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Empieza a vivir la vida eterna. (Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Meditación.

   Empieza a vivir la vida eterna.

   Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).

   Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.

   Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.

   Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.

   En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.

   Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.

   Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.

   ¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.

   ¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.

joseportilloperez@gmail.com

El amor que San José sintió por María, su esposa, ha de ayudarnos a quienes estamos casados, a mantener nuestras relaciones. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María (19 de marzo).

   El amor que San José sintió por María, su esposa, ha de ayudarnos a quienes estamos casados, a mantener nuestras relaciones.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 1, 16. 18-21. 24.

   Lectura introductoria: SAL. 89, 36-38.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Es una bendición para nosotros celebrar la solemnidad de San José en el tiempo de Cuaresma, pues, el padre adoptivo de Jesús, aparece ante nosotros, como un gran ejemplo de fidelidad a Dios, cuya conducta estamos llamados a imitar. Quizás nos sucede que la Cuaresma solo se reduce para nosotros a la práctica del ayuno, la abstinencia, algunos otros sacrificios, y, en algunos casos, a la vivencia de ciertas mortificaciones. El amor que San José les manifestó a Jesús y a Nuestra Santa Madre, nos recuerda cómo tenemos la posibilidad de aprovechar las enseñanzas que se desprenden de las lecturas bíblicas de las Misas del tiempo de Cuaresma, para que las apliquemos, a nuestra vida ordinaria.

   Nuestro Santo pudo sentirse engañado y traicionado por su prometida, cuando supo que, su futura esposa, estaba embarazada, y que, el Hijo de María, no era fruto del amor que ambos se profesaban. Si al finalizar de leer y rezar el presente trabajo, aprendemos a no actuar impulsados por el odio a aquellos de quienes creemos -o estamos seguros- de que nos han hecho daño, habremos dado un gran paso en el terreno de nuestra conversión.

   Cuando San José supo que María estaba embarazada, pudo denunciarla para que fuera lapidada, y, en lugar de rechazarla, la envió a casa de los padres de San Juan Bautista, con tal de romper con su prometida secretamente, para que no fuera asesinada. Antes de tener la certeza de que el fruto del vientre de María procedía de Dios, José actuó impulsado por su amor a María, negándose a denunciarla, para que no fuera asesinada. Oremos para que tal experiencia de San José nos sea útil, para que no marginemos a nadie, por no compartir nuestras creencias, ni por no pertenecer, a nuestro status social.

   San José es el Patrón de la Iglesia Católica, de la buena muerte, y de los seminaristas. Pidámosle a San José que interceda ante Nuestro Padre celestial, no solo por la Iglesia, sino por toda la humanidad.

   Oremos para que los padres cristianos vean en San José un modelo a seguir, y para que no tengan dificultades que les impidan criar y educar a sus hijos.

   Oremos:

   José tenía trabajo, y un gran deseo de formar una familia. Es por ello que decidió casarse con María.

   ¿Qué razones tenemos para sentirnos felices y esforzarnos para seguir progresando en el campo espiritual y al nivel material?

   La vida gira inesperadamente y necesitamos reaccionar adecuadamente a las circunstancias que nos ocurren. José se encontró con que su prometida estaba embarazada, y él estaba seguro de que, el Hijo de María, no era suyo.

   ¿Qué personas -o situaciones- atentan contra nuestra felicidad?

   Aunque muchos serían los que le aconsejaron a José que no se casara con su prometida, creyendo que María había cometido adulterio contra su futuro marido, José obvió el precepto legal según el cual hubiera podido denunciarla para que fuera lapidada (LV. 20, 10), y decidió seguirla amando. He aquí un caso de cómo el amor prima sobre la justicia.

   ¿Somos capaces de superar los rencores que pueden enturbiarnos la felicidad?

   Aunque Jesús no fue hijo natural de José, el Patrón de la Iglesia Universal, se convirtió en modelo de padre. José crió y educó a Jesús, e incluso se hizo emigrante, para proteger la vida, de Aquel a quien llegó a amar, como si hubiera sido, su propio descendiente. José sabía que, aquel que comparte su pan con un niño, lo cría, lo educa, y comparte sus juegos, puede tenerlo por hijo.

   2. Leemos atentamente MT. 1, 16. 18-21. 24, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 1, 16. 18-21. 24.

   3-1. Si San José no fue padre carnal de Jesús, ¿por qué se nos informa en la Biblia de que el Señor fue descendiente de dicho Santo? (MT. 1, 16).

   San Mateo, por medio de su genealogía de Jesús (MT. 1, 1-17), nos da a conocer, el linaje real y legal, de Jesús. Dicho linaje, va desde Abraham hasta José, para demostrar que, el Mesías, es ascendiente, de los Patriarcas de Israel. Dado que Jesús no es Hijo carnal de José, el primer Evangelista, nos dice que dicho Santo es esposo de María, pero no llega a afirmar, que es padre de Jesús, porque, Nuestro Salvador, es Hijo de Dios.

   En el tiempo que vivió Jesús, las mujeres no tenían la misma independencia que los hombres. Aunque José era descendiente del Rey David, si José no lo hubiera aceptado como Hijo carnal, el Señor hubiera carecido de linaje legalmente. Jesús es hijo de José a nivel legal.

   3-2. La grandeza del amor de San José (MT. 1, 18).

   Imaginemos que nos sentimos engañados y traicionados por quienes más amamos. ¿Cómo reaccionaríamos ante tales situaciones?

   San Mateo nos dice que José y María eran novios (estaban desposados), y que María se encontró encinta, por obra del Espíritu Santo.

   ¿Cómo podría José creer que su prometida no le había sido infiel, o que alguien la había forzado a mantener relaciones sexuales? José podría haber denunciado a su prometida para que hubiera sido apedreada por su supuesta infidelidad, pero prefirió enviarla a casa de los padres de San Juan Bautista, para terminar su relación con ella, y evitarle la muerte. Quizás todos conocemos casos de desconfianza y rencor en que quienes tienen tales sentimientos les hacen todo el daño que pueden imaginar a quienes les han hecho sufrir o piensan que les han herido, pero José no era así, y por ello se convirtió en un buen ejemplo para ser imitado por nosotros en el tiempo de Cuaresma, ya que, en las semanas previas a la Semana Santa, se nos insta a hacer un gran esfuerzo, para mejorar nuestra personalidad.

   3-3. ¿Cómo eran las bodas de los judíos?

   Los hombres que querían casarse en el tiempo de Jesús, debían dar los tres siguientes pasos:

   1. Después de encontrar a las mujeres con quienes se querían casar, debían propiciar un encuentro entre las dos familias, para que aceptaran las uniones. En tales encuentros, se fijaban las fechas de los anuncios públicos de los desposorios, conocidos actualmente, como noviazgos.

   2. Cuando se daban a conocer públicamente los desposorios, las parejas podían vivir juntas, e incluso mantener relaciones sexuales. Este dato dificulta la creencia en la virginidad de María, y da pie a que mucha gente crea, que Jesús fue hijo carnal de José. Los noviazgos solo podían ser disueltos por la muerte, el divorcio, o la fornicación por parte de las mujeres.

   3. Transcurrido un plazo de entre seis meses y un año a partir de los desposorios, cuando los hombres acondicionaban sus hogares, se celebraban los enlaces conyugales.

   3-4. ¿Por qué es importante el nacimiento virginal de Jesús para los cristianos?

   En la biblia se nos enseña que somos descendientes de Adán. Como nuestro ancestro común cometió el llamado pecado de origen, tal gesto de desobediencia, también nos afecta a nosotros, por ser descendientes de un pecador. El Nacimiento virginal de Jesús es importante para los cristianos, porque, nadie ni nada que esté relacionado con el pecado, puede pertenecerle a Dios, así pues, si el Señor no hubiera estado caracterizado por la plenitud de la pureza, su sacrificio en la cruz, hubiera carecido de validez, ante Nuestro Padre común.

   Jesús nació de una mujer, pero fue liberado del efecto del pecado humano. Dado que no es posible que Jesús al ser Dios tenga vinculación alguna con el pecado, la Iglesia Católica enseña que, María, por medio de una gracia especialísima de Dios, fue librada de nuestra condición pecadora, para que pudiera dar a luz a Nuestro Redentor.

   En la biblia leemos, con respecto a Jesús, el texto de HEB. 4, 15.

   Jesús murió para librarnos de nuestra condición pecadora. Vivamos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino, y evitemos pecar, para empezar a sentir, que somos salvos (COL. 2, 13-14).

   Hablémosle a Jesús de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades, porque Él ha vivido circunstancias análogas a las nuestras y aún más dolorosas que las que muchos estamos pasando, y tiene la capacidad necesaria, para aprovechar las mismas, para purificarnos, y santificarnos.

   3-5. San José tomó la mejor decisión (MT. 1, 19).

   Dado que José se encontró con que María estaba embarazada, y él no era el padre de su Hijo, pensó en separarse de ella secretamente, con tal de no denunciarla, para que fuera asesinada, públicamente. José era reacio a casarse con María cuando supo del estado de gestación de su prometida. Existen casos en que sentimos que Dios nos impulsa a recorrer caminos que no queremos transitar, de los cuales, con el paso del tiempo, descubrimos que son las mejores sendas, que pudimos recorrer, para llegar a alcanzar, la felicidad que añorábamos. Recordemos que, cuando nuestras decisiones afecten a otros, podemos apelar a la sabiduría de dios, con tal de no llevar a cabo actos, de los que, algún día, quizás nos podamos arrepentir.

   3-6. La voz del ángel (MT. 1, 20).

   ¿Vio José en sus sueños un ángel que le dijo la verdad de lo que sucedió con María, o se produjo en su mente una visión causada por su deseo de estar junto a la mujer que amaba? La fe en el ángel de su visión, impulsó a José a casarse con María, y, el amor que sentía por su prometida, le ayudó a creer, en la voz del ángel, que le dijo, que aceptara en su casa, a la mujer que amaba.

   3-7. Jesús es dios y Hombre verdadero.

   el ángel del Señor le dijo a José que el Hijo de María fue concebido por obra del Espíritu Santo. Jesús es Dios y Hombre verdadero. Jesús se hizo Hombre, y se sometió a nuestras limitaciones, con tal de poder morir y resucitar, y obtenernos la salvación.

   3-8. ¿Por qué vino Jesús al mundo? (MT. 1, 21).

   Aunque cuando conocemos a dios somos libres para elegir si queremos ser salvos, no podemos salvarnos por nuestros medios humanos. Jesús vino al mundo para salvarnos, porque ello es imposible para nosotros. No podemos exterminar nuestra condición pecadora. Aunque seamos muy buenos, no podemos salvarnos, porque Dios ha dispuesto que solo se nos conceda la salvación, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, con tal de demostrarnos que nos ama infinitamente. Démosle gracias a Jesús porque murió para salvarnos, y permitámosle que tome el control de nuestra vida, así pues, imitemos su conducta.

   3-9. No nos dejemos influenciar por el qué dirán cuando tengamos que cumplir la voluntad de Dios (MT. 1, 24).

