Meditación.
Recuperemos nuestros valores cristianos.
Estimados hermanos y amigos:
-Son muchos los que se preguntan cuál es la razón por la que cada día muchos niños y jóvenes respetan menos a los adultos, y cuál es el motivo por el que los ancianos viven más aislados en conformidad con el paso del tiempo.
-Algunos creyentes que creen que por decir de sí mismos que creen en Dios, sin instruir a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe universal, que piensan que sus descendientes han de actuar como si aceptaran nuestras creencias, comprueban, marcados por el asombro, cómo los tales actúan como si no conocieran a Nuestro Padre común.
-Los medios de comunicación, a pesar de que se nos insiste a los españoles con respecto a que cada año se reduce el número de mujeres que mueren a manos de sus maridos, difícilmente dejan de informarnos de agresiones mortales llevadas a cabo por personajes ansiosos de demostrarles su poder a sus cónyuges.
-A pesar de que muchos jóvenes no tienen la más remota idea de lo que significa tener privaciones, no podemos negar que el consumo de drogas aumenta considerablemente en una sociedad que, a pesar de que dispone de muchos medios de comunicación, está integrada por personas que se ven obligadas a permanecer totalmente aisladas.
-Aunque los recursos de nuestro planeta podrían bastarnos sobradamente para extinguir la pobreza que azota a la mayor parte de los habitantes de nuestro mundo, el injusto reparto de los mismos, hace imposible el hecho de que se cumpla el sueño que albergamos en nuestros corazones de vivir en un mundo en que no existan las injustas distinciones sociales, así pues, sólo Dios, cuando lo considere oportuno, hará posible la citada realidad.
-El afán de enriquecerse de muchas personas carentes de escrúpulos, logra que muchas mujeres desconocedoras de la Palabra de Dios y por tanto del significado del don de la vida, acaben asesinando a sus hijos no nacidos.
-El orgullo ciego de los padres que sólo se preocupan por lo que se diga de ellos en su medio social, obliga a abortar a las adolescentes y jóvenes que no tienen fuerza ni medios para dar a luz y criar a sus hijos.
-La carencia de amor, respeto y responsabilidad de muchos jóvenes -y no tan jóvenes- influenciados por el cine pornográfico, convierte a las mujeres en objetos aptos para producirles placer, e induce a las mismas, cuando se ven desamparadas, a deshacerse de sus hijos no nacidos.
-La ambición de poder incontrolada, ha llevado a muchos miles de hombres a cometer asesinatos y a atropellar a los débiles a lo largo de la Historia.
¿Cuál es la causa por la que el mundo está sumido en el dolor?
¿Hasta qué punto es Dios responsable de todos los hechos desagradables que acontecen en nuestro medio social?
Tanto si eliminara los acontecimientos desagradables que acontecen en nuestra tierra, como si diera la impresión de permanecer impasible ante los mismos, según piensan muchos creyentes desconocedores de su Palabra, Dios se vería comprometido en ambos casos, así pues, si eliminara el mal de la tierra, le acusaríamos de privarnos de hacer uso de la libertad con que nos creó, y, si permaneciera impasible ante la visión del mismo, le acusaríamos de que no está interesado en sus hijos los hombres.
Existen problemas que sólo pueden ser solventados por Dios, así pues, un ejemplo de ello, son las enfermedades cuya curación no ha sido descubierta por los científicos, pero, otras dificultades, no se pueden resolver, porque el mundo es víctima de la carencia de nuestros valores cristianos. Tales valores existen, pero son desconocidos por unos, y rechazados por otros.
En el Evangelio de hoy, se nos muestra la diferencia existente entre el hecho de creer en Dios, y el hecho de no tener fe en Nuestro Padre común. El diálogo entre Pilato y Jesús fue tan incomprensible para el Gobernador romano, como lo sería la comunicación entre un sordomudo y un ciego, de los cuales, el primero se expresaría a través de gestos, y , el segundo, ni siquiera sabría que su interlocutor intentaría hablarle, así pues, mientras que para el yerno del César la verdad era que tenía que hacer lo posible para hacerse más rico, prestigioso y poderoso, para Jesús la Verdad era concluir el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre común.
Los cristianos distinguimos la verdad del mundo de la Verdad de Dios, a pesar de que mucha gente rechaza esta última, dado que la misma nos insta a cambiar nuestra forma de vivir. Yo recuerdo cómo mi abuela materna me contaba cómo en el tiempo de su juventud, cuando los jóvenes del pueblo querían divertirse, hacían fiestas, en las cuales cantaban, bailaban y lo pasaban muy bien juntos, dado que no tenían dinero para contratar a ningún músico ni cantante.
-En nuestro tiempo, cuando los jóvenes quieren divertirse, a muchos les sobra la comida, la bebida y el tabaco, e incluso pueden darse el lujo de asistir a conciertos, pero, como tienen la diversión hecha, y no tienen que procurársela, pierden la oportunidad de conocer a otros jóvenes con sus mismas inquietudes.
-Cuando queremos ver una película, recurrimos a la TV., al DVD o al PC, de manera que nos perdemos la oportunidad de comunicarnos con nuestros familiares y amigos.
-Pasamos muchas horas conectados a Internet, de manera que, sin darnos cuenta del peligro que corremos, nos aislamos más, tanto de nuestros familiares que viven bajo nuestro techo, como de los amigos que tenemos.
-Vivimos en una sociedad basada en la necesidad que tenemos de realzar el "yo" si queremos tener alguna importancia, olvidando que, si queremos ser seguidores de Jesucristo, yo no existo como realidad única, pues debo pensar muchas veces en "nosotros".
-Cuando estamos viendo un programa de TV. que no nos gusta, nos basta el hecho de coger el mando a distancia y cambiar de cadena, hasta que encontremos otro programa que nos guste. Hace años, el hecho de no tener el citado mando, nos obligaba a levantarnos para cambiar de cadena, pero, ahora, hasta ese sencillo trabajo nos lo ahorramos.
