Meditación.
A Jesús le gustaba predicar en el lago de Genesaret, pues el Mesías disfrutaba reteniendo a aquellos hombres que, después de haber pasado toda una noche pescando, independientemente de su cansancio, se gozaban escuchando la Palabra de Dios. Muchas veces, cuando Jesús se dirigía a la multitud a horillas del mar de Genesaret, solía predicar desde una barca, por dos razones: evitar agresiones por parte de los más fanáticos miembros de su religión, y estar a la vista de la gente que lo escuchaba.
De igual forma que los pescadores de este Evangelio sacaron sus redes llenas de peces, porque, entre otras cosas, trabajaron en grupo, tengamos presente esta enseñanza evangélica, que nos invita a compartir trabajos, alegrías y penalidades en nuestras comunidades eclesiásticas. El Cristianismo no consiste únicamente en celebrar la Eucaristía dominical, pues es conveniente que todos aquellos que profesamos la misma fe nos unamos para glorificar a Dios sirviendo a aquellos de nuestros hermanos más desfavorecidos material o espiritualmente, así pues, si Jesús no hubiera tenido la intención de hablarnos de amor fraterno en este pasaje del médico San Lucas, ¿cuál hubiera sido la razón por la cual nuestro Maestro se hubiera visto impulsado a obrar la pesca milagrosa?
Cuando Simón escuchó la petición de Jesús de alejar su barca lago a dentro, quizá le dijo al Nazareno: Hemos estado pescando toda la noche, y, con lo que hemos pescado, sólo conseguiremos una miseria. Si acepto cumplir tu voluntad, te obedezco para demostrarte que el estómago del hombre no se sacia con palabras emotivas, sino con comida. ¡Cuántas veces hemos puesto en duda el amor de Dios con respecto a nosotros! Al final del episodio que San Lucas nos narra en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Jesús oyó estas palabras del impulsivo Pedro: Señor, tú eres un gran hombre, actúas con el poder de Dios, pero yo sólo soy un pescador cargado de años y miedo, déjame en paz, no irrumpas con tus acciones en mi vida.
Jesús no desea que nos conformemos con lo que nos hemos superado a lo largo de nuestra vida hasta este preciso instante, de hecho, es muy positivo el hecho de que sigamos luchando para perfeccionarnos en todos los terrenos en que nos movemos. Los minusválidos sabemos mucho de este tema, pues aún nos quedan muchos obstáculos que superar para vivir al mismo nivel que lo hacen quienes no tienen afecciones de ningún tipo.
Al igual que les ocurriera a Pedro y a sus tres compañeros el día en que aconteció la pesca milagrosa, en algún momento de nuestra vida, nosotros también nos hemos percatado del amor y poder del Dios Uno y Trino, así pues, también estamos llamados a ser pescadores de hombres, esto es, evangelizadores dispuestos a trocar el mal por bien, y el dolor por gozo, bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Concluyamos esta meditación del Evangelio dominical, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser pescadores de hombres en los mares de nuestra vida.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
Meditación de MT. 5, 1-12A.
Nota: El ejercicio de lectio divina correspondiente al texto evangélico que meditaremos en esta ocasión, puede solicitárseme escribiéndome a
joseportilloperez@gmail.com
o leerse en la sección de mi blog, de la Solemnidad de Todos los Santos.
1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que Nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 13, 1-8a).
2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a Nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: (LC. 6, 20-21A). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: (IS. 26, 8-9).
San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la sencillez del espíritu (MT. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consiste en sentirnos pequeños para que así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo las palabras expuestas en MT. 10, 16.
Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por Nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo (MT. 5, 13-14). Jesús dijo en su sermón del monte, estas palabras: (MT. 7, 24-25).
En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió, las palabras que encontramos en SAL. 9, 11, y 37, 25.
Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh (JER. 15, 16).
El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues Jesús dijo cuando se encarnó en Santa María, las palabras expuestas en HEB. 10, 7).
3. Isaías nos transmite un consolador mensaje de Nuestro Padre común (IS. 25, 8).
San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: (LC. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cual ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque Él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que los libre de la adversidad, así pues, el Señor nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella les diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de Nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.
San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: (MT. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gusta ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su primera obra, los siguientes ayes: (LC. 6, 24-26).
Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad.
Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8KM del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores (IS. 53, 2).
No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.
4. (MT. 5, 5). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo, de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o, mejor dicho, amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.
5. (MT. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de gestionar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad (SAL. 16, 7-8).
6. (MT. 5, 7; SAL. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.
7. (MT. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, acaecerá lo expuesto, en IS. 11, 9-11; 1 JN. 3, 19-24.
8. (MT. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, y riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey (EF. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia, las palabras que encontramos, en GAL. 2, 20.
9. (MT. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versículos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas, en LC. 6, 26. San Mateo nos dice, las palabras expuestas en MT. 5, 12b). ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? (HCH. 7, 59). Jesús no quiere que sus seguidores se dejen asesinar, a menos que no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo, las palabras que encontramos en MT. 10, 23. En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, se defendió con el fin de librarse de ser torturado, según leemos en HCH. 22, 25. Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.
Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MT. 5, 1-12A.
Nota: El ejercicio de lectio divina correspondiente al texto evangélico que meditaremos en esta ocasión, puede solicitárseme escribiéndome a
joseportilloperez@gmail.com
o leerse en la sección de mi blog, de la Solemnidad de Todos los Santos.
1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que Nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 13, 1-8a).
2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a Nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: (LC. 6, 20-21A). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: (IS. 26, 8-9).
San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la sencillez del espíritu (MT. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consiste en sentirnos pequeños para que así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo las palabras expuestas en MT. 10, 16.
Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por Nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo (MT. 5, 13-14). Jesús dijo en su sermón del monte, estas palabras: (MT. 7, 24-25).
En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió, las palabras que encontramos en SAL. 9, 11, y 37, 25.
Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh (JER. 15, 16).
El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues Jesús dijo cuando se encarnó en Santa María, las palabras expuestas en HEB. 10, 7).
3. Isaías nos transmite un consolador mensaje de Nuestro Padre común (IS. 25, 8).
San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: (LC. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cual ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque Él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que los libre de la adversidad, así pues, el Señor nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella les diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de Nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.
San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: (MT. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gusta ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su primera obra, los siguientes ayes: (LC. 6, 24-26).
Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad.
Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8KM del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores (IS. 53, 2).
No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.
4. (MT. 5, 5). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo, de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o, mejor dicho, amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.
5. (MT. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de gestionar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad (SAL. 16, 7-8).
6. (MT. 5, 7; SAL. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.
7. (MT. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, acaecerá lo expuesto, en IS. 11, 9-11; 1 JN. 3, 19-24.
8. (MT. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, y riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey (EF. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia, las palabras que encontramos, en GAL. 2, 20.
9. (MT. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versículos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas, en LC. 6, 26. San Mateo nos dice, las palabras expuestas en MT. 5, 12b). ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? (HCH. 7, 59). Jesús no quiere que sus seguidores se dejen asesinar, a menos que no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo, las palabras que encontramos en MT. 10, 23. En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, se defendió con el fin de librarse de ser torturado, según leemos en HCH. 22, 25. Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.
Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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