   Si José se hubiera separado de su prometida secretamente, o si la hubiera denunciado para que la lapidaran por haber cometido adulterio contra su persona, se hubiera sentido muy avergonzado, pero, al casarse con ella, como si Jesús hubiera sido su Hijo, debió pasarlo mucho peor, al tener que hacer frente, a las burlas de familiares y vecinos. José actuó contra la voluntad de quienes no estaban de acuerdo con la decisión que tomó, porque sabía que Dios lo impulsaba a hacer lo que era correcto a sus ojos.

   Oremos para no dejar de hacer lo que es correcto con tal de evitar cuchicheos y burlas de quienes no comparten nuestra decisión de cumplir la voluntad de Nuestro Padre celestial. Apliquémonos el siguiente versículo de los Hechos de los Apóstoles: HCH. 5, 29.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 1, 16. 18-21. 24 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué se nos dice en la biblia que Jesús es descendiente de San José?
   2. ¿Por qué demostró San Mateo en su Evangelio que Jesús es descendiente de Abraham?
   3. ¿Por qué no escribió San Mateo en su obra que San José es padre de Jesús?
   4. ¿Por qué necesitó Jesús de un padre terrenal?

   3-2.

   5. ¿Cómo reaccionaríamos si nos sintiéramos engañados y/o traicionados?
   6. ¿Cómo nos convendría reaccionar ante tales situaciones?
   7. ¿Por qué no denunció José a María para que hubiera sido apedreada por haberle sido infiel?
   8. ¿Por qué se nos insta a imitar la conducta de José durante todos los años que vivimos, y, especialmente, en el tiempo de cuaresma?

   3-3.

   9. ¿Cómo se organizaban las bodas en el tiempo que vivió Jesús en Israel?
   10. ¿Qué eran los desposorios?
   11. ¿Qué condiciones debían darse para que pudieran disolverse los desposorios?

   3-4.

   12. ¿Por qué es importante el Nacimiento virginal de Jesús para los cristianos?
   13. ¿Por qué enseña la Iglesia Católica inspirándose en la doctrina de San Pablo que hemos heredado el pecado de nuestros primeros padres?
   14. ¿Por qué no hubiera podido ser aceptado el sacrificio de Jesús en la cruz por Nuestro Santo Padre, si el Mesías hubiera sido pecador?
   15. ¿Por qué celebramos los católicos la Inmaculada Concepción de María el ocho de diciembre?
   16. ¿Por qué podemos hablarle a Jesús de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades?

   3-5.

   17. ¿Por qué pensó José en separarse de María cuando supo que su prometida estaba embarazada?
   18. ¿Por qué deseamos recorrer los caminos por los que sentimos que el Señor nos lleva aunque en un principio ello nos resulte desagradable?
   19. ¿Qué haremos cuando nuestras decisiones afecten a otros? ¿Por qué?

   3-6.

   20. ¿Por qué creyó José el anuncio que le hizo el ángel que vio en sueños?

   3-7.

   21. ¿Por qué es Jesús Dios y Hombre verdadero?
   22. ¿Por qué se hizo Jesús Hombre, y asumió nuestras limitaciones?

   3-8.

   23. ¿Por qué vino Jesús al mundo?
   24. ¿Por qué no podemos salvarnos por nuestros medios, si tenemos libertad para elegir si deseamos ser salvos?
   25. ¿Por qué solo se nos concede la salvación por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús?

   3-9.

   26. ¿Por qué se nos insta en la Biblia a obedecer a Dios antes que a los hombres?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos LC. 1, 26-38.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a San José con el corazón henchido de ilusión, pensando en casarse con la mujer que amaba. Pensemos en los novios que hacen muchos preparativos para celebrar sus enlaces conyugales, para que nos sea posible, hacer este ejercicio, de contemplación.

   Visualicemos a José, pensando si su prometida le había sido infiel, o si había sido violada. Esta imagen puede enseñarnos que Dios se aprovecha de nuestras situaciones dolorosas, para purificarnos, y santificarnos.

   Contemplemos a José feliz, porque tomó la decisión correcta, tanto porque ello le fue indicado por el ángel de su sueño, como porque ello era lo que deseaba.

   Contemplémonos con nuestras dudas de fe, porque nos negamos a ser instruidos en el conocimiento de la biblia y de la doctrina de la Iglesia, y, cuando se nos interroga sobre nuestras creencias, no sabemos qué responder, y probablemente resultamos ser muy susceptibles, a las críticas de quienes no comparten, nuestro modo de pensar.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 1, 16. 18-21. 24.

   Comprometámonos a esforzarnos en eliminar los sentimientos de rencor y desconfianza que atentan contra nuestra felicidad.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre y Dios mío:

   Hazme coherente con la fe que profeso, y hazme valiente para vivir inspirado en la misma, tal como lo hizo San José, cuando aceptó la paternidad de Jesús, a pesar de las humillaciones que, probablemente, ello le supuso. Que así sea.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 128.

   Nota: Dado que LC. 2, 41A-51A es otro Evangelio que se puede utilizar en esta solemnidad, remito a mis lectores a leer el ejercicio de lectio divina de LC. 2, 41-52, correspondiente a la fiesta de la Sagrada Familia del Ciclo C.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.

   Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 1-11.

   Lectura introductoria: ST. 1, 13-16.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Orar es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como el Paráclito llevó a Jesús al desierto, para exponerlo a las tentaciones diabólicas. El Espíritu Santo no nos evita las dificultades características de nuestras vidas, sino que nos empuja a vivirlas para que adquiramos una gran fortaleza. El hecho de superar unas dificultades a veces no significa que se termina el tiempo de nuestras luchas, sino que nos disponemos a resolver problemas aún más graves que los que superamos anteriormente.

   Busquemos la paz divina cuando oremos, pero no ignoremos que la paz cristiana no es la total ausencia de conflictos, sino la seguridad de que superaremos grandes dificultades, si no consentimos que se nos debilite -ni se nos extinga- la fe en Dios. La Cuaresma no es el tiempo del cansancio que nos produce la acumulación de sacrificios y de ayunos, pues es el tiempo del combate, el tiempo de contraponer las pérdidas después de aceptarlas a las ganancias, y el tiempo de sumirnos en nuestra debilidad, para descubrir el amor y el poder de Dios, en nuestra vivencia personal del desierto.

   Orar es recordar que ningún suceso de nuestras vidas es inútil. El Espíritu Santo expuso a Jesús a las tentaciones de Satanás porque sabía que las iba a superar satisfactoriamente. Oremos para que Dios nos ayude a aprender lecciones a partir de nuestros sucesos vitales cuyo sentido aún no logramos comprender.

   Orar es ayunar de aquello que nos impida crecer espiritualmente y ayudar a quienes tienen carencias al mismo tiempo. A este respecto, bueno será que quienes tengan dinero donen una cantidad significativa que no sea simbólica para que no dejen de hacerse obras de caridad en favor de los menesterosos, y que los pobres inviertan su tiempo en hacer el bien, porque todos tenemos algo que hacer en la viña del Señor, y somos válidos para servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.

   Orar es comprender que la vida no siempre es fácil, y que necesitamos vivir el dolor que nos produce nuestra visión de las situaciones que consideramos adversas, con el fin de poder madurar.

   Orar es comprender que las carencias han de ser cubiertas en su justa medida. Es justo alimentar a los pobres cuando los tales no puedan ganarse el sustento, pero no estará de más enseñarles a sembrar, y a producir su propia riqueza. El reparto equitativo de los recursos de la tierra no extinguiría la pobreza del mundo, si los menesterosos no aprendieran a invertir el dinero inteligentemente y a lograr que el dinero trabajara para ellos, en lugar de trabajar ellos para ganar dinero.

   Orar es aprender a vivir nuestro cristianismo en silencio, evitando lucirnos ante tanta gente que parece vibrar ante actuaciones sensacionalistas.

   Orar es rechazar la intención de probar el amor y la fidelidad de dios para con nosotros, porque sabemos que Nuestro Padre común nos ama, y confiamos plenamente en Él.

   Orar es comprender que los cristianos no debemos sobornar a nadie ni evitar profesar nuestra fe a cambio de obtener beneficio alguno.

   Orar es tener presente que, así como los ángeles sirvieron a Jesús, Dios buscará la manera de socorrernos cuando tengamos dificultades.

   Oremos:

Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo desde la eternidad:

   Aunque te pido que me evites el hecho de ser tentado, Tú llevaste a Jesús al desierto después de que fuera bautizado, para exponerlo a las tentaciones de Satanás. Ello me induce a no pedirte que me evites las tentaciones, sino a pedirte que me ayudes a superar las mismas tal como debe hacerlo un buen hijo de Dios, que es consciente de que su Padre celestial jamás lo abandonará.

   Jesús sintió hambre después de ayunar durante cuarenta días con sus respectivas noches. Jesús aprovechó su carencia de alimentos y bienes materiales para llenarse de tu presencia, y a mí me es difícil aceptar los problemas que tengo. Ayúdame a comprender que mis dificultades no son inútiles, porque pueden aportarme enseñanzas que necesito aceptar, para poder ser el cristiano en que pensaste antes de crear el mundo.

   Mientras que la vida fácil me puede volver ocioso, las dificultades, las carencias y el aprendizaje vital y de la Palabra de Dios, pueden hacer de mí un gran cristiano, si cuento con tu inspiración, para alcanzar tan loable meta.

   El poder, las riquezas y el prestigio tienen su utilidad, pero no quiero olvidar la importancia que tiene la Palabra de Dios.

   Tal como les sucedía a los fariseos, los cristianos necesitamos vencer la tentación de aparentar una bondad y una fe que no nos caracterizan. ¿Nos atreveremos a ser nosotros mismos evitando así el miedo a que nos juzgue la gente?

   Tú estás dispuesto a ayudarnos, pero nosotros corremos el peligro de pedirte que hagas lo que está en nuestras manos y podemos llevarlo a cabo perfectamente. La quietud es buena para quienes oran, pero el quietismo es una plaga que nos induce a desinteresarnos de nuestras responsabilidades y a no solidarizarnos del padecimiento de la humanidad.

   Ayúdame a tener el valor de evitar hacer todo lo que puede impedirme el hecho de cumplir tu voluntad, que consiste en que yo alcance la plenitud de la felicidad.

   Si acepto que me ayudes cuando te necesito, ayúdame a comprender que ello debe servirme para ser un buen siervo de Dios.

   2. Leemos atentamente MT. 4, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 4, 1-11.

   3-1. ¿Por qué necesitamos ser tentados?

   Al superar la triple tentación a la que lo sometió el demonio -el ángel que gobierna las fuerzas del mal según la biblia-, Jesús demostró que es el Unigénito de Dios, y que, así como venció a su enemigo, nosotros, amparados en su amor y su poder, también podremos vencer las tentaciones de dejar de cumplir la voluntad divina. Nadie tiene la oportunidad de demostrar si ama sinceramente, si jamás ha tenido razones para odiar. Los matrimonios que conviven durante muchos años saben que las dificultades les sirven para fortalecer y afianzar sus relaciones. El bien y el mal están dentro de nosotros, y sólo depende de nosotros el hecho de que el primero o el segundo gobiernen nuestras vidas. Estamos capacitados para hacer grandes obras de amor, y para cometer los mayores crímenes. Para comprender la grandeza del bien, necesitamos tener la experiencia del mal. Para valorar la luz, necesitamos vivir en tinieblas.

