Introduce el texto que quieres buscar.

Mostrando entradas con la etiqueta Satanás. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Satanás. Mostrar todas las entradas

La Asunción de Nuestra Señora al cielo. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   La Asunción de Nuestra Señora al cielo.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.

   Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).

   ¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.

   ¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.

   ¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?

   Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.

   Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.

   Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.

   ¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.

   Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).

   Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.

   Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.

   Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.

   Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.

   Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.

   Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).

   ¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.

   Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.

   ¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.

   Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.

   Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.

   Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.

   Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

   Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?

   Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.

   ¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).

   Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.

   María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.

   Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).

   Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.

   El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).

   Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).

   Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.

   Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.

   Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:

   "El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".

   En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.

   Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.

   De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.

   Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.

   Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres.

   Ejercicio de lectio divina de MC. 1, 12-15.

   Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 9-12.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Nunca se hará la suficiente insistencia en el hecho de que para ser los seguidores de Jesús en que Nuestro Padre pensó que llegáramos a ser desde la eternidad, necesitamos formarnos en el conocimiento de su Palabra y de su voluntad, practicar cuanto de Él aprendamos haciendo el bien en cuanto ello nos sea posible, y conocer y practicar el arte de la oración. Si bien necesitamos vivir en comunidad para que no nos sea muy difícil profesar nuestra fe al alentarnos unos a otros en tiempos de dificultades, no nos conviene prescindir de la experiencia del desierto. Si bien vivimos esta experiencia cuando hacemos ejercicios espirituales, es importante tener presente que ello va más allá de unos ejercicios espirituales que se viven durante uno o varios días, pues, tarde o temprano, forma parte de la vida de toda la humanidad, con independencia de que quienes la viven sean cristianos.

   Vivimos sumidos en el ruido del mundo, un ruido que con demasiada frecuencia no nos permite hacernos las preguntas que pensamos que no pueden ser respondidas y por ello las ignoramos, y que nos ayuda a eludir nuestras responsabilidades, cuando el miedo al fracaso nos impide hacerles frente a las dificultades que tenemos. Por medio de la experiencia del desierto aprendemos quiénes somos, aunque es necesario que nos perdamos para que podamos encontrarnos. Para saber quiénes somos, necesitamos probar las creencias que tenemos, y estar siempre dispuestos a adquirir nuevas experiencias.

   En el desierto se ponen a prueba nuestras capacidades, y aprendemos a desafiar la debilidad que nos caracteriza, con el fin de conocer nuestra verdadera fortaleza. Paradójicamente, en el desierto se fortalecen los débiles, y se debilitan quienes se creen inmensamente fuertes, porque allí nos encontramos con quienes realmente somos, y no con quienes hemos aprendido a creer que somos erróneamente.

   En el desierto descubrimos si nuestra soledad es la soledad de quienes disfrutan haciendo lo que quieren y cuando quieren, o si es el aislamiento de quienes sufren apenas sienten que no están acompañados. Independientemente de que hayamos aprendido a distinguir la soledad del aislamiento, en la soledad del desierto, podemos escuchar la voz de Dios.

   En el desierto, el calor diurno es abrasador, y es fuerte el frío nocturno. Allí aprendemos que los buenos buscadores no por vivir buscando siempre encuentran lo que anhelan, y que Dios es el todo de todos los que lo aceptan como Padre amoroso.

   En el desierto, la vista se pierde en el horizonte entre la tierra y el cielo, y es posible seguir caminando sin un cansancio agotador, para quienes no pierden la esperanza de tener una mejor vida, porque saben que el Reino de Dios está en sus corazones.

   No tiene sentido vivir la experiencia del desierto con el malestar de quienes actúan permanentemente como víctimas sacrificadas ni con el sufrimiento generado por el miedo a que el sentir de los cristianos no sea impuesto por un partido político que obligue a la sociedad a acatarlo. Quienes sufren constantemente no llaman tanto la atención como lo hacen quienes con su alegría espontánea y su generosidad sincera no dejan de recordar que Jesús está vivo y se manifiesta por medio de sus fieles seguidores.

   Independientemente de que vivamos la experiencia del desierto intentando ser mejores personas o de que lo hagamos para conocer y mejorar nuestra relación con Dios, no olvidemos que el desierto también encierra trampas para quienes son espirituales.

   El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, con el fin de que el demonio probara su integridad al tentarlo. San Marcos no nos dice cómo fue tentado el Señor por el espíritu maligno, dándonos a entender que tales tentaciones las vivió Jesús durante los años que se prolongó su Ministerio público.

   Así como Jesús superó las tentaciones a las que lo sometió Satanás, nosotros haremos lo propio, si tenemos la certeza de que el Dios Uno y Trino, está de nuestra parte, así pues, porque experimentó nuestra debilidad, Jesús desea elevarnos a su dignidad de Hijo del Padre celestial.

   Jesús fue tentado durante cuarenta días, en recuerdo de la cuarentena de días que Moisés permaneció en el desierto cuando huyó de Egipto, los cuarenta años que los hebreos peregrinaron a través del desierto camino de la tierra prometida, y otras cuarentenas citadas en el Antiguo Testamento.

   El hecho de que Jesús estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían, significa que, por vencer las tentaciones diabólicas, y redimir a la humanidad, por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, Jesús reconcilió el cielo con la tierra.

   Jesús no volvió del desierto a vivir su vida para olvidarse de Dios, pues utilizó su experiencia para ser un buen servidor del Padre eterno. Cuando San Juan Bautista fue encarcelado, el Mesías inició su Ministerio público. Cuando los cristianos servimos al Señor después de hacer unos ejercicios espirituales, estamos muy animados porque se nos insiste mucho en el hecho de que Dios está con nosotros, pero el Hijo de Dios y María empezó su Ministerio público con la certeza de que a Él bien podía esperarle un futuro como el de San Juan Bautista, o aún más dramático.

   Porque el Reino de Dios está cerca de nosotros, Jesús quiere que nos convirtamos a su Evangelio de salvación. Jesús podía prever que iba a sufrir mucho por predicar el Evangelio, pero no renunció al sueño de hacer que sus creyentes formaran parte de su Reino de amor y paz. Jesús sabía que el padecimiento no puede ser igualado a la gloria de dios, y que después de la muerte nos aguarda la resurrección. Oremos para que el Señor nos ayude a tener su fortaleza, y para que nuestras convicciones no se debiliten cuando tengamos problemas por cuya visión tengamos la tentación de que se nos debilite la fe.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Ayúdanos a comprender que el silencio nos es necesario para meditar tu Palabra y conocer tu voluntad divina.

   Sé nuestro guía en el desierto en que sabemos que no nos perderemos, si permites que nuestros ojos no dejen de ver la estrella de la fe.

   Así como empujaste a Jesús al desierto, haznos vencedores del mal en tu nombre, y ayúdanos a conseguir que el miedo no nos paralice, para que podamos resolver los problemas que tengamos, y lleguemos a ser buenos seguidores de Jesús.

   Así como Jesús fue tentado durante cuarenta días por el demonio, ayúdanos a no olvidar que las dificultades que caracterizan nuestra vida no se prolongarán siempre.

