Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B).
Ciclo B.
Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo, para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel.
Ejercicio de Lectio Divina de MC. 1, 6B-11.
Lectura introductoria: MC. 9, 7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Dado que Juan fue formado espiritualmente por los esenios, vivía apartado del mundo, para distinguirse de los pecadores. Esa fue la razón por la que sus oyentes lo buscaban para que les predicara el mensaje que hizo que muchos de sus hermanos de raza tuvieran una fe más fuerte y estable en el cumplimiento de las promesas divinas. El mensaje de Juan fue exitoso porque predicó el fin de las injusticias y por eso se ganó el respeto de muchos desheredados del país.
Los cristianos no necesitamos apartarnos del mundo para conocer a Dios, cumplir su voluntad y aprender a orar, así pues, creemos que podemos ser seguidores de Jesús en cualquier ambiente en que no se nos debilite la fe. Aunque Juan Bautista puede ser considerado fanático religioso porque se aisló de la mayoría de sus hermanos de raza, muchos cristianos necesitamos la convicción con que defendió sus creencias, una convicción que terminó costándole primero la pérdida de la libertad, y posteriormente la vida.
Aunque Juan se apartó del mundo para consagrarse a la oración, la meditación y la predicación, es necesario que los cristianos no nos sintamos superiores ni inferiores a quienes carecen de la fe que profesamos. Sólo la construcción de un mundo de iguales podrá ayudarnos a conseguir que la humanidad acepte a Dios, y crea que la Trinidad Beatísima habita en nosotros.
Orar es tener creencias diferentes al pensamiento de quienes nos rodean circunstancialmente, y no sentirnos superiores ni inferiores a los mismos, ni marginados por los tales. Si seguimos afirmando que el mundo es uno de los enemigos que tenemos que vencer como se hacía cuando se nos decía que nuestros enemigos son el mundo, el Demonio y la carne, no podremos convencer a nadie de que Dios existe y es bondadoso con sus hijos.
Orar es reconocernos más pequeños que Jesús como lo hizo Juan, lo cual no significa que carecemos de valor personal. Con demasiada frecuencia asociamos la pequeñez con la carencia de valor personal por considerarnos pecadores irremisibles.
Orar es trabajar por la extensión del Reino de Dios, y no para ser alabados. Tenemos derecho a ganarnos el pan, pero, en el campo de la evangelización, hemos de trabajar sabiendo que sólo el Señor recogerá el fruto de nuestra siembra. San Juan Bautista era consciente de esta realidad, y por eso sabía que el Bautismo de Jesús era superior al suyo.
Orar es vivir nuestra profesión de fe activamente, tal como Jesús viajó desde Nazaret al Jordán, para ser bautizado por Juan. Los cristianos hemos sido llamados a ser buscadores de algo mejor que supere nuestros logros pasados y actuales.
Orar es saber que hemos sido receptores del Espíritu Santo, para que podamos superar la sequedad espiritual, y cumplir la voluntad divina.
Orar es oír la voz del Padre en nuestras oraciones, cuando tengamos que tomar decisiones importantes, y cuando sintamos que se nos debilita la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy te pido que me ayudes a examinarme, con el fin de que pueda liberarme de los prejuicios contrarios a tu pretensión de crear un mundo de iguales, pues, aunque seamos diferentes, tenemos un Padre común, que desea que nos amemos.
Soy diferente a muchos de quienes me rodean por causa de mi fe, pero no soy superior ni inferior a los tales, porque Dios quiere ser Padre de todos.
Me has dado la vida para que te conozca y te acepte, y ello me servirá para cumplir tu voluntad. La oración fortalecerá mi fe diariamente para que no deje de ser un excelente seguidor de Jesús.
Te pido que ninguna causa me impida caminar detrás de Jesús. Actualmente soy más pequeño que el Hijo de Dios y María, pero estoy destinado a ser su coheredero (ROM. 8, 17).
Orar es tener presente la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, para sentirnos seguros a la hora de intentar superar las dificultades que nos caracterizan, en la medida que nos sea posible. Dios no nos da garantías de que vamos a triunfar en todo lo que intentemos, pero siempre estará con nosotros (MT. 28, 20), y sabemos que el fracaso no consiste en que nos equivoquemos, sino en paralizar nuestras vidas. Si nos equivocamos podremos intentar actuar de manera diferente, pero, si dejamos de creer en nosotros, en nuestros prójimos los hombres y en Dios, perderemos la esperanza de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Así como Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, busquemos a quienes necesitan instrucción religiosa, o cualquier otra ayuda que podamos prestarles. Dios jamás nos va a pedir que hagamos algo que esté más allá de nuestras posibilidades de cumplir su voluntad.