-Cuando en Internet estamos chateando con una persona que nos cae bien, y un tercer individuo interrumpe nuestra conversación con sus formas incorrectas, simplemente por fastidiar, lo bloqueamos, y nos olvidamos de él. Comprendo que no debemos dejar que se nos moleste, pero también comprendo que, si el citado hecho acontece en un grupo de amigos, el personaje molesto tendrá más posibilidades, tanto de disculparse, como de ser integrado en el grupo.
Las nuevas tecnologías son muy beneficiosas para nosotros, pero, el uso indebido de las mismas, nos hace olvidarnos de la Verdad de Dios, así pues,
-si sabemos de un niño que necesita dinero para que se le salve la vida al ser intervenido por un cirujano, ¿le auxiliaremos en conformidad con nuestras posibilidades para socorrerle, o le daremos de lado, como quien cambia de cadena de TV?.
-Si Cáritas hace una campaña el Jueves Santo para brindarnos la oportunidad de agradecerle a Dios el sacrificio de Jesús por nosotros, permitiéndonos que socorramos a nuestros hermanos necesitados de los bienes esenciales para vivir, ¿permaneceremos impasibles?
-Si al entrar en la página web de Amnistía Internacional, nos encontramos que, con un sólo clic de ratón, al firmar un documento dirigido a un rey o presidente africano, vamos a contribuir a salvar una vida, ¿dejaremos escapar la oportunidad de vivificar a un desconocido que algún día nos llamará hermanos en el Reino de Dios, con tal de no incluir nuestro DNI. en el formulario de envío del citado documento?
Hermanos: Antes de terminar esta meditación, quisiera compartir con vosotros el último pensamiento de este año litúrgico. Si nos dejamos inspirar por la necesidad de destacar en su medio que tienen quienes únicamente piensan en el dinero, el poder y el prestigio, la Verdad de Dios nos resultará incómoda, dado que será contraria a nuestras creencias, pero, sin dejar de cumplir con nuestras obligaciones, nos abrazaremos a la misma, como si de ello dependiera la completa instauración del Reino mesiánico entre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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La fortaleza de la fe. (Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La fortaleza de la fe.
Los pasados días uno y dos del presente mes celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Aún perdura en nosotros el recuerdo del mensaje que nuestra Santa Madre la Iglesia nos transmitió a través de la Liturgia de los citados días, es decir, que si queremos alcanzar la santidad, sólo debemos desear ser santos, y cumplir la voluntad de Dios, como si dependiera de ello el hecho de que alcancemos la citada meta que constituye el principal propósito de nuestra existencia, y, por otra parte, si consideramos las ventajas que tiene el hecho de vivir en la presencia de Dios frente al dolor característico de esta vida, el hecho de morir no resulta trágico, sino consolador, dado que la muerte significa que comprobaremos que se acabará el tiempo en que hemos de ser probados, para que así podamos vivir en el Reino de Nuestro Padre común.
Si queremos alcanzar la santidad, es importante que nos esforcemos para tener fe en Dios, pues un Hagiógrafo les escribió a sus lectores hebreos: (HEB. 11, 1. 3. 6).
Después de definir la fe utilizando el citado texto del autor de la Epístola a los Hebreos, vamos a basar la meditación de este Domingo en el siguiente texto evangélico, que contiene unas palabras de Jesús muy significativas: (MT. 6, 33).
¿Hasta qué punto hemos de posponer nuestras prioridades para ocuparnos de expandir el Reino de Dios? Cuando ayudaba a las catequistas de una pequeña Iglesia a preparar a un grupo de niños para que recibieran por primera vez a Jesús, le expliqué a una de aquellas mujeres el versículo bíblico cuya meditación nos ocupa en esta ocasión. Una señora que no negó en ningún momento que no tenía fe en Dios, me dijo: "Para mí lo más importante no son las cosas de Dios, sino las cosas de mi familia".
Aunque las demás catequistas permanecían en silencio esperando mi respuesta, yo sabía que muy pocas de ellas estaban de mi parte, dado que no pretendían formar a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe, sino hacer una gran fiesta, pero, a pesar de ello, estuvieron conformes con lo que le dije a su compañera. "San Juan escribió en la Biblia: (1 JN. 4, 20)."
Aunque los religiosos viven plenamente consagrados al cumplimiento de la voluntad de Dios, los laicos tenemos que conjugar el cumplimiento de nuestras obligaciones con la vivencia de nuestra fe. Cometen un error enorme quienes piensan que la vivencia de nuestra fe no es compativle con el cumplimiento de nuestras obligaciones, así pues, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 7, 32-34). El hecho de que los que estamos casados nos dediquemos al cumplimiento de nuestras obligaciones, no nos aparta en absoluto del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, sino que nos brinda la oportunidad de vivir ejemplarmente en un mundo que no aprecia algunos de nuestros valores, que, al no poseer los mismos, cada día es testigo de más injusticias.
Independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos procurar que Dios sea el centro de nuestra vida, lo cuál no debe ser considerado como fanatismo, dado que os he demostrado que, el hecho de tener fe y de ejercitar la misma, no debe apartarnos de nuestras obligaciones, sino que, al contrario, nos insta a llevar a cabo las mismas con el mayor grado de perfección que nos sea posible.
La mujer de Sarepta que aparece en la primera lectura de este Domingo, es un gran ejemplo de fe para nosotros. Elías le pidió agua, y ella no tuvo inconveniente en dársela, pero, antes de que le diera de beber, él le pidió pan, a lo cuál ella le dijo: (1 RE. 17, 12).
¡Que situación tan trágica vivía aquella mujer! Viviendo situaciones mucho menos difíciles que la que se nos describe en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, muchos pensaríamos que Dios nos ha abandonado. Elías le dijo a la pobre mujer que, antes incluso de alimentar a su hijo y de comer ella, que le hiciera una torta de harina. Elías no le hizo esta petición porque se consideraba superior a aquella humilde familia, sino porque a todos nosotros, en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida, nos llega el tiempo de tomar la opción de dejarnos arrastrar por las dificultades que caracterizan nuestra existencia, o de vivir inspirados por nuestra fe cristiana, por más apariencia que tengan las circunstancias que vivimos de que Dios no quiere saber nada de nosotros.
