Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 39-45.
Lectura introductoria: IS. 29, 13.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
(LC. 6, 39. 41-42). Este es el último Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en que meditamos un fragmento del sermón del monte predicado por Jesús, del Evangelista San Lucas. La primera enseñanza que encontramos en el citado texto, consiste en que no nos obstinemos en corregir la conducta de nuestros prójimos, mientras no enmendemos nuestros errores. Obviamente, si esperamos ser perfectos para corregir a nuestros prójimos, nunca podremos servirles de ayuda, pero podemos instarlos a progresar con amor, y no con la prepotencia de quienes se creen superiores a quienes les rodean. Así como quien no conoce la alegría difícilmente podrá hacer felices a quienes le escuchen predicar la Palabra de Dios, necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que aquellos a quienes podamos servirles de ejemplo de fe viva con nuestras palabras y obras, abracen la fe que profesamos, sin dudar de la veracidad de la misma.
(LC. 6, 40). La segunda enseñanza que se desprende del Evangelio que consideramos en esta ocasión, puede conectarse con la enseñanza anterior, así pues, tal como los escribas y fariseos se creían superiores a Jesús, hasta el punto de pretender adaptar al Señor a sus exigencias, nosotros podemos hacer lo mismo, adaptando a Dios, a la consecución de nuestros intereses.
¿Cómo es posible que los cristianos, teniendo un solo Dios, y teniendo un mismo libro inspirado por el Espíritu Santo, nos hayamos separado? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy simple. Unos han convertido a Dios en un juez implacable que no perdona el más mínimo incumplimiento de la norma más insignificante, y otros lo han convertido en un bonachón que da toda clase de dádivas, y perdona todos los pecados, aunque no se haga el firme propósito de no seguir cometiéndolos. Al actuar de esta manera, los cristianos hemos logrado hacer que mucha gente no crea en Dios, ya que todos tenemos nuestras propias traducciones de la Biblia, y no concordamos con la mayoría de seguidores de Jesús, a la hora de manifestar, la misma fe.
Los cristianos no podemos pensar en ser superiores a Jesús, pues el Señor nos dice que, todos los que estén bien formados espiritualmente, serán como su Maestro. Ello significa que los seguidores de Jesús no son inferiores al Señor, ni superiores al Mesías, así pues, tienen la dicha de alcanzar la dignidad de Nuestro Salvador, pero también significa que, quienes no tengan maestros eficientes, no podrán llegar a ser, discípulos del Mesías.
(LC. 6, 43-45). Así como no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las zarzas, si no nos formamos adecuadamente para servir a Dios en sus hijos los hombres, no podremos llegar a ser discípulos de Jesús. Si amamos a Dios y a nuestros prójimos los hombres, les daremos lo mejor de nosotros mismos, pero, si no los amamos como Jesús nos ama, en lugar de esforzarnos en ayudarlos a encontrar la felicidad, los defraudaremos.
Dado que hoy terminamos de meditar el sermón del monte de San Lucas, creo conveniente que repasemos brevemente lo que hemos meditado del mismo, durante los Domingos VI. VII Y VIII, del Tiempo Ordinario, del Ciclo C.
(LC. 6, 20B). Aunque los pobres sufren a causa de sus carencias, Dios les ha hecho partícipes de su Reino. Los desheredados de nuestras sociedades, tienen el mayor de los tesoros, pues son hijos de Dios, y ganarán muchas riquezas que les ayudarán a crecer espiritualmente, partiendo de sus experiencias vitales.
(LC. 6, 21). Jesús ha prometido saciar a los hambrientos, y consolar a quienes sufren. Para que ello suceda, no es necesario esperar que el Señor concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, pues el Mesías espera que le ayudemos a llevar a cabo tan excepcional propósito, en conformidad con nuestras posibilidades de hacer el bien, desinteresadamente.
(LC. 6, 22-23). Sufrir por hacer el mal carece de sentido, pero padecer por el hecho de amar a Dios y a sus hijos los hombres, es una misión digna de hacerles merecer un galardón celestial, a quienes la lleven a cabo. Tal galardón no ha de ser recibido al final de los tiempos, pues puede empezar a gozarse, apenas se empiece a cumplir la voluntad, de Nuestro Padre común.
(LC. 6, 24-26). Para San Lucas, quienes hacen posible que la mayoría de los habitantes del mundo sean muy pobres, no pueden ser aceptos por Dios. Es por ello que, quienes gozan de todos los beneficios producidos por las riquezas ganadas a costa de hacer sufrir a los menesterosos, no son dignos de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Dado que muchos que solo se han preocupado por ganar dinero no son felices, porque no han mantenido relaciones de calidad, y si las han mantenido, las han perdido, o han renunciado a ellas para enriquecerse más, San Lucas afirma que han trocado su hartura de bienes materiales y dinero por hambre de ser reconocidos, y también han trocado la risa de quienes son felices relacionándose con quienes aman, por el llanto de los desamparados. Mantienen la buena fama consecuente de su estado social, pero están solos.
(LC. 6, 27-30). Si queremos perfeccionarnos para ser seguidores de Jesús, necesitamos amar a nuestros enemigos, beneficiar desinteresadamente a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldigan, rogar por los que nos difamen, evitar la violencia verbal y física en cuanto nos sea posible, darles nuestra ropa a quienes nos la pidan, prestar dinero y bienes arriesgándonos a no recuperarlos, y no denunciar a quienes nos despojen de todo lo que tenemos, considerando que Dios es, nuestro bien supremo.
(LC. 6, 31-36). Los citados mandatos de Jesús van más allá de nuestra lógica, pero tienen su justificación, porque el Mesías quiere que hagamos por nuestros prójimos los hombres, lo que deseamos que los tales hagan por nosotros. Es por ello que el Hijo de Dios y María espera que no amemos exclusivamente a los que nos aman, que no hagamos el bien en favor de los que únicamente nos benefician, y no les prestemos exclusivamente a los que nos devuelven lo que les confiamos, y nos prestan lo que les pidamos, pues, el amor cristiano, debe ir más allá, del alcance del amor humano, aunque, como cada cristiano lo vive a su manera, a veces ocurre que, los carentes de fe, nos dan ejemplo de cómo es el amor de Dios, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.
(LC. 6, 37-38). San Lucas nos dice que, tal como tratemos a nuestros prójimos, seremos tratados por Dios. Ello no significa que debemos hacer el bien esperando que en el banco del cielo se multipliquen nuestros beneficios con intereses, pues puede hacernos pensar, en los beneficios que nos aporta el hecho de amar, y la posibilidad de ser amados, por nuestros prójimos los hombres.
Ojalá apareciera en el Evangelio de hoy el texto de LC. 6, 46-49, en que Jesús reprocha la actitud de quienes lo alaban y no cumplen la voluntad de Nuestro Padre celestial, y nos dice que, quienes escuchan sus palabras y las practican, son como una casa bien construida sobre cimientos firmes, que no cede al ímpetu de los temporales.
Oremos:
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 26, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser cristianos practicantes. Pensemos en lo que haremos, para alcanzar tan añorado propósito.
2. Leemos atentamente LC. 6, 39-45, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 39-45.
3-1. ¿Qué tipo de cristianos somos? (LC. 6, 39-40).