   En DT. 8, 2, se nos informa de que Dios condujo a los hebreos al desierto, con el fin de probar si realmente le eran fieles. Lógicamente, Dios sabía lo que iba a suceder de antemano, pero quiso que los miembros de su pueblo se conocieran a sí mismos. Dios no necesita probarnos, pero nosotros necesitamos las tentaciones para conocernos. Dado que seremos tentados cuando menos esperemos que ello suceda, necesitamos formarnos espiritualmente, vivir sirviendo a dios y tener el hábito de orar, con el fin de superar dichas pruebas exitosamente. No sabemos si se nos probará con desavenencias económicas, la pérdida de la salud, el fallecimiento de alguno de nuestros familiares o amigos queridos, o con alguna otra situación que consideremos adversa, pero conviene que no olvidemos que Dios nunca nos desamparará (SAL. 27, 10. 37, 25).

   Aunque en MT. 26, 41 se nos induce a entender que somos débiles, si nuestras convicciones son estables, podremos resistir grandes presiones, consecuentes de nuestra visión de las situaciones dolorosas que hayamos de vivir.

   Si Jesús hubiera sucumbido a las seducciones de su adversario, no hubiera podido llevar a cabo el propósito con que Dios lo envió a Israel. Nuestra felicidad es una responsabilidad que sólo nos atañe a nosotros. Nadie podrá hacer por nosotros lo que necesitamos hacer para potenciar nuestro crecimiento personal, y, por consiguiente, nuestro desarrollo a nivel social, y nuestra formación espiritual. No olvidemos que Dios ha creado el trigo, el campo y el agua de la lluvia, pero a nosotros nos corresponde sembrar el trigo, y esperar el día de la siega para posteriormente poder hacer el pan que mañana nos comeremos.

   ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados? Hemos visto que las tentaciones no son pecaminosas, y que las necesitamos para probarnos a nosotros mismos la fe, el amor y la fortaleza que hemos adquirido, y lo que nos falta para completar nuestro crecimiento. Quienes se sienten sucios cuando son tentados, valoran negativamente sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones, y, cuanto más se castigan, con más fuerza aparecen en sus mentes los pensamientos que desean rechazar. Si queremos que Dios nos ayude a vencer las tentaciones que tenemos, necesitamos esforzarnos para que ello suceda. En JER. 1, 7, vemos cómo Dios le dijo a Jeremías que no se creyera insignificante para cumplir la misión que le encomendó por causa de su juventud. Si creemos que nuestro valor personal es ínfimo, consecuentemente creeremos que somos unos fracasados, y abandonaremos nuestro crecimiento, aunque se lo confiemos a Dios. Recordemos también cómo Isaías sintió miedo de estar en presencia de dios porque se creía pecador, y cómo fue purificado, y deseó ardientemente servir a Yahveh (IS. 6, 5-8).

   Las tentaciones no están relacionadas con el pecado, pero si cedemos a las mismas, pecamos porque desobedecemos a Dios. Recordar este hecho nos ayudará a examinar lo que queremos hacer para evitar caer en las tentaciones que pueden inducirnos a descuidar nuestras responsabilidades, a no solidarizarnos de nuestros prójimos los hombres que sufren, y a olvidarnos del cumplimiento de la voluntad divina.

   Jesús no fue tentado cuando fue bautizado (MT. 3, 16-17), sino en el desierto, cuando padeció el cansancio, y fue presa del aislamiento y el hambre. Para valorar la fortaleza, necesitamos tener la experiencia de la vulnerabilidad, y, cuando somos débiles, podemos sentir la tentación de abandonar el combate de nuestra superación personal y social. El aislamiento, las carencias, algunas decisiones que tenemos que tomar y las incertidumbres, son estados en que nos sobrevienen las tentaciones, y necesitamos buscar la manera de no ceder a las mismas.

   Si somos tentados cuando vivimos situaciones que consideramos adversas, también el hecho de no tener carencias puede inducirnos a prescindir de dios y del amor a nuestros prójimos los hombres, y la soberbia puede tentarnos a sentirnos superiores a los demás. Recordemos que el narcisismo es tener baja la autoestima.

   3-2. ¿Cómo tentó el demonio a Jesús?

   1. Satanás intentó conseguir que Jesús dejara de cumplir la voluntad de Dios (MT. 4, 3). El hecho de alimentarse no era pecaminoso para el Señor, pero sí lo era la posibilidad de desviarse de su camino. No es contraproducente el hecho de que muchos padres deseen que sus hijos tengan todo lo que a ellos les faltó cuando sus progenitores tenían pocos recursos, pero, si sus descendientes no aprenden a valorar lo que tienen, no disfrutarán de sus posesiones, y su deseo de ser más y tener más, será insaciable.

   El verdadero camino para un cristiano consiste en aplicar la Palabra de Dios a su vida y depender de su Padre celestial en todas sus circunstancias vitales.

   2. La segunda tentación contenida en el Evangelio de San Mateo, consistió en lograr que Jesús pusiera a prueba la fidelidad de Dios a la hora de cumplir su Palabra, intentando que los ángeles lo protegieran al arrojarse desde el pináculo del Templo de la ciudad santa (MT. 4, 6). Satanás fue astuto al citar el texto del SAL. 91, 11-12, pues omitió la frase relativa a que los ángeles guardarían al Mesías en todos sus caminos. La tentación consistía en que Jesús se desvinculara del Padre y del Espíritu Santo, y se constituyera en divinidad independiente.

   3. Ya que Jesús no quiso rechazar a Nuestro Padre común ni constituirse en divinidad distinta, Satanás le ofreció convertirse en su dios por un instante, a cambio de hacerlo rey de la humanidad (MT. 4, 8-9). Esta tentación es muy sutil, porque supone adquirir poder, riquezas y prestigio, pero también supone el sacrificio de sí mismo. La tentación política es muy frustrante cuando las promesas de que se es objeto no se cumplen, y hace un daño irreparable. Dios nos ha creado para que seamos sociables, y por eso se genera mucho sufrimiento cuando alguien intenta crecer aplastando a los más débiles, y cuando muchos lo sacrifican todo, a cambio de terminar tirados en la cuneta. La tentación política nos dispone a tenerlo todo o a perderlo todo en la vida, y por eso es un juego muy peligroso, en el que difícilmente no se genera sufrimiento inútil.

   3-3. Jesús se dejó llevar por el Espíritu Santo al desierto (MT. 4, 1).

   Cuando Jesús fue bautizado, se abrió el cielo manifestándose el espíritu profético que permaneció en silencio durante cuatro siglos, el Espíritu Santo ungió a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey, y la voz del Padre reconoció al Señor públicamente como su Hijo amado, en quien se complace (MT. 3, 16-17). Después de ser bautizado, Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto, para que el demonio probara su integridad.

   Después de demostrar que Yahveh es el Dios de Israel (I RE. 18, 20-40), Elías debería haber sido tratado como un gran Profeta del Altísimo, pero se encontró con que su integridad fue puesta a prueba durante cuarenta días, porque la reina Jezabel quiso quitarle la vida, por haber mandado asesinar a sus 450 profetas (I RE. 19, 1-14). En su peregrinación a través del desierto, Elías descubrió que Dios le ayudó a vencer sus dificultades.

   ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial? Difícil sería creer en Dios y amarlo si los creyentes persiguiéramos la plenitud del poder, las riquezas y el prestigio. Toda la humanidad podría unirse a dios, pero no amaríamos a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.

   Seamos seguidores de Jesús cuando nos sonría la vida, y cuando el dolor nos ayude a ser purificados y santificados.

   3-4. La vulnerabilidad de Jesús (MT. 4, 2).

   Jesús no actuaba como quienes se sienten superiores a quienes les rodean. Esta fue la razón por la que el demonio no le tentó cuando fue bautizado, pero le expuso a la soledad, a la sed, al calor y al hambre, para probar su integridad. Dado que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, parece ser que se puso de acuerdo con el tentador para probar al Señor, pero eso no tiene sentido, dado que la vivencia del Señor en el desierto desde el punto de vista humano es irreal, porque nadie puede pasar cuarenta días sin comer, y porque no existe ningún monte desde el que se vea todo el país de Israel. Cuando no se podía justificar la existencia de la adversidad desde el punto de vista científico, muchos culparon a los dioses de la existencia del mal, y los judíos y los cristianos intentaron buscarle alguna utilidad a lo que consideraban que era el mal, para no acusar a su Creador de ser pecador y de que no se interesaba por ellos (1 Pé. 3, 5-7). Las tentaciones de Jesús en el desierto son un resumen del Ministerio público del Hijo de Dios y María, pues el Mesías debió tener la tentación de facilitarles la existencia a sus seguidores para ganárselos de la misma manera que los colonizadores se ganaron a los saduceos concediéndoles beneficios a cambio de que les ayudaran a someterse a los rebeldes, quizás pensó en llevar a cabo un gran prodigio para ganarse la admiración de sus hermanos de raza, y quizás pudo pensar en venderle su alma al tentador, a cambio de obtener el poder necesario para llevar a cabo su obra de exterminio de la miseria, las riquezas necesarias para exterminar la pobreza, y el prestigio indispensable para que todo el pueblo le siguiera. El exterminio de la pobreza no consiste en empobrecer a los actuales ricos para enriquecer a los que tienen carencias económicas.

   3-5. La primera tentación (MT. 4, 3-4).

   Tener hambre no es un pecado, pero no todas las maneras de conseguir alimentos son lícitas. Jesús no quiso utilizar su poder en su beneficio, sino en favor de aquellos en cuyo beneficio llevó a cabo prodigios. Si el Señor quería experimentar su humanidad plenamente, tenía que hacer el sacrificio de rehusar al ejercicio de su poder.

   Nuestros deseos deben satisfacerse correctamente y cuando sea oportuno.

   Jesús fue capaz de superar las tentaciones porque conocía la Palabra de Dios y la obedecía. En EF. 6, 17, se nos dice que la Palabra de dios es la espada del Espíritu Santo, y en HEB. 4, 12, también se nos habla de la Palabra de Dios, diciéndosenos que es una espada de doble filo. Así como el bien y el mal habitan en nosotros, podemos usar la Palabra de Dios para hacer el bien, y para incumplir la voluntad divina. El hecho de sabernos y aplicarnos versículos bíblicos puede ayudarnos a ser los hijos en que Dios está pensando desde la eternidad.

   Jesús tenía hambre, y el hecho de alimentarse no es pecaminoso. La mayor parte de la humanidad tiene carencias que tendrían que ser solventadas urgentemente, y sabemos que hacer el bien no es pecar. Jesús tenía el poder para evitarnos las carencias que caracterizan nuestras vidas, pero, ¿en qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas? Recuerdo a una señora que me contó la siguiente historia:

   "Eduqué a mi hija de manera que no le faltó nada, pero, desde que llegó a la adolescencia, es muy vaga. No quiere hacer trabajos humildes y sólo vive a expensas de sus amantes. Esa manera de ser de mi hija perjudicará mucho a mi nieto de siete años."

   Sería positivo el hecho de curar las enfermedades graves y no es pecaminoso el hecho de alimentar a los pobres cuando no pueden conseguir sustentarse por sí mismos, pero hay problemas que tenemos que resolver por nuestros propios medios, con el fin de crecer, aprendiendo a valorar quiénes somos, y lo que hemos conseguido.

