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Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima (15 de agosto).

   Meditación.

   1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.

   2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.

   En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios.    San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.

   Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.

   ¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?

   Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.

   A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI

   Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos.    Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.

   ¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?

   3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.

   4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.

   Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan. (Meditación para la solemnidad de la Ascensión de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan.

   ¿Cuáles son las razones por las que los católicos creemos que María fue asunta al cielo? El año 1854, el Papa Pío IX proclamó como verdad de fe indiscutible que María Santísima fue preservada del pecado y de los efectos del mismo a partir del momento de su concepción. El uno de noviembre del año 1950, el Papa Pío XII, en la Constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, promulgó “el Dogma de la Asunción de María”. Aunque muchas denominaciones cristianas opositoras del Catolicismo afirman que la Iglesia se inventó este dogma para potenciar el culto idolátrico a María, sabemos que a partir del siglo VI empezó a celebrarse la fiesta de “la Dormición de María”. La Madre de Jesús ha sido muy estimada por los católicos de todos los tiempos, así pues, no nos equivocamos al suponer que Nuestra Señora fue respetada en gran manera a partir de la fundación de la Iglesia, así pues, aunque sabemos que la Madre de Dios y de la Iglesia fue asunta al cielo tres años después de que Jesús nos redimiera, no hemos de hacer un gran esfuerzo para saber que, a pesar de la discriminación de que eran víctimas las mujeres del tiempo en que vivió Nuestra Santa Madre, ella debió aportar su granito de arena para que se difundiera la Iglesia primitiva de Jerusalén, no dando grandes discursos ni haciendo grandes prodigios, sino predicándoles a quienes quisieran oír el mensaje que tenía que comunicarles (HCH. 1, 12-15).

   En estos días, muchos católicos españoles están molestos porque el Gobierno se plantea la posibilidad de quitar los símbolos religiosos de los colegios y de otras instituciones públicas, así pues, los símbolos que para unos son muy importantes, para otros son imágenes violentas o fetiches que conviene eliminar. Este hecho, más que indignarnos a los creyentes, puede hacernos pensar si, a pesar de que el 87 por ciento de la población de los españoles se confiesa católica, si estamos actuando como verdaderos cristianos en el medio en que vivimos. Para responder afirmativa -o negativamente- esta consideración que estamos haciendo, podemos pensar en el avance que están teniendo en mi país otras denominaciones cristianas que están llevándose a su terreno a muchos de nuestros hermanos en la fe que tienen problemas de cualquier índole que les afectan psicológicamente y carecen del conocimiento de la Palabra de Dios.

   Estas son las razones por las que la Iglesia afirma que María fue asunta al cielo, a pesar de que ese hecho no aparece en la Biblia:

   1. Como la Iglesia afirma que María jamás cometió pecado alguno, entiende que no `pudo morir sin resucitar inmediatamente, ya que comprende que la descomposición del cuerpo es la consecuencia de incurrir en el incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (ROM. 6, 23). Al no estar sometida a la ley bajo la que perecemos todos los mortales, Nuestra Santa Madre podía entrar en el cielo en cuerpo y alma.

   2. Ya que María es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, entendemos que Él, de la misma forma que se sometió al Padre siendo consustancial a Nuestro Criador por amor, no debió permitir que el cuerpo de la mujer que le dedicó muchos años de su vida y le concedió la existencia y una educación excelente muriera sin resucitarlo.

   3. Como el cuerpo de María fue un tabernáculo consagrado a Jesús, -es decir, como Nuestra Santa Madre permaneció virgen durante los años que se prolongó su vida-, entendemos que su pureza fue tenida en cuenta por Dios para que no sufriera la corrupción de su cuerpo.

   4. María no sólo asistió a la obra redentora de Jesús, sino que participó en la misma de una manera excepcional, ya que su Hijo amado fue asesinado y tenido por pecador, a pesar de que quienes le conocían, independientemente de que le amaran o le despreciaran, sabían perfectamente que Nuestro Señor fue un fiel ejemplo a imitar por todos sus discípulos.

   Los que no aceptan el dogma de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, utilizan la Biblia, manipulando la misma, para echar por tierra los argumentos católicos a favor de esta verdad de fe, los cuales se apoyan en la misma Palabra de Dios, así pues, en el Evangelio de San Lucas, leemos (LC. 1, 26-28, y 41-42).

   Como algunos católicos sienten cierto recelo con respecto al Papa y a los Obispos, y no aceptan el dogma de la Asunción de María porque el mismo no aparece en la Biblia, y quizás no saben que ya a partir del siglo IV aparecieron ciertos evangelios apócrifos (no reconocidos por la Iglesia), en los que se hablaba de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, estos pueden llegar a interpretar algunos textos bíblicos siguiendo las indicaciones de otras denominaciones cristianas, cuyos adeptos pretenden separarlos de nosotros.

   (HCH. 6, 8). Aunque es fácil distinguir a María Santísima del Diácono San Esteban, muchos argumentan contra el dogma de la Asunción de María que el citado mártir de la fe también estaba lleno de la gracia de Dios, y que la Biblia no dice del mismo por esta causa que fue ascendido al cielo. Estos hermanos de quienes muchos no han sido instruidos en conformidad con la fe católica en el conocimiento de la Biblia, ignoran que en las Sagradas Escrituras no se dice que Esteban participó en la redención de la humanidad ni mucho menos que fue padre de Jesús, así pues, en la Biblia se dice de este Santo que fue un Diácono ejemplar en la vivencia de su fe y en la realización de las actividades que le fueron encomendadas por Dios y los Apóstoles del Mesías.