Teniendo en cuenta lo que hemos aprendido al meditar el sermón del monte de Jesús del Evangelista San Lucas durante los Domingo VI-VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, ha llegado la hora de ver qué tipo de seguidores de Jesús e hijos de Dios somos.
¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar que la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús no era sinónimo de un actor griego que representaba a personajes no relacionados consigo mismo, pues describía a una persona incapacitada para amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.
Cuando San Mateo escribió su Evangelio, había desaparecido el partido de los saduceos al que habían pertenecido los grandes terratenientes y los sacerdotes que tenían el poder religioso-político, y los fariseos mantenían el poder sobre sus hermanos de raza. Dado que estos últimos presionaban a los cristianos judíos para que se les unieran, el citado ex recaudador de impuestos imperial, escribió en su Evangelio muchas razones, por las que, los seguidores de Jesús, no debían seguir a los fariseos, aunque sí debían aceptar aquellas de sus enseñanzas, que procedían del Antiguo Testamento, pero sin imitar su conducta (MT. 23, 3). Dado que existían discrepancias entre los primeros cristianos y los fariseos, San Mateo llamó a los segundos ciegos espirituales, y los consideró incapaces de enseñar la Verdad divina, porque estaban cegados por su afán de ser poderosos, y por la observancia de sus creencias. El citado Apóstol del Señor, también consideró ciegos espirituales, a los dirigentes religiosos que nunca han faltado -ni faltarán jamás-, que se han dedicado a adaptar el Evangelio, a la consecución de sus intereses personales (MT. 7, 15).
Aunque los fariseos se diferenciaban de los saduceos en que creían en realidades características de la fe tales como los ángeles y la resurrección, se ocupaban más en obtener bienes terrenos, que en lograr dádivas espirituales. Los cristianos podemos actuar como tales enemigos de Jesús. Podemos cumplir multitud de preceptos religiosos para comprar la salvación, creernos superiores a quienes no cumplen tales mandamientos hasta llegar a despreciarlos, e incluso creernos superiores a Dios, hasta llegar a despreciar sus Palabras escritas en la Biblia y cambiarlas por las nuestras, cuando no nos convenga aceptar su mensaje, cuando nos inste, por ejemplo, a socorrer a los pobres, y no deseemos desprendernos del dinero ni de los bienes que tengamos, para lograr tal fin. Aunque los líderes religiosos tienen una gran responsabilidad, porque, antes de instruir a sus oyentes y lectores, tienen el deber de vivir lo que predican, de alguna manera, todos podemos ser los ciegos mencionados en los textos que estamos considerando, si obviamos el cumplimiento de la voluntad de Dios, y adaptamos el mensaje bíblico al cumplimiento de nuestros deseos. Esta es la razón por la que, el texto de LC. 6, 39-40, no solo está dirigido a quienes se creen supercristianos y quieren destacar sobre el común de los creyentes, sino que nos es útil a todos los seguidores de Jesús, porque podemos ser los ciegos mencionados, en el texto sagrado.
Dado que la clase de cristianos que seamos depende de la formación de nuestros líderes religiosos y de la manera en que los tales viven la fe que profesamos aplicando la Palabra de Dios a sus vidas, necesitamos cerciorarnos de que los tales son aptos, para ayudarnos a conseguir, ser fieles discípulos de Jesús, y, buenos hijos de Dios. Obviamente, no podemos saber si nuestros dirigentes espirituales son ejemplos a seguir apenas los conocemos, y es normal el hecho de que los aceptemos como enviados de Dios sin cuestionarnos si son dignos del oficio que desempeñan en nuestras comunidades cristianas, pero sabemos lo que deben hacer, para llevar a cabo fielmente, su labor de pastores.
Antes de pretender dirigir a los demás, los líderes religiosos deben tener la formación adecuada para desempeñar sus actividades, la humildad necesaria para no creer que su sapiencia es irreprochable porque han sido designados por Dios para predicar su Palabra, el conocimiento de las posibilidades que tienen para desempeñar su trabajo, las necesidades de los creyentes cuya fe les ha sido encomendada, y la manera de solventar las mismas. Los dirigentes religiosos deben vivir formándose constantemente con el fin de asemejarse a Jesús, y adaptándose a las circunstancias de sus comunidades de fe para instruir a quienes les son encomendados.
Tal como hemos visto anteriormente, los textos evangélicos que estamos considerando, no solo son aplicables a los líderes religiosos. Todos los cristianos necesitamos cumplir los deberes que tenemos, porque esa es la única forma existente, de que demos testimonio, de la fe que profesamos. A modo de ejemplos, un padre que no eduque a sus hijos, no logrará que los tales se abran puertas en la vida por medio de sus enseñanzas, y, un maestro que no se esfuerce en transmitirles sus conocimientos a sus alumnos, jamás instruirá a los tales, como se espera que lleve a cabo su trabajo. Recordemos que el cumplimiento de la voluntad de Dios no debe ser visto como una carga para evitar agobiarnos, sino, como una responsabilidad.
3-2. La corrección fraterna (LC. 6, 41-42).
¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra? No tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras. Necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, para enseñarles a quienes les sirvamos como ejemplo de fe, que ello es posible. Tal enseñanza ha de llevarse a cabo con la convicción de quienes se la aplican a sí mismos.
Cuidémonos de no acusar a los demás de tener los defectos que nos caracterizan. Tenemos tendencia a ver en los demás defectos que deseamos que corrijan, que nos caracterizan a nosotros, y no tenemos la intención de corregirlos. A modo de ejemplo, recordemos a los padres que fuman, y se enfadan al ver a sus hijos adquiriendo su hábito. Es fácil obligar a corregir hábitos por medio de la violencia, pero no lo es tanto, recurriendo al hecho de dar ejemplo. Jesús, recurriendo al lenguaje hiperbólico, nos dice que no podemos sacarle a nuestro hermano una brizna de paja de su ojo, si antes no nos sacamos del nuestro, la viga que nos impide ver. La exageración es muy perceptible, pero, desgraciadamente, todos estamos cansados de ver, cómo gente con grandes defectos, le hace la vida imposible a gente con defectos insignificantes, y que obliga a sus prójimos a corregir defectos que tiene, que jamás corregirá, porque no le da la gana.
3-3. Arboles buenos y árboles malos (LC. 6, 43-45).
Así como cada árbol produce sus frutos, es necesario que los cristianos no intentemos producir frutos que escapan a nuestras posibilidades porque ello nos es imposible, y que pensemos en nuestros defectos y los intentemos corregir, antes de ver los defectos de los demás e intentar corregírselos, queriendo demostrar así nuestra superioridad sobre ellos.
Pensemos en nuestra manera de pensar, en nuestro modo de hablar, y en nuestros hechos, pues así nos conoceremos. Pensemos también en la bondad que nos caracteriza, y en todos nuestros sentimientos.
¿Qué tipo de cristianos somos? Nuestro modo de hablar y las acciones que llevamos a cabo, revelan nuestras creencias, actitudes y motivaciones veraces y falsas. Aunque tratemos de dar buenas impresiones, si mentimos, es muy probable que se nos termine descubriendo. Lo que hay en nuestro corazón, se reflejará en nuestro vocabulario, y en bastantes de nuestros gestos y obras.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 39-45 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas?