   Cuando San Juan Bautista mandó a algunos de sus discípulos a que interrogaran a Jesús respecto de su mesianismo desde la cárcel, el Señor no le dijo que su prioridad era alimentar a los pobres, sino anunciarles el Evangelio a los menesterosos (MT. 11, 5). Esta conducta de Jesús parece ilógica e inhumana si pensamos en quienes mueren sin que nadie los socorra, pero es necesario que los pobres aprendan a trabajar por sí mismos, a crear sus propias fuentes de riqueza, y que contribuyan al sostenimiento de las sociedades que han de ampararlos.

   El materialismo no es pecaminoso, pero el hecho de tener demasiadas posesiones puede inducirnos a no esforzarnos para madurar ni para ayudar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales.

   No sólo de pan vive el hombre. Necesitamos alimentarnos física y espiritualmente, y relacionarnos con quienes nos rodean.

   No sólo de riquezas vive el hombre. La mayor riqueza es el amor que se da y recibe. Si hay pobres que mueren de hambre, hay ricos que sufren porque viven aislados.

   No sólo de prestigio vive el hombre. Hay quienes intentan ocultar su soledad fingiendo que son muy conocidos y queridos por gente famosa.

   Jesús no nos dice que podemos vivir de algunas palabras de dios, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No aceptemos solamente lo que nos gusta de nuestra fe, sino toda la Palabra de Dios en su conjunto.

   3-6. La segunda tentación (MT. 4, 5-7).

   El Templo de Jerusalén era el centro religioso-político de Israel en que se esperaba que apareciera el Mesías milagrosamente, según se deduce del texto de MAL. 3, 1. Satanás subió al Señor a una pared desde la que veía varios kilómetros de tierra, y lo tentó con el hecho de hacerlo poderoso, a cambio de que diera un espectáculo.

   Se nos tienta mucho para que compremos determinados productos, haciéndosenos creer que por tener los mismos seremos personas ideales. Una persona madura jamás se enamorará de nadie que use un determinado perfume, pero en el campo de la publicidad casi cualquier juego es válido para aumentar las ventas, y es un deber nuestro no ser incautos.

   ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?

   ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?

   Dios quiere que vivamos por fe, no porque vemos milagros. Dios no se deja manipular por nadie, y, si lo aceptamos como Padre, creeremos en Él. Además, si Dios no nos prueba, tampoco es justo que lo probemos nosotros.

   Recuerdo un programa de televisión en que los presentadores intentaron sorprender a un pederasta intentando abusar de una joven periodista que se hizo pasar por una adolescente. El pederasta tentaba a su víctima con ropa que ella no podía comprar con el dinero que supuestamente le daban sus padres. En la vida todo lo que intentamos conseguir tiene un precio, pero necesitamos pensar si lo que vamos a sacrificar es más valioso que lo que deseamos conseguir, aunque en un principio no lo parezca.

   3-7. La tercera tentación (MT. 4, 8-10).

   Por causa de la crisis económica que nos afecta a los españoles, muchas veces vemos productos a la venta con descuentos superiores al cincuenta por ciento de su precio inicial, y yo me pregunto: ¿Se están vendiendo los mismos productos que se vendían antes de rebajar su precio, o serán otros similares y de peor calidad? Con no poca razón, en mi pueblo dicen que nadie cambia un duro por cuatro pesetas. Muchos hombres quieren conseguir poder, riquezas y prestigio de cualquier manera, y son insaciables. Los pobres sufren porque no tienen dinero, y los ricos, ni aunque tengan miles de millones de dólares, no pueden evitar el miedo a perderlo todo, pero ese miedo no impide que muchos adinerados no reduzcan sus gastos, para evitar la experiencia de la pobreza. La codicia es muy mala consejera. Necesitamos aprender a amarnos tal como somos, a superarnos y a valorar adecuadamente lo que tenemos.

   ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?

   Dado que en la Biblia las relaciones matrimoniales simbolizan nuestra relación con Dios, cuando el pueblo de Israel desobedecía a Yahveh, se decía que adulteraba contra Dios.

   ¿Conocemos casos de gente que se ha prostituido para conseguir trabajo? ¿Se ha prostituido esa gente por necesidad, o por la comodidad de no buscar otro trabajo y de ganar una buena suma de dinero en poco tiempo?

   ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio? Si tenemos fe, nuestro poder es el de Dios, quien es nuestra riqueza. Respecto de nuestro prestigio, será bueno ante el Señor, si hacemos el bien.

   Satanás no tenía el control sobre el mundo según le dijo a Jesús, pero fingía que lo tenía. Si intentamos contratar los servicios de un profesional que presume mucho de sus logros, mejor será para nosotros rehusar nuestra pretensión, porque dicho personaje nos está engañando. Quien conoce su profesión no tiene tiempo para presumir, porque actúa durante su tiempo de trabajo como sabe que debe hacerlo.

   3-8. Jesús fue servido por los ángeles después de ser tentado (MT. 4, 11).

   Dado que el demonio no pudo hacer pecar a Jesús, lo dejó, quedando a la espera de que el Señor se encontrara vulnerable, para seguir tentándolo. Unos ángeles sirvieron a Jesús, pues, después de hacer un ayuno tan largo, y de haber reflexionado sobre el estado de una gran parte de la humanidad, el Señor debió sentirse muy débil. Si los ángeles son servidores de quienes serán salvos (HEB. 1, 14), ¿cómo no iban a servir a Jesús, quien es el autor de nuestra salvación?

   3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 4, 11-11 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Quién es el demonio?
   2. ¿Qué demostró Jesús cuando superó la triple tentación a la que lo sometió el demonio?
   3. ¿En qué sentido podremos superar las tentaciones que nos caracterizan porque Jesús venció al tentador?
   4. ¿En qué sentido habitan el bien y el mal en nuestro interior?
   5. ¿En qué sentido nos sirven las dificultades características de nuestras vidas para crecer?
   6. ¿De qué depende el hecho de que el bien o el mal gobiernen nuestras vidas?
   7. ¿Por qué necesitamos tener la experiencia del mal para comprender la grandeza del bien?
   8. ¿Por qué no necesita Dios someternos a prueba?
   9. ¿En qué sentido necesitamos ser tentados?
   10. ¿Para qué necesitamos conocer la Palabra de Dios, aplicarla a nuestras vidas de fe y orar frecuentemente?
   11. ¿De qué maneras podemos ser probados?
   12. ¿Qué aprenderemos de las tentaciones a las que no hemos de ceder?
   13. ¿Qué aprenderemos de la vivencia de nuestras dificultades?
   14. ¿Cómo podremos resistir fuertes presiones si somos débiles?
   15. ¿Qué hubiera sucedido si Jesús se hubiera dejado seducir por el diablo?
   16. ¿Es cierto que nuestra felicidad es plenamente dependiente de nosotros y que sólo nosotros podemos conquistarla? ¿Por qué?
   17. ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados?
   18. ¿Por qué es real el texto de ROM. 7, 15?
   19. ¿Qué tenemos que hacer para que Dios nos ayude a vencer tentaciones?
   20. ¿Por qué no podremos vencer tentaciones ni con la ayuda de Dios si no nos amamos?
   21. Explica la transformación que se llevó a cabo en Isaías, según el texto de IS. 6, 5-8.
   22. Si las tentaciones no están relacionadas con el pecado, ¿por qué pecamos cuando cedemos a las mismas?
   23. ¿Qué consecuencias tiene tanto para nosotros como para nuestros prójimos los hombres el hecho de que nos dejemos seducir por el diablo?
   24. ¿Qué puede sucedernos cuando somos débiles?
   25. ¿En qué estados nos tienta el demonio? ¿Por qué?
   26. ¿Por qué puede hacernos caer en la soberbia el hecho de no tener carencias?
   27. ¿En qué sentido son sinónimos el desprecio de sí mismo y el narcisismo?

   3-2.

   28. ¿Por qué no cedió Jesús a la tentación de convertir unas piedras en pan para saciar su hambre?
   29. ¿Qué les sucede a los niños y adultos que no aprenden a valorar lo que tienen?
   30. ¿En qué consiste el verdadero camino para los cristianos?
   31. ¿En qué consistió la segunda tentación a la que el diablo sometió a Jesús?
   32. ¿Qué le ofreció Satanás a Jesús para que lo adorara?
   33. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de la tentación política?
   34. ¿En qué sentido es la tentación política un juego muy peligroso?

   3-3.

   35. ¿Qué ocurrió Cuando San Juan Bautista bautizó a Jesús?
   36. ¿Para qué impulsó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
   37. ¿Por qué no le evitó Dios a Elías el sufrimiento, teniendo en cuenta que demostró que Él es el único Dios verdadero?
   38. ¿Qué descubrió Elías en su peregrinación a través del desierto?
   39. ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial?
   40. ¿Nos parecemos a Elías en que hemos descubierto que Dios está con nosotros en nuestras dificultades, o las mismas nos demuestran que no existe o que no le interesamos?

   3-4.

   41. ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando fue bautizado?
   42. ¿Por qué expuso el demonio a Jesús al calor, la soledad y el hambre?
   43. ¿Por qué es irreal el episodio de las tentaciones de Jesús tal como se narra en los Evangelios, y concebimos el mismo como un resumen del Ministerio público de Jesús?
   44. ¿De qué maneras hemos justificado los judíos y los cristianos la existencia de la adversidad? ¿Con qué propósitos lo hemos hecho?
   45. ¿De qué maneras pudo tener Jesús tentaciones de ganarse a sus seguidores?
   46. ¿Qué hubiera conseguido Jesús si hubiera adorado a Satanás?
   47. ¿Por qué no consiste el exterminio de la pobreza exclusivamente en hacer que los ricos sean solidarios?

   3-5.

   48. Nuestros deseos pueden ser lícitos, pero no todas las maneras de realizarlos son legales. Pon ejemplos de ello.
   49. ¿Por qué Jesús no se benefició del uso de su poder?
   50. ¿Por qué pudo Jesús superar las tentaciones diabólicas?
   51. ¿En qué sentido es la Palabra de Dios la espada de doble filo del Espíritu Santo?
   52. ¿Por qué podemos usar la Palabra de dios para hacer el bien y para incumplir la voluntad divina?
   53. ¿Para qué nos es útil el hecho de saber versículos bíblicos y aplicárnoslos?
   54. ¿En qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas?
   55. ¿Por qué el hecho de resolvernos nuestros problemas es la única manera que tenemos de conocernos a nosotros mismos y de valorar lo que hemos conseguido?
   56. ¿Por qué era para Jesús más importante la evangelización de los pobres que el hecho de sustentar a los mismos?
   57. ¿Qué puede sucedernos si tenemos muchas posesiones?
   58. ¿En qué aspectos necesitamos potenciar nuestro desarrollo?
   59. ¿Cuál es la mayor riqueza?
   60. ¿En qué consiste la pobreza de muchos ricos?
   61. ¿Aceptamos toda la Palabra de dios en su conjunto?

   3-6.

