Meditación.
1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.
2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.
En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios. San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.
Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.
¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?
Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.
A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI
Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos. Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.
¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?
3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.
4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.
Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan. (Meditación para la solemnidad de la Ascensión de María Santísima. 15 de agosto).
Meditación.
La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan.
¿Cuáles son las razones por las que los católicos creemos que María fue asunta al cielo? El año 1854, el Papa Pío IX proclamó como verdad de fe indiscutible que María Santísima fue preservada del pecado y de los efectos del mismo a partir del momento de su concepción. El uno de noviembre del año 1950, el Papa Pío XII, en la Constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, promulgó “el Dogma de la Asunción de María”. Aunque muchas denominaciones cristianas opositoras del Catolicismo afirman que la Iglesia se inventó este dogma para potenciar el culto idolátrico a María, sabemos que a partir del siglo VI empezó a celebrarse la fiesta de “la Dormición de María”. La Madre de Jesús ha sido muy estimada por los católicos de todos los tiempos, así pues, no nos equivocamos al suponer que Nuestra Señora fue respetada en gran manera a partir de la fundación de la Iglesia, así pues, aunque sabemos que la Madre de Dios y de la Iglesia fue asunta al cielo tres años después de que Jesús nos redimiera, no hemos de hacer un gran esfuerzo para saber que, a pesar de la discriminación de que eran víctimas las mujeres del tiempo en que vivió Nuestra Santa Madre, ella debió aportar su granito de arena para que se difundiera la Iglesia primitiva de Jerusalén, no dando grandes discursos ni haciendo grandes prodigios, sino predicándoles a quienes quisieran oír el mensaje que tenía que comunicarles (HCH. 1, 12-15).
En estos días, muchos católicos españoles están molestos porque el Gobierno se plantea la posibilidad de quitar los símbolos religiosos de los colegios y de otras instituciones públicas, así pues, los símbolos que para unos son muy importantes, para otros son imágenes violentas o fetiches que conviene eliminar. Este hecho, más que indignarnos a los creyentes, puede hacernos pensar si, a pesar de que el 87 por ciento de la población de los españoles se confiesa católica, si estamos actuando como verdaderos cristianos en el medio en que vivimos. Para responder afirmativa -o negativamente- esta consideración que estamos haciendo, podemos pensar en el avance que están teniendo en mi país otras denominaciones cristianas que están llevándose a su terreno a muchos de nuestros hermanos en la fe que tienen problemas de cualquier índole que les afectan psicológicamente y carecen del conocimiento de la Palabra de Dios.
Estas son las razones por las que la Iglesia afirma que María fue asunta al cielo, a pesar de que ese hecho no aparece en la Biblia:
1. Como la Iglesia afirma que María jamás cometió pecado alguno, entiende que no `pudo morir sin resucitar inmediatamente, ya que comprende que la descomposición del cuerpo es la consecuencia de incurrir en el incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (ROM. 6, 23). Al no estar sometida a la ley bajo la que perecemos todos los mortales, Nuestra Santa Madre podía entrar en el cielo en cuerpo y alma.
2. Ya que María es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, entendemos que Él, de la misma forma que se sometió al Padre siendo consustancial a Nuestro Criador por amor, no debió permitir que el cuerpo de la mujer que le dedicó muchos años de su vida y le concedió la existencia y una educación excelente muriera sin resucitarlo.
3. Como el cuerpo de María fue un tabernáculo consagrado a Jesús, -es decir, como Nuestra Santa Madre permaneció virgen durante los años que se prolongó su vida-, entendemos que su pureza fue tenida en cuenta por Dios para que no sufriera la corrupción de su cuerpo.
4. María no sólo asistió a la obra redentora de Jesús, sino que participó en la misma de una manera excepcional, ya que su Hijo amado fue asesinado y tenido por pecador, a pesar de que quienes le conocían, independientemente de que le amaran o le despreciaran, sabían perfectamente que Nuestro Señor fue un fiel ejemplo a imitar por todos sus discípulos.
Los que no aceptan el dogma de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, utilizan la Biblia, manipulando la misma, para echar por tierra los argumentos católicos a favor de esta verdad de fe, los cuales se apoyan en la misma Palabra de Dios, así pues, en el Evangelio de San Lucas, leemos (LC. 1, 26-28, y 41-42).
Como algunos católicos sienten cierto recelo con respecto al Papa y a los Obispos, y no aceptan el dogma de la Asunción de María porque el mismo no aparece en la Biblia, y quizás no saben que ya a partir del siglo IV aparecieron ciertos evangelios apócrifos (no reconocidos por la Iglesia), en los que se hablaba de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, estos pueden llegar a interpretar algunos textos bíblicos siguiendo las indicaciones de otras denominaciones cristianas, cuyos adeptos pretenden separarlos de nosotros.
(HCH. 6, 8). Aunque es fácil distinguir a María Santísima del Diácono San Esteban, muchos argumentan contra el dogma de la Asunción de María que el citado mártir de la fe también estaba lleno de la gracia de Dios, y que la Biblia no dice del mismo por esta causa que fue ascendido al cielo. Estos hermanos de quienes muchos no han sido instruidos en conformidad con la fe católica en el conocimiento de la Biblia, ignoran que en las Sagradas Escrituras no se dice que Esteban participó en la redención de la humanidad ni mucho menos que fue padre de Jesús, así pues, en la Biblia se dice de este Santo que fue un Diácono ejemplar en la vivencia de su fe y en la realización de las actividades que le fueron encomendadas por Dios y los Apóstoles del Mesías.
(JC. 5, 24). Entendemos que de Yael también se dice en la Biblia que fue bendita de Dios, pero en el texto sagrado no se le atribuyen las cualidades de Nuestra Señora, ni se afirma que esta mujer fue santificada por las causas que nos sirven a los católicos para aceptar como verdadero el dogma de la Asunción de María al cielo.
(1 PE. 3, 18). Quienes afirman que Jesús fue resucitado con un cuerpo espiritual y no conciben la idea de que está sentado a la derecha del Padre en el cielo, según manifestamos al rezar el Credo para concienciarnos de que Nuestro Señor intercede ante el Padre por nosotros, afirman que Cristo es un espíritu vivo, ya que en el citado versículo bíblico se dice -según ellos- del Mesías que el Señor resucitó, no como un ser espiritual, sino como un espíritu, es decir, interpretan la Biblia tal como mejor explicitan sus creencias. Cristo resucitó con un cuerpo espiritual, y , decir que está en el cielo sentado a la diestra del Padre, equivale a decir, que ocupa el lugar de honor que mereció, por redimir a la humanidad, así pues, al ser Dios, siempre fue Rey.
