sólo nos atañe a nosotros. Nadie podrá hacer por nosotros lo que necesitamos hacer para potenciar nuestro crecimiento personal, y, por consiguiente, nuestro desarrollo a nivel social, y nuestra formación espiritual. No olvidemos que Dios ha creado el trigo, el campo y el agua de la lluvia, pero a nosotros nos corresponde sembrar el trigo, y esperar el día de la siega para posteriormente poder hacer el pan que mañana nos comeremos.
¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados? Hemos visto que las tentaciones no son pecaminosas, y que las necesitamos para probarnos a nosotros mismos la fe, el amor y la fortaleza que hemos adquirido, y lo que nos falta para completar nuestro crecimiento. Quienes se sienten sucios cuando son tentados, valoran negativamente sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones, y, cuanto más se castigan, con más fuerza aparecen en sus mentes los pensamientos que desean rechazar. Si queremos que Dios nos ayude a vencer las tentaciones que tenemos, necesitamos esforzarnos para que ello suceda. En JER. 1, 7, vemos cómo Dios le dijo a Jeremías que no se creyera insignificante para cumplir la misión que le encomendó por causa de su juventud. Si creemos que nuestro valor personal es ínfimo, consecuentemente creeremos que somos unos fracasados, y abandonaremos nuestro crecimiento, aunque se lo confiemos a Dios. Recordemos también cómo Isaías sintió miedo de estar en presencia de dios porque se creía pecador, y cómo fue purificado, y deseó ardientemente servir a Yahveh (IS. 6, 5-8).
Las tentaciones no están relacionadas con el pecado, pero si cedemos a las mismas, pecamos porque desobedecemos a Dios. Recordar este hecho nos ayudará a examinar lo que queremos hacer para evitar caer en las tentaciones que pueden inducirnos a descuidar nuestras responsabilidades, a no solidarizarnos de nuestros prójimos los hombres que sufren, y a olvidarnos del cumplimiento de la voluntad divina.
Jesús no fue tentado cuando fue bautizado (MT. 3, 16-17), sino en el desierto, cuando padeció el cansancio, y fue presa del aislamiento y el hambre. Para valorar la fortaleza, necesitamos tener la experiencia de la vulnerabilidad, y, cuando somos débiles, podemos sentir la tentación de abandonar el combate de nuestra superación personal y social. El aislamiento, las carencias, algunas decisiones que tenemos que tomar y las incertidumbres, son estados en que nos sobrevienen las tentaciones, y necesitamos buscar la manera de no ceder a las mismas.
Si somos tentados cuando vivimos situaciones que consideramos adversas, también el hecho de no tener carencias puede inducirnos a prescindir de dios y del amor a nuestros prójimos los hombres, y la soberbia puede tentarnos a sentirnos superiores a los demás. Recordemos que el narcisismo es tener baja la autoestima.
3-2. ¿Cómo tentó el demonio a Jesús?
1. Satanás intentó conseguir que Jesús dejara de cumplir la voluntad de Dios (MT. 4, 3). El hecho de alimentarse no era pecaminoso para el Señor, pero sí lo era la posibilidad de desviarse de su camino. No es contraproducente el hecho de que muchos padres deseen que sus hijos tengan todo lo que a ellos les faltó cuando sus progenitores tenían pocos recursos, pero, si sus descendientes no aprenden a valorar lo que tienen, no disfrutarán de sus posesiones, y su deseo de ser más y tener más, será insaciable.
El verdadero camino para un cristiano consiste en aplicar la Palabra de Dios a su vida y depender de su Padre celestial en todas sus circunstancias vitales.
2. La segunda tentación contenida en el Evangelio de San Mateo, consistió en lograr que Jesús pusiera a prueba la fidelidad de Dios a la hora de cumplir su Palabra, intentando que los ángeles lo protegieran al arrojarse desde el pináculo del Templo de la ciudad santa (MT. 4, 6). Satanás fue astuto al citar el texto del SAL. 91, 11-12, pues omitió la frase relativa a que los ángeles guardarían al Mesías en todos sus caminos. La tentación consistía en que Jesús se desvinculara del Padre y del Espíritu Santo, y se constituyera en divinidad independiente.
3. Ya que Jesús no quiso rechazar a Nuestro Padre común ni constituirse en divinidad distinta, Satanás le ofreció convertirse en su dios por un instante, a cambio de hacerlo rey de la humanidad (MT. 4, 8-9). Esta tentación es muy sutil, porque supone adquirir poder, riquezas y prestigio, pero también supone el sacrificio de sí mismo. La tentación política es muy frustrante cuando las promesas de que se es objeto no se cumplen, y hace un daño irreparable. Dios nos ha creado para que seamos sociables, y por eso se genera mucho sufrimiento cuando alguien intenta crecer aplastando a los más débiles, y cuando muchos lo sacrifican todo, a cambio de terminar tirados en la cuneta. La tentación política nos dispone a tenerlo todo o a perderlo todo en la vida, y por eso es un juego muy peligroso, en el que difícilmente no se genera sufrimiento inútil.
3-3. Jesús se dejó llevar por el Espíritu Santo al desierto (MT. 4, 1).
Cuando Jesús fue bautizado, se abrió el cielo manifestándose el espíritu profético que permaneció en silencio durante cuatro siglos, el Espíritu Santo ungió a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey, y la voz del Padre reconoció al Señor públicamente como su Hijo amado, en quien se complace (MT. 3, 16-17). Después de ser bautizado, Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto, para que el demonio probara su integridad.
Después de demostrar que Yahveh es el Dios de Israel (I RE. 18, 20-40), Elías debería haber sido tratado como un gran Profeta del Altísimo, pero se encontró con que su integridad fue puesta a prueba durante cuarenta días, porque la reina Jezabel quiso quitarle la vida, por haber mandado asesinar a sus 450 profetas (I RE. 19, 1-14). En su peregrinación a través del desierto, Elías descubrió que Dios le ayudó a vencer sus dificultades.
¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial? Difícil sería creer en Dios y amarlo si los creyentes persiguiéramos la plenitud del poder, las riquezas y el prestigio. Toda la humanidad podría unirse a dios, pero no amaríamos a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Seamos seguidores de Jesús cuando nos sonría la vida, y cuando el dolor nos ayude a ser purificados y santificados.
3-4. La vulnerabilidad de Jesús (MT. 4, 2).
