Meditación.
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma. Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la Misa del día de la solemnidad de la Asunción de María al cielo (15 de agosto).
Misa del día.
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original). (Fiesta de la Virgen de Guadalupe. 12 de diciembre).
Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre).
Nota: Para obtener más información respecto del Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, consultad el ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo C.
¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original?
1. Explicación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.
Estimados hermanos y amigos:
A quienes temen que el culto mariano se superponga a la Liturgia correspondiente al Domingo III de Adviento, les digo que también voy a publicar una meditación para tal ocasión, para que mis lectores tengan ocasión de leer las dos meditaciones, pues, si la Liturgia de este Domingo debe ser celebrada, no es conveniente que dejemos pasar la ocasión de recordar a María Santísima, en su advocación de Guadalupe. Esta es la primera vez que voy a escribir una meditación para la fiesta que estamos celebrando, y lo hago con mucho gusto, por el amor que siento por la Madre de Dios, y para darles gracias a la inmensa mayoría de mis lectores, que son latinoamericanos, por leer mis meditaciones semanales, y por haberme manifestado su apoyo emocional cuando lo que erróneamente llamamos adversidad me ha afectado.
El pasado día ocho del presente mes, con ocasión de la celebración de la Inmaculada Concepción de María, escribí una meditación en la que expliqué brevemente el dogma de fe que estamos considerando. Mis lectores católicos aceptaron el contenido de dicha meditación sin problemas, e incluso muchos de ellos me felicitaron por la claridad del texto, pero otros tantos lectores, que no son católicos, me han manifestado las razones por las que rechazan este dogma mariano, lo cuál ha tenido la consecuencia de que escriba la presente meditación, con tal de demostrar que María no fue afectada por la mácula del pecado original, con la Biblia en la mano.
La Iglesia Católica, siguiendo la doctrina de San Pablo (ROM. 5, 12), nos enseña que, al haber pecado nuestros primeros padres, nosotros nacemos afectados, tanto por la mancha vergonzante del pecado, como por las consecuencias de dicha desobediencia a Dios por parte de nuestros antepasados comunes.
Apenas Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Padre dispuso que su Unigénito redimiera a la humanidad mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección. Si Adán, que era un hombre semiperfecto, desobedeció a Dios, sólo Jesucristo, el Hombre perfecto, podía pagar con su vida el precio de dicha desobediencia, dado que no era posible que Dios purificara a la humanidad caída por medio de una víctima sacrificial marcada por la mancha del pecado.
Si María Santísima no hubiera nacido sin pecado original, la humanidad del Mesías hubiera estado afectada por la mancha del pecado de origen, por lo que, en consecuencia, Nuestro Señor no hubiera podido vivir como un Hombre perfecto.
Excepcionalmente, el Espíritu Santo impidió que la mancha del pecado original contaminara el alma de María, para que Nuestra Santa Madre, de la que el Arca de la Alianza, el Templo de Jerusalén, la Iglesia terrena y el Templo celestial apocalíptico son imágenes, pudiera ser el Templo divino capaz de contener a su Creador. El gran prodigio de la Inmaculada Concepción de María se llevó a cabo gracias a los méritos que posteriormente al tiempo en que dicho milagro se llevó a cabo, obtuvo Nuestro Señor por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección.
¿Por qué quiso Dios que su Santa Madre fuese Inmaculada? Todos nacemos para desempeñar la misión que Dios nos encomienda. La mayoría de cristianos vivimos como seglares mientras que algunos de entre los nuestros deciden consagrarle su vida a Dios, porque, por causas que desconocemos, el Espíritu Santo los colma de dones y virtudes, que Dios les concede, para que los ejerciten en su presencia. María de Nazaret nació sin ser afectada por el pecado original, porque Dios quiso escoger a una mujer, y hacer de ella el prototipo de lo que llegaremos a ser, cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, -es decir, una imagen inspirada en la esencia de Nuestro Señor Resucitado de entre los muertos-.
Existen tres argumentos bíblicos que demuestran la veracidad del dogma sobre el que estamos reflexionando, los cuales son:
1-1. La santidad absoluta de Dios,
1-2. las figuras del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia) referidas a la Madre de Jesús, y
1-3. las palabras con que el Arcángel San Gabriel saludó a Nuestra Señora, el día en que aconteció la Anunciación del Nacimiento de Nuestro Salvador (LC. 1, 28).
Desarrollemos dichos argumentos con la Biblia en la mano.
1-1. La santidad absoluta de Dios.
Aunque mientras se prolongan nuestras vidas tenemos la oportunidad de superar los errores que nos caracterizan, Dios, por su santidad absoluta, no está relacionado con el pecado. Recordemos que, después de que nuestros primeros padres le desobedecieran, aconteció el siguiente hecho: (GN. 3, 22-24).
Mientras nos purificamos y nos santificamos para vivir en la presencia de Dios, no podemos vivir en el Edén comunicándonos con Nuestro Creador, no sólo espiritualmente, sino también escuchando su voz, porque Dios no está relacionado con el pecado. La razón que nos insta a desear alcanzar la plenitud de la pureza, es el deseo que tenemos de vivir en presencia de Nuestro Padre común.
En el pasaje bíblico de la revelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí, leemos las siguientes palabras de Yahveh: (ÉX. 3, 5). Moisés debía abstenerse de mezclar el polvo de la tierra profana que estaba pegado a sus sandalias con el polvo del terreno que fue santificado por la presencia de Elohim, el Dios Todopoderoso. Las realidades del mundo deben ser santificadas antes de serles presentadas a Dios. Dado que el mundo se opone a Dios, y Nuestro Creador es celoso de todo lo que toca, no es posible que su Hijo naciera de una mujer marcada por la desobediencia a YHWH.