   (JC. 5, 24). Entendemos que de Yael también se dice en la Biblia que fue bendita de Dios, pero en el texto sagrado no se le atribuyen las cualidades de Nuestra Señora, ni se afirma que esta mujer fue santificada por las causas que nos sirven a los católicos para aceptar como verdadero el dogma de la Asunción de María al cielo.

   (1 PE. 3, 18). Quienes afirman que Jesús fue resucitado con un cuerpo espiritual y no conciben la idea de que está sentado a la derecha del Padre en el cielo, según manifestamos al rezar el Credo para concienciarnos de  que Nuestro Señor intercede ante el Padre por nosotros, afirman que Cristo es un espíritu vivo, ya que en el citado versículo bíblico se dice -según ellos- del Mesías que el Señor resucitó, no como un ser espiritual, sino como un espíritu, es decir, interpretan la Biblia tal como mejor explicitan sus creencias. Cristo resucitó con un cuerpo espiritual, y , decir que está en el cielo sentado a la diestra del Padre, equivale a decir, que ocupa el lugar de honor que mereció, por redimir a la humanidad, así pues, al ser Dios, siempre fue Rey.

   (1 COR. 15, 50). Quienes creen que en el cielo vivirá un grupo selecto de humanos con cuerpo espiritual, los cuales serán cogobernantes con Cristo en el nuevo orden mundial que esperamos, utilizan el citado versículo paulino para decir que María no pudo ser asunta al cielo corporalmente, de manera que interpretan la Biblia tal como favorecen sus creencias, ignorando este otro texto de San Pablo: (1 COR. 15, 45-49).

   De la misma forma que somos partícipes de la naturaleza de Adán, el cual nos sumió en las miserias que caracterizan nuestra vida por la comisión del pecado de origen, seremos transfigurados y configurados según la imagen física y espiritual de Cristo Resucitado al final de los tiempos, así pues, María no sólo fue asunta al cielo por las razones expuestas al principio de esta meditación, pues ella había de ser Nuestra predecesora e intercesora ante el Padre, para pedirle que concluya la plena instauración del Reino mesiánico entre nosotros.

   Las denominaciones cristianas que proclaman constantemente a pesar de las veces que han fallado en sus profecías que el mundo está a punto de extinguirse, afirman que María no pudo ser asunta al cielo, pues ella, los Apóstoles y sus líderes religiosos no habrán de resucitar, hasta que ellos crean que se ha iniciado la cuenta atrás para que se acabe el mundo actual.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. (15 de agosto).

   Meditación.

   Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.

   ¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?

   Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.

   María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.

   Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:

   "Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."

   María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.

   Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.

   Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.

   La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.

   No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.

   Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El dogma de la Inmaculada Concepción de María. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   El dogma de la Inmaculada Concepción de María.

   María de Nazaret, -la Madre de Nuestro Señor Jesucristo-, siempre ha sido digna de la veneración de todos los cristianos. Dos ejemplos de ello lo constituyen San Lucas el Evangelista, en cuya primera obra describe con gran belleza los pasajes relacionados con la Madre del Redentor de la humanidad, y Dionisio el Aeropagita, quien llegó a decir que, si San Pablo, -su maestro-, no le hubiera dado a conocer a Dios, hubiera confundido a la Madre de Jesús con el Todopoderoso.

   El dogma que celebramos en esta ocasión, sostiene que, desde el momento de su Concepción, el alma de María Santísima fue libre de la mancha del pecado original, que, según afirma la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, nos caracteriza a todos. Atendamos a las palabras de San Pablo: (ROM. 5, 12).

   Al hablar de "todos" en su Carta a los Romanos, el Apóstol no tuvo en cuenta a Enoc y a Elías, quienes fueron llevados al cielo en vida, sin que experimentaran la muerte (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11).

   Al no estar marcada por el pecado original, Nuestra Santa Madre pudo vivir sin cometer ni un solo pecado.

   Si todos nacemos con la mácula del pecado original, ¿por qué María fue un caso excepcional? Dios le concedió el don de la pureza perfecta a Nuestra Santa Madre para que pudiera dar a luz a su Hijo. Recordemos que si el amor de Dios no tiene límites, su justicia ha de ejecutarse a su tiempo, así pues, en virtud de la misma, el Hijo del Todopoderoso tenía que nacer de una mujer cuya alma fuese perfecta -es decir, pura y santa-.

   María de Nazaret también murió, pero, al tener el privilegio de no haber estado marcada por el pecado de nuestros ancestros, se cumplieron en ella las siguientes palabras del Apóstol: (ROM. 6, 23B).

   Al no necesitar ser purificada del pecado, María fue ascendida al cielo en cuerpo y alma, sin que experimentara la corrupción del sepulcro, sin que le fuera necesario esperar la llegada del fin de los tiempos para recuperar la vida, tal como nos sucederá a nosotros, cuando fallezcamos.

   El desconocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas eclesiásticas que desgraciadamente caracteriza a la mayoría de nuestros hermanos católicos, ha logrado que se extienda la confusión entre el dogma de la Inmaculada Concepción de María, y la enseñanza de la virginidad de la Madre de Nuestro salvador, por la que sabemos que el Mesías vino al mundo de una mujer virgen. No confundamos la Inmaculada Concepción, que afirma que María fue concebida sin estar marcada por la mancha del pecado original, con la Virginidad de María, por la que sabemos que Jesús se hizo Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo.

