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Los dolores y gozos de San José. Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. (19 de marzo).

   Meditación.

   Los Dolores y Gozos de San José.

   1. Hagamos una parada en nuestro camino de Cuaresma para celebrar la vida y obra de San José de Nazaret, el guardián de Jesús y María, los mayores tesoros del Reino de Dios. Por la diligencia con que nuestro Santo Patrón cumplió el deber que le fue encomendado por nuestro Santo Padre, José merece ser reconocido por nosotros como Padre de la Iglesia Universal, refugio seguro de quienes no pueden confiar en sí mismos circunstancialmente, Padre de quienes mueren con la satisfacción de haberse esforzado plenamente en cumplir la voluntad de Dios, y Patrón de los cristianos que se preparan para recibir el Sacramento del Orden sacerdotal.

   Recordemos los siete dolores y gozos de nuestro Santo Patrón.

   2. Son muy pocos los datos que los autores de la Biblia nos ofrecen en sus respectivas obras sobre el Santo que estamos celebrando. San Lucas nos dice que María le fue prometida a José en matrimonio antes de quedarse embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo (LC. 1, 27). El compañero de peregrinación del Apóstol Pablo también nos cuenta que María vivió los 3 primeros meses de la concepción de Jesús en casa de su prima Isabel (LC. 1, 56) quizás por causa de José, el hombre de quien San Mateo nos dice que decidió repudiar a María secretamente para evitar rumores molestos (MT. 1, 19). Según una antigua tradición, en aquel tiempo, muchas mujeres de Palestina hacían voto de virginidad para apresurar la venida del Mesías. Esa tradición nos hace suponer que María también hizo ese voto de virginidad perpetua, y que José, cuando recibió el anuncio de la Encarnación del Verbo divino de parte del ángel de su sueño, no quiso perturbar el voto de su joven esposa. Son muchos los escritores y pintores que han pugnado a lo largo de la Historia argumentando la posible vejez de José para que nos sea fácil creer que nuestro Santo no quiso imponerse ante su mujer para romper la supuesta promesa que le hizo a Dios para acelerar el Nacimiento de Jesús. José soñó que un ángel le decía que María no le había sido infiel y, aunque los sueños en ciertas ocasiones encierran en sí mismos una verdad, un miedo o rechazo inocuos o la expresión de un deseo muy anhelado, José tomó la decisión de no alterar su propósito de ser feliz junto a María, a pesar de que no podía olvidar que él no era el padre del Hijo de su prometida. El anuncio de la Encarnación de Jesús le produjo a José un gozo cierto por cuanto María le fue fiel, pero ese gozo tenía que ser aumentado por una fe a toda prueba para que nuestro Santo no decidiera hacerse atrás y renunciar a María y a Jesús.

   3. San Lucas nos cuenta detalladamente el Nacimiento de Jesús en el capítulo 2 de su Evangelio (LC. 2, 1-7). Cuando el Niño de Belén estaba por nacer, José tuvo que emprender un largo viaje desde Nazaret hasta Belén junto a su mujer para empadronarse. Los judíos tenían la costumbre de celebrar la natividad de sus hijos, pero José sufrió pacientemente la humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus rebaños en las noches de invierno. Las diversas pruebas que José vivió a lo largo de su vida debieron servirle a nuestro Santo para esperar la instauración del Reino de Dios, así pues, en esta vida no podemos ser plenamente felices y, la felicidad que tenemos, es la consecuencia de aprender a sobrevivir al dolor sin perder la esperanza con respecto a la Parusía de Jesús que acontecerá cuando Dios lo crea oportuno. José fue inmensamente feliz cuando en su pobreza fue visitado por pastores que, aunque no tenían buena prensa entre sus hermanos de raza, festejaron junto a él y a María la Natividad del enviado de Dios. Dios se hizo pobre una noche primaveral y enriqueció espiritualmente a la Sagrada Familia y a los pastores de Galilea mientras los coros angélicos entonaban el Gloria.

   4. José sufrió intensamente la circuncisión de Jesús (LC. 2, 21), pero se alegró inmensamente al imponerle el nombre que se traduce a nuestro idioma como "Dios salva".

   ¿Cómo puede salvarnos Dios encarnándose en la miseria humana? Nuestro Santo Padre se ha empeñado en redimirnos de la ceguera del rechazo del dolor y la impotencia que absorbe nuestra capacidad de reaccionar ante nuestro sufrimiento para que podamos creer que somos "coherederos de Cristo, por cuanto, si ahora participamos en sus sufrimientos, también compartiremos la gloria con él" (ROM. 8, 17).

   5. José sufrió un dolor muy agudo al escuchar la terrible predicción de Simeón respecto del sufrimiento que habían de soportar Jesús y María (LC. 2, 29-35), pero se gozó al saber que Jesús es para nosotros la salvación y la resurrección de nuestros cuerpos y almas (JN. 11, 25).

   6. José sufrió mucho cuando recibió el aviso del ángel de su sueño de que debía huir a Egipto para salvar la vida de Jesús (MT. 2, 13). El recuerdo de este relato de San Mateo puede hacernos pensar que Dios no podía -o no quería- hacer nada para salvar a su Hijo, pero si Dios quiso hacerse tan débil como nosotros, nuestro Señor tenía que ser uno más de entre todos los niños que a lo largo de la Historia han sido violentados de muchas formas. José pudo soportar este dolor tan amargo porque sabía que Dios y su Hijo estaban con él y la bienaventurada María.

   7. Quizás José se sintió confuso al tener sometido al Hijo de Dios. Cuando la Sagrada Familia volvió de Egipto a Palestina y se estableció en Nazaret (MT. 2, 23), José sufrió mucho al verse obligado a instar a su Familia a que hiciera un viaje rápido, largo y peligroso, pero todo aquel dolor se convirtió en alegría y optimismo cuando la Sagrada Familia se instaló en Nazaret.

