Introduce el texto que quieres buscar.

Mostrando entradas con la etiqueta esclavitud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta esclavitud. Mostrar todas las entradas

El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.

   Meditación de LC. 21, 5-19.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.

   El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.

   La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.

   Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.

   Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).

   A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.

   El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.

   (LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.

   ¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?

   ¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?

   No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.

   Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.

   Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.

   No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.

   San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.

   No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.

joseportilloperez@gmail.com

El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener.

   1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

   Meditación de SB. 7, 7-11.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al leer ciertos pasajes bíblicos, podemos tener la impresión de que, la fe que profesamos, para poder ser vivida plenamente, nos exige la renuncia a las riquezas materiales que podamos tener. Dos ejemplos de ellos son la parábola del rico epulón que fue condenado a las llamas del infierno porque no socorrió a un mendigo llamado Lázaro (LC. 16, 19-31), y las duras palabras que Santiago escribió denunciando la actitud de los ricos que explotaban inmisericordemente a los más débiles (ST. 5, 1-6). Si examinamos dichos textos, nos percatamos de que los mismos son denuncias de la actitud de los avaros que no se apiadan de los más necesitados del mundo, lo cual nos indica que no deben ser tenidos como condena de todos los ricos en general, ni como invitación que se nos hace a renunciar a los bienes que podamos tener. En tiempos de Jesús, había en Palestina terratenientes que explotaban injustamente a los pobres, ricos que, teniendo la posibilidad de hacer el bien, no lo hacían. San Lucas, por medio de la citada parábola, les recordó a sus lectores la necesidad existente en el mundo de almas misericordiosas, que se apiaden de los desposeídos. Por su parte, siendo consciente de que quienes no podían pagar sus deudas se veían obligados a vender a sus familiares como esclavos, eran privados de sus pertenencias, y eran encarcelados, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, denunció la falta de amor hacia los más débiles, por parte de quienes solo pensaban en enriquecerse.

   Las riquezas por sí mismas no son malas, pero, si las utilizamos para propagar injusticias, o para alcanzar fines meramente egoístas, nos dejamos seducir por el pecado. Esta es la razón por la que en la primera lectura que meditamos hoy se nos recuerda que la sabiduría de Dios es más importante que las riquezas materiales, porque nos enseña a valernos de las mismas sin renunciar a profesar la fe que nos caracteriza, y por la que he titulado esta serie de estudios bíblicos "El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener". Aunque quizás no podemos memorizar el título de estos estudios la primera vez que lo leemos, si lo aplicamos a nuestra vida de cristianos, conseguiremos alcanzar el ideal de vida, consistente en ser perfectos imitadores de Jesús.

   -El bien ser. Se nos ha dado la oportunidad de analizar todas las circunstancias que acaecen que están relacionadas con nuestra vida y el medio social en que vivimos. Esta es la razón por la que San Pablo nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 8).

   San Pablo nos incita a profesar la fe que nos caracteriza tanto en las celebraciones litúrgicas como fuera de los templos en que celebramos la Eucaristía, defendiendo todo lo que es verdadero, honesto, y justo, respetando la diversidad de ideologías existentes en el mundo para poder propagar mejor el Evangelio, realizando nuestras actividades por medio de una disciplina que nos permita hacer todo lo que se espera de nosotros.

   -El bien saber. Sabemos que los creyentes de muchas denominaciones cristianas asisten a sus celebraciones de culto y reuniones bíblicas con sus versiones de la Biblia y cuadernos para resumir o esquematizar las ideas que sus líderes les transmiten por medio de sus predicaciones. A pesar de ello, muchos católicos, aunque asistimos puntualmente a las celebraciones eucarísticas dominicales, no tomamos notas de las lecturas bíblicas ni de las homilías que escuchamos, lo cual tiene la consecuencia lógica de que olvidamos tales ideas, en muchas ocasiones, antes de concluir las celebraciones litúrgicas, a pesar de que no necesitamos interpretar la Biblia de cualquier manera, sino tal como lo hace Dios, transmitiéndonos su enseñanza, por medio de las Sagradas Escrituras, y del Magisterio de la Iglesia. No es bueno conformarnos conociendo algunos aspectos de la Palabra de Dios, si tenemos la posibilidad de aumentar dicho conocimiento, que puede hacernos mejores cristianos, al aumentarnos la fe que tenemos en Dios.

