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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.

   Meditación de MAL. 3, 19-20A

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.

   Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).

   La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.

   ¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.

   Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.

   ¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.

   El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.

   En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).

   ¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).

   ¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).

   Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.

   Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.

   ¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?

   ¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?

   Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.

   No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.

   Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:

   ¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.

joseportilloperez@gmail.com

Señor, ¿qué podemos hacer por ti? (Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Señor, ¿qué podemos hacer por ti?

   Imaginemos por un momento que podemos hacer algo para beneficiar al Dios Uno y Trino. Al `pensar en ello, recuerdo el siguiente fragmento de los Salmos: (SAL. 50, 12). En este texto se nos recuerda que nuestro criador no tiene necesidad de nosotros, porque es Todopoderoso. No obstante, dado que Nuestro Padre celestial se complace en el hecho de amarnos, desea que cumplamos las siguientes instrucciones del citado Salmo (SAL. 50, 14-15). Los sacrificios de acción de gracias que podemos ofrecerle a Nuestro Creador son muchos, así pues, Nuestro Padre celestial se complace en que oremos y en que le demostremos el amor con que le amamos sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Aunque Jesús dijo en el sermón del monte las palabras contenidas en MT. 5, 37, no hemos de invalidar lo dicho con respecto al cumplimiento de los votos en el Salmo mencionado anteriormente, dado que, en un principio, el citado texto fue compuesto para que lo utilizaran para orar los hebreos, los cuales estaban sometidos al cumplimiento de la Ley de Moisés, la cuál, con el fin de instar a quienes la cumplían a ser veraces, permitía que los mismos se comprometieran bajo juramento a serle fieles a Dios.

   Al igual que muchos judíos se comprometían en juramento, muchos cristianos también les hacen promesas a Dios y a los Santos, aunque muchas veces tales promesas -todo hay que decirlo-, no son nada más que sobornos, pues no se trata de que muchos de los mismos se comprometen a hacer el bien sin recibir ningún favor a cambio de ello, sino de un intercambio de un gran favor divino, por un insignificante favor humano, el cuál no es necesario, ni para Dios, ni para sus fieles siervos.

   Aunque cada cuál según su conciencia es libre para comprometerse bajo juramento con la intención de sobornar a Dios o de serle fiel hasta la muerte si le fuera necesario padecer en defensa de la fe que profesa, personalmente estimo que no necesitamos jurar nada, pues a Nuestro Santo Padre le basta nuestra sana y firme intención de servirle en nuestros prójimos los hombres, así pues, si Él quiere algo de nosotros, es seguro que hallará el medio adecuado de manifestarnos su voluntad, y nos procurará el mejor modo de servirlo.

   Con respecto al hecho de que glorificaremos a Dios el día que nos libere de la angustia, somos muchos los que tenemos esa experiencia, aunque también son muchos los que, a pesar de que se han acordado de Nuestro Creador para pedirle ayuda cuando lo han pasado mal, no se han acordado de Él para agradecerle los favores que les ha hecho.

   Aunque con respecto a Dios estamos incapacitados para hacer nada por Él, seguramente hemos pensado en lo que le contestaríamos si nos dijera las palabras con que Jesús se dirigió a los hijos de Zebedeo cuando le pidieron que los revistiera de poder, sentándolos, en su Reino, a  uno a su derecha, y, al otro, a su izquierda (MC. 10, 36).

   Con lo que están sufriendo muchos ricos que tienen inmensas fortunas aunque carecen de felicidad, y muchos pobres que carecen de lo estrictamente indispensable para mantenerse vivos, si Jesús nos dijera que está dispuesto a concedernos lo que queremos, -siempre que ello no contradiga el designio salvífico de Dios-, estoy seguro que le pediríamos que cumpliera nuestro más anhelado sueño.

   Si abrimos los ojos lentamente para salir de este maravilloso sueño en que nos hemos sumido instantáneamente, y volvemos a la realidad lentamente para no desilusionarnos por habernos despertado tan rápidamente del sueño que representaba la vivencia del momento más soñado de nuestra existencia, recordamos las palabras que Jesús les dijo a los citados hermanos y a los demás futuros Apóstoles (MC. 10, 44).

   ¿Por qué se empeña Jesús en demostrarnos que si queremos alcanzar la felicidad debemos aprender a sacrificarnos para beneficiar a nuestros prójimos? No nos es necesario aprender que vivimos en un mundo en el que no existe ni una sola persona que sea plenamente feliz, si tenemos en cuenta que, al no haberse concluido plenamente la instauración del Reino de Dios en nuestro planeta, en esta tierra no existe la dicha perfecta según nuestra óptica cristiana. Dado que vivimos en un mundo en que los pobres sufren por causa de sus carencias y muchas veces de la marginación que padecen, y en el que muchos que no son pobres sufren porque no saben hacerse amar, o porque no son comprendidos, o por otras muchas causas, si no aprendemos a considerar a nuestros prójimos tal como nos consideramos nosotros, no podremos hacer absolutamente nada para aumentar nuestra felicidad, así pues, aunque nos agrupamos en diferentes estamentos sociales, Dios lo ha dispuesto todo para que vivamos en comunicación constante, así pues, aunque lo que os voy a decir parezca que no tiene sentido, hemos sido creados para vivir en comunión, y, mientras no venzamos las diferencias que nos separan, seguiremos sufriendo la soledad característica de los caparazones en que estamos encerrados, unos por su propia voluntad, y otros porque no se les permite acceder a un estado de vida más acorde a su dignidad de hijos de Dios.