   8. El último de los 7 dolores y gozos de nuestro Santo lo constituyeron la pérdida de Jesús cuando nuestro Señor celebró la Pascua como mayor de edad cuando sólo tenía 12 años, y cuando fue encontrado en el Templo (LC. 2, 41-51). Quizás aquella experiencia le sirvió a nuestro Santo para despertar en su corazón la esperanza respecto de que Jesús vino al mundo con una misión que cumplir que le había sido encomendada por Dios (MT. 2, 21).

   9. Permitidme concluir esta meditación pidiéndoles a los padres de familia que imiten a San José. Padres, no pretendáis que vuestros hijos sean vuestras imágenes vivas, recordad que ellos son personas diferentes a vosotros.

   También quiero pedirles a quienes cuidan  e intentan sanar o aliviar a los enfermos que imiten a José para que quienes están muy graves puedan llegar al cielo con la satisfacción de haber sido amados.

   A quienes se dedican a preparar a los nuevos sacerdotes les pido que sigan realizando esa labor tan importante que llevan a cabo para que cada día falten menos vocaciones sacerdotales en un mundo en el que los ministros de Cristo son tan necesarios.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos. (Estudio bíblico para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Meditación.

   San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.

   Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.

   En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.

   Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.

   El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.

   En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.

   Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.

   Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.

   El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.

   1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.

   En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.

   Cuando José fue un hombre, se comprometió  a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).

   2. La noche oscura de la duda.

   A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).

   ¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?

   Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).

   Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).

   (LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.

   3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.

   (MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.

   4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.

   Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.

   (LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).

   5. La prueba de la humillación del desamparo.

   (LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.

   ¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?

   ¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?

   El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.

   De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.

   ¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?

   6. El Nacimiento de Jesús.

   (LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.

   7. La visita de los pastores.

   (LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.

   En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.

   ¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?

   ¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?

   José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.

   Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.

   8. La circuncisión de Jesús.

   (LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).

   Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.

   9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.

   (LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.

   José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.

   ¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?

   ¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.

   10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.

   (MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.

   El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.

   ¿Dónde iban a vivir?

   ¿Dónde iban a refugiarse?

   José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.

   La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.

   Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.

   Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.

   11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.

   (LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La Infancia de Jesús. (Reportaje para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   La Infancia de Jesús.

   Introducción.

   La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).

   En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.

   Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).

   Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.

   Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.

   Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.

   En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie  de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.

   Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra  salvación, siempre que:

   1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.

   2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.

   En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

   Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:

   La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.

   La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.

   El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.

   El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.

   El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.

   La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.

   La Misa Vespertina de Navidad.

   El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.

   A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.

   (IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.

   El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.

   (IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.

   (IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.

   Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.

   (1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).

   Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.

   (LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).

   Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).

   Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.

   Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).

   (MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.

   Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.

   Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.

   San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).

   (MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.

   (MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.

   El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.

   Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.

   (MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.

   (LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).

   En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).

   En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.

   La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.

   La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.

   Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor  según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).

   Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.

   ¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.

   ¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.

   Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.

   En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.

   La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).

   Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).

   San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).

   Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.

   (LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.

   Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.

   ¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.

   (LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.

   (LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.

   A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.

   San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).

   Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.

   (MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.

   (MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.

   ¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.

   (MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.

   (MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.

   A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.

   (LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres  que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.

   San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.

   Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.

   (LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.

   Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus  maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho,  no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.

   Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.

   Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.

   ¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.

   María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Lo esencial del Cristianismo. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Lo esencial del Cristianismo.

   Ya que al aceptar la revelación de Dios a nosotros sus hijos, la Iglesia nos pide que les transmitamos a nuestros prójimos el gozo que significa el hecho de ser hijos de un mismo Padre celestial, permitidme que os proponga que hagamos un ejercicio entre nuestros familiares y/o amigos, el cual consiste en que les digamos a los mismos lo esencial del Cristianismo, con el fin de que los tales se conviertan a Nuestro Padre y Dios si lo estiman oportuno.

   ¿Qué es para nosotros lo esencial del Cristianismo?

   ¿Cómo podríamos sintetizar el contenido de nuestra fe para que quienes no creen en Dios sientan el deseo de leer los Evangelios y de asistir a las celebraciones eucarísticas?

   Lo esencial del Cristianismo es que Dios se nos ha revelado por medio de su Hijo amado. Lo esencial del Cristianismo es que Dios se nos ha revelado de una forma sensible, según nos narra este hecho San Juan en su Evangelio (JN. 1, 14; HEB. 1, 1-2).

   Lo esencial del Cristianismo es que Dios, compadecido del hecho de que el mal en todas las formas que se manifiesta ha azotado a la humanidad desde que el hombre existe sobre la haz de la tierra, en la pequeñez de un Niño indefenso necesitado de los cuidados sin los que cualquier pequeñuelo moriría irremisiblemente, y por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Hijo, nos ha manifestado su omnipotencia y su amor, con el fin de hacernos vivir en su presencia, cuando aprendamos a ser tan bondadosos como lo es Él.

   Jesús y los ateos.

   Aunque actualmente podemos dedicarle mucho tiempo a la evangelización de nuestros oyentes en el supuesto caso de que encontremos a quienes estén dispuestos a conocer la fe que profesamos, en los primeros tiempos del Cristianismo, los minutos que los creyentes podían dedicarle a la evangelización de sus oyentes, eran decisivos para que los tales aceptaran -o rechazaran- nuestra fe. Hay que dar por supuesto que muchos de quienes decidían creer en Dios en esas charlas circunstanciales no tenían una fe completa y mucho menos el tiempo necesario para ser instruidos en el conocimiento del Señor y de su Iglesia, pero, a pesar de ello, entre aciertos y errores, los tales tenían que dejarse conducir por el Espíritu Santo, para que la tercera Persona de la Santísima Trinidad, atendiendo a la capacidad de ser perfeccionado de cada uno, los ayudara a abrazar sus nuevas creencias. Os digo esto porque muchos de nuestros hermanos consideran que el ciclo de evangelización de cada persona necesariamente tiene que pasar por un largo periodo catequético, pero, por razones que escapan a nuestra capacidad de retener a quienes nos escuchan predicar el Evangelio, -dado que somos sembradores de la Palabra de Dios, y no recolectores de los frutos que nuestra predicación produce en quienes nos escuchan-, tenemos que orar para que el Espíritu Santo complete nuestra tarea, la cuál fue comenzada por nosotros, bajo la inspiración del amor procedente del Padre y del Hijo.