Si la presencia del Dios Uno y Trino santifica, ¿cómo hubiera podido Jesús nacer de una mujer marcada por el pecado, sin haberla santificado previamente a su concepción? Esta es la razón por la que los cristianos católicos creemos que la Madre de Dios fue santificada desde el momento en que Dios creó su alma y fue concebida.
(NÚM. 4, 15). Los hebreos no consagrados a Dios tenían prohibido el hecho de tocar los objetos consagrados al culto divino. ¿Cómo Jesucristo, siendo el Gran Sumo Sacerdote de la humanidad, podría haber nacido de una mujer contagiada por la mancha del pecado original?
Veamos un ejemplo de cómo la justicia de Dios actúa contra quienes están en su presencia y se niegan a ser santificados (1 SAM. 5, 1-12).
Dado que el Antiguo Testamento contiene el anuncio de nuestra Redención que ha acontecido en tiempos del Nuevo Testamento, y contiene el anuncio de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros que aún esperamos, podemos decir, con toda justicia, que la santidad de Dios se nos revela más plenamente en la segunda parte de la Biblia, que en el Antiguo Pacto.
(LC. 19, 45-48). Si el Templo de Jerusalén, que sólo era una figura de la morada de Dios, -la cuál es el corazón de los hombres-, no debía utilizarse para llevar a cabo prácticas relacionadas con el pecado, ¿cómo podría haber nacido Jesús de una mujer necesitada de la purificación de su alma?
No sólo el Alma y el Cuerpo de Nuestro Señor, sino hasta los vestidos de Jesús eran santos. (MT. 9, 20-22. 14, 36).
Si las ropas de Jesús eran santas, ¿cómo no había de ser santo el cuerpo que durante nueve meses le hizo de vestido a Nuestro Salvador?
1-2. Las figuras del Antiguo Testamento referidas a María.
Dios le dijo a la serpiente en el pasaje del pecado original de nuestros primeros padres, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
En esta ocasión, meditaremos sobre tres figuras de Nuestra Señora, las cuales, son:
1-2-1. Eva,
1-2-2. la enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente, y
1-2-3. el Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Meditemos sobre dichas figuras brevemente.
1-2-1. Eva.
La serpiente engañó a Eva, la cual, al perder la inocencia divina, dejó de depender de Dios, y se hizo esclava del hombre (GN. 3, 16).
Eva es nuestra madre, por cuanto fue la primera mujer que existió, y, por tanto, de ella procede el linaje humano. "El hombre llamó a su mujer «Eva» (Hawa en hebreo), por ser ella la madre de todos los vivientes" (GN. 3, 20).
Si Eva es la madre de la que hemos heredado nuestra condición pecadora, María es la Madre que nos conduce a la presencia de Dios.
(AP. 12, 1-2). La angustia de la que se nos informa en el fragmento del Apocalipsis que acabamos de recordar, fue el resultado de una experiencia de entrega total de María Santísima al servicio de Dios. Recordemos cómo, en contraposición a la conducta que observó Nuestra Santa Madre, nuestra primera predecesora, se dejó seducir por Satanás (GN. 3, 6).
En contraposición a la conducta de Eva, María le dijo al Arcángel San Gabriel, en el pasaje de la Anunciación, las palabras que encontramos en LC. 1, 38.
De la misma manera que Jesucristo corrigió la desviación de la conducta de Adán al redimirnos, María Santísima corrigió el mal comportamiento de Eva con su buen proceder.
Si de Eva nació Caín, el cuál asesinó a su hermano Abel por envidia (GN. 4, 8), de María nació Jesús, quien con su buena conducta corrigió el pecado de Caín, quien asesinó a un sólo hombre, vivificando a todos los que tengan y ejerzan fe en Él, por consiguiente, Nuestro Salvador, nos dice, las palabras que leemos en JN. 5, 24.
1-2-2. La enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente.
En la traducción Pseptuagésima de las Escrituras hebreas, en GN. 3, 15, la palabra que traducimos como "simiente" es "semenos", que se traduce literalmente al castellano como "semen". De la misma forma que Eva procedió directamente de Dios, el alma de María fue protegida para que no fuera manchada por la vergonzante mácula del pecado original. Es esta la causa por la que Jesucristo, el descendiente de la nueva Eva, -María de Nazaret-, es Aquel de quien profetizó el autor bíblico, -bajo la inspiración del Espíritu Santo-, que le aplastaría la cabeza al Demonio, cuando este intentara morderle el tobillo, -es decir, aunque Jesús se dejó asesinar por los secuaces de Satanás, resucitó de entre los muertos para no morir jamás, y fue glorificado por habernos redimido-. Ya que nuestras dos madres proceden directamente de Dios, Jesucristo también procede de Nuestro Padre común, -es decir, procede de una simiente no contaminada con la mancha del pecado de origen-. Tengamos en cuenta que es Dios quien protegió a María Santísima de llevar la vergonzante mancha del pecado sobre sí, pues le dijo a la serpiente, refiriéndose a María: "Enemistad pondré entre ti y la mujer" (GN. 3, 15).
Eva no podía ser la mujer de la que Dios le habló a la serpiente, dado que nuestra antepasada común acababa de desobedecerle, por lo que, aunque fue creada totalmente purificada, a diferencia de Nuestra Santa Madre que fue preservada de pecar, tuvo la opción de elegir, y tomó la peor decisión de la Historia de la humanidad, ya que no sólo nos perjudicó a todos sus descendientes, sino que condenó a muerte al Unigénito de Dios.
1-2-3. El Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Los hebreos, por orden de Dios, construyeron un templo portátil (ÉX. 25, 8-9). Si dicho templo era figura de la morada de Dios, -la cuál es Cristo, quien vive en las almas de sus creyentes-, Nuestra Santa Madre fue la morada del Redentor de las naciones.