   -El bien hacer. No actuemos de mala gana haciendo el bien en beneficio de nuestros familiares, hermanos de fe, compañeros de trabajo y otras personas a quienes tengamos la oportunidad de beneficiar. Actuemos buscando alcanzar el nivel de excelencia que hace que los cristianos sean conocidos por causa de las buenas obras que realizan. Si nos esforzamos para lograr alcanzar la excelencia del bien hacer, conseguiremos darle a nuestra familia y al mundo más de lo que hemos recibido, lo cual ayudará a crear una sociedad plenamente caritativa, que, con toda justicia, podrá ser conocida como Reino de Dios.

   -El bien estar. Desgraciadamente, puede sucedernos que, con respecto a Dios y a los hombres, podemos estar más dispuestos a recibir que a dar. Creo que todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos valorado más los bienes terrenos cuando nos los hemos ganado, que cuando nuestros padres nos los han regalado siendo niños y adolescentes. El bien estar cristiano no solo está relacionado con la posesión de riquezas, -el bien tener-, pues también se refiere al bien ser, el bien saber, y el bien hacer.

   -El bien tener. En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos invita a considerar más importantes las riquezas espirituales que las materiales, para que al no valernos inadecuadamente de las segundas, no renunciemos a vivir la fe que nos caracteriza.

   ¿Aprovecharemos la oportunidad de utilizar nuestras riquezas materiales para cumplir la voluntad del Dios que no quiere que tengamos carencias, y que desea valerse de tales riquezas para ayudar a quienes tienen carencias materiales por nuestro medio?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El matrimonio cristiano. (Meditación del Evangelio del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   3. El matrimonio cristiano.

   Meditación de MC. 10, 2-12.

   (MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.

   Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.

   Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.

   Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.

   Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.

   Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.

   Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.

   Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.

   Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un  enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?

   Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina.

   Ejercicio de lectio divina de JN. 1, 29-34.

   Lecturas introductorias: IS. 53, 7; 1 COR. 5, 7.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   ¿Qué es orar?

   ¿Se reduce la oración a la recitación de fórmulas aprendidas hace bastantes años cuyo amplio significado teológico es desconocido por muchos de entre nosotros?

   ¿Se reduce la oración al hecho de hacerles peticiones a Dios y a sus Santos, en ciertas ocasiones, cayendo en el error de creer que tales creyentes en Nuestro Padre común, tienen el poder de hacer milagros?

   Orar es algo más que pedirles a Dios y a sus Santos lo que necesitamos.

   Orar es actuar como si Dios nos hubiera concedido todo lo que le pedimos, en cuanto ello nos sea posible.

   ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares y amigos que los amamos? Los conocemos, sabemos en qué situaciones se entristecen y cuándo se sienten felices, y, en cuanto nos es posible, los complacemos. Ello puede servirnos de ejemplo, para comprender que orar es conocer a Dios por medio del riguroso estudio de su Palabra, la imitación de la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina instituyendo en la tierra un Reino divino y humano partiendo de las necesidades de los más desvalidos, y hablar con nuestro Padre común, mientras nuestros hermanos los hombres descansan.

   Orar es ir más allá de las normas establecidas por las instituciones religiosas, cuando tenemos la oportunidad de beneficiar a nuestros prójimos los hombres. A modo de ejemplo, recordemos cómo Jesús, en medio de una celebración religiosa, sanó a un hombre que tenía una mano atrofiada, sin esperar que concluyera el acto religioso, ni que se pusiera el sol, para que concluyera el día festivo para poder sanar al enfermo, tal como lo disponía la Ley (MC. 3, 1-6).