   Supongamos el hipotético caso de que le predicamos el Evangelio a alguien que, aunque se compromete a leer los Evangelios, y cree en la Persona de Jesús, rechaza nuestra fe, pero vive los valores predicados por Nuestro Señor. Mi experiencia personal me ha hecho comprender que muchos ateos, aunque no creen que Jesús es Dios, ven en Nuestro Señor a un gran Hombre digno de imitar, por causa de sus valores, los cuales, al parecer que se van extinguiendo de nuestras sociedades actuales porque nos enfocamos en diferentes objetos, nos hacen constatar cómo mucha gente actúa irracionalmente. El hecho de no creer en Jesús como Dios, sino como Hombre digno de imitar, no significa una negación de Nuestro Señor, sino la adquisición del compromiso de comunicarles a los hombres la necesidad que tenemos de vivir inspirados en los valores de Nuestro Salvador.

   Los no creyentes, al leer la Biblia, pueden encontrar un reflejo de sus vidas, y una síntesis de la Historia de la humanidad, la cuál, en algunas ocasiones, ha estado marcada por la vivencia de valores humanos positivos, y, en otras ocasiones, ha registrado episodios de tiranía que únicamente han servido para cometer injusticias y hacerles sufrir a los débiles.

   A veces, los éxitos que alcanzamos provocan estados de crisis, cuando comprobamos que los mismos nos aportan nuevas exigencias, así pues, aunque a partir de la Revolución Industrial se cambiaron muchas estructuras sociales, la Historia es testigo de que el citado cambio político-económico social no le aportó al hombre del siglo XIX ni del XX -ni nos aportará a quienes vivimos en este siglo- la felicidad completa, pues los valores espirituales no dependen ni de la riqueza ni de la pobreza que caractericen nuestras vidas.

   A pesar de que los ateos rechazan todos los conocimientos que no les son aportados por la ciencia, muchos millones de ellos tienen que aceptar el hecho de que la ciencia nos aporta muchas enseñanzas, pero no nos hace conscientes del deber que debemos realizar en nuestras vidas, dado que, quienes se han sacrificado por alguna causa a lo largo de la Historia, no lo han hecho por amor a la ciencia, sino teniendo presentes sus valores espirituales y morales, los cuales no han tenido por qué ser adquiridos profesando ningún credo.

   Si muchos cristianos podemos asimilar nuestra religión como una forma de vida, y aquellos de nuestros hermanos que temen por la salvación de sus almas asimilan la misma como una exigencia ineludible, los no creyentes ven en la Biblia la máxima expresión de los sentimientos del hombre, la necesidad que este tiene de encontrar el sentido de su vida, y la comprensión de que los avances que nuestras sociedades modernas experimentan carecen de sentido, si no están inspirados en un maduro crecimiento psicológico, espiritual y moral de toda la humanidad.

   Las palabras del Señor expuestas en MC. 1, 15, pueden significar para quienes no son creyentes: El tiempo se ha cumplido y es posible la existencia de un mundo perfecto, es decir, lo que en el principio de la existencia del Socialismo parecía una utopía, es totalmente posible. Fortaleceos moralmente y luchad denodadamente para que lo más pronto posible vivamos esa realidad.

   Jesús nos pide a los creyentes que vivamos plenamente entregados a nuestros compromisos cristianos, y, si somos honrados en la vivencia de los mismos, toda la humanidad, -creyentes y no creyentes-, nos daremos cuenta de que no tiene sentido el hecho de exigirnos a nosotros más -ni menos- de lo que les exigimos a los demás, dado que la sociedad perfecta llamada Reino de Dios será resultante de la dedicación personal -y comunitaria- a hacer el bien, y no de la explotación de los débiles.

   Es necesario que los cristianos nos comprometamos con la evangelización, pero, si no conseguimos convertir a algunos de nuestros oyentes al Evangelio, deberemos evitar el hecho de juzgarlos, porque, quienes mucho se exigen a sí mismos, al comprender lo difícil que es el hecho de crecer a cualquier nivel en la vida, evitarán el hecho de juzgar temerariamente a los demás.

   Quienes no creen en Dios, pero creen que el hombre puede crear un mundo perfecto, al comprender que el bien se consigue por el camino de la entrega personal, no ven en la muerte de Jesús un fracaso a pesar de que no son cristianos y por consiguiente no creen en la resurrección de los muertos, sino la máxima expresión de lo que deberíamos estar dispuestos a hacer, cada cuál, desde nuestro estado actual, con el fin de alcanzar la vivencia en el mundo carente de miserias añorado por los comunistas y los socialistas.

   Finalizo esta meditación diciéndoos que depende en gran parte de nosotros los cristianos el hecho de que todos -creyentes y no creyentes-  nos esforcemos para lograr la rápida instauración del Reino de Dios en el mundo, para lo cuál, nos es preciso respetar a quienes no comparten nuestras creencias, ora porque no son católicos, ora porque no creen en Nuestro Padre común.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II después de Navidad.

   Meditación para el Domingo II después de Navidad.

   1. Durante estos días, cuando entramos al Templo, solemos dirigir nuestra mirada a la Sagrada Familia representada en el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús. A pesar de que en la gran mayoría de iglesias latinas sólo se celebrará la Liturgia correspondiente a la Sagrada Familia que también festejamos en esta ocasión, es muy positivo el hecho de que analicemos detenidamente los textos correspondientes a este Domingo de Navidad, pues la Iglesia, a través de dichos textos, nos propone que recordemos a los personajes más relevantes de nuestra Historia Sagrada, la ascendencia y descendencia del Mesías.

   2. A lo largo de la Historia de la salvación, Dios se nos ha revelado a través de una ingente multitud de Profetas e innumerables circunstancias que, ya nos hayan parecido positivas o adversas, han sido utilizadas por la Divina Providencia para inculcarnos el conocimiento del amor de Dios que nos ha reunido nuevamente ante el Altar del Señor, porque, hermanos, no hemos venido al Templo impulsados por nuestro deseo de encontrarnos con Dios, pues ha sido el Espíritu Santo quien nos ha sacado de los asuntos mundanos unos minutos para que nos dediquemos a meditar la Palabra de Dios.