   Son muchos los que creen que cuando los Papas proclaman los dogmas tienen la pretensión de aumentar el poder mental que ejercen sobre los católicos, aprovechándose de que dichos dogmas son irrebatibles, -es decir, los católicos que no los aceptan, dejan de pertenecer a la fundación de Cristo-. Dado que la aceptación de los dogmas es de crucial importancia para los hijos de la Iglesia, ello causa el hecho de que las creencias se gesten en la Iglesia durante muchos siglos, con tal de que podamos tener la seguridad de que sólo llegan a ser creencias indispensables (dogmas de fe), aquellas que se consideran veraces por la gran mayoría de los creyentes. San Bernardo de Clarabal y Santo Tomás de Aquino se opusieron a la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Al citar este dato histórico, sólo pretendo recordar que, antes de proclamar los dogmas, la Iglesia espera que las creencias que hace indispensables se arraiguen en la gran mayoría de los creyentes. A partir del año 1854, la creencia en la Inmaculada Concepción de María dejó de ser una idea a debatir, porque el Papa Pío IX, proclamó la misma como un dogma esencial para la fe de la Iglesia.

   ¿Por qué no aceptan todos los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima? Ello sucede porque ningún bersículo bíblico afirma textualmente que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por el pecado original. A pesar de ello, ¿podría haber nacido el Hijo del Dios perfecto de una mujer necesitada de la perfección divina?

   Durante los siglos que la Iglesia espera que una creencia se haga indispensable para la gran mayoría de los creyentes, los Papas, sin promocionar dicha creencia, esperan con tal de averiguar si dicha idea se difunde. Si ello sucede, y existe en la Biblia una base que apoye dicha creencia, se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo desea que dicha creencia sea proclamada como dogma indispensable, por lo que la Iglesia actúa en consecuencia.

   Aunque en la Biblia no se puede leer textualmente que María nació estando libre de la mácula del pecado original, a lo largo de muchos siglos de historia, el Espíritu Santo le ha descubierto a la Iglesia que el dogma que hoy celebramos se contiene en la Biblia. Sé que muchos de mis lectores me preguntarán: ¿No se ha difundido la idea de que todas las revelaciones bíblicas concluyeron cuando San Juan cerró el Nuevo Testamento con su Apocalipsis o Revelación? A quienes manifiesten este pensamiento, Jesús les da una gran sorpresa por medio de San Juan el Evangelista, pues nos dice las palabras que encontramos en JN. 16, 12.

   Si el culto mariano hubiera surgido con la fuerza de que goza actualmente en el siglo I, muchos creyentes hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis. Una vez desaparecido el culto a tal diosa, ¿qué inconveniente existe para que veneremos a la Madre de Jesús?

   Las verdades que Dios quiere que conozcamos fueron escritas en la Biblia, pero las mismas nos son reveladas a través del paso de los siglos, cuando nos conviene conocerlas.

   Dios tuvo en cuenta a María desde que creó el mundo, y Adán y Eva le desobedecieron, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a la serpiente, las palabras que leemos en GN. 3, 15.

   El linaje de la nueva Eva, -es decir, la descendencia de María Santísima-, son los hijos de la Iglesia. Los descendientes del diablo (la serpiente), son quienes rechazan a Dios, a pesar de que le conocen y tienen pruebas lo suficientemente acreditables como para creer en Él. Ambos linajes están enemistados. Jesucristo, por su Pasión, muerte y Resurrección, es el vencedor de Satanás el Demonio y sus secuaces. Jesucristo es Nuestro Redentor, y, desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Santo Padre dispuso que su Hijo naciera de María (GÁL. 4, 4).

   Los protestantes no aceptan los dogmas marianos defendidos por los católicos. Ellos dicen que María fue una pecadora común, porque dijo de Jesús que Nuestro Señor es su Salvador en su oración (LC. 1, 47).

   María no fue afectada por el pecado original, pero Jesús fue su Salvador. ¿Por qué? Porque, por una concesión especial del Espíritu Santo, fue distinguida entre el común de los mortales, para poder ser la Madre de Nuestro Redentor, para que tanto el amor como la justicia divinos no se contradijeran, así pues, vemos cómo en el Antiguo Testamento Dios no se les manifestó personalmente a sus creyentes, con tal que su justicia no actuara contra los pecadores, pero nunca dejó de proteger a sus hijos, por causa del amor con que les amó.

   SE nos hace necesario interpretar la Biblia sin cometer errores. Debemos distinguir en qué medida se dice en la Biblia que somos pecadores al mismo tiempo que se narran experiencias de justos, -es decir, gente de fe que practicaba la justicia-. Veamos un ejemplo de ello: (ROM. 3, 10-12. 23; LC. 1, 5-6).

   Si según el texto de la Carta a los Romanos que hemos recordado, no existe nadie que busque a Dios y que sea justo, ¿cómo se explican la fe y la justicia de los padres de San Juan el Bautista?

   Zacarías y Elisabeth obtuvieron del Espíritu Santo la virtud de la fe, gracias a la cual, fueron justos en la presencia de Dios.

   Por otra parte, si nadie busca a Dios, ¿por qué Cornelio se esforzó en conocer a Nuestro Creador? (HCH. 10, 3-5).

   Si en el mundo no hay justos desde el punto de vista de los protestantes, porque todos somos pecadores, ¿cómo se explica el siguiente texto?: (ST. 5, 16).

   De la misma manera que hay justos en un mundo de injustos, María Santísima pudo ser concebida como mujer de perfectísima pureza, porque Dios quiso que ello sucediera.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre.

   Meditación.

   A pesar de que el relato del Génesis (GN. 3, 9-15. 20) que estamos meditando tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cual se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.

   El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la vulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.

   En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar.

   ¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer?

   ¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno?

   Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a Nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.

   La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la responsabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido -o no hemos podido- llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe corregir a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, Nuestro Padre celestial, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy adecuadamente lo que en el pasado hicimos como no debimos. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos que nuestros pecados no nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.

