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Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima (15 de agosto).

   Meditación.

   1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.

   2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.

   En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios.    San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.

   Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.

   ¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?

   Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.

   A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI

   Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos.    Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.

   ¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?

   3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.

   4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.

   Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma. Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la Misa del día de la solemnidad de la Asunción de María al cielo (15 de agosto).

   Misa del día.

   Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.

   Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.

   Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.

   Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).

   Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.

   Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.

   Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.

   Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.

   Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.

   Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.

   Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.

   Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.

   Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.

   Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.

   Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.

   Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.

   Oremos:

Oración del Cardenal Mercier



Os voy a revelar un Secreto

para ser santo y dichoso.

Si todos los días, durante cinco minutos,

sabéis hacer callar vuestra imaginación,

cerráis los ojos a las cosas sensibles

y los oídos a todos los rumores de la tierra,

para penetrar en vosotros mismos, y allí,

en el santuario de vuestra alma bautizada,

que es el templo del Espíritu Santo,

habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:



“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!

Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;

dime que debo hacer, dame tus órdenes;

te prometo someterme a todo lo que desees de mí

y aceptar todo lo que permitas que me suceda:

hazme tan sólo conocer tu voluntad”.



Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,

serena y llena de consuelo, aun en medio

de las penas, porque la gracia será en proporción

a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,

y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados

de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo

es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).

   2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 1, 39-56.

   3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).

   El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.

   No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.

   María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.

   María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.

   3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).

   Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.

   Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.

   Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.

   Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.

   Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.

   3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).

   "Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.

   Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.

   Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.

   Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.

   3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).

   Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?

   Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.

   Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.

   3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).

   (Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.

   De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.

   Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.

   3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).

   Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.

   Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.

   María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).

   3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).

   Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.

   Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.

   3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).

   Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.

   El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.

   Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.

   Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.

   El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.

   3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).

   Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.

   No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:

   "¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).

   De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.

   3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).

   (FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.

   1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.

   2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.

   3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.

   Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.

   3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).

   A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.

   3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).

   San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.

   Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.

   Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.

   3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
   2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
   3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
   4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
   5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
   6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
   7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
   8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
   9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?

   3-2.

   10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
   11. ¿Carecemos de fe en Dios?
   12. ¿Se nos está debilitando la fe?
   13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
   14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
   15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
   16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
   17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
   18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
   19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?

   3-3.

   20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
   21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
   22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
   23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
   24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?

   3-4.

   25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
   26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
   27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
   28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?

   3-5.

   29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
   30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
   31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
   32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?

   3-6.

   33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
   34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
   35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
   36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
   37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?

   3-7.

   38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
   39. ¿Por qué nos alegraremos?

   3-8.

   40. ¿Por qué causas nos alegramos?
   41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
   42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
   43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
   44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
   45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
   46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
   47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
   48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
   49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
   50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
   51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
   52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?

   3-9.

   53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
   54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
   55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
   56. ¿Qué es el temor de Dios?
   57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?

   3-10.

   58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
   59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
   60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
   61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
   62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?

   3-11.

   63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
   64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?

   3-12.

   65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
   66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
   67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
   68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
   69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
   70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.

   Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.

   8. Oración final.

   Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

El dogma de la Inmaculada Concepción de María. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   El dogma de la Inmaculada Concepción de María.

   María de Nazaret, -la Madre de Nuestro Señor Jesucristo-, siempre ha sido digna de la veneración de todos los cristianos. Dos ejemplos de ello lo constituyen San Lucas el Evangelista, en cuya primera obra describe con gran belleza los pasajes relacionados con la Madre del Redentor de la humanidad, y Dionisio el Aeropagita, quien llegó a decir que, si San Pablo, -su maestro-, no le hubiera dado a conocer a Dios, hubiera confundido a la Madre de Jesús con el Todopoderoso.

   El dogma que celebramos en esta ocasión, sostiene que, desde el momento de su Concepción, el alma de María Santísima fue libre de la mancha del pecado original, que, según afirma la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, nos caracteriza a todos. Atendamos a las palabras de San Pablo: (ROM. 5, 12).