   Los cristianos practicantes, al pasar todo el tiempo que podemos buscando la forma de aumentar nuestra felicidad, ora mejorando nuestra forma de actuar como personas cristianas, ora mejorando las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos los hombres, nunca dejamos de recordar que, con el fin de lograr nuestro ansiado propósito de alcanzar la felicidad, en cuanto ello nos es posible en este mundo imperfecto, que podemos seguir aumentando nuestro conocimiento de Dios, para que podamos ser imitadores de Cristo, según las siguientes palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   En este mundo de las prisas y el ruido en que vivimos, debemos tener mucha paciencia si queremos mejorar las relaciones que mantenemos con los hombres, dado que, como no tenemos el tiempo que necesitamos para hablar con ellos, este hecho puede ser causa de malos entendidos y de otros problemas causados por el autismo social que nos impone esta forma de vivir que tenemos que no conduce nada más que al dolor y a la ambición desmedida, a no ser que tengamos muy claro lo que deseamos conseguir, y que se nos permita luchar por lo que verdaderamente nos hace felices.

   Son muchos los que piensan que ser cristiano consiste en encerrarse en una burbuja para no pensar en los problemas de la vida diaria y del mundo. Este lujo pueden permitírselo los cristianos que no dan a conocer su fe, pues los practicantes tenemos muy presentes las siguientes palabras de Jesús: (LC. 12, 51).

   San Pablo, quizás teniendo muy presentes las citadas palabras que le dio a conocer a su discípulo San Lucas, les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 4, 9).

   Jeremías recoge un texto en su profecía que últimamente estoy utilizando mucho en mis meditaciones dominicales a petición de aquellos hermanos que me dicen que el mismo les es muy útil para soportar sus depresiones (JER. 15, 19).

   Si sobrevivimos a la incomodidad de ser diferentes a la inmensa mayoría de la gente que nos rodea, ello se debe a que sacamos lo precioso de lo vil, es decir, a pesar de que el odio se ha adueñado del mundo, no podemos dejar de creer en la bondad de los hombres, porque Dios nos ha prometido que algún día todos seremos plenamente felices en su presencia, así  pues, Isaías nos transmitió en su profecía las siguientes palabras de Dios: (IS. 45, 21-23).

   Cuando pensemos en lo que más deseamos que Dios nos conceda, dadas las necesidades de este mundo en que muchas veces por necesidad y/o ambición buscamos lo que menos necesitamos a largo plazo, procuraremos pedirle a Dios que nos conceda lo que verdaderamente necesitamos con vistas a habitar en su Reino de amor y paz, esto es, ser verdaderos adoradores de Nuestro Padre común, capaces de servir a Nuestro criador en nuestros prójimos los hombres.

   Quiero concluir esta meditación respondiendo una pregunta de una lectora, a la cuál le voy a responder públicamente, porque considero que la pregunta que me ha planteado es importante. Nuestra hermana ha leído el siguiente texto de San Lucas: (LC. 16, 1-12). Nuestra hermana quería saber por qué nos insta Jesús a sentir, a la hora de confesarnos, el dolor de la atrición, si el mismo es imperfecto, ya que conlleva el interés de salvar el alma del infierno, y no el rechazo del pecado por la maldad característica del mismo.

   De la misma manera que los padres aman más a sus hijos cuando viven varios años con ellos que cuando los tienen recién nacidos debido al hecho de estar vinculados a los mismos durante mucho tiempo, es imposible el hecho de que los que se inician en el conocimiento y ejercicio de nuestra fe amen a Dios con la misma intensidad al principio de su ciclo formativo catequético que cuando llevan muchos años teniendo el servicio a Dios como la principal prioridad de su existencia. Dado que a Dios no le podemos amar cuando le conocemos con la misma intensidad que le amamos cuando experimentamos la vivencia en su presencia aunque sólo sea por medio de la fe que tenemos en Él, Jesús nos insta a que, con el paso del tiempo, el temor a la condenación, acabe desapareciendo, dando paso al rechazo del pecado, por causa de la fealdad del mismo.

   Según deduzco de la lectura de LC. 16, 8, comprendo perfectamente que los no cristianos e incluso los llamados cristianos que no viven para amar a Dios, son mucho más sagaces a la hora de ver las cosas terrenas que los servidores de Dios, dado que, estos últimos, al estar ejercitándose en la práctica de las virtudes divinas, corren el riesgo de no cuidarse de las intenciones de los que sólo piensan en enriquecerse, aunque para ello tengan que aplastar a quienes piensan que les estorban, aun sin considerar que los mismos pueden ser más débiles que ellos.

   Cuando en el versículo 9 del citado texto Jesús nos dice que ganemos amigos por medio de las riquezas injustas, no nos dice que hagamos el mal para ganarnos a la gente, sino que utilicemos las riquezas materiales, que no son nuestras, dado que son del mundo anticristiano, para cristianizar a nuestros prójimos los hombres, y, de paso, para que los tales, cuando nos vean sufrir, vengan en nuestro socorro.

   En los versículos 11 y 12, Jesús nos dice que si no somos fieles a la hora de administrar las riquezas injustas, -es decir, los bienes materiales-, si ello nos beneficia al modo que a los hombres nos gusta ser recompensados, ¿cómo nos confiará Nuestro Padre común sus bienes espirituales, teniendo en cuenta que los mismos, aunque más valiosos, son más difíciles de mantener, porque la posesión de los mismos no nos reporta beneficios amados por los egoístas?

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se haga su voluntad en este mundo en que mucha gente no sabe a dónde va.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina.

   Ejercicio de lectio divina de JN. 1, 29-34.

   Lecturas introductorias: IS. 53, 7; 1 COR. 5, 7.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   ¿Qué es orar?

   ¿Se reduce la oración a la recitación de fórmulas aprendidas hace bastantes años cuyo amplio significado teológico es desconocido por muchos de entre nosotros?

   ¿Se reduce la oración al hecho de hacerles peticiones a Dios y a sus Santos, en ciertas ocasiones, cayendo en el error de creer que tales creyentes en Nuestro Padre común, tienen el poder de hacer milagros?