2. ¿Qué significaba la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús?
3. ¿Recuerdas quiénes fueron los saduceos y los fariseos?
4. ¿Por qué convirtieron los judíos en día de fiesta nacional el día en que conmemoraban el aniversario de la extinción de los saduceos?
5. ¿Por qué atacó San Mateo en su Evangelio a los fariseos?
6. ¿Por qué debían los judíos aceptar las enseñanzas de los fariseos procedentes del Antiguo Testamento, y evitar imitar la conducta de los tales?
7. ¿Significa ello que debemos hacer lo propio con nuestros líderes religiosos, y no denunciar las injusticias que lleven a cabo los tales, porque es necesario tratarlos como enviados de Dios a evangelizarnos?
8. ¿Por qué llamó San Mateo ciegos a los fariseos?
9. ¿Qué es un falso profeta?
10. ¿En qué sentido afecta la ceguera espiritual a los falsos profetas?
11. ¿En qué se diferenciaban los fariseos de los saduceos?
12. ¿En qué sentido podemos imitar los cristianos la actitud de los fariseos?
13. ¿Cómo podemos adaptar la Palabra de Dios a la consecución de nuestros intereses personales?
14. ¿Qué responsabilidades tienen los líderes religiosos?
15. ¿Por qué es necesario que los cristianos vivamos inspirados en las creencias que observamos?
16. ¿En qué sentido podemos ser los cristianos ciegos espirituales?
17. ¿En qué sentido depende la clase de cristianos que lleguemos a ser de la formación religiosa y la conducta que observen nuestros líderes religiosos?
18. ¿Por qué necesitan nuestros líderes espirituales cierta formación para dirigir las iglesias que se les encomiendan?
19. ¿Por qué necesitan los líderes religiosos ser humildes para evitar creer que sus conocimientos religiosos son inmejorables?
20. ¿Por qué es necesario que la vida de los líderes religiosos sea un proceso formativo constante?
21. ¿Por qué es necesario que todos los cristianos cumplamos nuestros deberes?
22. ¿Qué sucederá con la imagen que tiene la Iglesia ante el mundo, si los miembros de la misma no actuamos como seguidores de Jesús?
23. ¿Por qué necesitamos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios como una responsabilidad, y no como una carga?
3-2.
24. ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra?
25. ¿Por qué no tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras?
26. ¿Por qué necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
27. ¿ACusamos a los demás de tener los defectos que nos son propios?
28. ¿Por qué no corregimos aquellos defectos que tenemos que vemos en otras personas?
3-3.
29. ¿Por qué no podemos producir frutos superiores a nuestras posibilidades los cristianos?
30. ¿Por qué necesitamos corregir nuestros defectos, antes de corregir los defectos de otros?
31. ¿Cómo ha de hacerse la corrección fraterna cristiana?
32. ¿Por qué nos es necesario evitar corregir a los demás haciéndoles ver nuestra superioridad respecto de ellos?
33. ¿Nos conocemos?
34. ¿Qué tipo de cristianos somos?
35. ¿Qué se deduce de nuestro modo de hablar y de las acciones que llevamos a cabo?
36. ¿Por qué es probable que se nos termine descubriendo si vivimos guardando apariencias?
5. Lectura relacionada.
Leamos 1 COR. 13, considerando especialmente las características del amor (versículos 4-8A), y pensando en el día en que nos encontraremos con Dios, más allá de nuestra natural imperfección. Pensemos también cómo podemos irnos encontrando, tanto con Dios, como con sus hijos los hombres.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús, quien es la luz del mundo (JN. 9, 5), el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida de dicha que añoramos (JN. 14, 6).
Contemplémonos con dificultades para superarnos a nosotros mismos, y con la esperanza de que, con la ayuda de Dios, conseguiremos alcanzar la dicha que anhelamos.
Corrijámonos antes de corregir a nuestros prójimos, produzcamos los frutos que Dios espera de nosotros, y manifestemos el amor y la bondad que llevamos dentro. Cambiemos nosotros antes de pretender que cambie el mundo, y el mundo nos dará oportunidades de experimentar, la verdadera felicidad, la felicidad de quienes saben hacerse amar, y, ser amados.
7. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 39-45.
Comprometámonos a ser luz para nosotros y para nuestros prójimos. Aprovechemos los errores que cometemos para mejorar nuestra forma de proceder, intentando no asociarlos a nuestra valía personal, para evitar ceder a la depresión.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Oremos pausadamente el Padrenuestro, meditando cada una de las frases que nos enseñó el Señor Jesús, pues, tal oración, explicita perfectamente, el texto evangélico, que hemos considerado, en el presente trabajo.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el texto del SAL. 149, 1-5, contemplándonos con la dicha que creemos que tendremos, cuando Dios nos ayude a cumplir, nuestros más anhelados deseos.
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Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Meditación del Evangelio del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos? (Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos?
Estudio de MC. 7, 1-23.
Nota: El Evangelio de hoy es MC. 7, 1-8. 14-15. 21-23, pero lo amplío para poder ofrecer una información más completa, que responda al propósito de este trabajo.
1. Jesús fue espiado por los fariseos.
Estimados hermanos y amigos:
Los fariseos fueron una de las facciones en que se dividió el Judaísmo, de la que muchos de sus adeptos persiguieron con gran ahínco a Jesús. Tal escuela de pensamiento mantenía la creencia de que la Ley de Moisés debía ser interpretada de la misma forma que los seguidores de diversas denominaciones cristianas interpretan la Biblia, sin adaptarla a la comprensión actual que se pueda tener de la misma, sino tal cual fue escrita por sus autores. Esto es lo que conocemos como fundamentalismo religioso.
Los fariseos despreciaban a quienes no seguían literalmente su doctrina. Esta es la razón por la que Jesús fue objeto del odio con que fue perseguido por los fariseos con saña, pues Nuestro Señor, a pesar de que probablemente carecía de estudios, tenía el don de hacerse escuchar por las multitudes, y fundó su propia religión, la cual, si bien procede del Judaísmo, difiere de la citada religión, porque la salvación de los creyentes no es dependiente del hecho de que los tales acaten el cumplimiento de la Ley mosaica, sino de que se adhieran a Nuestro Salvador, tal como recordamos durante los Domingos XVII-XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, en nuestras meditaciones del sexto capítulo del cuarto Evangelio.
Recordemos cómo Jesús fue presionado por los fariseos desde que inició su Ministerio, meditando brevemente citas del Evangelio de San Marcos, que hemos considerado en Domingos anteriores en diferentes ediciones de Padre nuestro, las cuales pueden ser leídas en los websytes, blogs y listas de correo en que han sido publicadas.
(MC. 1, 21-22). Las sinagogas eran los lugares de culto en que los judíos se reunían para considerar las Sagradas Escrituras los días festivos.
Los escribas se jactaban de conocer de memoria las enseñanzas de sus maestros, los cuales se enorgullecían de haber hecho lo propio con sus instructores legales. Los oyentes de Jesús se admiraron porque, a pesar de que el Hijo de María probablemente carecía de estudios, enseñaba con autoridad, sin hacer referencia a las enseñanzas de los maestros más célebres imitando la forma de proceder de los escribas o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel. Los fariseos debieron ver como un atrevimiento imperdonable el hecho de que Jesús indicara mediante su discurso que las enseñanzas que les transmitía a sus oyentes eran propias.