   62. ¿Por qué esperaban muchos judíos que apareciera milagrosamente el Mesías en el Templo de Jerusalén?
   63. ¿Son lícitas todas las prácticas marketinianas para los cristianos? ¿Por qué?
   64. ¿Por qué tenemos el deber de no ser incautos?
   65. ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
   66. ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
   67. ¿Por qué quiere Dios que vivamos por fe?
   68. ¿Por qué no es justo el hecho de que sometamos a Dios a prueba?

   3-7.

   69. ¿Por qué no nos conviene ser codiciosos?
   70. ¿Por qué necesitamos amarnos tal como somos, superarnos y valorar adecuadamente lo que tenemos?
   71. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
   72. ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio?

   3-8.

   73. ¿Por qué debió Jesús sentirse muy débil?
   74. ¿Por qué fue servido Jesús por ángeles?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos 1 PE. 4, 7-11, para recordar resumidamente, cuál ha de ser el comportamiento de los cristianos, según la predicación del primer Pontícife de la Iglesia Católica.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús dejándose llevar por el Espíritu Santo al desierto, y observémonos nosotros, pidiendo en oración que se nos eviten las tentaciones y el sufrimiento.

   Jesús estuvo cuarenta días con sus respectivas noches orando, meditando y ayunando. ¿Cuánto tiempo le dedicamos al servicio de Dios en sus hijos los hombres?

   Mientras que Jesús no quiso convertir piedras en panes para comer, nosotros no dejamos de pedirle a dios que nos facilite la vida. Es más fácil creer que el Espíritu Santo nos inspira nuestras palabras y obras, que actuar intentando no pecar. No evitemos hacer el bien amparándonos en la excusa de que dios es el que nos indica todo lo que tenemos que decir y hacer por medio del Espíritu Santo.

   ¿Realmente vivimos los cristianos de la aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas?

   Los líderes católicos organizan actos multitudinarios, para hacernos comprender a los creyentes de base que no estamos solos. ¿Sirven esos eventos para aumentar el número de hijos de dios y para que los cristianos de siempre seamos mejores seguidores de Jesús?

   ¿Nos mezclamos los cristianos con quienes no profesan nuestra fe e intentamos vivir en paz y armonía, o queremos imponer nuestras creencias por medio de la aplicación de leyes?

   Cuidémonos de utilizar el servicio a Dios como excusa que justifique nuestro deseo de obtener poder, riquezas y prestigio.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación del Evangelio del Miércoles de Ceniza.

   Meditación.

   Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Os deseo que el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, os sea provechoso, a fin de que logréis mantener una mejor relación, tanto con Dios, como con vuestros prójimos, y con vosotros mismos.

   Muchos hermanos en la fe nuestros, ven la Cuaresma como una sucesión de sacrificios y prácticas de oración que les cansan mucho. Para muchos de ellos, la llegada del tiempo de Pascua, significa el fin de las prácticas penitenciales, y el retorno a sus quehaceres ordinarios, de tal manera, que no parecen demostrar que el Espíritu Santo, ha realizado ningún cambio en su vida.

   Aunque una de las razones por las que vivimos la Cuaresma, consiste en prepararnos a conmemorar la Pasión y muerte de Nuestro Salvador, ello no significa que debemos permanecer tristes durante las más de cinco semanas que anteceden a la Semana Santa. Muchos cristianos estamos marcados por la vivencia del sufrimiento, y, en la medida que nos sea posible, aprenderemos a sobreponernos al efecto que producen en nuestras vidas nuestra visión de las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, porque las mismas tienen el propósito de hacer de nosotros mejores seguidores de Jesús. La Pasión y muerte de Nuestro Señor, nos produce tristeza, porque somos sensibles al sufrimiento, y porque mantenemos la creencia de que el Unigénito de Dios murió para demostrarnos el amor que nos manifiesta constantemente el Dios Uno y Trino.

   San Pablo, nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 4). ¿Por qué desea Dios que estemos alegres, si nuestra salud no es buena, si tenemos problemas familiares, y/o si no encontramos trabajo? San Pablo responde la pregunta que nos hemos planteado, con las siguientes palabras: (1 COR. 10, 13). Independientemente de que tengamos que superar tentaciones, o dificultades de diversa índole, nunca nos sucederá nada que no podamos sobrellevar, porque Dios está con nosotros. Esta es la causa por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28).

   ¿Permitiremos que la creencia de que no podemos superar nuestras dificultades actuales extinga la fe que profesamos de nuestros corazones? (ROM. 8, 35). Nada que nos suceda será la causa de que Dios deje de amarnos, pero, nuestra visión pesimista de la vida, puede separarnos de Nuestro Padre común, si nos impide creer en Él.

   (ROM. 8, 37). ¿Creemos que Dios nos ayudará a superar nuestras dificultades actuales? El hecho de que sea difícil para nosotros creer en Dios, y de que, a pesar de ello, nos empeñemos en creer en Él, no significa que somos pecadores irremisibles, sino que tenemos un gran mérito, al luchar contra nuestra aparente imposibilidad de tener fe en Nuestro Padre común.

   San Pablo, en su Carta a los cristianos de Roma, expuso la dificultad que le suponía el hecho de evitar la comisión de pecados (ROM. 7, 15. 19).

   A pesar de nuestras humanas imperfecciones, aprovecharemos, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino todos los años que vivamos, para aumentar la fe que tenemos en Dios. San Pablo nos insta a vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad de Dios, cuando nos dice: (ROM. 6, 17).

   Obviamente, aún no tenemos toda la fe en Dios que se supone que nos caracteriza, ni somos los cristianos que deseamos ser. Esta es la razón por la que, durante los años que se prolonguen nuestras vidas, tenemos tres cosas que hacer, para creer más en Dios, y, consecuentemente, ser mejores cristianos.

   De la misma forma que cualquier profesional debe conocer su trabajo para desempeñarlo adecuadamente, los cristianos tenemos que conocer a Dios, y, cuanto mayores sean nuestras cuitas, más necesitamos acercarnos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Recordemos cómo oraba el Profeta Jeremías en medio de sus dificultades (JER. 15, 26). Jeremías llegó a sentirse tan desesperado por causa de sus padecimientos, que llegó a desear haber sido abortado por su madre, con tal de no soportar su angustia (JER. 20, 17-18). A pesar de la angustia que lo embargaba, el Profeta no dejó de confiar en Yahveh (JER. 20, 7-9).

   La Palabra de Dios es el bálsamo que nos fortalece en las tribulaciones que vivimos, y, gracias al conocimiento de la misma, tenemos fe en Nuestro Padre celestial.

   La fe es una de las virtudes llamadas "teologales", porque procede de Dios, y nos encamina a la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tal virtud, al mismo tiempo que es una responsabilidad, porque nos exige que seamos buenos seguidores de Jesús, es el gozo de saber que todo lo que nos sucede tiene sentido, aunque tardemos años en descubrir esta realidad.

   San Pedro nos anima a vivir inspirados en la fe que profesamos (1 PE. 5, 10).

   ¿Cómo podremos superar nuestras dificultades sin perder la fe en Dios, si no encontramos hermanos en la fe con quienes compartir nuestros sentimientos? Dado que los cristianos practicantes estamos dispersos por el mundo, con tal de no perder la fe, oraremos unos por otros, y, el Espíritu Santo, nos fortalecerá a todos. Esta es la causa por la que San Pedro, -sabiendo lo difícil que es mantener la fe en tiempos difíciles-, escribió, en su primera Epístola: (1 PE. 5, 8-9)

   ¿Que es la fe? (HEB. 11, 1).

   Tenemos fe en que algún día viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento, y en que, durante los años que vivamos, Nuestro Santo Padre, nos ayudará a vencer muchos obstáculos, y a sobrellevar pacientemente las vicisitudes que hayamos de vivir durante mucho tiempo.

   El conocimiento de la Palabra de Dios, nos hace poner en práctica todo lo que aprendemos, a lo largo de nuestros años de formación espiritual. En la Biblia se nos enseña a no guardarnos la fe en el corazón como si fuera una importante suma de dinero que escondemos celosamente, pues, cuanto más la ejercitemos y compartamos, más se nos aumentará.

   Recordemos las siguientes palabras de San Pedro: (1 PE. 4, 8-10).

   Por su parte, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, nos demuestra que, la fe sin la práctica de la caridad, no es más que una mera ilusión (ST. 2, 8. 15-18. 20. 24). Mientras que la fe sin obras no es demostrable, porque no existe, y quienes creen poseerla la tienen escondida en su interior, es posible demostrar que hacemos el bien, tanto por amor a Dios, como por amor a nuestros prójimos los hombres.

   Nuestras vidas de fe y acción cristianas, no se desarrollan plenamente, si no oramos. ¿Es posible tener fe en Dios sin orar? Quien no ora, no cree en Dios. Imaginemos que vivimos con nuestros familiares, y, a pesar de ello, no les dirigimos la palabra. ¿Cómo podrán saber nuestros seres queridos que les amamos, si no se lo manifestamos? Naturalmente, Dios conoce nuestros sentimientos, pero necesitamos hablar con Él, porque, si no le hablamos, no le creemos, y, si no le creemos, carecemos de fe, y, por lo tanto, somos incapaces de hacer el bien, como nos corresponde a los cristianos.

   Recordemos las siguientes palabras del primer Obispo de Jerusalén: (ST. 5, 16).

   A través de la meditación del texto evangélico correspondiente al inicio de la Cuaresma, veremos cómo podemos tener fe, actuar como buenos cristianos, y orar, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   1. La relación que mantenemos con nuestros prójimos.

   Meditación de MT. 6, 1-4.

   1-1. Observemos una moral adulta.

   (MT. 6, 1). En la Biblia, la palabra "justicia", tiene dos acepciones, la primera de las cuales es sinónimo de fe, y, la segunda, se refiere al hecho de hacer el bien, y de practicar la equidad.

   (MT. 6, 1a). Muchos padres tienen la costumbre de motivar a sus hijos para que estudien, ofreciéndoles recompensas, si se esfuerzan a la hora de formarse. Igualmente, muchos profesores tienen la costumbre de alabar excesivamente a sus alumnos más aventajados. Vivimos en una sociedad en la que no somos valorados en virtud de la bondad o maldad que nos caracteriza, sino en atención al poder, la riqueza y la fama que tenemos. Siempre se nos ha dicho que Dios castiga a los malos y premia a los buenos, para que adquiramos la costumbre de vivir en sociedad, beneficiándonos unos a otros, así pues, en la Biblia, leemos: (DT. 30, 19). Para los hebreos, el hecho de escoger la vida, significaba cumplir la voluntad de Dios, con tal de ser alcanzados por las promesas divinas. Para nosotros, el hecho de escoger la vida, significa que nos comprometemos a amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, para que, la vida sobrenatural de la gracia, nos transforme, para que seamos aptos, para vivir, en la presencia de Dios.

   Aunque el hecho de hacer el bien nos dispone a ser receptores de las bendiciones divinas, evitemos la posibilidad de practicar la justicia para ser recompensados, y hagámoslo por la satisfacción de hacer el bien, para poder ser imitadores de Dios.