   Orar es algo más que pedirles a Dios y a sus Santos lo que necesitamos.

   Orar es actuar como si Dios nos hubiera concedido todo lo que le pedimos, en cuanto ello nos sea posible.

   ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares y amigos que los amamos? Los conocemos, sabemos en qué situaciones se entristecen y cuándo se sienten felices, y, en cuanto nos es posible, los complacemos. Ello puede servirnos de ejemplo, para comprender que orar es conocer a Dios por medio del riguroso estudio de su Palabra, la imitación de la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina instituyendo en la tierra un Reino divino y humano partiendo de las necesidades de los más desvalidos, y hablar con nuestro Padre común, mientras nuestros hermanos los hombres descansan.

   Orar es ir más allá de las normas establecidas por las instituciones religiosas, cuando tenemos la oportunidad de beneficiar a nuestros prójimos los hombres. A modo de ejemplo, recordemos cómo Jesús, en medio de una celebración religiosa, sanó a un hombre que tenía una mano atrofiada, sin esperar que concluyera el acto religioso, ni que se pusiera el sol, para que concluyera el día festivo para poder sanar al enfermo, tal como lo disponía la Ley (MC. 3, 1-6).

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo desde la eternidad:

   Porque queremos llegar a ser perfectos miembros del Cuerpo místico de Cristo (1 COR. 12, 12), inspíranos el deseo de imitar la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Israel.

   Porque tenemos la experiencia personal del dolor, queremos hacer cuanto nos sea posible, para aliviar, a quienes estén viviendo las experiencias, por cuya contemplación nos afligimos, cuando las vivimos.

   Ayúdanos a comprender que servir a nuestros prójimos no es un sacrificio según se nos ha enseñado dando por supuesto que somos malos y no estamos interesados en ayudarles, porque ello es una gran satisfacción.

   Ayúdanos a comprender que el mal se vence a fuerza de hacer el bien, pero que ello no significa que debemos dejarnos aplastar por nadie, porque tenemos el mismo derecho a ser amados y respetados, que quienes no observan esta enseñanza, y aplastan a quienes son inferiores a ellos, con tal de sentirse poderosos.

   Jesús es superior a nosotros, y utiliza su posición para servirnos, porque es el Camino que nos lleva a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres del dolor, el error y la mentira, y la Vida plena abundante de felicidad que añoramos (JN. 14, 6; 8, 32).

   Así como San Juan Bautista utilizó la predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo y el bautismo en agua para anunciar la presencia de Jesús entre sus hermanos de raza, nosotros haremos el bien y oraremos, para que el mundo crea que, la fe que profesamos, es más que una utopía.

   Seamos testigos de Jesús Resucitado, con nuestros gestos, palabras, y obras. El Espíritu Santo nos ayudará a llevar a cabo este propósito, sin el que no sería posible, la existencia del Cristianismo.

   2. Leemos atentamente JN. 1, 29-34, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de JN. 1, 29-34.

   3-1. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (JN. 1, 29).

   3-1-1. El Cordero de Dios.

   ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios? En ÉX. 12, 3-11, leemos las instrucciones que Moisés recibió de parte de Dios, para que sus hermanos de raza sacrificaran el cordero pascual, que era símbolo del fin de la esclavitud de Egipto, y se alimentaran con él. Igualmente, en ÉX. 29, 38-42, se indica cómo habían de sacrificarse todos los días dos corderos en el Templo, uno al amanecer, y otro al atardecer, por los pecados del pueblo. En ambos casos, vemos cómo la liberación de la esclavitud, y la petición de perdón de pecados, exigían sacrificios. Al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús, nos percatamos de que Dios no redimió a su pueblo por medio de los sacrificios de corderos llevados a cabo por los judíos, sino mediante la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

   3-1-2. El pecado del mundo.

   ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre Sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades? En IS. 53, 6, se da a entender que el Siervo de Yahveh murió por los pecados personales de su pueblo, tal como también se expresa en 1 COR. 15, 3, pero, a pesar de estas y otras evidencias bíblicas, existe otra interpretación en la actualidad, de cómo libró Jesús a las sociedades del castigo merecido, por quienes tienen el poder necesario, para estructurar ciertas prácticas, que se han convertido en pecados.

   ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados? En la biblia se narra cómo Dios creó un mundo paradisíaco, y cómo los hombres lo rechazaron, al intentar divinizarse, para no depender del Todopoderoso (GN. 3). Así es como se explica en la Biblia, cómo entró el mal en el mundo.

   ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales? En la actualidad existen interpretaciones extra bíblicas, las cuales son más antiguas que muchos libros de la biblia, que explican por qué existe lo que llamamos mal, y desde el punto de vista judeocristiano se conoce como pecado, las cuales no fueron aceptadas por los judíos cuando se escribió la biblia, y aún no son aceptadas por todos los cristianos. Creer que Jesús murió por nuestros pecados personales, equivale a afirmar que todos somos malos, y que, si imitamos la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina, es posible que alcancemos la salvación, si a Dios le place tener misericordia de nosotros, cuando juzgue a la humanidad, al final de los tiempos. Creer que Jesús murió por causa de los pecados sociales estructurales, significa que, efectuando cambios sociales, puede construirse un mundo más justo que el actual, lo cual puede contribuir positivamente, a la plena instauración del Reino divino, entre nosotros.

   Independientemente de que creamos que Jesús murió por nuestros pecados personales, o por los pecados estructurados por las sociedades, sería interesante que, en vez de consumir nuestra energía sufriendo pensando que somos malos, y temiendo que a Dios no le plazca salvarnos, dediquemos, tiempo, esfuerzo, energía y medios, a hacer el bien que podamos. Si Jesús murió por amor a quienes lo tenían todo perdido, trabajemos para que, en nuestro medio social, no haya nadie carente de voz, ni de voto.