Otro ejemplo admirable de fe es la viuda que aparece en el Evangelio de hoy, la cuál, no teniendo nada en la vida excepto dos monedas de muy escaso valor, las depositó en el arca de las ofrendas del Templo de Jerusalén. Este hecho me hace pensar en las ocasiones que permanecemos pasivos pensando que lo que podemos aportar a alguna causa es un esfuerzo tan insignificante que no merece la pena realizar el mismo, y olvidamos que, millones y millones de esfuerzos anónimos que aparentan ser insignificantes, pueden hacerle un gran bien a la humanidad.
Lo más difícil de tener fe, -a parte del empeño de creer en Dios sin ver a Nuestro Padre común-, es obedecer a Nuestro criador. Naamán, el leproso sirio, se enfadó mucho porque Eliseo no lo recibió como a un hombre de un alto status social y no lo curó llevando a cabo un largo y complicado ritual mágico, pues el citado profeta únicamente le mandó decir que se lavara siete veces en el Jordán, a fin de que su carne quedara limpia de dicha enfermedad.
Nosotros imitamos a Naamán cuando, en vez de llevar a cabo pequeños gestos que nos harían felices a Dios, a nuestros prójimos y a nosotros, consideramos que nuestra fe católica no es más que un rosario de nonadas.
¿Cuánto tiempo hace que no abrazamos a los nuestros?
¿Cuánto tiempo hace que no ayudamos a algún necesitado, si no a salir de la pobreza porque no podemos permitirnos ese lujo, a cubrir alguna necesidad, aunque la misma no sea vital?
¿Nos negamos a creer en Dios porque pensamos que nuestra fe no tiene valor, y lo único que vamos a hacer es quedar en ridículo ante nuestros conocidos al vivir inspirados por la misma?
Meditemos el siguiente pasaje bíblico: (2 RE. 5, 13).
(HEB. 13, 14). Por la fe que profesamos sabemos que, aunque cada día que pasa se acerca el final de nuestra vida, la muerte no es el fin de nuestra existencia, pues, aunque nuestro cuerpo fallecerá, nuestra alma vivirá eternamente en la presencia de Nuestro Padre común. A pesar de ello, no debemos meditar únicamente en la dicha que esperamos olvidando nuestras obligaciones, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (2 TES. 3, 12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La fortaleza de la fe.
Los pasados días uno y dos del presente mes celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Aún perdura en nosotros el recuerdo del mensaje que nuestra Santa Madre la Iglesia nos transmitió a través de la Liturgia de los citados días, es decir, que si queremos alcanzar la santidad, sólo debemos desear ser santos, y cumplir la voluntad de Dios, como si dependiera de ello el hecho de que alcancemos la citada meta que constituye el principal propósito de nuestra existencia, y, por otra parte, si consideramos las ventajas que tiene el hecho de vivir en la presencia de Dios frente al dolor característico de esta vida, el hecho de morir no resulta trágico, sino consolador, dado que la muerte significa que comprobaremos que se acabará el tiempo en que hemos de ser probados, para que así podamos vivir en el Reino de Nuestro Padre común.
Si queremos alcanzar la santidad, es importante que nos esforcemos para tener fe en Dios, pues un Hagiógrafo les escribió a sus lectores hebreos: (HEB. 11, 1. 3. 6).
Después de definir la fe utilizando el citado texto del autor de la Epístola a los Hebreos, vamos a basar la meditación de este Domingo en el siguiente texto evangélico, que contiene unas palabras de Jesús muy significativas: (MT. 6, 33).
¿Hasta qué punto hemos de posponer nuestras prioridades para ocuparnos de expandir el Reino de Dios? Cuando ayudaba a las catequistas de una pequeña Iglesia a preparar a un grupo de niños para que recibieran por primera vez a Jesús, le expliqué a una de aquellas mujeres el versículo bíblico cuya meditación nos ocupa en esta ocasión. Una señora que no negó en ningún momento que no tenía fe en Dios, me dijo: "Para mí lo más importante no son las cosas de Dios, sino las cosas de mi familia".
Aunque las demás catequistas permanecían en silencio esperando mi respuesta, yo sabía que muy pocas de ellas estaban de mi parte, dado que no pretendían formar a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe, sino hacer una gran fiesta, pero, a pesar de ello, estuvieron conformes con lo que le dije a su compañera. "San Juan escribió en la Biblia: (1 JN. 4, 20)."
Aunque los religiosos viven plenamente consagrados al cumplimiento de la voluntad de Dios, los laicos tenemos que conjugar el cumplimiento de nuestras obligaciones con la vivencia de nuestra fe. Cometen un error enorme quienes piensan que la vivencia de nuestra fe no es compativle con el cumplimiento de nuestras obligaciones, así pues, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 7, 32-34). El hecho de que los que estamos casados nos dediquemos al cumplimiento de nuestras obligaciones, no nos aparta en absoluto del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, sino que nos brinda la oportunidad de vivir ejemplarmente en un mundo que no aprecia algunos de nuestros valores, que, al no poseer los mismos, cada día es testigo de más injusticias.
Independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos procurar que Dios sea el centro de nuestra vida, lo cuál no debe ser considerado como fanatismo, dado que os he demostrado que, el hecho de tener fe y de ejercitar la misma, no debe apartarnos de nuestras obligaciones, sino que, al contrario, nos insta a llevar a cabo las mismas con el mayor grado de perfección que nos sea posible.
La mujer de Sarepta que aparece en la primera lectura de este Domingo, es un gran ejemplo de fe para nosotros. Elías le pidió agua, y ella no tuvo inconveniente en dársela, pero, antes de que le diera de beber, él le pidió pan, a lo cuál ella le dijo: (1 RE. 17, 12).