   Jesús nos dice que, cuando hacemos el bien, o buscamos ser recompensados por quienes alaban nuestra bondad, o buscamos ser premiados por Dios. Si damos una limosna, no para beneficiar a un hermano carente de dádivas materiales, sino para figurar en una lista de benefactores, que estará a la vista de cientos o miles de personas, que sabrán de nuestra bondad, no estamos buscando una recompensa divina, sino un galardón humano. Hay ocasiones en que practicamos la justicia, y es inevitable el hecho de que se nos vea, tal como me sucedió un día en que, cuando estaba cruzando una carretera, un señor mayor que tenía una bicicleta tropezó conmigo, y lo sujeté, para evitar que se cayera. En tales casos en que es inevitable que se nos vea hacer el bien, no buscamos la recompensa humana, aunque la obtengamos, y sirvamos de testimonio, para que, quienes nos observen, comprendan que es posible vivir, según la voluntad de Nuestro Dios.

   No podemos desear ser recompensados tanto por Dios como por los hombres al mismo tiempo, porque hay situaciones en que, la forma de proceder de los hombres, dista de la manera de actuar de Dios. Esta es la causa por la que Nuestro Señor nos instruye, en los siguientes términos: (MT. 6, 1b). En el texto que estamos considerando, Jesús no tuvo la pretensión de hablar mal de los fariseos, -los legalistas que necesitaban la constante aprobación de todos los actos que llevaban a cabo por parte de los hombres-, aunque lo hizo indirectamente, ya que, todo aquello que nos dice que no debe hacerse, era precisamente lo que hacían los tales.

   Aunque San Mateo escribió su Evangelio en arameo, dicha obra fue traducida al griego. La versión de la citada obra en arameo no se conserva. Para los griegos,, los hipócritas, eran quienes representaban papeles teatrales que no estaban relacionados con su personalidad. Entre nosotros, una persona hipócrita, se conoce por el fingimiento, por ejemplo, de una bondad que no la caracteriza.

   Muchos son los que hacen el bien para ser recompensados, porque, si no se les reconocen sus virtudes y bondad constantemente, sufren mucho, porque, al depender su estimación personal de lo que los demás creen de sí mismos, no se percatan de que practican la justicia, no por amor a Dios y a sus prójimos, sino para satisfacer su necesidad de ser reconocidos. Un clásico ejemplo de ello, son las madres crucificadas.

   San Mateo nos expone varios ejemplos de acciones realizadas por gente hipócrita en su Evangelio (MT. 6, 5, 16; 7, 3-5; 15, 7-9; 16, 1-, 15-22; 23, 13-15, 25-31).

   Los hipócritas no heredarán el Reino de Dios (MT. 24, 45-51).

   1-2. Practiquemos la justicia buscando como recompensa la satisfacción de hacer el bien.

   (MT. 6, 2). Jesús nos dice que, cuando practiquemos la justicia, no presumamos de nuestra bondad buscando ser recompensados por el aplauso de los hombres, pues, si no buscamos la aprobación divina, no la obtendremos, y tendremos que conformarnos con la aprobación humana, que es, en definitiva, la que nos interesa lograr.

   San Pablo nos indica cómo podemos servir desinteresadamente a nuestros prójimos los hombres, en los siguientes términos: (FLP. 2, 1-4). Naturalmente, no siempre podemos considerar que las prioridades de nuestros prójimos son más urgentes que las nuestras, pero, si nos lo propusiéramos, podríamos exterminar la carencia de dádivas materiales de la humanidad.

   1-3. Practiquemos la justicia por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres.

   (MT. 6, 3-4). Hagamos el bien en secreto, y Dios nos recompensará públicamente, pero lo hará en silencio, de manera que, sólo nuestros hermanos en la fe, se percatarán de que el Señor nos beneficia, aunque no sepan por qué lo hace (2 COR. 9, 6-11).

   2. La relación que mantenemos con Dios.

   La oración.

   Meditación de MT. 6, 5-6.

   Los versículos del primer Evangelio que estamos meditando, me recuerdan la actitud de una señora que quiso hacerles promesas a diferentes imágenes de Jesús y a diversos Santos de asistir con su descendiente a sus procesiones, si su hijo se recuperaba de la enfermedad que padecía. Por su parte, el hijo, viendo que su madre no vivía como cristiana practicante, y que cumplía sus promesas buscando el aplauso de los hombres, -quienes supuestamente debían alabarla por su bondad de madre crucificada-, se negó a asistir a dichos actos litúrgicos, cosa que su madre aún le reprocha, -a pesar de que han pasado muchos años desde que hizo tales promesas-, porque le impidió ser estimada por la gente, y seguir alimentando el cumplimiento de promesas que, más que estar relacionadas con la fe, son causas de superstición, ya que, el hecho de no cumplir las mismas, -según la creencia de muchos católicos cuya fe no está bien formada-, es causa de recepción de un castigo divino.

   Desgraciadamente, la fe de muchos católicos está relacionada con la superstición, porque los tales, o no han podido, o no han querido adquirir una buena formación religiosa. Quienes predicamos el Evangelio, debemos hacer un buen examen de conciencia, para averiguar si somos responsables de la deformación de la fe, que afecta a muchos de nuestros hermanos, de entre los cuales, muchos, -una vez perdido el miedo a la condenación en el infierno-, han dejado de creer en Dios, porque se les ha inculcado la idea de que nuestra fe es una carga, y no un motivo de dicha.

   Si participamos en actos litúrgicos buscando el reconocimiento social, y no lo hacemos para alabar al Dios Uno y Trino, tendremos que conformarnos con la recepción del aplauso de los hombres, el cual, -por cierto-, es el único premio que nos interesa recibir.

   De la misma forma que Jesús nos insta a practicar la caridad y a hacer penitencia en secreto, nos pide que oremos ocupándonos en cultivar la fe que profesamos. Si no oramos tal como hablamos con nuestros familiares, hemos de dar por supuesto que no tenemos fe en Dios.

   San Pablo, nos dice: (EF. 6, 14-18. 1 TIM. 2, 1-4).

   3. La relación que mantenemos con nosotros.

   ¿Qué pensamos de nosotros?

   Meditación de MT. 6, 16-18.

   La práctica del ayuno puede estar causada por el hecho de pedirle a Dios perdón por haber pecado, o por el hecho de pedirle dádivas, ora para quienes ayunan, ora para sus seres queridos.

   Las prácticas penitenciales pueden ser las más tentadoras que se pueden realizar para atraer la aprobación de los hombres, porque no suponen desprendimiento de dinero en beneficio de los pobres, ni inversión de un tiempo determinado en la asistencia a los actos de culto públicos.

   Supongamos el caso de una señora que pasa toda una noche en un hospital, esperando que uno de sus familiares que está enfermo, sea dado de alta al día siguiente. Al amanecer, la buena señora padece los efectos del sueño, y presume ante sus familiares y amigos porque, si ella no fuera tan buena, dicho enfermo hubiera pasado la noche sólo. Tanto al hacer el bien, al orar, o al hacer penitencia, no necesitamos demostrar que estamos haciendo esfuerzos sobrehumanos, a fin de lograr alcanzar los propósitos que nos proponemos. Jesús nos dice que, cuando hagamos penitencia, nos perfumemos y nos lavemos la cara (el aceite es utilizado en la elaboración de Ungüentos), porque nadie va a sentir lástima de nuestro estado, si nos ve con la cara sucia, fingiendo una tristeza que no tenemos, o quejándonos porque tenemos hambre, porque toca ayunar.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser mejores cristianos.

   Comprometámonos a aprovechar, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino toda nuestra vida, para mejorar nuestras relaciones, con Dios, con nuestros prójimos los hombres, y, con nosotros mismos.

   Nota: Es lógico suponer que si beneficiamos a nuestros prójimos podemos ser recompensados si los mismos son agradecidos, pero el hecho de hacer depender nuestra estimación personal de la imagen que los tales tienen de nosotros, es doloroso y conflictivo, ya que nadie nos va a permitir que lo sobreprotejamos hasta eliminar su libertad, y convertirlo en objeto, a no ser que se sienta cómodo, y carezca de la voluntad necesaria, para ser autónomo.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la oración. (Miércoles de Ceniza).

   Estudio bíblico sobre la oración.

   Estimados hermanos y amigos:

   Hoy, la Iglesia, concluye la primera parte del Tiempo Ordinario, para empezar a preparar a sus hijos, a vivir la Pascua de Resurrección. Todos sabemos que esta preparación, que para muchos de nuestros hermanos está marcada por el dolor del pecado, la impotencia de la observación de su imperfección y la fatiga, es imprescindible para que podamos convertirnos plenamente a Dios. La Iglesia nos insta a que no dejemos de lado el ayuno, la penitencia y la oración, para que podamos alcanzar nuestro propósito.

   ¿De qué nos abstendremos durante la Cuaresma? Evitaremos todo incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, por consiguiente, San Pablo, nos dice, las palabras que leemos en 2 COR. 6, 1-2. La Cuaresma es el tiempo favorable en que hemos de evitar el hecho de rechazar la gracia divina, para que así podamos convertirnos al Evangelio de salvación.

   Ya que tenemos la oportunidad de ayunar de realizar las obras contrarias a la voluntad del Dios Uno y Trino, ayunemos también de alimentos excesivamente costosos, seamos humildes a la hora de alimentarnos, para que así podamos socorrer a nuestros hermanos carentes de dádivas materiales, en atención a las palabras del Apóstol, que encontramos en 2 COR. 8, 12-13. Si socorremos a los necesitados, imitaremos a nuestro glorioso Señor Jesucristo (2 COR. 8, 9).

   A través de la penitencia, le pedimos a Dios que nos ayude a desear y conseguir la perfección que anhelamos, con el fin de que podamos vivir en su presencia, cuando la tierra sea su Reino.

   (OS. 6, 6). Jesús utilizó la siguiente consigna cuando inició su Ministerio público: (MC. 1, 15).

   ¿Cuál es nuestra visión de la penitencia?

   Si el hecho de perfeccionarnos puede ser difícil, no hemos de pensar que ello es sumamente doloroso e imposible, y mucho menos pensaremos en abandonar este propósito la tarde del Viernes Santo, por consiguiente, tengamos presente que es bueno el hecho de que le agradezcamos a Dios las oportunidades que nos da, a fin de que podamos vivir en su presencia. Tenemos defectos porque somos humanos, y, cuantas veces fracasemos, igual número de oportunidades tendremos de levantarnos y de iniciar la actividad gradual de perfeccionarnos, sin prisa, pero, sin pausa. La conversión es un periodo gradual de perfeccionamiento que se prolonga desde que Dios nos llama a vivir en su presencia durante todos los días de nuestras vidas, por consiguiente, no evitemos el hecho de desear alcanzar la perfección que nos es necesaria para acercarnos a Nuestro Padre común, plenamente purificados.

   Cuanto mayores sean las dificultades que tengamos que superar, mayor debe ser la seguridad de que Dios está con nosotros. ¿Creemos que no podemos solventar nuestros problemas? Aunque puede sucedernos que algunas de las dificultades que tenemos sean vitales, no pensaremos que no podemos soportarlas, porque, si Dios permite que las suframos, ello es porque sabe sobradamente que podemos sobrellevar las mismas, de hecho, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras que encontramos en 1 COR. 10, 13.