2. Leemos atentamente MC. 1, 6B-11, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 6B-11.
3-1. La humildad que fue captada como provocación (MC. 1, 6).
Los líderes religiosos de Israel debieron sentirse bastante incómodos con la presencia de Juan Bautista en el Jordán, porque, mientras ellos vestían suntuosamente, el citado Profeta tenía un aspecto humilde, que aprovechó para fortalecer la fe de sus oyentes, actuando como pobre entre los pobres. Ello me sugiere el pensamiento de que nuestras palabras y acciones han de estar en sintonía para que podamos ser cristianos sin trampa ni cartón, pues los ricos que alaban la pobreza de Job y la predican vistiendo suntuosamente, muestran una gran crueldad (MT. 23, 2-3).
3-2. La grandeza de San Juan Bautista (MC. 1, 7).
La grandeza de Juan radicó en que no se obsesionó intentando ser el protagonista principal de la Historia de la salvación, e hizo lo que Dios le pidió que hiciera. Juan sabía que era un hombre común y que Jesús es Dios, y se consideraba indigno de ser esclavo del Mesías. Recordemos que muchos judíos no permitían que sus esclavos israelitas les desataran las sandalias y les lavaran los pies, por considerar que ese trabajo suponía una gran humillación.
¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3. El bautismo de Juan y el Bautismo de Jesús (MC. 1, 8).
Dado que Juan Bautista fue muy famoso en Israel, sus seguidores no dejaron de creer su mensaje cuando Herodes ordenó que se le cortara la cabeza cuando lo tenía preso. Para los Evangelistas era importante distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús, ya que entre los primeros cristianos había quienes pensaban que Jesús no se hubiera dejado bautizar si hubiera sido superior a Juan, y que recibió el bautismo del citado Profeta porque era pecador. Al resolver estas dos cuestiones a favor de Jesús, muchos seguidores de Juan se hicieron seguidores del Nazareno, por creer que Jesús resucitó de entre los muertos.
El bautismo en agua preparaba a los creyentes para recibir el Bautismo de Jesús. Los oyentes de Juan confesaban sus pecados y se hacían bautizar (MC. 1, 4-5), y quedaban esperando la llegada de Jesús, cuyo Bautismo los haría hijos de Dios. Los seguidores de Juan esperaban así ser moradas del Espíritu Santo, cuyo fuego exterminaría su condición pecadora.
3-4. Jesús fue desde Nazaret al Jordán a buscar a Juan para que lo bautizara (MC. 1, 9).
La hélite religiosa de Israel despreciaba a los nazarenos por su contacto con los paganos. Jesús jamás pecó, pero siempre vivió en contacto con los más despreciados de su país, por sus pecados, sus enfermedades y su estado de pobreza. Jesús fue glorificado alcanzando así como Hombre el estado al que esperamos llegar los cristianos, pero lo hizo partiendo de su relación con los más despreciados.
3-5. Jesús fue bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo, y Nuestro Santo Padre manifestó su complacencia en Él (MC. 1, 10-11).
El Espíritu Santo no ungió a Jesús hasta que el Señor salió del agua significativa de la muerte, porque el Mesías no quiso distinguirse de aquellos por quienes tres años después sacrificó su vida, para recuperarla posteriormente.
El cielo se abrió, significando la reaparición del espíritu profético, pues hacía cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que denunciaran las injusticias.
El Espíritu Santo descendió sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, y ungió al Señor como Profeta, Sacerdote y Rey, para que llevara a cabo la misión de redimir a la humanidad creyente.
La voz del Padre se dejó oír, y Jesús fue reconocido como el Hijo en que Yahveh se complace.
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 6B-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué debieron sentirse incómodos los líderes religiosos de Israel al saber cómo vestía Juan Bautista para llevar a cabo su ministerio profético?
2. ¿Qué logró Juan Bautista con su aspecto humilde?
3. ¿Por qué no negoció Juan Bautista con los líderes religiosos de su tiempo para llevar a cabo la obra que Yahveh le encomendó sin poner su vida en peligro?
4. ¿Por qué es necesario que nuestras palabras y acciones estén en sintonía?
3-2.
5. ¿En qué radicó la grandeza de Juan Bautista?