Jesús no actuaba como quienes se sienten superiores a quienes les rodean. Esta fue la razón por la que el demonio no le tentó cuando fue bautizado, pero le expuso a la soledad, a la sed, al calor y al hambre, para probar su integridad. Dado que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, parece ser que se puso de acuerdo con el tentador para probar al Señor, pero eso no tiene sentido, dado que la vivencia del Señor en el desierto desde el punto de vista humano es irreal, porque nadie puede pasar cuarenta días sin comer, y porque no existe ningún monte desde el que se vea todo el país de Israel. Cuando no se podía justificar la existencia de la adversidad desde el punto de vista científico, muchos culparon a los dioses de la existencia del mal, y los judíos y los cristianos intentaron buscarle alguna utilidad a lo que consideraban que era el mal, para no acusar a su Creador de ser pecador y de que no se interesaba por ellos (1 Pé. 3, 5-7). Las tentaciones de Jesús en el desierto son un resumen del Ministerio público del Hijo de Dios y María, pues el Mesías debió tener la tentación de facilitarles la existencia a sus seguidores para ganárselos de la misma manera que los colonizadores se ganaron a los saduceos concediéndoles beneficios a cambio de que les ayudaran a someterse a los rebeldes, quizás pensó en llevar a cabo un gran prodigio para ganarse la admiración de sus hermanos de raza, y quizás pudo pensar en venderle su alma al tentador, a cambio de obtener el poder necesario para llevar a cabo su obra de exterminio de la miseria, las riquezas necesarias para exterminar la pobreza, y el prestigio indispensable para que todo el pueblo le siguiera. El exterminio de la pobreza no consiste en empobrecer a los actuales ricos para enriquecer a los que tienen carencias económicas.
3-5. La primera tentación (MT. 4, 3-4).
Tener hambre no es un pecado, pero no todas las maneras de conseguir alimentos son lícitas. Jesús no quiso utilizar su poder en su beneficio, sino en favor de aquellos en cuyo beneficio llevó a cabo prodigios. Si el Señor quería experimentar su humanidad plenamente, tenía que hacer el sacrificio de rehusar al ejercicio de su poder.
Nuestros deseos deben satisfacerse correctamente y cuando sea oportuno.
Jesús fue capaz de superar las tentaciones porque conocía la Palabra de Dios y la obedecía. En EF. 6, 17, se nos dice que la Palabra de dios es la espada del Espíritu Santo, y en HEB. 4, 12, también se nos habla de la Palabra de Dios, diciéndosenos que es una espada de doble filo. Así como el bien y el mal habitan en nosotros, podemos usar la Palabra de Dios para hacer el bien, y para incumplir la voluntad divina. El hecho de sabernos y aplicarnos versículos bíblicos puede ayudarnos a ser los hijos en que Dios está pensando desde la eternidad.
Jesús tenía hambre, y el hecho de alimentarse no es pecaminoso. La mayor parte de la humanidad tiene carencias que tendrían que ser solventadas urgentemente, y sabemos que hacer el bien no es pecar. Jesús tenía el poder para evitarnos las carencias que caracterizan nuestras vidas, pero, ¿en qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas? Recuerdo a una señora que me contó la siguiente historia:
"Eduqué a mi hija de manera que no le faltó nada, pero, desde que llegó a la adolescencia, es muy vaga. No quiere hacer trabajos humildes y sólo vive a expensas de sus amantes. Esa manera de ser de mi hija perjudicará mucho a mi nieto de siete años."
Sería positivo el hecho de curar las enfermedades graves y no es pecaminoso el hecho de alimentar a los pobres cuando no pueden conseguir sustentarse por sí mismos, pero hay problemas que tenemos que resolver por nuestros propios medios, con el fin de crecer, aprendiendo a valorar quiénes somos, y lo que hemos conseguido.
Cuando San Juan Bautista mandó a algunos de sus discípulos a que interrogaran a Jesús respecto de su mesianismo desde la cárcel, el Señor no le dijo que su prioridad era alimentar a los pobres, sino anunciarles el Evangelio a los menesterosos (MT. 11, 5). Esta conducta de Jesús parece ilógica e inhumana si pensamos en quienes mueren sin que nadie los socorra, pero es necesario que los pobres aprendan a trabajar por sí mismos, a crear sus propias fuentes de riqueza, y que contribuyan al sostenimiento de las sociedades que han de ampararlos.
El materialismo no es pecaminoso, pero el hecho de tener demasiadas posesiones puede inducirnos a no esforzarnos para madurar ni para ayudar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales.
No sólo de pan vive el hombre. Necesitamos alimentarnos física y espiritualmente, y relacionarnos con quienes nos rodean.
No sólo de riquezas vive el hombre. La mayor riqueza es el amor que se da y recibe. Si hay pobres que mueren de hambre, hay ricos que sufren porque viven aislados.
No sólo de prestigio vive el hombre. Hay quienes intentan ocultar su soledad fingiendo que son muy conocidos y queridos por gente famosa.
Jesús no nos dice que podemos vivir de algunas palabras de dios, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No aceptemos solamente lo que nos gusta de nuestra fe, sino toda la Palabra de Dios en su conjunto.
3-6. La segunda tentación (MT. 4, 5-7).
El Templo de Jerusalén era el centro religioso-político de Israel en que se esperaba que apareciera el Mesías milagrosamente, según se deduce del texto de MAL. 3, 1. Satanás subió al Señor a una pared desde la que veía varios kilómetros de tierra, y lo tentó con el hecho de hacerlo poderoso, a cambio de que diera un espectáculo.
Se nos tienta mucho para que compremos determinados productos, haciéndosenos creer que por tener los mismos seremos personas ideales. Una persona madura jamás se enamorará de nadie que use un determinado perfume, pero en el campo de la publicidad casi cualquier juego es válido para aumentar las ventas, y es un deber nuestro no ser incautos.
¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
Dios quiere que vivamos por fe, no porque vemos milagros. Dios no se deja manipular por nadie, y, si lo aceptamos como Padre, creeremos en Él. Además, si Dios no nos prueba, tampoco es justo que lo probemos nosotros.
Recuerdo un programa de televisión en que los presentadores intentaron sorprender a un pederasta intentando abusar de una joven periodista que se hizo pasar por una adolescente. El pederasta tentaba a su víctima con ropa que ella no podía comprar con el dinero que supuestamente le daban sus padres. En la vida todo lo que intentamos conseguir tiene un precio, pero necesitamos pensar si lo que vamos a sacrificar es más valioso que lo que deseamos conseguir, aunque en un principio no lo parezca.
3-7. La tercera tentación (MT. 4, 8-10).
Por causa de la crisis económica que nos afecta a los españoles, muchas veces vemos productos a la venta con descuentos superiores al cincuenta por ciento de su precio inicial, y yo me pregunto: ¿Se están vendiendo los mismos productos que se vendían antes de rebajar su precio, o serán otros similares y de peor calidad? Con no poca razón, en mi pueblo dicen que nadie cambia un duro por cuatro pesetas. Muchos hombres quieren conseguir poder, riquezas y prestigio de cualquier manera, y son insaciables. Los pobres sufren porque no tienen dinero, y los ricos, ni aunque tengan miles de millones de dólares, no pueden evitar el miedo a perderlo todo, pero ese miedo no impide que muchos adinerados no reduzcan sus gastos, para evitar la experiencia de la pobreza. La codicia es muy mala consejera. Necesitamos aprender a amarnos tal como somos, a superarnos y a valorar adecuadamente lo que tenemos.
¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
Dado que en la Biblia las relaciones matrimoniales simbolizan nuestra relación con Dios, cuando el pueblo de Israel desobedecía a Yahveh, se decía que adulteraba contra Dios.
¿Conocemos casos de gente que se ha prostituido para conseguir trabajo? ¿Se ha prostituido esa gente por necesidad, o por la comodidad de no buscar otro trabajo y de ganar una buena suma de dinero en poco tiempo?
¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio? Si tenemos fe, nuestro poder es el de Dios, quien es nuestra riqueza. Respecto de nuestro prestigio, será bueno ante el Señor, si hacemos el bien.
Satanás no tenía el control sobre el mundo según le dijo a Jesús, pero fingía que lo tenía. Si intentamos contratar los servicios de un profesional que presume mucho de sus logros, mejor será para nosotros rehusar nuestra pretensión, porque dicho personaje nos está engañando. Quien conoce su profesión no tiene tiempo para presumir, porque actúa durante su tiempo de trabajo como sabe que debe hacerlo.
3-8. Jesús fue servido por los ángeles después de ser tentado (MT. 4, 11).
Dado que el demonio no pudo hacer pecar a Jesús, lo dejó, quedando a la espera de que el Señor se encontrara vulnerable, para seguir tentándolo. Unos ángeles sirvieron a Jesús, pues, después de hacer un ayuno tan largo, y de haber reflexionado sobre el estado de una gran parte de la humanidad, el Señor debió sentirse muy débil. Si los ángeles son servidores de quienes serán salvos (HEB. 1, 14), ¿cómo no iban a servir a Jesús, quien es el autor de nuestra salvación?
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 4, 11-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quién es el demonio?
2. ¿Qué demostró Jesús cuando superó la triple tentación a la que lo sometió el demonio?
3. ¿En qué sentido podremos superar las tentaciones que nos caracterizan porque Jesús venció al tentador?
4. ¿En qué sentido habitan el bien y el mal en nuestro interior?
5. ¿En qué sentido nos sirven las dificultades características de nuestras vidas para crecer?
6. ¿De qué depende el hecho de que el bien o el mal gobiernen nuestras vidas?
7. ¿Por qué necesitamos tener la experiencia del mal para comprender la grandeza del bien?
8. ¿Por qué no necesita Dios someternos a prueba?
9. ¿En qué sentido necesitamos ser tentados?
10. ¿Para qué necesitamos conocer la Palabra de Dios, aplicarla a nuestras vidas de fe y orar frecuentemente?
11. ¿De qué maneras podemos ser probados?
12. ¿Qué aprenderemos de las tentaciones a las que no hemos de ceder?
13. ¿Qué aprenderemos de la vivencia de nuestras dificultades?
14. ¿Cómo podremos resistir fuertes presiones si somos débiles?
15. ¿Qué hubiera sucedido si Jesús se hubiera dejado seducir por el diablo?
16. ¿Es cierto que nuestra felicidad es plenamente dependiente de nosotros y que sólo nosotros podemos conquistarla? ¿Por qué?
17. ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados?
18. ¿Por qué es real el texto de ROM. 7, 15?
19. ¿Qué tenemos que hacer para que Dios nos ayude a vencer tentaciones?
20. ¿Por qué no podremos vencer tentaciones ni con la ayuda de Dios si no nos amamos?
21. Explica la transformación que se llevó a cabo en Isaías, según el texto de IS. 6, 5-8.
22. Si las tentaciones no están relacionadas con el pecado, ¿por qué pecamos cuando cedemos a las mismas?
23. ¿Qué consecuencias tiene tanto para nosotros como para nuestros prójimos los hombres el hecho de que nos dejemos seducir por el diablo?
24. ¿Qué puede sucedernos cuando somos débiles?
25. ¿En qué estados nos tienta el demonio? ¿Por qué?
26. ¿Por qué puede hacernos caer en la soberbia el hecho de no tener carencias?
27. ¿En qué sentido son sinónimos el desprecio de sí mismo y el narcisismo?
3-2.
28. ¿Por qué no cedió Jesús a la tentación de convertir unas piedras en pan para saciar su hambre?
29. ¿Qué les sucede a los niños y adultos que no aprenden a valorar lo que tienen?
30. ¿En qué consiste el verdadero camino para los cristianos?
31. ¿En qué consistió la segunda tentación a la que el diablo sometió a Jesús?
32. ¿Qué le ofreció Satanás a Jesús para que lo adorara?
33. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de la tentación política?
34. ¿En qué sentido es la tentación política un juego muy peligroso?
3-3.
35. ¿Qué ocurrió Cuando San Juan Bautista bautizó a Jesús?
36. ¿Para qué impulsó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
37. ¿Por qué no le evitó Dios a Elías el sufrimiento, teniendo en cuenta que demostró que Él es el único Dios verdadero?
38. ¿Qué descubrió Elías en su peregrinación a través del desierto?
39. ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial?
40. ¿Nos parecemos a Elías en que hemos descubierto que Dios está con nosotros en nuestras dificultades, o las mismas nos demuestran que no existe o que no le interesamos?
3-4.
41. ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando fue bautizado?
42. ¿Por qué expuso el demonio a Jesús al calor, la soledad y el hambre?
43. ¿Por qué es irreal el episodio de las tentaciones de Jesús tal como se narra en los Evangelios, y concebimos el mismo como un resumen del Ministerio público de Jesús?
44. ¿De qué maneras hemos justificado los judíos y los cristianos la existencia de la adversidad? ¿Con qué propósitos lo hemos hecho?
45. ¿De qué maneras pudo tener Jesús tentaciones de ganarse a sus seguidores?
46. ¿Qué hubiera conseguido Jesús si hubiera adorado a Satanás?
47. ¿Por qué no consiste el exterminio de la pobreza exclusivamente en hacer que los ricos sean solidarios?
3-5.
48. Nuestros deseos pueden ser lícitos, pero no todas las maneras de realizarlos son legales. Pon ejemplos de ello.
49. ¿Por qué Jesús no se benefició del uso de su poder?
50. ¿Por qué pudo Jesús superar las tentaciones diabólicas?
51. ¿En qué sentido es la Palabra de Dios la espada de doble filo del Espíritu Santo?
52. ¿Por qué podemos usar la Palabra de dios para hacer el bien y para incumplir la voluntad divina?
53. ¿Para qué nos es útil el hecho de saber versículos bíblicos y aplicárnoslos?
54. ¿En qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas?
55. ¿Por qué el hecho de resolvernos nuestros problemas es la única manera que tenemos de conocernos a nosotros mismos y de valorar lo que hemos conseguido?
56. ¿Por qué era para Jesús más importante la evangelización de los pobres que el hecho de sustentar a los mismos?
57. ¿Qué puede sucedernos si tenemos muchas posesiones?
58. ¿En qué aspectos necesitamos potenciar nuestro desarrollo?
59. ¿Cuál es la mayor riqueza?
60. ¿En qué consiste la pobreza de muchos ricos?
61. ¿Aceptamos toda la Palabra de dios en su conjunto?
3-6.
62. ¿Por qué esperaban muchos judíos que apareciera milagrosamente el Mesías en el Templo de Jerusalén?
63. ¿Son lícitas todas las prácticas marketinianas para los cristianos? ¿Por qué?
64. ¿Por qué tenemos el deber de no ser incautos?
65. ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
66. ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
67. ¿Por qué quiere Dios que vivamos por fe?