   3. El ejemplo de Abram -a quien posteriormente Dios llamó Abraham-, es muy significativo para nosotros. Todos sabemos que la Cristología es la ciencia teológica que nos ayuda a adquirir el conocimiento de Jesucristo equiparando a ciertos personajes del Antiguo Testamento con el Mesías Ungido por el Espíritu Santo. Si David fue la viva imagen de Jesús en diversas circunstancias de su vida, de igual forma que posteriormente le ocurrió a su hijo Salomón, Abraham es la viva imagen del Dios que quiso expandir sus dones y virtudes creando la comunidad humana. Sabemos que Dios nunca ha estado sólo pues la Trinidad no es otra cosa que una Familia constituida por tres Santas Personas, a saber: el Padre, el Hijo, y, el Espíritu Santo.

   4. Sara concibió a Isaac, hijo de Abraham. La promesa de Dios se cumplió haciendo que la estirpe de quien obedeció ciegamente a Nuestro Criador se multiplicara hasta nuestros días, así pues, siendo hijos de Abraham, también somos hijos de Dios Padre, pues, de igual forma que Abraham tuvo descendencia, Dios ha hecho de nosotros una descendencia profética, sacerdotal y real (1 PE. 2, 5).

   Ahora somos la imagen de Abraham, pues esperamos que Cristo cumpla la promesa de su Parusía o segundo Advenimiento.

   5. Nos adentramos en la meditación del Evangelio de San Lucas. La Sagrada Familia hubo  de llevar a cabo la purificación de María, la circuncisión de Jesús como Primogénito de la Familia según está establecido en la Torá, y la presentación y aceptación del Niño de Belén por parte del pueblo judío en su comunidad religiosa de Israel. Al ser Jesús el Primogénito de la Sagrada Familia, José y María se comprometieron a hacer que se dedicara al servicio de Dios aún más de lo que se supone que debieron hacerlo los parientes -o hermanos del Mesías-, de quienes habla San Marcos en el capítulo tres de su Evangelio (MC. 3, 31-35).

   6. La devoción y ternura con que Simeón y Ana adoraron al Niño de Belén en público, nos da a conocer el contradictorio futuro de Jesús, y, en consecuencia de ello, las contradicciones de nuestras vidas.

   7. San Lucas, en su relato del Nacimiento y la Infancia de Jesús, nos dice que María guardaba en su corazón todos los Misterios que rodeaban la existencia de su pequeño Hijo (LC. 2, 19 y 51). Quizás nos revelamos ante dificultades poco relevantes, ponemos el grito en el cielo cuando no estamos de acuerdo con los dichos o hechos de nuestro cónyuge, protestamos si no nos gusta nuestro trabajo...

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra Madre del cielo que nos enseñe a meditar la Palabra de Dios y las situaciones de nuestras vidas que no nos gustan en silencio, para que sea el Espíritu Santo quien nos enseñe e induzca a impulsar nuestras vidas bajo los intensos cuidados que la Divina Providencia ejerce sobre nosotros.
   (José Portillo Pérez, meditación del 29/12/2002).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

¿Debemos los cristianos celebrar la Navidad? (Meditación para el Domingo II después de Navidad).

   Meditación.

   ¿Debemos los cristianos celebrar la Navidad?

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Aunque los católicos practicantes no tenemos ningún prejuicio a la hora de celebrar el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús, el desconocimiento de la Biblia que caracteriza tanto a muchos no creyentes y a otros tantos de nuestros hermanos en la fe, hace que muchos de los tales sean víctimas de las denominaciones cristianas fundamentalistas, las cuales, con el objeto de contradecirnos a los católicos, -el principal enemigo al que tienen que vencer para poder apoderarse de los hijos del mismo, los cuales constituyen entre la quinta y la sexta parte de la humanidad-, nos contradicen, así pues, afirman que, quienes celebramos el cumpleaños de Jesús, en lugar de adorar a Dios, somos seguidores del Demonio, lo cual significa que, como celebramos la Navidad, como cristianos, no somos aceptos por Dios como hijos. Aunque muchas de las razones que tales cristianos exponen para que se extinga la celebración de la Navidad son tan simples que pueden hacernos percatarnos de su carencia de veracidad, por mínimo que sea nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, es preciso que definamos el concepto de Navidad, y que analicemos algunas de las tradiciones relacionadas con el citado periodo litúrgico, con el fin de que, cuando nos encontremos con quienes tengan dudas con respecto al hecho de si deben celebrar el Nacimiento de Jesús, podamos iluminarlos al respecto, ya que para Dios, -independientemente de que celebremos la Navidad-, lo que importa es nuestra forma de proceder.

   A modo anecdótico, os cuento que, un día en que estaba discutiendo con un fundamentalista la utilidad de la celebración de la Navidad, él me dijo:

   "La Navidad no debe celebrarse porque esa fiesta pagana insulta a Dios y confunde a los hombres. Hace tiempo leí en una revista que una niña después de ver un belén le preguntó a su madre: -Mamá, ¿Jesús no creció nunca?

   ¡Claro que creció! -le contestó la madre, extrañada por la pregunta que le hizo su hija-.

   La niña le dijo a su madre: -Te he hecho esa pregunta porque, cuando el año pasado vimos este mismo belén, Jesús era lo mismo de pequeñuelo.

   1. ¿Qué es la Navidad?

   La Navidad es el periodo de tiempo comprendido entre el veinticinco de diciembre y el Domingo siguiente al seis de enero. En el citado tiempo la Iglesia nos ayuda a conocer profundamente, contemplar y aceptar como real el misterio de la Encarnación (este es el misterio por el que aceptamos el hecho referente a que Jesús, siendo Dios, se hizo humano en el seno de su Santa Madre) del Verbo -o Palabra de Dios- en las entrañas purísimas de María de Nazaret.