   Al hablar de "todos" en su Carta a los Romanos, el Apóstol no tuvo en cuenta a Enoc y a Elías, quienes fueron llevados al cielo en vida, sin que experimentaran la muerte (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11).

   Al no estar marcada por el pecado original, Nuestra Santa Madre pudo vivir sin cometer ni un solo pecado.

   Si todos nacemos con la mácula del pecado original, ¿por qué María fue un caso excepcional? Dios le concedió el don de la pureza perfecta a Nuestra Santa Madre para que pudiera dar a luz a su Hijo. Recordemos que si el amor de Dios no tiene límites, su justicia ha de ejecutarse a su tiempo, así pues, en virtud de la misma, el Hijo del Todopoderoso tenía que nacer de una mujer cuya alma fuese perfecta -es decir, pura y santa-.

   María de Nazaret también murió, pero, al tener el privilegio de no haber estado marcada por el pecado de nuestros ancestros, se cumplieron en ella las siguientes palabras del Apóstol: (ROM. 6, 23B).

   Al no necesitar ser purificada del pecado, María fue ascendida al cielo en cuerpo y alma, sin que experimentara la corrupción del sepulcro, sin que le fuera necesario esperar la llegada del fin de los tiempos para recuperar la vida, tal como nos sucederá a nosotros, cuando fallezcamos.

   El desconocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas eclesiásticas que desgraciadamente caracteriza a la mayoría de nuestros hermanos católicos, ha logrado que se extienda la confusión entre el dogma de la Inmaculada Concepción de María, y la enseñanza de la virginidad de la Madre de Nuestro salvador, por la que sabemos que el Mesías vino al mundo de una mujer virgen. No confundamos la Inmaculada Concepción, que afirma que María fue concebida sin estar marcada por la mancha del pecado original, con la Virginidad de María, por la que sabemos que Jesús se hizo Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo.

   Son muchos los que creen que cuando los Papas proclaman los dogmas tienen la pretensión de aumentar el poder mental que ejercen sobre los católicos, aprovechándose de que dichos dogmas son irrebatibles, -es decir, los católicos que no los aceptan, dejan de pertenecer a la fundación de Cristo-. Dado que la aceptación de los dogmas es de crucial importancia para los hijos de la Iglesia, ello causa el hecho de que las creencias se gesten en la Iglesia durante muchos siglos, con tal de que podamos tener la seguridad de que sólo llegan a ser creencias indispensables (dogmas de fe), aquellas que se consideran veraces por la gran mayoría de los creyentes. San Bernardo de Clarabal y Santo Tomás de Aquino se opusieron a la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Al citar este dato histórico, sólo pretendo recordar que, antes de proclamar los dogmas, la Iglesia espera que las creencias que hace indispensables se arraiguen en la gran mayoría de los creyentes. A partir del año 1854, la creencia en la Inmaculada Concepción de María dejó de ser una idea a debatir, porque el Papa Pío IX, proclamó la misma como un dogma esencial para la fe de la Iglesia.

   ¿Por qué no aceptan todos los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima? Ello sucede porque ningún bersículo bíblico afirma textualmente que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por el pecado original. A pesar de ello, ¿podría haber nacido el Hijo del Dios perfecto de una mujer necesitada de la perfección divina?

   Durante los siglos que la Iglesia espera que una creencia se haga indispensable para la gran mayoría de los creyentes, los Papas, sin promocionar dicha creencia, esperan con tal de averiguar si dicha idea se difunde. Si ello sucede, y existe en la Biblia una base que apoye dicha creencia, se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo desea que dicha creencia sea proclamada como dogma indispensable, por lo que la Iglesia actúa en consecuencia.

