Meditación.
2. Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades.
Meditación de 2 TES. 3, 7-12.
Los tesalonicenses acogieron con alegría el mensaje que San Pablo les predicó, y fueron un gran ejemplo de fe, no sólo en su vida ordinaria, sino en medio de persecuciones. A pesar de ello, ora por la rápida marcha del Apóstol de Tesalónica, por causa de una emboscada que le tendieron los judíos enemigos del Cristianismo, ora por la creencia de éste referente a que el fin del mundo estaba a punto de acaecer de un momento a otro, y por causa de la primera Carta que San Pablo les escribió, haciendo referencia a su citada creencia, muchos creyentes se despreocuparon totalmente de sus actividades cotidianas, creyendo que el mundo estaba a punto de ver su fin, tal como hacen muchos sectarios actualmente.
El texto de San Pablo que estamos meditando, no solamente nos enseña a no descuidar nuestras ocupaciones cotidianas, sino que también nos enseña a no convertirnos en parásitos ni en nuestros hogares, ni en el trabajo, ni en las comunidades cristianas físicas o virtuales de que formamos parte, esperando que otros hagan el trabajo que nos corresponde.
Tengamos en cuenta que, la existencia de un sólo parásito en una comunidad, da lugar a muchos malentendidos, lo cual puede repercutir en contra de todos los creyentes de dicha comunidad. Yo mismo trabajé durante unos tres años en una pequeña iglesia abandonada como catequista, ayudante de catequistas, lector y animador de cantos. Nunca faltaron quienes intentaran desvalorar mi trabajo, sin tener en cuenta que les dedicaba a mis actividades parroquiales muchas horas a la semana. La situación de quienes querían impedir mi trabajo e incluso adaptar el mismo a sus gustos, dio lugar a que un sacerdote me dijera: "No te lo ordeno, sino que te sugiero que dejes de trabajar en esa Iglesia si quiera una buena temporada, para ver si, el no estar allí, tiene la consecuencia de que se te respete como mereces. Las personas tenemos el defecto de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos, así pues, valora mi consejo". El citado sacerdote vio mal que otros intentaran aprovecharse de mi trabajo y de mi deficiencia visual para quedar bien, como si los tales me hubieran enseñado a hacer mi trabajo bien hecho.
¿Trabajamos en nuestras comunidades físicas y/o virtuales, o somos meros espectadores/consumidores de los recursos y el trabajo del personal religioso y laico que trabaja en las mismas?
En el caso de que trabajemos en nuestras comunidades, nos esforzamos para edificar las mismas, damos órdenes y no hacemos nada, o nos dedicamos a atentar contra la estima de quienes hacen todos los trabajos?
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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La fortaleza de la fe. (Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La fortaleza de la fe.
Los pasados días uno y dos del presente mes celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Aún perdura en nosotros el recuerdo del mensaje que nuestra Santa Madre la Iglesia nos transmitió a través de la Liturgia de los citados días, es decir, que si queremos alcanzar la santidad, sólo debemos desear ser santos, y cumplir la voluntad de Dios, como si dependiera de ello el hecho de que alcancemos la citada meta que constituye el principal propósito de nuestra existencia, y, por otra parte, si consideramos las ventajas que tiene el hecho de vivir en la presencia de Dios frente al dolor característico de esta vida, el hecho de morir no resulta trágico, sino consolador, dado que la muerte significa que comprobaremos que se acabará el tiempo en que hemos de ser probados, para que así podamos vivir en el Reino de Nuestro Padre común.
Si queremos alcanzar la santidad, es importante que nos esforcemos para tener fe en Dios, pues un Hagiógrafo les escribió a sus lectores hebreos: (HEB. 11, 1. 3. 6).
Después de definir la fe utilizando el citado texto del autor de la Epístola a los Hebreos, vamos a basar la meditación de este Domingo en el siguiente texto evangélico, que contiene unas palabras de Jesús muy significativas: (MT. 6, 33).
¿Hasta qué punto hemos de posponer nuestras prioridades para ocuparnos de expandir el Reino de Dios? Cuando ayudaba a las catequistas de una pequeña Iglesia a preparar a un grupo de niños para que recibieran por primera vez a Jesús, le expliqué a una de aquellas mujeres el versículo bíblico cuya meditación nos ocupa en esta ocasión. Una señora que no negó en ningún momento que no tenía fe en Dios, me dijo: "Para mí lo más importante no son las cosas de Dios, sino las cosas de mi familia".