¡Que situación tan trágica vivía aquella mujer! Viviendo situaciones mucho menos difíciles que la que se nos describe en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, muchos pensaríamos que Dios nos ha abandonado. Elías le dijo a la pobre mujer que, antes incluso de alimentar a su hijo y de comer ella, que le hiciera una torta de harina. Elías no le hizo esta petición porque se consideraba superior a aquella humilde familia, sino porque a todos nosotros, en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida, nos llega el tiempo de tomar la opción de dejarnos arrastrar por las dificultades que caracterizan nuestra existencia, o de vivir inspirados por nuestra fe cristiana, por más apariencia que tengan las circunstancias que vivimos de que Dios no quiere saber nada de nosotros.
Otro ejemplo admirable de fe es la viuda que aparece en el Evangelio de hoy, la cuál, no teniendo nada en la vida excepto dos monedas de muy escaso valor, las depositó en el arca de las ofrendas del Templo de Jerusalén. Este hecho me hace pensar en las ocasiones que permanecemos pasivos pensando que lo que podemos aportar a alguna causa es un esfuerzo tan insignificante que no merece la pena realizar el mismo, y olvidamos que, millones y millones de esfuerzos anónimos que aparentan ser insignificantes, pueden hacerle un gran bien a la humanidad.
Lo más difícil de tener fe, -a parte del empeño de creer en Dios sin ver a Nuestro Padre común-, es obedecer a Nuestro criador. Naamán, el leproso sirio, se enfadó mucho porque Eliseo no lo recibió como a un hombre de un alto status social y no lo curó llevando a cabo un largo y complicado ritual mágico, pues el citado profeta únicamente le mandó decir que se lavara siete veces en el Jordán, a fin de que su carne quedara limpia de dicha enfermedad.
Nosotros imitamos a Naamán cuando, en vez de llevar a cabo pequeños gestos que nos harían felices a Dios, a nuestros prójimos y a nosotros, consideramos que nuestra fe católica no es más que un rosario de nonadas.
¿Cuánto tiempo hace que no abrazamos a los nuestros?
¿Cuánto tiempo hace que no ayudamos a algún necesitado, si no a salir de la pobreza porque no podemos permitirnos ese lujo, a cubrir alguna necesidad, aunque la misma no sea vital?
¿Nos negamos a creer en Dios porque pensamos que nuestra fe no tiene valor, y lo único que vamos a hacer es quedar en ridículo ante nuestros conocidos al vivir inspirados por la misma?
Meditemos el siguiente pasaje bíblico: (2 RE. 5, 13).
(HEB. 13, 14). Por la fe que profesamos sabemos que, aunque cada día que pasa se acerca el final de nuestra vida, la muerte no es el fin de nuestra existencia, pues, aunque nuestro cuerpo fallecerá, nuestra alma vivirá eternamente en la presencia de Nuestro Padre común. A pesar de ello, no debemos meditar únicamente en la dicha que esperamos olvidando nuestras obligaciones, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (2 TES. 3, 12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo... (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Reportaje.
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
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Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Los textos que la Iglesia ha entresacado de las Sagradas Escrituras para que los meditemos en esta ocasión hacen referencia a nuestra forma de actuar en nuestro ámbito familiar y social. Es esta la causa por la cual deseo proponeros una serie de meditaciones extrabíblicas que pueden fomentar nuestras relaciones y hacer nuestra existencia más agradable.
Una de las características que nos son comunes a los cristianos de todos los tiempos es la desunión que curiosamente se debe a la forma que tenemos de interpretar la Palabra de Dios.
Cuando comprobamos que hemos cometido un error, puede sucedernos que deseemos considerarnos pecadores sin remedio, o quizá pensamos que nuestros fallos se pueden corregir de alguna manera, pero, ¿qué pensamos cuando la conducta y/o los pensamientos de nuestros prójimos no se corresponden con el beneplácito de nuestra voluntad?.
Cuando nuestros prójimos no comprenden las circunstancias de su vida con la misma capacidad y rapidez que lo hacemos nosotros, tenemos tendencia a tacharlos de lentos e incompetentes, pero, cuando la lentitud de comprensión y conversión al Evangelio recae sobre nosotros, decimos que somos concienzudos y conscientes, y que necesitamos tiempo para ordenar nuestras ideas.
Cuando nuestros prójimos no corrigen sus defectos, tenemos tendencia a tacharlos de pecadores malditos, pero cuando nos negamos a corregir nuestras deficiencias, decimos que no tenemos tiempo para meditar, que no sabemos cómo desechar lo malo de la vida y quedarnos con lo bueno, o que no sabemos escoger el camino correcto.
Cuando nuestros prójimos cometen un fallo porque participan en una actividad en cuyo campo no se defienden muy bien, tendemos a decir que son unos entrometidos, que harían mejor si no se metieran donde nadie los llama, pero si el fallo es cometido por nosotros, o nos tachamos de pecadores irremediables, o decimos que todo el que tiene boca se equivoca.
Cuando nuestros prójimos no se sienten identificados con los miembros de nuestro círculo social, solemos decir que tienen prejuicios con respecto a nuestros seres queridos y a nosotros, pero cuando nuestros prójimos se mueven en un ambiente que creemos perjudicial por sano que dicho medio sea, tendemos a decir que tenemos buen juicio, y que deseamos sacar a nuestros hermanos del círculo vicioso en que se hayan encerrados.
Cuando nuestros prójimos no ceden en la afirmación de sus argumentos cuando discutimos con ellos, tenemos tendencia a decir que son tercos, pero cuando no cedemos en la defensa de nuestros pensamientos, nos sentimos orgullosos porque nuestra personalidad es firme y constante.
Cuando nuestros prójimos se fijan en pequeños detalles, los tachamos de maníacos, pero nosotros hacemos lo propio cuando consideramos que debemos ser detallistas y cuidadosos.