Para comprender cómo debieron sentirse los fariseos ante la novedosa forma de predicar de Jesús, debemos pensar cómo procederían los líderes religiosos de las denominaciones cristianas que rechazan el aborto, si se encontraran con que, en sus lugares de culto, se predicara a favor de la interrupción de la vida de los niños no nacidos.
Jesús, además de sorprender a sus oyentes con su innovadora forma de predicarles la Palabra de Dios, se atrevió a incumplir la Ley de Israel que impedía realizar curaciones los días festivos, librando a un poseso, del espíritu impuro que lo manipulaba a placer (MC. 1, 23-28).
Jesús curó a un paralítico al que, al perdonarle sus pecados, les dijo abiertamente a sus oyentes que es Dios, lo cual irritó a los fariseos, pues los tales pensaban que, al ser Dios un ser espiritual, no puede tener descendientes, y, ya que consideraban que el nuevo Mesías era pecador, pensaban que merecía la muerte por haber blasfemado, ya que Dios y el pecado no pueden estar vinculados (MC. 2, 1-12).
Jesús quiso que Mateo el publicano (cobrador de impuestos imperial) fuera su seguidor, a pesar de que los fariseos rechazaban a quienes realizaban ese trabajo (MC. 2, 14).
Mateo celebró un banquete al que invitó a sus conocidos, para decirles que dejaba su trabajo, y se disponía a seguir a Jesús. Por causa de la visión del oficio que había desempeñado el futuro Apóstol de Jesús que tenían sus hermanos de raza, Mateo estaba relacionado con mucha gente que los fariseos consideraba reprobable, por causa de la conducta que observaba.
A los ojos de los fariseos, Jesús no solo permitió que Mateo fuera uno de sus seguidores, pues el Señor también se relacionó con los conocidos del antiguo recaudador de impuestos, lo cual les hizo tener un mayor deseo de hacer que Jesús dejara de aumentar el número de sus seguidores, y de que el nuevo predicador fuera abandonado por quienes le seguían en aquel tiempo, para lo cual idearon la forma de ridiculizar al Hijo de María (MC. 2, 15-17).
Probablemente, al estar acostumbrados a mantener las creencias que los fariseos les impusieron a sus hermanos de raza, los seguidores de Jesús no estaban de acuerdo con el hecho de que el Mesías se relacionara con gente considerada de ínfima reputación. Esta es la causa por la que los discípulos de Jesús, al ser interrogados por los fariseos, quizás debieron haberse sentido avergonzados, y, por consiguiente, tendrían que haber seguido llevando a cabo sus quehaceres ordinarios, desamparando a su Maestro.
Jesús respondió la pregunta que les fue hecha a sus amigos malintencionadamente para dispersarlos, alegando que no son dignos de Dios los que creen que se merecen ser salvos por el cumplimiento de ninguna prescripción religiosa, pues la salvación de sus seguidores es dependiente del amor con que Nuestro Santo Padre los acoge en su presencia.
Jesús les ganó una batalla a los fariseos, pero tales enemigos del Señor no pensaban dar por terminada su guerra contra el nuevo Mesías.
Merece la pena hacer una pausa antes de seguir meditando los textos del Evangelio de San Marcos que nos ayudan a comprender por qué persiguieron los fariseos a Jesús, pues debemos pensar cuales son las razones por las que seguimos a Nuestro Señor, e intentamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre.
¿Celebramos la Eucaristía porque amamos a Dios y a nuestros hermanos los hombres, o porque queremos ganar el cielo cumpliendo el precepto de asistir a Misa todos los Domingos y días de guardar?
¿Creemos que podremos comprar la salvación cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios tal cual les sucedía a los fariseos con la Ley de Moisés y sus tradiciones, o cumplimos los Mandamientos divinos porque queremos crecer espiritualmente para ser dignos de vivir en la presencia del Señor, no por causa de nuestros méritos que son muy inferiores a los suyos, sino porque Dios nos ama infinitamente?
¿Nos merecerá la pena cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios si sabemos que nuestra salvación depende del amor de Nuestro Santo Padre, y no del bien que les hacemos a los hombres?
¿Podremos convivir sin problemas los cristianos que creemos que nuestra salvación depende de la fe que le profesamos a Dios, y los cristianos que creen que su salvación depende del hecho de cumplir los Mandamientos divinos, y de acatar las normas morales de las denominaciones religiosas a las que pertenecen?
Aunque los fariseos no aceptaban la predicación de San Juan el Bautista, se unieron a los seguidores del predicador del Jordán, para recriminarle a Jesús el hecho de que sus discípulos no ayunaban, mientras que los seguidores del Bautista y los fariseos, no dejaban de observar ese rito penitencial, que era muy importante para ellos.
Aunque Jesús ayunó en el desierto durante los cuarenta días que se prolongaron sus tentaciones, Nuestro Señor no nos dejó ninguna disposición sobre el ayuno para que la sigamos. Dado que en los dos Testamentos en que se divide la Biblia se recomienda y observa la práctica del ayuno, debemos juzgar en qué ocasiones debemos observarla, ora como práctica penitencial, ora como oración de súplica, cuando queramos que Dios nos conceda algo que deseemos ardientemente.
No está de más recordar que la Iglesia nos manda ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para que la privación de carne y lácteos nos conciencie de la necesidad que tienen los pobres de nuestra ayuda económica, y para que, quienes no tienen posibilidades de ayudar a los carentes de dádivas espirituales y materiales, compartan su tiempo y lo poco que tienen con quienes les necesitan. La privación de alimentos tiene otra misión muy importante, consistente en que no nos alimentemos de las ideologías que nos alejan de Dios, y nos concienciemos de la necesidad que tenemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Nuestro Santo padre, que se contiene en la Biblia.
Jesús les respondió a quienes lo interrogaron que no quería someter a sus seguidores a la práctica del ayuno, porque tendrían que afrontar muchos padecimientos a medida que los saduceos y los fariseos lo acosaran, cuando lo crucificaran, y cuando, después de resucitar de entre los muertos, aconteciera su Ascensión al cielo, e iniciaran su obra evangelizadora, después de ser fortalecidos por el Espíritu santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Jesús vino al mundo a constituir una nueva religión, que debía diferenciarse de las prácticas judaicas, sin las cuales la religiosidad carecía de sentido para los fariseos. Los seguidores de Jesús no pueden tener parte de las creencias de los fariseos y parte de las creencias predicadas por Nuestro Salvador, pues deben amoldarse plenamente al cumplimiento de la voluntad del Redentor del mundo (MC. 2, 18-22).
Dado que los fariseos no encontraban la forma de hacer que Jesús fuera abandonado por sus seguidores, porque la sabiduría del Mesías era superior a la suya, -lo cual se demostraba porque no encontraban contrarréplicas para silenciar al Señor cuando respondía las preguntas que le hacían-, tomaron la decisión de espiar todos los movimientos y palabras del Mesías, con el fin de sorprenderlo incumpliendo algún precepto legal, que justificara su asesinato.