Aunque las demás catequistas permanecían en silencio esperando mi respuesta, yo sabía que muy pocas de ellas estaban de mi parte, dado que no pretendían formar a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe, sino hacer una gran fiesta, pero, a pesar de ello, estuvieron conformes con lo que le dije a su compañera. "San Juan escribió en la Biblia: (1 JN. 4, 20)."
Aunque los religiosos viven plenamente consagrados al cumplimiento de la voluntad de Dios, los laicos tenemos que conjugar el cumplimiento de nuestras obligaciones con la vivencia de nuestra fe. Cometen un error enorme quienes piensan que la vivencia de nuestra fe no es compativle con el cumplimiento de nuestras obligaciones, así pues, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 7, 32-34). El hecho de que los que estamos casados nos dediquemos al cumplimiento de nuestras obligaciones, no nos aparta en absoluto del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, sino que nos brinda la oportunidad de vivir ejemplarmente en un mundo que no aprecia algunos de nuestros valores, que, al no poseer los mismos, cada día es testigo de más injusticias.
Independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos procurar que Dios sea el centro de nuestra vida, lo cuál no debe ser considerado como fanatismo, dado que os he demostrado que, el hecho de tener fe y de ejercitar la misma, no debe apartarnos de nuestras obligaciones, sino que, al contrario, nos insta a llevar a cabo las mismas con el mayor grado de perfección que nos sea posible.
La mujer de Sarepta que aparece en la primera lectura de este Domingo, es un gran ejemplo de fe para nosotros. Elías le pidió agua, y ella no tuvo inconveniente en dársela, pero, antes de que le diera de beber, él le pidió pan, a lo cuál ella le dijo: (1 RE. 17, 12).
¡Que situación tan trágica vivía aquella mujer! Viviendo situaciones mucho menos difíciles que la que se nos describe en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, muchos pensaríamos que Dios nos ha abandonado. Elías le dijo a la pobre mujer que, antes incluso de alimentar a su hijo y de comer ella, que le hiciera una torta de harina. Elías no le hizo esta petición porque se consideraba superior a aquella humilde familia, sino porque a todos nosotros, en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida, nos llega el tiempo de tomar la opción de dejarnos arrastrar por las dificultades que caracterizan nuestra existencia, o de vivir inspirados por nuestra fe cristiana, por más apariencia que tengan las circunstancias que vivimos de que Dios no quiere saber nada de nosotros.
Otro ejemplo admirable de fe es la viuda que aparece en el Evangelio de hoy, la cuál, no teniendo nada en la vida excepto dos monedas de muy escaso valor, las depositó en el arca de las ofrendas del Templo de Jerusalén. Este hecho me hace pensar en las ocasiones que permanecemos pasivos pensando que lo que podemos aportar a alguna causa es un esfuerzo tan insignificante que no merece la pena realizar el mismo, y olvidamos que, millones y millones de esfuerzos anónimos que aparentan ser insignificantes, pueden hacerle un gran bien a la humanidad.
Lo más difícil de tener fe, -a parte del empeño de creer en Dios sin ver a Nuestro Padre común-, es obedecer a Nuestro criador. Naamán, el leproso sirio, se enfadó mucho porque Eliseo no lo recibió como a un hombre de un alto status social y no lo curó llevando a cabo un largo y complicado ritual mágico, pues el citado profeta únicamente le mandó decir que se lavara siete veces en el Jordán, a fin de que su carne quedara limpia de dicha enfermedad.
Nosotros imitamos a Naamán cuando, en vez de llevar a cabo pequeños gestos que nos harían felices a Dios, a nuestros prójimos y a nosotros, consideramos que nuestra fe católica no es más que un rosario de nonadas.
¿Cuánto tiempo hace que no abrazamos a los nuestros?
¿Cuánto tiempo hace que no ayudamos a algún necesitado, si no a salir de la pobreza porque no podemos permitirnos ese lujo, a cubrir alguna necesidad, aunque la misma no sea vital?