Por amor y respeto a Nuestro Dios y a nuestros hermanos los hombres, debemos aceptar a los demás como son, con sus virtudes y defectos, e incluso hemos de valorar los méritos de la discrepancia.
2. El Evangelio de hoy me ha traído a la memoria una célebre frase: "Vive y deja vivir".
No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que nuestros prójimos se contagien de nuestras debilidades.
No podemos consentir que nuestros familiares y amigos contraigan nuestro miedo a la condenación eterna, pues debemos inculcarles a nuestros hijos una educación que sustituya el miedo por el respeto, la tolerancia, la libertad y la responsabilidad.
A la hora de transmitirles a nuestros familiares y amigos nuestros apreciados valores, debemos considerar las siguientes frases:
"No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina, justamente, junto a mí para, sencillamente, ser mi amigo".
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Los textos que la Iglesia ha entresacado de las Sagradas Escrituras para que los meditemos en esta ocasión hacen referencia a nuestra forma de actuar en nuestro ámbito familiar y social. Es esta la causa por la cual deseo proponeros una serie de meditaciones extrabíblicas que pueden fomentar nuestras relaciones y hacer nuestra existencia más agradable.
Una de las características que nos son comunes a los cristianos de todos los tiempos es la desunión que curiosamente se debe a la forma que tenemos de interpretar la Palabra de Dios.
Cuando comprobamos que hemos cometido un error, puede sucedernos que deseemos considerarnos pecadores sin remedio, o quizá pensamos que nuestros fallos se pueden corregir de alguna manera, pero, ¿qué pensamos cuando la conducta y/o los pensamientos de nuestros prójimos no se corresponden con el beneplácito de nuestra voluntad?.
Cuando nuestros prójimos no comprenden las circunstancias de su vida con la misma capacidad y rapidez que lo hacemos nosotros, tenemos tendencia a tacharlos de lentos e incompetentes, pero, cuando la lentitud de comprensión y conversión al Evangelio recae sobre nosotros, decimos que somos concienzudos y conscientes, y que necesitamos tiempo para ordenar nuestras ideas.
Cuando nuestros prójimos no corrigen sus defectos, tenemos tendencia a tacharlos de pecadores malditos, pero cuando nos negamos a corregir nuestras deficiencias, decimos que no tenemos tiempo para meditar, que no sabemos cómo desechar lo malo de la vida y quedarnos con lo bueno, o que no sabemos escoger el camino correcto.
Cuando nuestros prójimos cometen un fallo porque participan en una actividad en cuyo campo no se defienden muy bien, tendemos a decir que son unos entrometidos, que harían mejor si no se metieran donde nadie los llama, pero si el fallo es cometido por nosotros, o nos tachamos de pecadores irremediables, o decimos que todo el que tiene boca se equivoca.
Cuando nuestros prójimos no se sienten identificados con los miembros de nuestro círculo social, solemos decir que tienen prejuicios con respecto a nuestros seres queridos y a nosotros, pero cuando nuestros prójimos se mueven en un ambiente que creemos perjudicial por sano que dicho medio sea, tendemos a decir que tenemos buen juicio, y que deseamos sacar a nuestros hermanos del círculo vicioso en que se hayan encerrados.
Cuando nuestros prójimos no ceden en la afirmación de sus argumentos cuando discutimos con ellos, tenemos tendencia a decir que son tercos, pero cuando no cedemos en la defensa de nuestros pensamientos, nos sentimos orgullosos porque nuestra personalidad es firme y constante.
Cuando nuestros prójimos se fijan en pequeños detalles, los tachamos de maníacos, pero nosotros hacemos lo propio cuando consideramos que debemos ser detallistas y cuidadosos.
Por amor y respeto a Nuestro Dios y a nuestros hermanos los hombres, debemos aceptar a los demás como son, con sus virtudes y defectos, e incluso hemos de valorar los méritos de la discrepancia.
2. El Evangelio de hoy me ha traído a la memoria una célebre frase: "Vive y deja vivir".
No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que nuestros prójimos se contagien de nuestras debilidades.
No podemos consentir que nuestros familiares y amigos contraigan nuestro miedo a la condenación eterna, pues debemos inculcarles a nuestros hijos una educación que sustituya el miedo por el respeto, la tolerancia, la libertad y la responsabilidad.
A la hora de transmitirles a nuestros familiares y amigos nuestros apreciados valores, debemos considerar las siguientes frases:
"No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina, justamente, junto a mí para, sencillamente, ser mi amigo".
José Portillo Pérez
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¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis? (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis?.
Estimados hermanos y amigos:
No es necesario recordar en este tiempo que estamos viviendo una gran crisis mundial que no nos afecta solo económicamente, así pues, para valorar superficialmente los efectos de la misma, debería bastarnos el hecho de pensar lo que está sucediendo en el mundo con nuestros valores cristianos.
Antes de despedirme de vosotros a finales del pasado mes de febrero del presente año precisamente porque me era imposible costearme el acceso a Internet, recibí muchas cartas de hermanos sudamericanos desesperados por la situación de pobreza que están viviendo, así pues, aunque traté lo que aparentemente parece el abandono de los pobres por Nuestro Padre común en algunas meditaciones que publiqué entre los pasados meses de noviembre y febrero, deseo tratar en esta ocasión ese tema con vosotros.
La crisis económica que estamos viviendo afecta a quienes tienen mucho dinero, pues muchos de los tales, aunque no pasarán por ninguna situación de pobreza, tienen pérdidas que difícilmente pueden superar. Por el contrario, otros hemos tenido problemas económicos de cierta gravedad, y otros tantos están viviendo en la calle, pues ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse.
Precisamente por causa de la difícil situación que estamos viviendo a nivel mundial, los cristianos deberíamos permanecer unidos, porque, aunque muchos seamos pobres, ello no significa que no somos importantes para Nuestro Padre común, por consiguiente, veamos lo que Santiago escribió con respecto a quienes tenían carencias económicas en su tiempo: (ST. 2, 1-5).
