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Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades.

   Meditación de 2 TES. 3, 7-12.

   Los tesalonicenses acogieron con alegría el mensaje que San Pablo les predicó, y fueron un gran ejemplo de fe, no sólo en su vida ordinaria, sino en medio de persecuciones. A pesar de ello, ora por la rápida marcha del Apóstol de Tesalónica, por causa de una emboscada que le tendieron los judíos enemigos del Cristianismo, ora por la creencia de éste referente a que el fin del mundo estaba a punto de acaecer de un momento a otro, y por causa de la primera Carta que San Pablo les escribió, haciendo referencia a su citada creencia, muchos creyentes se despreocuparon totalmente de sus actividades cotidianas, creyendo que el mundo estaba a punto de ver su fin, tal como hacen muchos sectarios actualmente.

   El texto de San Pablo que estamos meditando, no solamente nos enseña a no descuidar nuestras ocupaciones cotidianas, sino que también nos enseña a no convertirnos en parásitos ni en nuestros hogares, ni en el trabajo, ni en las comunidades cristianas físicas o virtuales de que formamos parte, esperando que otros hagan el trabajo que nos corresponde.

   Tengamos en cuenta que, la existencia de un sólo parásito en una comunidad, da lugar a muchos malentendidos, lo cual puede repercutir en contra de todos los creyentes de dicha comunidad. Yo mismo trabajé durante unos tres años en una pequeña iglesia abandonada como catequista, ayudante de catequistas, lector y animador de cantos. Nunca faltaron quienes intentaran desvalorar mi trabajo, sin tener en cuenta que les dedicaba a mis actividades parroquiales muchas horas a la semana. La situación de quienes querían impedir mi trabajo e incluso adaptar el mismo a sus gustos, dio lugar a que un sacerdote me dijera: "No te lo ordeno, sino que te sugiero que dejes de trabajar en esa Iglesia si quiera una buena temporada, para ver si, el no estar allí, tiene la consecuencia de que se te respete como mereces. Las personas tenemos el defecto de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos, así pues, valora mi consejo". El citado sacerdote vio mal que otros intentaran aprovecharse de mi trabajo y de mi deficiencia visual para quedar bien, como si los tales me hubieran enseñado a hacer mi trabajo bien hecho.

   ¿Trabajamos en nuestras comunidades físicas y/o virtuales, o somos meros espectadores/consumidores de los recursos y el trabajo del personal religioso y laico que trabaja en las mismas?

   En el caso de que trabajemos en nuestras comunidades, nos esforzamos para edificar las mismas, damos órdenes y no hacemos nada, o nos dedicamos a atentar contra la estima de quienes hacen todos los trabajos?

joseportilloperez@gmail.com

La fortaleza de la fe. (Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La fortaleza de la fe.

   Los pasados días uno y dos del presente mes celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Aún perdura en nosotros el recuerdo del mensaje que nuestra Santa Madre la Iglesia nos transmitió a través de la Liturgia de los citados días, es decir, que si queremos alcanzar la santidad, sólo debemos desear ser santos, y cumplir la voluntad de Dios, como si dependiera de ello el hecho de que alcancemos la citada meta que constituye el principal propósito de nuestra existencia, y, por otra parte, si consideramos las ventajas que tiene el hecho de vivir en la presencia de Dios frente al dolor característico de esta vida, el hecho de morir no resulta trágico, sino consolador, dado que la muerte significa que comprobaremos que se acabará el tiempo en que hemos de ser probados, para que así podamos vivir en el Reino de Nuestro Padre común.

   Si queremos alcanzar la santidad, es importante que nos esforcemos para tener fe en Dios, pues un Hagiógrafo les escribió a sus lectores hebreos: (HEB. 11, 1. 3. 6).

   Después de definir la fe utilizando el citado texto del autor de la Epístola a los Hebreos, vamos a basar la meditación de este Domingo en el siguiente texto evangélico, que contiene unas palabras de Jesús muy significativas: (MT. 6, 33).