¿Nos negamos a creer en Dios porque pensamos que nuestra fe no tiene valor, y lo único que vamos a hacer es quedar en ridículo ante nuestros conocidos al vivir inspirados por la misma?
Meditemos el siguiente pasaje bíblico: (2 RE. 5, 13).
(HEB. 13, 14). Por la fe que profesamos sabemos que, aunque cada día que pasa se acerca el final de nuestra vida, la muerte no es el fin de nuestra existencia, pues, aunque nuestro cuerpo fallecerá, nuestra alma vivirá eternamente en la presencia de Nuestro Padre común. A pesar de ello, no debemos meditar únicamente en la dicha que esperamos olvidando nuestras obligaciones, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (2 TES. 3, 12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La fortaleza de la fe.
Los pasados días uno y dos del presente mes celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Aún perdura en nosotros el recuerdo del mensaje que nuestra Santa Madre la Iglesia nos transmitió a través de la Liturgia de los citados días, es decir, que si queremos alcanzar la santidad, sólo debemos desear ser santos, y cumplir la voluntad de Dios, como si dependiera de ello el hecho de que alcancemos la citada meta que constituye el principal propósito de nuestra existencia, y, por otra parte, si consideramos las ventajas que tiene el hecho de vivir en la presencia de Dios frente al dolor característico de esta vida, el hecho de morir no resulta trágico, sino consolador, dado que la muerte significa que comprobaremos que se acabará el tiempo en que hemos de ser probados, para que así podamos vivir en el Reino de Nuestro Padre común.
Si queremos alcanzar la santidad, es importante que nos esforcemos para tener fe en Dios, pues un Hagiógrafo les escribió a sus lectores hebreos: (HEB. 11, 1. 3. 6).
Después de definir la fe utilizando el citado texto del autor de la Epístola a los Hebreos, vamos a basar la meditación de este Domingo en el siguiente texto evangélico, que contiene unas palabras de Jesús muy significativas: (MT. 6, 33).
¿Hasta qué punto hemos de posponer nuestras prioridades para ocuparnos de expandir el Reino de Dios? Cuando ayudaba a las catequistas de una pequeña Iglesia a preparar a un grupo de niños para que recibieran por primera vez a Jesús, le expliqué a una de aquellas mujeres el versículo bíblico cuya meditación nos ocupa en esta ocasión. Una señora que no negó en ningún momento que no tenía fe en Dios, me dijo: "Para mí lo más importante no son las cosas de Dios, sino las cosas de mi familia".
Aunque las demás catequistas permanecían en silencio esperando mi respuesta, yo sabía que muy pocas de ellas estaban de mi parte, dado que no pretendían formar a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe, sino hacer una gran fiesta, pero, a pesar de ello, estuvieron conformes con lo que le dije a su compañera. "San Juan escribió en la Biblia: (1 JN. 4, 20)."
Aunque los religiosos viven plenamente consagrados al cumplimiento de la voluntad de Dios, los laicos tenemos que conjugar el cumplimiento de nuestras obligaciones con la vivencia de nuestra fe. Cometen un error enorme quienes piensan que la vivencia de nuestra fe no es compativle con el cumplimiento de nuestras obligaciones, así pues, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 7, 32-34). El hecho de que los que estamos casados nos dediquemos al cumplimiento de nuestras obligaciones, no nos aparta en absoluto del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, sino que nos brinda la oportunidad de vivir ejemplarmente en un mundo que no aprecia algunos de nuestros valores, que, al no poseer los mismos, cada día es testigo de más injusticias.
Independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos procurar que Dios sea el centro de nuestra vida, lo cuál no debe ser considerado como fanatismo, dado que os he demostrado que, el hecho de tener fe y de ejercitar la misma, no debe apartarnos de nuestras obligaciones, sino que, al contrario, nos insta a llevar a cabo las mismas con el mayor grado de perfección que nos sea posible.
La mujer de Sarepta que aparece en la primera lectura de este Domingo, es un gran ejemplo de fe para nosotros. Elías le pidió agua, y ella no tuvo inconveniente en dársela, pero, antes de que le diera de beber, él le pidió pan, a lo cuál ella le dijo: (1 RE. 17, 12).