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo desde la eternidad:

   Porque queremos llegar a ser perfectos miembros del Cuerpo místico de Cristo (1 COR. 12, 12), inspíranos el deseo de imitar la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Israel.

   Porque tenemos la experiencia personal del dolor, queremos hacer cuanto nos sea posible, para aliviar, a quienes estén viviendo las experiencias, por cuya contemplación nos afligimos, cuando las vivimos.

   Ayúdanos a comprender que servir a nuestros prójimos no es un sacrificio según se nos ha enseñado dando por supuesto que somos malos y no estamos interesados en ayudarles, porque ello es una gran satisfacción.

   Ayúdanos a comprender que el mal se vence a fuerza de hacer el bien, pero que ello no significa que debemos dejarnos aplastar por nadie, porque tenemos el mismo derecho a ser amados y respetados, que quienes no observan esta enseñanza, y aplastan a quienes son inferiores a ellos, con tal de sentirse poderosos.

   Jesús es superior a nosotros, y utiliza su posición para servirnos, porque es el Camino que nos lleva a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres del dolor, el error y la mentira, y la Vida plena abundante de felicidad que añoramos (JN. 14, 6; 8, 32).

   Así como San Juan Bautista utilizó la predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo y el bautismo en agua para anunciar la presencia de Jesús entre sus hermanos de raza, nosotros haremos el bien y oraremos, para que el mundo crea que, la fe que profesamos, es más que una utopía.

   Seamos testigos de Jesús Resucitado, con nuestros gestos, palabras, y obras. El Espíritu Santo nos ayudará a llevar a cabo este propósito, sin el que no sería posible, la existencia del Cristianismo.

   2. Leemos atentamente JN. 1, 29-34, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de JN. 1, 29-34.

   3-1. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (JN. 1, 29).

   3-1-1. El Cordero de Dios.

   ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios? En ÉX. 12, 3-11, leemos las instrucciones que Moisés recibió de parte de Dios, para que sus hermanos de raza sacrificaran el cordero pascual, que era símbolo del fin de la esclavitud de Egipto, y se alimentaran con él. Igualmente, en ÉX. 29, 38-42, se indica cómo habían de sacrificarse todos los días dos corderos en el Templo, uno al amanecer, y otro al atardecer, por los pecados del pueblo. En ambos casos, vemos cómo la liberación de la esclavitud, y la petición de perdón de pecados, exigían sacrificios. Al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús, nos percatamos de que Dios no redimió a su pueblo por medio de los sacrificios de corderos llevados a cabo por los judíos, sino mediante la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

   3-1-2. El pecado del mundo.

   ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre Sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades? En IS. 53, 6, se da a entender que el Siervo de Yahveh murió por los pecados personales de su pueblo, tal como también se expresa en 1 COR. 15, 3, pero, a pesar de estas y otras evidencias bíblicas, existe otra interpretación en la actualidad, de cómo libró Jesús a las sociedades del castigo merecido, por quienes tienen el poder necesario, para estructurar ciertas prácticas, que se han convertido en pecados.

   ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados? En la biblia se narra cómo Dios creó un mundo paradisíaco, y cómo los hombres lo rechazaron, al intentar divinizarse, para no depender del Todopoderoso (GN. 3). Así es como se explica en la Biblia, cómo entró el mal en el mundo.

   ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales? En la actualidad existen interpretaciones extra bíblicas, las cuales son más antiguas que muchos libros de la biblia, que explican por qué existe lo que llamamos mal, y desde el punto de vista judeocristiano se conoce como pecado, las cuales no fueron aceptadas por los judíos cuando se escribió la biblia, y aún no son aceptadas por todos los cristianos. Creer que Jesús murió por nuestros pecados personales, equivale a afirmar que todos somos malos, y que, si imitamos la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina, es posible que alcancemos la salvación, si a Dios le place tener misericordia de nosotros, cuando juzgue a la humanidad, al final de los tiempos. Creer que Jesús murió por causa de los pecados sociales estructurales, significa que, efectuando cambios sociales, puede construirse un mundo más justo que el actual, lo cual puede contribuir positivamente, a la plena instauración del Reino divino, entre nosotros.