   (GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable.

   ¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva?

   ¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido?

   Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ningún hecho que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto Nuestro Criador es Nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de la experiencia que hemos adquirido para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, Nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a Nuestro Creador, siempre que se lo permitamos.

   ¿Somos idólatras al considerar que María es Nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin Nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural, porque Ella fue elegida, para ser su Madre.

   Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que tenemos la posibilidad de ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de Nuestro Padre común.

   El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, Nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.

   Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por Nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que Nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a Él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo de parte del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.

   El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a Nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:

Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía (Desconozco el autor).

   María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrificarnos para favorecer a Nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de Nuestro Padre común?

   San Gabriel, -el ángel del cual nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy-, le dijo a Nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó la aceptación de aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad?

   De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque Nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por Nuestro Santo Padre.

   Os transcribo una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que Nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cual todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.

   Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.

   Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.

   Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.

   Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.

   Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debemos desistir de superar lo que creemos que es superior a nuestras fuerzas, pues Ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.

   El amor de Nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?

   Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como Nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.

   El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.

   La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha servido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que  María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
   Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazarena como la más dulce melodía, pero, cuando Nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo, para evitar su futuro asesinato, en el caso de que fueran descubiertas y delatadas (LV. 20, 10).

   Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta, y de que no se riera del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su pariente Elisabeth, la cual estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos según indica la Historia que se hacía en aquél tiempo, aunque San Lucas nos dice que Nuestra Santa Madre fue muy respetada por su pariente. Conozco a muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no  pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.

    Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo. A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, Él siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de Nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.

   Pienso que podríamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.

   María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo (MT. 2, 13-15). Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica matanza de los Santos Inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes (MT. 2, 16-18).

   María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén (LC. 2, 41-51). Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría increada.

   José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues Él se resistía a hacerlo, porque sabía que la ejecución de aquel prodigio, constituía el comienzo de su camino, que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante, al ver a quien constituye la razón de  su existencia desangrándose y asfixiándose en una cruz, sosteniéndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda debilitada produciéndole un dolor mortal.

   Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que San Juan ejercía sobre ella (JN. 19, 25-27), los ojos de María vertieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruida su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues Él era la razón por la que cuando reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.

   María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo,  y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados y santificados.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Dios se hace presente en nuestra vida ordinaria. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la solemnidad de la Inmaculada Conncepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima (8 de diciembre).

   Dios se hace presente en nuestra vida ordinaria.

   Ejercicio de Lectio Divina de LC. 1, 26-38.

   Nota: Encontraréis más información referente al Evangelio que consideramos en esta ocasión, en la meditación 3. del apartado 6. del ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo A.

   Lectura introductoria: GN. 3, 15.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación esforzándonos para que nuestras ocupaciones y preocupaciones no nos impidan gozar de nuestro encuentro con el Señor, pues Él se hace presente en nuestras vidas, para iluminarnos con su Palabra.

   Orar es elevar nuestra voz al cielo, teniendo la certeza de que Dios escucha nuestras peticiones y acciones de gracias.

   Orar es hacer el bien, con la certeza de que nuestras manos son las manos con que Nuestro Santo Padre cuenta, para beneficiar a sus hijos los hombres.

   Orar es alegrarnos de tener el privilegio de haber sido congregados por Nuestro Padre común, ora en los templos en que se haga este ejercicio de Lectio Divina en grupos de oración, ora en los hogares en que leamos y oremos este trabajo, con nuestros familiares o individualmente.

   Orar es pedirle a Dios la sencillez con que Nuestra Santa Madre acogió a Jesús como Madre, después de disponerse a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre celestial.

   Orar es saber que nuestra vida cristiana no debe sucumbir ante las contrariedades que la caracterizan, cuando se nos juzga por el mal que no hemos hecho, y cuando no se comprende la fe que profesamos.

   Orar es abrirnos a la novedad del Dios que quiere hacer de la humanidad una familia que vive amándose y sirviéndose constantemente.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, luz que iluminas nuestro entendimiento, y sabiduría que anhelamos para no perder la fe que nos caracteriza:

   Ayúdanos a interpretar el texto bíblico que vamos a considerar, haznos dóciles como lo fue María Santísima para acoger el mensaje que le transmitió San Gabriel, y haznos también mensajeros para el mundo, como lo fue San Gabriel para Nuestra Santa Madre, para que el Evangelio siga siendo predicado, hasta que nuestra tierra sea el Reino del Dios Uno y Trino. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 1, 26-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 1, 26-38.

   3-1. El Arcángel San Gabriel fue enviado a Nazaret (LC. 1, 26).

   Nazaret estaba en la ruta de Palestina más concurrida por soldados romanos y mercaderes paganos. Cuando Jesús vivió en Palestina, los judíos despreciaban a los extranjeros, -los consideraban como perros-, porque sus antepasados habían sido dominados en el pasado por diferentes civilizaciones, y ellos estaban subyugados por los romanos. Debido a la citada discriminación que caracterizaba a los hermanos de raza de Jesús con respecto a los paganos porque se jactaban de que Dios solo los consideraba a ellos como su propiedad personal y despreciaba a los gentiles, los habitantes de Nazaret eran mal vistos por los habitantes de Jerusalén, -la capital del país, el centro de la adoración a Yahveh-, porque entre ellos había gente con muy buena posición social, que tenía el dinero necesario para cumplir escrupulosamente sus 613 prescripciones legales, las cuales les exigían distanciarse de los gentiles -o paganos-, por considerarlos pecadores irremisibles.