   A pesar de que hemos meditado superficialmente sobre el ayuno que Dios desea que practiquemos y sobre los beneficios de la penitencia y el dolor, meditemos con mayor amplitud el tema de la oración. Fijaos, -estimados hermanos y amigos-, lo importante que es la oración, que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que, quienes no oran, o tienen una fe muy débil, o no quieren, o no pueden, creer en Nuestro Padre y Dios, de quien leemos en el primer libro de las Crónicas: (1 CRO. 29, 11-12).

   Los cristianos no oramos con tal de perder el tiempo, pues conservamos esta práctica, porque sabemos que Dios escucha nuestras oraciones, por consiguiente, San Juan Evangelista, nos dice en su primera Carta: (1 JN. 5, 14).

   Pensemos, -hermanos y amigos-, que, para que Dios atienda nuestras oraciones de petición, no podemos pedirle dádivas de cualquier manera, sino atendiendo al beneplácito de su voluntad. Yo creo que en el mundo no existe ni un solo creyente que haya orado sin obtener negativas de Dios, las cuales están justificadas por motivos que la mayoría de las veces no podemos comprender, dado que a veces Nuestro Santo Padre no juzga oportuno concedernos lo que le pedimos porque sabe que ello puede perjudicar nuestra fe, y porque tiene predestinado el tiempo en que nos va a beneficiar, cuando seamos receptivos a su Palabra. Esta es la causa por la que San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).

   (2 COR. 12, 7-10). Aunque Dios escucha todas nuestras oraciones, solo atiende las peticiones de quienes son íntegros de corazón (PR. 15, 8. 28, 9; JN. 9, 31).

   En la Biblia se nos insta a que cumplamos la voluntad de Nuestro Padre común, para que nos premie concediéndonos lo que le pidamos en oración. Veamos un ejemplo de ello: (1 PE. 3, 7).

   Aunque no sabemos cuándo será transformada la tierra en el Reino de Dios, en la Biblia se nos insta a que vivamos como si ello sucediera hoy mismo, es decir, se nos anima a que nos esforcemos en cumplir la voluntad de Dios, en atención a las palabras del Primer Papa, recogidas en 1 PE. 4, 7.

   No desperdiciemos la oportunidad de vivir sobriamente para dedicarnos a la oración, pues, dicha conversación con Nuestro Padre común  ocupará una gran parte de nuestras vidas, pues, de la misma manera que nos comunicamos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y en ocasiones con otros desconocidos, hablaremos diariamente con Nuestro Padre celestial (EF. 6, 18).

   No temáis el hecho de no estar seguros de lo que debéis pedirle a Dios en vuestras oraciones, y pedidle al Espíritu Santo que os inspire las palabras con que debéis dirigiros al Dios Uno y Trino, en atención al siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 26-28). Es realmente gozoso el hecho de saber que todo lo que nos sucede en la vida, -independientemente de que nos produzca dolor o gozo-, está encaminado a nuestra salvación.

   ¿Por quiénes desea Dios que oremos? (1 TIM. 2, 1-4).

   Recordemos que "todo lo santifica la Palabra de Dios y la oración" (1 TIM. 4, 5).

   ¿Cómo desea Dios que oremos? Dado que necesitamos vivir rectamente para que Dios escuche nuestras oraciones, deseamos actuar en conformidad con la justicia o fe divina que nos caracteriza (ST. 5, 16).

   Jesús no desea que nuestra oración sea un cúmulo de actos de presunción (1 TIM. 2, 8).

   (MT. 6, 5-8). Mis lectores saben que soy respetuoso con quienes tienen creencias diferentes a las mías, pero, a pesar de ello, quiero disculparme ante quienes sé que se van a ofender con lo que expondré a continuación. Entre los católicos se practica mucho el antiguo método gentil de orar en actos públicos, -especialmente en las procesiones de Semana Santa-. Existe la costumbre de intentar atosigar a Dios en vano, como si la mera palabrería fuera suficiente para que Nuestro Santo Padre concediera dádivas sin medida. Por más que muchos se vistan de penitentes y no se les vea el rostro, demasiados son los que los alaban e incluso saben quiénes son, por lo que su oración no es secreta en absoluto.

   Oremos con confianza en que Dios atenderá nuestras peticiones y en que, aunque no nos conceda lo que le pidamos, ello redundará en nuestro beneficio.

   (MT. 7, 7-11). No dejemos nunca de orar, porque Dios no quiere perder la comunicación con sus hijos (1 TES. 5, 17-18).

   ¿Para qué quiere Dios que oremos? (MT. 9, 37-38). Es un regalo del cielo el hecho de poder pedirle a Dios que mande operarios a su viña, -a la Iglesia, y al mundo-, pues ello nos garantiza que no vivimos padeciendo el desamparo (FLP. 4, 6-8).

   Es importante que cuando oremos mencionemos los nombres de quienes deseamos que sean beneficiados por Dios, para que así podamos constatar si nuestras peticiones son atendidas por Nuestro Santo Padre.

   ¿Cuáles son las condiciones que Nuestro Santo Padre desea que observemos -según la Biblia-, para que escuche nuestras oraciones?

   1. Permanezcamos unidos a Jesús, intentando imitar el comportamiento de Nuestro Salvador (JN. 15, 7; 1 JN. 3, 21-22).

   2. Oremos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (1 JN. 5, 14).

   3. Oremos en el Nombre de Cristo, es decir,  hagámosle nuestras peticiones al Padre, como si el mismo Cristo fuera el portador de nuestras carencias (JN. 14, 13-14. 16, 23-24).

   4. Oremos con intenciones puras y corazón limpio (ST. 4, 1-3).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que una viuda pobre cedió las dos monedas que tenía para vivir al Templo de Jerusalén (LC. 21, 1-4), nosotros oremos con confianza y rectitud de corazón, de forma que, cuando nos conceda lo que le pidamos, nuestra fe sea engrandecida.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre el ayuno. (Miércoles de Ceniza).

    Estudio bíblico sobre el ayuno.

   Las prácticas cuaresmales.

   Estimados hermanos y amigos:

   Un año más nos vamos a disponer a preparar la celebración de la Semana Santa y la Pascua de Resurrección a través de las prácticas cuaresmales.

   El ayuno de carne y de productos lácteos es un símbolo de la abstención de hacer el mal.

   La oración es la consecuencia directa de creer en Dios, así pues, sólo si hablamos con Nuestro Padre común, y creemos que Él nos habla a través de la Biblia, las circunstancias relativas a nuestras vidas y sus predicadores, podemos entender que tenemos fe. Quienes dicen que tienen fe, pero no oran, no creen en Dios firmemente, así pues, aunque la fe de los que oramos no es completa porque ello nos lo impide nuestra humana imperfección, si nuestra creencia es tan débil que ni siquiera nos crea la necesidad de hablar con Nuestro Creador, ¿qué frutos podemos esperar de dicha fe?

   Por otra parte, aunque durante los próximos cuarenta días muchos de nuestros hermanos se mortificarán pretendiendo de esa forma corregir su humana imperfección, por el aumento de su fe, y su bienestar psíquico y físico, deberían buscar formas alternativas de corregir sus defectos en el caso de que ello les sea posible, pues el hecho de sufrir por sufrir nunca ha sido útil para nadie.

   El ayuno.

   "Llamamos "ayuno" a la abstinencia de alimentos y/o bebidas que es prolongado durante un espacio de tiempo mayor al habitual. Durante el transcurso de la Historia, las religiones que en mayor o menor medida han estado caracterizadas por la práctica del ayuno son: el Cristianismo, el Judaísmo, el Islam, el Confucianismo, el Hinduismo, el Taoísmo y el Jainismo. Algunos budistas tibetanos también practican el ayuno, a pesar de que en dicha religión se modera el consumo de los alimentos, sin que los adeptos de la misma se vean obligados a ayunar por causa de ningún rito cultual. En un principio, el ayuno fue concebido como uno de los numerosos actos cultuales en que las actividades físicas se suspendían total o parcialmente, de forma que quienes lo practicaban, simbólicamente, meditaban sobre lo que llegarían a ser cuando murieran, o en lo que fueron antes de nacer. Esta práctica también estaba relacionada con los ritos de fertilidad que conformaban muchas ceremonias primitivas que se celebraban en los equinoccios de  primavera y otoño y se prolongaron durante siglos. Muchos investigadores consideran que el consumo de pan ácimo que hacían los judíos durante sus ayunos pascuales y la conservación de la citada práctica por los cristianos en el tiempo preparatorio de la Pascua (la Cuaresma) como una imitación de las prácticas primitivas del citado sacrificio ritual y penitencial. El ayuno también se ha practicado a lo largo de la Historia con el fin de alejar las catástrofes o para pedirle a Dios que les conceda favores a sus penitentes, a los familiares o a los amigos queridos de los mismos, así pues, muchos cristianos ayunan con la finalidad de obtener de Nuestro Padre común el perdón de sus pecados.

   Los judíos han guardado el ayuno añadiéndole al mismo un sentido purificador, desde que Moisés lo prescribió por inspiración divina, para que sus hermanos de fe lo practicaran en la celebración anual de Yom Kipur (Día de la Expiación). En dicha celebración, los judíos no podían consumir alimentos ni bebidas.

   Actualmente, los musulmanes han de ayunar con sentido expiatorio durante el mes del Ramadán todos los días del mismo, hasta la puesta del sol.

   Durante los dos primeros siglos de vida del Cristianismo, la Iglesia concibió el ayuno como acto de expiación y purificación, de forma que lo practicaban voluntariamente quienes querían recibir el Bautismo, la Eucaristía y las órdenes sagradas. Con el transcurso del tiempo, los citados ayunos fueron obligatorios para todos los creyentes, al mismo tiempo que aparecieron nuevas prácticas que les obligaban a abstenerse de ingerir alimentos y bebidas. Si hasta el siglo VI el ayuno cuaresmal se prolongaba durante las cuarenta horas originales (el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro), la citada práctica se prolongó durante la cuarentena que antecede a la Pascua, para que, a través del ejercicio de la penitencia, los creyentes desearan ardientemente ser purificados de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina. Durante la conmemoración de los cuarenta días que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, los cristianos sólo podían alimentarse una vez diariamente.

   A pesar de que esta práctica ha estado muy arraigada en el Judaísmo y el Cristianismo, algunos autores bíblicos y cristianos no han dudado en afirmar que no convirtamos el ejercicio del ayuno en una formalidad vacía, ya que ello no nos impide el hecho de vivir al margen de la Ley de Dios.

   Actualmente, la Iglesia Católica insta a sus fieles que tienen más de ventiún años y no son mayores de sesenta y uno a que ayunen selectivamente, de forma que no se abstengan totalmente de consumir alimentos y bebidas, exceptuando la hora que antecede a la Comunión. A pesar de la reducción del ejercicio de dicha práctica, la Iglesia les recomienda a los citados creyentes que ayunen el Miércoles de ceniza (el primer día de la Cuaresma) y el Viernes Santo (con el fin de conmemorar la Pasión y muerte de Jesús de Nazaret, para que comprendan que el Hijo de María padeció a manos de sus persecutores y que murió por causa de la maldad de la humanidad, y para que deseen ser purificados de ese mal y de otros pecados que hayan cometido).