(1 COR. 15, 50). Quienes creen que en el cielo vivirá un grupo selecto de humanos con cuerpo espiritual, los cuales serán cogobernantes con Cristo en el nuevo orden mundial que esperamos, utilizan el citado versículo paulino para decir que María no pudo ser asunta al cielo corporalmente, de manera que interpretan la Biblia tal como favorecen sus creencias, ignorando este otro texto de San Pablo: (1 COR. 15, 45-49).
De la misma forma que somos partícipes de la naturaleza de Adán, el cual nos sumió en las miserias que caracterizan nuestra vida por la comisión del pecado de origen, seremos transfigurados y configurados según la imagen física y espiritual de Cristo Resucitado al final de los tiempos, así pues, María no sólo fue asunta al cielo por las razones expuestas al principio de esta meditación, pues ella había de ser Nuestra predecesora e intercesora ante el Padre, para pedirle que concluya la plena instauración del Reino mesiánico entre nosotros.
Las denominaciones cristianas que proclaman constantemente a pesar de las veces que han fallado en sus profecías que el mundo está a punto de extinguirse, afirman que María no pudo ser asunta al cielo, pues ella, los Apóstoles y sus líderes religiosos no habrán de resucitar, hasta que ellos crean que se ha iniciado la cuenta atrás para que se acabe el mundo actual.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan.
¿Cuáles son las razones por las que los católicos creemos que María fue asunta al cielo? El año 1854, el Papa Pío IX proclamó como verdad de fe indiscutible que María Santísima fue preservada del pecado y de los efectos del mismo a partir del momento de su concepción. El uno de noviembre del año 1950, el Papa Pío XII, en la Constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, promulgó “el Dogma de la Asunción de María”. Aunque muchas denominaciones cristianas opositoras del Catolicismo afirman que la Iglesia se inventó este dogma para potenciar el culto idolátrico a María, sabemos que a partir del siglo VI empezó a celebrarse la fiesta de “la Dormición de María”. La Madre de Jesús ha sido muy estimada por los católicos de todos los tiempos, así pues, no nos equivocamos al suponer que Nuestra Señora fue respetada en gran manera a partir de la fundación de la Iglesia, así pues, aunque sabemos que la Madre de Dios y de la Iglesia fue asunta al cielo tres años después de que Jesús nos redimiera, no hemos de hacer un gran esfuerzo para saber que, a pesar de la discriminación de que eran víctimas las mujeres del tiempo en que vivió Nuestra Santa Madre, ella debió aportar su granito de arena para que se difundiera la Iglesia primitiva de Jerusalén, no dando grandes discursos ni haciendo grandes prodigios, sino predicándoles a quienes quisieran oír el mensaje que tenía que comunicarles (HCH. 1, 12-15).
En estos días, muchos católicos españoles están molestos porque el Gobierno se plantea la posibilidad de quitar los símbolos religiosos de los colegios y de otras instituciones públicas, así pues, los símbolos que para unos son muy importantes, para otros son imágenes violentas o fetiches que conviene eliminar. Este hecho, más que indignarnos a los creyentes, puede hacernos pensar si, a pesar de que el 87 por ciento de la población de los españoles se confiesa católica, si estamos actuando como verdaderos cristianos en el medio en que vivimos. Para responder afirmativa -o negativamente- esta consideración que estamos haciendo, podemos pensar en el avance que están teniendo en mi país otras denominaciones cristianas que están llevándose a su terreno a muchos de nuestros hermanos en la fe que tienen problemas de cualquier índole que les afectan psicológicamente y carecen del conocimiento de la Palabra de Dios.
Estas son las razones por las que la Iglesia afirma que María fue asunta al cielo, a pesar de que ese hecho no aparece en la Biblia:
1. Como la Iglesia afirma que María jamás cometió pecado alguno, entiende que no `pudo morir sin resucitar inmediatamente, ya que comprende que la descomposición del cuerpo es la consecuencia de incurrir en el incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (ROM. 6, 23). Al no estar sometida a la ley bajo la que perecemos todos los mortales, Nuestra Santa Madre podía entrar en el cielo en cuerpo y alma.
2. Ya que María es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, entendemos que Él, de la misma forma que se sometió al Padre siendo consustancial a Nuestro Criador por amor, no debió permitir que el cuerpo de la mujer que le dedicó muchos años de su vida y le concedió la existencia y una educación excelente muriera sin resucitarlo.
3. Como el cuerpo de María fue un tabernáculo consagrado a Jesús, -es decir, como Nuestra Santa Madre permaneció virgen durante los años que se prolongó su vida-, entendemos que su pureza fue tenida en cuenta por Dios para que no sufriera la corrupción de su cuerpo.
4. María no sólo asistió a la obra redentora de Jesús, sino que participó en la misma de una manera excepcional, ya que su Hijo amado fue asesinado y tenido por pecador, a pesar de que quienes le conocían, independientemente de que le amaran o le despreciaran, sabían perfectamente que Nuestro Señor fue un fiel ejemplo a imitar por todos sus discípulos.
Los que no aceptan el dogma de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, utilizan la Biblia, manipulando la misma, para echar por tierra los argumentos católicos a favor de esta verdad de fe, los cuales se apoyan en la misma Palabra de Dios, así pues, en el Evangelio de San Lucas, leemos (LC. 1, 26-28, y 41-42).
Como algunos católicos sienten cierto recelo con respecto al Papa y a los Obispos, y no aceptan el dogma de la Asunción de María porque el mismo no aparece en la Biblia, y quizás no saben que ya a partir del siglo IV aparecieron ciertos evangelios apócrifos (no reconocidos por la Iglesia), en los que se hablaba de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, estos pueden llegar a interpretar algunos textos bíblicos siguiendo las indicaciones de otras denominaciones cristianas, cuyos adeptos pretenden separarlos de nosotros.
(HCH. 6, 8). Aunque es fácil distinguir a María Santísima del Diácono San Esteban, muchos argumentan contra el dogma de la Asunción de María que el citado mártir de la fe también estaba lleno de la gracia de Dios, y que la Biblia no dice del mismo por esta causa que fue ascendido al cielo. Estos hermanos de quienes muchos no han sido instruidos en conformidad con la fe católica en el conocimiento de la Biblia, ignoran que en las Sagradas Escrituras no se dice que Esteban participó en la redención de la humanidad ni mucho menos que fue padre de Jesús, así pues, en la Biblia se dice de este Santo que fue un Diácono ejemplar en la vivencia de su fe y en la realización de las actividades que le fueron encomendadas por Dios y los Apóstoles del Mesías.
(JC. 5, 24). Entendemos que de Yael también se dice en la Biblia que fue bendita de Dios, pero en el texto sagrado no se le atribuyen las cualidades de Nuestra Señora, ni se afirma que esta mujer fue santificada por las causas que nos sirven a los católicos para aceptar como verdadero el dogma de la Asunción de María al cielo.