   ¿Hasta qué punto hemos de posponer nuestras prioridades para ocuparnos de expandir el Reino de Dios? Cuando ayudaba a las catequistas de una pequeña Iglesia a preparar a un grupo de niños para que recibieran por primera vez a Jesús, le expliqué a una de aquellas mujeres el versículo bíblico cuya meditación nos ocupa en esta ocasión. Una señora que no negó en ningún momento que no tenía fe en Dios, me dijo: "Para mí lo más importante no son las cosas de Dios, sino las cosas de mi familia".

   Aunque las demás catequistas permanecían en silencio esperando mi respuesta, yo sabía que muy pocas de ellas estaban de mi parte, dado que no pretendían formar a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe, sino hacer una gran fiesta, pero, a pesar de ello, estuvieron conformes con lo que le dije a su compañera. "San Juan escribió en la Biblia: (1 JN. 4, 20)."

   Aunque los religiosos viven plenamente consagrados al cumplimiento de la voluntad de Dios, los laicos tenemos que conjugar el cumplimiento de nuestras obligaciones con la vivencia de nuestra fe. Cometen un error enorme quienes piensan que la vivencia de nuestra fe no es compativle con el cumplimiento de nuestras obligaciones, así pues, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 7, 32-34). El hecho de que los que estamos casados nos dediquemos al cumplimiento de nuestras obligaciones, no nos aparta en absoluto del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, sino que nos brinda la oportunidad de vivir ejemplarmente en un mundo que no aprecia algunos de nuestros valores, que, al no poseer los mismos, cada día es testigo de más injusticias.

   Independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos procurar que Dios sea el centro de nuestra vida, lo cuál no debe ser considerado como fanatismo, dado que os he demostrado que, el hecho de tener fe y de ejercitar la misma, no debe apartarnos de nuestras obligaciones, sino que, al contrario, nos insta a llevar a cabo las mismas con el mayor grado de perfección que nos sea posible.

   La mujer de Sarepta que aparece en la primera lectura de este Domingo, es un gran ejemplo de fe para nosotros. Elías le pidió agua, y ella no tuvo inconveniente en dársela, pero, antes de que le diera de beber, él le pidió pan, a lo cuál ella le dijo: (1 RE. 17, 12).

   ¡Que situación tan trágica vivía aquella mujer! Viviendo situaciones mucho menos difíciles que la que se nos describe en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, muchos pensaríamos que Dios nos ha abandonado. Elías le dijo a la pobre mujer que, antes incluso de alimentar a su hijo y de  comer ella, que le hiciera una torta de harina. Elías no le hizo esta petición porque se consideraba superior a aquella humilde familia, sino porque a todos nosotros, en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida, nos llega el tiempo de tomar la opción de dejarnos arrastrar por las dificultades que caracterizan nuestra existencia, o de vivir inspirados por nuestra fe cristiana, por más apariencia que tengan las circunstancias que vivimos de que Dios no quiere saber nada de nosotros.

   Otro ejemplo admirable de fe es la viuda que aparece en el Evangelio de hoy, la cuál, no teniendo nada en la vida excepto dos monedas de muy escaso valor, las depositó en el arca de las ofrendas del Templo de Jerusalén. Este hecho me hace pensar en las ocasiones que permanecemos pasivos pensando que lo que podemos aportar a alguna causa es un esfuerzo tan insignificante que no merece la pena realizar el mismo, y olvidamos que, millones y millones de esfuerzos anónimos que aparentan ser insignificantes, pueden hacerle un gran bien a la humanidad.

   Lo más difícil de tener fe, -a parte del empeño de creer en Dios sin ver a Nuestro Padre común-, es obedecer a Nuestro criador. Naamán, el leproso sirio, se enfadó mucho porque Eliseo no lo recibió como a un hombre de un alto status social y no lo curó llevando a cabo un largo y complicado ritual mágico, pues el citado profeta únicamente le mandó decir que se lavara siete veces en el Jordán, a fin de que su carne quedara limpia de dicha enfermedad.