   Aunque no sabemos con certeza en qué estación del año nació Nuestro Señor porque ello no se indica en ninguno de los cuatro Evangelios, la Iglesia, en el siglo IV, determinó que la celebración del Nacimiento del Mesías habría de llevarse a cabo el veinticinco de diciembre, para así transformar la fiesta de adoración al sol (el dios Saturno romano) y el Yule norteeuropeo (otra fiesta religiosa de adoración al sol) en la fiesta de adoración a Jesucristo, en virtud del mensaje que se deduce del texto que podemos leer, en LC. 1, 78. La luz a la que se refirió el citado discípulo de San Pablo es Jesucristo, la llamada "luz indeficiente de Dios", debido a su perfección.

   Jesucristo, -la luz del mundo-, irrumpe en el mundo -y en nuestras vidas- en Navidad, con el fin de mostrarnos el camino que desea que sigamos, para que podamos habitar en la presencia de Nuestro Padre común. La luz de Cristo nos muestra la verdad de nuestra existencia, -es decir, que la muerte no será el final de nuestras vidas, y que las miserias por cuyo efecto padecemos actualmente, serán trocadas por la felicidad eterna, la cual gozaremos cuando vivamos en la presencia de Nuestro Padre común, libres del dolor y purificados del pecado-. La luz de Cristo renueva la naturaleza humana dañada por sus múltiples miserias (AP. 21, 5).

   Dado que las noches de invierno en Judea son frías y lluviosas, y teniendo en cuenta el mensaje de LC. 2, 8, no les falta razón a los fundamentalistas que, en sus intentos de hacer que el mundo comprenda que somos enemigos de Dios, predican que es de tener en cuenta que el Salvador del mundo no nació en invierno.

   (JN. 8, 12). Es conveniente que, durante las cuatro semanas que anteceden a la Navidad, nos preparemos convenientemente a recibir al Mesías en el llamado tiempo de Adviento, meditando los textos del Antiguo Testamento relacionados con el Redentor de la humanidad, y estudiando los cuatro Evangelios (o biografías de Jesucristo), para que así entendamos que podemos esforzarnos para corregir nuestros defectos, y evitar cometer los pecados que hasta el citado tiempo han caracterizado nuestras vidas, para que así podamos comprometernos a ser excelentes seguidores del Mesías, o, en el caso de que ya seamos apóstoles o discípulos de Nuestro Señor, podamos renovar nuevamente el citado compromiso, dado que nuestra fragilidad humana nos aparta del mismo, ya que instintivamente, o incurrimos en el pecado, o hacemos el bien, no por amor a Dios, sino buscando ser recompensados tanto por Nuestro Padre celestial como por los hombres, y nos cuesta un gran esfuerzo comprender que, más que anhelar que los hombres reconozcan el bien que les hacemos, queremos esforzarnos para que tengan fe en Nuestro Padre común, imitando la humildad de San Juan Bautista, el cual decía con respecto a Jesús y a sí mismo, las palabras expuestas en JN. 3, 30.

   Es necesario que la vivencia de la Navidad cristiana esté precedida por un tiempo de formación en el conocimiento de la Palabra de Dios que nos ayude a aumentar la fe que tenemos en Nuestro Padre común, nos estimule a hacernos maestros de la oración, -ya que no podemos decir que creemos en Dios y evitar el hecho de hablar con Él-, y nos anime a beneficiar a nuestros prójimos los hombres como si los mismos fuesen Nuestro Padre celestial.

   El hecho de recordar que en Navidad Dios se hace Hombre y habita entre nosotros, puede instarnos a imitar la humildad de Jesús, así pues, de la misma manera que en Nuestro Señor se cumplieron las palabras de San Pablo expuestas en FLP. 2, 6-7, podemos aprender a ser solidarios con los más desposeídos del mundo, si verdaderamente nuestra meta consiste en ser imitadores del Mesías.

   El cumpleaños de Nuestro Señor no es un simple aniversario, un recuerdo ni un sentimiento del pasado, pues la citada celebración ha de concienciarnos de la necesidad existente en el mundo de cristianos que den razón de su fe ante los hombres (1 PE. 3, 15), y de que esos seguidores de Jesús seamos nosotros, ya que si esperamos que otros den su testimonio de fe ante el mundo, y los mismos aguardan a que seamos nosotros quienes prediquemos el Evangelio, ¿quiénes serán los responsables de que nuestra fe se siga extendiendo por la tierra?

   2. El peligro de la celebración social de la Navidad.

   Como los cristianos comprometidos con la evangelización vivimos la Navidad imitando a los antiguos pueblos de pastores que cada seis meses tenían que trasladarse de sus residencias buscando pastos para alimentar sus rebaños, nos es necesario tener cuidado, para que, la celebración social de la Navidad, no nos aparte de Dios ni de nuestros hermanos los hombres. Quienes tenéis la costumbre de relacionaros con los fundamentalistas, sabéis perfectamente que ellos alegan que nuestra costumbre de cenar en familia en Nochebuena y otras tantas tradiciones sólo son actos religiosos paganos que, aunque la Iglesia ha intentado darles un sentido cristiano, ha fracasado, por lo que, al practicar los mismos, en lugar de adorar a Dios, estamos rindiéndole culto a Satanás el Demonio. Esto es totalmente incierto, así pues, ¿quiénes de vosotros cenáis con vuestros familiares en Nochebuena para vivir la costumbre romana de celebrar los saturnales? Naturalmente, las tradiciones navideñas no están orientadas al hecho de que le tributemos culto al Demonio, dado que las mismas sólo son un conjunto de hechos históricos y de símbolos orientados a aumentar nuestra fe en Dios, aunque todos apliquemos muchos de esos signos adaptándolos a nuestras creencias particulares. Por otra parte, si desgraciadamente muchos se embriagan en Navidad, ello no está relacionado con el culto satánico, dado que los alcohólicos no necesitan esperar la llegada de ninguna fiesta especial para emborracharse. Tengamos un poco de sentido común al analizar lo que los fundamentalistas dicen de la Navidad.