(1 PE. 3, 18). Quienes afirman que Jesús fue resucitado con un cuerpo espiritual y no conciben la idea de que está sentado a la derecha del Padre en el cielo, según manifestamos al rezar el Credo para concienciarnos de que Nuestro Señor intercede ante el Padre por nosotros, afirman que Cristo es un espíritu vivo, ya que en el citado versículo bíblico se dice -según ellos- del Mesías que el Señor resucitó, no como un ser espiritual, sino como un espíritu, es decir, interpretan la Biblia tal como mejor explicitan sus creencias. Cristo resucitó con un cuerpo espiritual, y , decir que está en el cielo sentado a la diestra del Padre, equivale a decir, que ocupa el lugar de honor que mereció, por redimir a la humanidad, así pues, al ser Dios, siempre fue Rey.
(1 COR. 15, 50). Quienes creen que en el cielo vivirá un grupo selecto de humanos con cuerpo espiritual, los cuales serán cogobernantes con Cristo en el nuevo orden mundial que esperamos, utilizan el citado versículo paulino para decir que María no pudo ser asunta al cielo corporalmente, de manera que interpretan la Biblia tal como favorecen sus creencias, ignorando este otro texto de San Pablo: (1 COR. 15, 45-49).
De la misma forma que somos partícipes de la naturaleza de Adán, el cual nos sumió en las miserias que caracterizan nuestra vida por la comisión del pecado de origen, seremos transfigurados y configurados según la imagen física y espiritual de Cristo Resucitado al final de los tiempos, así pues, María no sólo fue asunta al cielo por las razones expuestas al principio de esta meditación, pues ella había de ser Nuestra predecesora e intercesora ante el Padre, para pedirle que concluya la plena instauración del Reino mesiánico entre nosotros.
Las denominaciones cristianas que proclaman constantemente a pesar de las veces que han fallado en sus profecías que el mundo está a punto de extinguirse, afirman que María no pudo ser asunta al cielo, pues ella, los Apóstoles y sus líderes religiosos no habrán de resucitar, hasta que ellos crean que se ha iniciado la cuenta atrás para que se acabe el mundo actual.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. (15 de agosto).
Meditación.
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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El dogma de la Inmaculada Concepción de María. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
El dogma de la Inmaculada Concepción de María.
María de Nazaret, -la Madre de Nuestro Señor Jesucristo-, siempre ha sido digna de la veneración de todos los cristianos. Dos ejemplos de ello lo constituyen San Lucas el Evangelista, en cuya primera obra describe con gran belleza los pasajes relacionados con la Madre del Redentor de la humanidad, y Dionisio el Aeropagita, quien llegó a decir que, si San Pablo, -su maestro-, no le hubiera dado a conocer a Dios, hubiera confundido a la Madre de Jesús con el Todopoderoso.
El dogma que celebramos en esta ocasión, sostiene que, desde el momento de su Concepción, el alma de María Santísima fue libre de la mancha del pecado original, que, según afirma la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, nos caracteriza a todos. Atendamos a las palabras de San Pablo: (ROM. 5, 12).
Al hablar de "todos" en su Carta a los Romanos, el Apóstol no tuvo en cuenta a Enoc y a Elías, quienes fueron llevados al cielo en vida, sin que experimentaran la muerte (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11).
Al no estar marcada por el pecado original, Nuestra Santa Madre pudo vivir sin cometer ni un solo pecado.
Si todos nacemos con la mácula del pecado original, ¿por qué María fue un caso excepcional? Dios le concedió el don de la pureza perfecta a Nuestra Santa Madre para que pudiera dar a luz a su Hijo. Recordemos que si el amor de Dios no tiene límites, su justicia ha de ejecutarse a su tiempo, así pues, en virtud de la misma, el Hijo del Todopoderoso tenía que nacer de una mujer cuya alma fuese perfecta -es decir, pura y santa-.
María de Nazaret también murió, pero, al tener el privilegio de no haber estado marcada por el pecado de nuestros ancestros, se cumplieron en ella las siguientes palabras del Apóstol: (ROM. 6, 23B).
Al no necesitar ser purificada del pecado, María fue ascendida al cielo en cuerpo y alma, sin que experimentara la corrupción del sepulcro, sin que le fuera necesario esperar la llegada del fin de los tiempos para recuperar la vida, tal como nos sucederá a nosotros, cuando fallezcamos.
El desconocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas eclesiásticas que desgraciadamente caracteriza a la mayoría de nuestros hermanos católicos, ha logrado que se extienda la confusión entre el dogma de la Inmaculada Concepción de María, y la enseñanza de la virginidad de la Madre de Nuestro salvador, por la que sabemos que el Mesías vino al mundo de una mujer virgen. No confundamos la Inmaculada Concepción, que afirma que María fue concebida sin estar marcada por la mancha del pecado original, con la Virginidad de María, por la que sabemos que Jesús se hizo Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo.
Son muchos los que creen que cuando los Papas proclaman los dogmas tienen la pretensión de aumentar el poder mental que ejercen sobre los católicos, aprovechándose de que dichos dogmas son irrebatibles, -es decir, los católicos que no los aceptan, dejan de pertenecer a la fundación de Cristo-. Dado que la aceptación de los dogmas es de crucial importancia para los hijos de la Iglesia, ello causa el hecho de que las creencias se gesten en la Iglesia durante muchos siglos, con tal de que podamos tener la seguridad de que sólo llegan a ser creencias indispensables (dogmas de fe), aquellas que se consideran veraces por la gran mayoría de los creyentes. San Bernardo de Clarabal y Santo Tomás de Aquino se opusieron a la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Al citar este dato histórico, sólo pretendo recordar que, antes de proclamar los dogmas, la Iglesia espera que las creencias que hace indispensables se arraiguen en la gran mayoría de los creyentes. A partir del año 1854, la creencia en la Inmaculada Concepción de María dejó de ser una idea a debatir, porque el Papa Pío IX, proclamó la misma como un dogma esencial para la fe de la Iglesia.
¿Por qué no aceptan todos los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima? Ello sucede porque ningún bersículo bíblico afirma textualmente que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por el pecado original. A pesar de ello, ¿podría haber nacido el Hijo del Dios perfecto de una mujer necesitada de la perfección divina?
Durante los siglos que la Iglesia espera que una creencia se haga indispensable para la gran mayoría de los creyentes, los Papas, sin promocionar dicha creencia, esperan con tal de averiguar si dicha idea se difunde. Si ello sucede, y existe en la Biblia una base que apoye dicha creencia, se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo desea que dicha creencia sea proclamada como dogma indispensable, por lo que la Iglesia actúa en consecuencia.