   Nosotros imitamos a Naamán cuando, en vez de llevar a cabo pequeños gestos que nos harían felices a Dios, a nuestros prójimos y a nosotros, consideramos que nuestra fe católica no es más que un rosario de nonadas.

   ¿Cuánto tiempo hace que no abrazamos a los nuestros?

   ¿Cuánto tiempo hace que no ayudamos a algún necesitado, si no a salir de la pobreza porque no podemos permitirnos ese lujo, a cubrir alguna necesidad, aunque la misma no sea vital?

   ¿Nos negamos a creer en Dios porque pensamos que nuestra fe no tiene valor, y lo único que vamos a hacer es quedar en ridículo ante nuestros conocidos al vivir inspirados por la misma?

   Meditemos el siguiente pasaje bíblico: (2 RE. 5, 13).

   (HEB. 13, 14). Por la fe que profesamos sabemos que, aunque cada día que pasa se acerca el final de nuestra vida, la muerte no es el fin de nuestra existencia, pues, aunque nuestro cuerpo fallecerá, nuestra alma vivirá eternamente en la presencia de Nuestro Padre común. A pesar de ello, no debemos meditar únicamente en la dicha que esperamos olvidando nuestras obligaciones, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (2 TES. 3, 12).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.

   Meditación de HEB. 5, 1-6.

   Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.

   Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.

   Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.

   Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.

   Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.

   Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.

   Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Por qué seguimos los católicos a Jesús? (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Meditación.

   ¿Por qué seguimos los católicos a Jesús?

   La pregunta sobre la que vamos a meditar en esta ocasión se puede responder de distintas maneras, si tenemos en cuenta las diferentes razones que causan el hecho que nos motiva a seguir a Jesús de Nazaret. Dependiendo de la visión de las circunstancias que hemos vivido, la formación que hemos adquirido y la visión que tenemos de nuestro Padre y Dios, puede suceder que nos consideremos seguidores del Mesías con tal de evitar la condenación futura que obsesiona a muchos de nuestros hermanos en la fe, de la misma forma que también puede suceder que podemos ser fieles seguidores del Redentor de la Humanidad, sólo por la belleza de la realidad de poder amar y sentirnos amados al mismo tiempo. San Juan el Bautista es un gran ejemplo que podemos seguir a la hora de pensar cómo hemos de amar a Dios, pues, dicho Santo, dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en JN. 3, 27-30.

   La grandeza de San Juan el Bautista es realmente admirable. El sabía muy bien que todos debemos contentarnos con lo que Dios nos concede, pues, aunque nuestro punto de vista no vislumbra nuestra vida tal como la ve Dios, nuestro Padre celestial nos da gozos, y nos permite pasar por la tristeza, la riqueza y la pobreza, todo lo cual ha de ser utilizado por nosotros, para que podamos alcanzar la santificación de nuestra alma, para que así podamos vivir en la presencia de nuestro Santo Padre. San Juan el Bautista era consciente de que Dios le concedió seguidores que le creyeran y se dejaran bautizar por él, pero no olvidaba ni un sólo momento que él no era el Mesías, con tal de evitar el fatídico hecho de dejarse arrastrar por el orgullo humano que, si bien les es necesario a quienes tienen baja la autoestima para poder realizarse, priva de amor y compañía a quienes no lo emplean adecuadamente, porque son narcisistas.

   Dado que el citado Profeta sabía que la relación entre Dios y sus creyentes es comparada con la celebración de un banquete de bodas en las Sagradas Escrituras, el hijo de Elisabeth decía que la esposa le pertenece al Esposo, es decir, con tales palabras, el predicador del desierto, reconocía que, lo único que ambicionaba, era concluir su misión de Precursor mesiánico, dado que el Esposo de quien hablaba era Jesús, y, la esposa, era la comunidad de creyentes, que, lentamente, se reunían ante el Pastor de almas, que, pocos años después, dio su vida por ellos.