   Independientemente de que creamos que Jesús murió por nuestros pecados personales, o por los pecados estructurados por las sociedades, sería interesante que, en vez de consumir nuestra energía sufriendo pensando que somos malos, y temiendo que a Dios no le plazca salvarnos, dediquemos, tiempo, esfuerzo, energía y medios, a hacer el bien que podamos. Si Jesús murió por amor a quienes lo tenían todo perdido, trabajemos para que, en nuestro medio social, no haya nadie carente de voz, ni de voto.

   3-2. La humildad ejemplar de San Juan Bautista (JN. 1, 30).

   San Juan Bautista nació e inició su predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo, antes de que Jesús naciera, y de que el Señor iniciara su Ministerio público. A pesar de ello, Juan nunca olvidó que Jesús es superior a Él, así pues, el Bautista sabía que era un Profeta, y que Jesús es el Enviado de Dios, cuya venida no cesaba de anunciar.

   Si Jesús  vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre celestial (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?

   3-3. ¿Cómo supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 31).

   Cuando San Juan dijo que no conocía a Jesús, debió decir que no sabía que el Hijo de María era el Mesías. El hecho de que Juan y Jesús eran parientes lejanos, hace improbable el hecho de que no se conocieran personalmente. El hecho de que Juan no sabía que Jesús era el Mesías hasta que se lo reveló el Espíritu Santo (JN. 1, 32-33), me hace pensar en una pregunta que podemos hacernos: ¿Conocemos a Jesús? Si se nos pregunta quién es Jesús, podemos aplicarle títulos muy conocidos al Señor, tales como "Hijo de Dios", "Hijo del hombre", "Redentor del mundo", etcétera, pero, ¿qué significan esos títulos para nosotros?

   3-4. ¿Por qué sabemos que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 32-34).

   San Juan Bautista tuvo una revelación divina, mediante la que supo que conocería al Mesías, porque el Espíritu Santo descendería sobre Él, en forma corporal de paloma (MT. 3, 13-17). Sabemos que Jesús es Nuestro Salvador, porque eso es lo que se nos ha dicho siempre, y porque muchos lo hemos leído en la biblia, pero, ¿qué evidencias hay en nuestra vida, de que tal expresión, es cierta?

   San Juan Bautista dio testimonio de lo que oyó y vio respecto de Jesús. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?

   3-5. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-6. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 1, 29-34 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   3-1-1.

   1. ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios?
   2. ¿Qué información encontramos en ÉX. 12, 3-11?
   3. ¿Qué significado tenía el cordero pascual para los hebreos?
   4. ¿Qué significado tiene el Cordero de Dios cuyo sacrificio recordamos los cristianos que celebramos el Viernes Santo?
   5. ¿Por qué se sacrificaban todos los días dos corderos en el Templo jerosolimitano según leemos en ÉX. 29, 38-42?
   6. ¿Cuál es el mensaje que deducimos al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús?
   7. ¿Sabes qué pueblo o profeta era el Siervo de Yahveh citado en los cuatro poemas del Siervo de Yahveh del Deutero-Isaías?

   3-1-2.