Si Dios nos ama a quienes carecemos de los medios que desearíamos tener para vivir, ¿por qué permite que seamos atribulados? Respondamos esta pregunta utilizando nuevamente la Carta de Santiago: (ST. 1, 2-4).
¿Para qué necesitamos ser probados? San Pablo nos dice: (1 COR. 11, 17-19).
“Se cuenta de cierto campesino que tenía una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.
El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y les pidió que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.
Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente.
A la mula se le ocurrió que cada vez que una pala de tierra cayera sobre sus lomos.... ¡ELLA DEBÍA SACUDIRSE Y SUBIR SOBRE LA TIERRA! Esto hizo la mula palazo tras palazo. SACÚDETE Y SUBE. Sacúdete y sube. Sacúdete y sube!! Repetía la mula para alentarse a sí misma.
No importaba cuan dolorosos fueran los golpes de la tierra y las piedras sobre su lomo, o lo tormentoso de la situación, la mula luchó contra el pánico, y continuó SACUDIENDOSE Y SUBIENDO. A sus pies se fue elevando de nivel el piso. Los hombres sorprendidos captaron la estrategia de la mula, y eso les alentó a continuar paleando. Poco a poco se pudo llegar hasta el punto en que la mula cansada y abatida pudo salir de un brinco de las paredes de aquel pozo. La tierra que parecía que la enterraría, se convirtió en su bendición, todo por la manera en la que ella enfrentó la adversidad.
¡ASI ES LA VIDA!
Si enfrentamos nuestros problemas y respondemos positivamente, y rehusamos dar lugar al pánico, a la amargura, y las lamentaciones de nuestra baja autoestima, las adversidades, que vienen a nuestra vida a tratar de enterrarnos, nos darán el potencial para poder salir beneficiados y bendecidos!”
(Desconozco el autor de esta meditación).
San Pablo nos dice con respecto a las pruebas que hemos de sufrir para ser perfeccionados: (1 COR. 10, 13).
Aunque cuando sufrimos por cualquier causa podemos caer en la tentación de creer que Dios nos ha abandonado, en esos momentos Nuestro Padre común está muy pendiente de ayudarnos, pues Santiago escribió en su Carta: (ST. 1, 9).
(ST. 1, 12). Hay dos tipos de pruebas a las que tenemos que enfrentarnos, así pues, por una parte sufrimos las pruebas que durante mucho tiempo hemos creído que Dios nos manda para que seamos perfeccionados, y, por otra parte, no hemos de olvidar las pruebas a las que nos somete nuestra fragilidad humana, de las cuales leemos en la Carta de Santiago: (ST. 1, 13-18).
Después de recordar la utilidad que tienen las dificultades que vivimos, necesitamos ver lo que verdaderamente ha de ayudarnos a sobrevivir a este tiempo de crisis, especialmente a los carentes de recursos materiales y de bienes espirituales, con el fin de que nuestras carencias no nos hagan sufrir por sufrir.
Aunque suene ridículo el texto bíblico que vamos a recordar a continuación a los oídos de mucha gente, entre quienes hay creyentes con un escaso conocimiento de la Palabra de Dios, no por ello el siguiente versículo del Evangelio de San Mateo deja de recordarnos una verdad muy importante: (MT. 6, 33).
¿Debemos creer que Dios solventará nuestros problemas si dedicamos nuestro tiempo y energía a predicar el Evangelio? Aunque conviene evitar caer en la trampa en que caen quienes se adhieren a muchas religiones con la esperanza de ganar dinero por el mero hecho de predicar, no hemos de olvidar que a Dios no se le puede servir por egoísmo, y que, de alguna manera, en nosotros se cumplen las siguientes palabras que Dios les dirigió a los hebreos peregrinos por medio de Moisés, a pesar de las múltiples tribulaciones que hemos vivido: (DT. 8, 1-6).
No olvidemos que el temor de Dios no está relacionado con el miedo, pues el mismo es uno de los dones del Espíritu Santo que nos hace reverenciar al Dios Uno y Trino, y que Nuestro Padre común no nos castiga para divertirse a costa nuestra, sino que aprovecha nuestras circunstancias consideradas adversas para perfeccionarnos.
En el relato del sermón del monte de San Mateo, leemos que Jesús dijo, las palabras que encontramos en MT. 6, 22-23.
Si nuestro ojo figurativo es bueno, nos dedicaremos a ayudar a resolver las carencias de nuestros familiares en conformidad con las posibilidades que tengamos para ello, solucionaremos nuestros problemas, y nos acordaremos de las necesidades de nuestros prójimos los hombres, independientemente de que los mismos crean en Dios. Estas actividades no nos impedirán seguir creciendo espiritualmente, pues Jesús nos dice las palabras que leemos en MT. 6, 19-21.
Efectivamente, si nos ocupamos de nuestros familiares, de nosotros y de nuestros amigos, y acrecentamos nuestra fe por medio de la asistencia a las celebraciones sacramentales, las catequesis y el estudio personal de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, nuestro corazón no dejará de anhelar el hecho de seguir viviendo en la presencia de Dios, pero, si no actuamos adecuadamente, y únicamente pensamos en nosotros, indudablemente, viviremos en tinieblas.
Si nuestro ojo figurativo está sano, conformmémonos con las cosas que tenemos, siempre que no podamos aumentar nuestros bienes. No pretendo decir que hemos de abandonar nuestras actividades para dedicarnos exclusivamente a estudiar la Palabra de Dios, sino que hemos de evitar la a ambición excesiva, y el hecho de querer desear justo lo que no podemos conseguir.
San Pablo nos dice tajantemente que hemos de socorrer a nuestros familiares en sus necesidades: (1 TIM. 5, 8).
El hecho de sustentar a nuestros familiares, no nos obliga a esforzarnos por conseguir los medios más punteros del mercado para modernizar nuestros hogares, pues en la Biblia leemos: (PR. 30, 7-9).