6. ¿En qué radica nuestra grandeza?
7. ¿Por qué reconoció Juan su inferioridad respecto de Jesús?
8. ¿Por qué no permitían muchos judíos que los esclavos de su raza les desataran las sandalias y les lavaran los pies?
9. ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
10. ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3.
11. ¿Por qué era importante para los Evangelistas distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús?
12. ¿Por qué dos razones llegaron a pensar muchos creyentes del siglo I que Jesús se dejó bautizar por Juan?
13. ¿Por qué hubo seguidores de Juan que se hicieron discípulos de Jesús?
14. ¿En qué consistía el bautismo de Juan?
15. ¿En qué consiste el Bautismo de Jesús?
16. ¿Por qué era necesario que los seguidores de Juan recibieran el Bautismo de Jesús?
17. ¿Qué itinerario recorrían los seguidores de Juan antes de hacerse discípulos de Jesús?
3-4.
18. ¿Por qué eran despreciados los nazarenos por la hélite religiosa de Israel?
19. ¿Por qué vivió Jesús en contacto con los marginados de su país?
20. ¿Por qué inició Jesús su labor estando en contacto con los despreciados de su pueblo?
21. ¿Seremos cristianos auténticos si vivimos al margen de los necesitados de dádivas espirituales y materiales?
3-5.
22. ¿Por qué no ungió el Espíritu Santo a Jesús hasta que el Señor fue bautizado y salió del agua?
23. ¿Qué significado tiene el agua bautismal?
24. ¿Qué significa la apertura del cielo?
25. ¿Para qué ungió el Espíritu Santo a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey?
26. ¿Por qué habló Nuestro Santo Padre cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos HCH. 1, 1-11, para recordar la relación existente entre Pentecostés y el Bautismo de Jesús.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 6B-11.
Comprometámonos a compartir nuestra alegría de ser discípulos de Jesús con alguno de nuestros hermanos en la fe.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Padre misericordioso:
Háblame a través de quienes quieras que te sirva, para que mi crecimiento espiritual no sea obstaculizado por la apatía.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 16, agradeciéndole a Dios el bien que ha hecho en nuestro favor, y agradeciéndole las oportunidades que nos da de servirlo en nuestros prójimos los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo, para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel.
Ejercicio de Lectio Divina de MC. 1, 6B-11.
Lectura introductoria: MC. 9, 7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Dado que Juan fue formado espiritualmente por los esenios, vivía apartado del mundo, para distinguirse de los pecadores. Esa fue la razón por la que sus oyentes lo buscaban para que les predicara el mensaje que hizo que muchos de sus hermanos de raza tuvieran una fe más fuerte y estable en el cumplimiento de las promesas divinas. El mensaje de Juan fue exitoso porque predicó el fin de las injusticias y por eso se ganó el respeto de muchos desheredados del país.
Los cristianos no necesitamos apartarnos del mundo para conocer a Dios, cumplir su voluntad y aprender a orar, así pues, creemos que podemos ser seguidores de Jesús en cualquier ambiente en que no se nos debilite la fe. Aunque Juan Bautista puede ser considerado fanático religioso porque se aisló de la mayoría de sus hermanos de raza, muchos cristianos necesitamos la convicción con que defendió sus creencias, una convicción que terminó costándole primero la pérdida de la libertad, y posteriormente la vida.
Aunque Juan se apartó del mundo para consagrarse a la oración, la meditación y la predicación, es necesario que los cristianos no nos sintamos superiores ni inferiores a quienes carecen de la fe que profesamos. Sólo la construcción de un mundo de iguales podrá ayudarnos a conseguir que la humanidad acepte a Dios, y crea que la Trinidad Beatísima habita en nosotros.
Orar es tener creencias diferentes al pensamiento de quienes nos rodean circunstancialmente, y no sentirnos superiores ni inferiores a los mismos, ni marginados por los tales. Si seguimos afirmando que el mundo es uno de los enemigos que tenemos que vencer como se hacía cuando se nos decía que nuestros enemigos son el mundo, el Demonio y la carne, no podremos convencer a nadie de que Dios existe y es bondadoso con sus hijos.
Orar es reconocernos más pequeños que Jesús como lo hizo Juan, lo cual no significa que carecemos de valor personal. Con demasiada frecuencia asociamos la pequeñez con la carencia de valor personal por considerarnos pecadores irremisibles.