   Jesús nació en Belén, pero se instaló en Nazaret durante los años de su tierna infancia, y creció allí, hasta hacerse Hombre. Jesús partió de Nazaret a encontrarse con San Juan Bautista en el río Jordán, para ser bautizado por el Profeta, e iniciar su Ministerio público. A pesar de que Nuestro Señor vivió muchos años en Nazaret, pasó inadvertidamente entre sus parientes y vecinos, de tal manera, que ninguno de los tales tuvo la menor sospecha, de que convivía con el Mesías, y, cuando Jesús se les reveló como enviado de Dios en su Sinagoga, no solo lo rechazaron, sino que intentaron despeñarlo por un barranco (LC. 4, 12-30), porque ellos anhelaban un mesías guerrero que expulsara a los romanos de su tierra, y Nuestro Señor se les presentó como un Mesías sufriente, que vino al mundo para demostrarnos que Dios nos ama, no promoviendo la violencia, sino extinguiendo las miserias humanas, entre las que destaca la falta de amor de unos hombres para con otros, pues la misma es la causante de muchas enfermedades y situaciones de pobreza, y hace que muchos mueran, víctimas del odio y el sin sentido.

   3-2. San Gabriel se le manifestó a Nuestra Señora (LC. 1, 27-28).

   Los judíos creían que la juventud era signo de inexperiencia vital, y por tanto del desconocimiento de Dios. Ellos también creían que la pobreza era un castigo que Dios les infringía a los pecadores, y que las mujeres eran inferiores a los hombres, y por ello las tales tenían que obedecer a sus padres si eran solteras, o a sus maridos si estaban casadas, y tenían que rehusar a tomar decisiones importantes concernientes a sus vidas, hasta el punto de que sus padres y maridos podían romper las promesas que las tales les hacían a Dios según su Ley religiosa, si no estaban de acuerdo con las mismas (NÚM. 30, 4-16).

   ¿Por qué quiso Dios nacer de una joven y pobre mujer? Los católicos que tenemos algún conocimiento de nuestras creencias, podemos responder esta pregunta satisfactoriamente. Nuestra Santa Madre nació con el privilegio de no estar marcada por la mácula original con que todos nacemos. Fue por ello que Dios la eligió para que fuera Madre del Salvador de la humanidad, a pesar de que, por ser joven, pobre y mujer, ello no era acorde con las creencias de los hermanos de raza de Nuestra Santa Madre.

   Según los judíos, por ser joven, pobre y mujer, María no podría haber sido utilizada por Dios para llevar a cabo ninguna misión importante, pero, a pesar de ello, Nuestro Santo Padre depositó su confianza en Ella, -porque sabía que no lo iba a decepcionar-, para que llevara a cabo uno de los actos de obediencia más grandes de todos los tiempos.

   A Dios, más que la riqueza económica de sus siervos, le interesa el amor que le manifiestan, y la disposición con que lo sirven desinteresadamente, en sus hijos los hombres.

   A Dios no le sirve de nada el hecho de que adquiramos grandes conocimientos teológicos, si nos guardamos los mismos en nuestro interior, y no los predicamos para que otros los conozcan, ni los utilizamos para hacer el bien.

   3-3. María recibió un anuncio tan maravilloso como sorprendente (LC. 1, 29-31).

   Recuerdo el caso de una señora que cometió el error de concederle a su hija de doce años el capricho de dejar de estudiar, para que pudiera sentirse libre de cargas según ella, para poder dedicarse a su novio. Aquella niña no tardó en irse de la casa de sus padres con un novio que, cuando les presentó a la niña a sus padres, lo obligaron a dejarla, sin ni siquiera darle el dinero que necesitaba para volver a casa de sus padres, que la esperaban a unos 700KM de distancia. Cuando la niña se vio sola, empezó a prostituirse con el pensamiento de reunir el dinero que necesitaba para volver a su tierra, pero se encontró con gente que conocía por haberla visto en su pueblo que se compadeció de ella, y la ayudó a volver con sus padres, sin cobrarle nada por los días que la hospedó y alimentó, ni por el billete de autobús que le compró, para que pudiera volver a estar con su familia.

   La niña llegó al pueblo contando aventuras que para ella habían sido divertidísimas, dando la impresión de que se sentía como una heroína. Cuando comprendió que no podía seguir siendo un juguete para los hombres, se enfrentó a su madre, y la culpó por haberle permitido dejar sus estudios siendo tan joven. La madre me buscó llorando para que la consolara, y yo, que soy muy sincero, y me gusta hablar claramente, le dije que a los hijos no solo se les ama dándoles besos y comprándoles regalos, pues también se les ama corrigiéndoles, cuando se sabe que van a cometer errores. A los hijos hay que corregirlos en muchos aspectos antes de que alcancen la mayoría de edad, para que, cuando sean adultos, sean personas de provecho. A los hijos hay que corregirlos con dulzura, y con firmeza.

   ¿Por qué os he contado esta historia? Conozco predicadores desconocedores de las dificultades que puede atraernos la predicación de la Palabra de Dios, que esperan trabajar exitosamente haciéndose famosos por ello, y, consecuentemente, esperan ser bendecidos por Dios automáticamente, por desarrollar la actividad religiosa en que se desenvuelven. Dios no deja sin recompensa a nadie que le sirva, a no ser que se dé el caso de que le sirvamos interesadamente, y nos deje sin premiar, hasta que imitemos su conducta de dar, sin esperar nada a cambio, por los servicios que le prestamos, en sus hijos los hombres.

   Para María era un honor ser la Madre del Mesías. No olvidemos que en aquel tiempo había una comunidad religiosa cuyos integrantes vivían siendo célibes para acelerar la venida del Mesías al mundo, y que, según una antigua tradición, Nuestra Santa Madre hizo un voto de virginidad perpetua, para contribuir a acelerar el día en que habría de nacer Nuestro Salvador.

