Meditación.
Dios y el hombre.
Hubo un tiempo en el que no existía nada. Fue entonces cuando Dios creó el cielo y la tierra. Al hablar del cielo, debemos concebir el mismo como la alusión que hizo Moisés, -autor del texto de la creación del mundo-, al Reino celestial de Dios, en su dimensión espiritual.
Según Moisés, Dios no creó el universo material ordenadamente, puesto que, la obra divina, estaba en un completo estado de desorden y cubierta de tinieblas. El sagrado autor del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, sitúa la creación de Dios, por encima del infierno, un lugar muy polémico, que conocemos con 2 significados. Así pues, la definición más conocida del término infierno, equivale a un lugar de tormento eterno, al que están destinados quienes no creen en Dios, y aquellos que son considerados malos, porque no cumplen la Ley de Nuestro Padre común. La segunda definición de dicha palabra, equivale al Hades, el lugar al que estaban destinados los difuntos justos, hasta el día en que Jesús les abrió la puerta del cielo, siendo Él el primero en resucitar, de entre los que, hasta entonces, habían muerto. No obstante, en consideración al amor manifestado por Dios en las Sagradas Escrituras, en esta meditación, reflejaré más la segunda acepción de la palabra infierno, que el primer significado que se le atribuye a dicho término, anteriormente citada.
En medio de la confusión reinante en la creación del todopoderoso, el Espíritu Santo, en forma de viento, aleteaba por encima de las aguas de la lluvia. En estos términos, Moisés, hace alusión a los muchos sufrimientos que caracterizan la vida del hombre, simbolizados por dichas aguas, y al consuelo que el hombre recibe, al dejarse conducir por los amorosos impulsos del Paráclito.
Viendo Dios el caos y las tinieblas que dominaban su obra, exclamó: -Que exista la luz.
En aquél mismo instante en el que se pronunció Dios, empezó a existir la luz. De esta forma, Moisés quiso simbolizar el cambio de vida, que el hombre experimenta, al creer y vivir, en conformidad con el cumplimiento de la Ley del todopoderoso.
Cuando el Señor Dios creó la luz, cayó en la cuenta de que su última obra era buena, por lo cuál, no quiso mezclarla con la oscuridad tenebrosa, así pues, Dios llamó día a las horas en las cuales la luz ilumina la tierra, y, llamó noche, a las horas en las cuales percibimos la Oscuridad. De esta manera, transcurrió el primero de los 7 días en que Dios creó el mundo. Téngase en cuenta, pues, que los 7 días citados por el autor del texto que estamos meditando, no eran periodos de tiempo de veinticuatro horas, sino años incontables.
En el segundo día de su creación, Dios se pronunció en estos términos: -Que exista el firmamento, para que separe las aguas de la tierra, de las aguas del cielo.
Así pues, creó Dios el cielo, que separaba las aguas que inundaban el planeta, de las aguas que habían de llover sobre la faz de la tierra. Cuando Dios hubo hecho esto, llamó al firmamento cielo, y concluyó un nuevo y considerable periodo geológico de su obra creadora.
En el tercer día de su incesante labor, Dios dijo estas palabras: -Que se junten las aguas que están por debajo del firmamento, para que una parte de la tierra quede seca.
Cuando la orden del Creador fue ejecutada por la acción del Espíritu Santo, llamó Dios tierra a la parte del planeta que estaba seca, y llamó mares, a aquellas partes de la tierra que estaban cubiertas de agua. Entonces, dijo el Señor: -Que la tierra produzca vegetación. De esta forma, creó Dios la hierba y los árboles.
Cuando Dios hubo acabado de crear la vida vegetal, no pudo menos que admitir que era bueno lo que había hecho, así pues, concluyó un día más.
En el cuarto día de la creación, creó Dios el sol, la luna y las estrellas, y colocó cada cuerpo celeste en el firmamento, para alumbrar la tierra, para dominar en el día y las tinieblas nocturnas, y, para apartar, definitivamente, la luz de la oscuridad. Después de concluir esta nueva obra, vio Dios que era bueno todo cuanto había hecho.
El día siguiente, creó Dios cuantos animales existen en el mar y surcan el firmamento, y, una vez más, comprobó el Altísimo que su creación era buena, en señal de lo cuál, bendijo a dichos animales, en los términos que siguen: -Procreaos y multiplicaos, de forma que siempre existan animales que pueblen el mar, y aves que vivan en la tierra, y surquen mi cielo.
He aquí, pues, que concluyó el quinto día de la creación de Dios.
Al día siguiente, crió Dios a todos los animales que viven sobre la tierra, y comprobó el Señor que había hecho bien, pero, ¿había completado el todopoderoso su obra creadora? Indudablemente, Dios deseaba crear a un ser que fuese más perfecto que todo aquello que había creado anteriormente. Por consiguiente, considerando lo aquí expuesto, el Creador dijo: -Hagamos al ser humano en conformidad con nuestra imagen y semejanza, para que domine a los peces del mar, a las aves celestes, a las bestias, y a las alimañas terrestres, y a los animales que serpean sobre la faz de la tierra.
Dios dijo: -Hagamos al ser humano.
¿Quién estaba con Dios en el tiempo de la creación? Dios estaba con Jesucristo, su Hijo, y con el Espíritu Santo, pues, las tres Personas citadas, son una sola Deidad.
Dios le dijo al hombre que dominara la creación, para hacerle saber que estaba hecho a la imagen corporal de Jesucristo, y a la semejanza espiritual de Nuestro Padre común.
Con la creación del hombre, Moisés dio por zanjada la cuestión de la creación del mundo, dado que consideraba que su relato podía ser fácilmente inteligible para los hebreos, a quienes estaba destinado el texto místico que estamos meditando, el cuál forma parte del primer volumen de la Biblia judeocristiana.
Dios bendijo el séptimo día de la creación, y lo proclamó día santo, porque en él dio por concluida la creación del mundo, así pues, en razón de lo anteriormente expuesto en esta meditación, sabemos que Dios quiso que los hombres trabajaran durante 6 días a la semana, y descansaran el séptimo día, para que se dedicaran a rendirle culto al Altísimo, y para que pudieran estar, con quienes amaban, y con quienes les necesitaban, por consiguiente, desde que Dios creó al hombre, no cesa de decirnos: -Además de darme culto con vuestras palabras y oraciones, adoradme también con vuestras buenas obras.
El primer hombre que conoció el nombre de Dios, fue Moisés, el autor de los 5 primeros libros de que se compone la Biblia. Ni siquiera los 3 grandes Patriarcas del primitivo pueblo de Dios, supieron que el nombre de nuestro Criador, -Yahveh-, significa, literalmente, Yo Soy, en alusión al amor y al poder que caracterizan al Dios Altísimo.
Tanto los que creemos en nuestro Padre común como los que no aceptan la existencia del todopoderoso, alguna vez, nos hemos hecho esta inquietante pregunta: ¿Quién -o qué- es Dios?
Dios Padre es un ser espiritual, la primera Persona de la Santísima Trinidad, el principal misterio divino, la base sobre la cuál se fundamenta la predicación de Jesucristo. En un antiguo Catecismo publicado en España, podemos encontrar la siguiente información con respecto a Nuestro Creador:
"¿Quién es Dios? Dios es nuestro Padre, que está en los cielos, Creador y Señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos".
En el citado Catecismo, encontramos la siguiente información respecto de la descripción de Dios.
"¿Cómo es Dios? Dios es Espíritu purísimo, infinitamente perfecto, bueno, sabio, poderoso y eterno, principio y fin de todas las cosas.
¿Por qué decimos que Dios es Espíritu purísimo? Decimos que Dios es Espíritu porque es sabiduría y amor y no tiene cuerpo; y decimos que es purísimo porque es más perfecto que las almas y los ángeles.
¿Por qué decimos que Dios es infinitamente perfecto? Decimos que Dios es infinitamente perfecto, porque tiene todas las perfecciones sin defecto de límite" (Catecismo de la doctrina cristiana, tercer grado, publicado por la Comisión Episcopal de Enseñanza de España en el año 1972).
"El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas vías el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman Dios".
(CIC. S. Tomás de Aquino, S. Th. 1, 2, 3).
Según se constata en el capítulo 2 del primer libro de Moisés cuyo nombre es Génesis (Creación), Dios creó al hombre en la antigua Mesopotamia, en el actual Iraq. Así pues, según una antigua tradición hebrea, aquél cuyo nombre significa literalmente Yo Soy, en alusión a su amor y poder, hizo una imagen con polvo del suelo (GN. 2, 7), según deseaba que fuese el hombre, le insufló en la nariz un aliento vital, le infundió un alma espiritual, y, aquella última obra divina, resultó ser un ser vivo, hecho a la imagen corporal de Cristo, y a la semejanza espiritual de Nuestro Padre común.
Según expuse anteriormente, los días, las semanas, los meses y los años anunciados en la Biblia, no siempre coinciden con nuestra noción del tiempo real, así pues, la historia del hombre, se inicia en el sexto día de la creación, y alcanzará su plenitud en el séptimo día, cuando Cristo baje del cielo, para terminar de instaurar el Reino de Dios entre nosotros, el cuál ha sido violentado por el error, la enfermedad, el dolor, y, el pecado.