   No te pedimos que apagues nuestra sed para que podamos acomodarnos para no crecer espiritualmente, sino que la sed de amor y justicia características de Jesús y los Santos nunca nos abandonen, para que vivamos buscándote permanentemente.

   El sol del desierto es abrasador, y tu fuego divino quema nuestras debilidades e impurezas.

   El camino que nos espera es largo, pero nuestra meta es vivir en presencia del Dios Uno y Trino. Si eres nuestro guía a través del desierto, sortearemos los obstáculos por cuya visión podríamos perder la fe en Ti.

   Gracias por estar con nosotros, por levantarnos cuando nos debilitamos hasta caernos, y por ser nuestro guía en la travesía del desierto, tras el cual está el cielo del que has hecho nuestra tierra, y la tierra de la que has hecho tu cielo.

   2. Leemos atentamente MC. 1, 12-15, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 1, 12-15.

   3-1. El Bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto, y el comienzo del Ministerio público del Mesías (MC. 1, 10-15).

   Cuando Jesús salió de las aguas del Jordán en que le bautizó San Juan Bautista, el Espíritu Santo, adoptó la forma corporal de una paloma, y se posó sobre el Mesías. La voz del Padre le dijo que es su Hijo amado, en quien se complace. Cuando Jesús tenía razones para sentirse pletórico porque Nuestro Padre celestial le demostró su amor, el Espíritu Santo, como viento huracanado, le empujó al desierto, a fin de que el demonio probara su integridad. ¿Por qué permitió Dios Padre el sufrimiento de su amado Unigénito? Si Jesús quería ser como cualquier hombre, tenía que experimentar los altibajos que caracterizan a la humanidad. Una vez terminó la cuarentena en que fue tentado, Jesús no regresó a su rutina para descansar de sus ejercicios espirituales, sino que inició su Ministerio público.

   Tal como le sucedió a Jesús, tenemos momentos en que nos sentimos amados por el Dios Uno y Trino, tiempos en que se pone a prueba nuestra integridad, y muchas oportunidades para actuar como excelentes seguidores del Mesías. Cumplamos la voluntad del Señor, sin olvidar que Él nos ha hecho miembros de su Reino de amor y paz.

   3-2. El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, donde el demonio lo tentó durante cuarenta días, estuvo rodeado de animales salvajes, y los ángeles lo sirvieron (MC. 1, 12-13).

   San  Marcos, a diferencia de San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) no nos dice cómo tentó el demonio a Jesús, pero, leyendo el segundo Evangelio, podemos ver cómo el Mesías, durante los años que se prolongó su Ministerio público, fue tentado como cualquier hombre. Dado que el Señor no cedió a las tentaciones con que el demonio puso a prueba su integridad, no pecó. Nosotros no pecamos cuando somos tentados y no cedemos a dichas seducciones, pero ceder a las mismas o tentar a otros, sí es pecado.

   Si Jesús quería que su identificación con nosotros fuera plena, tenía que dejarse tentar por el demonio. Al enfrentar dichas seducciones y no ceder a las mismas, el Señor puede ayudarnos de dos formas, en el sentido de que nos dispone a enfrentar las tentaciones sin pecar, y sentimos su presencia entre nosotros, porque Él pasó por experiencias parecidas a las nuestras (HB. 4, 15).

   Aunque cuando cedemos a las tentaciones pecamos, no aborrezcamos las circunstancias en que somos puestos a prueba, porque cuando vivimos las mismas se fortalece nuestro carácter, y aprendemos lecciones muy útiles para poder vivir como excelentes seguidores de Jesús.

   Así como nos dicen San Mateo y San Lucas que Jesús venció al tentador sirviéndose de su conocimiento de la Palabra de Nuestro Padre celestial, nosotros también podemos servirnos del texto sagrado, para que la visión de nuestras dificultades no nos debilite la fe.

   3-3. El Reino de Dios está cerca de nosotros (MC. 1, 14-15).

   Después de que San Juan Bautista fuera encarcelado, Jesús inició su Ministerio público, pero no lo hizo entre la hélite religiosa de Jerusalén, sino entre la gente sencilla y marginada de Galilea. Jesús optó por hacer miembros de su Reino a quienes no significaban nada para los ricos de su pueblo, quienes, con tal de no socorrerlos, decían que su sufrimiento se debía a sus pecados, o a las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Yahveh, por parte de sus antepasados. A pesar de tales creencias, el Evangelio fue aceptado por muchos pobres, enfermos, recaudadores de impuestos para Roma y prostitutas, porque para los tales era signo de libertad, bendiciones divinas y la esperanza de que algún día el Señor los elevara a su categoría de Dios.

   3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 12-15 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   ¿Qué sucedió cuando Jesús salió de las aguas del río Jordán cuando lo bautizó San Juan Bautista?

   ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando el Señor se sintió ungido por el Espíritu Santo y Nuestro Padre celestial le demostró su amor?

   ¿Por qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto, y no lo condujo a vivir dicha experiencia lentamente?

   ¿Para qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?

   ¿Qué habría sucedido si Jesús no hubiera superado las tentaciones diabólicas?

   ¿Por qué permitió Dios Padre el padecimiento de su amado Unigénito?

   ¿Por qué inició Jesús su Ministerio público apenas terminó la cuarentena de días en que fue tentado?

   3-2.

   ¿Por qué no describió San Marcos las tentaciones a que el demonio quiso someter a Jesús en su Evangelio?

   ¿Pecamos cuando somos tentados?

   ¿Por qué es pecado tentar a nuestros prójimos los hombres?

   ¿Por qué se dejó tentar Jesús por el demonio?

   ¿De qué dos formas nos ayuda Jesús a vencer tentaciones?

   ¿Por qué necesitamos no aborrecer las pruebas cuya misión es fortalecernos espiritualmente?

   ¿Nos servimos de la Palabra de Dios para vencer tentaciones?

   3-3.

   ¿Por qué inició Jesús su Ministerio público entre gente despreciada por la hélite religiosa de Jerusalén?

   ¿Por qué creía la hélite religiosa de Israel que el padecimiento de quienes marginaba se debía a sus pecados o al incumplimiento de la Ley mosaica por parte de sus antepasados?

   ¿Hemos heredado los cristianos dicha idea judaica?

   ¿Por qué aceptaron muchos marginados el Evangelio?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos 1 COR. 10, 12-14.

   6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 12-15.

   Así como San Marcos no nos dio a conocer las tentaciones con que el demonio intentó desviar a Jesús del cumplimiento de su misión, porque las mismas se describen a lo largo de las páginas del segundo Evangelio, adoptemos el compromiso de vivir intentando no incumplir la voluntad divina.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Así como el demonio te tentó en el desierto, y viviste entre animales salvajes que fueron dóciles en tu presencia y fuiste servido por ángeles, ayúdanos a no dejar de cumplir tu voluntad, a ser pacificadores y a evangelizar a quienes hayan de salvarse, como si de ello dependiera la plena instauración de tu Reino de amor y paz entre nosotros. Así lo esperamos.