   Por aceptar ser la Madre de Dios, María se expuso a que muchos de sus familiares y amigos la despreciaran y se burlaran de ella, y a que José la denunciara, para que fuera asesinada, por haber cometido adulterio, contra él. Aunque María no le pidió ninguna señal a San Gabriel que le demostrara la veracidad del mensaje que le transmitió, apenas supo que Elisabeth estaba embarazada, fue a verla y servirla, y dado que Elisabeth sabía que María estaba embarazada, ello fue la señal que le sirvió a Nuestra Santa Madre, para terminar de depositar su plena confianza en Dios.

   Jesús vino al mundo, y José lo aceptó como hijo adoptivo, concediéndole, ante la Ley, todos los derechos que hubiera tenido, un hijo que hubiera sido engendrado por el Patrón de la Iglesia Universal, y Nuestra Santa Madre. Sin embargo, los sufrimientos no terminaron cuando José aceptó la paternidad del Mesías, pues Nuestro Señor fue rechazado por su pueblo, y murió crucificado, sin ser merecedor de tal castigo.

   Ya que en Jesús está depositada la esperanza de sus creyentes de alcanzar la salvación, porque sabemos que resucitó como triunfador sobre el pecado, el sufrimiento y la muerte, llamamos a María Bienaventurada, porque halló gracia en la presencia de Dios, y, según la fe católica, permanece en el cielo junto a su Hijo, después de haber vivido como ejemplar creyente.

   Si la bendición que constituyen nuestros diversos sufrimientos nos entristece, pensemos en las vivencias de Nuestra Santa Madre, y esperemos pacientemente que Dios acabe de hacer el trabajo de redimirnos, sirviéndose de nuestras circunstancias dolorosas.

   3-4. Serás la Madre del Rey de Israel (LC. 1, 31-33).

   Tal como Moisés condujo a los hebreos por el desierto después de liberarlos de la esclavitud de Egipto en el Nombre poderoso de Yahveh, y Josué los introdujo en la tierra prometida, si meditamos la Palabra de Jesús, y la aplicamos a nuestras vidas, descubrimos en el Señor a un nuevo Moisés que nos adoctrina para que seamos fieles hijos de Dios, y a un nuevo Josué, que nos tiene abiertas las puertas del cielo, por medio de la recepción de los Sacramentos, el estudio de la Biblia, la práctica incesante de la oración, y el ejercicio de la caridad cristiana, en favor de quienes más necesitan, nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   En el poderoso Nombre de Jesús, enfermos fueron curados, se llevaron a cabo exorcismos, y se perdonaron pecados.

   ¿Qué podríamos hacer nosotros en este preciso instante, si el Nombre de Jesús fuera pronunciado sobre nosotros después de que un ministro del Señor nos impusiera las manos, para que trabajáramos en la viña del Señor?

   Dios le prometió al Rey David que su reinado se prolongaría por siempre (2 SAM. 7, 12-15). Dado que David y sus descendientes murieron, -incluso el Reino de Israel se dividió en dos reinos en tiempos del nieto de David-, está claro que David no es el Rey eterno que ha de cumplir la promesa de redimir a la humanidad, pues ello solo le pudo corresponder a Jesús, quien, se diferenció de David, en que jamás cometió ningún pecado.

   3-5. María interrogó a San Gabriel (LC. 1, 34).

   3-5-1. La Virginidad de María.

   Los cristianos estamos divididos a la hora de interpretar el versículo bíblico que estamos considerando. Quienes piensan que los sobrinos de María y José de quienes se habla en la Biblia son hijos de los tales, -y por tanto hermanos carnales de Jesús-, interpretan LC. 1, 34, de la siguiente manera: ¿Cómo es posible que me suceda esto, si no me he relacionado aún con ningún hombre?

   Quienes creemos que los citados personajes son primos de Jesús, interpretamos LC, 1, 34, de la siguiente manera, en atención a la tradición en la que creemos: ¿Cómo es posible que yo quede embarazada, si nunca me relacioné con ningún hombre, y he hecho un voto de virginidad perpetua?

   La polémica que mantenemos los cristianos referente a este tema es muy grande, porque, aunque en el tiempo de Jesús los esenios vivían siendo célibes para acelerar la venida del Mesías al mundo, para muchos creyentes y no creyentes, el hecho de privarse de mantener relaciones sexuales, carece totalmente de sentido.

   3-5-2. ¿Cómo pudo María Santísima concebir un Hijo siendo Virgen?

   Es muy difícil creer que Jesús nació de una mujer virgen. San Lucas, -el autor del texto que estamos meditando-, era médico, y conocía perfectamente cómo se forman los niños. Para un médico como San Lucas debió ser muy difícil creer en el Nacimiento virginal de Jesús, pero, a pesar de ello, lo aceptó, lo predicó de viva voz, y lo escribió como un hecho crucial, que, si es aceptado por nosotros, engrandece la fe que nos caracteriza, por la dificultad que entraña el hecho de creerlo.

   San Lucas basó sus dos libros en los informes que obtuvo de diversas fuentes, entre las que destacan los testimonios de fe de muchos testigos presenciales de los hechos que narra. Dicho Evangelista, -según una antigua tradición-, obtuvo el relato de los dos primeros capítulos de su Evangelio, de labios de María Santísima. San Lucas creyó ciegamente que Jesús nació de las purísimas entrañas de Nuestra Santa Madre, así pues, esta es la causa por la que hizo expresarse en su primera obra a San Gabriel en el pasaje de la Anunciación, y a Nuestra Santa Madre en el pasaje de la Visitación, en términos poéticos.