Cuando el Señor creó al hombre, no quiso dejarle solo, y, como el Altísimo hace siempre, quiso proveer las necesidades básicas de este, por lo cuál, le regaló a Adán el Edén, un paraíso terrenal del actual Iraq, para que su última creatura viviera gracias a sus trabajos agrícolas.
Antes de continuar recordando este relato de Moisés, hemos de recordar que, el hombre, básicamente, se puede dividir en dos partes, por consiguiente, nuestro cuerpo es nuestra parte tangible, y, nuestra alma espiritual, es nuestra parte intangible.
Llamamos alma al elemento psíquico -o espiritual- capacitado con la inmortalidad, capaz de entender, querer y sentir, que informa a nuestro cuerpo, y es el principio de nuestra vida, aún más allá de las leyes de la materia.
Ahora bien, si hemos sido creados a imagen y semejanza espiritual de Dios, ¿en qué se diferencian nuestras almas del Santo Espíritu de Dios? Mientras que nuestras almas sólo son nuestra parte intangible, el Santo Espíritu de Dios, es un Ser inmaterial, doto de razón, no obstante, mientras que nuestros cuerpos y almas forman un todo, el Espíritu Santo, es el Ser inmaterial por excelencia, que no necesita darle vida a un cuerpo para existir, tal como hubo de hacer el Paráclito, cuando creó por la Palabra de Dios el anteriormente mencionado muñeco de barro, y le insufló un aliento vital en la nariz, el cuál hizo que la citada creatura se convirtiera en un ser vivo.
Debido a que en los tiempos de Moisés no existían los estudios metafísicos de que disponemos en la actualidad, el autor del Génesis, no se hizo esta significativa pregunta: Si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, ¿por qué el Señor no nos ha dotado con todas sus ilimitadas e indefectibles perfecciones? La respuesta a este interrogante, es la razón por la cuál debemos conocer la Sagrada Escritura, de manera que, dicha obra literaria, le dé un nuevo y eterno sentido a nuestra vida. Hagamos que la Biblia cobre vida en nuestra vida, pues sólo alcanzaremos la más alta cumbre de la felicidad, cuando conozcamos a Nuestro Padre y Dios, y le aceptemos sin reservas.
A continuación, imaginaremos las partes en que se puede descomponer nuestra alma. En nuestros días, sabemos que, todas las funciones que siempre le hemos atribuido a nuestra alma, son llevadas a cabo por nuestro cerebro. A pesar de esta realidad que ha sido probada científicamente, yo sigo considerando que todos tenemos un alma, porque, cuando acontezca la hora de nuestra muerte, no se perderán en la nada, los dones y virtudes, con que Dios, Nuestro Creador, complementa aquella parte de nuestro todo que es intangible, por lo cuál, no es necesario decir, que desconocemos cómo es perfectamente.
Supongamos que nuestra alma, es semejante a un archivo que tiene muchos compartimentos, y que, en cada uno de dichos compartimentos, Dios, nos dota de los dones y virtudes, que nos son necesarios, para alcanzar la cumbre de la felicidad.
Ahora bien, ¿qué es un don? Un don, -como es sabido por todos nosotros, amigos lectores-, es la concesión de una dádiva, presente o regalo, así pues, un don procedente de Dios, es cualquiera de los bienes naturales -o sobrenaturales-, que poseemos respecto del todopoderoso, -el autor de los mismos-, de quien los recibimos.
Llamamos "virtud", a nuestra potestad de obrar, a la integridad de ánimo y a la bondad de la vida, que Nuestro Padre común nos concede, para que alcancemos la plenitud de la felicidad. Llamamos "virtudes" a aquellos hábitos -o costumbres- por los cuales estamos dispuestos a obrar en conformidad con nuestra forma de ser, o con la ley moral a la que estemos obligados en conciencia, o bien, por simple deseo, como ocurre en el caso de quienes aman a Dios, y le sirven, en sus prójimos los hombres.
Los principales dones que podemos recibir de nuestro Padre común son: El don de Dios (el Espíritu Santo), y la gracia.
"La gracia" es un don gratuito de Dios que nos eleva a la presencia de Nuestro Creador en orden a la Bienaventuranza eterna, es decir, nuestra permanencia en el Reino de Dios. Así pues, decimos que la gracia es "actual", porque Dios nos da más parte de este don sobrenatural, conforme conseguimos ser mejores, en nuestra vida ordinaria. De igual modo, decimos que la gracia es "cohoperante", porque posee la virtud de ayudar a nuestra voluntad, cuando queremos hacer el bien, y conseguimos convertir el fruto de nuestros deseos, en abundantes obras de amor.
Decimos que la gracia es "operante", porque nos ayuda a corregir nuestros errores e inocuos hábitos, mueve a nuestra alma a amar a nuestros prójimos, y, por consiguiente, a hacer el bien.
Decimos que la gracia es "original", porque Dios nos la infundirá, cuando vivamos en perfecto estado de amor e inocencia. La gracia también es "santificante", porque posee la virtud de hacernos herederos de los bienes que obtendremos, los cuales son las consecuencias inmediatas del cumplimiento de las promesas del Dios Creador del universo.
¿En qué consiste la gracia? La gracia es una cualidad o don sobrenatural permanente, que nos conduce a vivir en el Reino de Dios.
Llamamos "virtudes naturales", a aquellas que podemos adquirir con la ayuda de Dios, y con nuestros propios medios. No obstante, llamamos "virtudes sobrenaturales", a aquellas que podemos conseguir, al permanecer en estado de gracia, al creer y amar a Dios, cumpliendo, gustosamente, la Ley de Nuestro Criador.
Llamamos "virtudes teologales" a aquellas que nos conducen a Dios, el objeto inmediato de la consecución de las mismas. Dichas virtudes son: La fe, la esperanza, y la caridad.
"La fe" es una luz -o conocimiento- sobrenatural con que sin ver creemos lo que Dios nos ha revelado, bien a través de la Biblia, o nos lo ha dado a conocer, a través de sus predicadores, la naturaleza, nuestras propias vivencias, y otros medios.
Llamamos "esperanza" a la virtud sobrenatural que nos inclina a esperar y confiar en el cumplimiento de las promesas de Dios, las cuales nos han sido reveladas, gracias a los pactos o alianzas, que el Señor, -Nuestro Dios-, ha firmado con los hombres, a lo largo de la Historia. La esperanza, -amigos lectores-, no es un simple deseo, pues, de dicha virtud, -perfeccionadas la gracia, la fe, y, la caridad-, vivimos muchos millones de personas en todo el orbe cristiano, y, mucha gente, ha muerto gustosamente, con el propósito de encontrarse con Dios, cara a cara, para alcanzar, la cumbre -o plenitud- de la felicidad.
La principal virtud del cristiano, -aparte de la concesión de la gracia, que recibimos de parte de Nuestro Criador-, es "la caridad". Básicamente, la caridad consiste en que amemos a Dios más que a ninguna persona y que a ninguna de nuestras posesiones, y, a nuestros prójimos, -ya se trate de quienes amamos, de nuestros enemigos, e incluso de quienes desconocemos-, como si se tratasen de nosotros mismos.
Las principales virtudes morales, son estas 4: La prudencia, la justicia, la fortaleza, y, la templanza. Dichas virtudes, reciben el nombre de "cardinales", porque son las 4 columnas que sostienen el resto de las virtudes morales.
"La prudencia" es la virtud moral cardinal que nos permite discernir -y distinguir- lo que es conveniente para que actuemos en conciencia, procurando el bienestar de nuestros prójimos y nuestro, en orden a la permanencia junto a Dios Nuestro Señor, que ansiamos.
Llamamos "justicia", a la virtud que nos inclina a otorgarles a cada uno de nuestros prójimos lo que les pertenece porque es suyo, identificándonos así, con el proceder de Nuestro Dios.
Recibe el nombre de "fortaleza", la virtud que nos capacita para vencer todo temor o miedo, así como a evitar toda mala acción.
"La templanza", es la virtud que nos inclina a rechazar las tentaciones superfluas, para que así podamos vivir en armonía con Dios. El término templanza es sinónimo de las palabras sobriedad y continencia.
Existen muchas virtudes morales, entre las cuales destacan las siguientes: La religión, la humildad, la obediencia, la paciencia, la castidad, y, la penitencia.
Llamamos "religión", a la virtud que nos mueve a tributarle a Dios el culto a Él debido, que, además de orar o rezar, consiste en hacer obras de amor.
"La humildad", nos insta a conocer nuestras limitaciones y debilidades. Gracias a la posesión de dicha virtud, estamos capacitados para valorar no sólo nuestras obras, pues también podemos interpretar las intenciones que acompañan a nuestro modo de proceder.
"La paciencia", consiste en sufrir con la menor perturbación del ánimo posible, cuantos infortunios y trabajos hallamos de vivir, pues, ello no es malo -o superfluo-, si somos conscientes de que son vías que nos sirven para acercarnos a Dios.
Normalmente, solemos decir que "la castidad" es una virtud que poseen aquellos que se abstienen de todo goce sexual no permitido, bien por causa de su religión, o por una imposición de su conducta moral. Sin embargo, la castidad, es sinónimo de fortaleza y templanza, y ha de ser vivida por todos nosotros, en conformidad con nuestro estado actual.