Los fariseos no estaban por la labor de espiar a todos sus hermanos de raza para sorprenderlos en el más insignificante incumplimiento de sus normas, pero Jesús era una excepción para ellos, como veremos en el siguiente pasaje del Evangelio de San Marcos, en que Nuestro Salvador dijo que, nuestra adhesión a Él, es más importante que el cumplimiento de los preceptos religiosos (MC. 2, 23-28).
La curación de un enfermo, fue la causa por la que los fariseos y los herodianos, a pesar de estar enemistados, porque los primeros eran nacionalistas, y los segundos partidarios del Rey Herodes, decidieron vincularse, con un objetivo común: la eliminación de Jesús de Nazaret (MC. 3, 1-6).
Dado que los fariseos tomaron la resolución de asesinar a Jesús, estos vieron cómo sus maestros se esforzaban en hacer que Nuestro Salvador fuera desprestigiado por sus seguidores y los oyentes de sus predicaciones (MC. 3, 20-22).
No sabemos si los mencionados parientes de Jesús decían que el Señor había perdido el juicio porque no buscó seguidores en su propio clan porque ello significaba que tenía que someterse al cumplimiento de la voluntad de quienes eran mayores que Él, y el Mesías no quería dejarse arrastrar por imposiciones meramente humanas, o si lo hicieron para intentar salvarle la vida, porque sabían cómo lo vigilaban los fariseos estrechamente, y que, si no cambiaba su manera de proceder y su discurso, concluiría sus días lapidado o crucificado.
Dado que los escribas vieron cómo tales familiares de Jesús acusaban al Señor de haber perdido el juicio, aprovecharon la ocasión para difundir la idea de que el Mesías estaba poseído por el príncipe de los demonios, pues ello lo hacía merecedor de la muerte.
(MC. 7, 1). Ya que los fariseos se vincularon a los herodianos para buscar la forma de condenar a Jesús a muerte, no solo eran ellos quienes vigilaban a Jesús, pues los escribas también hacían ese trabajo, para asegurarse personalmente de que iban a eliminar a Jesús lo más rápidamente posible.
2. La Ley de Dios y las tradiciones de los hombres.
(MC. 7, 2-4). Los fariseos no deben ser considerados como malas personas por cumplir la Ley de Moisés y de Israel. Las prácticas legales ayudaban a los fariseos a conservar su identidad, con tal de no sucumbir bajo las ideologías paganas no aceptas por Yahveh. Con el paso del tiempo, los fariseos equipararon sus tradiciones con la Palabra de Dios, y dado que su identidad de judíos dependía del acatamiento de dichas tradiciones y de la Ley, llegaron a cometer el pecado de marginar a quienes no seguían tales prácticas.
¿Discriminamos en las reuniones de culto a las que asistimos a quienes no se adhieren plenamente a nuestras prácticas religiosas?
A pesar de despreciar a quienes no observaban cabalmente sus prácticas, los fariseos eran conocidos por su religiosidad, pues pretendían agradar a Dios. Evitemos utilizar el hecho de creer que la denominación cristiana a la que pertenecemos es la religión verdadera, para despreciar a quienes no comparten plenamente la ideología que seguimos.
Nosotros no nos caracterizamos por nuestro comportamiento de cristianos perfectos. Somos humanos, y por ello sucumbimos bajo los efectos de la debilidad y el pecado. Evitemos el deseo de ser como aquellos legalistas que cumplían la Ley para obtener la aceptación divina a cambio de ello, sin tener en cuenta que Dios no nos acoge en su presencia por causa de la perfección con que cumplimos sus Mandamientos, pues lo hace porque nos ama. No cumplamos las prescripciones religiosas de la denominación cristiana a la que pertenecemos intentando ser salvos, pues ello anularía el valor redentor del sacrificio con que Jesús nos ganó la vida eterna. Cumplamos las prescripciones religiosas con tal de agradecerle a dios el bien que nos ha hecho, con la intención de aprender a ser cristianos practicantes, mientras hacemos el bien en favor de quienes podamos ayudar.
En los capítulos 11-15 del Levítico vemos las leyes rituales de la pureza que debían observar los judíos escrupulosamente. Podéis leer LV. 11, 1-23 y DT. 14, 3-21 para conocer la pureza de los alimentos, LV. 11, 32-36 para conocer la pureza de los hornos y vasijas en que cocinaban y comían, LV. 11, 24-47 para conocer la pureza de los animales, LV. 12 para conocer la purificación de las mujeres después del parto, y LV 13-14, para conocer la purificación de los leprosos que sanaban de su enfermedad, y la purificación de quienes emitían flujos corporales.
Dado que los fariseos igualaron la importancia de sus tradiciones al nivel que debía observarse la Ley de Moisés, sintieron que tenían la autoridad necesaria para criticar a los discípulos de Jesús, porque comían sin lavarse las manos, a pesar de que la Ley de Moisés solo obligaba a lavarse las manos a los sacerdotes durante sus actos de culto. Los fariseos adoptaron la práctica de comer con las manos lavadas con tal de tener un instintivo que los diferenciara de los no judíos, por quienes sentían desprecio, por causa de las conquistas que Israel sufrió en el pasado.
Veamos, con la Biblia en la mano, cómo eran los sacerdotes los únicos que estaban obligados a lavarse las manos, durante los actos de culto (ÉX. 30, 18-21).
Los judíos, -independientemente de que fueran religiosos-, no se lavaban las manos para tenerlas limpias, sino para simbolizar la limpieza del pecado a que aspiraban. Ellos se lavaban las manos en cada ocasión que tocaban a una persona que consideraban inacepta por Dios, o un animal u objeto que consideraban impuro.
(MC. 7, 5). Los fariseos querían saber por qué Jesús no obligaba a sus discípulos a acatar las tradiciones que ellos observaban desde hacía siglos, pues, según hemos visto en este estudio bíblico, el Señor hizo su seguidor a Mateo el publicano, -quien era considerado impuro por la visión negativa que tenían sus hermanos de raza de su oficio de recaudador de impuestos-, y no reprendió a sus seguidores, por arrancar espigas un día festivo, por considerar que, la adhesión a su Persona, es superior al cumplimiento de las prescripciones religiosas, a pesar de que, el objeto de las mismas, es disponer a los creyentes, a vivir en la presencia de Dios. Veamos, -pues-, lo que San Pablo nos dice de la Ley de Moisés, en el siguiente fragmento, de su Carta a los Romanos: (ROM. 10, 4).
Si pensamos pasar muchas horas orando y dedicar mucho tiempo a hacer el bien, y no actuamos con la intención de completar nuestra disposición a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, pues lo hacemos para que la gente piense que somos santos, nada de lo que hagamos nos servirá para agradar a Dios, pues para Él, la intención con que actuamos, es más importante, que las obras que efectuamos.
(MC. 7, 6-8). ¿Anteponemos la vivencia de alguna ideología a la profesión de la fe cristiana que debe caracterizar nuestra vida de seguidores de Jesús?
¿Estamos plenamente seguros de que no anulamos la Palabra de Dios para inspirar nuestra vida en el cumplimiento de palabras de hombres?