   3-2. La humildad ejemplar de San Juan Bautista (JN. 1, 30).

   San Juan Bautista nació e inició su predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo, antes de que Jesús naciera, y de que el Señor iniciara su Ministerio público. A pesar de ello, Juan nunca olvidó que Jesús es superior a Él, así pues, el Bautista sabía que era un Profeta, y que Jesús es el Enviado de Dios, cuya venida no cesaba de anunciar.

   Si Jesús  vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre celestial (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?

   3-3. ¿Cómo supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 31).

   Cuando San Juan dijo que no conocía a Jesús, debió decir que no sabía que el Hijo de María era el Mesías. El hecho de que Juan y Jesús eran parientes lejanos, hace improbable el hecho de que no se conocieran personalmente. El hecho de que Juan no sabía que Jesús era el Mesías hasta que se lo reveló el Espíritu Santo (JN. 1, 32-33), me hace pensar en una pregunta que podemos hacernos: ¿Conocemos a Jesús? Si se nos pregunta quién es Jesús, podemos aplicarle títulos muy conocidos al Señor, tales como "Hijo de Dios", "Hijo del hombre", "Redentor del mundo", etcétera, pero, ¿qué significan esos títulos para nosotros?

   3-4. ¿Por qué sabemos que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 32-34).

   San Juan Bautista tuvo una revelación divina, mediante la que supo que conocería al Mesías, porque el Espíritu Santo descendería sobre Él, en forma corporal de paloma (MT. 3, 13-17). Sabemos que Jesús es Nuestro Salvador, porque eso es lo que se nos ha dicho siempre, y porque muchos lo hemos leído en la biblia, pero, ¿qué evidencias hay en nuestra vida, de que tal expresión, es cierta?

   San Juan Bautista dio testimonio de lo que oyó y vio respecto de Jesús. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?

   3-5. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-6. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 1, 29-34 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   3-1-1.

   1. ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios?
   2. ¿Qué información encontramos en ÉX. 12, 3-11?
   3. ¿Qué significado tenía el cordero pascual para los hebreos?
   4. ¿Qué significado tiene el Cordero de Dios cuyo sacrificio recordamos los cristianos que celebramos el Viernes Santo?
   5. ¿Por qué se sacrificaban todos los días dos corderos en el Templo jerosolimitano según leemos en ÉX. 29, 38-42?
   6. ¿Cuál es el mensaje que deducimos al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús?
   7. ¿Sabes qué pueblo o profeta era el Siervo de Yahveh citado en los cuatro poemas del Siervo de Yahveh del Deutero-Isaías?

   3-1-2.

   8. ¿Qué entendemos por pecado?
   9. ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades?
   10. Cita ejemplos de pecados personales y de pecados estructurales.
   11. Si en la Biblia se nos informa de que Jesús murió para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados personales, ¿por qué se interpreta JN. 1, 29B en la actualidad, pensando en los pecados sociales estructurales?
   12. ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados?
   13. ¿Por qué quisieron Adán y Eva independizarse de Dios y ser igual a Elohim, según el texto de GN. 3?
   14. ¿Existe en la actualidad el deseo de alcanzar la divinidad por parte de los hombres? ¿Qué tiene ello de positivo y negativo?
   15. ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales?
   16. ¿Hacemos el bien por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres y a nosotros, o porque queremos asegurarnos un buen lugar en el cielo?
   17. ¿Nos conviene temer por la salvación que añoramos? ¿Por qué?
   18. ¿Qué ventaja tiene el hecho de emplearnos en hacer el bien en vez de sufrir pensando que Dios no nos salvará posiblemente?
   19. Si creemos que Dios nos ama, ¿por qué tememos por nuestra salvación?

   3-2.

   20. ¿En qué sentido no conoció San Juan Bautista a Jesús hasta que el Espíritu Santo se posó sobre el Mesías adoptando la forma corporal de una paloma?
   21. ¿Por qué se consideró San Juan Bautista inferior a Jesús?
   22. ¿Dio muestras el Profeta del Jordán de sentirse humillado al pensar que Jesús es superior a él? ¿Por qué?
   23. ¿Nos sentimos humillados al considerar que Jesús es superior a nosotros, si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en que nos gustaría que se exterminen los prejuicios sociales? ¿Por qué?
   24. Si Jesús  vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre Santo (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?

   3-3.

   25. ¿Qué afirmó San Juan Bautista cuando dijo que no conocía a Jesús?
   26. ¿Por qué es probable que San Juan Bautista y Jesús se conocieran personalmente?
   27. ¿Conocemos a Jesús?
   28. ¿Qué significan los títulos que se le aplican a Jesús para nosotros?

   3-4.

   29. ¿Por qué supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías esperado por el resto de Israel?
   30. ¿Qué evidencia hay en nuestra vida, de que Jesús es el Salvador que necesitamos?
   31. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos IS. 52, 13-53, 12, un texto que ha servido de profecía de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, que leemos todos los años como primera lectura de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a San Juan Bautista diciéndoles a sus seguidores que tenían ante ellos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan vio con gran satisfacción cómo se cumplió el mensaje que les anunció a sus oyentes, y pronto pensó en hacer que sus seguidores caminaran tras el Mesías, aunque ello le supusiera, que le restaran importancia.

   ¿Cuáles son los propósitos que nos ayudan a vivir?

   ¿Cómo reaccionaríamos si tales propósitos se cumplieran, después de haber tenido que sobrevivir a los intentos de frustrarnos de nuestros enemigos?

   Contemplemos a San Juan Bautista, reconociéndose inferior al Hijo de María, ante sus seguidores.