De la misma manera que la gloria de Dios llenó el primer Tabernáculo, Nuestra Santa Madre también fue glorificada por Nuestro Creador (ÉX. 40, 34-38). La gloria del Espíritu Santo llenó el corazón de Nuestra Santa Madre (LC. 1, 35). El hecho de que el Espíritu Santo cubriera con su sombra a María, significa que la Madre de Jesús fue convertida en Templo -o Morada- de Dios.
San Lucas quiso que sus lectores vieran a María como una perfecta Arca de la Alianza, contenedora de la esencia de Dios.
Fijaos en el siguiente paralelismo: (2 SAM. 6, 9 y LC. 1, 43).
Consideremos un nuevo paralelismo (2 SAM. 6, 14 y LC. 1, 44).
Consideremos un último paralelismo (2 SAM. 6, 11 y LC. 1, 56).
1-3. Las palabras que San Gabriel le dijo a Nuestra Señora, en el pasaje de la Anunciación.
Sabemos que el Evangelio de San Lucas fue escrito en griego coiné. San Gabriel le dijo a María, en el pasaje de la Anunciación: "Jaire Kejaritomene" (LC. 1, 28). Tales palabras, se traducen al castellano, como: "Alégrate, llena de gracia".
María es la hija de Sión, la imagen de la Jerusalén purificada de sus pecados (JL. 2, 21-27). El suelo en la Biblia es sinónimo de fertilidad, así pues, veamos algunos pasajes donde el suelo fértil es el seno de María, Madre de Jesús, y Madre de la humanidad redimida: (GN. 2, 7). Dios creó a Adán y a Eva libres de la mancha del pecado que ambos atrajeron hacia sí después libremente. Este hecho indica que la humanidad redimida es hija de Nuestra Santa Madre, María, la mujer que fue creada para ser Madre de Dios.
DE la misma manera que Dios hizo al hombre con tierra del suelo, de la carne purísima de María, formó a Jesús, Nuestro Salvador.
(GN. 22, 13). En el pasaje que estamos considerando, Abraham es imagen de Dios, e Isaac, -su hijo-, es imagen de Jesús por cuanto estuvo a punto de ser sacrificado, e imagen nuestra, por cuanto fue librado de la muerte, de la misma forma que, por los méritos de Cristo, hemos ganado la vida eterna. Mientras que Abraham fue probado por Dios, Nuestro Padre común, con tal de demostrarnos su amor para con nosotros, consintió la muerte de su Unigénito.
Si el carnero que Abraham vio no hubiera aparecido de la nada, dicho jeque no hubiera tenido en cuenta la vida de su hijo, porque consideraba que su misión más importante en la vida, era tributarle culto a Dios.
El citado carnero, también es imagen de Cristo, por cuanto, de la misma manera que la vida de dicho animal le ganó a Isaac el hecho de seguir viviendo, Jesucristo, por su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos ha ganado la vida eterna.
De la misma manera que el citado carnero parecía ser fruto del monte de Moriah, en el que Abraham iba a sacrificar a su hijo, para rendirle culto a Dios, Jesucristo procede de una tierra santa, -el seno de María-, la cual lo trajo al mundo para que pudiera redimirnos con su sacrificio.
(ÉX. 3, 1-2). Con tal que los creyentes no se hicieran imágenes de Yahveh, y confundieran a su Dios con las divinidades extranjeras, Elohim adoptó la costumbre de manifestársele a su pueblo y especialmente a sus amigos íntimos por medio de teofanías, es decir, imágenes sensibles. En esta ocasión, Moisés vio a Dios convertido en zarza ardiente, cuyo fuego era inextinguible, por causa del simbolismo purificador que dicho elemento tiene en la Biblia. De la misma forma que el fuego y la voz de Dios salían de la zarza ardiente, Cristo procede de Dios. El símbolo del fuego se identifica perfectamente con Jesús, pues Nuestro Señor es la luz del mundo (JN. 8, 12). De la misma forma que la zarza que Moisés vio estaba plantada en el suelo, Jesús procede de la Virgen María, la tierra fértil sobre la que se fundamenta el Reino de Dios, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo.
María reconoció que el texto de Joel que recordamos anteriormente se refiere a Ella (LC. 1, 49).
(ZAC. 9, 9). María fue la tierra santificada que recibió a su Salvador con gran alegría, tal como Jerusalén debió haber recibido a su Redentor en su entrada triunfal a la Ciudad Santa.
(SOF. 3, 14-18). Quienes de entre mis lectores han sido emigrantes, saben perfectamente lo que significa el hecho de tener una tierra propia en la que echar raíces. La tierra de los cristianos es el Reino de Dios. Mientras que dicho Reino concluye su plena instauración en este suelo, vivimos como emigrantes, ya que, si somos cristianos practicantes, no estamos exentos de tener problemas, porque nuestra fe no es compatible con todas las creencias del medio en el que nos desenvolvemos. María Santísima es la tierra santa que produjo al Salvador, y, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor, es la tierra que, porque Dios lo quiere, no cesa de orar para atraer a sus hijos al Reino de Nuestro Padre común.
2. Los protestantes y la Inmaculada Concepción.
Nuestros hermanos protestantes dicen que los dogmas marianos sólo son invenciones del clero para atarnos a los feligreses a creencias absurdas. Tales hermanos nuestros dicen que María Santísima es pecadora (ROM. 3, 23; 1 JN. 1, 8).