(MC. 7, 9-13). Mientras que Dios quiso que sus seguidores cuidaran a sus antecesores cuando los tales fueran ancianos, el pago de la cuota con que debieran haberlos cuidado a las autoridades religiosas, dispensaba a muchos de ayudar a sus padres incapacitados para ganarse el sustento.
Tengamos cuidado de no caer en el error de beneficiarnos de la religión sabiendo que la consecución de nuestros intereses contradice el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hace pocos días conocí la historia de un líder religioso que aprovechó las técnicas que aprendió para ganar la confianza de la gente para mantener relaciones íntimas con muchas mujeres. Por algo escribió San Juan en su primera Carta: (1 JN. 4, 1). Aunque San Juan escribió el versículo de su primera Carta que estamos considerando para rebatir a los docetas, podemos aplicarlo de la siguiente manera: Los cristianos que no cumplen la voluntad de Dios y pecan deliberadamente, -pues son conscientes de que incumplen la voluntad divina-, pero insisten en que lo hagamos nosotros, no son buenos ejemplos a imitar.
3. ¿Qué hace impuros a los hombres?
(MC. 7, 14-23). Al leer LV. 11, vemos los animales que los judíos podían comer, y aquellos de los que debían evitar alimentarse, con tal de no ser considerados impuros. Jesús contrarrestó tal creencia ancestral de sus hermanos de raza, afirmando que nada de lo que comemos puede hacernos pecadores, pero en cambio, el mal que hagamos, puede hacernos indignos, de vivir en la presencia de Nuestro Santo Creador, si no nos arrepentimos de ello, y no adoptamos el compromiso de actuar como fieles hijos de Nuestro Padre celestial.
Recordemos los siguientes textos de San Pablo: (ROM. 14, 1-6. 1 COR. 8, 1-13).
Hermanos: Esforcémonos haciendo lo posible para vivir como auténticos seguidores de Cristo. Que las cuestiones opinables no dificulten nuestra convivencia, para que así podamos aplicarnos el siguiente texto de San Pablo: (1 TES. 5, 14).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús que nos alimente con su Palabra divina, y que nos llene de su sabiduría, que tan necesaria nos es, para no sucumbir bajo el pecado, para que nunca dejemos de ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Que Jesucristo, -el pan de la vida-, el alimento que necesitamos, siempre esté con nosotros, para que vivamos bajo los impulsos del Espíritu Santo en este mundo, y seamos dignos de ser santificados, para que no dejemos de ser miembros del Reino de Dios. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación.
¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos?
Estudio de MC. 7, 1-23.
Nota: El Evangelio de hoy es MC. 7, 1-8. 14-15. 21-23, pero lo amplío para poder ofrecer una información más completa, que responda al propósito de este trabajo.
1. Jesús fue espiado por los fariseos.
Estimados hermanos y amigos:
Los fariseos fueron una de las facciones en que se dividió el Judaísmo, de la que muchos de sus adeptos persiguieron con gran ahínco a Jesús. Tal escuela de pensamiento mantenía la creencia de que la Ley de Moisés debía ser interpretada de la misma forma que los seguidores de diversas denominaciones cristianas interpretan la Biblia, sin adaptarla a la comprensión actual que se pueda tener de la misma, sino tal cual fue escrita por sus autores. Esto es lo que conocemos como fundamentalismo religioso.
Los fariseos despreciaban a quienes no seguían literalmente su doctrina. Esta es la razón por la que Jesús fue objeto del odio con que fue perseguido por los fariseos con saña, pues Nuestro Señor, a pesar de que probablemente carecía de estudios, tenía el don de hacerse escuchar por las multitudes, y fundó su propia religión, la cual, si bien procede del Judaísmo, difiere de la citada religión, porque la salvación de los creyentes no es dependiente del hecho de que los tales acaten el cumplimiento de la Ley mosaica, sino de que se adhieran a Nuestro Salvador, tal como recordamos durante los Domingos XVII-XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, en nuestras meditaciones del sexto capítulo del cuarto Evangelio.
Recordemos cómo Jesús fue presionado por los fariseos desde que inició su Ministerio, meditando brevemente citas del Evangelio de San Marcos, que hemos considerado en Domingos anteriores en diferentes ediciones de Padre nuestro, las cuales pueden ser leídas en los websytes, blogs y listas de correo en que han sido publicadas.
(MC. 1, 21-22). Las sinagogas eran los lugares de culto en que los judíos se reunían para considerar las Sagradas Escrituras los días festivos.
Los escribas se jactaban de conocer de memoria las enseñanzas de sus maestros, los cuales se enorgullecían de haber hecho lo propio con sus instructores legales. Los oyentes de Jesús se admiraron porque, a pesar de que el Hijo de María probablemente carecía de estudios, enseñaba con autoridad, sin hacer referencia a las enseñanzas de los maestros más célebres imitando la forma de proceder de los escribas o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel. Los fariseos debieron ver como un atrevimiento imperdonable el hecho de que Jesús indicara mediante su discurso que las enseñanzas que les transmitía a sus oyentes eran propias.
Para comprender cómo debieron sentirse los fariseos ante la novedosa forma de predicar de Jesús, debemos pensar cómo procederían los líderes religiosos de las denominaciones cristianas que rechazan el aborto, si se encontraran con que, en sus lugares de culto, se predicara a favor de la interrupción de la vida de los niños no nacidos.
Jesús, además de sorprender a sus oyentes con su innovadora forma de predicarles la Palabra de Dios, se atrevió a incumplir la Ley de Israel que impedía realizar curaciones los días festivos, librando a un poseso, del espíritu impuro que lo manipulaba a placer (MC. 1, 23-28).
Jesús curó a un paralítico al que, al perdonarle sus pecados, les dijo abiertamente a sus oyentes que es Dios, lo cual irritó a los fariseos, pues los tales pensaban que, al ser Dios un ser espiritual, no puede tener descendientes, y, ya que consideraban que el nuevo Mesías era pecador, pensaban que merecía la muerte por haber blasfemado, ya que Dios y el pecado no pueden estar vinculados (MC. 2, 1-12).
Jesús quiso que Mateo el publicano (cobrador de impuestos imperial) fuera su seguidor, a pesar de que los fariseos rechazaban a quienes realizaban ese trabajo (MC. 2, 14).
Mateo celebró un banquete al que invitó a sus conocidos, para decirles que dejaba su trabajo, y se disponía a seguir a Jesús. Por causa de la visión del oficio que había desempeñado el futuro Apóstol de Jesús que tenían sus hermanos de raza, Mateo estaba relacionado con mucha gente que los fariseos consideraba reprobable, por causa de la conducta que observaba.
A los ojos de los fariseos, Jesús no solo permitió que Mateo fuera uno de sus seguidores, pues el Señor también se relacionó con los conocidos del antiguo recaudador de impuestos, lo cual les hizo tener un mayor deseo de hacer que Jesús dejara de aumentar el número de sus seguidores, y de que el nuevo predicador fuera abandonado por quienes le seguían en aquel tiempo, para lo cual idearon la forma de ridiculizar al Hijo de María (MC. 2, 15-17).