   ¿Somos humildes?

   ¿Necesitamos aparentar que nuestro status social es superior al que tenemos en realidad para aumentar los contactos que tenemos?

   ¿Por qué decía San Juan Bautista que Jesús es más grande que él?

   ¿Por qué decía San Juan que vino a bautizar en agua a sus oyentes?

   Contemplemos a San Juan viendo al Espíritu Santo posado sobre Jesús, adoptando la forma corporal de una paloma. El cielo se abrió, y el Paráclito se posó sobre el Mesías, quien fue enlace entre el cielo y la tierra, acabando con la distancia que separaba el Reino de Dios, de nuestra tierra.

   ¿Qué hacemos para que nuestra tierra sea el cielo de Dios, y el cielo de Nuestro Padre común sea nuestra tierra?

  7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 1, 29-34.

   Llevemos a cabo una obra durante la próxima semana que nos identifique con el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:

   Aunque es probable que muchos solo nos identifiquemos con tu Pasión y muerte, motívanos para que vivifiquemos a los niños que nacen día a día y están destinados a sentirse solos y despreciados.

   Motívanos a amar, aceptar y comprender a quienes sufren por cualquier causa.

   Ya que se difunden más rápidamente las tragedias que las buenas noticias, motívanos a esperar el Domingo de Pascua sin ocaso, en que la humanidad te acepte como Redentor, y extermines las causas por las que sufre, por mediación de tus fieles creyentes.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 40, identificándonos con el Cordero de Dios, muerto por defender a quienes pocos son capaces de amar, y resucitado, para abrirnos la puerta del cielo, el Reino de Dios y nuestro.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Miércoles de Ceniza.

   Meditación.

   1. Durante el Adviento, la Navidad y las semanas del tiempo ordinario que hemos vivido desde que comenzamos el presente año litúrgico el pasado 28 de noviembre, hemos visto cómo Nuestro Padre y Dios desea acercarse a nosotros, así pues, durante la Cuaresma, mientras que Nuestro Padre común nos demostrará su amor hasta el extremo de permitir la muerte de su Hijo por nuestra salvación durante el Triduo de Pascua, empezaremos a ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, para vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Jesús y María serán nuestros Maestros a la hora de afrontar y confrontar los ayunos y otros sacrificios que llevaremos a cabo durante las siguientes semanas, pues, el dolor que caracterizó parte de su existencia mortal, nos ayudará a comprender que Dios se manifiesta en nuestras vidas, para hacernos creer que no nos ha abandonado. Creo que el siguiente texto que os voy a enviar, que hace varios años me sirvió para exponer la forma en que hemos de superar nuestra adversidad, nos será muy útil, pues nos hará recordar que podemos vencer la citada adversidad, porque, Nuestro Padre común, está con nosotros.

   (SAL. 51, 3) El próximo Domingo empezaremos a celebrar una vez más la Semana Santa o de Pasión. La incredulidad que profeso con respecto a la existencia del  infierno no ha de servirme como excusa para ampararme en el amor de Dios y esquivar la posibilidad de meditar las trágicas consecuencias del error y el pecado... Me voy a limitar a enviaros una serie de comentarios del Salmo 51 dada la importancia que este texto bíblico tiene durante la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua de Resurrección...

   ¿Por qué compuso David el Salmo 51? Sabemos que David se enamoró de Betsabé, una mujer que estaba casada con un pastor de ovejas que se llamaba Urías. Como David sentía un fuerte deseo de tener a Betsabé entre sus mujeres, el rey ordenó que Urías fuese enviado a la guerra, y fuera colocado en primera línea de combate, para así acabar con su vida, y apoderarse de su esposa y sus mínimas pertenencias. En aquel tiempo, el Profeta Natán, inspirado por el Espíritu Santo, le contó al rey una historia, cuyo protagonista, era un pastor de ovejas, a quien un rico avaro, le había arrebatado su posesión más preciada, su cordera más querida. David montó en cólera al conocer aquella historia, y, cuando estaba a punto de ordenarles a sus soldados que asesinaran a aquel malhechor injusto, el Profeta le dijo que él era el rico avaro, Urías el pastor desgraciado, y, Betsabé, la oveja robada injustamente. En aquel tiempo, Betsabé estaba embarazada del rey, y, para que éste comprendiera la gravedad de su delito, Dios le dijo que el hijo que nacería de aquella relación incestuosa, moriría irremisiblemente. Cuando David conoció la desgracia que había de sobrevenirle, empezó a hacer penitencia, pero ya era tarde para que aquel que hizo que el corazón de Urías fuese atravesado por una flecha, pudiera evitar recibir un golpe letal en su alma de padre amante.

   El texto del II libro de Samuel que estamos meditando es muy útil para quienes en ciertas ocasiones se han sentido asediados por sus propios pecados independientemente de lo mucho o poco conscientes que esas personas hayan sido a la hora de pecar. Nosotros tenemos un gran defecto, así pues, pretendemos paliar las injusticias castigando severamente a quienes son o tildamos de culpables de cometer tales actos. La culpabilidad existe, pero ha de ser mitigada razonablemente en un entorno social apto para ello. Todos intentamos pasar por el mundo cometiendo el menor número de errores posibles, aunque muchas veces no podamos evitar el hecho de equivocarnos, porque, simplemente, somos humanos.

   ¿Cómo se sienten los pecadores? (SAL. 22, 7-8. 12-18). Es importante el hecho de gestionar los sentimientos de culpa, ya que no sirve de nada dejarnos torturar por los mismos. En cierta forma, tiene sentido el hecho de que, en circunstancias especiales, nos torturen las personas de alguna forma, pero es totalmente inverosímil el hecho de que seamos nosotros quienes nos echemos tierra encima.