68. ¿Por qué no es justo el hecho de que sometamos a Dios a prueba?
3-7.
69. ¿Por qué no nos conviene ser codiciosos?
70. ¿Por qué necesitamos amarnos tal como somos, superarnos y valorar adecuadamente lo que tenemos?
71. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
72. ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio?
3-8.
73. ¿Por qué debió Jesús sentirse muy débil?
74. ¿Por qué fue servido Jesús por ángeles?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 PE. 4, 7-11, para recordar resumidamente, cuál ha de ser el comportamiento de los cristianos, según la predicación del primer Pontícife de la Iglesia Católica.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús dejándose llevar por el Espíritu Santo al desierto, y observémonos nosotros, pidiendo en oración que se nos eviten las tentaciones y el sufrimiento.
Jesús estuvo cuarenta días con sus respectivas noches orando, meditando y ayunando. ¿Cuánto tiempo le dedicamos al servicio de Dios en sus hijos los hombres?
Mientras que Jesús no quiso convertir piedras en panes para comer, nosotros no dejamos de pedirle a dios que nos facilite la vida. Es más fácil creer que el Espíritu Santo nos inspira nuestras palabras y obras, que actuar intentando no pecar. No evitemos hacer el bien amparándonos en la excusa de que dios es el que nos indica todo lo que tenemos que decir y hacer por medio del Espíritu Santo.
¿Realmente vivimos los cristianos de la aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas?
Los líderes católicos organizan actos multitudinarios, para hacernos comprender a los creyentes de base que no estamos solos. ¿Sirven esos eventos para aumentar el número de hijos de dios y para que los cristianos de siempre seamos mejores seguidores de Jesús?
¿Nos mezclamos los cristianos con quienes no profesan nuestra fe e intentamos vivir en paz y armonía, o queremos imponer nuestras creencias por medio de la aplicación de leyes?
Cuidémonos de utilizar el servicio a Dios como excusa que justifique nuestro deseo de obtener poder, riquezas y prestigio.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad.
Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 1-11.
Lectura introductoria: ST. 1, 13-16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como el Paráclito llevó a Jesús al desierto, para exponerlo a las tentaciones diabólicas. El Espíritu Santo no nos evita las dificultades características de nuestras vidas, sino que nos empuja a vivirlas para que adquiramos una gran fortaleza. El hecho de superar unas dificultades a veces no significa que se termina el tiempo de nuestras luchas, sino que nos disponemos a resolver problemas aún más graves que los que superamos anteriormente.
Busquemos la paz divina cuando oremos, pero no ignoremos que la paz cristiana no es la total ausencia de conflictos, sino la seguridad de que superaremos grandes dificultades, si no consentimos que se nos debilite -ni se nos extinga- la fe en Dios. La Cuaresma no es el tiempo del cansancio que nos produce la acumulación de sacrificios y de ayunos, pues es el tiempo del combate, el tiempo de contraponer las pérdidas después de aceptarlas a las ganancias, y el tiempo de sumirnos en nuestra debilidad, para descubrir el amor y el poder de Dios, en nuestra vivencia personal del desierto.
Orar es recordar que ningún suceso de nuestras vidas es inútil. El Espíritu Santo expuso a Jesús a las tentaciones de Satanás porque sabía que las iba a superar satisfactoriamente. Oremos para que Dios nos ayude a aprender lecciones a partir de nuestros sucesos vitales cuyo sentido aún no logramos comprender.
Orar es ayunar de aquello que nos impida crecer espiritualmente y ayudar a quienes tienen carencias al mismo tiempo. A este respecto, bueno será que quienes tengan dinero donen una cantidad significativa que no sea simbólica para que no dejen de hacerse obras de caridad en favor de los menesterosos, y que los pobres inviertan su tiempo en hacer el bien, porque todos tenemos algo que hacer en la viña del Señor, y somos válidos para servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.
Orar es comprender que la vida no siempre es fácil, y que necesitamos vivir el dolor que nos produce nuestra visión de las situaciones que consideramos adversas, con el fin de poder madurar.
Orar es comprender que las carencias han de ser cubiertas en su justa medida. Es justo alimentar a los pobres cuando los tales no puedan ganarse el sustento, pero no estará de más enseñarles a sembrar, y a producir su propia riqueza. El reparto equitativo de los recursos de la tierra no extinguiría la pobreza del mundo, si los menesterosos no aprendieran a invertir el dinero inteligentemente y a lograr que el dinero trabajara para ellos, en lugar de trabajar ellos para ganar dinero.
Orar es aprender a vivir nuestro cristianismo en silencio, evitando lucirnos ante tanta gente que parece vibrar ante actuaciones sensacionalistas.
Orar es rechazar la intención de probar el amor y la fidelidad de dios para con nosotros, porque sabemos que Nuestro Padre común nos ama, y confiamos plenamente en Él.
Orar es comprender que los cristianos no debemos sobornar a nadie ni evitar profesar nuestra fe a cambio de obtener beneficio alguno.
Orar es tener presente que, así como los ángeles sirvieron a Jesús, Dios buscará la manera de socorrernos cuando tengamos dificultades.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo desde la eternidad:
Aunque te pido que me evites el hecho de ser tentado, Tú llevaste a Jesús al desierto después de que fuera bautizado, para exponerlo a las tentaciones de Satanás. Ello me induce a no pedirte que me evites las tentaciones, sino a pedirte que me ayudes a superar las mismas tal como debe hacerlo un buen hijo de Dios, que es consciente de que su Padre celestial jamás lo abandonará.
Jesús sintió hambre después de ayunar durante cuarenta días con sus respectivas noches. Jesús aprovechó su carencia de alimentos y bienes materiales para llenarse de tu presencia, y a mí me es difícil aceptar los problemas que tengo. Ayúdame a comprender que mis dificultades no son inútiles, porque pueden aportarme enseñanzas que necesito aceptar, para poder ser el cristiano en que pensaste antes de crear el mundo.
Mientras que la vida fácil me puede volver ocioso, las dificultades, las carencias y el aprendizaje vital y de la Palabra de Dios, pueden hacer de mí un gran cristiano, si cuento con tu inspiración, para alcanzar tan loable meta.
El poder, las riquezas y el prestigio tienen su utilidad, pero no quiero olvidar la importancia que tiene la Palabra de Dios.
Tal como les sucedía a los fariseos, los cristianos necesitamos vencer la tentación de aparentar una bondad y una fe que no nos caracterizan. ¿Nos atreveremos a ser nosotros mismos evitando así el miedo a que nos juzgue la gente?
Tú estás dispuesto a ayudarnos, pero nosotros corremos el peligro de pedirte que hagas lo que está en nuestras manos y podemos llevarlo a cabo perfectamente. La quietud es buena para quienes oran, pero el quietismo es una plaga que nos induce a desinteresarnos de nuestras responsabilidades y a no solidarizarnos del padecimiento de la humanidad.
Ayúdame a tener el valor de evitar hacer todo lo que puede impedirme el hecho de cumplir tu voluntad, que consiste en que yo alcance la plenitud de la felicidad.