Aunque en la Biblia no se puede leer textualmente que María nació estando libre de la mácula del pecado original, a lo largo de muchos siglos de historia, el Espíritu Santo le ha descubierto a la Iglesia que el dogma que hoy celebramos se contiene en la Biblia. Sé que muchos de mis lectores me preguntarán: ¿No se ha difundido la idea de que todas las revelaciones bíblicas concluyeron cuando San Juan cerró el Nuevo Testamento con su Apocalipsis o Revelación? A quienes manifiesten este pensamiento, Jesús les da una gran sorpresa por medio de San Juan el Evangelista, pues nos dice las palabras que encontramos en JN. 16, 12.
Si el culto mariano hubiera surgido con la fuerza de que goza actualmente en el siglo I, muchos creyentes hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis. Una vez desaparecido el culto a tal diosa, ¿qué inconveniente existe para que veneremos a la Madre de Jesús?
Las verdades que Dios quiere que conozcamos fueron escritas en la Biblia, pero las mismas nos son reveladas a través del paso de los siglos, cuando nos conviene conocerlas.
Dios tuvo en cuenta a María desde que creó el mundo, y Adán y Eva le desobedecieron, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a la serpiente, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
El linaje de la nueva Eva, -es decir, la descendencia de María Santísima-, son los hijos de la Iglesia. Los descendientes del diablo (la serpiente), son quienes rechazan a Dios, a pesar de que le conocen y tienen pruebas lo suficientemente acreditables como para creer en Él. Ambos linajes están enemistados. Jesucristo, por su Pasión, muerte y Resurrección, es el vencedor de Satanás el Demonio y sus secuaces. Jesucristo es Nuestro Redentor, y, desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Santo Padre dispuso que su Hijo naciera de María (GÁL. 4, 4).
Los protestantes no aceptan los dogmas marianos defendidos por los católicos. Ellos dicen que María fue una pecadora común, porque dijo de Jesús que Nuestro Señor es su Salvador en su oración (LC. 1, 47).
María no fue afectada por el pecado original, pero Jesús fue su Salvador. ¿Por qué? Porque, por una concesión especial del Espíritu Santo, fue distinguida entre el común de los mortales, para poder ser la Madre de Nuestro Redentor, para que tanto el amor como la justicia divinos no se contradijeran, así pues, vemos cómo en el Antiguo Testamento Dios no se les manifestó personalmente a sus creyentes, con tal que su justicia no actuara contra los pecadores, pero nunca dejó de proteger a sus hijos, por causa del amor con que les amó.
SE nos hace necesario interpretar la Biblia sin cometer errores. Debemos distinguir en qué medida se dice en la Biblia que somos pecadores al mismo tiempo que se narran experiencias de justos, -es decir, gente de fe que practicaba la justicia-. Veamos un ejemplo de ello: (ROM. 3, 10-12. 23; LC. 1, 5-6).
Si según el texto de la Carta a los Romanos que hemos recordado, no existe nadie que busque a Dios y que sea justo, ¿cómo se explican la fe y la justicia de los padres de San Juan el Bautista?
Zacarías y Elisabeth obtuvieron del Espíritu Santo la virtud de la fe, gracias a la cual, fueron justos en la presencia de Dios.
Por otra parte, si nadie busca a Dios, ¿por qué Cornelio se esforzó en conocer a Nuestro Creador? (HCH. 10, 3-5).
Si en el mundo no hay justos desde el punto de vista de los protestantes, porque todos somos pecadores, ¿cómo se explica el siguiente texto?: (ST. 5, 16).
De la misma manera que hay justos en un mundo de injustos, María Santísima pudo ser concebida como mujer de perfectísima pureza, porque Dios quiso que ello sucediera.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El dogma de la Inmaculada Concepción de María.
María de Nazaret, -la Madre de Nuestro Señor Jesucristo-, siempre ha sido digna de la veneración de todos los cristianos. Dos ejemplos de ello lo constituyen San Lucas el Evangelista, en cuya primera obra describe con gran belleza los pasajes relacionados con la Madre del Redentor de la humanidad, y Dionisio el Aeropagita, quien llegó a decir que, si San Pablo, -su maestro-, no le hubiera dado a conocer a Dios, hubiera confundido a la Madre de Jesús con el Todopoderoso.
El dogma que celebramos en esta ocasión, sostiene que, desde el momento de su Concepción, el alma de María Santísima fue libre de la mancha del pecado original, que, según afirma la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, nos caracteriza a todos. Atendamos a las palabras de San Pablo: (ROM. 5, 12).
Al hablar de "todos" en su Carta a los Romanos, el Apóstol no tuvo en cuenta a Enoc y a Elías, quienes fueron llevados al cielo en vida, sin que experimentaran la muerte (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11).
Al no estar marcada por el pecado original, Nuestra Santa Madre pudo vivir sin cometer ni un solo pecado.
Si todos nacemos con la mácula del pecado original, ¿por qué María fue un caso excepcional? Dios le concedió el don de la pureza perfecta a Nuestra Santa Madre para que pudiera dar a luz a su Hijo. Recordemos que si el amor de Dios no tiene límites, su justicia ha de ejecutarse a su tiempo, así pues, en virtud de la misma, el Hijo del Todopoderoso tenía que nacer de una mujer cuya alma fuese perfecta -es decir, pura y santa-.
María de Nazaret también murió, pero, al tener el privilegio de no haber estado marcada por el pecado de nuestros ancestros, se cumplieron en ella las siguientes palabras del Apóstol: (ROM. 6, 23B).
Al no necesitar ser purificada del pecado, María fue ascendida al cielo en cuerpo y alma, sin que experimentara la corrupción del sepulcro, sin que le fuera necesario esperar la llegada del fin de los tiempos para recuperar la vida, tal como nos sucederá a nosotros, cuando fallezcamos.
El desconocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas eclesiásticas que desgraciadamente caracteriza a la mayoría de nuestros hermanos católicos, ha logrado que se extienda la confusión entre el dogma de la Inmaculada Concepción de María, y la enseñanza de la virginidad de la Madre de Nuestro salvador, por la que sabemos que el Mesías vino al mundo de una mujer virgen. No confundamos la Inmaculada Concepción, que afirma que María fue concebida sin estar marcada por la mancha del pecado original, con la Virginidad de María, por la que sabemos que Jesús se hizo Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo.
Son muchos los que creen que cuando los Papas proclaman los dogmas tienen la pretensión de aumentar el poder mental que ejercen sobre los católicos, aprovechándose de que dichos dogmas son irrebatibles, -es decir, los católicos que no los aceptan, dejan de pertenecer a la fundación de Cristo-. Dado que la aceptación de los dogmas es de crucial importancia para los hijos de la Iglesia, ello causa el hecho de que las creencias se gesten en la Iglesia durante muchos siglos, con tal de que podamos tener la seguridad de que sólo llegan a ser creencias indispensables (dogmas de fe), aquellas que se consideran veraces por la gran mayoría de los creyentes. San Bernardo de Clarabal y Santo Tomás de Aquino se opusieron a la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Al citar este dato histórico, sólo pretendo recordar que, antes de proclamar los dogmas, la Iglesia espera que las creencias que hace indispensables se arraiguen en la gran mayoría de los creyentes. A partir del año 1854, la creencia en la Inmaculada Concepción de María dejó de ser una idea a debatir, porque el Papa Pío IX, proclamó la misma como un dogma esencial para la fe de la Iglesia.