   8. Oración final.

   Alabemos al Dios que nos ha demostrado su amor admirablemente, leyendo y meditando el Salmo 65, en estado de recogimiento.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com

Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   1. Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos.

   Estimados hermanos y amigos:

   Aunque la primera lectura correspondiente a la Solemnidad que estamos celebrando sólo abarca los versículos 9-15 y 20 del capítulo 3 del primer libro de la Biblia, he creído necesario comentar los primeros veinte versículos, para así poder reflexionar mejor, sobre el papel que desempeña Nuestra Santa Madre, en la redención de la humanidad.

   ¿Con qué finalidad creó Dios a la humanidad? Dios creó el universo, y vio que estaba bien, -es decir, que su obra existía, de acuerdo con el propósito con que la creó- (GN. 1, 31). Dios no creó el universo casualmente, sino que lo hizo con el propósito de contribuir a la creación de un Reino, en que habitaran el amor, la paz y la armonía.

   Dios creó ángeles para que nos sirvieran a Él y a los hombres (HEB. 1, 7. 14). Dios no hizo de los ángeles esclavos, sino que los dotó de la libertad necesaria para que eligieran servirlo, o rechazarlo. En el libro de Job, vemos cómo se alegraron los ángeles, cuando Nuestro Santo Padre creó la tierra (JOB. 38, 4-7).

   De la misma manera que muchos hombres rechazan a Dios, también hubo ángeles que se revelaron contra Nuestro Padre común (AP. 12, 3-4).

   Al igual que los ángeles, los hombres también fueron creados para servir y glorificar a Dios. Esta es la causa por la que en la Biblia se describe la creación del género humano, y Dios hace que los hombres dominen la tierra, haciéndoles conocer el amor con que les ama, haciéndolos copartícipes con Cristo de su futuro Reino mesiánico (GN. 1, 26-28).

   Aunque Dios le concedió al hombre poder sobre la creación, le impuso una prueba, para que le mostrara lealtad. Tal prueba consistía en que el hombre le permaneciera fiel, no haciendo de la soberbia su propia divinidad (GN. 2, 16-17).

   Adán y Eva fueron creados en estado puro, -es decir, nuestros primeros padres, no estaban marcados por la mácula del pecado- (GN. 2, 25). Tal desnudez, ha de ser entendida en el sentido de que ambos eran inocentes, pues no habían pecado.

   Adán y Eva tenían que cuidar el jardín en que Dios los puso mientras probaba su fidelidad a Él, pero, ¿hasta cuándo se prolongó la buena relación existente entre la Suma Divinidad y nuestros primeros padres?

   (GN. 3, 1). La serpiente es un símbolo del Demonio o Satanás. Tal como vimos anteriormente, Dios les prohibió a Adán y a Eva que se alimentaran del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, y no de los frutos del resto de los árboles del Edén. Notemos cómo Satanás utilizó una pregunta engañosa con el doble propósito de granjearse la confianza de Eva, y de empezar a hacerla sentirse mal, por vivir sometida a Dios.

   ¿Por qué engañó el Diablo a Eva, en lugar de llevarse a Adán a su terreno? Los hebreos consideraban que los hombres eran superiores a las mujeres en todos los aspectos. Esta es la razón por la que, el autor del texto sagrado, culpó a Eva, de que el pecado y el sufrimiento, entraran en el mundo (GN. 3, 2-5).

   ¿Por qué quiso el Demonio engañar a Adán y a Eva? Al revelarse contra Dios, Satanás, -a pesar de que sabía -y no ignora- que tiene la guerra contra Dios perdida, tiene el empeño de enemistar a los hombres con la Suma Divinidad. Esta es la razón por la que el Demonio le dijo a Eva que ni Adán ni ella necesitaban vivir sujetos a Dios, sino que debían aspirar a hacer con sus vidas lo que quisieran.

   Se nos ha enseñado que la rebeldía de nuestros ancestros se nos ha contagiado, porque, ¿quién no ha decidido en alguna ocasión prescindir de Dios, sabiendo que ello es caer en el pecado, no porque Dios es autoritario, sino porque sabe que sin Él no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad?

   (GN. 3, 6). ¿Imitamos la conducta de Eva?

   ¿Creemos que es bueno para nosotros prescindir de Dios en nuestra vida?

   ¿Nos vemos como dioses, o consideramos como dioses los bienes que sólo tienen la finalidad de estar a nuestra disposición para facilitarnos la vida?

   ¿Creemos que la verdadera sabiduría radica en prescindir del amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres?

   Además de no vivir como buenos cristianos, ¿hacemos lo posible para que nuestros prójimos pierdan la fe?

   Eva le dio a comer a Adán del fruto prohibido, y él aceptó dicho alimento por sí mismo, pues no lo hizo coaccionado por su mujer, aunque la idea de que Eva engatusó a Adán, ha hecho que muchas denominaciones cristianas consideren que los hombres son superiores a las mujeres, las cuales viven relegadas a la realización de la tarea de servir a sus familiares, sin voz ni voto en la toma de decisiones, que sólo corresponde a los hombres.

   ¿Qué sucedió cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios? Adán y Eva perdieron la inmortalidad, la munidad, -es decir, podían enfermarse-, y adquirieron la conciencia de la responsabilidad del acto que habían llevado a cabo (GN. 3, 7).

   Adán y Eva no se avergonzaron por causa de su desnudez física -la cual se describe en GN. 2, 25 simbolizando su inocencia tal como vimos anteriormente-, sino por causa de su inferioridad con respecto a Dios. El sentimiento debía ser en parte de vergüenza, y en parte de impotencia, por causa de su nueva y frágil condición humana.

   La desobediencia de nuestros primeros padres, si bien les hizo tener la experiencia del mal, -la cual les era desconocida-, no les fue necesaria, ya que, después de que hubiera terminado el tiempo en que tenían que demostrarle su fidelidad a Yahveh, hubieran vivido en la presencia de Dios, libres de todo padecimiento.

   ¿Cómo reaccionaron Adán y Eva ante Dios, después de comer del fruto prohibido? (GN. 3, 8-12). Imaginemos, por un momento, que Dios se pasea por el mundo, y que podemos sentir su presencia, tal como lo hicieron Adán y Eva, antes de desobedecer al Altísimo.

   ¿Cómo debieron sentirse Adán y Eva para esconderse de Dios, sabiendo que nadie ni nada puede ocultársele a Nuestro Creador? Dios llamó a Adán con la familiaridad de siempre. "¿Dónde estás?", -le preguntó-. ¿Por qué no vienes a recibirme como siempre? ¿Qué ha sido de la alegría con que siempre que nos vemos celebramos nuestra vinculación?

   Adán le replicó a Yahveh: Me he escondido de Ti porque no tengo valor en tu presencia.

   Dios sabía lo que había hecho Adán, pero intentó que el hombre le declarara su pecado, para probar su confianza. El hecho de que Yahveh fuera quien descubriera la desobediencia de Adán, fue otro motivo que lastimó a Nuestro Santo Padre.