Si acepto que me ayudes cuando te necesito, ayúdame a comprender que ello debe servirme para ser un buen siervo de Dios.
2. Leemos atentamente MT. 4, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 4, 1-11.
3-1. ¿Por qué necesitamos ser tentados?
Al superar la triple tentación a la que lo sometió el demonio -el ángel que gobierna las fuerzas del mal según la biblia-, Jesús demostró que es el Unigénito de Dios, y que, así como venció a su enemigo, nosotros, amparados en su amor y su poder, también podremos vencer las tentaciones de dejar de cumplir la voluntad divina. Nadie tiene la oportunidad de demostrar si ama sinceramente, si jamás ha tenido razones para odiar. Los matrimonios que conviven durante muchos años saben que las dificultades les sirven para fortalecer y afianzar sus relaciones. El bien y el mal están dentro de nosotros, y sólo depende de nosotros el hecho de que el primero o el segundo gobiernen nuestras vidas. Estamos capacitados para hacer grandes obras de amor, y para cometer los mayores crímenes. Para comprender la grandeza del bien, necesitamos tener la experiencia del mal. Para valorar la luz, necesitamos vivir en tinieblas.
En DT. 8, 2, se nos informa de que Dios condujo a los hebreos al desierto, con el fin de probar si realmente le eran fieles. Lógicamente, Dios sabía lo que iba a suceder de antemano, pero quiso que los miembros de su pueblo se conocieran a sí mismos. Dios no necesita probarnos, pero nosotros necesitamos las tentaciones para conocernos. Dado que seremos tentados cuando menos esperemos que ello suceda, necesitamos formarnos espiritualmente, vivir sirviendo a dios y tener el hábito de orar, con el fin de superar dichas pruebas exitosamente. No sabemos si se nos probará con desavenencias económicas, la pérdida de la salud, el fallecimiento de alguno de nuestros familiares o amigos queridos, o con alguna otra situación que consideremos adversa, pero conviene que no olvidemos que Dios nunca nos desamparará (SAL. 27, 10. 37, 25).
Aunque en MT. 26, 41 se nos induce a entender que somos débiles, si nuestras convicciones son estables, podremos resistir grandes presiones, consecuentes de nuestra visión de las situaciones dolorosas que hayamos de vivir.
Si Jesús hubiera sucumbido a las seducciones de su adversario, no hubiera podido llevar a cabo el propósito con que Dios lo envió a Israel. Nuestra felicidad es una responsabilidad que sólo nos atañe a nosotros. Nadie podrá hacer por nosotros lo que necesitamos hacer para potenciar nuestro crecimiento personal, y, por consiguiente, nuestro desarrollo a nivel social, y nuestra formación espiritual. No olvidemos que Dios ha creado el trigo, el campo y el agua de la lluvia, pero a nosotros nos corresponde sembrar el trigo, y esperar el día de la siega para posteriormente poder hacer el pan que mañana nos comeremos.
¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados? Hemos visto que las tentaciones no son pecaminosas, y que las necesitamos para probarnos a nosotros mismos la fe, el amor y la fortaleza que hemos adquirido, y lo que nos falta para completar nuestro crecimiento. Quienes se sienten sucios cuando son tentados, valoran negativamente sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones, y, cuanto más se castigan, con más fuerza aparecen en sus mentes los pensamientos que desean rechazar. Si queremos que Dios nos ayude a vencer las tentaciones que tenemos, necesitamos esforzarnos para que ello suceda. En JER. 1, 7, vemos cómo Dios le dijo a Jeremías que no se creyera insignificante para cumplir la misión que le encomendó por causa de su juventud. Si creemos que nuestro valor personal es ínfimo, consecuentemente creeremos que somos unos fracasados, y abandonaremos nuestro crecimiento, aunque se lo confiemos a Dios. Recordemos también cómo Isaías sintió miedo de estar en presencia de dios porque se creía pecador, y cómo fue purificado, y deseó ardientemente servir a Yahveh (IS. 6, 5-8).
Las tentaciones no están relacionadas con el pecado, pero si cedemos a las mismas, pecamos porque desobedecemos a Dios. Recordar este hecho nos ayudará a examinar lo que queremos hacer para evitar caer en las tentaciones que pueden inducirnos a descuidar nuestras responsabilidades, a no solidarizarnos de nuestros prójimos los hombres que sufren, y a olvidarnos del cumplimiento de la voluntad divina.
Jesús no fue tentado cuando fue bautizado (MT. 3, 16-17), sino en el desierto, cuando padeció el cansancio, y fue presa del aislamiento y el hambre. Para valorar la fortaleza, necesitamos tener la experiencia de la vulnerabilidad, y, cuando somos débiles, podemos sentir la tentación de abandonar el combate de nuestra superación personal y social. El aislamiento, las carencias, algunas decisiones que tenemos que tomar y las incertidumbres, son estados en que nos sobrevienen las tentaciones, y necesitamos buscar la manera de no ceder a las mismas.
Si somos tentados cuando vivimos situaciones que consideramos adversas, también el hecho de no tener carencias puede inducirnos a prescindir de dios y del amor a nuestros prójimos los hombres, y la soberbia puede tentarnos a sentirnos superiores a los demás. Recordemos que el narcisismo es tener baja la autoestima.
3-2. ¿Cómo tentó el demonio a Jesús?
1. Satanás intentó conseguir que Jesús dejara de cumplir la voluntad de Dios (MT. 4, 3). El hecho de alimentarse no era pecaminoso para el Señor, pero sí lo era la posibilidad de desviarse de su camino. No es contraproducente el hecho de que muchos padres deseen que sus hijos tengan todo lo que a ellos les faltó cuando sus progenitores tenían pocos recursos, pero, si sus descendientes no aprenden a valorar lo que tienen, no disfrutarán de sus posesiones, y su deseo de ser más y tener más, será insaciable.
El verdadero camino para un cristiano consiste en aplicar la Palabra de Dios a su vida y depender de su Padre celestial en todas sus circunstancias vitales.
2. La segunda tentación contenida en el Evangelio de San Mateo, consistió en lograr que Jesús pusiera a prueba la fidelidad de Dios a la hora de cumplir su Palabra, intentando que los ángeles lo protegieran al arrojarse desde el pináculo del Templo de la ciudad santa (MT. 4, 6). Satanás fue astuto al citar el texto del SAL. 91, 11-12, pues omitió la frase relativa a que los ángeles guardarían al Mesías en todos sus caminos. La tentación consistía en que Jesús se desvinculara del Padre y del Espíritu Santo, y se constituyera en divinidad independiente.
3. Ya que Jesús no quiso rechazar a Nuestro Padre común ni constituirse en divinidad distinta, Satanás le ofreció convertirse en su dios por un instante, a cambio de hacerlo rey de la humanidad (MT. 4, 8-9). Esta tentación es muy sutil, porque supone adquirir poder, riquezas y prestigio, pero también supone el sacrificio de sí mismo. La tentación política es muy frustrante cuando las promesas de que se es objeto no se cumplen, y hace un daño irreparable. Dios nos ha creado para que seamos sociables, y por eso se genera mucho sufrimiento cuando alguien intenta crecer aplastando a los más débiles, y cuando muchos lo sacrifican todo, a cambio de terminar tirados en la cuneta. La tentación política nos dispone a tenerlo todo o a perderlo todo en la vida, y por eso es un juego muy peligroso, en el que difícilmente no se genera sufrimiento inútil.