Llamamos "penitencia" a la virtud que nos permite arrepentirnos del mal que hicimos en el pasado, y nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la Ley de Dios, con el apoyo de todas las virtudes anteriormente mencionadas.
Los citados dones y virtudes los recibimos gracias al anteriormente citado don de Dios, que es su Espíritu Santo, que siempre es operante en quienes le acogemos en nuestro corazón.
Después de meditar sobre nuestra alma, conozcamos al Dios Trinidad.
"Los atributos positivos" de Dios son aquellos mediante los cuales conocemos las perfecciones de la Trinidad beatísima, tales como su bondad y su misericordia. Por el contrario, llamamos "atributos negativos", a aquellos que nos informan de que Nuestro Criador es infinitamente perfecto.
Llamamos "atributos absolutos", aquellos que les son comunes a las tres Personas de la Santísima Trinidad, tales como su eternidad.
Los "atributos relativos", son aquellos que se refieren a una de las tres Personas de la Santísima Trinidad, -como la Paternidad del Padre-, o a 2 Personas del misterio más importante de la fe cristiana, -como es el caso de la voluntad del Padre y del Hijo-.
Llamamos "atributos quiescentes", a aquellos que nos instan a considerar a Dios como el Ser por excelencia. Uno de los citados atributos es la simplicidad.
Llamamos "atributos operativos", aquellos por cuya existencia consideramos a Dios como Ser dotado de poder y capacidad para poder obrar, como es el caso de la omnipotencia.
Son "atributos morales", aquellos por los que sabemos que Nuestro Creador es un Ser moral, así pues, un ejemplo de ello es la sabiduría.
Decimos que Dios es "simple", porque no se puede descomponer -o dividir- en varias partes, así pues, las tres Santas Personas divinas, son un sólo Dios.
Otro de los atributos de Dios, es "la unidad", porque, las tres Personas de la Trinidad Beatísima, son una sola Deidad, por lo cuál, no podemos hablar de la coexistencia de 3 dioses distintos, porque, las 3 Personas de dicho misterio, son un único Dios, por lo cuál, las tres Personas forman parte de ellas, de la misma manera que, las 3 líneas de que se compone un triángulo, parten de una misma base.
Si las 3Personas del misterio trinitario son un sólo Dios, no pueden tener descendientes, pero sí poseen el atributo de "la eternidad", porque nunca tuvieron un principio, y jamás conocerán su fin.
"La inmensidad", es el atributo que le permite a Dios difundirse sin límite alguno, lo cuál, le permite estar en todas partes, así pues, si la difusión de la Trinidad, recibe el nombre de inmensidad, "la ubicuidad", es la permanencia de la Trinidad Beatísima en todos los lugares.
Dios está en todas partes:
1. Por presencia, porque posee la facultad de verlo todo.
2. Por potencia, porque hace posible la conservación de todo cuanto ha creado.
3. Por esencia -o naturaleza-, porque le da el ser -o la existencia- a todo cuanto existe.
Dios es "omnisciente", porque posee el conocimiento de todo aquello que es real -o posible-.
Dios posee el atributo de "la omnipresencia", porque es un Ser ubicuo, es decir, que, en todo tiempo, está presente en todas partes.
Dios posee el atributo de "la omnipotencia", porque lo puede todo.
Llamamos "misterios" a las revelaciones que Dios nos hace, cuya naturaleza, es totalmente incomprensible para nosotros. No en vano, el término misterio, procede del vocablo latino "misterium", y, etimológicamente, significa, "cosa oculta".
La Trinidad de Dios, es la base sobre la cuál se originan -o fundamentan- todos los misterios que caracterizan la fe cristiana.
Dios es Uno en esencia -o naturaleza-, y Trino en Personas. Así pues, Dios es indivisible, porque sólo tiene una naturaleza espiritual y una voluntad, y, por ser un sólo Ser, -lógicamente-, posee un sólo entendimiento. No en vano, el alma humana, -imagen y semejanza del Espíritu Santo-, posee 3 potencias: El entendimiento, la voluntad, y la memoria, los cuales son estimulados gracias a los dones y virtudes que recibimos de Nuestro Criador.
Para comprender mejor el misterio de la Santísima Trinidad, veamos lo que significan las palabras naturaleza y persona.
Llamamos "naturaleza", a la esencia y a las propiedades características de todos los seres. En sentido moral, llamamos naturaleza, a la luz, al conjunto de virtudes que el hombre posee al nacer, y, posteriormente, le ayudan a discernir el bien de lo que es considerado por él como malo -o superfluo-.
Llamamos "persona", a todo ser inteligente, al que se le atribuyen todos sus actos.
La primera Persona del misterio que estamos recordando, es el Padre, porque de Él proceden el Hijo y el Espíritu Santo, por consiguiente, Nuestro Santo Creador, engendró al Hijo desde la eternidad, por lo que Jesucristo posee la misma esencia -o naturaleza-, de quien le engendró por generación intelectual.
La tercera Persona del citado misterio, es el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo desde la eternidad. Estas tres Personas, tienen una misma naturaleza espiritual, por lo que, en consecuencia, poseen los mismos dones y virtudes, como es el caso de su entendimiento.
Nosotros podemos ejercitar nuestros dones y virtudes, gracias a las siguientes perfecciones sobre naturales que Dios nos concede. He aquí, pues, los siete dones del Espíritu Santo: Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y, temor de Dios. Por consiguiente, las consecuencias inmediatas de la recepción y el ejercicio de dichos dones del Espíritu Santo, son los siguientes frutos: Caridad, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y, castidad.
Tras recordar lo anteriormente expuesto, nos será más fácil comprender el relato bíblico de la creación del mundo, el establecimiento de la primera Alianza entre Dios y el hombre, y la pérdida de la gracia de Dios, por parte de la última criatura del Creador del universo.
Justo en medio del Edén, hizo Dios que crecieran 2 árboles: El uno, era el árbol de la vida eterna, y, el otro, el árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. El uno, significaba la invitación que Dios le hizo al hombre, para que éste permaneciera junto a Él, y, el otro, la soberbia humana, es decir, la raíz u origen- de las impropias actuaciones del hombre, y, a la vez, fuente de riquezas espirituales, tales como la sabiduría, y el conocimiento de Dios, para aquellos que reciben, de la mano del Dios Altísimo, el fruto de la vida, esto es, el trono de la gloria de Cristo, es decir, la santa cruz, en que fue crucificado Nuestro Señor, el alimento espiritual que recibimos, en cada ocasión que celebramos el Sacramento de la Eucaristía.
Cuando Dios le mostró al hombre las riquezas del Edén, le dijo: -Si quieres alcanzar la más alta cumbre de la felicidad, imita mi forma de proceder. Mas no comas del fruto del árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal, porque morirás sin remedio, bajo el peso de las acciones que llevarás a cabo, a pesar de que no son propias de quienes desean imitarme, así pues, serás golpeado por el látigo del dolor.
Adán, el primer hombre que fue creado por Dios, vivió felizmente en el Edén, durante cierto tiempo, bajo la atenta mirada de Dios, pero, aquella criatura primogenea, se sintió humanamente sola, y, por ello, Dios se dijo a Sí mismo: -En ninguna circunstancia es bueno que el hombre esté sólo, así pues, voy a hacerle a alguien que sea semejante a él, para que ambos se sirvan con respecto a la ayuda y al consuelo que necesitarán.
Dios puso a todos los animales terrestres junto al hombre, pero, éste, además de ponerles a todos un nombre distinto, no encontró a ninguno que fuese semejante a él.
Una de las cualidades de la Biblia, consiste en que todos podemos interpretarla de la forma que mejor nos parezca, pues, la fe religiosa, no puede ser experimentada por nuestras ciencias modernas. Esta virtud de la Sagrada Escritura, ha sido aprovechada para producir frutos buenos e impropios de los hijos de Dios.
En conformidad con las costumbres de su época, Moisés, con la intención de evitar serios problemas convivenciales, en su lento caminar, primero desde Egipto hacia el monte Sinaí, y, posteriormente, hacia la Tierra prometida, había de someter a las mujeres rebeldes, a la autoridad de sus maridos. No olvidemos que, el autor del Pentateuco, fue educado en Egipto, en una civilización en que las mujeres no eran consideradas independientes de sus padres -o de sus maridos-, según estuviesen solteras o casadas.
Ya en el Nuevo Testamento, el benjaminita fariseo natural de Tarso llamado Saulo, -quien posteriormente fue conocido como San Pablo-, instó a sus lectores a que las mujeres se sometieran a los hombres, así pues, según un texto agregado por otro autor a su primera Carta a los Corintios, no les permitía proclamar el Evangelio en público, porque consideraba que, la inteligencia de ellas, era inferior a la inteligencia de los hombres. Sin duda alguna, la influencia sexista helena y judía, marcaron la vida del fiel Apóstol, que convirtió a muchos gentiles al Señor.
En contraposición a estos y a otros muchos oradores, Jesucristo, fue un gran defensor de las mujeres. Por consiguiente, en contraposición a los hábitos de su tiempo, no se avergonzaba de hablar con las mujeres en la calle, ni aun cuando muchas eran prostitutas, ni aun considerando que los mismos rabinos se avergonzaban si eran vistos conversando con sus mujeres fuera de sus hogares. Cuando Jesús resucitó, no se les manifestó primero a sus Apóstoles, pues antes de ello, se dejó ver por su tía María esposa de Cleofás, y María Magdalena, la hermana de sus amigos de Betania, Marta y Lázaro.