¿Por qué no aceptan todos los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima? Ello sucede porque ningún bersículo bíblico afirma textualmente que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por el pecado original. A pesar de ello, ¿podría haber nacido el Hijo del Dios perfecto de una mujer necesitada de la perfección divina?
Durante los siglos que la Iglesia espera que una creencia se haga indispensable para la gran mayoría de los creyentes, los Papas, sin promocionar dicha creencia, esperan con tal de averiguar si dicha idea se difunde. Si ello sucede, y existe en la Biblia una base que apoye dicha creencia, se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo desea que dicha creencia sea proclamada como dogma indispensable, por lo que la Iglesia actúa en consecuencia.
Aunque en la Biblia no se puede leer textualmente que María nació estando libre de la mácula del pecado original, a lo largo de muchos siglos de historia, el Espíritu Santo le ha descubierto a la Iglesia que el dogma que hoy celebramos se contiene en la Biblia. Sé que muchos de mis lectores me preguntarán: ¿No se ha difundido la idea de que todas las revelaciones bíblicas concluyeron cuando San Juan cerró el Nuevo Testamento con su Apocalipsis o Revelación? A quienes manifiesten este pensamiento, Jesús les da una gran sorpresa por medio de San Juan el Evangelista, pues nos dice las palabras que encontramos en JN. 16, 12.
Si el culto mariano hubiera surgido con la fuerza de que goza actualmente en el siglo I, muchos creyentes hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis. Una vez desaparecido el culto a tal diosa, ¿qué inconveniente existe para que veneremos a la Madre de Jesús?
Las verdades que Dios quiere que conozcamos fueron escritas en la Biblia, pero las mismas nos son reveladas a través del paso de los siglos, cuando nos conviene conocerlas.
Dios tuvo en cuenta a María desde que creó el mundo, y Adán y Eva le desobedecieron, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a la serpiente, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
El linaje de la nueva Eva, -es decir, la descendencia de María Santísima-, son los hijos de la Iglesia. Los descendientes del diablo (la serpiente), son quienes rechazan a Dios, a pesar de que le conocen y tienen pruebas lo suficientemente acreditables como para creer en Él. Ambos linajes están enemistados. Jesucristo, por su Pasión, muerte y Resurrección, es el vencedor de Satanás el Demonio y sus secuaces. Jesucristo es Nuestro Redentor, y, desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Santo Padre dispuso que su Hijo naciera de María (GÁL. 4, 4).
Los protestantes no aceptan los dogmas marianos defendidos por los católicos. Ellos dicen que María fue una pecadora común, porque dijo de Jesús que Nuestro Señor es su Salvador en su oración (LC. 1, 47).
María no fue afectada por el pecado original, pero Jesús fue su Salvador. ¿Por qué? Porque, por una concesión especial del Espíritu Santo, fue distinguida entre el común de los mortales, para poder ser la Madre de Nuestro Redentor, para que tanto el amor como la justicia divinos no se contradijeran, así pues, vemos cómo en el Antiguo Testamento Dios no se les manifestó personalmente a sus creyentes, con tal que su justicia no actuara contra los pecadores, pero nunca dejó de proteger a sus hijos, por causa del amor con que les amó.
SE nos hace necesario interpretar la Biblia sin cometer errores. Debemos distinguir en qué medida se dice en la Biblia que somos pecadores al mismo tiempo que se narran experiencias de justos, -es decir, gente de fe que practicaba la justicia-. Veamos un ejemplo de ello: (ROM. 3, 10-12. 23; LC. 1, 5-6).
Si según el texto de la Carta a los Romanos que hemos recordado, no existe nadie que busque a Dios y que sea justo, ¿cómo se explican la fe y la justicia de los padres de San Juan el Bautista?
Zacarías y Elisabeth obtuvieron del Espíritu Santo la virtud de la fe, gracias a la cual, fueron justos en la presencia de Dios.
Por otra parte, si nadie busca a Dios, ¿por qué Cornelio se esforzó en conocer a Nuestro Creador? (HCH. 10, 3-5).
Si en el mundo no hay justos desde el punto de vista de los protestantes, porque todos somos pecadores, ¿cómo se explica el siguiente texto?: (ST. 5, 16).
De la misma manera que hay justos en un mundo de injustos, María Santísima pudo ser concebida como mujer de perfectísima pureza, porque Dios quiso que ello sucediera.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre.
Meditación.
A pesar de que el relato del Génesis (GN. 3, 9-15. 20) que estamos meditando tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cual se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.
El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la vulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.
En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar.
¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer?
¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno?
Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a Nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.
La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la responsabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido -o no hemos podido- llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe corregir a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, Nuestro Padre celestial, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy adecuadamente lo que en el pasado hicimos como no debimos. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos que nuestros pecados no nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.
(GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable.
¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva?
¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido?
Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ningún hecho que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto Nuestro Criador es Nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de la experiencia que hemos adquirido para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, Nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a Nuestro Creador, siempre que se lo permitamos.
¿Somos idólatras al considerar que María es Nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin Nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural, porque Ella fue elegida, para ser su Madre.
Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que tenemos la posibilidad de ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de Nuestro Padre común.
El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, Nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.
Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por Nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que Nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a Él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo de parte del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.
El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a Nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:
Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía (Desconozco el autor).
María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrificarnos para favorecer a Nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de Nuestro Padre común?
San Gabriel, -el ángel del cual nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy-, le dijo a Nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó la aceptación de aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad?
De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque Nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por Nuestro Santo Padre.
Os transcribo una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que Nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cual todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.
Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.
Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.
Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debemos desistir de superar lo que creemos que es superior a nuestras fuerzas, pues Ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.
El amor de Nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?
Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como Nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.
El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.
La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha servido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazarena como la más dulce melodía, pero, cuando Nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo, para evitar su futuro asesinato, en el caso de que fueran descubiertas y delatadas (LV. 20, 10).
Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta, y de que no se riera del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su pariente Elisabeth, la cual estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos según indica la Historia que se hacía en aquél tiempo, aunque San Lucas nos dice que Nuestra Santa Madre fue muy respetada por su pariente. Conozco a muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.
Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo. A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, Él siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de Nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.
Pienso que podríamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.
María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo (MT. 2, 13-15). Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica matanza de los Santos Inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes (MT. 2, 16-18).
María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén (LC. 2, 41-51). Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría increada.