   Aunque es comprensible el hecho de que quienes carecen de nuestra fe celebren la Navidad a nivel social prescindiendo del aspecto espiritual de la citada celebración, el peligro que tal hecho puede encerrar para los creyentes, consiste en que los mismos, entusiasmados por los excesos de comida y alcohol, y el consumismo excesivo característico del citado tiempo, acaben olvidándose del principal protagonista de la celebración que nos ocupa. Por lo tanto, partiendo de la base de que en Navidad somos más afectivos que durante el resto del año, está en nuestras manos la posibilidad de esforzarnos para aumentar el número de cristianos y no creyentes que se benefician de la celebración del Nacimiento de Nuestro Señor.

   Es necesario que en este tiempo les dediquemos una especial atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a quienes viven aislados, pues ellos son los que están más necesitados tanto de fe como de afecto. Sin olvidar que es muy respetable la postura de quienes no creen en Dios, es preciso que consigamos que todos los hombres tengan alguna esperanza que les ayude a vivir.

   3. Es posible conjugar la Navidad espiritual con la Navidad social.

   Los cristianos católicos, al tener el deber de aprovechar la Navidad social para aumentar el número de hijos de la Iglesia, podemos celebrar la Navidad con nuestros familiares y amigos, -según enseña la Iglesia-, siempre que no nos olvidemos de solventar tanto nuestras carencias, como de ayudar a extinguir las necesidades de nuestros prójimos y de los más necesitados del mundo. En el supuesto caso de que uno de mis familiares esté enfermo en Nochebuena, yo, en lugar de comer y beber olvidándome del mismo, haré mejor si le brindo mi compañía, tanto para distraerlo de sus pensamientos tristes si ello me es posible, como para ayudarlo en todo lo que pueda socorrerlo. Igualmente, si en mi entorno hay gente que tiene carencias, en lugar de pasar la Navidad comprando ropa de marca, regalos caros y comida muy costosa, es conveniente que socorra a los mismos, aunque me conforme comprando ropa corriente, regalos sencillos y los alimentos que consumo diariamente.

   Hace varios años, una señora le dijo a su madre cuando se acercaba el tiempo de Navidad: "-¿vendrás a la Misa del gallo para escuchar a mi nena cómo canta los villancicos con sus compañeros?".

   La madre le dijo tajantemente: "-Yo iré a la Iglesia a adorar al Señor, no a escuchar a tu hija".

   La citada señora mayor era laica y predicaba en su círculo de amigos y donde hubiera una sola persona dispuesta a escucharla, pero, en la ocasión a la que me refiero, su empeño por demostrar que tenía fe, le hizo olvidarse del texto bíblico expuesto en 1 JN. 4, 20.

   De la misma manera que a los cristianos no nos es conveniente el hecho de olvidarnos de Dios para dedicarnos a banquetear y despilfarrar grandes cantidades de dinero en Navidad, nos interesa cuidarnos de no caer en el extremo fundamentalista de separarnos de nuestros familiares y amigos, no sólo porque amamos a los mismos, sino porque también el hecho de unirnos a ellos nos puede proporcionar la oportunidad de acercarlos al Señor, cuyo Espíritu Santo le inspiró unas palabras a Santiago, las cuales, cuando nos convertimos al Cristianismo, quizás nos vinieron como anillo al dedo (ST. 4, 8A).

   Aprovechemos la celebración de la Navidad para vivir como verdaderos hijos de un mismo Padre celestial. Si no vivimos como hermanos, nuestras celebraciones serán inadecuadas, independientemente de que las mismas sean estrictamente espirituales o materiales.

   Al hacer el tradicional balance de todo lo que nos ha sucedido durante el año en curso, propongámonos mejorar en todos los aspectos vitales que nos sea posible, pues probablemente en algunos aspectos podemos esforzarnos mucho más de lo que lo venimos haciendo, lo cual puede repercutir en beneficios tanto para nuestros prójimos los hombres como para nosotros. Aunque al hacer el citado balance tradicionalmente pensamos en nuestros familiares y en los avances que hemos conseguido dentro del campo del materialismo, es conveniente que pensemos en los aspectos vitales que frecuentemente olvidamos, tales como nuestro crecimiento personal, dado que el mismo puede hacer de nosotros ejemplares cristianos preparados psicológicamente para afrontar grandes dificultades.

   Los que estamos casados, podemos pensar en la forma en que hemos vivido durante el año en curso nuestras relaciones de pareja, pues, aunque no hayamos tenido problemas conyugales, no debemos descartar la posibilidad de ser más felices aún de lo que somos junto a nuestros mejores amigos, es decir, nuestros cónyuges. Acordémonos de enamorar a nuestros cónyuges día a día como si fuésemos novios, con el fin de que nuestras relaciones no se estanquen en una rutina vacía que pierda el atractivo que debe caracterizarla por no ser variable y no estar sujeta a la improvisación de detalles, gestos pequeños con gran significación amorosa y regalos que, aunque no sean muy costosos, mantengan viva la llama del amor eterno.

   También es preciso que quienes sois padres penséis en la forma que tenéis de educar a vuestros hijos, y en el hecho de que los mismos crezcan espiritualmente.

   Aunque tenemos tendencia a pensar en el hecho de si nos es productivo el trabajo que realizamos, también podemos meditar sobre si nos esforzamos al máximo en la realización de la actividad laboral que desempeñamos.

   Es importante que meditemos sobre la fe que caracteriza nuestras vidas, por ejemplo, pensando en el lugar que Nuestro Padre común ocupa en las mismas.

   ¿Nos acordamos de Dios en el tiempo del dolor y la alegría?

   ¿Tenemos a Dios presente siempre, o sólo nos acordamos de Él cuando asistimos a la Eucaristía dominical y necesitamos que nos favorezca?

   ¿Actuamos en nuestro entorno familiar y en nuestro círculo laboral y de amigos como verdaderos cristianos, o nos dejamos arrastrar por lo que hace la mayoría de la gente?

   ¿Nos esforzamos por conocer y amar más y mejor a Dios, o nos conformamos con la escasa fe que tenemos, argumentando que carecemos de tiempo para dedicarnos a nuestra edificación y el crecimiento espiritual de nuestros familiares?