   8. ¿Qué entendemos por pecado?
   9. ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades?
   10. Cita ejemplos de pecados personales y de pecados estructurales.
   11. Si en la Biblia se nos informa de que Jesús murió para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados personales, ¿por qué se interpreta JN. 1, 29B en la actualidad, pensando en los pecados sociales estructurales?
   12. ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados?
   13. ¿Por qué quisieron Adán y Eva independizarse de Dios y ser igual a Elohim, según el texto de GN. 3?
   14. ¿Existe en la actualidad el deseo de alcanzar la divinidad por parte de los hombres? ¿Qué tiene ello de positivo y negativo?
   15. ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales?
   16. ¿Hacemos el bien por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres y a nosotros, o porque queremos asegurarnos un buen lugar en el cielo?
   17. ¿Nos conviene temer por la salvación que añoramos? ¿Por qué?
   18. ¿Qué ventaja tiene el hecho de emplearnos en hacer el bien en vez de sufrir pensando que Dios no nos salvará posiblemente?
   19. Si creemos que Dios nos ama, ¿por qué tememos por nuestra salvación?

   3-2.

   20. ¿En qué sentido no conoció San Juan Bautista a Jesús hasta que el Espíritu Santo se posó sobre el Mesías adoptando la forma corporal de una paloma?
   21. ¿Por qué se consideró San Juan Bautista inferior a Jesús?
   22. ¿Dio muestras el Profeta del Jordán de sentirse humillado al pensar que Jesús es superior a él? ¿Por qué?
   23. ¿Nos sentimos humillados al considerar que Jesús es superior a nosotros, si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en que nos gustaría que se exterminen los prejuicios sociales? ¿Por qué?
   24. Si Jesús  vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre Santo (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?

   3-3.

   25. ¿Qué afirmó San Juan Bautista cuando dijo que no conocía a Jesús?
   26. ¿Por qué es probable que San Juan Bautista y Jesús se conocieran personalmente?
   27. ¿Conocemos a Jesús?
   28. ¿Qué significan los títulos que se le aplican a Jesús para nosotros?

   3-4.

   29. ¿Por qué supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías esperado por el resto de Israel?
   30. ¿Qué evidencia hay en nuestra vida, de que Jesús es el Salvador que necesitamos?
   31. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos IS. 52, 13-53, 12, un texto que ha servido de profecía de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, que leemos todos los años como primera lectura de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a San Juan Bautista diciéndoles a sus seguidores que tenían ante ellos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan vio con gran satisfacción cómo se cumplió el mensaje que les anunció a sus oyentes, y pronto pensó en hacer que sus seguidores caminaran tras el Mesías, aunque ello le supusiera, que le restaran importancia.

   ¿Cuáles son los propósitos que nos ayudan a vivir?

   ¿Cómo reaccionaríamos si tales propósitos se cumplieran, después de haber tenido que sobrevivir a los intentos de frustrarnos de nuestros enemigos?

   Contemplemos a San Juan Bautista, reconociéndose inferior al Hijo de María, ante sus seguidores.

   ¿Somos humildes?

   ¿Necesitamos aparentar que nuestro status social es superior al que tenemos en realidad para aumentar los contactos que tenemos?

   ¿Por qué decía San Juan Bautista que Jesús es más grande que él?

   ¿Por qué decía San Juan que vino a bautizar en agua a sus oyentes?

   Contemplemos a San Juan viendo al Espíritu Santo posado sobre Jesús, adoptando la forma corporal de una paloma. El cielo se abrió, y el Paráclito se posó sobre el Mesías, quien fue enlace entre el cielo y la tierra, acabando con la distancia que separaba el Reino de Dios, de nuestra tierra.

   ¿Qué hacemos para que nuestra tierra sea el cielo de Dios, y el cielo de Nuestro Padre común sea nuestra tierra?

  7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 1, 29-34.

   Llevemos a cabo una obra durante la próxima semana que nos identifique con el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:

   Aunque es probable que muchos solo nos identifiquemos con tu Pasión y muerte, motívanos para que vivifiquemos a los niños que nacen día a día y están destinados a sentirse solos y despreciados.

   Motívanos a amar, aceptar y comprender a quienes sufren por cualquier causa.