   ¿Somos capaces de confesar nuestros pecados si hemos incumplido la Ley de Dios, o, tal como Adán culpó a su mujer de su desobediencia a Dios, buscamos excusas para justificar nuestros múltiples incumplimientos de los Mandamientos de Nuestro Creador?

   (GN. 3, 13-15). La condena de la serpiente, es la condena simbólica que le espera al diablo, cuando el mundo sea el Reino de Dios.

   El texto de GN. 3, 15, es llamado "Protoevangelio", por contener un anuncio de la obra salvadora que realizó Jesús que se nos relata en los Evangelios, y, además, es el fragmento bíblico, en que se inspiran todos los dogmas marianos.

   Dios le dijo a la serpiente: "Enemistad pondré entre ti y la mujer". Dado que Eva desobedeció a Dios, ella no puede ser nuestro ejemplo de fe a imitar, así pues, este es el hecho por el que la Madre de Jesús, es la nueva Eva, que es Madre espiritual de los católicos.

   La mujer de la que se habla en GN. 3, 15, no sólo es Nuestra Santa Madre, sino que también es la Iglesia redimida por Cristo, que está representada por Nuestra Señora.

   La enemistad existente entre la mujer y la serpiente, es la enemistad existente entre Dios y el mundo que le rechaza.

   El linaje de la mujer, son los hijos de la Iglesia, y, el linaje de la serpiente, son los aliados del Demonio.

   El hecho de que el linaje de la mujer le pisará la cabeza al linaje de la serpiente, significa que, aunque Jesús fue víctima del linaje de Satanás, el Señor, al resucitar de entre los muertos, venció al Demonio. La derrota de Jesús fue breve, si es comparada con los siglos sin término que se prolonga su glorificación.

   Si el texto de GN. 3, 15 se refiere a la descendencia de la mujer, -a Jesús, Hijo de María Santísima-, ¿por qué es utilizado para promover los dogmas marianos? Eva, -la primera mujer que fue creada por Dios-, tenía que haber sido un modelo de fe a imitar para toda la humanidad, pero ella decidió desobedecer a Yahveh, lo cual exigía que fuera otra mujer la que ocupara su lugar, que hubiera nacido con el privilegio de estar libre de la mancha del pecado original, que la Iglesia junto a San Pablo (ROM. 5, 12), enseña que todos contraímos, a partir del momento en que fuimos concebidos.

   Al leer la Biblia, nos percatamos de que nadie ni nada que esté relacionado con Dios, puede estar marcado por la mácula del pecado, así pues, recordemos lo escrupulosa que era la Ley mosaica con respecto a la pureza, y que, para que el sacrificio de la Redención de la humanidad fuese válido, tenía que ser llevado a cabo por Nuestro Salvador, una víctima pura, que jamás desobedeció a Dios. Por último, recordemos que, si queremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, tenemos que vivir un proceso de purificación, con el propósito de ser santificados.

   Hoy celebramos el hecho de que Nuestra Santa Madre nació libre de padecer los efectos de la mácula del pecado original. Nosotros no podemos redimirnos por nuestros medios. Lo que somos, y lo que seremos cuando nuestro mundo sea el Reino de Dios, se lo debemos a Nuestro Santo Padre. Vivimos intentando cumplir la voluntad divina, para agradecerle a Dios el bien que nos ha hecho, dado que nuestras obras de seres imperfectos, no pueden compararse con la suma perfección de Nuestro Creador. Seremos salvos porque Dios nos ama, no por nuestros méritos.

   Si Nuestra Santa Madre nunca desobedeció a Dios, ello significa que le consagró su virginidad a Yahveh. La relación mantenida entre el Señor y quienes creen en Él, es comparada con una relación matrimonial. Esta es la razón por la que, cuando nuestra tierra sea el Reino de Dios, la humanidad redimida se entregará a su Señor, tal como lo hace una virgen al que será su marido.

   Por ser Madre de Dios, y por el dolor que sufrió durante las horas que se prolongó la Pasión de Nuestro Salvador, las cuales antecedieron a su Resurrección, creemos que Santa María es la Corredentora de la humanidad, lo cual justifica el papel que le atribuimos, al interpretar los símbolos de GN. 3, 15.

   Si Nuestra Santa Madre pudo corredimir a la humanidad en virtud de los méritos de Nuestro Salvador y de su pureza virginal, es lógico creer que fue asunta al cielo en cuerpo y alma, porque, al no estar marcada por la mácula del pecado original, no tiene que padecer la muerte, de la que San Pablo enseña que es el precio que pagamos, por haber nacido padeciendo los efectos de la desobediencia original (ROM. 6, 23A), y por causa de nuestros pecados personales.

   Y si Dios lo quiere, llegará el día en que sea proclamado el quinto dogma mariano, para que ello contribuya a fortalecer nuestra fe y a aumentar los hijos de nuestra Santa Madre la Iglesia, para que quede demostrado que, por ser nuestra Corredentora, María Santísima es, ante el Señor Nuestro Dios, la Abogada que necesitamos, y la Medianera de todas las gracias, por cuanto le pide al Señor todos los bienes que nos concede, por lo cuál nos regocijamos, porque, de alguna manera, -en términos espirituales-, las dádivas que recibimos de Dios, están en las manos de Nuestra Santa Madre.

   (GN. 3, 16). Este es el versículo bíblico cuya interpretación ha sometido a muchas mujeres a los hombres, por creer los tales que ellas son las responsables de que existan el mal y el dolor, por ser descendientes de Eva. Sé que esta creencia es discutible, pero me la han confirmado líderes de diferentes sectas y denominaciones cristianas.

   Por su parte, el hombre fue castigado, por escuchar la voz de la mujer que lo indujo a pecar, en lugar de obedecer la instrucción divina, que le fue dada, en espera de la conclusión de la prueba de fidelidad, a la que Yahveh lo sometió (GN. 3, 17-20).

   El texto que hemos meditado, termina afirmando dos cosas:

   1. Adán le puso nombre a su mujer, cumpliendo el anuncio que Dios le hizo a Eva, de que debía vivir sometida a su esposo, pues, para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona, significaba tener poder sobre la misma.

   2. Si Eva es la madre de la humanidad porque somos sus descendientes, María de Nazaret, es Nuestra Madre espiritual.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre.

   Meditación.

   A pesar de que el relato del Génesis (GN. 3, 9-15. 20) que estamos meditando tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cual se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.

   El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la vulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.

   En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar.

   ¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer?

   ¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno?

   Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a Nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.

   La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la responsabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido -o no hemos podido- llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe corregir a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, Nuestro Padre celestial, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy adecuadamente lo que en el pasado hicimos como no debimos. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos que nuestros pecados no nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.

   (GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable.

   ¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva?

   ¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido?

   Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ningún hecho que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto Nuestro Criador es Nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de la experiencia que hemos adquirido para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, Nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a Nuestro Creador, siempre que se lo permitamos.

   ¿Somos idólatras al considerar que María es Nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin Nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural, porque Ella fue elegida, para ser su Madre.

   Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que tenemos la posibilidad de ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de Nuestro Padre común.

   El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, Nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.

   Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por Nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que Nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a Él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo de parte del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.

   El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a Nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:

Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía (Desconozco el autor).

   María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrificarnos para favorecer a Nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de Nuestro Padre común?

   San Gabriel, -el ángel del cual nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy-, le dijo a Nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó la aceptación de aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad?

   De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque Nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por Nuestro Santo Padre.

   Os transcribo una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que Nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cual todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.

   Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.

   Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.

   Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.

   Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debemos desistir de superar lo que creemos que es superior a nuestras fuerzas, pues Ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.

   El amor de Nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?

   Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como Nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.

   El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.

   La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha servido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que  María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
   Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazarena como la más dulce melodía, pero, cuando Nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo, para evitar su futuro asesinato, en el caso de que fueran descubiertas y delatadas (LV. 20, 10).

   Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta, y de que no se riera del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su pariente Elisabeth, la cual estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos según indica la Historia que se hacía en aquél tiempo, aunque San Lucas nos dice que Nuestra Santa Madre fue muy respetada por su pariente. Conozco a muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no  pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.

    Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo. A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, Él siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de Nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.

   Pienso que podríamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.

   María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo (MT. 2, 13-15). Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica matanza de los Santos Inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes (MT. 2, 16-18).

   María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén (LC. 2, 41-51). Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría increada.

   José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues Él se resistía a hacerlo, porque sabía que la ejecución de aquel prodigio, constituía el comienzo de su camino, que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante, al ver a quien constituye la razón de  su existencia desangrándose y asfixiándose en una cruz, sosteniéndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda debilitada produciéndole un dolor mortal.

   Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que San Juan ejercía sobre ella (JN. 19, 25-27), los ojos de María vertieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruida su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues Él era la razón por la que cuando reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.

   María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo,  y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados y santificados.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Adán y Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. Adán y Cristo.

   Meditación de ROM. 5, 12-19.

   ¿Cómo es posible que toda la humanidad haya sido culpada de la desobediencia a Dios de Adán y Eva? Independientemente de que pensemos que la historia del pecado original es real o imaginaria, y de que pensemos que el pecado de origen no se nos transmitió, dado que el mismo no es más que el intento de explicar la aparición del mal en el mundo, estamos hechos del mismo barro con que Dios creó a Adán, por lo que somos sus descendientes, y somos tentados para que aprendamos a superar las seducciones del demonio, con el fin de que crezcamos espiritualmente. Si Jesús no hubiera iniciado el proceso de nuestra redención, nuestros pecados nos condenarían. Dado que sabemos que Dios nos ama, somos conscientes de que no necesitamos ser tratados con imparcialidad, sino con el amor misericordioso de Nuestro Dios Uno y Trino.

   El cumplimiento de la Ley divina nos atrae la salvación, en el sentido de que nos insta a ser purificados y santificados. El incumplimiento de la voluntad divina, por ser pecaminoso, nos atrae la muerte. Aunque la gente moría antes de que existiera la Ley mosaica, la misma nos hace conscientes de nuestros pecados si no la cumplimos adaptándola al punto de vista que Jesús tiene de la misma. La Ley nos ayuda a percatarnos de cómo ofendemos a Dios si la incumplimos, y nos recuerda la necesidad que tenemos de sentir que somos objeto del amor misericordioso de Nuestro Padre común.

   El pecado nos hace diferenciar entre lo que éramos cuando Dios creó a Adán y lo que somos después de haber experimentado el sufrimiento, el trabajo y la muerte. Dado que la Ley nos hace responsables de los pecados que cometemos cuando la incumplimos, necesitamos ampararnos en Jesús, de quien esperamos que culmine nuestra redención.

   Adán es el representante de la humanidad creada, y Cristo es el representante de la humanidad redimida. La humanidad creada es la representación del pecado, y la humanidad redimida es la representación del pueblo de Dios, libre de su natural imperfección.

   Aunque somos descendientes de Adán, y por tanto semejantes a nuestro ancestro respecto del hecho de que somos libres para incumplir la voluntad divina, gracias a Nuestro Redentor, podemos cambiar la condenación que merecemos por no cumplir puntualmente la Ley, por el juicio de Aquel que, porque nos ama, nos evitará el castigo digno de quienes rechazan el cumplimiento literal de sus preceptos.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El origen del mal según la Biblia. (Meditación de la primera lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. El origen del mal según la biblia.

   Meditación de GN. 2, 7-9; 3, 1-7.

   Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y le insufló el la nariz el aliento vital con que lo vivificó. Ello significa que somos dependientes de Dios, quien tiene el poder de darnos y quitarnos la existencia. La vida y el valor que tenemos provienen de Nuestro Criador. Muchos se sobrevaloran y no son pocos los que se infravaloran. Nuestro poder no está originado por nosotros, pues lo hemos recibido de Dios. Es por eso que siempre podremos superarnos, aunque hayamos avanzado mucho en los campos en que trabajamos. No olvidemos valorar la vida tal como lo hace Nuestro Padre común.

   Dado que existía el árbol de la ciencia del bien y del mal antes de que Adán y Eva pecaran, ello indica que el mal existía antes de que fuera creado el primer hombre. El mal está personificado en Satanás, quien puso a prueba la integridad de nuestros antepasados comunes.

   Adán y Eva podían comer de los frutos de todos los árboles del Edén, con la excepción del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (GN. 2, 17). Comer del citado fruto, expondría a nuestros citados ancestros y a sus descendientes de todos los tiempos a la muerte. Dado que adán y Eva no murieron al comer del fruto del citado árbol, podemos pensar que la muerte a la que se refería Dios era la pérdida de la felicidad que tuvieron repentinamente, cuando experimentaron su vulnerabilidad, aunque este texto es interpretado por la mayoría de cristianos pensando en la muerte física.

   Aunque Dios sabía que Adán y Eva lo iban a desobedecer, no les impidió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios nos sigue permitiendo escoger entre cumplir su voluntad y rechazarla. El hecho de no cumplir la voluntad divina tiene consecuencias dolorosas para nosotros, las cuales nos son útiles para crecer como personas cristianas, si no nos dejamos arrastrar por la frustración y la desesperación. Si somos consecuentes con nuestras elecciones, aprenderemos a meditarlas con gran cuidado.

   ¿Por qué sometió Dios a Adán a prueba? Si no hubiera existido el mal, el hombre no hubiera sido libre, por lo que hubiera sido prisionero de Dios. Necesitamos tener la experiencia del mal para valorar la grandeza del bien. En oposición a lo que era de esperar de Adán, nuestro ancestro común desobedeció a Dios, precisamente, porque carecía de la experiencia de las carencias y el sufrimiento.

   Dios es un ser increado, y es perfecto, pero el demonio, es un ser creado, y tiene limitaciones. Esto significa que algún día el mal en todas sus formas será exterminado, según la fe que profesamos.

   El demonio nos tienta para que nos apartemos de Dios. Satanás fue derrotado por San Miguel y sus ángeles en el cielo, y quiere ir al infierno acompañado de toda la humanidad.