   Es curioso comprobar que, a pesar del arraigo que el ayuno ha tenido en el Judaísmo y el Cristianismo, el Hijo del carpintero nazareno no estableció ningún ayuno para que lo practicaran sus Apóstoles ni sus discípulos. Jesús les dice a los amantes de las prácticas religiosas superficiales, las palabras que leemos en MC. 2, 19-20. Voy a contaros una anécdota simpática que ilustra perfectamente lo que pienso que Jesús quiso decirnos al comparar nuestra existencia con un banquete de bodas, en el que Nuestro Señor  es el novio que sacia de alimentos a sus invitados, es decir, que colma todas sus aspiraciones. Durante muchos años he tenido un problema de exceso de peso, Así pues, cuando tenía 23 años (actualmente, en el año 2006, tengo 29), llegué a pesar 108 kilos. Como por causa del comienzo de mi actividad de vendedor del cupón de la ONCE, tenía que recorrer varios kilómetros a pie todos los días, y tenía que permanecer más de 17 horas de pie, no tardé mucho tiempo en empezar a trabajar para reducir mi peso excesivo. A pesar de que mi peso ha bajado 36 kilos, siempre que voy a mi pueblo, quienes pasaron hambre durante los años que se prolongó la Guerra Civil Española, me dicen que me alimente bien, por si me toca vivir un nuevo periodo de carestía.

   Los psicoanalistas afirman que quienes sufren depresión necesitan sufrir constantemente, pero la Psicología moderna no comparte este principio, así pues, la mejor forma que tenemos de solucionar muchos de nuestros problemas (aquellos que nos causamos nosotros), consiste en enfrentarnos a ellos. No me opongo al hecho de que oremos para pedirle a Nuestro Padre común que nos ayude a vencer los obstáculos que impiden nuestra consecución de la felicidad, pero pienso que no tiene sentido el hecho de ayunar ni lacerarnos con tal de que Dios se apiade de nosotros y haga lo que no nos sentimos capaces de hacer, unas veces porque efectivamente ello escapa a nuestras posibilidades, y otras veces porque somos nihilistas, y nos es más fácil quejarnos para que Dios siga alimentando nuestra pereza, que esforzarnos para alcanzar nuestras metas.

   El ayuno es una práctica judeocristiana utilizada para pedirle mercedes a Dios.  Muchos cristianos creemos que esta práctica no tiene sentido porque Nuestro Padre celestial no necesita vernos sufrir para concedernos lo que le pedimos, pues Él sabe en qué momento debe otorgarnos los dones que necesitamos. Estoy cansado de ver a miles de penitentes que llevan a cabo actos carentes de toda lógica con el fin de convencer a Dios para que les conceda lo que quieren de Él, ya que todos los que tenemos conocimientos bíblicos sabemos perfectamente que nos es imposible sobornar a Nuestro Padre común, o llevarnos a Dios a nuestro terreno por las malas.

   A Dios no le sirven nuestros ayunos, pero Jesús aprovecha la existencia de esa práctica para purificar nuestras intenciones, y para convencernos de que no seamos hipócritas, según vemos al reflexionar sobre el modo en que hemos de darles limosna a los carentes de dádivas materiales (MT. 6, 16-18)".

   Dado que los cristianos católicos no nos ponemos de acuerdo con respecto a la cuestión del ayuno, veamos qué nos dice la Biblia al respecto de esta práctica.

   Veamos dos fragmentos de la prescripción legal -y por tanto obligatoria- de lo que se cree que era el ayuno del día de la Expiación: (LV. 16, 29-31). En el capítulo 23 del Levítico, se dice con respecto al citado día de la Expiación: (LV. 23, 29-32). El ejercicio penitencial empezaba en la tarde del día nueve del mes séptimo, y terminaba en la tarde del día siguiente, ya que los judíos finalizaban el día a la puesta del sol, es decir, no  consideraban que el día empezaba al amanecer, tal como nosotros lo hacemos actualmente. ¿Para qué les servía a los judíos el citado ayuno? Los hermanos de raza de Nuestro señor sentían dolor por sus pecados en el citado día, porque les era necesario reconocer el estado en que estaban sumidos por causa de los pecados que habían cometido, para de esa forma tener presente la necesidad que tenían de que se les redimiera o eximiera de sus culpas.

   Dios no desea que vivamos encerrados en el dramático pensamiento de que somos pecadores irremisibles, dado que ello perjudicaría nuestra relación con Él y nos destruiría psicológicamente. A pesar de esta realidad, nos es necesario recordar en algunas ocasiones que hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Nuestro Padre común, con el fin de que valoremos todos los bienes que Nuestro Creador nos ha concedido.

   Aunque el único ayuno obligatorio según la Ley de Israel era el de el día de la Expiación, los descendientes de Abraham ayunaban voluntariamente en otras ocasiones. Veamos algunos ejemplos:

   Cuando Moisés subió al monte Sinaí para que Dios le entregara las dos tablas de la Ley, y el pueblo le esperaba junto a su hermano Aarón, sucedió lo expuesto en ÉX. 34, 28.

   Cuando transcurrieron veinte años desde que los filisteos les devolvieron el Arca de la Alianza a los judíos, aconteció el siguiente suceso: (1 SAM. 7, 3 y 6)

   El profeta Joel aclaró en su Profecía inspirada que quienes ayunen han de hacer penitencia sinceramente, y no han de actuar como hipócritas que quieren galantear por causa de su falsa fe (JL. 2, 12-13). El texto profético que estamos recordando nos hace pensar a muchos cristianos que el ayuno que Dios nos pide no consiste en la privación de alimentos, sino en la abstención de hacer el mal, según nos apoya la profecía de Isaías, un texto en el que se recogen las palabras de Dios a uno de sus Hagiógrafos (IS. 58, 1-10).

   Desgraciadamente, entre los católicos, muchos tienen la costumbre de afligir su alma, pero no hacen penitencia indicando de esa forma que son conscientes de su estado de pecado y debilidad y de que se convierten a Dios para someterse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, pues únicamente se esfuerzan, como dice el texto de Isaías que acabamos de considerar, para conseguir que Dios actúe para darles gusto. Durante los días de Semana Santa, muchos de nuestros hermanos saldrán a las calles de los pueblos y ciudades en que viven vestidos de penitentes dándole a conocer a todo el mundo el impresionante esfuerzo que harán para cumplir promesas que les han hecho a las imágenes, no para alabar a Dios, sino para ver cumplidos sus deseos, así pues, si los Santos cumplen sus deseos, los considerarán dignos de su devoción, pero, si no ven que las cosas se hacen según su gusto, se preguntarán:

   ¿Por qué es Dios tan desconsiderado con nosotros?

   Sé que muchos actúan de esa forma por ignorancia, pero otros lo hacen conscientemente, porque, a pesar de que conocen las Escrituras Sagradas, sólo se acogen a las cosas que les convienen.

   Cuando los judíos regresaron a su país después de que concluyera el tiempo de su cautividad en Babilonia, el pueblo de Judá llegó a ayunar hasta cuatro veces al año, no para recordar que fue hecho cautivo en el pasado porque desobedeció a Dios, sino que Yahveh  lo maltrató. ¿Podía Dios permitir esa situación? ¿Quiere Dios que pensemos en nuestros problemas y que paralicemos nuestras vidas pensando únicamente en el sufrimiento que nos caracteriza? Dios le inspiró a Zacarías las siguientes palabras: (ZAC. 8, 19).

   Según los ejemplos bíblicos citados en esta meditación y otros existentes en el Antiguo Testamento, ¿debemos los cristianos practicar el ayuno? Jesús, sus Apóstoles y discípulos, practicaron el ayuno del día de la Expiación, porque eran judíos, y, como tales, estaban bajo la Ley de Moisés, y, aunque Nuestro Señor no instituyó ninguna nueva norma sobre el ayuno, ni dijo de dicha práctica que era obligatoria ni que tampoco era necesario llevarla a cabo, en la Biblia vemos que algunos de sus seguidores ayunaban voluntariamente, así pues, San Lucas nos cuenta en sus Hechos -o Actas- de los Apóstoles cómo San Pablo y sus compañeros ayunaban cuando el Espíritu Santo les pidió que apartaran a Saulo y a Bernabé, con el fin de que ambos iniciaran el primer viaje misional (HCH. 13, 1-3). También podemos ver cómo Pablo y otros creyentes ayunaron en la comunidad que dicho Santo fundó en Listra, en la cuál eligieron ancianos para que cuidaran la fe de quienes a ellos les fueron encomendados (HCH. 14, 23).

   Jesús dijo con respecto al ayuno, las palabras que leemos en LC. 5, 34-35. Dado que tanto los discípulos de los fariseos como los de San Juan el Bautista ayunaban voluntariamente para hacer penitencia, los enemigos de Jesús querían saber por qué el Mesías no instaba a sus seguidores a que hicieran lo mismo. Jesús les respondió que sus seguidores no tendrían que afligirse mientras estuvieran con Él, dado que sufrirían mucho cuando Nuestro Señor muriera, se lamentarían mientras no recibieran el Espíritu Santo, y sufrirían mucho aquellos que estuvieran destinados a tener una fe lo suficientemente grande como para resistir el martirio. Nosotros, al igual que los creyentes de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, cuando somos atribulados por causa de enfermedades y otros problemas, afligimos nuestra alma con ayunos si creemos que esta práctica es útil, y oramos, con el fin de que nuestra fe se fortalezca, para que podamos resistir las pruebas a las que tenemos que sobrevivir.

   ¿Por qué los cristianos no celebramos el día de la Expiación? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Carta a los hebreos, en un fragmento de la misma que nos hace deducir que el sacrificio de Jesús es el pacto (el Nuevo Testamento) que anuló los sacrificios de la antigua Ley de Israel (HEB. 9, 27-28).

   Aunque Jesús no dijo nunca que sus seguidores hemos de ayunar, hemos de tener presente el siguiente fragmento evangélico, que aconteció cuando el Mesías fue bautizado: (MT. 4, 1-2).

   ¿Por qué ayunó Jesús? De la misma manera que cuando estamos preocupados, nos encontramos enfermos o necesitamos perder mucho peso en poco tiempo ayunamos, Jesús ayunó para comunicarse con Dios, pues tenía que prepararse a iniciar su difícil Ministerio público, para desmentir a quienes no creen en la fuerza del amor divino y humano, según el siguiente texto: (JOB. 2, 4), para santificar el nombre del Dios de quien la serpiente le dijo a Eva que era un mentiroso, al desmentir las palabras de Dios expuestas en GN. 2, 17, según los siguientes versículos del Génesis, que contienen unas palabras que el demonio le dijo a Eva (GN. 3, 4-5), y para salvar a la humanidad de los efectos del pecado: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte (ROM. 6, 23).

   Conclusión.

   Dios no nos obliga a que ayunemos ni nos impide que lo hagamos, así pues, el hecho de que ayunemos depende de si nuestra conciencia nos obliga a ello, o de si utilizamos dicha práctica para mortificarnos creyendo que ello es provechoso, o para perder unos kilos cuando se acerca el verano, y llevar a cabo un acto teatral durante la Semana Santa, fingiendo que lloramos por unos pecados de cuyo alcance no somos -o no queremos ser- plenamente conscientes, si es que los hemos cometido.

José Portillo Pérez.
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