¡Que situación tan trágica vivía aquella mujer! Viviendo situaciones mucho menos difíciles que la que se nos describe en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, muchos pensaríamos que Dios nos ha abandonado. Elías le dijo a la pobre mujer que, antes incluso de alimentar a su hijo y de comer ella, que le hiciera una torta de harina. Elías no le hizo esta petición porque se consideraba superior a aquella humilde familia, sino porque a todos nosotros, en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida, nos llega el tiempo de tomar la opción de dejarnos arrastrar por las dificultades que caracterizan nuestra existencia, o de vivir inspirados por nuestra fe cristiana, por más apariencia que tengan las circunstancias que vivimos de que Dios no quiere saber nada de nosotros.
Otro ejemplo admirable de fe es la viuda que aparece en el Evangelio de hoy, la cuál, no teniendo nada en la vida excepto dos monedas de muy escaso valor, las depositó en el arca de las ofrendas del Templo de Jerusalén. Este hecho me hace pensar en las ocasiones que permanecemos pasivos pensando que lo que podemos aportar a alguna causa es un esfuerzo tan insignificante que no merece la pena realizar el mismo, y olvidamos que, millones y millones de esfuerzos anónimos que aparentan ser insignificantes, pueden hacerle un gran bien a la humanidad.
Lo más difícil de tener fe, -a parte del empeño de creer en Dios sin ver a Nuestro Padre común-, es obedecer a Nuestro criador. Naamán, el leproso sirio, se enfadó mucho porque Eliseo no lo recibió como a un hombre de un alto status social y no lo curó llevando a cabo un largo y complicado ritual mágico, pues el citado profeta únicamente le mandó decir que se lavara siete veces en el Jordán, a fin de que su carne quedara limpia de dicha enfermedad.
Nosotros imitamos a Naamán cuando, en vez de llevar a cabo pequeños gestos que nos harían felices a Dios, a nuestros prójimos y a nosotros, consideramos que nuestra fe católica no es más que un rosario de nonadas.
¿Cuánto tiempo hace que no abrazamos a los nuestros?
¿Cuánto tiempo hace que no ayudamos a algún necesitado, si no a salir de la pobreza porque no podemos permitirnos ese lujo, a cubrir alguna necesidad, aunque la misma no sea vital?
¿Nos negamos a creer en Dios porque pensamos que nuestra fe no tiene valor, y lo único que vamos a hacer es quedar en ridículo ante nuestros conocidos al vivir inspirados por la misma?
Meditemos el siguiente pasaje bíblico: (2 RE. 5, 13).
(HEB. 13, 14). Por la fe que profesamos sabemos que, aunque cada día que pasa se acerca el final de nuestra vida, la muerte no es el fin de nuestra existencia, pues, aunque nuestro cuerpo fallecerá, nuestra alma vivirá eternamente en la presencia de Nuestro Padre común. A pesar de ello, no debemos meditar únicamente en la dicha que esperamos olvidando nuestras obligaciones, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (2 TES. 3, 12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo... (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Reportaje.
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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¿Por qué seguimos los católicos a Jesús? (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Meditación.
¿Por qué seguimos los católicos a Jesús?
La pregunta sobre la que vamos a meditar en esta ocasión se puede responder de distintas maneras, si tenemos en cuenta las diferentes razones que causan el hecho que nos motiva a seguir a Jesús de Nazaret. Dependiendo de la visión de las circunstancias que hemos vivido, la formación que hemos adquirido y la visión que tenemos de nuestro Padre y Dios, puede suceder que nos consideremos seguidores del Mesías con tal de evitar la condenación futura que obsesiona a muchos de nuestros hermanos en la fe, de la misma forma que también puede suceder que podemos ser fieles seguidores del Redentor de la Humanidad, sólo por la belleza de la realidad de poder amar y sentirnos amados al mismo tiempo. San Juan el Bautista es un gran ejemplo que podemos seguir a la hora de pensar cómo hemos de amar a Dios, pues, dicho Santo, dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en JN. 3, 27-30.