Según nuestros hermanos, dado que todos somos pecadores según ROM. 3, 23, decir que María Santísima fue excepcionalmente salvada de llevar la vergonzante mancha del pecado original, es una falacia. Para justificar sus creencias, nos recuerdan el siguiente pasaje del Evangelio de San Mateo: (MT. 12, 46-50). Lo primero que hacen nuestros hermanos cuando leen este pasaje, es hacer un comentario referente a que los católicos manipulamos las Escrituras, pues prueba de ello es que negamos el hecho de que Jesús tuvo hermanos, dado que, según ellos, María solo fue Virgen hasta que dio a luz a Jesús, pues interpretan erróneamente MT. 1, 25, donde se dice que José no conoció a María hasta que ésta dio a luz a Jesús, lo cuál no ha de interpretarse literalmente, pues, siendo María el Templo de Dios, ¿cómo podía José mantener relaciones maritales con Ella?
La falta de espacio me imposibilita el hecho de tratar la cuestión de la Virginidad de María y el hecho de si Jesús tuvo hermanos carnales, temas utilizados por muchos de quienes no saben qué hacer para contradecirnos, al interpretar MT. 12, 46-50, en atención a sus creencias.
Para los judíos, todos los descendientes de un mismo abuelo, eran hermanos. Los primos de Jesús no estaban de acuerdo con la doctrina predicada por el Mesías. María, siendo mujer, -aparte de que seguro desearía abrazar a su Hijo-, no tenía potestad legal para tomar decisiones. Al haber fallecido José, la Madre de Jesús vivía a merced de sus familiares, los cuales debieron obligarla a buscar a Jesús, forzándola para que convenciera a Nuestro Salvador de que se volviera a casa con ellos, con tal de impedir lo que todos veían acercarse: la lapidación o la crucificción del Señor.
Jesús utilizó palabras que probablemente dañaron el corazón de María, porque quizás Ella se sintió culpable de haberse dejado arrastrar por sus familiares para impedir que su Hijo llevara a cabo su obra, pero María comprendía que Jesús tenía que utilizar un vocabulario claro y conciso, con tal que sus familiares no lo ridiculizaran ante sus oyentes, para que los tales no aceptaran su predicación.
(LC. 11, 27-28). Si María escuchó o tuvo conocimiento de que Jesús pronunció tales palabras, debió sufrir, en el sentido de que a todas las madres que aman a sus descendientes les gusta gloriarse de lo que sus hijos dicen y hacen, pero Ella sabía bien que la misión que Dios le encomendó no le reportaba en este mundo más que motivos de sufrimiento, porque el Reino de Dios en este mundo a veces es causa de violencia (MT. 11, 12).
Jesús no pretendió minusvalorar a su Madre, sino hacer que sus creyentes comprendieran lo importante que es el hecho de que le seamos sumisos a Dios. Muchos católicos se escandalizan porque entre nosotros hay quienes le piden cosas a María antes de pedírselas a Jesús, pero, dado que tanto la Madre como el Hijo se aman y son Dioses, ¿qué importa a quién le pidamos dádivas primeramente?
Volviendo al tema que nos ocupa en esta meditación, podemos tener en cuenta los siguientes versículos bíblicos, para fundamentar el dogma de la Inmaculada Concepción de María, ante los protestantes: (JD. 1, 24-25). Sólo Dios pudo mantener a Nuestra Santa Madre incontamida de la mácula del pecado original.
Volvamos al texto de ROM. 3, 23. San Pablo, al hablar de "todos", no pudo referirse a toda la humanidad, sino a los pecados que todos cometemos individualmente, porque ni Elías ni Henoc experimentaron la muerte física, pues fueron arrebatados al cielo (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11). Como todos sabemos, Cristo, -quien también se hizo Hombre por nuestra causa-, tampoco está incluido en el "todos" que San Pablo escribió en el citado versículo de su Carta a los Romanos que estamos considerando.
1 JN. 1, 8, tampoco puede referirse a Jesús (HEB. 4, 15). Si Jesús hubiera nacido de una mujer pecadora, no hubiera podido vivir como un Santo perfecto, porque hubiera contraído la mancha del pecado original, la cuál le hubiera impedido llevar a cabo su propósito, por consiguiente, aunque se hubiera dejado crucificar, su condición pecadora le hubiera impedido que el Padre hubiera aceptado su sacrificio, otorgándole el valor redentor que lo caracteriza.
Tanto en ROM. 3, 23 como en 1 JN. 1, 8-9, no se aborda la cuestión del pecado original, sino el tema del pecado personal. Vemos que San Juan no aborda la cuestión del pecado original, sino el tema de los pecados individuales de sí mismo y de cada uno de sus lectores.
¿Pretendo decir que en la Biblia no se aborda el pecado original? No puedo decir esto, dado que San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: (ROM. 5, 12).
Aunque los textos de ROM. 3, 23 y de 1 JN. 1, 8-9, hacen referencia a nuestros pecados personales, el "todos" de ROM. 3, 23, no puede abarcar a toda la humanidad, ya que, quienes por su edad o por las enfermedades que padecen no tienen uso de razón, están libres de cometer pecados personales, aunque se dé el caso de que algunos de ellos puedan hacer el mal, pero, al no ser conscientes de sus acciones, no pueden ser tenidos como pecadores.
Consideremos LC. 1, 28. La palabra "Kejaritomene" ("llena de gracia") nos sorprende, porque indica un cambio de nombre. Sabemos que en la Biblia, tanto Dios Padre como Jesús, les cambiaron el nombre a algunos personajes, para indicar con cierto énfasis la misión que debían llevar a cabo los tales (MT. 16, 16-19).
María es "la llena de gracia", porque fue convertida por el Espíritu Santo en Templo de Dios.
