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La Asunción de Nuestra Señora al cielo. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   La Asunción de Nuestra Señora al cielo.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.

   Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).

   ¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.

   ¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.

   ¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?

   Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.

   Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.

   Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.

   ¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.

   Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).

   Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.

   Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.

   Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.

   Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.

   Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.

   Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).

   ¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.

   Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.

   ¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.

   Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.

   Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.

   Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.

   Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

   Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?

   Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.

   ¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).

   Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.

   María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.

   Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).

   Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.

   El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).

   Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).

   Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.

   Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.

   Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:

   "El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".

   En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.

   Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.

   De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.

   Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina.

   Ejercicio de lectio divina de JN. 1, 29-34.

   Lecturas introductorias: IS. 53, 7; 1 COR. 5, 7.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   ¿Qué es orar?

   ¿Se reduce la oración a la recitación de fórmulas aprendidas hace bastantes años cuyo amplio significado teológico es desconocido por muchos de entre nosotros?

   ¿Se reduce la oración al hecho de hacerles peticiones a Dios y a sus Santos, en ciertas ocasiones, cayendo en el error de creer que tales creyentes en Nuestro Padre común, tienen el poder de hacer milagros?

   Orar es algo más que pedirles a Dios y a sus Santos lo que necesitamos.

   Orar es actuar como si Dios nos hubiera concedido todo lo que le pedimos, en cuanto ello nos sea posible.

   ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares y amigos que los amamos? Los conocemos, sabemos en qué situaciones se entristecen y cuándo se sienten felices, y, en cuanto nos es posible, los complacemos. Ello puede servirnos de ejemplo, para comprender que orar es conocer a Dios por medio del riguroso estudio de su Palabra, la imitación de la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina instituyendo en la tierra un Reino divino y humano partiendo de las necesidades de los más desvalidos, y hablar con nuestro Padre común, mientras nuestros hermanos los hombres descansan.

   Orar es ir más allá de las normas establecidas por las instituciones religiosas, cuando tenemos la oportunidad de beneficiar a nuestros prójimos los hombres. A modo de ejemplo, recordemos cómo Jesús, en medio de una celebración religiosa, sanó a un hombre que tenía una mano atrofiada, sin esperar que concluyera el acto religioso, ni que se pusiera el sol, para que concluyera el día festivo para poder sanar al enfermo, tal como lo disponía la Ley (MC. 3, 1-6).

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo desde la eternidad:

   Porque queremos llegar a ser perfectos miembros del Cuerpo místico de Cristo (1 COR. 12, 12), inspíranos el deseo de imitar la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Israel.

   Porque tenemos la experiencia personal del dolor, queremos hacer cuanto nos sea posible, para aliviar, a quienes estén viviendo las experiencias, por cuya contemplación nos afligimos, cuando las vivimos.

   Ayúdanos a comprender que servir a nuestros prójimos no es un sacrificio según se nos ha enseñado dando por supuesto que somos malos y no estamos interesados en ayudarles, porque ello es una gran satisfacción.

   Ayúdanos a comprender que el mal se vence a fuerza de hacer el bien, pero que ello no significa que debemos dejarnos aplastar por nadie, porque tenemos el mismo derecho a ser amados y respetados, que quienes no observan esta enseñanza, y aplastan a quienes son inferiores a ellos, con tal de sentirse poderosos.

   Jesús es superior a nosotros, y utiliza su posición para servirnos, porque es el Camino que nos lleva a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres del dolor, el error y la mentira, y la Vida plena abundante de felicidad que añoramos (JN. 14, 6; 8, 32).

   Así como San Juan Bautista utilizó la predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo y el bautismo en agua para anunciar la presencia de Jesús entre sus hermanos de raza, nosotros haremos el bien y oraremos, para que el mundo crea que, la fe que profesamos, es más que una utopía.

   Seamos testigos de Jesús Resucitado, con nuestros gestos, palabras, y obras. El Espíritu Santo nos ayudará a llevar a cabo este propósito, sin el que no sería posible, la existencia del Cristianismo.

   2. Leemos atentamente JN. 1, 29-34, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de JN. 1, 29-34.

   3-1. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (JN. 1, 29).

   3-1-1. El Cordero de Dios.

   ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios? En ÉX. 12, 3-11, leemos las instrucciones que Moisés recibió de parte de Dios, para que sus hermanos de raza sacrificaran el cordero pascual, que era símbolo del fin de la esclavitud de Egipto, y se alimentaran con él. Igualmente, en ÉX. 29, 38-42, se indica cómo habían de sacrificarse todos los días dos corderos en el Templo, uno al amanecer, y otro al atardecer, por los pecados del pueblo. En ambos casos, vemos cómo la liberación de la esclavitud, y la petición de perdón de pecados, exigían sacrificios. Al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús, nos percatamos de que Dios no redimió a su pueblo por medio de los sacrificios de corderos llevados a cabo por los judíos, sino mediante la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

   3-1-2. El pecado del mundo.

   ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre Sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades? En IS. 53, 6, se da a entender que el Siervo de Yahveh murió por los pecados personales de su pueblo, tal como también se expresa en 1 COR. 15, 3, pero, a pesar de estas y otras evidencias bíblicas, existe otra interpretación en la actualidad, de cómo libró Jesús a las sociedades del castigo merecido, por quienes tienen el poder necesario, para estructurar ciertas prácticas, que se han convertido en pecados.

   ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados? En la biblia se narra cómo Dios creó un mundo paradisíaco, y cómo los hombres lo rechazaron, al intentar divinizarse, para no depender del Todopoderoso (GN. 3). Así es como se explica en la Biblia, cómo entró el mal en el mundo.

   ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales? En la actualidad existen interpretaciones extra bíblicas, las cuales son más antiguas que muchos libros de la biblia, que explican por qué existe lo que llamamos mal, y desde el punto de vista judeocristiano se conoce como pecado, las cuales no fueron aceptadas por los judíos cuando se escribió la biblia, y aún no son aceptadas por todos los cristianos. Creer que Jesús murió por nuestros pecados personales, equivale a afirmar que todos somos malos, y que, si imitamos la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina, es posible que alcancemos la salvación, si a Dios le place tener misericordia de nosotros, cuando juzgue a la humanidad, al final de los tiempos. Creer que Jesús murió por causa de los pecados sociales estructurales, significa que, efectuando cambios sociales, puede construirse un mundo más justo que el actual, lo cual puede contribuir positivamente, a la plena instauración del Reino divino, entre nosotros.

   Independientemente de que creamos que Jesús murió por nuestros pecados personales, o por los pecados estructurados por las sociedades, sería interesante que, en vez de consumir nuestra energía sufriendo pensando que somos malos, y temiendo que a Dios no le plazca salvarnos, dediquemos, tiempo, esfuerzo, energía y medios, a hacer el bien que podamos. Si Jesús murió por amor a quienes lo tenían todo perdido, trabajemos para que, en nuestro medio social, no haya nadie carente de voz, ni de voto.

   3-2. La humildad ejemplar de San Juan Bautista (JN. 1, 30).

   San Juan Bautista nació e inició su predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo, antes de que Jesús naciera, y de que el Señor iniciara su Ministerio público. A pesar de ello, Juan nunca olvidó que Jesús es superior a Él, así pues, el Bautista sabía que era un Profeta, y que Jesús es el Enviado de Dios, cuya venida no cesaba de anunciar.

   Si Jesús  vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre celestial (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?

   3-3. ¿Cómo supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 31).

   Cuando San Juan dijo que no conocía a Jesús, debió decir que no sabía que el Hijo de María era el Mesías. El hecho de que Juan y Jesús eran parientes lejanos, hace improbable el hecho de que no se conocieran personalmente. El hecho de que Juan no sabía que Jesús era el Mesías hasta que se lo reveló el Espíritu Santo (JN. 1, 32-33), me hace pensar en una pregunta que podemos hacernos: ¿Conocemos a Jesús? Si se nos pregunta quién es Jesús, podemos aplicarle títulos muy conocidos al Señor, tales como "Hijo de Dios", "Hijo del hombre", "Redentor del mundo", etcétera, pero, ¿qué significan esos títulos para nosotros?

   3-4. ¿Por qué sabemos que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 32-34).

   San Juan Bautista tuvo una revelación divina, mediante la que supo que conocería al Mesías, porque el Espíritu Santo descendería sobre Él, en forma corporal de paloma (MT. 3, 13-17). Sabemos que Jesús es Nuestro Salvador, porque eso es lo que se nos ha dicho siempre, y porque muchos lo hemos leído en la biblia, pero, ¿qué evidencias hay en nuestra vida, de que tal expresión, es cierta?

   San Juan Bautista dio testimonio de lo que oyó y vio respecto de Jesús. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?

   3-5. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-6. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 1, 29-34 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   3-1-1.

   1. ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios?
   2. ¿Qué información encontramos en ÉX. 12, 3-11?
   3. ¿Qué significado tenía el cordero pascual para los hebreos?
   4. ¿Qué significado tiene el Cordero de Dios cuyo sacrificio recordamos los cristianos que celebramos el Viernes Santo?
   5. ¿Por qué se sacrificaban todos los días dos corderos en el Templo jerosolimitano según leemos en ÉX. 29, 38-42?
   6. ¿Cuál es el mensaje que deducimos al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús?
   7. ¿Sabes qué pueblo o profeta era el Siervo de Yahveh citado en los cuatro poemas del Siervo de Yahveh del Deutero-Isaías?