Normalmente, durante sus correrías evangelizadoras, Jesús, iba acompañado por algunas mujeres, a las que nunca les permitió que predicaran, con el fin de evitar que fuesen humilladas por la gente. Aun digo más, Jesús trató a su Madre con gran cortesía en las bodas de Caná de Galilea, y trató piadosamente a la mujer de Naím, a cuyo hijo difunto, le devolvió la vida. Cuando Nuestro Maestro resucitó, las mujeres que le vieron, creyeron este gran misterio de fe, antes que lo hicieran los propios Apóstoles.
Según Moisés, Dios, hizo caer una especie de sueño anestésico sobre el hombre, y, cuando este estaba profundamente dormido, le quitó una costilla, y le sanó la herida, colocándole carne en el lugar que ocupaba la citada costilla. Con la citada costilla, Dios creó a la mujer.
Cuando el hombre salió de dicho estado de sopor, Dios le presentó a la mujer que había hecho de su propia costilla, y, Adán, lleno de asombro y de alegría, no dudó en exclamar: -Esta vez, Dios me ha dado lo que le he pedido tantas veces. ¡Esta mujer sí que es igual en todo a mi carne y a mis huesos!. Ambos seremos una sola cosa.
Según la interpretación sexista de este mensaje bíblico, la mujer ha de estarle sometida al hombre, por cuanto fue formada de una costilla de este. Sin embargo, más lógico, es decir que Dios formó a la mujer de una costilla del hombre, para que ambos fuesen un sólo ser, con el doble de perfecciones que tenía Adán, antes de que Dios crease a Eva, su mujer. He de decir que los científicos han demostrado que las mujeres están más capacitadas que los hombres para soportar el dolor, y para administrar sus bienes.
Adán dijo: -Esta criatura nueva se llamará mujer (varona), porque fue tomada de una costilla del hombre (varón).
En su estado original, Dios dotó al hombre con tres clases de dones: Los naturales, los preternaturales, y, los sobrenaturales.
Entendemos que son "dones preternaturales", aquellos que Dios nos concede, y que no necesitamos para habitar en la tierra. Un ejemplo de ello, es la inmortalidad.
Dios le dio al hombre el don de "la impasividad", para que no conociera, ni la penalidad del trabajo (aunque ello no le privaba de trabajar para vivir), ni el dolor.
Dios le concedió al hombre el don de "la ciencia infusa", para que ambos pudieran comunicarse entre sí, y para que el hombre sintiera que Dios estaba con él, dándole a conocer sus inefables misterios.
Dios le concedió al hombre los dones sobrenaturales, la gracia, las virtudes, y los siete dones del Espíritu Santo, para que su última criatura siguiera haciéndose, incesantemente e infinitamente, perfecta.
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, ambos estaban desnudos, pero, no se avergonzaban de ello. Si analizamos literalmente esta cita del Génesis, podemos constatar que es absurda la idea de que Adán y su mujer se avergonzaran al contemplarse desnudos el uno al otro. Sin embargo, la interpretación teológica de esta cita bíblica, nos da a conocer el estado original en que Dios creó al hombre, cuyo estudio estamos considerando superficialmente.
Antes de continuar recordándoos esta conocida historia, he de deciros que los ángeles son las inclinaciones que tenemos para hacer el bien y el mal, por lo cuál, tal como supondréis, existen ángeles buenos (puros), y malos (impuros). En conformidad con el propósito que he escrito esta meditación, no creo necesario resaltar el estudio de dichas criaturas místicas, porque, ello, puede crearles muchas confusiones, a aquellos que no creen en la Jerarquía de la Iglesia Católica, que, en cierta forma, es muy parecida a la jerarquía angélica. No obstante, este estudio, supone muchos obstáculos para quienes se están iniciando en el conocimiento de nuestra fe.
Quizá muchos de vosotros, habréis oído decir que hay que evitar las malas tentaciones. Supongamos, pues, a una mujer que, en la tarde de un 24 de diciembre, le dice a su hijo que no se coma ninguno de los dulces que ha preparado, hasta que todos los miembros de su familia se reúnan para empezar a celebrar la típica fiesta del Nacimiento de Jesús. A pesar de la prohibición que le hace su progenitora, el niño, al ver muchos platos llenos de dulces variados todos ellos con muy buena pinta ante sus ojos, no puede evitar comerse unos cuantos. De igual manera, la curiosidad, y el deseo de superación personal, existente en las almas de Adán y Eva, dieron origen a un drama, el cuál, ha de ser vivido por nosotros, con el fin de que alcancemos las ilimitadas perfecciones de Nuestro Dios.
Imaginemos a Adán y a Eva en el Paraíso terrenal o Edén, donde se juntan los ríos Tigris y Eufrates, trabajando para que el árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal produjera hermosos y apetecibles frutos, de los cuales Dios les prohibió terminantemente que comieran, para que no murieran jamás. Pensemos en una mujer que carece de brazos, por lo cuál, le es imposible abrazar a sus hijos. El hombre, al estar hecho a la imagen y a la semejanza espiritual de Dios, ha de anhelar ser tan perfecto, como lo es el todopoderoso. Todos luchamos incesantemente con el fin de poder ser mejores de lo que somos actualmente. Todos queremos alcanzar nuevas metas. Por consiguiente, Adán y Eva, movidos por la curiosidad, y un inmenso deseo de alcanzar la plenitud de todas las perfecciones de Dios, comieron del sabroso fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.
Para que los hebreos comprendieran mejor el significado de esta escenificación teatral, el autor del pasaje bíblico que estamos considerando, disfrazó a la tentación de serpiente, y, a esta, la comparó con la encarnación del diablo, un ser místico espiritual, un ángel que traicionó a Dios, arrastrando con él a un tercio de los ángeles.
Siempre se ha dicho que, la mujer, además de ser tomada del hombre, fue la causante directa de que todos estemos sujetos al trabajo, al dolor, y a la misma muerte. Esta ficticia interpretación del texto del Génesis que estamos meditando, ha llegado a provocar la discriminación de muchas mujeres, todas ellas víctimas de la maldad de los hombres, y de muchas mujeres, que han utilizado dicha falsa interpretación del Génesis, simplemente, porque han sido más sexistas que los hombres.
La serpiente se dirigió a Eva en estos términos: -¿Cómo es que Dios se ha atrevido a ordenaros que siempre seáis tan ignorantes como lo son los niños pequeños? Si conocierais el bien y el mal, seríais más semejantes a Nuestro Creador de lo que sois. Si me obedecierais, podrías ser iguales a Dios en todas sus perfecciones. ¿No os gustaría estar siempre junto a Dios por causa de vuestros propios méritos? ¿No os parece que es hora de que Dios deje de daros toda clase de facilidades en todos los sentidos, para que la vida os enseñe a ser iguales a Él en todas sus perfecciones, para que seáis inmensamente felices, viviendo bajo la atenta mirada del todopoderoso?
Eva, sorprendida por las palabras del seductor, le dijo a la serpiente: -Dios nos ha dicho que somos libres para hacer lo que queramos, pero, además, se ha expresado de esta manera: Si queréis conocer el bien y el mal, tendréis que padecer mucho, e incluso habréis de morir, con el fin de alcanzar todo lo que yo os ofrezco, sin que para ello tengáis necesidad de sufrir. Si os limitáis a ser inocentes como niños, y os dejáis conducir por mis amorosas palabras, no tendréis la necesidad de ser perfectos a cambio de sucumbir bajo el efecto de la muerte, a sabiendas de que yo os puedo hacer infinitamente perfectos, librándoos de sucumbir bajo el dolor.
La serpiente le replicó a Eva: -¿Quieres dejar de decir sandeces y empezar a vivir por ti misma, sin depender del cuidado de Dios? Si él te ha puesto ante 2 caminos, has de elegir, cuál de ellos has de recorrer con el fin de que alcances la felicidad, pues debes saber que él no te abandonará.
Eva, impulsada por las palabras del diablo, comió del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, y le dio también de dicho fruto a Adán. Así pues, nuestros primeros padres, marcaron la senda que todos los hombres, -independientemente de que creamos en Dios o de que rechacemos a nuestro Creador-, solemos seguir, para ser mejores de lo que somos en la actualidad.
Decimos que el hombre se encuentra en estado natural, cuando no está en estado de gracia, es decir, cuando rehúsa la posibilidad de entregarse al servicio de Dios en sus prójimos los hombres, con todas las consecuencias que ello lleva impresas. Después de haber estudiado el estado del alma de quienes están en gracia de Dios, veamos en qué estado espiritual quedaron nuestros padres -y viven quienes no aceptan al todopoderoso-, después de vivir la experiencia del pecado de origen.
Muchas veces se nos ha dicho que el hombre deja de estar en estado de gracia santificante, en el momento en que desobedece voluntaria y conscientemente a Nuestro Padre común. Yo creo que la frase anterior, a pesar de que es muy conocida por nosotros, es desmentida por San Pablo, en los términos que siguen: (2 TIM. 2, 13).
A pesar de lo anteriormente dicho, recordemos las características de quienes no viven en estado de gracia.