A quienes celebráis el día de Nuestra Señora de Guadalupe, os deseo que Nuestra Santa Madre interceda ante Jesús por vosotros, para que, desde vuestras circunstancias actuales, experimentéis la salvación que todos esperamos. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Nota: Para obtener más información respecto del Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, consultad el ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo C.
¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original?
1. Explicación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.
Estimados hermanos y amigos:
A quienes temen que el culto mariano se superponga a la Liturgia correspondiente al Domingo III de Adviento, les digo que también voy a publicar una meditación para tal ocasión, para que mis lectores tengan ocasión de leer las dos meditaciones, pues, si la Liturgia de este Domingo debe ser celebrada, no es conveniente que dejemos pasar la ocasión de recordar a María Santísima, en su advocación de Guadalupe. Esta es la primera vez que voy a escribir una meditación para la fiesta que estamos celebrando, y lo hago con mucho gusto, por el amor que siento por la Madre de Dios, y para darles gracias a la inmensa mayoría de mis lectores, que son latinoamericanos, por leer mis meditaciones semanales, y por haberme manifestado su apoyo emocional cuando lo que erróneamente llamamos adversidad me ha afectado.
El pasado día ocho del presente mes, con ocasión de la celebración de la Inmaculada Concepción de María, escribí una meditación en la que expliqué brevemente el dogma de fe que estamos considerando. Mis lectores católicos aceptaron el contenido de dicha meditación sin problemas, e incluso muchos de ellos me felicitaron por la claridad del texto, pero otros tantos lectores, que no son católicos, me han manifestado las razones por las que rechazan este dogma mariano, lo cuál ha tenido la consecuencia de que escriba la presente meditación, con tal de demostrar que María no fue afectada por la mácula del pecado original, con la Biblia en la mano.
La Iglesia Católica, siguiendo la doctrina de San Pablo (ROM. 5, 12), nos enseña que, al haber pecado nuestros primeros padres, nosotros nacemos afectados, tanto por la mancha vergonzante del pecado, como por las consecuencias de dicha desobediencia a Dios por parte de nuestros antepasados comunes.
Apenas Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Padre dispuso que su Unigénito redimiera a la humanidad mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección. Si Adán, que era un hombre semiperfecto, desobedeció a Dios, sólo Jesucristo, el Hombre perfecto, podía pagar con su vida el precio de dicha desobediencia, dado que no era posible que Dios purificara a la humanidad caída por medio de una víctima sacrificial marcada por la mancha del pecado.
Si María Santísima no hubiera nacido sin pecado original, la humanidad del Mesías hubiera estado afectada por la mancha del pecado de origen, por lo que, en consecuencia, Nuestro Señor no hubiera podido vivir como un Hombre perfecto.
Excepcionalmente, el Espíritu Santo impidió que la mancha del pecado original contaminara el alma de María, para que Nuestra Santa Madre, de la que el Arca de la Alianza, el Templo de Jerusalén, la Iglesia terrena y el Templo celestial apocalíptico son imágenes, pudiera ser el Templo divino capaz de contener a su Creador. El gran prodigio de la Inmaculada Concepción de María se llevó a cabo gracias a los méritos que posteriormente al tiempo en que dicho milagro se llevó a cabo, obtuvo Nuestro Señor por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección.
¿Por qué quiso Dios que su Santa Madre fuese Inmaculada? Todos nacemos para desempeñar la misión que Dios nos encomienda. La mayoría de cristianos vivimos como seglares mientras que algunos de entre los nuestros deciden consagrarle su vida a Dios, porque, por causas que desconocemos, el Espíritu Santo los colma de dones y virtudes, que Dios les concede, para que los ejerciten en su presencia. María de Nazaret nació sin ser afectada por el pecado original, porque Dios quiso escoger a una mujer, y hacer de ella el prototipo de lo que llegaremos a ser, cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, -es decir, una imagen inspirada en la esencia de Nuestro Señor Resucitado de entre los muertos-.
Existen tres argumentos bíblicos que demuestran la veracidad del dogma sobre el que estamos reflexionando, los cuales son:
1-1. La santidad absoluta de Dios,
1-2. las figuras del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia) referidas a la Madre de Jesús, y
1-3. las palabras con que el Arcángel San Gabriel saludó a Nuestra Señora, el día en que aconteció la Anunciación del Nacimiento de Nuestro Salvador (LC. 1, 28).
Desarrollemos dichos argumentos con la Biblia en la mano.
1-1. La santidad absoluta de Dios.
Aunque mientras se prolongan nuestras vidas tenemos la oportunidad de superar los errores que nos caracterizan, Dios, por su santidad absoluta, no está relacionado con el pecado. Recordemos que, después de que nuestros primeros padres le desobedecieran, aconteció el siguiente hecho: (GN. 3, 22-24).
Mientras nos purificamos y nos santificamos para vivir en la presencia de Dios, no podemos vivir en el Edén comunicándonos con Nuestro Creador, no sólo espiritualmente, sino también escuchando su voz, porque Dios no está relacionado con el pecado. La razón que nos insta a desear alcanzar la plenitud de la pureza, es el deseo que tenemos de vivir en presencia de Nuestro Padre común.
En el pasaje bíblico de la revelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí, leemos las siguientes palabras de Yahveh: (ÉX. 3, 5). Moisés debía abstenerse de mezclar el polvo de la tierra profana que estaba pegado a sus sandalias con el polvo del terreno que fue santificado por la presencia de Elohim, el Dios Todopoderoso. Las realidades del mundo deben ser santificadas antes de serles presentadas a Dios. Dado que el mundo se opone a Dios, y Nuestro Creador es celoso de todo lo que toca, no es posible que su Hijo naciera de una mujer marcada por la desobediencia a YHWH.