Orar es trabajar por la extensión del Reino de Dios, y no para ser alabados. Tenemos derecho a ganarnos el pan, pero, en el campo de la evangelización, hemos de trabajar sabiendo que sólo el Señor recogerá el fruto de nuestra siembra. San Juan Bautista era consciente de esta realidad, y por eso sabía que el Bautismo de Jesús era superior al suyo.
Orar es vivir nuestra profesión de fe activamente, tal como Jesús viajó desde Nazaret al Jordán, para ser bautizado por Juan. Los cristianos hemos sido llamados a ser buscadores de algo mejor que supere nuestros logros pasados y actuales.
Orar es saber que hemos sido receptores del Espíritu Santo, para que podamos superar la sequedad espiritual, y cumplir la voluntad divina.
Orar es oír la voz del Padre en nuestras oraciones, cuando tengamos que tomar decisiones importantes, y cuando sintamos que se nos debilita la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy te pido que me ayudes a examinarme, con el fin de que pueda liberarme de los prejuicios contrarios a tu pretensión de crear un mundo de iguales, pues, aunque seamos diferentes, tenemos un Padre común, que desea que nos amemos.
Soy diferente a muchos de quienes me rodean por causa de mi fe, pero no soy superior ni inferior a los tales, porque Dios quiere ser Padre de todos.
Me has dado la vida para que te conozca y te acepte, y ello me servirá para cumplir tu voluntad. La oración fortalecerá mi fe diariamente para que no deje de ser un excelente seguidor de Jesús.
Te pido que ninguna causa me impida caminar detrás de Jesús. Actualmente soy más pequeño que el Hijo de Dios y María, pero estoy destinado a ser su coheredero (ROM. 8, 17).
Orar es tener presente la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, para sentirnos seguros a la hora de intentar superar las dificultades que nos caracterizan, en la medida que nos sea posible. Dios no nos da garantías de que vamos a triunfar en todo lo que intentemos, pero siempre estará con nosotros (MT. 28, 20), y sabemos que el fracaso no consiste en que nos equivoquemos, sino en paralizar nuestras vidas. Si nos equivocamos podremos intentar actuar de manera diferente, pero, si dejamos de creer en nosotros, en nuestros prójimos los hombres y en Dios, perderemos la esperanza de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Así como Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, busquemos a quienes necesitan instrucción religiosa, o cualquier otra ayuda que podamos prestarles. Dios jamás nos va a pedir que hagamos algo que esté más allá de nuestras posibilidades de cumplir su voluntad.
2. Leemos atentamente MC. 1, 6B-11, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 6B-11.
3-1. La humildad que fue captada como provocación (MC. 1, 6).
Los líderes religiosos de Israel debieron sentirse bastante incómodos con la presencia de Juan Bautista en el Jordán, porque, mientras ellos vestían suntuosamente, el citado Profeta tenía un aspecto humilde, que aprovechó para fortalecer la fe de sus oyentes, actuando como pobre entre los pobres. Ello me sugiere el pensamiento de que nuestras palabras y acciones han de estar en sintonía para que podamos ser cristianos sin trampa ni cartón, pues los ricos que alaban la pobreza de Job y la predican vistiendo suntuosamente, muestran una gran crueldad (MT. 23, 2-3).
3-2. La grandeza de San Juan Bautista (MC. 1, 7).
La grandeza de Juan radicó en que no se obsesionó intentando ser el protagonista principal de la Historia de la salvación, e hizo lo que Dios le pidió que hiciera. Juan sabía que era un hombre común y que Jesús es Dios, y se consideraba indigno de ser esclavo del Mesías. Recordemos que muchos judíos no permitían que sus esclavos israelitas les desataran las sandalias y les lavaran los pies, por considerar que ese trabajo suponía una gran humillación.
¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3. El bautismo de Juan y el Bautismo de Jesús (MC. 1, 8).
Dado que Juan Bautista fue muy famoso en Israel, sus seguidores no dejaron de creer su mensaje cuando Herodes ordenó que se le cortara la cabeza cuando lo tenía preso. Para los Evangelistas era importante distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús, ya que entre los primeros cristianos había quienes pensaban que Jesús no se hubiera dejado bautizar si hubiera sido superior a Juan, y que recibió el bautismo del citado Profeta porque era pecador. Al resolver estas dos cuestiones a favor de Jesús, muchos seguidores de Juan se hicieron seguidores del Nazareno, por creer que Jesús resucitó de entre los muertos.