   3-1-2.

   8. ¿Qué entendemos por pecado?
   9. ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades?
   10. Cita ejemplos de pecados personales y de pecados estructurales.
   11. Si en la Biblia se nos informa de que Jesús murió para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados personales, ¿por qué se interpreta JN. 1, 29B en la actualidad, pensando en los pecados sociales estructurales?
   12. ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados?
   13. ¿Por qué quisieron Adán y Eva independizarse de Dios y ser igual a Elohim, según el texto de GN. 3?
   14. ¿Existe en la actualidad el deseo de alcanzar la divinidad por parte de los hombres? ¿Qué tiene ello de positivo y negativo?
   15. ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales?
   16. ¿Hacemos el bien por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres y a nosotros, o porque queremos asegurarnos un buen lugar en el cielo?
   17. ¿Nos conviene temer por la salvación que añoramos? ¿Por qué?
   18. ¿Qué ventaja tiene el hecho de emplearnos en hacer el bien en vez de sufrir pensando que Dios no nos salvará posiblemente?
   19. Si creemos que Dios nos ama, ¿por qué tememos por nuestra salvación?

   3-2.

   20. ¿En qué sentido no conoció San Juan Bautista a Jesús hasta que el Espíritu Santo se posó sobre el Mesías adoptando la forma corporal de una paloma?
   21. ¿Por qué se consideró San Juan Bautista inferior a Jesús?
   22. ¿Dio muestras el Profeta del Jordán de sentirse humillado al pensar que Jesús es superior a él? ¿Por qué?
   23. ¿Nos sentimos humillados al considerar que Jesús es superior a nosotros, si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en que nos gustaría que se exterminen los prejuicios sociales? ¿Por qué?
   24. Si Jesús  vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre Santo (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?

   3-3.

   25. ¿Qué afirmó San Juan Bautista cuando dijo que no conocía a Jesús?
   26. ¿Por qué es probable que San Juan Bautista y Jesús se conocieran personalmente?
   27. ¿Conocemos a Jesús?
   28. ¿Qué significan los títulos que se le aplican a Jesús para nosotros?

   3-4.

   29. ¿Por qué supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías esperado por el resto de Israel?
   30. ¿Qué evidencia hay en nuestra vida, de que Jesús es el Salvador que necesitamos?
   31. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos IS. 52, 13-53, 12, un texto que ha servido de profecía de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, que leemos todos los años como primera lectura de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a San Juan Bautista diciéndoles a sus seguidores que tenían ante ellos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan vio con gran satisfacción cómo se cumplió el mensaje que les anunció a sus oyentes, y pronto pensó en hacer que sus seguidores caminaran tras el Mesías, aunque ello le supusiera, que le restaran importancia.

   ¿Cuáles son los propósitos que nos ayudan a vivir?

   ¿Cómo reaccionaríamos si tales propósitos se cumplieran, después de haber tenido que sobrevivir a los intentos de frustrarnos de nuestros enemigos?

   Contemplemos a San Juan Bautista, reconociéndose inferior al Hijo de María, ante sus seguidores.

   ¿Somos humildes?

   ¿Necesitamos aparentar que nuestro status social es superior al que tenemos en realidad para aumentar los contactos que tenemos?

   ¿Por qué decía San Juan Bautista que Jesús es más grande que él?

   ¿Por qué decía San Juan que vino a bautizar en agua a sus oyentes?

   Contemplemos a San Juan viendo al Espíritu Santo posado sobre Jesús, adoptando la forma corporal de una paloma. El cielo se abrió, y el Paráclito se posó sobre el Mesías, quien fue enlace entre el cielo y la tierra, acabando con la distancia que separaba el Reino de Dios, de nuestra tierra.

   ¿Qué hacemos para que nuestra tierra sea el cielo de Dios, y el cielo de Nuestro Padre común sea nuestra tierra?

  7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 1, 29-34.

   Llevemos a cabo una obra durante la próxima semana que nos identifique con el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:

   Aunque es probable que muchos solo nos identifiquemos con tu Pasión y muerte, motívanos para que vivifiquemos a los niños que nacen día a día y están destinados a sentirse solos y despreciados.

   Motívanos a amar, aceptar y comprender a quienes sufren por cualquier causa.

   Ya que se difunden más rápidamente las tragedias que las buenas noticias, motívanos a esperar el Domingo de Pascua sin ocaso, en que la humanidad te acepte como Redentor, y extermines las causas por las que sufre, por mediación de tus fieles creyentes.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 40, identificándonos con el Cordero de Dios, muerto por defender a quienes pocos son capaces de amar, y resucitado, para abrirnos la puerta del cielo, el Reino de Dios y nuestro.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com