   ¿Cómo podemos evitar ceder a las tentaciones?

   1. Recordemos que las tentaciones por sí mismas no son pecados, pero si lo es el hecho de transgredir la Ley de dios al ceder a las mismas.

   2. Oremos para superar tentaciones.

   3. No nos expongamos innecesariamente a ninguna tentación con el fin de probar nuestra fortaleza, porque el hecho de ceder a la misma puede atraernos complicaciones.

   4. Aprendamos a decir "no" cuando tengamos la oportunidad de hacer lo que contradice la voluntad de Dios.

   La serpiente tentó a Eva haciéndole dudar de la bondad de Dios, y haciéndole creer que Nuestro Padre común fue egoísta, por hacer a Adán y a ella inferiores a la Divinidad. Para Eva, la plenitud de su superación consistía en la adquisición del conocimiento del bien y el mal, un conocimiento que podría haber recibido de dios sin sufrir, pero que le costó un gran dolor, por obtenerlo incumpliendo la voluntad divina.

   Satanás logró que Eva se olvidara de lo que tenía y que centrara su atención en todo lo que pensaba que le faltaba. Esto es lo que le sucede a mucha gente en nuestro tiempo, lo que hace que muchos maten para lograr ser más poderosos, y lo que impide que no se extinga la codicia.

   Para los cristianos la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en la obediencia a Dios y en saber lo que podemos hacer y lo que tenemos que evitar. Los Mandamientos de Dios fueron promulgados para beneficiarnos.

   El hecho de que deseemos ser como Dios no es negativo, pero sí lo es el hecho de que prescindamos de Él, si lo concebimos como la plenitud de la vida y del bien. No podemos asemejarnos a dios desafiando su autoridad y decidiendo lo que es mejor para nosotros sin contar con Él, sino cumpliendo su voluntad, que consiste en que seamos plenamente felices viviendo en su presencia. Llegar a ser como Dios no es lo mismo que ser Dios, sino reflejar sus cualidades en nuestras vidas y reconocer su autoridad, una autoridad que para los cristianos practicantes significa capacidad de servir desinteresadamente.

   Observemos cómo cedió Eva a la tentación de alimentarse del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Miró el fruto, lo cogió, lo comió, y lo compartió con Adán. El hecho de mirar el objeto de nuestros deseos puede hacernos ceder a la tentación de pecar. San Pablo nos insta a huir de las pasiones irreflexivas (2 TIM. 2, 22).

   Después de alimentarse del fruto prohibido, Eva le dio a Adán del mismo. El pecado se extiende rápidamente tal como se expande el petróleo de un barril derramado en el mar.

   Después de pecar, Adán y Eva se sintieron culpables por causa de su acción. La culpa es útil cuando la interpretamos como una señal de que hemos cometido un error, y es inútil cuando nos hace sufrir sin extinguir la causa que la genera. La culpa es constructiva cuando nos ayuda a construir lo que anteriormente destruimos y deja de ser culpa para llamarse responsabilidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   Introducción.

   Dios creó a nuestros primeros padres, y los dotó con dones preternaturales, para que no sucumbieran ante la enfermedad y el pecado. Adán y Eva eran felices, pero, habiendo sido creados para alcanzar la máxima glorificación, se expusieron a asumir la muerte, al conocer el mal, con el fin de ser iguales a Dios. A diferencia de Adán y Eva, nosotros no fuimos dotados preternaturalmente, pero queremos ser purificados al superar la adversidad que atañe a nuestras vidas, porque anhelamos la santidad, pues, al igual que nuestros primeros antecesores, también queremos ser como Nuestro Criador.

   Durante los años que hemos vivido, hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Dios, unas veces sin quererlo, pero, otras veces, quizás hemos pecado sabiendo que hemos hecho lo que Nuestro Padre común detesta. Al hacer el propósito de reparar el daño que hemos hecho si hemos pecado, vamos a pedirle a Nuestro Señor que renueve nuestro espíritu, para que algún día podamos parecernos a Jesús.

   Dios es justo, y, su amor, supera su justicia. Esta certeza, es, pues, la que nos asegura el perdón de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. San Juan escribió en su Evangelio unas palabras, a la luz de las cuales, podemos interpretar la segunda lectura de hoy (JN. 3, 16). Adán pecó, y todos hemos pecado. Adán murió, y todos moriremos. Cristo resucitó, y, por ello, todos resucitaremos cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.

   En el Evangelio de hoy, San Mateo nos narra brevemente el episodio de las tentaciones de Jesús, un relato en que el demonio le dice al Mesías que viva como si no creyera en Nuestro Padre común, pero, Jesús, rechazará la existencia de su vida sin fe y por ende sin sentido, pues no quiere prescindir de las raíces espirituales que, al no ser entendidas por sus adversarios religioso-políticos, más tarde, le conducirán a la muerte.

   Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se retirará al desierto para relacionarse íntimamente con Dios, aunque quizá sin saber que ello le hará conocer las entrañas del hombre, para buscar un camino idóneo para que, después de recorrerlo, nos encontremos con Nuestro Padre común.

   1. Podemos ver el episodio del pecado original como un relato en que el hombre desobedeció a Dios, pero también podemos verlo de una forma más positiva. Dios creó un huerto paradisíaco en el que Adán y Eva no trabajaban por necesidad, sino por placer. Aparentemente ellos sólo tenían que desear que acabara el tiempo que Dios les había impuesto para que se probaran su fidelidad a Él ante ellos mismos, dado que, el Creador, sabía lo que sucedería con ellos y con nosotros. Adán y Eva, sin pasar por el conocimiento del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte, podrían haber alcanzado la suma perfección divina, pero, obedeciendo a nuestra impaciencia natural, ellos quisieron conocer el misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal, a pesar de que ello significaba que habrían de ser vulnerables, pues serían víctimas del padecimiento y la muerte. Personalmente pienso que este episodio puede ser comparable a la vivencia de un estudiante al que se le dice: no estudies, y te evitarás muchos dolores de cabeza. El estudiante hace caso omiso de ese aviso y sigue estudiando, porque, a pesar del sacrificio que ello lleva impreso, es consciente de que, al concluir su ciclo formativo, podrá optar a un puesto de trabajo que le aportará beneficios económicos y una gran satisfacción al contribuir el mismo a su realización personal. Pienso que vivimos en una sociedad en la que tenemos una fuerte tendencia a proteger a nuestros seres queridos, por consiguiente, los padres que les conceden todos sus deseos a sus descendientes, hacen de los mismos grandes egoístas, incapaces de sensibilizarse del dolor y las carencias de sus prójimos. Adán y Eva debieron aprender una gran lección a partir de aquella experiencia, así pues, a pesar de que fueron expulsados del Paraíso hasta que fueron purificados por la experiencia que tanto anhelaban, él pensó que Eva era la madre de la vida, tuvieron hijos, e intentaron ser felices, a la luz del cumplimiento de la voluntad de Dios.