3-3. Jesús se dejó llevar por el Espíritu Santo al desierto (MT. 4, 1).
Cuando Jesús fue bautizado, se abrió el cielo manifestándose el espíritu profético que permaneció en silencio durante cuatro siglos, el Espíritu Santo ungió a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey, y la voz del Padre reconoció al Señor públicamente como su Hijo amado, en quien se complace (MT. 3, 16-17). Después de ser bautizado, Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto, para que el demonio probara su integridad.
Después de demostrar que Yahveh es el Dios de Israel (I RE. 18, 20-40), Elías debería haber sido tratado como un gran Profeta del Altísimo, pero se encontró con que su integridad fue puesta a prueba durante cuarenta días, porque la reina Jezabel quiso quitarle la vida, por haber mandado asesinar a sus 450 profetas (I RE. 19, 1-14). En su peregrinación a través del desierto, Elías descubrió que Dios le ayudó a vencer sus dificultades.
¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial? Difícil sería creer en Dios y amarlo si los creyentes persiguiéramos la plenitud del poder, las riquezas y el prestigio. Toda la humanidad podría unirse a dios, pero no amaríamos a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Seamos seguidores de Jesús cuando nos sonría la vida, y cuando el dolor nos ayude a ser purificados y santificados.
3-4. La vulnerabilidad de Jesús (MT. 4, 2).
Jesús no actuaba como quienes se sienten superiores a quienes les rodean. Esta fue la razón por la que el demonio no le tentó cuando fue bautizado, pero le expuso a la soledad, a la sed, al calor y al hambre, para probar su integridad. Dado que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, parece ser que se puso de acuerdo con el tentador para probar al Señor, pero eso no tiene sentido, dado que la vivencia del Señor en el desierto desde el punto de vista humano es irreal, porque nadie puede pasar cuarenta días sin comer, y porque no existe ningún monte desde el que se vea todo el país de Israel. Cuando no se podía justificar la existencia de la adversidad desde el punto de vista científico, muchos culparon a los dioses de la existencia del mal, y los judíos y los cristianos intentaron buscarle alguna utilidad a lo que consideraban que era el mal, para no acusar a su Creador de ser pecador y de que no se interesaba por ellos (1 Pé. 3, 5-7). Las tentaciones de Jesús en el desierto son un resumen del Ministerio público del Hijo de Dios y María, pues el Mesías debió tener la tentación de facilitarles la existencia a sus seguidores para ganárselos de la misma manera que los colonizadores se ganaron a los saduceos concediéndoles beneficios a cambio de que les ayudaran a someterse a los rebeldes, quizás pensó en llevar a cabo un gran prodigio para ganarse la admiración de sus hermanos de raza, y quizás pudo pensar en venderle su alma al tentador, a cambio de obtener el poder necesario para llevar a cabo su obra de exterminio de la miseria, las riquezas necesarias para exterminar la pobreza, y el prestigio indispensable para que todo el pueblo le siguiera. El exterminio de la pobreza no consiste en empobrecer a los actuales ricos para enriquecer a los que tienen carencias económicas.
3-5. La primera tentación (MT. 4, 3-4).
Tener hambre no es un pecado, pero no todas las maneras de conseguir alimentos son lícitas. Jesús no quiso utilizar su poder en su beneficio, sino en favor de aquellos en cuyo beneficio llevó a cabo prodigios. Si el Señor quería experimentar su humanidad plenamente, tenía que hacer el sacrificio de rehusar al ejercicio de su poder.
Nuestros deseos deben satisfacerse correctamente y cuando sea oportuno.
Jesús fue capaz de superar las tentaciones porque conocía la Palabra de Dios y la obedecía. En EF. 6, 17, se nos dice que la Palabra de dios es la espada del Espíritu Santo, y en HEB. 4, 12, también se nos habla de la Palabra de Dios, diciéndosenos que es una espada de doble filo. Así como el bien y el mal habitan en nosotros, podemos usar la Palabra de Dios para hacer el bien, y para incumplir la voluntad divina. El hecho de sabernos y aplicarnos versículos bíblicos puede ayudarnos a ser los hijos en que Dios está pensando desde la eternidad.
Jesús tenía hambre, y el hecho de alimentarse no es pecaminoso. La mayor parte de la humanidad tiene carencias que tendrían que ser solventadas urgentemente, y sabemos que hacer el bien no es pecar. Jesús tenía el poder para evitarnos las carencias que caracterizan nuestras vidas, pero, ¿en qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas? Recuerdo a una señora que me contó la siguiente historia:
"Eduqué a mi hija de manera que no le faltó nada, pero, desde que llegó a la adolescencia, es muy vaga. No quiere hacer trabajos humildes y sólo vive a expensas de sus amantes. Esa manera de ser de mi hija perjudicará mucho a mi nieto de siete años."
Sería positivo el hecho de curar las enfermedades graves y no es pecaminoso el hecho de alimentar a los pobres cuando no pueden conseguir sustentarse por sí mismos, pero hay problemas que tenemos que resolver por nuestros propios medios, con el fin de crecer, aprendiendo a valorar quiénes somos, y lo que hemos conseguido.
Cuando San Juan Bautista mandó a algunos de sus discípulos a que interrogaran a Jesús respecto de su mesianismo desde la cárcel, el Señor no le dijo que su prioridad era alimentar a los pobres, sino anunciarles el Evangelio a los menesterosos (MT. 11, 5). Esta conducta de Jesús parece ilógica e inhumana si pensamos en quienes mueren sin que nadie los socorra, pero es necesario que los pobres aprendan a trabajar por sí mismos, a crear sus propias fuentes de riqueza, y que contribuyan al sostenimiento de las sociedades que han de ampararlos.
El materialismo no es pecaminoso, pero el hecho de tener demasiadas posesiones puede inducirnos a no esforzarnos para madurar ni para ayudar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales.
No sólo de pan vive el hombre. Necesitamos alimentarnos física y espiritualmente, y relacionarnos con quienes nos rodean.
No sólo de riquezas vive el hombre. La mayor riqueza es el amor que se da y recibe. Si hay pobres que mueren de hambre, hay ricos que sufren porque viven aislados.
No sólo de prestigio vive el hombre. Hay quienes intentan ocultar su soledad fingiendo que son muy conocidos y queridos por gente famosa.
Jesús no nos dice que podemos vivir de algunas palabras de dios, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No aceptemos solamente lo que nos gusta de nuestra fe, sino toda la Palabra de Dios en su conjunto.
3-6. La segunda tentación (MT. 4, 5-7).
El Templo de Jerusalén era el centro religioso-político de Israel en que se esperaba que apareciera el Mesías milagrosamente, según se deduce del texto de MAL. 3, 1. Satanás subió al Señor a una pared desde la que veía varios kilómetros de tierra, y lo tentó con el hecho de hacerlo poderoso, a cambio de que diera un espectáculo.