Si la presencia del Dios Uno y Trino santifica, ¿cómo hubiera podido Jesús nacer de una mujer marcada por el pecado, sin haberla santificado previamente a su concepción? Esta es la razón por la que los cristianos católicos creemos que la Madre de Dios fue santificada desde el momento en que Dios creó su alma y fue concebida.
(NÚM. 4, 15). Los hebreos no consagrados a Dios tenían prohibido el hecho de tocar los objetos consagrados al culto divino. ¿Cómo Jesucristo, siendo el Gran Sumo Sacerdote de la humanidad, podría haber nacido de una mujer contagiada por la mancha del pecado original?
Veamos un ejemplo de cómo la justicia de Dios actúa contra quienes están en su presencia y se niegan a ser santificados (1 SAM. 5, 1-12).
Dado que el Antiguo Testamento contiene el anuncio de nuestra Redención que ha acontecido en tiempos del Nuevo Testamento, y contiene el anuncio de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros que aún esperamos, podemos decir, con toda justicia, que la santidad de Dios se nos revela más plenamente en la segunda parte de la Biblia, que en el Antiguo Pacto.
(LC. 19, 45-48). Si el Templo de Jerusalén, que sólo era una figura de la morada de Dios, -la cuál es el corazón de los hombres-, no debía utilizarse para llevar a cabo prácticas relacionadas con el pecado, ¿cómo podría haber nacido Jesús de una mujer necesitada de la purificación de su alma?
No sólo el Alma y el Cuerpo de Nuestro Señor, sino hasta los vestidos de Jesús eran santos. (MT. 9, 20-22. 14, 36).
Si las ropas de Jesús eran santas, ¿cómo no había de ser santo el cuerpo que durante nueve meses le hizo de vestido a Nuestro Salvador?
1-2. Las figuras del Antiguo Testamento referidas a María.
Dios le dijo a la serpiente en el pasaje del pecado original de nuestros primeros padres, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
En esta ocasión, meditaremos sobre tres figuras de Nuestra Señora, las cuales, son:
1-2-1. Eva,
1-2-2. la enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente, y
1-2-3. el Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Meditemos sobre dichas figuras brevemente.
1-2-1. Eva.
La serpiente engañó a Eva, la cual, al perder la inocencia divina, dejó de depender de Dios, y se hizo esclava del hombre (GN. 3, 16).
Eva es nuestra madre, por cuanto fue la primera mujer que existió, y, por tanto, de ella procede el linaje humano. "El hombre llamó a su mujer «Eva» (Hawa en hebreo), por ser ella la madre de todos los vivientes" (GN. 3, 20).
Si Eva es la madre de la que hemos heredado nuestra condición pecadora, María es la Madre que nos conduce a la presencia de Dios.
(AP. 12, 1-2). La angustia de la que se nos informa en el fragmento del Apocalipsis que acabamos de recordar, fue el resultado de una experiencia de entrega total de María Santísima al servicio de Dios. Recordemos cómo, en contraposición a la conducta que observó Nuestra Santa Madre, nuestra primera predecesora, se dejó seducir por Satanás (GN. 3, 6).
En contraposición a la conducta de Eva, María le dijo al Arcángel San Gabriel, en el pasaje de la Anunciación, las palabras que encontramos en LC. 1, 38.
De la misma manera que Jesucristo corrigió la desviación de la conducta de Adán al redimirnos, María Santísima corrigió el mal comportamiento de Eva con su buen proceder.
Si de Eva nació Caín, el cuál asesinó a su hermano Abel por envidia (GN. 4, 8), de María nació Jesús, quien con su buena conducta corrigió el pecado de Caín, quien asesinó a un sólo hombre, vivificando a todos los que tengan y ejerzan fe en Él, por consiguiente, Nuestro Salvador, nos dice, las palabras que leemos en JN. 5, 24.
1-2-2. La enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente.
En la traducción Pseptuagésima de las Escrituras hebreas, en GN. 3, 15, la palabra que traducimos como "simiente" es "semenos", que se traduce literalmente al castellano como "semen". De la misma forma que Eva procedió directamente de Dios, el alma de María fue protegida para que no fuera manchada por la vergonzante mácula del pecado original. Es esta la causa por la que Jesucristo, el descendiente de la nueva Eva, -María de Nazaret-, es Aquel de quien profetizó el autor bíblico, -bajo la inspiración del Espíritu Santo-, que le aplastaría la cabeza al Demonio, cuando este intentara morderle el tobillo, -es decir, aunque Jesús se dejó asesinar por los secuaces de Satanás, resucitó de entre los muertos para no morir jamás, y fue glorificado por habernos redimido-. Ya que nuestras dos madres proceden directamente de Dios, Jesucristo también procede de Nuestro Padre común, -es decir, procede de una simiente no contaminada con la mancha del pecado de origen-. Tengamos en cuenta que es Dios quien protegió a María Santísima de llevar la vergonzante mancha del pecado sobre sí, pues le dijo a la serpiente, refiriéndose a María: "Enemistad pondré entre ti y la mujer" (GN. 3, 15).
Eva no podía ser la mujer de la que Dios le habló a la serpiente, dado que nuestra antepasada común acababa de desobedecerle, por lo que, aunque fue creada totalmente purificada, a diferencia de Nuestra Santa Madre que fue preservada de pecar, tuvo la opción de elegir, y tomó la peor decisión de la Historia de la humanidad, ya que no sólo nos perjudicó a todos sus descendientes, sino que condenó a muerte al Unigénito de Dios.
1-2-3. El Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Los hebreos, por orden de Dios, construyeron un templo portátil (ÉX. 25, 8-9). Si dicho templo era figura de la morada de Dios, -la cuál es Cristo, quien vive en las almas de sus creyentes-, Nuestra Santa Madre fue la morada del Redentor de las naciones.