La grandeza de San Juan el Bautista es realmente admirable. El sabía muy bien que todos debemos contentarnos con lo que Dios nos concede, pues, aunque nuestro punto de vista no vislumbra nuestra vida tal como la ve Dios, nuestro Padre celestial nos da gozos, y nos permite pasar por la tristeza, la riqueza y la pobreza, todo lo cual ha de ser utilizado por nosotros, para que podamos alcanzar la santificación de nuestra alma, para que así podamos vivir en la presencia de nuestro Santo Padre. San Juan el Bautista era consciente de que Dios le concedió seguidores que le creyeran y se dejaran bautizar por él, pero no olvidaba ni un sólo momento que él no era el Mesías, con tal de evitar el fatídico hecho de dejarse arrastrar por el orgullo humano que, si bien les es necesario a quienes tienen baja la autoestima para poder realizarse, priva de amor y compañía a quienes no lo emplean adecuadamente, porque son narcisistas.
Dado que el citado Profeta sabía que la relación entre Dios y sus creyentes es comparada con la celebración de un banquete de bodas en las Sagradas Escrituras, el hijo de Elisabeth decía que la esposa le pertenece al Esposo, es decir, con tales palabras, el predicador del desierto, reconocía que, lo único que ambicionaba, era concluir su misión de Precursor mesiánico, dado que el Esposo de quien hablaba era Jesús, y, la esposa, era la comunidad de creyentes, que, lentamente, se reunían ante el Pastor de almas, que, pocos años después, dio su vida por ellos.
Con tal de no dar la impresión de que le hacía la competencia al Bautista al iniciar su Ministerio público, Jesús tomó la decisión de comenzar su predicación lejos del Bautista, el cual, valorando el hecho de que por tener fieles le hacía sombra al Hijo de María involuntariamente, recordando que sólo era el Predecesor del Mesías, tomó la decisión de hacer que sus seguidores caminaran en pos de Jesús, diciéndoles a los tales que, para que Jesús fuera aclamado por sus hermanos de raza, él tenía que ser empequeñecido, pues, una vez hubo cumplido su misión, debía empezar a retirarse, para que Jesús fuera el principal centro de atención, de quienes deseaban conocer la Palabra de Dios.
¿De qué manera elogió Jesús a San Juan el Bautista por haberle posibilitado el inicio de su Ministerio público? (MT. 11, 11).
Imaginemos que, independientemente de que seamos religiosos o laicos, le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero a la realización de la obra de la predicación del Evangelio. Supongamos que, el día del Juicio Universal, Jesús nos dice que, el más indigno de todos los hombres de la historia que ha sido digno de alcanzar la salvación, tiene una grandeza superior a la nuestra, en la presencia de nuestro Padre común. ¿Sentiríamos en ese preciso instante la sensación de haber trabajado inútilmente para Dios? ¿Sentiríamos la frustración de que nuestra labor no fuera suficientemente reconocida ateniéndonos a nuestro criterio meramente humano?
Después de haber meditado MT. 11, 11, ¿tenemos la sensación de que San Juan el Bautista, no fue valorado justamente por Jesús? La suma magnificencia en el Reino de Dios la tienen tanto Dios como sus hijos. La dicha que nos caracterizará en la presencia de Dios, no dependerá del galardón que recibamos, sino de la apertura de nuestro corazón y mente al Dios Uno y Trino. Al hacer esta meditación, pienso que, en vez de dejarnos arrastrar por el delirio de grandeza que consume a mucha gente, deberíamos dejarnos seducir por la pequeñez de todo un Dios que se hizo Hombre, para enseñarnos que, de la misma forma que venció la muerte con su Resurrección, de nuestro trabajo sin cansancio, de nuestro esfuerzo sincero y leal, depende la salvación de muchos de nuestros hermanos.
Hace pocos días empezamos a vivir un nuevo año, y, una vez más, hemos hecho propósitos, que no estamos cumpliendo. Raro es el día que no me encuentro con alguna persona que reniega de sus problemas. Todos queremos tener una vida tranquila y apacible, y, al mismo tiempo, queremos mejorar nuestra calidad de vida, olvidando que ambos deseos son incompatibles. ¿¿Queremos vivir sin problemas? Sometámonos al cumplimiento de la voluntad de las personas que nos rodean que tienen carácter fuerte. En tal caso, el problema que tendremos, será que nos quejaremos por falta de libertad y de la chispa de la originalidad que anhelamos. Si cumplimos este deseo nuestro, tendremos problemas, porque seguro que encontraremos a alguien a quien no le guste nuestro deseo de ser independientes.