Probablemente, al estar acostumbrados a mantener las creencias que los fariseos les impusieron a sus hermanos de raza, los seguidores de Jesús no estaban de acuerdo con el hecho de que el Mesías se relacionara con gente considerada de ínfima reputación. Esta es la causa por la que los discípulos de Jesús, al ser interrogados por los fariseos, quizás debieron haberse sentido avergonzados, y, por consiguiente, tendrían que haber seguido llevando a cabo sus quehaceres ordinarios, desamparando a su Maestro.
Jesús respondió la pregunta que les fue hecha a sus amigos malintencionadamente para dispersarlos, alegando que no son dignos de Dios los que creen que se merecen ser salvos por el cumplimiento de ninguna prescripción religiosa, pues la salvación de sus seguidores es dependiente del amor con que Nuestro Santo Padre los acoge en su presencia.
Jesús les ganó una batalla a los fariseos, pero tales enemigos del Señor no pensaban dar por terminada su guerra contra el nuevo Mesías.
Merece la pena hacer una pausa antes de seguir meditando los textos del Evangelio de San Marcos que nos ayudan a comprender por qué persiguieron los fariseos a Jesús, pues debemos pensar cuales son las razones por las que seguimos a Nuestro Señor, e intentamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre.
¿Celebramos la Eucaristía porque amamos a Dios y a nuestros hermanos los hombres, o porque queremos ganar el cielo cumpliendo el precepto de asistir a Misa todos los Domingos y días de guardar?
¿Creemos que podremos comprar la salvación cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios tal cual les sucedía a los fariseos con la Ley de Moisés y sus tradiciones, o cumplimos los Mandamientos divinos porque queremos crecer espiritualmente para ser dignos de vivir en la presencia del Señor, no por causa de nuestros méritos que son muy inferiores a los suyos, sino porque Dios nos ama infinitamente?
¿Nos merecerá la pena cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios si sabemos que nuestra salvación depende del amor de Nuestro Santo Padre, y no del bien que les hacemos a los hombres?
¿Podremos convivir sin problemas los cristianos que creemos que nuestra salvación depende de la fe que le profesamos a Dios, y los cristianos que creen que su salvación depende del hecho de cumplir los Mandamientos divinos, y de acatar las normas morales de las denominaciones religiosas a las que pertenecen?
Aunque los fariseos no aceptaban la predicación de San Juan el Bautista, se unieron a los seguidores del predicador del Jordán, para recriminarle a Jesús el hecho de que sus discípulos no ayunaban, mientras que los seguidores del Bautista y los fariseos, no dejaban de observar ese rito penitencial, que era muy importante para ellos.
Aunque Jesús ayunó en el desierto durante los cuarenta días que se prolongaron sus tentaciones, Nuestro Señor no nos dejó ninguna disposición sobre el ayuno para que la sigamos. Dado que en los dos Testamentos en que se divide la Biblia se recomienda y observa la práctica del ayuno, debemos juzgar en qué ocasiones debemos observarla, ora como práctica penitencial, ora como oración de súplica, cuando queramos que Dios nos conceda algo que deseemos ardientemente.
No está de más recordar que la Iglesia nos manda ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para que la privación de carne y lácteos nos conciencie de la necesidad que tienen los pobres de nuestra ayuda económica, y para que, quienes no tienen posibilidades de ayudar a los carentes de dádivas espirituales y materiales, compartan su tiempo y lo poco que tienen con quienes les necesitan. La privación de alimentos tiene otra misión muy importante, consistente en que no nos alimentemos de las ideologías que nos alejan de Dios, y nos concienciemos de la necesidad que tenemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Nuestro Santo padre, que se contiene en la Biblia.
Jesús les respondió a quienes lo interrogaron que no quería someter a sus seguidores a la práctica del ayuno, porque tendrían que afrontar muchos padecimientos a medida que los saduceos y los fariseos lo acosaran, cuando lo crucificaran, y cuando, después de resucitar de entre los muertos, aconteciera su Ascensión al cielo, e iniciaran su obra evangelizadora, después de ser fortalecidos por el Espíritu santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Jesús vino al mundo a constituir una nueva religión, que debía diferenciarse de las prácticas judaicas, sin las cuales la religiosidad carecía de sentido para los fariseos. Los seguidores de Jesús no pueden tener parte de las creencias de los fariseos y parte de las creencias predicadas por Nuestro Salvador, pues deben amoldarse plenamente al cumplimiento de la voluntad del Redentor del mundo (MC. 2, 18-22).
Dado que los fariseos no encontraban la forma de hacer que Jesús fuera abandonado por sus seguidores, porque la sabiduría del Mesías era superior a la suya, -lo cual se demostraba porque no encontraban contrarréplicas para silenciar al Señor cuando respondía las preguntas que le hacían-, tomaron la decisión de espiar todos los movimientos y palabras del Mesías, con el fin de sorprenderlo incumpliendo algún precepto legal, que justificara su asesinato.
Los fariseos no estaban por la labor de espiar a todos sus hermanos de raza para sorprenderlos en el más insignificante incumplimiento de sus normas, pero Jesús era una excepción para ellos, como veremos en el siguiente pasaje del Evangelio de San Marcos, en que Nuestro Salvador dijo que, nuestra adhesión a Él, es más importante que el cumplimiento de los preceptos religiosos (MC. 2, 23-28).
La curación de un enfermo, fue la causa por la que los fariseos y los herodianos, a pesar de estar enemistados, porque los primeros eran nacionalistas, y los segundos partidarios del Rey Herodes, decidieron vincularse, con un objetivo común: la eliminación de Jesús de Nazaret (MC. 3, 1-6).
Dado que los fariseos tomaron la resolución de asesinar a Jesús, estos vieron cómo sus maestros se esforzaban en hacer que Nuestro Salvador fuera desprestigiado por sus seguidores y los oyentes de sus predicaciones (MC. 3, 20-22).
No sabemos si los mencionados parientes de Jesús decían que el Señor había perdido el juicio porque no buscó seguidores en su propio clan porque ello significaba que tenía que someterse al cumplimiento de la voluntad de quienes eran mayores que Él, y el Mesías no quería dejarse arrastrar por imposiciones meramente humanas, o si lo hicieron para intentar salvarle la vida, porque sabían cómo lo vigilaban los fariseos estrechamente, y que, si no cambiaba su manera de proceder y su discurso, concluiría sus días lapidado o crucificado.
Dado que los escribas vieron cómo tales familiares de Jesús acusaban al Señor de haber perdido el juicio, aprovecharon la ocasión para difundir la idea de que el Mesías estaba poseído por el príncipe de los demonios, pues ello lo hacía merecedor de la muerte.
(MC. 7, 1). Ya que los fariseos se vincularon a los herodianos para buscar la forma de condenar a Jesús a muerte, no solo eran ellos quienes vigilaban a Jesús, pues los escribas también hacían ese trabajo, para asegurarse personalmente de que iban a eliminar a Jesús lo más rápidamente posible.
2. La Ley de Dios y las tradiciones de los hombres.
(MC. 7, 2-4). Los fariseos no deben ser considerados como malas personas por cumplir la Ley de Moisés y de Israel. Las prácticas legales ayudaban a los fariseos a conservar su identidad, con tal de no sucumbir bajo las ideologías paganas no aceptas por Yahveh. Con el paso del tiempo, los fariseos equipararon sus tradiciones con la Palabra de Dios, y dado que su identidad de judíos dependía del acatamiento de dichas tradiciones y de la Ley, llegaron a cometer el pecado de marginar a quienes no seguían tales prácticas.
