Meditación.
Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.
Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.
Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.
A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.
Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?
El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?
Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.
Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.
En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.
Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.
Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).
El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).
El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).
Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).
Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.
¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?
¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?
A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).
Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.
Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.
Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).
Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.
También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.
Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7) nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).
Meditación.
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?
Introducción.
¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.
No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.
"La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).
La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.
La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.
Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.
La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.
¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).
San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.
El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.
Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.
Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.
A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.
Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.
Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.
1. La inmortalidad del alma.
Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.
Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).
Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.
Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.
Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.
Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.
(MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.
2. La intercesión de los Santos.
Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? " María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".
Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:
¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?
¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?
¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?
Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.
Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.
Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).
Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).
Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.
En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.
(AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.
Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).
¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.
Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).
Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.
Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).
Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.
San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).
ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.
Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).
Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).
Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).
¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).
Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:
(FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.
(FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.
¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).
¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).
Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.
Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.
En el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.
joseportilloperez@gmail.com
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?
Introducción.
¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.
No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.
"La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).
La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.
La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.
Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.
La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.
¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).
San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.
El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.
Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.
Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.
A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.
Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.
Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.
1. La inmortalidad del alma.
Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.
Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).
Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.
Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.
Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.
Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.
(MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.
2. La intercesión de los Santos.
Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? " María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".
Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:
¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?
¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?
¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?
Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.
Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.
Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).
Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).
Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.
En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.
(AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.
Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).
¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.
Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).
Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.
Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).
Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.
San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).
ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.
Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).
Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).
Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).
¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).
Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:
(FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.
(FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.
¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).
¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).
Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.
Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.
En el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.
joseportilloperez@gmail.com
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Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique.
Estimados hermanos y amigos:
A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a Nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, -es decir, si Nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a Él en términos espirituales-.
Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo?
De Jesús podemos decir que es Nuestro Salvador, Nuestro Libertador, el Hijo de Dios y María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.
Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de evangelizar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de Nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestro resentimiento y nuestras hostilidades, y una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.
Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a Nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en la celebración eucarística de hoy-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, y que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.
Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en lo que para muchos hermanos nuestros es un valle de lágrimas.
Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a Nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de Nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de Nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...
Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó Nuestro Hermano y Dios Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus futuros Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.
Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque Él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.
Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de Nuestro Hermano a Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.
Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del Tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de Nuestro Dios Jesús.
Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a Nuestra Santa Madre, pues Ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a Ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues Ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique.
Estimados hermanos y amigos:
A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a Nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, -es decir, si Nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a Él en términos espirituales-.
Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo?
De Jesús podemos decir que es Nuestro Salvador, Nuestro Libertador, el Hijo de Dios y María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.
Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de evangelizar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de Nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestro resentimiento y nuestras hostilidades, y una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.
Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a Nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en la celebración eucarística de hoy-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, y que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.
Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en lo que para muchos hermanos nuestros es un valle de lágrimas.
Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a Nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de Nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de Nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...
Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó Nuestro Hermano y Dios Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus futuros Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.
Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque Él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.
Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de Nuestro Hermano a Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.
Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del Tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de Nuestro Dios Jesús.
Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a Nuestra Santa Madre, pues Ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a Ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues Ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?
Meditación de ROM. 8, 8-11.
En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.
Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de ROM. 8, 8-11.
En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.
Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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