Se nos tienta mucho para que compremos determinados productos, haciéndosenos creer que por tener los mismos seremos personas ideales. Una persona madura jamás se enamorará de nadie que use un determinado perfume, pero en el campo de la publicidad casi cualquier juego es válido para aumentar las ventas, y es un deber nuestro no ser incautos.
¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
Dios quiere que vivamos por fe, no porque vemos milagros. Dios no se deja manipular por nadie, y, si lo aceptamos como Padre, creeremos en Él. Además, si Dios no nos prueba, tampoco es justo que lo probemos nosotros.
Recuerdo un programa de televisión en que los presentadores intentaron sorprender a un pederasta intentando abusar de una joven periodista que se hizo pasar por una adolescente. El pederasta tentaba a su víctima con ropa que ella no podía comprar con el dinero que supuestamente le daban sus padres. En la vida todo lo que intentamos conseguir tiene un precio, pero necesitamos pensar si lo que vamos a sacrificar es más valioso que lo que deseamos conseguir, aunque en un principio no lo parezca.
3-7. La tercera tentación (MT. 4, 8-10).
Por causa de la crisis económica que nos afecta a los españoles, muchas veces vemos productos a la venta con descuentos superiores al cincuenta por ciento de su precio inicial, y yo me pregunto: ¿Se están vendiendo los mismos productos que se vendían antes de rebajar su precio, o serán otros similares y de peor calidad? Con no poca razón, en mi pueblo dicen que nadie cambia un duro por cuatro pesetas. Muchos hombres quieren conseguir poder, riquezas y prestigio de cualquier manera, y son insaciables. Los pobres sufren porque no tienen dinero, y los ricos, ni aunque tengan miles de millones de dólares, no pueden evitar el miedo a perderlo todo, pero ese miedo no impide que muchos adinerados no reduzcan sus gastos, para evitar la experiencia de la pobreza. La codicia es muy mala consejera. Necesitamos aprender a amarnos tal como somos, a superarnos y a valorar adecuadamente lo que tenemos.
¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
Dado que en la Biblia las relaciones matrimoniales simbolizan nuestra relación con Dios, cuando el pueblo de Israel desobedecía a Yahveh, se decía que adulteraba contra Dios.
¿Conocemos casos de gente que se ha prostituido para conseguir trabajo? ¿Se ha prostituido esa gente por necesidad, o por la comodidad de no buscar otro trabajo y de ganar una buena suma de dinero en poco tiempo?
¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio? Si tenemos fe, nuestro poder es el de Dios, quien es nuestra riqueza. Respecto de nuestro prestigio, será bueno ante el Señor, si hacemos el bien.
Satanás no tenía el control sobre el mundo según le dijo a Jesús, pero fingía que lo tenía. Si intentamos contratar los servicios de un profesional que presume mucho de sus logros, mejor será para nosotros rehusar nuestra pretensión, porque dicho personaje nos está engañando. Quien conoce su profesión no tiene tiempo para presumir, porque actúa durante su tiempo de trabajo como sabe que debe hacerlo.
3-8. Jesús fue servido por los ángeles después de ser tentado (MT. 4, 11).
Dado que el demonio no pudo hacer pecar a Jesús, lo dejó, quedando a la espera de que el Señor se encontrara vulnerable, para seguir tentándolo. Unos ángeles sirvieron a Jesús, pues, después de hacer un ayuno tan largo, y de haber reflexionado sobre el estado de una gran parte de la humanidad, el Señor debió sentirse muy débil. Si los ángeles son servidores de quienes serán salvos (HEB. 1, 14), ¿cómo no iban a servir a Jesús, quien es el autor de nuestra salvación?
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 4, 11-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quién es el demonio?
2. ¿Qué demostró Jesús cuando superó la triple tentación a la que lo sometió el demonio?
3. ¿En qué sentido podremos superar las tentaciones que nos caracterizan porque Jesús venció al tentador?
4. ¿En qué sentido habitan el bien y el mal en nuestro interior?
5. ¿En qué sentido nos sirven las dificultades características de nuestras vidas para crecer?
6. ¿De qué depende el hecho de que el bien o el mal gobiernen nuestras vidas?
7. ¿Por qué necesitamos tener la experiencia del mal para comprender la grandeza del bien?
8. ¿Por qué no necesita Dios someternos a prueba?
9. ¿En qué sentido necesitamos ser tentados?
10. ¿Para qué necesitamos conocer la Palabra de Dios, aplicarla a nuestras vidas de fe y orar frecuentemente?
11. ¿De qué maneras podemos ser probados?
12. ¿Qué aprenderemos de las tentaciones a las que no hemos de ceder?
13. ¿Qué aprenderemos de la vivencia de nuestras dificultades?
14. ¿Cómo podremos resistir fuertes presiones si somos débiles?
15. ¿Qué hubiera sucedido si Jesús se hubiera dejado seducir por el diablo?
16. ¿Es cierto que nuestra felicidad es plenamente dependiente de nosotros y que sólo nosotros podemos conquistarla? ¿Por qué?
17. ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados?
18. ¿Por qué es real el texto de ROM. 7, 15?
19. ¿Qué tenemos que hacer para que Dios nos ayude a vencer tentaciones?
20. ¿Por qué no podremos vencer tentaciones ni con la ayuda de Dios si no nos amamos?
21. Explica la transformación que se llevó a cabo en Isaías, según el texto de IS. 6, 5-8.
22. Si las tentaciones no están relacionadas con el pecado, ¿por qué pecamos cuando cedemos a las mismas?
23. ¿Qué consecuencias tiene tanto para nosotros como para nuestros prójimos los hombres el hecho de que nos dejemos seducir por el diablo?
24. ¿Qué puede sucedernos cuando somos débiles?
25. ¿En qué estados nos tienta el demonio? ¿Por qué?
26. ¿Por qué puede hacernos caer en la soberbia el hecho de no tener carencias?
27. ¿En qué sentido son sinónimos el desprecio de sí mismo y el narcisismo?
3-2.
28. ¿Por qué no cedió Jesús a la tentación de convertir unas piedras en pan para saciar su hambre?
29. ¿Qué les sucede a los niños y adultos que no aprenden a valorar lo que tienen?
30. ¿En qué consiste el verdadero camino para los cristianos?
31. ¿En qué consistió la segunda tentación a la que el diablo sometió a Jesús?
32. ¿Qué le ofreció Satanás a Jesús para que lo adorara?
33. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de la tentación política?
34. ¿En qué sentido es la tentación política un juego muy peligroso?
3-3.
35. ¿Qué ocurrió Cuando San Juan Bautista bautizó a Jesús?
36. ¿Para qué impulsó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
37. ¿Por qué no le evitó Dios a Elías el sufrimiento, teniendo en cuenta que demostró que Él es el único Dios verdadero?
38. ¿Qué descubrió Elías en su peregrinación a través del desierto?
39. ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial?
40. ¿Nos parecemos a Elías en que hemos descubierto que Dios está con nosotros en nuestras dificultades, o las mismas nos demuestran que no existe o que no le interesamos?