José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues Él se resistía a hacerlo, porque sabía que la ejecución de aquel prodigio, constituía el comienzo de su camino, que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante, al ver a quien constituye la razón de su existencia desangrándose y asfixiándose en una cruz, sosteniéndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda debilitada produciéndole un dolor mortal.
Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que San Juan ejercía sobre ella (JN. 19, 25-27), los ojos de María vertieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruida su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues Él era la razón por la que cuando reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.
María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo, y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados y santificados.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
A pesar de que el relato del Génesis (GN. 3, 9-15. 20) que estamos meditando tiene más apariencia de fábula que de suceso real, la citada narración que se le atribuye al Hagiógrafo Moisés, es el texto sobre el cual se fundamentan las raíces humanas relacionadas con la historicidad de la salvación, no obstante, en su Liturgia correspondiente a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Iglesia desea ofrecernos un compendio de la historia del amor existente entre Dios y los hombres, considerando que el Adviento es un tiempo perfecto para profundizar sobre los lazos existentes entre Dios y sus hijos los hombres.
El relato de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nos invita a interrogarnos de mil maneras diferentes con respecto a la existencia del mal, el pecado, el dolor y la muerte. Desde tiempos inmemoriales, los hombres han tenido la necesidad de relacionarse con una realidad suprema que trascienda la vulnerabilidad de la vida humana, no obstante, he de deciros que, el ser humano, por antonomasia, tiene por fundamento de su existencia la religión, la cual trasciende todos los aspectos relacionados con su vida.
En el primer libro de la Biblia se nos habla de que el diablo "disfrazado" de serpiente engañó a la mujer (Eva), para que esta indujera al hombre (Adán) a pecar.
¿Por qué se nos dice que la serpiente engañó a la mujer?
¿No hubiera podido Satanás haber engañado al hombre con la misma facilidad que se llevó a la mujer a su terreno?
Los judíos creían que la dignidad de la mujer era inferior a la del hombre, así pues, ello explica la razón por la que el diablo sedujo a la mujer, la cuál, cegada por la mentira diabólica, hizo que el hombre fuese enceguecido por el deseo de ella de ser igual que Dios en todos los aspectos. Fijaos en un detalle: la serpiente sedujo o tentó a la mujer, Eva tentó a Adán, y, cuando Dios se presentó en el Edén, el hombre culpó a la mujer para justificar su desobediencia a Nuestro Criador, y Eva culpó a la serpiente por haberla arrastrado a su estado de pobreza y debilidad actual. El hombre fue el primero en defenderse en aquél simulacro del juicio universal, en atención a la dignidad que los judíos le atribuían a éste. Eva fue más sincera que Adán en su defensa, por cuanto reconoció que no pudo evitar el hecho de ceder a la tentación del diablo.
La sentencia que Dios dictó contra Adán y Eva estaba encaminada a redimir la culpa de ambos, así pues, no tiene sentido el hecho de que los pecadores intenten expiar su culpabilidad ante un Ser que es más poderoso que ellos y no necesita tenerlos en su presencia, no obstante, en el relato del pecado de origen u original, se establece el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio bíblico del Nacimiento del Mesías. No pretendo afirmar que tenemos que eludir la responsabilidad consecuente de nuestros actos impropios, sino que existen dos formas de proceder ante la misma. La culpabilidad es constructiva para nosotros si intentamos amar a quienes odiamos en el pasado, ser justos con quienes no lo hemos sido, y, en general, a hacer bien lo que no hemos querido -o no hemos podido- llevar a cabo correctamente hasta el momento en que nos percatamos de ello. La interpretación negativa de la culpabilidad, consiste en sumirnos en una estéril depresión que difícilmente podremos superar con éxito, porque, en ese estado, es muy difícil el hecho de que podamos percibir la ayuda de Dios y de nuestros prójimos, debido a una gran carencia de fe, y a la visión negativa de nuestras virtudes humanas. La culpabilidad se puede tratar de varias formas, pero sólo Dios sabe corregir a los pecadores, de forma que, los tales, nunca sean heridos espiritualmente, pues, Nuestro Padre celestial, desea que todos aprendamos a hacer su voluntad, haciendo hoy adecuadamente lo que en el pasado hicimos como no debimos. Percatémonos de que la penitencia en el tiempo de Adviento es un signo de alegría, así pues, no tengamos miedo ni pereza a la hora de confesarnos, no pensemos que nuestros pecados no nos van a ser remitidos por Dios, ni evitemos por ninguna causa el hecho de vivir en permanente estado de gracia divina.
(GN. 3, 20). Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, la segunda Eva, aquella Santa Mujer en quien la Profecía del Protoevangelio se hizo una realidad palpable.
¿Se puede vislumbrar del relato del Génesis que estamos meditando en esta Solemnidad algo más aparte de la desobediencia de Adán y Eva?
¿Fue realmente pecaminosa la curiosidad que impulsó a ambos a comer del fruto prohibido?
Probablemente, si muchos de nosotros hubiéramos vivido la experiencia que Eva tuvo con la serpiente, también hubiéramos probado el fruto prohibido, porque, si los dones y virtudes que hemos recibido de Dios no nos hubieran venido tras recibir varias tandas de golpes a lo largo de nuestra vida, y todo lo hubiéramos recibido gratuitamente (sin experimentar ningún hecho que nos hubiese ayudado a valorar los regalos que Dios nos ha hecho) como por arte de magia u obra del buen Dios rey de copas, no tendríamos la más mínima idea de lo que significa la vivencia del amor divino y humano. La Paternidad de Dios es muy importante para nosotros, así pues, somos más hijos de Dios que de nuestros padres carnales, por cuanto Nuestro Criador es Nuestro Padre por causa de la gracia que nos ha concedido y el Sacramento del Bautismo, y somos hijos de nuestros progenitores, por cuanto ellos nos han concebido. Dios nos se cansa de concedernos sus dones y virtudes, así pues, para que nos levantemos en cada ocasión que tropecemos, y sigamos recorriendo el camino de nuestra salvación sirviéndonos de la experiencia que hemos adquirido para no fracasar en aspectos que nos han lesionado el alma, Nuestro Padre común nos ha concedido a una Pedagoga excepcional en nuestras experiencias vitales, que tiene la misión de acercarnos a Nuestro Creador, siempre que se lo permitamos.
¿Somos idólatras al considerar que María es Nuestra Diosa? En absoluto somos idólatras al venerar a María Santísima, pues, todos vivimos para adorar a Jesús, pero, sin Nuestra celestial Protectora, Jesús no hubiera podido venir al mundo de forma natural, porque Ella fue elegida, para ser su Madre.