   4. ¿Por qué celebramos la Navidad el veinticinco de diciembre?

   La palabra "Navidad" procede del vocablo latino "natalis" (día natal). Dicha celebración empezó a celebrarse en el siglo II, hasta que el Papa Julio I la fijó el veinticinco de diciembre durante el siglo IV. Hasta el siglo IV, los cristianos occidentales celebraron el Nacimiento del Señor el veinticinco de diciembre y los orientales el seis de enero. Si los cristianos occidentales celebraban la Natividad del Señor en diciembre con el fin de que todos los creyentes comprendieran que Jesús es el verdadero Sol de justicia (LC. 1, 78), los orientales celebraban el Nacimiento del Señor en enero, dado que consideraban el mismo como una gran epifanía (manifestación) de Dios al mundo.

   La fijación de la celebración de la Navidad el veinticinco de diciembre no tenía como motivo celebrar el día del Nacimiento del Señor, dado que este dato nos es totalmente desconocido, lo cual nos indica que cualquier día del año sería adecuado para celebrar el Nacimiento del Mesías, pero la Iglesia escogió el citado día con la intención de cristianizar la fiesta romana Natalis Invicti, la cual se celebraba en honor al dios sol (Mitra), cuyo nacimiento, -según el calendario romano-, coincide con el solsticio de invierno, el veinticinco de diciembre.

   5. Principales tradiciones navideñas.

   5-1. Introducción.

   Dado que existen muchas tradiciones relacionadas con la Navidad, voy a citaros las más extendidas por el mundo, tanto por razones de espacio, como por causa del motivo que ha dado origen a esta sencilla meditación, el cual consiste en que les podáis demostrar a quienes dudan sobre si pueden celebrar la Navidad, que con ello no cometen ningún pecado.

   Aunque los fundamentalistas apelan en sus folletos y libros a la aplicación que otras religiones hacían antiguamente de nuestros símbolos actuales para demostrar que adoramos al Demonio, voy a abstenerme de explicaros los significados antiguos de esos símbolos, para no dificultar la comprensión actual de los mismos, ya que en nuestros días no adoramos al sol tal como hacían los antiguos romanos, de hecho, esa fiesta fue sustituida por la Navidad, gracias al Espíritu Santo y a la persistente labor evangelizadora de la Iglesia Católica.

   5-2. ¿Son pecaminosas las tradiciones cristianas católicas?

   Dado que muchos fundamentalistas están empeñados en hacernos creer que las tradiciones que observamos son rutinarias cadenas de pecados cuyo fin consiste en separarnos de Dios y hacernos adeptos del Demonio, vamos a definir lo que los católicos entendemos por tradición.

   La palabra "tradición" viene del sustantivo latino "traditio" que a su vez viene del verbo "tradere", el cual significa en español entregar. Teniendo en cuenta la etimología (el origen) de la palabra tradición, nos encontramos con que las tradiciones son ritos que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, lo cual nos ayuda a aceptar las mismas, así pues, ¿quiénes podrán evitar el hecho de acordarse de sus familiares y amigos queridos que han fallecido durante la celebración de la cena navideña? Las tradiciones o costumbres nos ayudan a recordar hasta el punto de conseguir hacer presentes algunos hechos del pasado que consideramos memorables. Las tradiciones que tenemos los católicos se nos han transmitido oralmente -o por escrito- de generación en generación. Lo más importante de la vivencia de las tradiciones navideñas no es la exteriorización de las mismas, sino la difusión del conocimiento del simbolismo que caracteriza dichas costumbres. Si no sabemos por qué existen dichas tradiciones ni para qué las conmemoramos anualmente, nos será imposible vivirlas como auténticos cristianos, lo cual hará de las mismas una serie de gestos materialistas que viviremos por costumbre, pero no por fe. El conocimiento a fondo de las tradiciones católicas es un modo de evangelizar, especialmente útil para quienes no saben leer.

   Cuando los católicos hablamos del espíritu navideño, no nos referimos a la tradición mundana -a veces vacía- de derrochar dinero para apostar con el fin de ver quién puede enorgullecerse de ser el que gasta más dinero para presumir de que es el más rico de su entorno familiar y amistoso, pues el mismo sólo puede ser descubierto y vivido al observar cuidadosamente los motivos religiosos que celebramos en el tiempo en que recordamos la Natividad de Nuestro Señor.

   5-3. Los pesebres o nacimientos.

   San Francisco de Asís, en el año 1223, gracias a su empeño de difundir el espíritu de la Navidad cristiana, creó las representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que actualmente conocemos, y tenemos en nuestros hogares y en muchos lugares públicos. Si bien en el tiempo de San Francisco la utilización de los nacimientos sólo era permitida en las iglesias, este Santo logró que dichas representaciones empezaran a utilizarse a nivel extralitúrgico, es decir, fuera de los templos, lo cual fue muy útil para avivar la fe de la gente sencilla.

   5-3-1. ¿De dónde vienen la mula y el buey que aparecen en muchos nacimientos?

   (IS. 1, 3). La errónea interpretación de este texto, -el cual se refiere a la carencia de sumisión de los hebreos con respecto a Dios-, dio origen a la colocación de dichos animales en la representación del Nacimiento del Mesías.

   5-3-2. Los villancicos.

   Los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos en el siglo V por los evangelizadores que utilizaron dichas composiciones como medio para evangelizar a aquellos de sus oyentes que carecían de cultura. Los villancicos (villanus) trataban el tema de la Encarnación del Verbo divino y la liturgia navideña en un lenguaje sencillo y apto para que los comprendieran sus destinatarios. Estas composiciones se extendieron por todo el mundo a partir del siglo XIII, según se extendía al mismo tiempo la idea de San Francisco de Asís de popularizar los nacimientos y de representar con personas y animales la Natividad del Mesías.

   Los villancicos en el tiempo de Adviento son útiles porque nos ayudan a prepararnos para vivir la Navidad ya que nos sirven para que podamos meditar la Palabra de Dios, y, en el tiempo de Navidad, nos permiten agradecerles a Nuestro Padre celestial y a Jesús, el hecho de habernos redimido.