   Aunque en la Biblia no se puede leer textualmente que María nació estando libre de la mácula del pecado original, a lo largo de muchos siglos de historia, el Espíritu Santo le ha descubierto a la Iglesia que el dogma que hoy celebramos se contiene en la Biblia. Sé que muchos de mis lectores me preguntarán: ¿No se ha difundido la idea de que todas las revelaciones bíblicas concluyeron cuando San Juan cerró el Nuevo Testamento con su Apocalipsis o Revelación? A quienes manifiesten este pensamiento, Jesús les da una gran sorpresa por medio de San Juan el Evangelista, pues nos dice las palabras que encontramos en JN. 16, 12.

   Si el culto mariano hubiera surgido con la fuerza de que goza actualmente en el siglo I, muchos creyentes hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis. Una vez desaparecido el culto a tal diosa, ¿qué inconveniente existe para que veneremos a la Madre de Jesús?

   Las verdades que Dios quiere que conozcamos fueron escritas en la Biblia, pero las mismas nos son reveladas a través del paso de los siglos, cuando nos conviene conocerlas.

   Dios tuvo en cuenta a María desde que creó el mundo, y Adán y Eva le desobedecieron, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a la serpiente, las palabras que leemos en GN. 3, 15.

   El linaje de la nueva Eva, -es decir, la descendencia de María Santísima-, son los hijos de la Iglesia. Los descendientes del diablo (la serpiente), son quienes rechazan a Dios, a pesar de que le conocen y tienen pruebas lo suficientemente acreditables como para creer en Él. Ambos linajes están enemistados. Jesucristo, por su Pasión, muerte y Resurrección, es el vencedor de Satanás el Demonio y sus secuaces. Jesucristo es Nuestro Redentor, y, desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Santo Padre dispuso que su Hijo naciera de María (GÁL. 4, 4).

   Los protestantes no aceptan los dogmas marianos defendidos por los católicos. Ellos dicen que María fue una pecadora común, porque dijo de Jesús que Nuestro Señor es su Salvador en su oración (LC. 1, 47).

   María no fue afectada por el pecado original, pero Jesús fue su Salvador. ¿Por qué? Porque, por una concesión especial del Espíritu Santo, fue distinguida entre el común de los mortales, para poder ser la Madre de Nuestro Redentor, para que tanto el amor como la justicia divinos no se contradijeran, así pues, vemos cómo en el Antiguo Testamento Dios no se les manifestó personalmente a sus creyentes, con tal que su justicia no actuara contra los pecadores, pero nunca dejó de proteger a sus hijos, por causa del amor con que les amó.

   SE nos hace necesario interpretar la Biblia sin cometer errores. Debemos distinguir en qué medida se dice en la Biblia que somos pecadores al mismo tiempo que se narran experiencias de justos, -es decir, gente de fe que practicaba la justicia-. Veamos un ejemplo de ello: (ROM. 3, 10-12. 23; LC. 1, 5-6).

   Si según el texto de la Carta a los Romanos que hemos recordado, no existe nadie que busque a Dios y que sea justo, ¿cómo se explican la fe y la justicia de los padres de San Juan el Bautista?

   Zacarías y Elisabeth obtuvieron del Espíritu Santo la virtud de la fe, gracias a la cual, fueron justos en la presencia de Dios.

   Por otra parte, si nadie busca a Dios, ¿por qué Cornelio se esforzó en conocer a Nuestro Creador? (HCH. 10, 3-5).

   Si en el mundo no hay justos desde el punto de vista de los protestantes, porque todos somos pecadores, ¿cómo se explica el siguiente texto?: (ST. 5, 16).

   De la misma manera que hay justos en un mundo de injustos, María Santísima pudo ser concebida como mujer de perfectísima pureza, porque Dios quiso que ello sucediera.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

María, amor y dulzura. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   María, amor y dulzura.

   Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).

   Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.

   He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.

   Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?

   Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.

   Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.

   En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.

   Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.

   ¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.

   Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com