Si Jesús vino al mundo para pisotear a la serpiente cuando el demonio (la adversidad) intentara morderle el tobillo, nosotros, sabiendo que tenemos la posibilidad de ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios, también podremos darnos todas las oportunidades que queramos para mejorar nuestra conducta en cada ocasión que cometamos un error, porque Dios nos ha llamado a alcanzar la cumbre de su perfección. Esta es, por consiguiente, la causa que justifica el hecho de que todas las personas de todos los tiempos tenemos un valor que nos corresponde simplemente porque somos humanos e hijos de Nuestro Padre común.
El fragmento del Génesis que constituye la primera lectura de la Eucaristía que estamos celebrando es de crucial importancia para nosotros, así pues, junto al principio de nuestra resistencia a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, podemos constatar que Dios comienza la emisión de una larga cadena de anuncios proféticos mesiánicos, cuya misión consiste en alentarnos a no perder la esperanza ante nuestras múltiples miserias, porque, Nuestro Santo Padre, cuando lo considere oportuno, nos restaurará los dones preternaturales que perdimos cuando nuestros primeros padres le desobedecieron, y concluirá nuestra disposición a vivir en su presencia plenamente purificados.
Adán y Eva tenían prohibida por Dios la adquisición del conocimiento del bien y del mal por caminos que no fueran establecidos por Nuestro Creador, así pues, aunque ellos estaban dotados de dones preternaturales antes de transgredir el precepto que Nuestro Creador les impuso, necesitaban adquirir ese conocimiento, porque Dios lo poseía, y ellos querían ser semejantes a Él. Si Dios padeció de una forma indescriptible el paso que dieron nuestros primeros padres -que por cierto, aún sigue caracterizando nuestra existencia-, nosotros, al desear adquirir una perfección que escapa a nuestras humanas posibilidades, estamos padeciendo el rechazo de parte del mundo, porque aún no hemos conseguido que toda la humanidad conozca y acepte el mensaje de Dios.
El día ocho de diciembre es consagrado por los católicos a Nuestra Santa Madre. ¿Cuál es la causa de esta total consagración? Todos conocemos la siguiente oración:
Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te consagro en este día,
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía (Desconozco el autor).
María es para nosotros la llena de gracia según afirma San Lucas en su Evangelio (LC. 1, 28), pues ella superó la adversidad a la que hubo de sobrevivir de una forma ejemplar, así pues, por ello goza de la Bienaventuranza eterna. María Santísima es, pues, la Madre en quienes confían quienes navegan por mares de confusión y tinieblas sin rumbo, y en su regazo lloran, descansan y se llenan de fuerza impetuosa, quienes se sienten pecadores o malditos por naturaleza, creen que son unos perfectos inútiles, o tienen la terrible sensación de que están incapacitados para soportar su sufrimiento. Para comprender el pasaje de la Anunciación, tenemos que ponernos en la piel de María, de la misma manera que, para comprender el sufrimiento de los pobres, tenemos que vivir como lo hacen ellos. Para nosotros es muy gratificante el hecho de leer las biografías de los grandes Santos que sacrificaron su vida, familia y hacienda para honrar a Dios, pero, cuando nos llega la hora de sacrificarnos para favorecer a Nuestro Santo Padre en nuestros prójimos, ¿estamos dispuestos a contribuir a la realización del designio o plan salvador de Nuestro Padre común?
San Gabriel, -el ángel del cual nos habla San Lucas en el Evangelio de hoy-, le dijo a Nuestra Santa Madre que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Unigénito. Nuestra Señora no evitó la aceptación de aquella proposición, pero no pudo evitar el hecho de preguntarle a nuestro Criador en sus ratos de oración: ¿Por qué me has escogido para ser tu Madre, Señor, si yo sólo soy una pobre mujer consagrada a cumplir tu voluntad?
De la misma forma que Santa María se convirtió en la Madre de Dios por su voluntad y porque Nuestro Padre común así lo quiso, nosotros también tenemos que llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada por Nuestro Santo Padre.
Os transcribo una hermosa meditación que una de mis amigas me envió el año 2002, con el fin de intentar describir el amor que Nuestros Sagrados Padres celestiales sienten por nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que son muy lentos para perder la paciencia con nosotros (de hecho, nunca la pierden), así pues, nunca nos abandonan a nuestra suerte sumidos bajo su propia desesperación, cuando nos estancamos ante la visión de la adversidad que atañe a nuestra existencia, y nos sentimos incapacitados para seguir alcanzando metas a lo largo de nuestra vida.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que nos enseñan a usar las circunstancias de nuestra vida de una forma constructiva para nuestro crecimiento, así pues, esta es la causa por la cual todos los discapacitados físicos y psíquicos tenemos una misión que cumplir en la vida, porque nuestras enfermedades no nos privan de nuestra valía personal.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto que, a pesar de nuestros errores y el rechazo que en ciertas ocasiones les profesamos abiertamente, siempre están de nuestra parte, en conformidad con nuestra santificación diaria.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, que están impacientes por vernos madurar al amarnos a nosotros, a nuestros prójimos y a las Personas divinas.
Nuestros Santos Padres nos aman tanto, les duele tan profundamente el hecho de que nos desviemos del camino correcto, que nos orientan a seguir la senda divina, derrochando constantemente su misericordia y su paciencia.
Nuestros Santos Padres nos aman mucho, hasta el punto de confiar plenamente en nosotros, incluso en los momentos en que nosotros mismos somos incapaces de encontrar una virtud en nuestra alma herida.
Nuestros Santos Padres nos aman de una forma tan excepcional, que trabajan pacientemente con nosotros, y corrigen nuestros defectos de tal manera, hilando tan finamente en nuestra vida, que nos cuesta un esfuerzo inmenso el hecho de comprender la profundidad del providentísimo cuidado que tienen para con nosotros.
Nuestros Santos Padres nos aman de tal manera, que nunca se sienten tentados a abandonarnos, ni aun cuando quienes nos rodean y nos aman lleguen a desampararnos por cualquier circunstancia dramática.
Nuestros Santos Padres nos aman hasta el punto de quedarse a nuestro lado cuando llegamos al fondo del pozo de la desesperanza, y no nos juzgan improcedentemente, sino que nos ven con total justicia, hermosura y amor. Fijaos en esto: Nuestros Padres del cielo y la tierra no nos juzgan equívocamente y nos aman inmensamente, pero eso no significa que debemos desistir de superar lo que creemos que es superior a nuestras fuerzas, pues Ellos nos animan a alcanzar lo que consideramos humanamente imposible, al menos, teniendo en cuenta nuestras circunstancias actuales.
El amor de Nuestros Santos Padres con respecto a nosotros es el más importante de nuestros dones, por consiguiente, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos recibir de ese amor impulsivo e impetuoso la compañía y el apoyo que necesitamos para vivir?
Si nos amáramos y amáramos a nuestros prójimos como Nuestros Santos Padres nos acogen en su presencia, podríamos cambiar el mundo, después de acceder voluntariamente a nuestra transformación profunda, ayudados por el Espíritu Santo.