   Ya que se difunden más rápidamente las tragedias que las buenas noticias, motívanos a esperar el Domingo de Pascua sin ocaso, en que la humanidad te acepte como Redentor, y extermines las causas por las que sufre, por mediación de tus fieles creyentes.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 40, identificándonos con el Cordero de Dios, muerto por defender a quienes pocos son capaces de amar, y resucitado, para abrirnos la puerta del cielo, el Reino de Dios y nuestro.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B).

   Ciclo B.

 Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo, para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel.

   Ejercicio de Lectio Divina de MC. 1, 6B-11.

   Lectura introductoria: MC. 9, 7.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Dado que Juan fue formado espiritualmente por los esenios, vivía apartado del mundo, para distinguirse de los pecadores. Esa fue la razón por la que sus oyentes lo buscaban para que les predicara el mensaje que hizo que muchos de sus hermanos de raza tuvieran una fe más fuerte y estable en el cumplimiento de las promesas divinas. El mensaje de Juan fue exitoso porque predicó el fin de las injusticias y por eso se ganó el respeto de muchos desheredados del país.

   Los cristianos no necesitamos apartarnos del mundo para conocer a Dios, cumplir su voluntad y aprender a orar, así pues, creemos que podemos ser seguidores de Jesús en cualquier ambiente en que no se nos debilite la fe. Aunque Juan Bautista puede ser considerado fanático religioso porque se aisló de la mayoría de sus hermanos de raza, muchos cristianos necesitamos la convicción con que defendió sus creencias, una convicción que terminó costándole primero la pérdida de la libertad, y posteriormente la vida.

   Aunque Juan se apartó del mundo para consagrarse a la oración, la meditación y la predicación, es necesario que los cristianos no nos sintamos superiores ni inferiores a quienes carecen de la fe que profesamos. Sólo la construcción de un mundo de iguales podrá ayudarnos a conseguir que la humanidad acepte a Dios, y crea que la Trinidad Beatísima habita en nosotros.

   Orar es tener creencias diferentes al pensamiento de quienes nos rodean circunstancialmente, y no sentirnos superiores ni inferiores a los mismos, ni marginados por los tales. Si seguimos afirmando que el mundo es uno de los enemigos que tenemos que vencer como se hacía cuando se nos decía que nuestros enemigos son el mundo, el Demonio y la carne, no podremos convencer a nadie de que Dios existe y es bondadoso con sus hijos.

   Orar es reconocernos más pequeños que Jesús como lo hizo Juan, lo cual no significa que carecemos de valor personal. Con demasiada frecuencia asociamos la pequeñez con la carencia de valor personal por considerarnos pecadores irremisibles.

   Orar es trabajar por la extensión del Reino de Dios, y no para ser alabados. Tenemos derecho a ganarnos el pan, pero, en el campo de la evangelización, hemos de trabajar sabiendo que sólo el Señor recogerá el fruto de nuestra siembra. San Juan Bautista era consciente de esta realidad, y por eso sabía que el Bautismo de Jesús era superior al suyo.

   Orar es vivir nuestra profesión de fe activamente, tal como Jesús viajó desde Nazaret al Jordán, para ser bautizado por Juan. Los cristianos hemos sido llamados a ser buscadores de algo mejor que supere nuestros logros pasados y actuales.

   Orar es saber que hemos sido receptores del Espíritu Santo, para que podamos superar la sequedad espiritual, y cumplir la voluntad divina.

   Orar es oír la voz del Padre en nuestras oraciones, cuando tengamos que tomar decisiones importantes, y cuando sintamos que se nos debilita la fe.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy te pido que me ayudes a examinarme, con el fin de que pueda liberarme de los prejuicios contrarios a tu pretensión de crear un mundo de iguales, pues, aunque seamos diferentes, tenemos un Padre común, que desea que nos amemos.

   Soy diferente a muchos de quienes me rodean por causa de mi fe, pero no soy superior ni inferior a los tales, porque Dios quiere ser Padre de todos.