   ¿Qué tienen que hacer los pecadores cuando están desesperados? (SAL. 31, 2-6a; 51, 4-6a). Es cierto que todos tenemos que reconocer nuestros pecados independientemente de lo graves que esas obras, pensamientos, palabras u omisiones puedan ser, pero ese reconocimiento, tiene que estar marcado por la confianza que siempre ha caracterizado las relaciones afectivas que han existido entre Dios y los hombres.

   ¿Qué tenemos que hacer cuando reconocemos nuestros pecados y nos concienciamos de que Dios no desea castigarnos? ¿Qué haremos cuando nos concienciemos de que Nuestro Padre y Dios desea ayudarnos a comprender y a amar a nuestros prójimos? (SAL. 51, 8).

   Muchas veces tenemos la tendencia de quedarnos estancados contemplando una circunstancia desagradable, porque nos sentimos incapaces de superar ese momento adverso. Alejandro tuvo un accidente de tráfico hace seis años en el cuál perdieron su vida su mujer y su hija de 6 años. Desde que aconteció aquel trágico suceso, nuestro amigo se ha sentido incapacitado para conducir su coche. Yo mismo estuve sumido durante varios meses en una especie de inmovilismo mental cuando tenía once años y experimenté la muerte de mi hermana Lucía. En estos casos no estoy hablando de pecados, más bien, hablo de miedo e impotencia, pero, esas circunstancias son tan dañinas como los pecados, si no las superamos, porque, nosotros mismos, con nuestra actitud negativa, nos privamos del placer de afrontar nuestras vidas con sus acritudes y alegrías.

   Sabemos que Dios no castiga las culpas del modo que se impone una multa. Sabemos que lo que erróneamente consideramos que son los castigos de Dios no tienen como propósito final nuestro exterminio, de hecho, en la Biblia leemos las siguientes palabras: (AP. 3, 19).

   ¿Qué esperamos para superarnos en conformidad con nuestras muchas o pocas posibilidades de salir adelante¿...

   Concluyamos esta meditación cuya pretensión es introducirnos en la celebración del Misterio pascual, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga semejantes a los juncos que se doblan en la dirección que sopla el viento, pero que no pueden ser arrancados del suelo fácilmente. Nuestras penas nos doblarán en todas las direcciones, pero nuestra fe, amor y convicción son inconmovibles. Amén" (José Portillo Pérez, 8/04/2003, Martes V de Cuaresma, meditación del Evangelio diario).

   "Estimados lectores:

   En la meditación de ayer empezamos a considerar el Salmo 51, uno de los textos de la Biblia en los que más se destaca la súplica desesperada y la confianza que hemos de tener en el amor de Nuestro Padre y Dios. Ayer meditamos sobre nuestra necesidad de reconocer nuestros pecados, los sentimientos que albergamos antes, durante y después de reconocernos culpables de nuestros pecados, y la confianza que deseamos depositar en Nuestro Padre y Dios. Continuaremos hoy nuestra meditación, centrándonos en el preciso instante en que nos ponemos en presencia de Dios, y le confesamos al Padre nuestra culpa, de hecho, se lo decimos todo a Dios, y no le ocultamos absolutamente nada, no porque Él lo ve todo y nos espía buscando desesperadamente alguna culpa para castigarnos, sino porque nos ama, y no tenemos miedo ni vergüenza de la reacción que nuestro relato provocará en Nuestro Padre común ni en el sacerdote confesor, si somos católicos.

   Para confesarnos ante Dios o sus sacerdotes, no tenemos que elaborar una minuciosa lista de acusaciones contra nosotros, ya que Dios se conforma con que le contemos a Él o a sus sacerdotes lo que recordemos en el momento de la confesión. A Dios, más que nuestro relato, le importa nuestro deseo sincero de arrepentirnos de nuestros pecados, y nuestro propósito de corregir nuestros defectos, según nuestras posibilidades, y la medida de nuestra fe, con respecto a los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre común.

   ¿Con qué propósito le confesamos a Dios nuestros pecados? (SAL. 51, 7-11). Le pedimos a Dios que nos ayude a esforzarnos para que podamos llegar a sentirnos absueltos de nuestras culpas, por consiguiente, si nos sirve de algo, podemos acogernos al apoyo emotivo que nos prestan los sacramentales como lo es por ejemplo el agua bendita.

   (SAL. 51, 10) Padre nuestro de la vida, anúncianos el gozo y la alegría de que nuestros miedos son absurdos. Ayúdanos a entender que perdemos el tiempo temiendo que las copas apocalípticas de tu ira caigan sobre nosotros. No confundamos la ficción con la realidad.

   (SAL. 51, 11) Vamos a intentar remediar nuestros defectos, pero vamos a evitar también que los sentimientos que consideramos negativos nos induzcan a considerarnos poca cosa. Ha pasado el tiempo de la culpabilidad. Ahora estamos viviendo el tiempo de la gracia y la salvación con que Dios nos concede su amor a sus hijos los hombres, según escribió San Pablo en su segunda Carta a los Corintios: (2 COR., 6, 2)

   (SAL. 51, 12) Si nos sentimos fuertes, somos fuertes, si nos sentimos débiles, somos débiles. El secreto del éxito permanece encerrado en nuestra mente, así pues, la clave de ese secreto está encerrada en estas palabras de San Pablo: (EF. 4, 23-24)

   ¿Qué tenemos que hacer desde el momento en que recuperamos el ánimo al sentirnos perdonados por Dios? (SAL. 51, 15).

   Concluyamos esta meditación del Salmo 51, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser fuertes, porque Él es fuerte, pues queremos ser Santos, porque Dios es Santo" (1 P. 1, 16). (José Portillo Pérez, 9/04/2003, Miércoles V de Cuaresma).