   Con tal de no dar la impresión de que le hacía la competencia al Bautista al iniciar su Ministerio público, Jesús tomó la decisión de comenzar su predicación lejos del Bautista, el cual, valorando el hecho de que por tener fieles le hacía sombra al Hijo de María involuntariamente, recordando que sólo era el Predecesor del Mesías, tomó la decisión de hacer que sus seguidores caminaran en pos de Jesús, diciéndoles a los tales que, para que Jesús fuera aclamado por sus hermanos de raza, él tenía que ser empequeñecido, pues, una vez hubo cumplido su misión, debía empezar a retirarse, para que Jesús fuera el principal centro de atención, de quienes deseaban conocer la Palabra de Dios.

   ¿De qué manera elogió Jesús a San Juan el Bautista por haberle posibilitado el inicio de su Ministerio público? (MT. 11, 11).

   Imaginemos que, independientemente de que seamos religiosos o laicos, le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero a la realización de la obra de la predicación del Evangelio. Supongamos que, el día del Juicio Universal, Jesús nos dice que, el más indigno de todos los hombres de la historia que ha sido digno de alcanzar la salvación, tiene una grandeza superior a la nuestra, en la presencia de nuestro Padre común. ¿Sentiríamos en ese preciso instante la sensación de haber trabajado inútilmente para Dios? ¿Sentiríamos la frustración de que nuestra labor no fuera suficientemente reconocida ateniéndonos a nuestro criterio meramente humano?

   Después de haber meditado MT. 11, 11, ¿tenemos la sensación de que San Juan el Bautista, no fue valorado justamente por Jesús? La suma magnificencia en el Reino de Dios la tienen tanto Dios como sus hijos. La dicha que nos caracterizará en la presencia de Dios, no dependerá del galardón que recibamos, sino de la apertura de nuestro corazón y mente al Dios Uno y Trino. Al hacer esta meditación, pienso que, en vez de dejarnos arrastrar por el delirio de grandeza que consume a mucha gente, deberíamos dejarnos seducir por la pequeñez de todo un Dios que se hizo Hombre, para enseñarnos que, de la misma forma que venció la muerte con su Resurrección, de nuestro trabajo sin cansancio, de nuestro esfuerzo sincero y leal, depende la salvación de muchos de nuestros hermanos.

   Hace pocos días empezamos a vivir un nuevo año, y, una vez más, hemos hecho propósitos, que no estamos cumpliendo. Raro es el día que no me encuentro con alguna persona que reniega de sus problemas. Todos queremos tener una vida tranquila y apacible, y, al mismo tiempo, queremos mejorar nuestra calidad de vida, olvidando que ambos deseos son incompatibles. ¿¿Queremos vivir sin problemas? Sometámonos al cumplimiento de la voluntad de las personas que nos rodean que tienen carácter fuerte. En tal caso, el problema que tendremos, será que nos quejaremos por falta de libertad y de la chispa de la originalidad que anhelamos. Si cumplimos este deseo nuestro, tendremos problemas, porque seguro que encontraremos a alguien a quien no le guste nuestro deseo de ser independientes.

  ¿Queremos vivir sin problemas? Renunciemos a la libertad que Dios nos ha otorgado.
   ¿Queremos ser nosotros mismos quienes dirijamos nuestra vida? En este caso, tendremos problemas, que nunca serán superiores al deseo que tenemos de superarnos.

   Si no queremos tener problemas, con obedecer a quienes quieran someternos al cumplimiento de sus deseos, habremos cumplido la misión que nos hemos atribuido en esta vida, si es que otros no han tomado esa decisión por nosotros.

   Si queremos ser independientes, sólo necesitamos caminar detrás de Jesús, porque el Señor es el Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Santo Padre, la Verdad que nos indica que todo lo que nos sucede, -aunque a veces nos duela-, tiene un sentido redentor, y la Vida eterna que añoramos, y cuya posesión nos mantiene sin perder la fe en este mundo, en que tantas dificultades tenemos que superar.