El bautismo en agua preparaba a los creyentes para recibir el Bautismo de Jesús. Los oyentes de Juan confesaban sus pecados y se hacían bautizar (MC. 1, 4-5), y quedaban esperando la llegada de Jesús, cuyo Bautismo los haría hijos de Dios. Los seguidores de Juan esperaban así ser moradas del Espíritu Santo, cuyo fuego exterminaría su condición pecadora.
3-4. Jesús fue desde Nazaret al Jordán a buscar a Juan para que lo bautizara (MC. 1, 9).
La hélite religiosa de Israel despreciaba a los nazarenos por su contacto con los paganos. Jesús jamás pecó, pero siempre vivió en contacto con los más despreciados de su país, por sus pecados, sus enfermedades y su estado de pobreza. Jesús fue glorificado alcanzando así como Hombre el estado al que esperamos llegar los cristianos, pero lo hizo partiendo de su relación con los más despreciados.
3-5. Jesús fue bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo, y Nuestro Santo Padre manifestó su complacencia en Él (MC. 1, 10-11).
El Espíritu Santo no ungió a Jesús hasta que el Señor salió del agua significativa de la muerte, porque el Mesías no quiso distinguirse de aquellos por quienes tres años después sacrificó su vida, para recuperarla posteriormente.
El cielo se abrió, significando la reaparición del espíritu profético, pues hacía cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que denunciaran las injusticias.
El Espíritu Santo descendió sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, y ungió al Señor como Profeta, Sacerdote y Rey, para que llevara a cabo la misión de redimir a la humanidad creyente.
La voz del Padre se dejó oír, y Jesús fue reconocido como el Hijo en que Yahveh se complace.
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 6B-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué debieron sentirse incómodos los líderes religiosos de Israel al saber cómo vestía Juan Bautista para llevar a cabo su ministerio profético?
2. ¿Qué logró Juan Bautista con su aspecto humilde?
3. ¿Por qué no negoció Juan Bautista con los líderes religiosos de su tiempo para llevar a cabo la obra que Yahveh le encomendó sin poner su vida en peligro?
4. ¿Por qué es necesario que nuestras palabras y acciones estén en sintonía?
3-2.
5. ¿En qué radicó la grandeza de Juan Bautista?
6. ¿En qué radica nuestra grandeza?
7. ¿Por qué reconoció Juan su inferioridad respecto de Jesús?
8. ¿Por qué no permitían muchos judíos que los esclavos de su raza les desataran las sandalias y les lavaran los pies?
9. ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
10. ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3.
11. ¿Por qué era importante para los Evangelistas distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús?
12. ¿Por qué dos razones llegaron a pensar muchos creyentes del siglo I que Jesús se dejó bautizar por Juan?
13. ¿Por qué hubo seguidores de Juan que se hicieron discípulos de Jesús?
14. ¿En qué consistía el bautismo de Juan?
15. ¿En qué consiste el Bautismo de Jesús?
16. ¿Por qué era necesario que los seguidores de Juan recibieran el Bautismo de Jesús?
17. ¿Qué itinerario recorrían los seguidores de Juan antes de hacerse discípulos de Jesús?
3-4.
18. ¿Por qué eran despreciados los nazarenos por la hélite religiosa de Israel?
19. ¿Por qué vivió Jesús en contacto con los marginados de su país?
20. ¿Por qué inició Jesús su labor estando en contacto con los despreciados de su pueblo?
21. ¿Seremos cristianos auténticos si vivimos al margen de los necesitados de dádivas espirituales y materiales?
3-5.
22. ¿Por qué no ungió el Espíritu Santo a Jesús hasta que el Señor fue bautizado y salió del agua?
23. ¿Qué significado tiene el agua bautismal?
24. ¿Qué significa la apertura del cielo?
25. ¿Para qué ungió el Espíritu Santo a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey?
26. ¿Por qué habló Nuestro Santo Padre cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos HCH. 1, 1-11, para recordar la relación existente entre Pentecostés y el Bautismo de Jesús.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 6B-11.
Comprometámonos a compartir nuestra alegría de ser discípulos de Jesús con alguno de nuestros hermanos en la fe.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Padre misericordioso:
Háblame a través de quienes quieras que te sirva, para que mi crecimiento espiritual no sea obstaculizado por la apatía.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 16, agradeciéndole a Dios el bien que ha hecho en nuestro favor, y agradeciéndole las oportunidades que nos da de servirlo en nuestros prójimos los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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