¿Queremos vivir sin problemas? Renunciemos a la libertad que Dios nos ha otorgado.
¿Queremos ser nosotros mismos quienes dirijamos nuestra vida? En este caso, tendremos problemas, que nunca serán superiores al deseo que tenemos de superarnos.
Si no queremos tener problemas, con obedecer a quienes quieran someternos al cumplimiento de sus deseos, habremos cumplido la misión que nos hemos atribuido en esta vida, si es que otros no han tomado esa decisión por nosotros.
Si queremos ser independientes, sólo necesitamos caminar detrás de Jesús, porque el Señor es el Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Santo Padre, la Verdad que nos indica que todo lo que nos sucede, -aunque a veces nos duela-, tiene un sentido redentor, y la Vida eterna que añoramos, y cuya posesión nos mantiene sin perder la fe en este mundo, en que tantas dificultades tenemos que superar.
¿Podemos encontrar alguna luz en nuestro camino que nos conduzca entre las tinieblas de los problemas que podemos tener? La luz que nos alumbra es el "Hágase" de María, la aceptación de nuestra Santa Madre del cumplimiento de la voluntad de Dios, el sí quiero que se haga tu voluntad, -Santo Padre-, aunque no comprendo apenas tu designio o plan divino de salvarnos y conducirnos a tu presencia, purificados de toda mancha.
joseportilloperez@gmail.com
¿Por qué seguimos los católicos a Jesús?
La pregunta sobre la que vamos a meditar en esta ocasión se puede responder de distintas maneras, si tenemos en cuenta las diferentes razones que causan el hecho que nos motiva a seguir a Jesús de Nazaret. Dependiendo de la visión de las circunstancias que hemos vivido, la formación que hemos adquirido y la visión que tenemos de nuestro Padre y Dios, puede suceder que nos consideremos seguidores del Mesías con tal de evitar la condenación futura que obsesiona a muchos de nuestros hermanos en la fe, de la misma forma que también puede suceder que podemos ser fieles seguidores del Redentor de la Humanidad, sólo por la belleza de la realidad de poder amar y sentirnos amados al mismo tiempo. San Juan el Bautista es un gran ejemplo que podemos seguir a la hora de pensar cómo hemos de amar a Dios, pues, dicho Santo, dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en JN. 3, 27-30.
La grandeza de San Juan el Bautista es realmente admirable. El sabía muy bien que todos debemos contentarnos con lo que Dios nos concede, pues, aunque nuestro punto de vista no vislumbra nuestra vida tal como la ve Dios, nuestro Padre celestial nos da gozos, y nos permite pasar por la tristeza, la riqueza y la pobreza, todo lo cual ha de ser utilizado por nosotros, para que podamos alcanzar la santificación de nuestra alma, para que así podamos vivir en la presencia de nuestro Santo Padre. San Juan el Bautista era consciente de que Dios le concedió seguidores que le creyeran y se dejaran bautizar por él, pero no olvidaba ni un sólo momento que él no era el Mesías, con tal de evitar el fatídico hecho de dejarse arrastrar por el orgullo humano que, si bien les es necesario a quienes tienen baja la autoestima para poder realizarse, priva de amor y compañía a quienes no lo emplean adecuadamente, porque son narcisistas.
Dado que el citado Profeta sabía que la relación entre Dios y sus creyentes es comparada con la celebración de un banquete de bodas en las Sagradas Escrituras, el hijo de Elisabeth decía que la esposa le pertenece al Esposo, es decir, con tales palabras, el predicador del desierto, reconocía que, lo único que ambicionaba, era concluir su misión de Precursor mesiánico, dado que el Esposo de quien hablaba era Jesús, y, la esposa, era la comunidad de creyentes, que, lentamente, se reunían ante el Pastor de almas, que, pocos años después, dio su vida por ellos.