   (SAL. 51, 17. ¡Qué hermoso es empezar a rezar la Liturgia de las horas con las palabras del Salmo 51 que encabezan esta meditación! Esas palabras me conceden una fuerza tan poderosa, que, cada vez que las pronuncio, empiezo a hablar de Dios y sus Santos y me es imposible callarme. Esas palabras no sólo son un bálsamo que utilizo para predicar, de hecho, suelo decirle al Dios Uno y Trino cuando oro: Señor, ayúdame a ser fuerte, y te alabaré con mi trabajo. Señor, ayúdame a no desanimarme, y Trigo de Dios seguirá en la red por muchos años. Señor, ábreme el corazón, y te alabaré esforzándome para que creyentes y no creyentes sepan algo de ti. Señor, ábreme el corazón, y seré un buen esposo para la mujer que tanto amo. Señor, ábreme el corazón, y te alabaré hasta con la risa que me producen mis dificultades diarias.

   (SAL. 51, 18-19) Señor, tú no quieres sacrificios y mortificaciones simbólicas. A ti no te sirve de nada mi ayuno. Si soy hipócrita, puedes aborrecer mi abstinencia en actitud orante. Tú sólo quieres que yo haga mi papel en esta vida, utilizando en cada momento todos los recursos que me has concedido, para que sea un actor bueno e imprescindible en la película de mi vida.

   (SAL. 51, 20-21) Acabamos en este párrafo el comentario del Salmo 51. Hemos pensado en nuestros errores, hemos meditado cuáles son las causas que nos inducen a pecar, nos hemos confesado después de hacer un acto de contrición, nos hemos confesado porque nos dolía el alma, y, cuando nos sentimos perdonados por Dios, cuando hemos recuperado la confianza en nosotros y en el Dios que tanto nos ama, empezamos a trabajar para que Nuestro Padre celestial nos ayude a convertir al mundo de los no creyentes al Evangelio.

   Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a tener un espíritu renovado y firme en nuestras convicciones cristianas" (José Portillo Pérez, 10/04/2003, Jueves V de Cuaresma, Meditación del Evangelio diario).

   2. Durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos recomienda que ayunemos y nos abstengamos de comer carne y productos lácteos los días Miércoles de Ceniza y Viernes Santo. La Iglesia obliga a asumir estas disposiciones a todos los mayores de 21 años que no sobrepasen los 61 años de edad, aunque muchos de nuestros mayores, por amor a la tradición sacrificial de este tiempo, seguirán sometiéndose a la citada práctica. Supuestamente, el dinero que deberíamos gastar en comer los productos de que la Iglesia quiere que nos abstengamos, debería ser destinado a socorrer a los necesitados de dádivas materiales y espirituales. El ayuno y la abstinencia nos recuerdan que somos débiles, y que, por causa de nuestra fragilidad, hemos de esforzarnos para vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Los judíos ayunaban para pedirle a Dios que los socorriera en sus necesidades. El más importante de los Profetas mayores nos dice las palabras que leemos en IS. 1, 15-18.

   Más adelante, el Profeta nos sigue diciendo en nombre de los penitentes que creen que se lo merecen todo e ignoran el significado de la palabra misericordia: (IS. 58, 3). Abstengámonos de no practicar la caridad. Abstengámonos de descargar la acumulación de nuestra negatividad injustamente contra nuestros familiares y amigos queridos.

   (MT. 5, 7). Jesús les dijo a sus opositores fariseos cuando se encaró abiertamente con ellos en el Templo de Jerusalén: (MT. 23, 23).

   Respeto a quienes se encierran escondiéndose del mundo porque creen que con ello contribuirán a salvar a la humanidad de una ira que no puedo reconocer en Dios, simplemente, porque Nuestro Padre común es demasiado inteligente para dejarse cegar por los signos de nuestra natural imperfección. Respeto a quienes pasan hambre y sed porque creen que con ello salvarán sus almas, aunque no caen en la cuenta de que sus sacrificios son egoístas, porque los llevan a cabo a cambio de recibir un premio, por lo que no se sacrifican exclusivamente para agradar al Dios que no debe alegrarse de nuestras carencias (MC. 2, 19).

   Jesús es el Cordero de Dios que se casará con su esposa la humanidad, así pues, siendo el novio Señor de la riqueza del mundo, ¿para qué vamos a ayunar?

   Respeto a quienes se azotan para salvar al mundo, aunque a Dios no deben gustarle las torturas, pues bastantes problemas tienen quienes no los desean, y bastante sufre el Espíritu al ver que se azotan quienes, en vez de dejarse llenar el corazón de gracia divina, no ven la bondad de Dios, porque están demasiado ocupados en desagraviar los pecados que Nuestro Padre común les perdonó, por lo cuál, sin considerarlos enemigos, dejó que su Hijo muriera crucificado, para que ellos, precisamente, confiaran plenamente en Él.

   Respeto, pero no comprendo, a quienes se mortifican, a quienes andan llorando afanados en compadecerse de Jesús en su Pasión, ignorando el dolor actual del Señor, que, más allá del relato o recuerdo bíblico, perdura en los cristos vivos, en los que sufren.

   Admiro profundamente a esos cristos vivos que son capaces de abarcar todo el dolor del mundo abrazando a los enfermos, curando a los que pueden devolverles la salud, saciando a los hambrientos, y, consolando a los afligidos. Sin la pretensión de ofender a quienes no compartan mis creencias, yo quiero ser de estos últimos, aunque, para un ciego, seguro que es más fácil rezar un Padre nuestro de vez en cuando, e intentar tranquilizarse la conciencia, porque, a fin de cuentas, él no puede hacer más que Dios. No me dejaré arrastrar por ese pensamiento inmovilizador.