   2. "Cuanto más creció el pecado (en el mundo, en nuestras vidas), más abundante fue la gracia de Dios" (ROM. 5, 20). La Cuaresma se caracteriza por los sacrificios que todos podemos llevar a cabo en un determinado momento para alcanzar el perdón de Dios. Muchos de nuestros hermanos, vivirán algunas procesiones de Semana Santa, caminando descalzos, con sus cirios encendidos, pidiéndoles a Jesús y a María que les quiten algunas enfermedades graves a sus prójimos, y, para que se les conceda su petición, se ofrecerán voluntariamente para que las citadas enfermedades caigan sobre ellos. Yo quisiera deciros que no hagáis esto sin ánimo de ofenderos, porque, Nuestro Padre común, dispone de dádivas para tener una buena salud Él mismo, puede sanar a nuestros prójimos, y puede curarnos a nosotros cuando lo estime oportuno, por tanto, en vez de ofrecernos como víctimas para sufrir enfermedades que en el caso de afectarnos sólo nos harían sufrir, vamos a hacer que sobreabunde la abundancia divina donde abunda la miseria humana, ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.

   Me ha venido otra vez a la mente el proteccionismo excesivo con que muchos padres tratan a sus hijos, porque, estoy pensando en la grandeza del amor de Dios, que, al amarnos más de lo que jamás nos han amado y de lo que nos amarán en el futuro, es capaz de dejar que recibamos todos los golpes que necesitamos recibir para ser purificados, con tal de no coartar el uso que hacemos de nuestra libertad.

   Hace tiempo conocí a una mujer que protestaba constantemente porque no se sentía valorada por sus compañeros de trabajo, de los que siempre decía que la trataban injustamente, siendo ella cuidadosa y muy puntual para satisfacer las necesidades que los tales tenían. No sé cuál era la actitud de los compañeros de trabajo de la mujer de la que os estoy hablando, pero estoy seguro de que ella, recibiendo -o sin recibir- manifestaciones de aprecio de sus compañeros, era incapaz de enumerar diez de las virtudes que tenía.

   3. San Mateo nos dice en su Evangelio que, cuando Jesús fue bautizado, "fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (MT. 4, 1). Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús quiso relacionarse estrechamente con Dios, para someterse a la voluntad de Nuestro Padre común. El Espíritu Santo premió el deseo del Señor de crecer espiritualmente, así pues, a través del duro episodio de las tentaciones, el Mesías aprendió a compadecerse de nosotros, según las palabras del Sagrado Hagiógrafo (HEB. 2, 18). Al adquirir la experiencia del conocimiento del poder, el prestigio y la riqueza, y al conocer el sufrimiento, Jesús puede compadecerse de nuestra fragilidad, porque Él mismo experimentó nuestra debilidad. En la biblia se nos sigue instruyendo (HEB. 4, 15).

   En su empeño de demostrar la fragilidad del Mesías, el autor de la Carta a los Hebreos les transmitió a sus lectores el siguiente mensaje: (HEB. 5, 7-10).

   4. San Mateo nos dice en el Evangelio de hoy que, "después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, Jesús tuvo hambre" (MT. 4, 2). Desde un punto de vista estrictamente espiritual, si pensamos que Jesús fue dotado por Dios con dones especiales, podemos creer que el Hijo de María ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, pero, si Nuestro Señor era un hombre semejante a nosotros, debemos creer que se alimentó a base de hierbas. Jesús se retiró del mundo como lo han hecho muchos religiosos de diversas confesiones a lo largo de la Historia para encontrarse con la Suma Divinidad. Recuerdo que hace varios años hice unos ejercicios espirituales para jóvenes en los que lo pasé muy mal, porque, al ni siquiera contar con una Biblia en Braille, y al estar todos mis compañeros en actitud silente, no podía soportar aquella quietud. Tres días tardé en encontrar la paz. Jesús debió sufrir mucho sin alimentarse debidamente, recordando la muerte de José, la soledad de María, las miserias del mundo, la política romana basada en la tortura y las crucifixiones masivas, el terrorismo de los celotes, la hipocresía de la clase religiosa gobernante en Palestina en aquel tiempo... Jesús oraba para que el Dios que permanecía en silencio le resolviera sus dudas, pero Él cada día estaba más débil, y, quizás tenía la sensación de que Dios lo abandonaba más, como si lo estuviera preparando para ser martirizado tres años después.

   5. En el libro del Deuteronomio se encuentra el siguiente texto que puede ser aplicado a los años que hemos vivido y a nuestra experiencia vital, por consiguiente, Dios nos dice: (DT. 8, 1-3).

   (MT. 4, 3-4). ¿Qué significa esta tentación con que Satanás intentó apartar a Jesús de su propósito divino? El mundo necesita pruebas que evidencien la existencia de Dios. Todos tenemos esas pruebas, así pues, Nuestro Padre común nos alimenta, nos cuida, nos da el aire que necesitamos para respirar, y otras muchas dádivas que no valoramos.

   Si seguimos meditando el texto del Deuteronomio con que iniciamos la meditación de la primera tentación que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, podemos encontrar las siguientes palabras: (DT. 8, 4). El mundo está lleno de pobres, enfermos y afligidos, y, nosotros, en vez de saciar a los hambrientos, sanar a los enfermos y consolar a los afligidos, queremos que Dios nos haga todo el trabajo que podemos hacer con los medios que Nuestro Padre común nos ha dotado.

   Todos podemos hacer milagros en conformidad con nuestra fe, y necesitamos que Dios haga lo que nosotros no podemos hacer, pero nos gusta mucho la vida regalada. Cada día son más los jóvenes que abandonan sus estudios, y, en lugar de buscar trabajo, se dedican a vivir a expensas de sus padres, sin preocuparse de la situación económica de ellos, pensando únicamente en divertirse. Dios no nos concederá nunca una vida fácil, porque, el hecho de purificarnos y santificarnos, requiere de nosotros el esfuerzo de superar la adversidad, con la eficaz ayuda de Dios, así pues, esta es, precisamente, la razón por la que Dios permanece en silencio ante el hambre, las enfermedades, y las demás manifestaciones de la miseria. Si Dios nos diera todo lo que necesitamos, y no tuviéramos que aprender a luchar para superar nuestras carencias, no tardaría mucho tiempo en llegar el día en que seríamos caprichosos y desagradecidos para con Él, porque no valoraríamos, ni su misericordia, ni el sufrimiento que nos ha costado nuestra purificación. Probad a educar a un niño concediéndole todos sus deseos, evitadle el hecho de veros sufriendo y cansados por causa de sus carencias, y veréis cómo os explota, sin la intención de abusar de vosotros con maldad, pues adquirirá el hábito de utilizaros a su antojo. Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a buscar el placer inmediato, porque hemos sido creados para alcanzar la suma perfección, pero no por ello hemos de olvidarnos de vivir cumpliendo la voluntad de Dios constantemente.