Con tal de no dar la impresión de que le hacía la competencia al Bautista al iniciar su Ministerio público, Jesús tomó la decisión de comenzar su predicación lejos del Bautista, el cual, valorando el hecho de que por tener fieles le hacía sombra al Hijo de María involuntariamente, recordando que sólo era el Predecesor del Mesías, tomó la decisión de hacer que sus seguidores caminaran en pos de Jesús, diciéndoles a los tales que, para que Jesús fuera aclamado por sus hermanos de raza, él tenía que ser empequeñecido, pues, una vez hubo cumplido su misión, debía empezar a retirarse, para que Jesús fuera el principal centro de atención, de quienes deseaban conocer la Palabra de Dios.
¿De qué manera elogió Jesús a San Juan el Bautista por haberle posibilitado el inicio de su Ministerio público? (MT. 11, 11).
Imaginemos que, independientemente de que seamos religiosos o laicos, le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero a la realización de la obra de la predicación del Evangelio. Supongamos que, el día del Juicio Universal, Jesús nos dice que, el más indigno de todos los hombres de la historia que ha sido digno de alcanzar la salvación, tiene una grandeza superior a la nuestra, en la presencia de nuestro Padre común. ¿Sentiríamos en ese preciso instante la sensación de haber trabajado inútilmente para Dios? ¿Sentiríamos la frustración de que nuestra labor no fuera suficientemente reconocida ateniéndonos a nuestro criterio meramente humano?
Después de haber meditado MT. 11, 11, ¿tenemos la sensación de que San Juan el Bautista, no fue valorado justamente por Jesús? La suma magnificencia en el Reino de Dios la tienen tanto Dios como sus hijos. La dicha que nos caracterizará en la presencia de Dios, no dependerá del galardón que recibamos, sino de la apertura de nuestro corazón y mente al Dios Uno y Trino. Al hacer esta meditación, pienso que, en vez de dejarnos arrastrar por el delirio de grandeza que consume a mucha gente, deberíamos dejarnos seducir por la pequeñez de todo un Dios que se hizo Hombre, para enseñarnos que, de la misma forma que venció la muerte con su Resurrección, de nuestro trabajo sin cansancio, de nuestro esfuerzo sincero y leal, depende la salvación de muchos de nuestros hermanos.
Hace pocos días empezamos a vivir un nuevo año, y, una vez más, hemos hecho propósitos, que no estamos cumpliendo. Raro es el día que no me encuentro con alguna persona que reniega de sus problemas. Todos queremos tener una vida tranquila y apacible, y, al mismo tiempo, queremos mejorar nuestra calidad de vida, olvidando que ambos deseos son incompatibles. ¿¿Queremos vivir sin problemas? Sometámonos al cumplimiento de la voluntad de las personas que nos rodean que tienen carácter fuerte. En tal caso, el problema que tendremos, será que nos quejaremos por falta de libertad y de la chispa de la originalidad que anhelamos. Si cumplimos este deseo nuestro, tendremos problemas, porque seguro que encontraremos a alguien a quien no le guste nuestro deseo de ser independientes.
¿Queremos vivir sin problemas? Renunciemos a la libertad que Dios nos ha otorgado.
¿Queremos ser nosotros mismos quienes dirijamos nuestra vida? En este caso, tendremos problemas, que nunca serán superiores al deseo que tenemos de superarnos.
Si no queremos tener problemas, con obedecer a quienes quieran someternos al cumplimiento de sus deseos, habremos cumplido la misión que nos hemos atribuido en esta vida, si es que otros no han tomado esa decisión por nosotros.
Si queremos ser independientes, sólo necesitamos caminar detrás de Jesús, porque el Señor es el Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Santo Padre, la Verdad que nos indica que todo lo que nos sucede, -aunque a veces nos duela-, tiene un sentido redentor, y la Vida eterna que añoramos, y cuya posesión nos mantiene sin perder la fe en este mundo, en que tantas dificultades tenemos que superar.
¿Podemos encontrar alguna luz en nuestro camino que nos conduzca entre las tinieblas de los problemas que podemos tener? La luz que nos alumbra es el "Hágase" de María, la aceptación de nuestra Santa Madre del cumplimiento de la voluntad de Dios, el sí quiero que se haga tu voluntad, -Santo Padre-, aunque no comprendo apenas tu designio o plan divino de salvarnos y conducirnos a tu presencia, purificados de toda mancha.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús me abrió los ojos. (Dinámica catequética para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A y el 24 de diciembre).
Dinámica catequética.
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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