1. Quienes no están en gracia de Dios, no son copartícipes del Reino del todopoderoso, así pues, por su desconocimiento -y/o rechazo- del todopoderoso, carecen de la posesión de los dones y las virtudes que caracterizan a quienes viven en estado de gracia.
2. Quienes no viven en estado de gracia, no poseen el don de la integridad, por lo cuál, muchos hemos oído decir que, las citadas personas, viven bajo la potencia destructiva de sus malas inclinaciones. Sin embargo, las personas íntegras, sobrias, disciernen claramente lo que consideran el bien del mal, y están dispuestas a vivir, ya sea en tiempos de alegría, o bien, en los días del dolor, aunque no vivan en gracia de Dios, y, por lo cuál, no hayan recibido los dones y las virtudes que conllevan nuestra fe universal. Quienes no viven en estado de gracia, pueden ser íntegros, si se caracterizan por su buena voluntad.
3. Quienes no están en estado de gracia, no poseen el don preternatural de la inmortalidad (quienes viven en estado de gracia tampoco poseen el citado don actualmente en lo que a sus cuerpos se refiere), por lo cuál, -al igual que quienes viven en estado de gracia-, están sujetos al dolor y a la muerte. El hombre, una vez perdida su munidad, no tuvo más remedio que aprender a sufrir.
4. Quienes no viven en estado de gracia, no poseen el don de la ciencia infusa, por lo cuál, torpemente, pueden, -según San Pablo-, buscar a Dios, aunque sea a tientas (HCH. 17, 28).
Cuando Adán y Eva comieron del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, no perdieron el apoyo de Dios (yo creo que la gracia no abandona los corazones de quienes la aceptan aunque posteriormente a ello se dediquen a incumplir la Ley de Dios, pero esta creencia es mía, no es profesada por la Iglesia). Ellos eran como niños pequeños que no sabían hacer nada sin la ayuda de Dios. Cuando Adán y Eva comieron del fruto anteriormente citado, fueron invadidos por un miedo atroz, porque habían escogido un camino demasiado difícil, para aprender a perfeccionarse, con sus propios medios, con sus solas fuerzas, y con la vivencia de su dolor.
Cuando el hombre perdió sus dones preternaturales, tuvo miedo de confesarle a Dios aquella decisión que había tomado, y, por ello, estaba terriblemente conmocionado.
Es cierto que Adán y Eva hubieran podido alcanzar la máxima perfección gracias a la ayuda de Dios y a su esfuerzo personal, pero, en su último estado, ¿cómo afrontaron la idea de que podían perder la vida en cualquier momento?
¿Qué pensaban Adán y Eva que era la muerte? Quizá pensaban que la pérdida de la vida debía ser algo muy malo, pues Dios les había amenazado con dejarles fallecer, si comían del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.
Cuando nuestros primeros padres estaban atormentados pensando en su porvenir, oyeron a Dios, que se paseaba por el Edén, en el momento en que eran acariciados por una suave brisa, que simbolizaba al Espíritu Santo, que se esforzaba para fortalecer a aquellos que no sabían cómo explicarle a Dios lo que habían hecho, pues, habían cambiado bruscamente el rumbo de su existencia. Por consiguiente, cuando Adán y Eva estaban escondidos entre los árboles del citado Paraíso terrenal, Dios llamó a Adán. -Adán, ¿dónde estás? Tu corazón siempre ha rebosado de alegría en cada ocasión que he venido a veros a Eva y a ti. ¿Cuál es la causa por la que hoy os escondéis los 2 de mi presencia?
Adán le contestó al todopoderoso: -Tuve miedo cuando oí tus pasos por el jardín, porque soy débil e ignorante, y tu eterna Majestad me sobrepasa. Esa es la causa por la que me he escondido. Señor, estoy desnudo.
-¿Desde cuándo te has sentido atemorizado por causa de mis atributos? -dijo Dios-. Sé consecuente con tu manera de actuar. Recupera tus dones preternaturales perdidos con mi ayuda, y, perfecciónate, a través de tus vivencias en la tierra.
Adán le dijo a Dios: -Tú creaste a la mujer con el fin de que ella fuese mi compañera, pero, Eva, con la intención de no someterse a Ti, me ha subyugado al dolor y la muerte, al haberme persuadido para que comiera del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. Yo me arrepiento de haberte desobedecido, de la misma manera que supongo que tú te habrás arrepentido de crearnos a la mujer y a mí.
Dios le preguntó a Eva: -¿Por qué has comido del fruto prohibido, e incluso se lo has ofrecido a Adán?
Eva respondió: -Señor, Adán y yo, no rechazamos tus dones y virtudes, pero, aunque estamos junto a ti, debido a lo mucho que nos amas, queremos ser dignos de Dios, y ofrecerte nuestros méritos, haciendo rendir tus dones y virtudes, para que demos frutos abundantes, obras de amor que alegren a tu Santo Espíritu.
A continuación, el autor bíblico, puso en la boca de Dios, la maldición de las serpientes, -he oído decir que esa es la causa por la que muchas mujeres les tienen miedo a esos reptiles-, y pronunció el castigo que la mujer habría de sufrir, por atraer el mal, el dolor y la muerte sobre el hombre, y el castigo que este último habría de sufrir, por haber desobedecido al todopoderoso, dejándose seducir por la mujer.
Adán llamó a su mujer Eva, ya que ella fue la madre de todos los hombres.
Para que el hombre volviera a confiar plenamente en Dios, Nuestro Padre común dispuso que su Hijo muriera crucificado, según creo, más que para perdonarnos nuestras culpas -o pecados-, para mostrarnos la grandeza del amor de la Trinidad Beatísima.
¿Qué sentirá Nuestro Creador al constatar que aún no confiamos en Él plenamente?
Cuando Dios maldijo a la serpiente, y castigó al hombre y a su mujer, se dijo: -El hombre es como nosotros, pues está capacitado para discernir el bien del mal.
Dirigiéndose a su Hijo, el Creador, exclamó: -Jesús, Hijo, tu vida será el precio que habremos de pagar, con el fin de que el hombre vuelva a tener plena confianza en nosotros.
Jesús dijo: -Padre mío, aquí estoy para cumplir tu voluntad, pues, ello, constituye mi felicidad (HB. 10, 7).
Nota: La exposición anterior no ha sido extraída de la Biblia literalmente, así pues, he interpretado el texto bíblico, con la intención de hacerlo más comprensible para mis lectores.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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La importancia de la fe. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
1. Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos.
Estimados hermanos y amigos:
Aunque la primera lectura correspondiente a la Solemnidad que estamos celebrando sólo abarca los versículos 9-15 y 20 del capítulo 3 del primer libro de la Biblia, he creído necesario comentar los primeros veinte versículos, para así poder reflexionar mejor, sobre el papel que desempeña Nuestra Santa Madre, en la redención de la humanidad.
¿Con qué finalidad creó Dios a la humanidad? Dios creó el universo, y vio que estaba bien, -es decir, que su obra existía, de acuerdo con el propósito con que la creó- (GN. 1, 31). Dios no creó el universo casualmente, sino que lo hizo con el propósito de contribuir a la creación de un Reino, en que habitaran el amor, la paz y la armonía.
Dios creó ángeles para que nos sirvieran a Él y a los hombres (HEB. 1, 7. 14). Dios no hizo de los ángeles esclavos, sino que los dotó de la libertad necesaria para que eligieran servirlo, o rechazarlo. En el libro de Job, vemos cómo se alegraron los ángeles, cuando Nuestro Santo Padre creó la tierra (JOB. 38, 4-7).
De la misma manera que muchos hombres rechazan a Dios, también hubo ángeles que se revelaron contra Nuestro Padre común (AP. 12, 3-4).
Al igual que los ángeles, los hombres también fueron creados para servir y glorificar a Dios. Esta es la causa por la que en la Biblia se describe la creación del género humano, y Dios hace que los hombres dominen la tierra, haciéndoles conocer el amor con que les ama, haciéndolos copartícipes con Cristo de su futuro Reino mesiánico (GN. 1, 26-28).
Aunque Dios le concedió al hombre poder sobre la creación, le impuso una prueba, para que le mostrara lealtad. Tal prueba consistía en que el hombre le permaneciera fiel, no haciendo de la soberbia su propia divinidad (GN. 2, 16-17).
Adán y Eva fueron creados en estado puro, -es decir, nuestros primeros padres, no estaban marcados por la mácula del pecado- (GN. 2, 25). Tal desnudez, ha de ser entendida en el sentido de que ambos eran inocentes, pues no habían pecado.
Adán y Eva tenían que cuidar el jardín en que Dios los puso mientras probaba su fidelidad a Él, pero, ¿hasta cuándo se prolongó la buena relación existente entre la Suma Divinidad y nuestros primeros padres?
(GN. 3, 1). La serpiente es un símbolo del Demonio o Satanás. Tal como vimos anteriormente, Dios les prohibió a Adán y a Eva que se alimentaran del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, y no de los frutos del resto de los árboles del Edén. Notemos cómo Satanás utilizó una pregunta engañosa con el doble propósito de granjearse la confianza de Eva, y de empezar a hacerla sentirse mal, por vivir sometida a Dios.
