Meditación.
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Amarás a Dios sobre todas las cosas. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
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Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Personalmente considero a Jesucristo más como a un laico comprometido con el anuncio del Evangelio que como a un sacerdote con rasgos paracientíficos, al que la gente le dispensa una gran dosis de miedo. No niego la realidad del sacerdocio de Jesús. Nuestro Señor, siendo el más poderoso de todos los hombres de todos los tiempos, tuvo a bien hacerse servidor de todos nosotros. Si consideramos el halo de sobrenaturalidad que hemos ceñido sobre Jesús, no es extraña la consideración que hicieron los docetas en su tiempo, según la cual, Nuestro Señor pudo enfrentar su Pasión y muerte, porque su Cuerpo, al ser puro, no podía sentir el dolor de los tormentos que le aplicaron sus verdugos.
2. Jesús es el Maestro de la abnegación. La mayoría de las lectoras de este texto saben lo que significa el término con el cual estamos meditando la forma en que Nuestro Hermano Jesús se puso a nuestra disposición para enseñarnos que el amor es más fuerte que el dolor. A pesar de que cada día nuestra sociedad está más ambientada al materialismo egoísta, aún quedan en el mundo muchas personas que, desde el anonimato, viven para amar a sus prójimos, y para dispensarse a sí mismas grandes dosis de amor, independientemente de que sean cristianas.
Jesús sobrevivió a su lento martirio porque no quería ser un Dios solitario, dado que Nuestro Hermano deseaba hacer de nosotros una incontable muchedumbre de dioses, hombres y mujeres capacitados para vencer todas las actitudes y dolencias que nos hacen sufrir de alguna forma.
3. Los futuros Apóstoles del Mesías no podían comprender cuál era la razón por la que Jesús vino al mundo. La mujer de Zebedeo junto a sus hijos, quiso asegurar el porvenir de sus descendientes, pidiéndole a Jesús que pusiera a su prole junto a sí en el Reino de Dios. Jesús les dijo a aquellos dos hombres que en el Reino de Dios los privilegios existentes son iguales para todos los hombres, y que la sabiduría de los Santos consiste en servir a sus prójimos, para enseñarles a ser artífices de la donación.
Los demás discípulos, al saber de las intenciones de sus compañeros, sospecharon que estos querían adelantárseles para tener para sí los más apetecibles dones divinos, y se revelaron contra los zebedeos.
4. (MC. 8, 34). ¿Por qué tenemos que contemplar nuestras debilidades para seguir a Jesús, si en el mundo sólo necesitamos dones para triunfar?
Hermanos y amigos:
Las virtudes y la formación científica pueden ayudarnos a cosechar grandes éxitos, pero, ¿alcanzaremos la felicidad obteniendo de Dios logros que puedan mejorar nuestra posición social? Para nosotros es importante tener un buen estado social, pues ello contribuye a asegurarnos la salud, el dinero y el amor más hipócrita que jamás se haya conocido a lo largo de la Historia.
¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?
¿Seremos felices teniendo un buen coche, varias viviendas, ropa de marca, y amores y amigos que nos usen para alcanzar sus propósitos?
Las sentencias de Jesús son muy duras para ser oídas, así pues, los fariseos de todos los tiempos, se caracterizan porque se creen santos porque dicen que no pueden Oír a quienes critican el dogmatismo eclesial, pero ellos son los primeros que se niegan a manifestar ante Dios y su Iglesia su debilidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Personalmente considero a Jesucristo más como a un laico comprometido con el anuncio del Evangelio que como a un sacerdote con rasgos paracientíficos, al que la gente le dispensa una gran dosis de miedo. No niego la realidad del sacerdocio de Jesús. Nuestro Señor, siendo el más poderoso de todos los hombres de todos los tiempos, tuvo a bien hacerse servidor de todos nosotros. Si consideramos el halo de sobrenaturalidad que hemos ceñido sobre Jesús, no es extraña la consideración que hicieron los docetas en su tiempo, según la cual, Nuestro Señor pudo enfrentar su Pasión y muerte, porque su Cuerpo, al ser puro, no podía sentir el dolor de los tormentos que le aplicaron sus verdugos.
2. Jesús es el Maestro de la abnegación. La mayoría de las lectoras de este texto saben lo que significa el término con el cual estamos meditando la forma en que Nuestro Hermano Jesús se puso a nuestra disposición para enseñarnos que el amor es más fuerte que el dolor. A pesar de que cada día nuestra sociedad está más ambientada al materialismo egoísta, aún quedan en el mundo muchas personas que, desde el anonimato, viven para amar a sus prójimos, y para dispensarse a sí mismas grandes dosis de amor, independientemente de que sean cristianas.
Jesús sobrevivió a su lento martirio porque no quería ser un Dios solitario, dado que Nuestro Hermano deseaba hacer de nosotros una incontable muchedumbre de dioses, hombres y mujeres capacitados para vencer todas las actitudes y dolencias que nos hacen sufrir de alguna forma.
3. Los futuros Apóstoles del Mesías no podían comprender cuál era la razón por la que Jesús vino al mundo. La mujer de Zebedeo junto a sus hijos, quiso asegurar el porvenir de sus descendientes, pidiéndole a Jesús que pusiera a su prole junto a sí en el Reino de Dios. Jesús les dijo a aquellos dos hombres que en el Reino de Dios los privilegios existentes son iguales para todos los hombres, y que la sabiduría de los Santos consiste en servir a sus prójimos, para enseñarles a ser artífices de la donación.
Los demás discípulos, al saber de las intenciones de sus compañeros, sospecharon que estos querían adelantárseles para tener para sí los más apetecibles dones divinos, y se revelaron contra los zebedeos.
4. (MC. 8, 34). ¿Por qué tenemos que contemplar nuestras debilidades para seguir a Jesús, si en el mundo sólo necesitamos dones para triunfar?
Hermanos y amigos:
Las virtudes y la formación científica pueden ayudarnos a cosechar grandes éxitos, pero, ¿alcanzaremos la felicidad obteniendo de Dios logros que puedan mejorar nuestra posición social? Para nosotros es importante tener un buen estado social, pues ello contribuye a asegurarnos la salud, el dinero y el amor más hipócrita que jamás se haya conocido a lo largo de la Historia.
¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?
¿Seremos felices teniendo un buen coche, varias viviendas, ropa de marca, y amores y amigos que nos usen para alcanzar sus propósitos?
Las sentencias de Jesús son muy duras para ser oídas, así pues, los fariseos de todos los tiempos, se caracterizan porque se creen santos porque dicen que no pueden Oír a quienes critican el dogmatismo eclesial, pero ellos son los primeros que se niegan a manifestar ante Dios y su Iglesia su debilidad.
José Portillo Pérez
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Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La vida matrimonial.
1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.
Meditación de HB. 2, 9-11.
Estimados hermanos y amigos.
Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).
Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.
Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.
Al comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.
-Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.
-Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.
Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.
Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.
¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?
Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La vida matrimonial.
1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.
Meditación de HB. 2, 9-11.
Estimados hermanos y amigos.
Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).
Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.
Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.
Al comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.
-Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.
-Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.
Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.
Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.
¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?
Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.
José Portillo Pérez
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