   Ciertamente la vida difícil de los cristianos es dura, pero, cuando flaqueen nuestras relaciones con nuestros cónyuges, nuestros hijos, o con otros seres queridos, cuando tengamos carencias y nos sintamos débiles, diremos con el Salmista en estado de recogimiento interior las palabras contenidas en el SAL. 17, 8, y Dios siempre estará con nosotros, apoyándonos en todas las actividades que emprendamos, aunque el pesimismo arraigado en nuestro corazón no nos permita percatarnos de ello.

   Satanás le propuso a Jesús que se convirtiera en nuestro ídolo al satisfacer nuestras carencias y caprichos. ¿Por qué hizo el Señor caso omiso a las palabras del tentador? ¿Ignoraba Jesús que nos pondríamos a su servicio si nos diera instantáneamente todo lo que le pidiéramos? Jesús le dijo al demonio que el materialismo no nos hará tan felices como la espiritualidad, así pues, nuestras posesiones pueden contribuir a que seamos felices, pero, la filiación divina, la vida de la gracia, es nuestro gran tesoro. ¿Cómo podemos comparar la posesión de todas las riquezas del mundo con el alimento espiritual de la Palabra de Dios? ¿Quién puede mostrarnos más amor que Jesús Eucaristía? Jesús sabía que si nos concedía nuestros caprichos no lo querríamos a Él, sino sus dádivas, y Él quiere que le amemos, no porque es poderoso, ni porque le necesitamos, sino porque el Hijo de María, es Nuestro Hermano, Nuestro Amigo, nuestro todo. Padres, ¿amáis a vuestros hijos porque son altos, guapos e inteligentes, o porque son vuestros descendientes?

   6. Dios tranquiliza a quienes creen en Él independientemente de las tribulaciones que los mismos padezcan, así pues, en la Biblia leemos: (SAL. 91, 11-12). Dios quiere hacernos comprender que nos tiene asidos de su mano diestra y no permitirá que tropecemos, esto es, si tenemos fe en Él, Nuestro Padre actuará en nosotros sin coartar el uso de la libertad que nos ha concedido. Si tenemos fe en Dios cuando estemos enfermos, cuando no tengamos adonde ir, Él proveerá nuestras necesidades, porque nos tiene asidos, y no nos desamparará.

   A veces tenemos la tentación de poner a prueba a Nuestro Padre común, diciéndole: Si tú existieras, no permitirías que murieran tantos niños indefensos en el tercer mundo. Algunos utilizan pretextos semejantes al que estamos considerando porque sufren crisis de fe, pero, otros, utilizan estas cuestiones para blasfemar abiertamente, sin respetarnos a quienes nos resistimos a dejar de creer en Dios, así pues, en el Deuteronomio leemos: (DT. 6, 16).

   ¿Somos capaces de probar a nuestros cónyuges y a nuestros hijos? Si hacemos esto, somos muy desconfiados, y, debemos confiar en Dios, más que en quienes más amamos, porque nadie nos ama como lo hace Nuestro Padre celestial.

   Consideremos la segunda tentación con que el diablo atacó a Jesús. Como nuestro Redentor sostenía que la espiritualidad es más importante que el materialismo, el demonio, para desmentirlo haciendo que la gente le siguiera, utilizó las Escrituras, con la intención de hacer que Cristo diera un espectáculo soberbio, para convertirse en el hombre más famoso de toda la Historia, por causa de su poder, fama y riqueza. (MT. 4, 5-7). Hace varios días, uno de mis amigos, testigo de Jehová, me sometió a consideración, diciéndome: Antiguamente Dios se les manifestaba a los hombres, pero, en nuestro tiempo, nadie habla con Dios. ¿Por qué crees tú que sucede eso? Yo, antes de contestarle a mi amigo, pensé un breve instante, y exclamé: No podemos decir que la Biblia no se había imprimido en aquel tiempo, puesto que ahora que existe, es utilizada para adornar muebles. Yo creo que la gente no habla con Dios porque, aunque todos sabemos hablar mucho, muchos no tienen la capacidad de escuchar a nadie, y menos al Dios que no podemos ver ni tocar. Cuando alguien se atreve a afirmar que Dios existe, se le responde: ¿De verdad? Pues, ¡que haga un milagro ahora mismo. ¡En estas circunstancias Nuestro Padre guarda silencio, porque no le sirve de nada manifestárseles a quienes no son humildes para reconocer los milagros que Él opera en nuestras vidas diariamente, y que no reconocemos porque se repiten muchas veces, y porque no sabemos valorar lo que tenemos.         Si yo en vez de tener listas de correo dedicadas a la evangelización publicara otros temas más solicitados por la mayoría de la gente, tendría muchos más lectores de los que tengo. Si no podéis creerme, iros a MSN Groups, a Yahoo! Groups, a Egrupos, a Elistas, o a otro servidor de listas de correo, y comparad el número de suscriptores de listas religiosas, con el número de usuarios de otros servicios. Con mis conocimientos de Tarot y Numerología podría ganarme la vida muy bien a través de la red, pero prefiero trabajar gratuitamente para aquel que lo tiene todo. Yo edité un libro para ayudar a Cáritas o a Manos Unidas porque pensé que de esa forma podía servir a Dios, pero no pude venderlo, y, la web principal de Trigo de Dios por la que pagué mucho dinero está muy mal hecha porque no sé crear páginas web y por eso me timaron, así pues, parece que Dios no quiere mi dinero, pues, me prefiere a mí, por eso, hermanos, trabajo para Él, porque me ama como soy.

   7. Como Jesús no quiso que la gente le siguiera facilitándole la vida, ni quiso llamar la atención de los habitantes de Jerusalén dando un espectáculo inolvidable, Satanás se jugó su última carta, y atacó al Salvador violentamente. ¿Podría Jesús resistirse al poder que conceden los dioses mundanos? ¿Podría Jesús resistirse al dios dinero? ¿Podría Jesús rehusar del dios sexo? ¿Podría Jesús renunciar al dios droga? ¿Podría Jesús renunciar al dios que le instaba a someterse a la fuerza a los débiles para explotarlos sin consideración? Satanás, aquel a quien los testigos de Jehová llaman “el creador de este sistema de cosas”, le cedía a Jesús su supuesto dominio sobre los hombres, con tal de conseguir que el Mesías renegara de Dios un momento a lo largo de la eternidad. El demonio sabía que Miguel y sus ángeles le derrotaron gritando la grandeza de Dios, pero él quería volver al infierno anotándose el triunfo de, en su afán de dividir a Dios y a los hombres, conseguir que el Criador de la humanidad renegara de Sí mismo. ¿Conocéis a alguna persona que sea capaz de cometer cualquier fechoría por dinero? ¿Quién podría tener la fuerza moral suficiente para renunciar a unos dioses tan prometedores de dádivas excelentes y placenteras, aunque las mismas, a largo plazo, sean la perdición de los hombres?

   Veamos, pues, el texto sagrado: (MT. 4, 8-10).

   8. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 4, 11). ¿Tenemos la tentación de creer que nuestra fe es plena? ¿Creemos que nadie conoce mejor la profesión que ejercemos que nosotros? Seamos humildes, no vaya a suceder que la presunción nos aparte del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com