De la misma manera que la gloria de Dios llenó el primer Tabernáculo, Nuestra Santa Madre también fue glorificada por Nuestro Creador (ÉX. 40, 34-38). La gloria del Espíritu Santo llenó el corazón de Nuestra Santa Madre (LC. 1, 35). El hecho de que el Espíritu Santo cubriera con su sombra a María, significa que la Madre de Jesús fue convertida en Templo -o Morada- de Dios.
San Lucas quiso que sus lectores vieran a María como una perfecta Arca de la Alianza, contenedora de la esencia de Dios.
Fijaos en el siguiente paralelismo: (2 SAM. 6, 9 y LC. 1, 43).
Consideremos un nuevo paralelismo (2 SAM. 6, 14 y LC. 1, 44).
Consideremos un último paralelismo (2 SAM. 6, 11 y LC. 1, 56).
1-3. Las palabras que San Gabriel le dijo a Nuestra Señora, en el pasaje de la Anunciación.
Sabemos que el Evangelio de San Lucas fue escrito en griego coiné. San Gabriel le dijo a María, en el pasaje de la Anunciación: "Jaire Kejaritomene" (LC. 1, 28). Tales palabras, se traducen al castellano, como: "Alégrate, llena de gracia".
María es la hija de Sión, la imagen de la Jerusalén purificada de sus pecados (JL. 2, 21-27). El suelo en la Biblia es sinónimo de fertilidad, así pues, veamos algunos pasajes donde el suelo fértil es el seno de María, Madre de Jesús, y Madre de la humanidad redimida: (GN. 2, 7). Dios creó a Adán y a Eva libres de la mancha del pecado que ambos atrajeron hacia sí después libremente. Este hecho indica que la humanidad redimida es hija de Nuestra Santa Madre, María, la mujer que fue creada para ser Madre de Dios.
DE la misma manera que Dios hizo al hombre con tierra del suelo, de la carne purísima de María, formó a Jesús, Nuestro Salvador.
(GN. 22, 13). En el pasaje que estamos considerando, Abraham es imagen de Dios, e Isaac, -su hijo-, es imagen de Jesús por cuanto estuvo a punto de ser sacrificado, e imagen nuestra, por cuanto fue librado de la muerte, de la misma forma que, por los méritos de Cristo, hemos ganado la vida eterna. Mientras que Abraham fue probado por Dios, Nuestro Padre común, con tal de demostrarnos su amor para con nosotros, consintió la muerte de su Unigénito.
Si el carnero que Abraham vio no hubiera aparecido de la nada, dicho jeque no hubiera tenido en cuenta la vida de su hijo, porque consideraba que su misión más importante en la vida, era tributarle culto a Dios.
El citado carnero, también es imagen de Cristo, por cuanto, de la misma manera que la vida de dicho animal le ganó a Isaac el hecho de seguir viviendo, Jesucristo, por su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos ha ganado la vida eterna.
De la misma manera que el citado carnero parecía ser fruto del monte de Moriah, en el que Abraham iba a sacrificar a su hijo, para rendirle culto a Dios, Jesucristo procede de una tierra santa, -el seno de María-, la cual lo trajo al mundo para que pudiera redimirnos con su sacrificio.
(ÉX. 3, 1-2). Con tal que los creyentes no se hicieran imágenes de Yahveh, y confundieran a su Dios con las divinidades extranjeras, Elohim adoptó la costumbre de manifestársele a su pueblo y especialmente a sus amigos íntimos por medio de teofanías, es decir, imágenes sensibles. En esta ocasión, Moisés vio a Dios convertido en zarza ardiente, cuyo fuego era inextinguible, por causa del simbolismo purificador que dicho elemento tiene en la Biblia. De la misma forma que el fuego y la voz de Dios salían de la zarza ardiente, Cristo procede de Dios. El símbolo del fuego se identifica perfectamente con Jesús, pues Nuestro Señor es la luz del mundo (JN. 8, 12). De la misma forma que la zarza que Moisés vio estaba plantada en el suelo, Jesús procede de la Virgen María, la tierra fértil sobre la que se fundamenta el Reino de Dios, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo.
María reconoció que el texto de Joel que recordamos anteriormente se refiere a Ella (LC. 1, 49).
(ZAC. 9, 9). María fue la tierra santificada que recibió a su Salvador con gran alegría, tal como Jerusalén debió haber recibido a su Redentor en su entrada triunfal a la Ciudad Santa.
(SOF. 3, 14-18). Quienes de entre mis lectores han sido emigrantes, saben perfectamente lo que significa el hecho de tener una tierra propia en la que echar raíces. La tierra de los cristianos es el Reino de Dios. Mientras que dicho Reino concluye su plena instauración en este suelo, vivimos como emigrantes, ya que, si somos cristianos practicantes, no estamos exentos de tener problemas, porque nuestra fe no es compatible con todas las creencias del medio en el que nos desenvolvemos. María Santísima es la tierra santa que produjo al Salvador, y, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor, es la tierra que, porque Dios lo quiere, no cesa de orar para atraer a sus hijos al Reino de Nuestro Padre común.
2. Los protestantes y la Inmaculada Concepción.
Nuestros hermanos protestantes dicen que los dogmas marianos sólo son invenciones del clero para atarnos a los feligreses a creencias absurdas. Tales hermanos nuestros dicen que María Santísima es pecadora (ROM. 3, 23; 1 JN. 1, 8).