   ¿Podemos encontrar alguna luz en nuestro camino que nos conduzca entre las tinieblas de los problemas que podemos tener? La luz que nos alumbra es el "Hágase" de María, la aceptación de nuestra Santa Madre del cumplimiento de la voluntad de Dios, el sí quiero que se haga tu voluntad, -Santo Padre-, aunque no comprendo apenas tu designio o plan divino de salvarnos y conducirnos a tu presencia, purificados de toda mancha.

joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.

   ¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?

   He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).

   ¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?

   Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.

   ¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?

   Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.

   ¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?

   En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.

   ¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?

   San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).

   Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).

   ¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?

   Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.

   Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?

   Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.

   ¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?

   Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.

   Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes  decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.

   Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B).

   Ciclo B.

 Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo, para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel.

   Ejercicio de Lectio Divina de MC. 1, 6B-11.

   Lectura introductoria: MC. 9, 7.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Dado que Juan fue formado espiritualmente por los esenios, vivía apartado del mundo, para distinguirse de los pecadores. Esa fue la razón por la que sus oyentes lo buscaban para que les predicara el mensaje que hizo que muchos de sus hermanos de raza tuvieran una fe más fuerte y estable en el cumplimiento de las promesas divinas. El mensaje de Juan fue exitoso porque predicó el fin de las injusticias y por eso se ganó el respeto de muchos desheredados del país.

   Los cristianos no necesitamos apartarnos del mundo para conocer a Dios, cumplir su voluntad y aprender a orar, así pues, creemos que podemos ser seguidores de Jesús en cualquier ambiente en que no se nos debilite la fe. Aunque Juan Bautista puede ser considerado fanático religioso porque se aisló de la mayoría de sus hermanos de raza, muchos cristianos necesitamos la convicción con que defendió sus creencias, una convicción que terminó costándole primero la pérdida de la libertad, y posteriormente la vida.

   Aunque Juan se apartó del mundo para consagrarse a la oración, la meditación y la predicación, es necesario que los cristianos no nos sintamos superiores ni inferiores a quienes carecen de la fe que profesamos. Sólo la construcción de un mundo de iguales podrá ayudarnos a conseguir que la humanidad acepte a Dios, y crea que la Trinidad Beatísima habita en nosotros.

   Orar es tener creencias diferentes al pensamiento de quienes nos rodean circunstancialmente, y no sentirnos superiores ni inferiores a los mismos, ni marginados por los tales. Si seguimos afirmando que el mundo es uno de los enemigos que tenemos que vencer como se hacía cuando se nos decía que nuestros enemigos son el mundo, el Demonio y la carne, no podremos convencer a nadie de que Dios existe y es bondadoso con sus hijos.

   Orar es reconocernos más pequeños que Jesús como lo hizo Juan, lo cual no significa que carecemos de valor personal. Con demasiada frecuencia asociamos la pequeñez con la carencia de valor personal por considerarnos pecadores irremisibles.

   Orar es trabajar por la extensión del Reino de Dios, y no para ser alabados. Tenemos derecho a ganarnos el pan, pero, en el campo de la evangelización, hemos de trabajar sabiendo que sólo el Señor recogerá el fruto de nuestra siembra. San Juan Bautista era consciente de esta realidad, y por eso sabía que el Bautismo de Jesús era superior al suyo.

   Orar es vivir nuestra profesión de fe activamente, tal como Jesús viajó desde Nazaret al Jordán, para ser bautizado por Juan. Los cristianos hemos sido llamados a ser buscadores de algo mejor que supere nuestros logros pasados y actuales.

   Orar es saber que hemos sido receptores del Espíritu Santo, para que podamos superar la sequedad espiritual, y cumplir la voluntad divina.

   Orar es oír la voz del Padre en nuestras oraciones, cuando tengamos que tomar decisiones importantes, y cuando sintamos que se nos debilita la fe.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy te pido que me ayudes a examinarme, con el fin de que pueda liberarme de los prejuicios contrarios a tu pretensión de crear un mundo de iguales, pues, aunque seamos diferentes, tenemos un Padre común, que desea que nos amemos.