¿Por qué engañó el Diablo a Eva, en lugar de llevarse a Adán a su terreno? Los hebreos consideraban que los hombres eran superiores a las mujeres en todos los aspectos. Esta es la razón por la que, el autor del texto sagrado, culpó a Eva, de que el pecado y el sufrimiento, entraran en el mundo (GN. 3, 2-5).
¿Por qué quiso el Demonio engañar a Adán y a Eva? Al revelarse contra Dios, Satanás, -a pesar de que sabía -y no ignora- que tiene la guerra contra Dios perdida, tiene el empeño de enemistar a los hombres con la Suma Divinidad. Esta es la razón por la que el Demonio le dijo a Eva que ni Adán ni ella necesitaban vivir sujetos a Dios, sino que debían aspirar a hacer con sus vidas lo que quisieran.
Se nos ha enseñado que la rebeldía de nuestros ancestros se nos ha contagiado, porque, ¿quién no ha decidido en alguna ocasión prescindir de Dios, sabiendo que ello es caer en el pecado, no porque Dios es autoritario, sino porque sabe que sin Él no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad?
(GN. 3, 6). ¿Imitamos la conducta de Eva?
¿Creemos que es bueno para nosotros prescindir de Dios en nuestra vida?
¿Nos vemos como dioses, o consideramos como dioses los bienes que sólo tienen la finalidad de estar a nuestra disposición para facilitarnos la vida?
¿Creemos que la verdadera sabiduría radica en prescindir del amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres?
Además de no vivir como buenos cristianos, ¿hacemos lo posible para que nuestros prójimos pierdan la fe?
Eva le dio a comer a Adán del fruto prohibido, y él aceptó dicho alimento por sí mismo, pues no lo hizo coaccionado por su mujer, aunque la idea de que Eva engatusó a Adán, ha hecho que muchas denominaciones cristianas consideren que los hombres son superiores a las mujeres, las cuales viven relegadas a la realización de la tarea de servir a sus familiares, sin voz ni voto en la toma de decisiones, que sólo corresponde a los hombres.
¿Qué sucedió cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios? Adán y Eva perdieron la inmortalidad, la munidad, -es decir, podían enfermarse-, y adquirieron la conciencia de la responsabilidad del acto que habían llevado a cabo (GN. 3, 7).
Adán y Eva no se avergonzaron por causa de su desnudez física -la cual se describe en GN. 2, 25 simbolizando su inocencia tal como vimos anteriormente-, sino por causa de su inferioridad con respecto a Dios. El sentimiento debía ser en parte de vergüenza, y en parte de impotencia, por causa de su nueva y frágil condición humana.
La desobediencia de nuestros primeros padres, si bien les hizo tener la experiencia del mal, -la cual les era desconocida-, no les fue necesaria, ya que, después de que hubiera terminado el tiempo en que tenían que demostrarle su fidelidad a Yahveh, hubieran vivido en la presencia de Dios, libres de todo padecimiento.
¿Cómo reaccionaron Adán y Eva ante Dios, después de comer del fruto prohibido? (GN. 3, 8-12). Imaginemos, por un momento, que Dios se pasea por el mundo, y que podemos sentir su presencia, tal como lo hicieron Adán y Eva, antes de desobedecer al Altísimo.
¿Cómo debieron sentirse Adán y Eva para esconderse de Dios, sabiendo que nadie ni nada puede ocultársele a Nuestro Creador? Dios llamó a Adán con la familiaridad de siempre. "¿Dónde estás?", -le preguntó-. ¿Por qué no vienes a recibirme como siempre? ¿Qué ha sido de la alegría con que siempre que nos vemos celebramos nuestra vinculación?
Adán le replicó a Yahveh: Me he escondido de Ti porque no tengo valor en tu presencia.
Dios sabía lo que había hecho Adán, pero intentó que el hombre le declarara su pecado, para probar su confianza. El hecho de que Yahveh fuera quien descubriera la desobediencia de Adán, fue otro motivo que lastimó a Nuestro Santo Padre.
¿Somos capaces de confesar nuestros pecados si hemos incumplido la Ley de Dios, o, tal como Adán culpó a su mujer de su desobediencia a Dios, buscamos excusas para justificar nuestros múltiples incumplimientos de los Mandamientos de Nuestro Creador?
(GN. 3, 13-15). La condena de la serpiente, es la condena simbólica que le espera al diablo, cuando el mundo sea el Reino de Dios.
El texto de GN. 3, 15, es llamado "Protoevangelio", por contener un anuncio de la obra salvadora que realizó Jesús que se nos relata en los Evangelios, y, además, es el fragmento bíblico, en que se inspiran todos los dogmas marianos.
Dios le dijo a la serpiente: "Enemistad pondré entre ti y la mujer". Dado que Eva desobedeció a Dios, ella no puede ser nuestro ejemplo de fe a imitar, así pues, este es el hecho por el que la Madre de Jesús, es la nueva Eva, que es Madre espiritual de los católicos.
La mujer de la que se habla en GN. 3, 15, no sólo es Nuestra Santa Madre, sino que también es la Iglesia redimida por Cristo, que está representada por Nuestra Señora.
La enemistad existente entre la mujer y la serpiente, es la enemistad existente entre Dios y el mundo que le rechaza.
El linaje de la mujer, son los hijos de la Iglesia, y, el linaje de la serpiente, son los aliados del Demonio.
El hecho de que el linaje de la mujer le pisará la cabeza al linaje de la serpiente, significa que, aunque Jesús fue víctima del linaje de Satanás, el Señor, al resucitar de entre los muertos, venció al Demonio. La derrota de Jesús fue breve, si es comparada con los siglos sin término que se prolonga su glorificación.
Si el texto de GN. 3, 15 se refiere a la descendencia de la mujer, -a Jesús, Hijo de María Santísima-, ¿por qué es utilizado para promover los dogmas marianos? Eva, -la primera mujer que fue creada por Dios-, tenía que haber sido un modelo de fe a imitar para toda la humanidad, pero ella decidió desobedecer a Yahveh, lo cual exigía que fuera otra mujer la que ocupara su lugar, que hubiera nacido con el privilegio de estar libre de la mancha del pecado original, que la Iglesia junto a San Pablo (ROM. 5, 12), enseña que todos contraímos, a partir del momento en que fuimos concebidos.
Al leer la Biblia, nos percatamos de que nadie ni nada que esté relacionado con Dios, puede estar marcado por la mácula del pecado, así pues, recordemos lo escrupulosa que era la Ley mosaica con respecto a la pureza, y que, para que el sacrificio de la Redención de la humanidad fuese válido, tenía que ser llevado a cabo por Nuestro Salvador, una víctima pura, que jamás desobedeció a Dios. Por último, recordemos que, si queremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, tenemos que vivir un proceso de purificación, con el propósito de ser santificados.
Hoy celebramos el hecho de que Nuestra Santa Madre nació libre de padecer los efectos de la mácula del pecado original. Nosotros no podemos redimirnos por nuestros medios. Lo que somos, y lo que seremos cuando nuestro mundo sea el Reino de Dios, se lo debemos a Nuestro Santo Padre. Vivimos intentando cumplir la voluntad divina, para agradecerle a Dios el bien que nos ha hecho, dado que nuestras obras de seres imperfectos, no pueden compararse con la suma perfección de Nuestro Creador. Seremos salvos porque Dios nos ama, no por nuestros méritos.
Si Nuestra Santa Madre nunca desobedeció a Dios, ello significa que le consagró su virginidad a Yahveh. La relación mantenida entre el Señor y quienes creen en Él, es comparada con una relación matrimonial. Esta es la razón por la que, cuando nuestra tierra sea el Reino de Dios, la humanidad redimida se entregará a su Señor, tal como lo hace una virgen al que será su marido.
Por ser Madre de Dios, y por el dolor que sufrió durante las horas que se prolongó la Pasión de Nuestro Salvador, las cuales antecedieron a su Resurrección, creemos que Santa María es la Corredentora de la humanidad, lo cual justifica el papel que le atribuimos, al interpretar los símbolos de GN. 3, 15.
Si Nuestra Santa Madre pudo corredimir a la humanidad en virtud de los méritos de Nuestro Salvador y de su pureza virginal, es lógico creer que fue asunta al cielo en cuerpo y alma, porque, al no estar marcada por la mácula del pecado original, no tiene que padecer la muerte, de la que San Pablo enseña que es el precio que pagamos, por haber nacido padeciendo los efectos de la desobediencia original (ROM. 6, 23A), y por causa de nuestros pecados personales.
Y si Dios lo quiere, llegará el día en que sea proclamado el quinto dogma mariano, para que ello contribuya a fortalecer nuestra fe y a aumentar los hijos de nuestra Santa Madre la Iglesia, para que quede demostrado que, por ser nuestra Corredentora, María Santísima es, ante el Señor Nuestro Dios, la Abogada que necesitamos, y la Medianera de todas las gracias, por cuanto le pide al Señor todos los bienes que nos concede, por lo cuál nos regocijamos, porque, de alguna manera, -en términos espirituales-, las dádivas que recibimos de Dios, están en las manos de Nuestra Santa Madre.
(GN. 3, 16). Este es el versículo bíblico cuya interpretación ha sometido a muchas mujeres a los hombres, por creer los tales que ellas son las responsables de que existan el mal y el dolor, por ser descendientes de Eva. Sé que esta creencia es discutible, pero me la han confirmado líderes de diferentes sectas y denominaciones cristianas.