El Evangelio de hoy es muy conocido por todos nosotros, así pues, quienes asistan a la celebración de la Eucaristía todos los domingos y otros días preceptuales, deben conocer este texto de la misma forma que son capaces de leer su nombre.
La Madre de Jesús era una chica muy pobre. A lo largo de la historia, Dios siempre se ha servido de los más desfavorecidos para llevar a cabo acontecimientos trascendentales, así pues, de la misma forma que hizo que el pastor de ovejas David se convirtiera en Rey, quiso que María, una chica tan sencilla y humilde como pobre y desconocida, fuera la Madre de su Hijo, por su propia aceptación del cumplimiento constante de la voluntad de su Criador. Ella no tenía nada, pero poseía la mayor riqueza. En ciertas ocasiones, el camino menos transitado, es el que más merece la pena ser recorrido. María aceptó el plan divino hasta el punto de arriesgar su vida y la existencia mortal del Mesías.
Las promesas angélicas sonaron a los oídos de la joven nazarena como la más dulce melodía, pero, cuando Nuestra Señora se quedó sola, pensó en que estaba prometida en matrimonio con José, y que él tenía la capacitación legal para lapidarla con el fin de extirpar el adulterio de las mujeres de Nazaret, que tendrían que abandonar la práctica de la infidelidad en el caso de quienes la llevaban a cabo, para evitar su futuro asesinato, en el caso de que fueran descubiertas y delatadas (LV. 20, 10).
Joaquín, el padre de María, y José, con la intención de que la gente no tratara a la futura Madre del Mesías como a una prostituta, y de que no se riera del carpintero de Belén, tomaron la decisión de enviar a maría a casa de su pariente Elisabeth, la cual estaba casada con el sacerdote Zacarías. Al ser María una adolescente, para ser aceptada por los padres del Bautista, tuvo que servir a sus parientes como si hubiera sido esclava de ellos según indica la Historia que se hacía en aquél tiempo, aunque San Lucas nos dice que Nuestra Santa Madre fue muy respetada por su pariente. Conozco a muchas jóvenes que se dejan dominar por la inquietud cuando conocen su estado de gestación. María no pudo pensar mucho en cuidarse, pues tenía que buscar la forma de sobrevivir junto a su Hijo. Ella intentaba ser feliz entre los padres del Bautista, pero no podía dejar de pensar en las promesas angélicas y en que su vida seguía estando a merced de la forma que su futuro marido tenía de considerar lo que le sucedió el día de la Anunciación.
Los periodistas de la prensa rosa no pierden la oportunidad de investigar y difundir los acontecimientos festivos de los famosos y los casposos. En nuestro tiempo, si queremos destacar en nuestra sociedad, tenemos que aparentar que tenemos muchas riquezas y que por ello vivimos en un entorno festivo. A Dios no debe gustarle nuestra forma de pensar, así pues, Él siempre se sirve de los más desvalidos para llevar a cabo sus propósitos, por consiguiente, a pesar de que Jesús es el Primogénito de Nuestro Padre común, el Altísimo no lo libró de la pobreza, la ansiedad, la impotencia, el hambre, el cansancio, y otros sentimientos que surgen en nuestra vida por múltiples causas.
Pienso que podríamos concluir esta meditación pensando de qué forma ha de incidir en nosotros la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez que caracterizaron a la Sagrada Familia compuesta por Jesús, María y José. Ellos aceptaron el padecimiento, pero no lo hicieron por resignación, pues siempre vieron en lo que erróneamente llamamos adversidad un camino de perfección que habían de recorrer para sentirse más cerca del Creador del universo. María y José sufrieron mucho cuando vieron nacer a su Hijo en Belén, y no contaron con los medios necesarios para celebrar tan trascendental acontecimiento. José era de clase media, él tenía dinero para celebrar el nacimiento de Jesús, pero Dios lo hizo pobre para que comprendiera lo que significa para nosotros desnudarnos del abuso del consumismo para adentrarnos en el misterio del Señor.
María y José sufrieron mucho cuando hubieron de huir amparándose en las tinieblas de la noche desde Belén a Egipto para que Herodes no asesinara a su Hijo (MT. 2, 13-15). Seguro que padecieron inimaginablemente al preguntarse cuál era la causa por la que Dios no hacía nada para evitar la muerte de su Hijo, aunque lo cierto es que Jesús fue el único niño que escapó a la centuria de soldados romanos, pues los puso a ellos en su camino, ya que todos conocemos la trágica matanza de los Santos Inocentes, que recordaremos el día 28 del presente mes (MT. 2, 16-18).
María y José sufrieron inmensamente cuando Jesús se les despistó cuando concluyeron la celebración de la Pascua en Jerusalén (LC. 2, 41-51). Ellos tenían motivos bien fundados para angustiarse, pues, en aquel ambiente, un niño de 12 años perdido, podía ser utilizado para cumplir muchos fines no relacionados con la voluntad de Dios. María y José encontraron a Jesús en el Templo de Jerusalén, meditando la Palabra de Dios junto a los ancianos que se admiraban por causa de su sabiduría increada.
José murió antes de que Jesús iniciara su ministerio público. María vio impotente cómo su Hijo se alejaba de ella para comenzar a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por su Padre del cielo. Ella obligó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues Él se resistía a hacerlo, porque sabía que la ejecución de aquel prodigio, constituía el comienzo de su camino, que concluiría en la nada de la muerte. María sufría en las ocasiones que no estaba con su Hijo y sabía que su Jesús cada día tenía más enemigos jurados. María sufrió indescriptiblemente como sólo sabe hacerlo una Madre amante, al ver a quien constituye la razón de su existencia desangrándose y asfixiándose en una cruz, sosteniéndose con las piernas cuyos huesos se rompían y la espalda debilitada produciéndole un dolor mortal.
Cuando Jesús murió, al sentirse sola en el mundo a pesar de la custodia que San Juan ejercía sobre ella (JN. 19, 25-27), los ojos de María vertieron lágrimas de impotencia. Ella había visto cómo era destruida su razón de vivir. Jesús era más que un ideal que sostenía la vida de su Madre, pues Él era la razón por la que cuando reía provocaba su risa, y que le producía una gran inquietud cuando le veía triste o preocupado.
María se gozó con la Resurrección de su Hijo. Cuando transcurrieron 3 años a partir de la Resurrección del Mesías, después de haber contribuido con su aportación a la fundación de la Iglesia primitiva, la Madre de Jesús fue asunta al cielo, y volverá con el cuerpo glorioso y el alma bendita que fue elevada a la presencia de Dios cuando le permitamos al Señor ascendernos a su condición divina, cuando aceptemos nuestra necesidad de ser purificados y santificados.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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