   ¿Quién no conoce las composiciones litúrgicas "Noche de paz" y "Adeste fideles", o las composiciones utilizadas para amenizar fiestas populares "Los peces en el río" y "La adoración de los Reyes"?

   5-3-3. El árbol de Navidad.

   Los antiguos germanos sostenían la creencia de que el mundo pendía de las ramas de un gigantesco árbol conocido como "el divino Idrasil" ("el dios Odín"). A este dios le tributaban culto los germanos anualmente, cuando según su fe se renovaba la vida, en el solsticio de invierno. Los citados germanos celebraban esta ocasión adornando un árbol de encino con antorchas, las cuales representaban el sol, la luna y las estrellas, en torno al cual danzaban y cantaban ritualmente.

   Se cree que San Bonifacio, -evangelizador de los germanos-, derribó la representación del dios Odín y, en su lugar, plantó un pino, -del cual dijo que era símbolo del amor del verdadero Dios-, y lo adornó con manzanas -que representaban las tentaciones de los hombres, el pecado de origen de Adán y Eva y el conjunto de los demás pecados de la humanidad-, y velas, -que representaban la luz indeficiente de Cristo y la gracia divina que reciben quienes aceptan a Jesús como Salvador personal y Redentor de la humanidad.

   La costumbre de hacer el árbol de Navidad -el cual posteriormente fue visto como símbolo de la Santísima Trinidad-, se extendió por Europa durante la Edad Media, y, por causa de las conquistas y migraciones de los españoles, se estableció en América.

   En conformidad con el avance social, la tradición de representar el árbol de Navidad, -lo mismo que ha sucedido con la tradición de representar el Nacimiento de Jesús-, ha evolucionado, y contiene un simbolismo más sencillo de entender por quienes carecen de fe, así pues, las manzanas se han sustituido por esferas y las velas se han cambiado por luces representativas de la alegría y la luz con que Nuestro Señor redimió a la humanidad.

   En nuestro tiempo, las esferas simbolizan las oraciones que hacemos durante las semanas que anteceden al tiempo de Navidad (el Adviento). Las esferas rojas simbolizan las oraciones de petición, las plateadas simbolizan las plegarias de agradecimiento, las azules representan las oraciones de arrepentimiento, y las doradas representan las oraciones de alabanza.

   A partir del siglo XVII, se introdujo en la Cristiandad la costumbre de colgar una oblea junto a las manzanas, la cual es símbolo de Jesús, quien vino al mundo a anular todas las tentaciones y pecados representados por la manzana.

   Los adornos del árbol de Navidad representan las buenas acciones que llevaremos a cabo y los regalos que le haremos a Jesús en Navidad, ya sean sacrificios, oraciones, o, mejor aún, obras en beneficio de nuestros prójimos que sufren por cualquier causa.

   La estrella que se pone en la punta del pino representa la fe que debe guiar nuestras vidas a la presencia de Nuestro Padre común.

   Aprovechemos el simbolismo del árbol de Navidad para bailar y cantar, no en honor de Odín, sino en honor del Dios Uno y Trino, ya que el Padre está representado por la base del pino, el Espíritu por la parte izquierda del mismo, y el Hijo por la parte derecha del citado árbol.

   5-3-4. Las tarjetas de Navidad.

   La finalidad de que los estudiantes ingleses antes de empezar las vacaciones de invierno tuvieran el detalle de escribirles algunas palabras a sus familiares con motivo de la llegada de la Navidad y se las enviaran a los mismos por correo, fue el motivo que dio origen a las tarjetas navideñas.  W. E. Dobson y Sir Henry Cole, en el año 1843, imprimieron las primeras tarjetas de Navidad, las cuales contenían representaciones artísticas del Nacimiento de Nuestro Señor. Por su parte, en el año 1860, Thomas Nast, -el creador de la imagen de Santa Klaus-, organizó la primera venta masiva de tarjetas de Navidad, en las que aparecía impresa la célebre frase "Feliz Navidad".

   5-3-5. San Nicolás, Santa Klaus, St. Nicklauss, St. Ni, Santa Claus, o Santa Clos.

   Hubo un tiempo en que un tal Marco, -miembro del ejército romano-, quiso vender como esclavo a un niño pequeño llamado Adrián, un hecho que le fue impedido por un Santo llamado Nicolás.

   En otra ocasión, aprovechándose de que un pobre hombre no podía pagar una deuda que tenía, Marco pretendió apoderarse de su hija, de lo cual, una vez que se enteró San Nicolás, tomó tres sacos de oro, y, en la noche de Navidad, arrojó dichos sacos por la chimenea de la casa del padre de la joven, lo cual hizo posible que el pobre hombre evitara que se le quitara a su hija.

   Marco, deseoso de acabar con la fe cristiana, mandó quemar todas las iglesias y encarcelar a quienes no renegaran de su fe, entre los cuales estaba Nicolás, el cual envejeció en la cárcel, y fue liberado cuando el Emperador Constantino hizo del Cristianismo la religión imperial y dio la orden de excarcelar a los seguidores de Jesús que estaban presos por causa de su fe.

   La imagen de Santa Klaus fue tomada del momento en que este Santo salió de la cárcel ya anciano y del momento en que arrojó los tres sacos de oro por la chimenea del padre de la joven cuyo rapto evitó. Los alemanes afirman que Santa Klaus, en Nochebuena, les arroja regalos por las chimeneas de sus casas a los niños buenos.

   De San Nicolás podemos aprender a hacer el bien, especialmente en beneficio de los desposeídos de nuestro entorno, no para presumir de nuestra bondad, sino con la más absoluta discreción, porque Dios es el único que existe de quien se puede decir que es plenamente bueno.

   San Nicolás nos enseña a ser generosos, no sólo a la hora de servir a nuestros prójimos con bienes materiales, pues, en este servicio, son importantes los contactos personales que mantenemos con quienes sufren, y el tiempo que les dedicamos a los tales.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com