   Me has dado la vida para que te conozca y te acepte, y ello me servirá para cumplir tu voluntad. La oración fortalecerá mi fe diariamente para que no deje de ser un excelente seguidor de Jesús.

   Te pido que ninguna causa me impida caminar detrás de Jesús. Actualmente soy más pequeño que el Hijo de Dios y María, pero estoy destinado a ser su coheredero (ROM. 8, 17).

   Orar es tener presente la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, para sentirnos seguros a la hora de intentar superar las dificultades que nos caracterizan, en la medida que nos sea posible. Dios no nos da garantías de que vamos a triunfar en todo lo que intentemos, pero siempre estará con nosotros (MT. 28, 20), y sabemos que el fracaso no consiste en que nos equivoquemos, sino en paralizar nuestras vidas. Si nos equivocamos podremos intentar actuar de manera diferente, pero, si dejamos de creer en nosotros, en nuestros prójimos los hombres y en Dios, perderemos la esperanza de alcanzar la plenitud de la felicidad.

   Así como Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, busquemos a quienes necesitan instrucción religiosa, o cualquier otra ayuda que podamos prestarles. Dios jamás nos va a pedir que hagamos algo que esté más allá de nuestras posibilidades de cumplir su voluntad.

   2. Leemos atentamente MC. 1, 6B-11, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 1, 6B-11.

   3-1. La humildad que fue captada como provocación (MC. 1, 6).

   Los líderes religiosos de Israel debieron sentirse bastante incómodos con la presencia de Juan Bautista en el Jordán, porque, mientras ellos vestían suntuosamente, el citado Profeta tenía un aspecto humilde, que aprovechó para fortalecer la fe de sus oyentes, actuando como pobre entre los pobres. Ello me sugiere el pensamiento de que nuestras palabras y acciones han de estar en sintonía para que podamos ser cristianos sin trampa ni cartón, pues los ricos que alaban la pobreza de Job y la predican vistiendo suntuosamente, muestran una gran crueldad (MT. 23, 2-3).

   3-2. La grandeza de San Juan Bautista (MC. 1, 7).

   La grandeza de Juan radicó en que no se obsesionó intentando ser el protagonista principal de la Historia de la salvación, e hizo lo que Dios le pidió que hiciera. Juan sabía que era un hombre común y que Jesús es Dios, y se consideraba indigno de ser esclavo del Mesías. Recordemos que muchos judíos no permitían que sus esclavos israelitas les desataran las sandalias y les lavaran los pies, por considerar que ese trabajo suponía una gran humillación.

   ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?

   ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?

   3-3. El bautismo de Juan y el Bautismo de Jesús (MC. 1, 8).

   Dado que Juan Bautista fue muy famoso en Israel, sus seguidores no dejaron de creer su mensaje cuando Herodes ordenó que se le cortara la cabeza cuando lo tenía preso. Para los Evangelistas era importante distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús, ya que entre los primeros cristianos había quienes pensaban que Jesús no se hubiera dejado bautizar si hubiera sido superior a Juan, y que recibió el bautismo del citado Profeta porque era pecador. Al resolver estas dos cuestiones a favor de Jesús, muchos seguidores de Juan se hicieron seguidores del Nazareno, por creer que Jesús resucitó de entre los muertos.

   El bautismo en agua preparaba a los creyentes para recibir el Bautismo de Jesús. Los oyentes de Juan confesaban sus pecados y se hacían bautizar (MC. 1, 4-5), y quedaban esperando la llegada de Jesús, cuyo Bautismo los haría hijos de Dios. Los seguidores de Juan esperaban así ser moradas del Espíritu Santo, cuyo fuego exterminaría su condición pecadora.

   3-4. Jesús fue desde Nazaret al Jordán a buscar a Juan para que lo bautizara (MC. 1, 9).