¿Discriminamos en las reuniones de culto a las que asistimos a quienes no se adhieren plenamente a nuestras prácticas religiosas?
A pesar de despreciar a quienes no observaban cabalmente sus prácticas, los fariseos eran conocidos por su religiosidad, pues pretendían agradar a Dios. Evitemos utilizar el hecho de creer que la denominación cristiana a la que pertenecemos es la religión verdadera, para despreciar a quienes no comparten plenamente la ideología que seguimos.
Nosotros no nos caracterizamos por nuestro comportamiento de cristianos perfectos. Somos humanos, y por ello sucumbimos bajo los efectos de la debilidad y el pecado. Evitemos el deseo de ser como aquellos legalistas que cumplían la Ley para obtener la aceptación divina a cambio de ello, sin tener en cuenta que Dios no nos acoge en su presencia por causa de la perfección con que cumplimos sus Mandamientos, pues lo hace porque nos ama. No cumplamos las prescripciones religiosas de la denominación cristiana a la que pertenecemos intentando ser salvos, pues ello anularía el valor redentor del sacrificio con que Jesús nos ganó la vida eterna. Cumplamos las prescripciones religiosas con tal de agradecerle a dios el bien que nos ha hecho, con la intención de aprender a ser cristianos practicantes, mientras hacemos el bien en favor de quienes podamos ayudar.
En los capítulos 11-15 del Levítico vemos las leyes rituales de la pureza que debían observar los judíos escrupulosamente. Podéis leer LV. 11, 1-23 y DT. 14, 3-21 para conocer la pureza de los alimentos, LV. 11, 32-36 para conocer la pureza de los hornos y vasijas en que cocinaban y comían, LV. 11, 24-47 para conocer la pureza de los animales, LV. 12 para conocer la purificación de las mujeres después del parto, y LV 13-14, para conocer la purificación de los leprosos que sanaban de su enfermedad, y la purificación de quienes emitían flujos corporales.
Dado que los fariseos igualaron la importancia de sus tradiciones al nivel que debía observarse la Ley de Moisés, sintieron que tenían la autoridad necesaria para criticar a los discípulos de Jesús, porque comían sin lavarse las manos, a pesar de que la Ley de Moisés solo obligaba a lavarse las manos a los sacerdotes durante sus actos de culto. Los fariseos adoptaron la práctica de comer con las manos lavadas con tal de tener un instintivo que los diferenciara de los no judíos, por quienes sentían desprecio, por causa de las conquistas que Israel sufrió en el pasado.
Veamos, con la Biblia en la mano, cómo eran los sacerdotes los únicos que estaban obligados a lavarse las manos, durante los actos de culto (ÉX. 30, 18-21).
Los judíos, -independientemente de que fueran religiosos-, no se lavaban las manos para tenerlas limpias, sino para simbolizar la limpieza del pecado a que aspiraban. Ellos se lavaban las manos en cada ocasión que tocaban a una persona que consideraban inacepta por Dios, o un animal u objeto que consideraban impuro.
(MC. 7, 5). Los fariseos querían saber por qué Jesús no obligaba a sus discípulos a acatar las tradiciones que ellos observaban desde hacía siglos, pues, según hemos visto en este estudio bíblico, el Señor hizo su seguidor a Mateo el publicano, -quien era considerado impuro por la visión negativa que tenían sus hermanos de raza de su oficio de recaudador de impuestos-, y no reprendió a sus seguidores, por arrancar espigas un día festivo, por considerar que, la adhesión a su Persona, es superior al cumplimiento de las prescripciones religiosas, a pesar de que, el objeto de las mismas, es disponer a los creyentes, a vivir en la presencia de Dios. Veamos, -pues-, lo que San Pablo nos dice de la Ley de Moisés, en el siguiente fragmento, de su Carta a los Romanos: (ROM. 10, 4).
Si pensamos pasar muchas horas orando y dedicar mucho tiempo a hacer el bien, y no actuamos con la intención de completar nuestra disposición a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, pues lo hacemos para que la gente piense que somos santos, nada de lo que hagamos nos servirá para agradar a Dios, pues para Él, la intención con que actuamos, es más importante, que las obras que efectuamos.
(MC. 7, 6-8). ¿Anteponemos la vivencia de alguna ideología a la profesión de la fe cristiana que debe caracterizar nuestra vida de seguidores de Jesús?
¿Estamos plenamente seguros de que no anulamos la Palabra de Dios para inspirar nuestra vida en el cumplimiento de palabras de hombres?
(MC. 7, 9-13). Mientras que Dios quiso que sus seguidores cuidaran a sus antecesores cuando los tales fueran ancianos, el pago de la cuota con que debieran haberlos cuidado a las autoridades religiosas, dispensaba a muchos de ayudar a sus padres incapacitados para ganarse el sustento.
Tengamos cuidado de no caer en el error de beneficiarnos de la religión sabiendo que la consecución de nuestros intereses contradice el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hace pocos días conocí la historia de un líder religioso que aprovechó las técnicas que aprendió para ganar la confianza de la gente para mantener relaciones íntimas con muchas mujeres. Por algo escribió San Juan en su primera Carta: (1 JN. 4, 1). Aunque San Juan escribió el versículo de su primera Carta que estamos considerando para rebatir a los docetas, podemos aplicarlo de la siguiente manera: Los cristianos que no cumplen la voluntad de Dios y pecan deliberadamente, -pues son conscientes de que incumplen la voluntad divina-, pero insisten en que lo hagamos nosotros, no son buenos ejemplos a imitar.
3. ¿Qué hace impuros a los hombres?
(MC. 7, 14-23). Al leer LV. 11, vemos los animales que los judíos podían comer, y aquellos de los que debían evitar alimentarse, con tal de no ser considerados impuros. Jesús contrarrestó tal creencia ancestral de sus hermanos de raza, afirmando que nada de lo que comemos puede hacernos pecadores, pero en cambio, el mal que hagamos, puede hacernos indignos, de vivir en la presencia de Nuestro Santo Creador, si no nos arrepentimos de ello, y no adoptamos el compromiso de actuar como fieles hijos de Nuestro Padre celestial.
Recordemos los siguientes textos de San Pablo: (ROM. 14, 1-6. 1 COR. 8, 1-13).
Hermanos: Esforcémonos haciendo lo posible para vivir como auténticos seguidores de Cristo. Que las cuestiones opinables no dificulten nuestra convivencia, para que así podamos aplicarnos el siguiente texto de San Pablo: (1 TES. 5, 14).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús que nos alimente con su Palabra divina, y que nos llene de su sabiduría, que tan necesaria nos es, para no sucumbir bajo el pecado, para que nunca dejemos de ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Que Jesucristo, -el pan de la vida-, el alimento que necesitamos, siempre esté con nosotros, para que vivamos bajo los impulsos del Espíritu Santo en este mundo, y seamos dignos de ser santificados, para que no dejemos de ser miembros del Reino de Dios. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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