   3. La Cuaresma es tiempo de conversión, pero, para no extenderme demasiado en esta meditación, os invito a considerar brevemente el significado de la ceniza que, dentro de unos minutos, se nos impondrá en la frente o en la cabeza. La ceniza que se utilizará a continuación, fue obtenida al quemar las ramas que utilizamos en la Eucaristía del Domingo de Ramos del año anterior, que todos guardamos en nuestras casas, como símbolos del martirio y la victoria de Jesús, y signo de nuestros fracasos y la fuerza que Dios nos da para vencer nuestras dificultades. Al convertir las citadas ramas en cenizas, consideramos que somos frágiles, que moriremos, y, por ello, esperamos que Dios nos conceda la vida eterna, así pues, cuando en el Evangelio de hoy Jesús nos habla de la recompensa de los hipócritas, nos dice que ellos sentirán con respecto a sí mismos el falso desprecio con que creen que los demás los odian.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Miércoles de Ceniza.

   Meditación.

   Imaginemos que Jesús ha concluido plenamente la instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros. Imaginemos que vivimos en un mundo en que nuestra mayor prioridad consiste en amar y ser amados, por lo que no se hace nada con doble intención.

   Contemplemos el mundo sin sufrimientos que añoramos, cuyos habitantes nos serviremos, por el gozo de amar, y de ser amados.

   Mientras Jesús concluye la instauración de su Reino entre nosotros, oremos sinceramente, para que dios haga aquello que nos es imposible, pero necesitamos que sea hecho, para que, tanto nosotros como toda la humanidad, seamos mejores.

   Parece que no ha transcurrido el tiempo desde que el pasado año os envié mi primera meditación a la lista, así pues, ese texto también correspondía al Miércoles de Ceniza. En esta ocasión no pretendo hacer un análisis exhaustivo de mi trabajo en todos los sitios asociados de Trigo de Dios, así pues, sólo deseo deciros que el año junto a vosotros ha sido muy corto y agradable.

   La primera lectura que meditamos en esta ocasión, hace referencia a la penitencia, a los golpes de pecho, al rezo a veces estéril de cientos de Rosarios continuados... Yo quiero sugeriros que la Cuaresma de este año sea distinta para nosotros. Hermanos: Conozco el caso de muchos enfermos que son despreciados por sus familiares, grandes hipócritas que reconocen ante la gente amar mucho a sus minusvalorizados.

   No seamos hipócritas, y démosle a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. (MT. 22, 21).

   Rasguemos esa tela gruesa y opaca que cubre la urna de nuestros defectos, pecados y resentimientos.

   Hubo un tiempo en que el rey David se enamoró de Betsabé, la mujer de aquel Urías a quien el rey de Israel mandó asesinar para quitarle su cordera al pastor a quien Natán mencionó en su parábola en presencia del monarca. David, al percatarse de la atrocidad que llevó a cabo, compuso el Salmo 51. Estoy de acuerdo con que hemos de hacer penitencia para reconocer nuestros errores y los pecados que hemos cometido voluntaria y conscientemente si ello ha sucedido, pero personalmente prefiero ampararme en la Psicología moderna para corregir mis penas antes que pasar la vida llorando inútilmente esperando que se aparezca Dios y me solucione mis amarguras. A mí no me va a caer un rosco del cielo, Dios ha puesto a mi alcance medios para solventar mis deficiencias.

   (2 COR. 5, 20). Somos conscientes, queridos hermanos, de que algunos hemos recibido una instrucción muy negativa respecto de las verdades fundamentales de Nuestro Dios, de igual manera que también reconocemos que los conceptos referentes al pecado y a nuestra condenación han causado en muchos de nuestros hermanos el nacimiento de una gran aversión a la Iglesia Católica, y, por extensión, a Nuestro Padre y Dios. Nosotros qeremos corregir esas desviaciones que hacen sufrir a fieles y a retirados de la Iglesia, porque no tiene lógica alguna el absurdo hecho de que el Creador del amor nos condene, porque Él no tiene capacidad de ofenderse por nuestras rebeldías. No sólo hemos de conformarnos siendo en nuestra Iglesia los pocos que de ella formamos parte, dado que es necesario que atraigamos a Cristo a quienes se han alejado de Él simplemente porque son más fuertes que el miedo que otros les han inducido a tener ante la supuesta realidad del infierno, esa muletilla que muchos han usado, los unos por error, y los otros para someter a las masas a su voluntad, usando sutilmente la infusión del miedo.

   (2 COR. 5, 21). Cristo Jesús, además de ser pecado que se perdona cuando proviene de los pecadores, se convirtió en cobardía en los cobardes, y en bondad en los Santos. Jesús, independientemente de nuestra justicia, -no olvidemos que aquí la única justicia es la de Dios-, murió para enseñarnos a afrontar la adversidad valientemente, sin temor alguno a las caras de quienes no comprenden nuestra forma de proceder y al mismo fracaso.

   La Cuaresma es el día favorable de la gracia y la salvación (2 COR. 6, 2).

   Hagamos el propósito de fortalecer los lazos que nos unen a Nuestro Padre celestial, nuestros prójimos los hombres y nosotros mismos.

   La lectura del Evangelio que la Iglesia nos propone para esta ocasión, nos dispone a prepararnos para recibir la imposición de la ceniza. Nuestro sacerdote, al poner la cruz de ceniza sobre nuestra frente, nos dirá estas palabras evangélicas:

   "Conviértete y cree en el Evangelio".

   Pedidles a vuestros sacerdotes que utilicen esta fórmula incluida en los leccionarios litúrgicos para ser recitadas al principio del tiempo de Cuaresma, porque, vosotros y yo, en nuestra pequeñez, somos la más plena realización del todo que Nuestro Padre y Dios significa para nosotros.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com