   3-6. El Espíritu Santo iluminó a María Santísima (LC. 1, 35).

   ¿Cómo pudo una hija de Adán llegar a ser la Madre de Dios? Ya que no estuvo marcada por el efecto del pecado original, Nuestra Santa Madre recibió el Espíritu Santo, y el poder de Dios la cubrió con su sombra, convirtiéndola en Templo viviente de la Divinidad, en que Jesús, -la Palabra de Dios-, se hizo Hombre (JN. 1, 14).

   Si María Santísima llegó a ser templo viviente de Dios, el Niño que nació de Ella, fue llamado Santo, pues Jesús tampoco estuvo afectado por el pecado original de nuestros ancestros, pues sus Padres, -Dios y María-, son plenamente puros y Santos.

   El primer Adán desobedeció a Dios, e hizo que toda la humanidad padeciera el efecto de su desobediencia (ROM. 5, 12). Jesús, -el segundo Adán-, al estar libre de la citada mácula, fue nuestro sustituto en la cruz para librarnos de las consecuencias del pecado original, y de nuestras transgresiones personales, en el cumplimiento de los Mandamientos divinos.

   Tanto Adán como Jesús fueron humanizados por Dios, quien los hizo hombres puros. Ambos tomaron la decisión que consideraron más oportuna. Adán quiso perfeccionarse al margen de Dios, fracasó rotundamente, y nos perjudicó a todos, porque logró que apareciera el mal en el mundo. Por su parte, Jesús, a pesar de que es el Dios perfecto, quiso perfeccionarse como Hombre, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Optamos por ser imitadores de Adán, o de Jesús?

   3-7. El embarazo de Elisabeth fortaleció la fe de María, quien se dispuso a servir a su pariente (LC. 1, 36-38).

   María recibió la noticia de su Maternidad divina, cuando su pariente Elisabeth llevaba seis meses en estado de gestación. Dios nos llama a servirle en medio de los acontecimientos de la Historia de la salvación. No somos los personajes más relevantes de dicha Historia, pero se nos ha concedido la dicha de ser actores de la misma. ¿Empujaremos los acontecimientos que vivimos de manera que contribuyan a la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros?

   Elisabeth concibió un hijo en su vejez, cuando probablemente se había resignado pensando que jamás podría ser madre, y sabía que la gente siempre la despreciaría, considerándola maldita de Dios. No dejemos nunca de soñar. Dios cumplirá la doble promesa de hacernos felices si sabemos aceptar nuestras circunstancias vitales, y de concedernos la vida eterna, más allá de nuestros posibles sufrimientos actuales.

   Para Dios nada hay imposible, pero, cuando nuestra fe flaquea, y desconfiamos tanto de nosotros, como de los hombres y de Dios, la realización de nuestros sueños, es totalmente imposible.

   Aunque los traductores de la Biblia de Jerusalén ponen en boca de María la expresión "he aquí la esclava del Señor", para hacernos comprensible la lectura del texto que estamos meditando, Nuestra Santa Madre no dijo de Sí que era la esclava del Señor, sino la sierva, la que lo sirve voluntariamente. Por eso San Gabriel volvió al cielo, para decirle a Nuestro Santo Padre, que había concluido la misión que le había encomendado, y que, Nuestra Santa Madre, se sentía feliz, porque se convirtió en el Templo vivo de Dios.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 26-38 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. San Gabriel fue enviado a Nazaret cuando se cumplió el sexto mes de gestación de la madre de San Juan el Bautista. ¿Qué significa en nuestras vidas el citado sexto mes?
   2. ¿Está relacionado el significado del sexto mes con el hecho de que Dios nos llama a servirlo en nuestros prójimos los hombres en el momento idóneo para ello?
   3. ¿Por qué eligió Dios un pequeño pueblo para que su Hijo naciera, y no permitió que Nuestro Redentor naciera en la capital de Israel, en la que estaba el Templo, que era el centro de adoración nacional?
   4. ¿Por qué el Dios Todopoderoso no desea que sus hijos marginemos a nadie por ninguna circunstancia?
   5. Muchos judíos se jactaban de que Dios actuaba como ellos, pues creían que Yahveh despreciaba a los gentiles. ¿Nos hemos creado un dios a nuestra imagen y semejanza, a quien hemos dotado con nuestras virtudes y defectos, o nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios predicado por Jesús?
   6. Jesús pasó muchos años en Nazaret viviendo como cualquiera de sus vecinos pobres. Aunque Jesús es el Enviado de Dios al mundo, Nuestro Señor vivió humildemente. En lo que respecta a nosotros, ¿servimos a Dios humildemente, o lo hacemos para aparentar la devoción y la bondad que deberían caracterizarnos?

   3-2.

   7. San Gabriel le dijo a María que se alegrara, porque el Señor estaba con ella. ¿Creemos que el Señor se manifiesta en nuestras vidas?
   8. ¿Recordamos alguna ocasión en que sentimos de una manera especial la presencia de Dios en alguna circunstancia que vivimos?
   9. ¿Por qué Jesús nació de una mujer joven y pobre?
   10. ¿Creemos que hombres y mujeres tenemos la misma dignidad? ¿Por qué?
   11. ¿Pensamos que las mujeres son marginadas en las denominaciones religiosas cristianas y en nuestras sociedades? ¿Por qué?
   12. ¿Podríamos hacer algo para que dejen de darse situaciones de marginalidad que afecten a las mujeres y a otros colectivos?
   13. ¿Por qué le confía Dios misiones importantes a gente de la que desconfía parte de la sociedad en la que vive?
   14. ¿Cuáles son las cualidades que más valora Dios en sus siervos? ¿Por qué?
   15. ¿De qué nos aprovecha tener muchos conocimientos teológicos, si no los predicamos, ni los utilizamos para hacer el bien?