3-4.
41. ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando fue bautizado?
42. ¿Por qué expuso el demonio a Jesús al calor, la soledad y el hambre?
43. ¿Por qué es irreal el episodio de las tentaciones de Jesús tal como se narra en los Evangelios, y concebimos el mismo como un resumen del Ministerio público de Jesús?
44. ¿De qué maneras hemos justificado los judíos y los cristianos la existencia de la adversidad? ¿Con qué propósitos lo hemos hecho?
45. ¿De qué maneras pudo tener Jesús tentaciones de ganarse a sus seguidores?
46. ¿Qué hubiera conseguido Jesús si hubiera adorado a Satanás?
47. ¿Por qué no consiste el exterminio de la pobreza exclusivamente en hacer que los ricos sean solidarios?
3-5.
48. Nuestros deseos pueden ser lícitos, pero no todas las maneras de realizarlos son legales. Pon ejemplos de ello.
49. ¿Por qué Jesús no se benefició del uso de su poder?
50. ¿Por qué pudo Jesús superar las tentaciones diabólicas?
51. ¿En qué sentido es la Palabra de Dios la espada de doble filo del Espíritu Santo?
52. ¿Por qué podemos usar la Palabra de dios para hacer el bien y para incumplir la voluntad divina?
53. ¿Para qué nos es útil el hecho de saber versículos bíblicos y aplicárnoslos?
54. ¿En qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas?
55. ¿Por qué el hecho de resolvernos nuestros problemas es la única manera que tenemos de conocernos a nosotros mismos y de valorar lo que hemos conseguido?
56. ¿Por qué era para Jesús más importante la evangelización de los pobres que el hecho de sustentar a los mismos?
57. ¿Qué puede sucedernos si tenemos muchas posesiones?
58. ¿En qué aspectos necesitamos potenciar nuestro desarrollo?
59. ¿Cuál es la mayor riqueza?
60. ¿En qué consiste la pobreza de muchos ricos?
61. ¿Aceptamos toda la Palabra de dios en su conjunto?
3-6.
62. ¿Por qué esperaban muchos judíos que apareciera milagrosamente el Mesías en el Templo de Jerusalén?
63. ¿Son lícitas todas las prácticas marketinianas para los cristianos? ¿Por qué?
64. ¿Por qué tenemos el deber de no ser incautos?
65. ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
66. ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
67. ¿Por qué quiere Dios que vivamos por fe?
68. ¿Por qué no es justo el hecho de que sometamos a Dios a prueba?
3-7.
69. ¿Por qué no nos conviene ser codiciosos?
70. ¿Por qué necesitamos amarnos tal como somos, superarnos y valorar adecuadamente lo que tenemos?
71. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
72. ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio?
3-8.
73. ¿Por qué debió Jesús sentirse muy débil?
74. ¿Por qué fue servido Jesús por ángeles?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 PE. 4, 7-11, para recordar resumidamente, cuál ha de ser el comportamiento de los cristianos, según la predicación del primer Pontícife de la Iglesia Católica.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús dejándose llevar por el Espíritu Santo al desierto, y observémonos nosotros, pidiendo en oración que se nos eviten las tentaciones y el sufrimiento.
Jesús estuvo cuarenta días con sus respectivas noches orando, meditando y ayunando. ¿Cuánto tiempo le dedicamos al servicio de Dios en sus hijos los hombres?
Mientras que Jesús no quiso convertir piedras en panes para comer, nosotros no dejamos de pedirle a dios que nos facilite la vida. Es más fácil creer que el Espíritu Santo nos inspira nuestras palabras y obras, que actuar intentando no pecar. No evitemos hacer el bien amparándonos en la excusa de que dios es el que nos indica todo lo que tenemos que decir y hacer por medio del Espíritu Santo.
¿Realmente vivimos los cristianos de la aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas?
Los líderes católicos organizan actos multitudinarios, para hacernos comprender a los creyentes de base que no estamos solos. ¿Sirven esos eventos para aumentar el número de hijos de dios y para que los cristianos de siempre seamos mejores seguidores de Jesús?
¿Nos mezclamos los cristianos con quienes no profesan nuestra fe e intentamos vivir en paz y armonía, o queremos imponer nuestras creencias por medio de la aplicación de leyes?
Cuidémonos de utilizar el servicio a Dios como excusa que justifique nuestro deseo de obtener poder, riquezas y prestigio.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús es la bondad de Dios. (Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
4. Jesús es la bondad de Dios.
Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.
No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.
Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.
No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.
Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
4. Jesús es la bondad de Dios.
Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.
No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.
Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.
No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.
Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación del Evangelio del Domingo II después de Navidad.
3. Meditación de JN. 1, 1-18.
1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento de la Persona de Jesús y su obra redentora, a fin de que nos dispongamos a imitar las virtudes de Nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de Sí: (AP. 1, 8). Nuestro Señor se define a Sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: (JN. 1, 29).
Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestras vidas en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de Nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.
2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque Nuestro Señor tuvo un comienzo existencial como Hombre al encarnarse en Santa María Virgen, ha existido siempre (COL. 1, 15). Jesús es un reflejo de Nuestro Padre común. Muchos cristianos valoran a las personas según el comportamiento que observan en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: (COL. 1, 13-14).
El Evangelista nos dice: (JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de Nuestro Criador, la Palabra de Nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas.
A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio, contenidas en JN. 1, 16.
San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: (JN. 1, 1B-2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra (JN. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de Nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque el Criador del universo nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de nuestras vidas, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y en nosotros. Quizás nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, etc., pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. El deseo de prosperar es positivo siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.
3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: (JN. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de Nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: (HCH. 10, 38).
¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que Nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad?
¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas?
¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?
4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestros corazones: (JN. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como Padre, así pues, en JN. 1, 13 se nos dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Nuestro Santo Padre les ha creado para colmarles el corazón de gloria. Éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol, contenido en JN. 1, 14.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento de la Persona de Jesús y su obra redentora, a fin de que nos dispongamos a imitar las virtudes de Nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de Sí: (AP. 1, 8). Nuestro Señor se define a Sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: (JN. 1, 29).
Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestras vidas en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de Nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.
2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque Nuestro Señor tuvo un comienzo existencial como Hombre al encarnarse en Santa María Virgen, ha existido siempre (COL. 1, 15). Jesús es un reflejo de Nuestro Padre común. Muchos cristianos valoran a las personas según el comportamiento que observan en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: (COL. 1, 13-14).
El Evangelista nos dice: (JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de Nuestro Criador, la Palabra de Nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas.
A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio, contenidas en JN. 1, 16.
San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: (JN. 1, 1B-2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra (JN. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de Nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque el Criador del universo nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de nuestras vidas, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y en nosotros. Quizás nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, etc., pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. El deseo de prosperar es positivo siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.
3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: (JN. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de Nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: (HCH. 10, 38).
¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que Nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad?
¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas?
¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?
4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestros corazones: (JN. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como Padre, así pues, en JN. 1, 13 se nos dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Nuestro Santo Padre les ha creado para colmarles el corazón de gloria. Éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol, contenido en JN. 1, 14.
José Portillo Pérez.
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