Por su parte, el hombre fue castigado, por escuchar la voz de la mujer que lo indujo a pecar, en lugar de obedecer la instrucción divina, que le fue dada, en espera de la conclusión de la prueba de fidelidad, a la que Yahveh lo sometió (GN. 3, 17-20).
El texto que hemos meditado, termina afirmando dos cosas:
1. Adán le puso nombre a su mujer, cumpliendo el anuncio que Dios le hizo a Eva, de que debía vivir sometida a su esposo, pues, para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona, significaba tener poder sobre la misma.
2. Si Eva es la madre de la humanidad porque somos sus descendientes, María de Nazaret, es Nuestra Madre espiritual.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos.
Estimados hermanos y amigos:
Aunque la primera lectura correspondiente a la Solemnidad que estamos celebrando sólo abarca los versículos 9-15 y 20 del capítulo 3 del primer libro de la Biblia, he creído necesario comentar los primeros veinte versículos, para así poder reflexionar mejor, sobre el papel que desempeña Nuestra Santa Madre, en la redención de la humanidad.
¿Con qué finalidad creó Dios a la humanidad? Dios creó el universo, y vio que estaba bien, -es decir, que su obra existía, de acuerdo con el propósito con que la creó- (GN. 1, 31). Dios no creó el universo casualmente, sino que lo hizo con el propósito de contribuir a la creación de un Reino, en que habitaran el amor, la paz y la armonía.
Dios creó ángeles para que nos sirvieran a Él y a los hombres (HEB. 1, 7. 14). Dios no hizo de los ángeles esclavos, sino que los dotó de la libertad necesaria para que eligieran servirlo, o rechazarlo. En el libro de Job, vemos cómo se alegraron los ángeles, cuando Nuestro Santo Padre creó la tierra (JOB. 38, 4-7).
De la misma manera que muchos hombres rechazan a Dios, también hubo ángeles que se revelaron contra Nuestro Padre común (AP. 12, 3-4).
Al igual que los ángeles, los hombres también fueron creados para servir y glorificar a Dios. Esta es la causa por la que en la Biblia se describe la creación del género humano, y Dios hace que los hombres dominen la tierra, haciéndoles conocer el amor con que les ama, haciéndolos copartícipes con Cristo de su futuro Reino mesiánico (GN. 1, 26-28).
Aunque Dios le concedió al hombre poder sobre la creación, le impuso una prueba, para que le mostrara lealtad. Tal prueba consistía en que el hombre le permaneciera fiel, no haciendo de la soberbia su propia divinidad (GN. 2, 16-17).
Adán y Eva fueron creados en estado puro, -es decir, nuestros primeros padres, no estaban marcados por la mácula del pecado- (GN. 2, 25). Tal desnudez, ha de ser entendida en el sentido de que ambos eran inocentes, pues no habían pecado.
Adán y Eva tenían que cuidar el jardín en que Dios los puso mientras probaba su fidelidad a Él, pero, ¿hasta cuándo se prolongó la buena relación existente entre la Suma Divinidad y nuestros primeros padres?
(GN. 3, 1). La serpiente es un símbolo del Demonio o Satanás. Tal como vimos anteriormente, Dios les prohibió a Adán y a Eva que se alimentaran del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, y no de los frutos del resto de los árboles del Edén. Notemos cómo Satanás utilizó una pregunta engañosa con el doble propósito de granjearse la confianza de Eva, y de empezar a hacerla sentirse mal, por vivir sometida a Dios.
¿Por qué engañó el Diablo a Eva, en lugar de llevarse a Adán a su terreno? Los hebreos consideraban que los hombres eran superiores a las mujeres en todos los aspectos. Esta es la razón por la que, el autor del texto sagrado, culpó a Eva, de que el pecado y el sufrimiento, entraran en el mundo (GN. 3, 2-5).
¿Por qué quiso el Demonio engañar a Adán y a Eva? Al revelarse contra Dios, Satanás, -a pesar de que sabía -y no ignora- que tiene la guerra contra Dios perdida, tiene el empeño de enemistar a los hombres con la Suma Divinidad. Esta es la razón por la que el Demonio le dijo a Eva que ni Adán ni ella necesitaban vivir sujetos a Dios, sino que debían aspirar a hacer con sus vidas lo que quisieran.
Se nos ha enseñado que la rebeldía de nuestros ancestros se nos ha contagiado, porque, ¿quién no ha decidido en alguna ocasión prescindir de Dios, sabiendo que ello es caer en el pecado, no porque Dios es autoritario, sino porque sabe que sin Él no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad?
(GN. 3, 6). ¿Imitamos la conducta de Eva?
¿Creemos que es bueno para nosotros prescindir de Dios en nuestra vida?
¿Nos vemos como dioses, o consideramos como dioses los bienes que sólo tienen la finalidad de estar a nuestra disposición para facilitarnos la vida?
¿Creemos que la verdadera sabiduría radica en prescindir del amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres?
Además de no vivir como buenos cristianos, ¿hacemos lo posible para que nuestros prójimos pierdan la fe?
Eva le dio a comer a Adán del fruto prohibido, y él aceptó dicho alimento por sí mismo, pues no lo hizo coaccionado por su mujer, aunque la idea de que Eva engatusó a Adán, ha hecho que muchas denominaciones cristianas consideren que los hombres son superiores a las mujeres, las cuales viven relegadas a la realización de la tarea de servir a sus familiares, sin voz ni voto en la toma de decisiones, que sólo corresponde a los hombres.
¿Qué sucedió cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios? Adán y Eva perdieron la inmortalidad, la munidad, -es decir, podían enfermarse-, y adquirieron la conciencia de la responsabilidad del acto que habían llevado a cabo (GN. 3, 7).
Adán y Eva no se avergonzaron por causa de su desnudez física -la cual se describe en GN. 2, 25 simbolizando su inocencia tal como vimos anteriormente-, sino por causa de su inferioridad con respecto a Dios. El sentimiento debía ser en parte de vergüenza, y en parte de impotencia, por causa de su nueva y frágil condición humana.
La desobediencia de nuestros primeros padres, si bien les hizo tener la experiencia del mal, -la cual les era desconocida-, no les fue necesaria, ya que, después de que hubiera terminado el tiempo en que tenían que demostrarle su fidelidad a Yahveh, hubieran vivido en la presencia de Dios, libres de todo padecimiento.
¿Cómo reaccionaron Adán y Eva ante Dios, después de comer del fruto prohibido? (GN. 3, 8-12). Imaginemos, por un momento, que Dios se pasea por el mundo, y que podemos sentir su presencia, tal como lo hicieron Adán y Eva, antes de desobedecer al Altísimo.
¿Cómo debieron sentirse Adán y Eva para esconderse de Dios, sabiendo que nadie ni nada puede ocultársele a Nuestro Creador? Dios llamó a Adán con la familiaridad de siempre. "¿Dónde estás?", -le preguntó-. ¿Por qué no vienes a recibirme como siempre? ¿Qué ha sido de la alegría con que siempre que nos vemos celebramos nuestra vinculación?
Adán le replicó a Yahveh: Me he escondido de Ti porque no tengo valor en tu presencia.
Dios sabía lo que había hecho Adán, pero intentó que el hombre le declarara su pecado, para probar su confianza. El hecho de que Yahveh fuera quien descubriera la desobediencia de Adán, fue otro motivo que lastimó a Nuestro Santo Padre.
¿Somos capaces de confesar nuestros pecados si hemos incumplido la Ley de Dios, o, tal como Adán culpó a su mujer de su desobediencia a Dios, buscamos excusas para justificar nuestros múltiples incumplimientos de los Mandamientos de Nuestro Creador?
(GN. 3, 13-15). La condena de la serpiente, es la condena simbólica que le espera al diablo, cuando el mundo sea el Reino de Dios.
El texto de GN. 3, 15, es llamado "Protoevangelio", por contener un anuncio de la obra salvadora que realizó Jesús que se nos relata en los Evangelios, y, además, es el fragmento bíblico, en que se inspiran todos los dogmas marianos.
Dios le dijo a la serpiente: "Enemistad pondré entre ti y la mujer". Dado que Eva desobedeció a Dios, ella no puede ser nuestro ejemplo de fe a imitar, así pues, este es el hecho por el que la Madre de Jesús, es la nueva Eva, que es Madre espiritual de los católicos.
La mujer de la que se habla en GN. 3, 15, no sólo es Nuestra Santa Madre, sino que también es la Iglesia redimida por Cristo, que está representada por Nuestra Señora.
La enemistad existente entre la mujer y la serpiente, es la enemistad existente entre Dios y el mundo que le rechaza.
El linaje de la mujer, son los hijos de la Iglesia, y, el linaje de la serpiente, son los aliados del Demonio.
El hecho de que el linaje de la mujer le pisará la cabeza al linaje de la serpiente, significa que, aunque Jesús fue víctima del linaje de Satanás, el Señor, al resucitar de entre los muertos, venció al Demonio. La derrota de Jesús fue breve, si es comparada con los siglos sin término que se prolonga su glorificación.