Si tenemos alimentos, ropa y un techo bajo el que cubrirnos, todo lo que podamos conseguir aparte de estas tres cosas, nos aportará bienestar, pero todo ello es secundario, pues San Pablo nos dice: (1 TIM. 6, 6-10; HEB. 13, 5-6).
Deberíamos evitar el hecho de tener grandes deudas arriesgándonos a no poder pagar las mismas en el futuro, pues Jesús nos dice: (MT. 6, 25. 31-34).
Por su parte, San Pablo les escribió a los Filipenses: (FLP. 1, 9-11. 4, 4-9; PR. 4, 20-27; 2 COR. 4, 13-18).
A pesar de que las cosas visibles son pasajeras y de que nos es prácticamente imposible el hecho de vivir sin algunas de ellas, no hemos de olvidar la instrucción que estamos recibiendo de Nuestro Padre común, pues la misma nos ayuda a soportar la adversidad característica de nuestra vida (SAL. 37, 3-6).
Si aún seguimos pensando que no comprendemos la razón por la que somos atribulados, leamos atentamente las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 5-8).
Con respecto a la indecisión, recordemos la vocación del Profeta Jeremías: (JER. 1, 4-10. 17-19).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que fortaleció a Jeremías para que lo sirviera en sus hermanos de raza, que nos ayude a vencer nuestras dificultades.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis?.
Estimados hermanos y amigos:
No es necesario recordar en este tiempo que estamos viviendo una gran crisis mundial que no nos afecta solo económicamente, así pues, para valorar superficialmente los efectos de la misma, debería bastarnos el hecho de pensar lo que está sucediendo en el mundo con nuestros valores cristianos.
Antes de despedirme de vosotros a finales del pasado mes de febrero del presente año precisamente porque me era imposible costearme el acceso a Internet, recibí muchas cartas de hermanos sudamericanos desesperados por la situación de pobreza que están viviendo, así pues, aunque traté lo que aparentemente parece el abandono de los pobres por Nuestro Padre común en algunas meditaciones que publiqué entre los pasados meses de noviembre y febrero, deseo tratar en esta ocasión ese tema con vosotros.
La crisis económica que estamos viviendo afecta a quienes tienen mucho dinero, pues muchos de los tales, aunque no pasarán por ninguna situación de pobreza, tienen pérdidas que difícilmente pueden superar. Por el contrario, otros hemos tenido problemas económicos de cierta gravedad, y otros tantos están viviendo en la calle, pues ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse.
Precisamente por causa de la difícil situación que estamos viviendo a nivel mundial, los cristianos deberíamos permanecer unidos, porque, aunque muchos seamos pobres, ello no significa que no somos importantes para Nuestro Padre común, por consiguiente, veamos lo que Santiago escribió con respecto a quienes tenían carencias económicas en su tiempo: (ST. 2, 1-5).
Si Dios nos ama a quienes carecemos de los medios que desearíamos tener para vivir, ¿por qué permite que seamos atribulados? Respondamos esta pregunta utilizando nuevamente la Carta de Santiago: (ST. 1, 2-4).
¿Para qué necesitamos ser probados? San Pablo nos dice: (1 COR. 11, 17-19).
“Se cuenta de cierto campesino que tenía una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.
El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y les pidió que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.
Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente.
A la mula se le ocurrió que cada vez que una pala de tierra cayera sobre sus lomos.... ¡ELLA DEBÍA SACUDIRSE Y SUBIR SOBRE LA TIERRA! Esto hizo la mula palazo tras palazo. SACÚDETE Y SUBE. Sacúdete y sube. Sacúdete y sube!! Repetía la mula para alentarse a sí misma.
No importaba cuan dolorosos fueran los golpes de la tierra y las piedras sobre su lomo, o lo tormentoso de la situación, la mula luchó contra el pánico, y continuó SACUDIENDOSE Y SUBIENDO. A sus pies se fue elevando de nivel el piso. Los hombres sorprendidos captaron la estrategia de la mula, y eso les alentó a continuar paleando. Poco a poco se pudo llegar hasta el punto en que la mula cansada y abatida pudo salir de un brinco de las paredes de aquel pozo. La tierra que parecía que la enterraría, se convirtió en su bendición, todo por la manera en la que ella enfrentó la adversidad.
¡ASI ES LA VIDA!
Si enfrentamos nuestros problemas y respondemos positivamente, y rehusamos dar lugar al pánico, a la amargura, y las lamentaciones de nuestra baja autoestima, las adversidades, que vienen a nuestra vida a tratar de enterrarnos, nos darán el potencial para poder salir beneficiados y bendecidos!”
(Desconozco el autor de esta meditación).
San Pablo nos dice con respecto a las pruebas que hemos de sufrir para ser perfeccionados: (1 COR. 10, 13).
Aunque cuando sufrimos por cualquier causa podemos caer en la tentación de creer que Dios nos ha abandonado, en esos momentos Nuestro Padre común está muy pendiente de ayudarnos, pues Santiago escribió en su Carta: (ST. 1, 9).
(ST. 1, 12). Hay dos tipos de pruebas a las que tenemos que enfrentarnos, así pues, por una parte sufrimos las pruebas que durante mucho tiempo hemos creído que Dios nos manda para que seamos perfeccionados, y, por otra parte, no hemos de olvidar las pruebas a las que nos somete nuestra fragilidad humana, de las cuales leemos en la Carta de Santiago: (ST. 1, 13-18).
Después de recordar la utilidad que tienen las dificultades que vivimos, necesitamos ver lo que verdaderamente ha de ayudarnos a sobrevivir a este tiempo de crisis, especialmente a los carentes de recursos materiales y de bienes espirituales, con el fin de que nuestras carencias no nos hagan sufrir por sufrir.
Aunque suene ridículo el texto bíblico que vamos a recordar a continuación a los oídos de mucha gente, entre quienes hay creyentes con un escaso conocimiento de la Palabra de Dios, no por ello el siguiente versículo del Evangelio de San Mateo deja de recordarnos una verdad muy importante: (MT. 6, 33).