   Soy diferente a muchos de quienes me rodean por causa de mi fe, pero no soy superior ni inferior a los tales, porque Dios quiere ser Padre de todos.

   Me has dado la vida para que te conozca y te acepte, y ello me servirá para cumplir tu voluntad. La oración fortalecerá mi fe diariamente para que no deje de ser un excelente seguidor de Jesús.

   Te pido que ninguna causa me impida caminar detrás de Jesús. Actualmente soy más pequeño que el Hijo de Dios y María, pero estoy destinado a ser su coheredero (ROM. 8, 17).

   Orar es tener presente la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, para sentirnos seguros a la hora de intentar superar las dificultades que nos caracterizan, en la medida que nos sea posible. Dios no nos da garantías de que vamos a triunfar en todo lo que intentemos, pero siempre estará con nosotros (MT. 28, 20), y sabemos que el fracaso no consiste en que nos equivoquemos, sino en paralizar nuestras vidas. Si nos equivocamos podremos intentar actuar de manera diferente, pero, si dejamos de creer en nosotros, en nuestros prójimos los hombres y en Dios, perderemos la esperanza de alcanzar la plenitud de la felicidad.

   Así como Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, busquemos a quienes necesitan instrucción religiosa, o cualquier otra ayuda que podamos prestarles. Dios jamás nos va a pedir que hagamos algo que esté más allá de nuestras posibilidades de cumplir su voluntad.

   2. Leemos atentamente MC. 1, 6B-11, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 1, 6B-11.

   3-1. La humildad que fue captada como provocación (MC. 1, 6).

   Los líderes religiosos de Israel debieron sentirse bastante incómodos con la presencia de Juan Bautista en el Jordán, porque, mientras ellos vestían suntuosamente, el citado Profeta tenía un aspecto humilde, que aprovechó para fortalecer la fe de sus oyentes, actuando como pobre entre los pobres. Ello me sugiere el pensamiento de que nuestras palabras y acciones han de estar en sintonía para que podamos ser cristianos sin trampa ni cartón, pues los ricos que alaban la pobreza de Job y la predican vistiendo suntuosamente, muestran una gran crueldad (MT. 23, 2-3).

   3-2. La grandeza de San Juan Bautista (MC. 1, 7).

   La grandeza de Juan radicó en que no se obsesionó intentando ser el protagonista principal de la Historia de la salvación, e hizo lo que Dios le pidió que hiciera. Juan sabía que era un hombre común y que Jesús es Dios, y se consideraba indigno de ser esclavo del Mesías. Recordemos que muchos judíos no permitían que sus esclavos israelitas les desataran las sandalias y les lavaran los pies, por considerar que ese trabajo suponía una gran humillación.

   ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?

   ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?

   3-3. El bautismo de Juan y el Bautismo de Jesús (MC. 1, 8).

   Dado que Juan Bautista fue muy famoso en Israel, sus seguidores no dejaron de creer su mensaje cuando Herodes ordenó que se le cortara la cabeza cuando lo tenía preso. Para los Evangelistas era importante distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús, ya que entre los primeros cristianos había quienes pensaban que Jesús no se hubiera dejado bautizar si hubiera sido superior a Juan, y que recibió el bautismo del citado Profeta porque era pecador. Al resolver estas dos cuestiones a favor de Jesús, muchos seguidores de Juan se hicieron seguidores del Nazareno, por creer que Jesús resucitó de entre los muertos.

   El bautismo en agua preparaba a los creyentes para recibir el Bautismo de Jesús. Los oyentes de Juan confesaban sus pecados y se hacían bautizar (MC. 1, 4-5), y quedaban esperando la llegada de Jesús, cuyo Bautismo los haría hijos de Dios. Los seguidores de Juan esperaban así ser moradas del Espíritu Santo, cuyo fuego exterminaría su condición pecadora.

   3-4. Jesús fue desde Nazaret al Jordán a buscar a Juan para que lo bautizara (MC. 1, 9).