   3-3.

   16. María se atemorizó cuando San Gabriel la saludó, porque se consideraba pequeña para recibir un trato especial. ¿Destacamos en el medio en que vivimos porque somos humildes, o preferimos ser prepotentes?
   17. San Gabriel le dijo a Nuestra Santa Madre que no temiera, porque halló gracia delante del Señor. ¿Creemos que el Señor ilumina nuestras vidas con los dones del Espíritu Santo y su Palabra cuando sufrimos, o nos sentimos desamparados por Dios en esos momentos?
   18. ¿Cómo explicamos el hecho de que Dios no les impida sufrir a sus siervos?
   19. ¿Podemos pedirle a Dios que nos demuestre que existe por medio de la realización de prodigios? ¿Por qué?

   3-4.

   20. ¿Acogemos las enseñanzas de Jesús?
   21. ¿Cómo podemos demostrar que somos seguidores de Jesús?
   22. ¿Qué hicieron Moisés y Josué para que hayan sido comparados con Nuestro Señor en el apartado 3-4 de este ejercicio de Lectio Divina?
   23. ¿Por qué podemos estudiar la Biblia, poner en práctica todo lo que aprendemos de la misma, y orar?
   24. ¿Qué nos sucedería si dejáramos de estudiar la Biblia, si evitáramos poner en práctica lo aprendido en nuestras horas de formación, o si nos negáramos a orar?

   3-5.

   3-5-1.

   25. ¿Es cierto que María fue Virgen antes y después de dar a luz a Jesús?
   26. ¿Sabríamos responder la pregunta anterior aportando razones para defender lo que creemos por si alguien contradice la fe católica ante nosotros?
   27. ¿Por qué creemos los católicos que María fue Virgen antes y después de dar a luz a Jesús?
   28. Si María siempre fue Virgen, ¿por qué se habla en la Biblia de los hermanos de Jesús?
   29. ¿Por qué creemos los católicos que María hizo un voto de Virginidad perpetua, que José respetó fielmente?

   3-5-2.

   30. ¿Qué sentido tenía el celibato en el tiempo en que vivió Jesús?
   31. ¿Qué sentido tiene el celibato en nuestro tiempo?
   32. ¿Es posible creer plenamente que Jesús nació de una mujer Virgen?
   33. ¿Son compatibles la fe y la ciencia, si tenemos en cuenta que, aunque la primera nos informa de las realidades intangibles, y la segunda de las realidades tangibles, ambas tienen el fin de averiguar la verdad?
   34. ¿Por qué un médico como San Lucas creyó y predicó el Nacimiento virginal de Jesús?
   35. ¿Por qué decimos que San Lucas es el Evangelista de la misericordia, y el pintor de María?

   3-6.

   36. Aunque carezcamos de la pureza de Nuestra Santa Madre, ¿creemos que somos templos vivos de Dios? ¿Por qué?
   37. ¿Qué nos falta hacer para que nuestras almas sean dignas moradas del Dios Uno y Trino?
   38. ¿Por qué María y Jesús no padecieron los efectos del pecado original, según la fe cristiano-católica?
   39. ¿Qué diferencia hay entre la conducta del primer Adán y la conducta de Jesús, el segundo Adán?
   40. ¿Qué diferencia hay entre la conducta de Eva y la conducta de María, la segunda Eva?
   41. ¿Qué consiguió Adán al querer perfeccionarse al margen de Dios?
   42. ¿Qué logró Jesús al redimirnos cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre?

   3-7.

   43. ¿Creemos que para Dios no hay nada imposible?
   44. ¿Servimos a Dios como siervos, o como esclavos?
   45. ¿Podemos hacer algo para apresurar la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
   46. ¿Puede hacernos felices Dios en este mundo, o la promesa de hacernos dichosos solo se refiere a nuestra futura vivencia en el cielo?

   5. Lecturas relacionadas.

   Leamos en nuestras Biblias I SAM. 1 y JC. 13, considerando los hechos milagrosos, característicos de los citados textos.

   6. Contemplación.

   Contemplemos al Dios que nos llama para hacer cosas grandes en nuestras vidas, mientras lo conocemos por medio del estudio de la Biblia y los documentos de la Iglesia, practicamos lo que aprendemos viviendo piadosamente y haciendo el bien, y nos familiarizamos con Él, por medio de la oración.

   Contemplemos a Nuestro Salvador, que se hizo débil para hacernos fuertes.

   Contemplemos a Jesús, quien se hizo pequeño para hacernos grandes, y murió y resucitó, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama.

   Contemplemos a Nuestra Santa Madre, y hagamos de Ella nuestro ejemplo de fe a imitar.

   Contemplémonos posponiendo el cumplimiento de la voluntad de Dios, unas veces por pereza, y otras por falta de fe.

   Contemplémonos cuando nos conformamos prestándole a Dios un pequeño servicio, y no nos esforzamos en servirlo más y mejor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 26-38.

   Adoptemos el compromiso de hacer de Jesús y María nuestros ejemplos de fe a imitar, especialmente cuando tengamos que servir a Dios en nuestros prójimos los hombres, y cuando suframos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal.

   Padre bueno:

   Tú que elegiste a una joven y pobre mujer para que fuera la Madre de Jesús, ayúdame a no ser soberbio, y a vivir cumpliendo tu voluntad constantemente.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 69, en actitud de oración.

José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com