   La hélite religiosa de Israel despreciaba a los nazarenos por su contacto con los paganos. Jesús jamás pecó, pero siempre vivió en contacto con los más despreciados de su país, por sus pecados, sus enfermedades y su estado de pobreza. Jesús fue glorificado alcanzando así como Hombre el estado al que esperamos llegar los cristianos, pero lo hizo partiendo de su relación con los más despreciados.

   3-5. Jesús fue bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo, y Nuestro Santo Padre manifestó su complacencia en Él (MC. 1, 10-11).

   El Espíritu Santo no ungió a Jesús hasta que el Señor salió del agua significativa de la muerte, porque el Mesías no quiso distinguirse de aquellos por quienes tres años después sacrificó su vida, para recuperarla posteriormente.

   El cielo se abrió, significando la reaparición del espíritu profético, pues hacía cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que denunciaran las injusticias.

   El Espíritu Santo descendió sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, y ungió al Señor como Profeta, Sacerdote y Rey, para que llevara a cabo la misión de redimir a la humanidad creyente.

   La voz del Padre se dejó oír, y Jesús fue reconocido como el Hijo en que Yahveh se complace.

   3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 6B-11 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué debieron sentirse incómodos los líderes religiosos de Israel al saber cómo vestía Juan Bautista para llevar a cabo su ministerio profético?
   2. ¿Qué logró Juan Bautista con su aspecto humilde?
   3. ¿Por qué no negoció Juan Bautista con los líderes religiosos de su tiempo para llevar a cabo la obra que Yahveh le encomendó sin poner su vida en peligro?
   4. ¿Por qué es necesario que nuestras palabras y acciones estén en sintonía?

   3-2.

   5. ¿En qué radicó la grandeza de Juan Bautista?
   6. ¿En qué radica nuestra grandeza?
   7. ¿Por qué reconoció Juan su inferioridad respecto de Jesús?
   8. ¿Por qué no permitían muchos judíos que los esclavos de su raza les desataran las sandalias y les lavaran los pies?
   9. ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
   10. ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?

   3-3.

   11. ¿Por qué era importante para los Evangelistas distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús?
   12. ¿Por qué dos razones llegaron a pensar muchos creyentes del siglo I que Jesús se dejó bautizar por Juan?
   13. ¿Por qué hubo  seguidores de Juan que se hicieron discípulos de Jesús?
   14. ¿En qué consistía el bautismo de Juan?
   15. ¿En qué consiste el Bautismo de Jesús?
   16. ¿Por qué era necesario que los seguidores de Juan recibieran el Bautismo de Jesús?
   17. ¿Qué itinerario recorrían los seguidores de Juan antes de hacerse discípulos de Jesús?

   3-4.

   18. ¿Por qué eran despreciados los nazarenos por la hélite religiosa de Israel?
   19. ¿Por qué vivió Jesús en contacto con los marginados de su país?
   20. ¿Por qué inició Jesús su labor estando en contacto con los despreciados de su pueblo?
   21. ¿Seremos cristianos auténticos si vivimos al margen de los necesitados de dádivas espirituales y materiales?

   3-5.

   22. ¿Por qué no ungió el Espíritu Santo a Jesús hasta que el Señor fue bautizado y salió del agua?
   23. ¿Qué significado tiene el agua bautismal?
   24. ¿Qué significa la apertura del cielo?
   25. ¿Para qué ungió el Espíritu Santo a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey?
   26. ¿Por qué habló Nuestro Santo Padre cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos HCH. 1, 1-11, para recordar la relación existente entre Pentecostés y el Bautismo de Jesús.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 6B-11.

   Comprometámonos a compartir nuestra alegría de ser discípulos de Jesús con alguno de nuestros hermanos en la fe.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre misericordioso:

   Háblame a través de quienes quieras que te sirva, para que mi crecimiento espiritual no sea obstaculizado por la apatía.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 16, agradeciéndole a Dios el bien que ha hecho en nuestro favor, y agradeciéndole las oportunidades que nos da de servirlo en nuestros prójimos los hombres.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com