Según nuestros hermanos, dado que todos somos pecadores según ROM. 3, 23, decir que María Santísima fue excepcionalmente salvada de llevar la vergonzante mancha del pecado original, es una falacia. Para justificar sus creencias, nos recuerdan el siguiente pasaje del Evangelio de San Mateo: (MT. 12, 46-50). Lo primero que hacen nuestros hermanos cuando leen este pasaje, es hacer un comentario referente a que los católicos manipulamos las Escrituras, pues prueba de ello es que negamos el hecho de que Jesús tuvo hermanos, dado que, según ellos, María solo fue Virgen hasta que dio a luz a Jesús, pues interpretan erróneamente MT. 1, 25, donde se dice que José no conoció a María hasta que ésta dio a luz a Jesús, lo cuál no ha de interpretarse literalmente, pues, siendo María el Templo de Dios, ¿cómo podía José mantener relaciones maritales con Ella?
La falta de espacio me imposibilita el hecho de tratar la cuestión de la Virginidad de María y el hecho de si Jesús tuvo hermanos carnales, temas utilizados por muchos de quienes no saben qué hacer para contradecirnos, al interpretar MT. 12, 46-50, en atención a sus creencias.
Para los judíos, todos los descendientes de un mismo abuelo, eran hermanos. Los primos de Jesús no estaban de acuerdo con la doctrina predicada por el Mesías. María, siendo mujer, -aparte de que seguro desearía abrazar a su Hijo-, no tenía potestad legal para tomar decisiones. Al haber fallecido José, la Madre de Jesús vivía a merced de sus familiares, los cuales debieron obligarla a buscar a Jesús, forzándola para que convenciera a Nuestro Salvador de que se volviera a casa con ellos, con tal de impedir lo que todos veían acercarse: la lapidación o la crucificción del Señor.
Jesús utilizó palabras que probablemente dañaron el corazón de María, porque quizás Ella se sintió culpable de haberse dejado arrastrar por sus familiares para impedir que su Hijo llevara a cabo su obra, pero María comprendía que Jesús tenía que utilizar un vocabulario claro y conciso, con tal que sus familiares no lo ridiculizaran ante sus oyentes, para que los tales no aceptaran su predicación.
(LC. 11, 27-28). Si María escuchó o tuvo conocimiento de que Jesús pronunció tales palabras, debió sufrir, en el sentido de que a todas las madres que aman a sus descendientes les gusta gloriarse de lo que sus hijos dicen y hacen, pero Ella sabía bien que la misión que Dios le encomendó no le reportaba en este mundo más que motivos de sufrimiento, porque el Reino de Dios en este mundo a veces es causa de violencia (MT. 11, 12).
Jesús no pretendió minusvalorar a su Madre, sino hacer que sus creyentes comprendieran lo importante que es el hecho de que le seamos sumisos a Dios. Muchos católicos se escandalizan porque entre nosotros hay quienes le piden cosas a María antes de pedírselas a Jesús, pero, dado que tanto la Madre como el Hijo se aman y son Dioses, ¿qué importa a quién le pidamos dádivas primeramente?
Volviendo al tema que nos ocupa en esta meditación, podemos tener en cuenta los siguientes versículos bíblicos, para fundamentar el dogma de la Inmaculada Concepción de María, ante los protestantes: (JD. 1, 24-25). Sólo Dios pudo mantener a Nuestra Santa Madre incontamida de la mácula del pecado original.
Volvamos al texto de ROM. 3, 23. San Pablo, al hablar de "todos", no pudo referirse a toda la humanidad, sino a los pecados que todos cometemos individualmente, porque ni Elías ni Henoc experimentaron la muerte física, pues fueron arrebatados al cielo (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11). Como todos sabemos, Cristo, -quien también se hizo Hombre por nuestra causa-, tampoco está incluido en el "todos" que San Pablo escribió en el citado versículo de su Carta a los Romanos que estamos considerando.
1 JN. 1, 8, tampoco puede referirse a Jesús (HEB. 4, 15). Si Jesús hubiera nacido de una mujer pecadora, no hubiera podido vivir como un Santo perfecto, porque hubiera contraído la mancha del pecado original, la cuál le hubiera impedido llevar a cabo su propósito, por consiguiente, aunque se hubiera dejado crucificar, su condición pecadora le hubiera impedido que el Padre hubiera aceptado su sacrificio, otorgándole el valor redentor que lo caracteriza.
Tanto en ROM. 3, 23 como en 1 JN. 1, 8-9, no se aborda la cuestión del pecado original, sino el tema del pecado personal. Vemos que San Juan no aborda la cuestión del pecado original, sino el tema de los pecados individuales de sí mismo y de cada uno de sus lectores.
¿Pretendo decir que en la Biblia no se aborda el pecado original? No puedo decir esto, dado que San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: (ROM. 5, 12).
Aunque los textos de ROM. 3, 23 y de 1 JN. 1, 8-9, hacen referencia a nuestros pecados personales, el "todos" de ROM. 3, 23, no puede abarcar a toda la humanidad, ya que, quienes por su edad o por las enfermedades que padecen no tienen uso de razón, están libres de cometer pecados personales, aunque se dé el caso de que algunos de ellos puedan hacer el mal, pero, al no ser conscientes de sus acciones, no pueden ser tenidos como pecadores.
Consideremos LC. 1, 28. La palabra "Kejaritomene" ("llena de gracia") nos sorprende, porque indica un cambio de nombre. Sabemos que en la Biblia, tanto Dios Padre como Jesús, les cambiaron el nombre a algunos personajes, para indicar con cierto énfasis la misión que debían llevar a cabo los tales (MT. 16, 16-19).
María es "la llena de gracia", porque fue convertida por el Espíritu Santo en Templo de Dios.
A quienes celebráis el día de Nuestra Señora de Guadalupe, os deseo que Nuestra Santa Madre interceda ante Jesús por vosotros, para que, desde vuestras circunstancias actuales, experimentéis la salvación que todos esperamos. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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