¿Debemos creer que Dios solventará nuestros problemas si dedicamos nuestro tiempo y energía a predicar el Evangelio? Aunque conviene evitar caer en la trampa en que caen quienes se adhieren a muchas religiones con la esperanza de ganar dinero por el mero hecho de predicar, no hemos de olvidar que a Dios no se le puede servir por egoísmo, y que, de alguna manera, en nosotros se cumplen las siguientes palabras que Dios les dirigió a los hebreos peregrinos por medio de Moisés, a pesar de las múltiples tribulaciones que hemos vivido: (DT. 8, 1-6).
No olvidemos que el temor de Dios no está relacionado con el miedo, pues el mismo es uno de los dones del Espíritu Santo que nos hace reverenciar al Dios Uno y Trino, y que Nuestro Padre común no nos castiga para divertirse a costa nuestra, sino que aprovecha nuestras circunstancias consideradas adversas para perfeccionarnos.
En el relato del sermón del monte de San Mateo, leemos que Jesús dijo, las palabras que encontramos en MT. 6, 22-23.
Si nuestro ojo figurativo es bueno, nos dedicaremos a ayudar a resolver las carencias de nuestros familiares en conformidad con las posibilidades que tengamos para ello, solucionaremos nuestros problemas, y nos acordaremos de las necesidades de nuestros prójimos los hombres, independientemente de que los mismos crean en Dios. Estas actividades no nos impedirán seguir creciendo espiritualmente, pues Jesús nos dice las palabras que leemos en MT. 6, 19-21.
Efectivamente, si nos ocupamos de nuestros familiares, de nosotros y de nuestros amigos, y acrecentamos nuestra fe por medio de la asistencia a las celebraciones sacramentales, las catequesis y el estudio personal de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, nuestro corazón no dejará de anhelar el hecho de seguir viviendo en la presencia de Dios, pero, si no actuamos adecuadamente, y únicamente pensamos en nosotros, indudablemente, viviremos en tinieblas.
Si nuestro ojo figurativo está sano, conformmémonos con las cosas que tenemos, siempre que no podamos aumentar nuestros bienes. No pretendo decir que hemos de abandonar nuestras actividades para dedicarnos exclusivamente a estudiar la Palabra de Dios, sino que hemos de evitar la a ambición excesiva, y el hecho de querer desear justo lo que no podemos conseguir.
San Pablo nos dice tajantemente que hemos de socorrer a nuestros familiares en sus necesidades: (1 TIM. 5, 8).
El hecho de sustentar a nuestros familiares, no nos obliga a esforzarnos por conseguir los medios más punteros del mercado para modernizar nuestros hogares, pues en la Biblia leemos: (PR. 30, 7-9).
Si tenemos alimentos, ropa y un techo bajo el que cubrirnos, todo lo que podamos conseguir aparte de estas tres cosas, nos aportará bienestar, pero todo ello es secundario, pues San Pablo nos dice: (1 TIM. 6, 6-10; HEB. 13, 5-6).
Deberíamos evitar el hecho de tener grandes deudas arriesgándonos a no poder pagar las mismas en el futuro, pues Jesús nos dice: (MT. 6, 25. 31-34).
Por su parte, San Pablo les escribió a los Filipenses: (FLP. 1, 9-11. 4, 4-9; PR. 4, 20-27; 2 COR. 4, 13-18).
A pesar de que las cosas visibles son pasajeras y de que nos es prácticamente imposible el hecho de vivir sin algunas de ellas, no hemos de olvidar la instrucción que estamos recibiendo de Nuestro Padre común, pues la misma nos ayuda a soportar la adversidad característica de nuestra vida (SAL. 37, 3-6).
Si aún seguimos pensando que no comprendemos la razón por la que somos atribulados, leamos atentamente las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 5-8).
Con respecto a la indecisión, recordemos la vocación del Profeta Jeremías: (JER. 1, 4-10. 17-19).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que fortaleció a Jeremías para que lo sirviera en sus hermanos de raza, que nos ayude a vencer nuestras dificultades.
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Los predilectos de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Los predilectos de Dios.
Meditación de ST. 2, 1-5.
Estimados hermanos y amigos:
Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.
Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.
No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.
Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.
Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.
La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).
Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.
¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.
Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.
La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.
Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.
Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.
Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.
(MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.
Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.
San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).
San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).
(LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.
Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.
Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.
No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.
(LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.
Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.
(JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.
Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.
Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Los predilectos de Dios.
Meditación de ST. 2, 1-5.
Estimados hermanos y amigos:
Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.
Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.
No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.
Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.
Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.
La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).
Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.
¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.
Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.
La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.
Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.
Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.
Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.
(MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.
Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.
San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).
San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).
(LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.
Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.
Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.
No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.
(LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.
Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.
(JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.
Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.
Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
A Dios le importa más nuestra manera de ser que nuestra apariencia física. (Meditación de la primera lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
1. A Dios le importa más nuestra manera de ser que nuestra apariencia física.
Meditación de 1 SAM. 16, 1B. 6-7. 10-13A.
En nuestras sociedades, los personajes más importantes destacan por su poder, sus riquezas y su prestigio, pero para Dios, los hombres y mujeres más destacables, son aquellos que cumplen su voluntad. Nuestra apariencia física es muy importante, pero no le dice a nadie nada respecto de la fe que profesamos ni de nuestros valores. ¿Nos ocupamos en fortalecer nuestro espíritu tal como lo hacemos en tener un buen status social y en cuidar nuestro cuerpo?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 SAM. 16, 1B. 6-7. 10-13A.
En nuestras sociedades, los personajes más importantes destacan por su poder, sus riquezas y su prestigio, pero para Dios, los hombres y mujeres más destacables, son aquellos que cumplen su voluntad. Nuestra apariencia física es muy importante, pero no le dice a nadie nada respecto de la fe que profesamos ni de nuestros valores. ¿Nos ocupamos en fortalecer nuestro espíritu tal como lo hacemos en tener un buen status social y en cuidar nuestro cuerpo?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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