   La hélite religiosa de Israel despreciaba a los nazarenos por su contacto con los paganos. Jesús jamás pecó, pero siempre vivió en contacto con los más despreciados de su país, por sus pecados, sus enfermedades y su estado de pobreza. Jesús fue glorificado alcanzando así como Hombre el estado al que esperamos llegar los cristianos, pero lo hizo partiendo de su relación con los más despreciados.

   3-5. Jesús fue bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo, y Nuestro Santo Padre manifestó su complacencia en Él (MC. 1, 10-11).

   El Espíritu Santo no ungió a Jesús hasta que el Señor salió del agua significativa de la muerte, porque el Mesías no quiso distinguirse de aquellos por quienes tres años después sacrificó su vida, para recuperarla posteriormente.

   El cielo se abrió, significando la reaparición del espíritu profético, pues hacía cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que denunciaran las injusticias.

   El Espíritu Santo descendió sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, y ungió al Señor como Profeta, Sacerdote y Rey, para que llevara a cabo la misión de redimir a la humanidad creyente.

   La voz del Padre se dejó oír, y Jesús fue reconocido como el Hijo en que Yahveh se complace.

   3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 6B-11 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué debieron sentirse incómodos los líderes religiosos de Israel al saber cómo vestía Juan Bautista para llevar a cabo su ministerio profético?
   2. ¿Qué logró Juan Bautista con su aspecto humilde?
   3. ¿Por qué no negoció Juan Bautista con los líderes religiosos de su tiempo para llevar a cabo la obra que Yahveh le encomendó sin poner su vida en peligro?
   4. ¿Por qué es necesario que nuestras palabras y acciones estén en sintonía?

   3-2.

   5. ¿En qué radicó la grandeza de Juan Bautista?
   6. ¿En qué radica nuestra grandeza?
   7. ¿Por qué reconoció Juan su inferioridad respecto de Jesús?
   8. ¿Por qué no permitían muchos judíos que los esclavos de su raza les desataran las sandalias y les lavaran los pies?
   9. ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
   10. ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?

   3-3.

   11. ¿Por qué era importante para los Evangelistas distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús?
   12. ¿Por qué dos razones llegaron a pensar muchos creyentes del siglo I que Jesús se dejó bautizar por Juan?
   13. ¿Por qué hubo  seguidores de Juan que se hicieron discípulos de Jesús?
   14. ¿En qué consistía el bautismo de Juan?
   15. ¿En qué consiste el Bautismo de Jesús?
   16. ¿Por qué era necesario que los seguidores de Juan recibieran el Bautismo de Jesús?
   17. ¿Qué itinerario recorrían los seguidores de Juan antes de hacerse discípulos de Jesús?

   3-4.

   18. ¿Por qué eran despreciados los nazarenos por la hélite religiosa de Israel?
   19. ¿Por qué vivió Jesús en contacto con los marginados de su país?
   20. ¿Por qué inició Jesús su labor estando en contacto con los despreciados de su pueblo?
   21. ¿Seremos cristianos auténticos si vivimos al margen de los necesitados de dádivas espirituales y materiales?

   3-5.

   22. ¿Por qué no ungió el Espíritu Santo a Jesús hasta que el Señor fue bautizado y salió del agua?
   23. ¿Qué significado tiene el agua bautismal?
   24. ¿Qué significa la apertura del cielo?
   25. ¿Para qué ungió el Espíritu Santo a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey?
   26. ¿Por qué habló Nuestro Santo Padre cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos HCH. 1, 1-11, para recordar la relación existente entre Pentecostés y el Bautismo de Jesús.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 6B-11.

   Comprometámonos a compartir nuestra alegría de ser discípulos de Jesús con alguno de nuestros hermanos en la fe.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre misericordioso:

   Háblame a través de quienes quieras que te sirva, para que mi crecimiento espiritual no sea obstaculizado por la apatía.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 16, agradeciéndole a Dios el bien que ha hecho en nuestro favor, y agradeciéndole las oportunidades que nos da de servirlo en nuestros prójimos los hombres.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com