Si el texto de GN. 3, 15 se refiere a la descendencia de la mujer, -a Jesús, Hijo de María Santísima-, ¿por qué es utilizado para promover los dogmas marianos? Eva, -la primera mujer que fue creada por Dios-, tenía que haber sido un modelo de fe a imitar para toda la humanidad, pero ella decidió desobedecer a Yahveh, lo cual exigía que fuera otra mujer la que ocupara su lugar, que hubiera nacido con el privilegio de estar libre de la mancha del pecado original, que la Iglesia junto a San Pablo (ROM. 5, 12), enseña que todos contraímos, a partir del momento en que fuimos concebidos.
Al leer la Biblia, nos percatamos de que nadie ni nada que esté relacionado con Dios, puede estar marcado por la mácula del pecado, así pues, recordemos lo escrupulosa que era la Ley mosaica con respecto a la pureza, y que, para que el sacrificio de la Redención de la humanidad fuese válido, tenía que ser llevado a cabo por Nuestro Salvador, una víctima pura, que jamás desobedeció a Dios. Por último, recordemos que, si queremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, tenemos que vivir un proceso de purificación, con el propósito de ser santificados.
Hoy celebramos el hecho de que Nuestra Santa Madre nació libre de padecer los efectos de la mácula del pecado original. Nosotros no podemos redimirnos por nuestros medios. Lo que somos, y lo que seremos cuando nuestro mundo sea el Reino de Dios, se lo debemos a Nuestro Santo Padre. Vivimos intentando cumplir la voluntad divina, para agradecerle a Dios el bien que nos ha hecho, dado que nuestras obras de seres imperfectos, no pueden compararse con la suma perfección de Nuestro Creador. Seremos salvos porque Dios nos ama, no por nuestros méritos.
Si Nuestra Santa Madre nunca desobedeció a Dios, ello significa que le consagró su virginidad a Yahveh. La relación mantenida entre el Señor y quienes creen en Él, es comparada con una relación matrimonial. Esta es la razón por la que, cuando nuestra tierra sea el Reino de Dios, la humanidad redimida se entregará a su Señor, tal como lo hace una virgen al que será su marido.
Por ser Madre de Dios, y por el dolor que sufrió durante las horas que se prolongó la Pasión de Nuestro Salvador, las cuales antecedieron a su Resurrección, creemos que Santa María es la Corredentora de la humanidad, lo cual justifica el papel que le atribuimos, al interpretar los símbolos de GN. 3, 15.
Si Nuestra Santa Madre pudo corredimir a la humanidad en virtud de los méritos de Nuestro Salvador y de su pureza virginal, es lógico creer que fue asunta al cielo en cuerpo y alma, porque, al no estar marcada por la mácula del pecado original, no tiene que padecer la muerte, de la que San Pablo enseña que es el precio que pagamos, por haber nacido padeciendo los efectos de la desobediencia original (ROM. 6, 23A), y por causa de nuestros pecados personales.
Y si Dios lo quiere, llegará el día en que sea proclamado el quinto dogma mariano, para que ello contribuya a fortalecer nuestra fe y a aumentar los hijos de nuestra Santa Madre la Iglesia, para que quede demostrado que, por ser nuestra Corredentora, María Santísima es, ante el Señor Nuestro Dios, la Abogada que necesitamos, y la Medianera de todas las gracias, por cuanto le pide al Señor todos los bienes que nos concede, por lo cuál nos regocijamos, porque, de alguna manera, -en términos espirituales-, las dádivas que recibimos de Dios, están en las manos de Nuestra Santa Madre.
(GN. 3, 16). Este es el versículo bíblico cuya interpretación ha sometido a muchas mujeres a los hombres, por creer los tales que ellas son las responsables de que existan el mal y el dolor, por ser descendientes de Eva. Sé que esta creencia es discutible, pero me la han confirmado líderes de diferentes sectas y denominaciones cristianas.
Por su parte, el hombre fue castigado, por escuchar la voz de la mujer que lo indujo a pecar, en lugar de obedecer la instrucción divina, que le fue dada, en espera de la conclusión de la prueba de fidelidad, a la que Yahveh lo sometió (GN. 3, 17-20).
El texto que hemos meditado, termina afirmando dos cosas:
1. Adán le puso nombre a su mujer, cumpliendo el anuncio que Dios le hizo a Eva, de que debía vivir sometida a su esposo, pues, para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona, significaba tener poder sobre la misma.
2. Si Eva es la madre de la humanidad porque somos sus descendientes, María de Nazaret, es Nuestra Madre espiritual.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre.
Meditación.
A pesar de que el relato del Génesis (GN. 3, 9-15. 20) que estamos meditando tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cual se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.
El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la vulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.
En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar.
¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer?
¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno?
Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a Nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.
La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la responsabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido -o no hemos podido- llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe corregir a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, Nuestro Padre celestial, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy adecuadamente lo que en el pasado hicimos como no debimos. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos que nuestros pecados no nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.
(GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable.
¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva?
¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido?
Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ningún hecho que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto Nuestro Criador es Nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de la experiencia que hemos adquirido para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, Nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a Nuestro Creador, siempre que se lo permitamos.
¿Somos idólatras al considerar que María es Nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin Nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural, porque Ella fue elegida, para ser su Madre.
Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que tenemos la posibilidad de ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de Nuestro Padre común.
El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, Nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.
Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por Nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que Nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a Él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo de parte del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.
El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a Nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:
Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía (Desconozco el autor).
María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrificarnos para favorecer a Nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de Nuestro Padre común?
San Gabriel, -el ángel del cual nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy-, le dijo a Nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó la aceptación de aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad?
De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque Nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por Nuestro Santo Padre.
Os transcribo una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que Nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cual todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.
Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.
Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.
Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debemos desistir de superar lo que creemos que es superior a nuestras fuerzas, pues Ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.
El amor de Nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?
Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como Nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.
El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.
La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha servido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazarena como la más dulce melodía, pero, cuando Nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo, para evitar su futuro asesinato, en el caso de que fueran descubiertas y delatadas (LV. 20, 10).
Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta, y de que no se riera del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su pariente Elisabeth, la cual estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos según indica la Historia que se hacía en aquél tiempo, aunque San Lucas nos dice que Nuestra Santa Madre fue muy respetada por su pariente. Conozco a muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.
Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo. A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, Él siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de Nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.
Pienso que podríamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.
María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo (MT. 2, 13-15). Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica matanza de los Santos Inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes (MT. 2, 16-18).
María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén (LC. 2, 41-51). Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría increada.
José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues Él se resistía a hacerlo, porque sabía que la ejecución de aquel prodigio, constituía el comienzo de su camino, que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante, al ver a quien constituye la razón de su existencia desangrándose y asfixiándose en una cruz, sosteniéndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda debilitada produciéndole un dolor mortal.
Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que San Juan ejercía sobre ella (JN. 19, 25-27), los ojos de María vertieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruida su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues Él era la razón por la que cuando reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.
María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo, y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados y santificados.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
A pesar de que el relato del Génesis (GN. 3, 9-15. 20) que estamos meditando tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cual se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.
El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la vulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.
En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar.
¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer?
¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno?
Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a Nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.
La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la responsabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido -o no hemos podido- llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe corregir a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, Nuestro Padre celestial, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy adecuadamente lo que en el pasado hicimos como no debimos. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos que nuestros pecados no nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.
(GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable.
¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva?
¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido?
Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ningún hecho que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto Nuestro Criador es Nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de la experiencia que hemos adquirido para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, Nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a Nuestro Creador, siempre que se lo permitamos.
¿Somos idólatras al considerar que María es Nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin Nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural, porque Ella fue elegida, para ser su Madre.
Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que tenemos la posibilidad de ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de Nuestro Padre común.
El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, Nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.
Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por Nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que Nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a Él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo de parte del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.
El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a Nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:
Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía (Desconozco el autor).
María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrificarnos para favorecer a Nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de Nuestro Padre común?
San Gabriel, -el ángel del cual nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy-, le dijo a Nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó la aceptación de aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad?
De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque Nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por Nuestro Santo Padre.
Os transcribo una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que Nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cual todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.
Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.
Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.
Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debemos desistir de superar lo que creemos que es superior a nuestras fuerzas, pues Ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.
El amor de Nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?
Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como Nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.
El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.
La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha servido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazarena como la más dulce melodía, pero, cuando Nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo, para evitar su futuro asesinato, en el caso de que fueran descubiertas y delatadas (LV. 20, 10).
Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta, y de que no se riera del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su pariente Elisabeth, la cual estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos según indica la Historia que se hacía en aquél tiempo, aunque San Lucas nos dice que Nuestra Santa Madre fue muy respetada por su pariente. Conozco a muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.
Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo. A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, Él siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de Nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.
Pienso que podríamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.
María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo (MT. 2, 13-15). Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica matanza de los Santos Inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes (MT. 2, 16-18).
María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén (LC. 2, 41-51). Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría increada.
José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues Él se resistía a hacerlo, porque sabía que la ejecución de aquel prodigio, constituía el comienzo de su camino, que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante, al ver a quien constituye la razón de su existencia desangrándose y asfixiándose en una cruz, sosteniéndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda debilitada produciéndole un dolor mortal.
Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que San Juan ejercía sobre ella (JN. 19, 25-27), los ojos de María vertieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruida su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues Él era la razón por la que cuando reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.
María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo, y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados y santificados.
José Portillo Pérez
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