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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.

   Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.

   Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.

   A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.

   Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?

   El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?

   Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.

   Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.

   En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.

   Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.

    Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).

   El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).

   El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite  un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).

   Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).

   Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.

   ¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?

   ¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?

   A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).

   Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.

   Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.

   Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).

   Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.

   También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.

   Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7)  nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación.

   1. San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, fue encarcelado por causa de su deber de conciencia de recordarle al Tetrarca de Galilea que estaba cometiendo adulterio al tener como esposa a la mujer de su hermano Filipo (MT. 14, 3-5). El hijo de Zacarías sabía perfectamente que el hecho de reprobar la relación de Herodes con su cuñada podía ser muy problemático para él, pero el hijo de Elisabeth antepuso el cumplimiento de la voluntad de 'dios a su deseo de vivir. Juan podría haber evitado que lo encarcelaran y posteriormente le cortaran la cabeza argumentando que si vivía y seguía bautizando a muchos de sus oyentes cumplía la voluntad de Dios, pero, el hecho de obedecer a su fe y dejarse asesinar, causó un gran impacto entre los creyentes, de forma que Jesús sustituyó a Juan como predicador, y el Profeta murió sabiendo que, el sacrificio de su vida, sería, para la gente sencilla de Israel, más fructífero que sus muchos bautismos, porque él sabía perfectamente que Dios no nos pide algo de dinero para los pobres ni unos minutos para asistir a la Eucaristía dominical, sino toda nuestra riqueza material y espiritual, y todo el tiempo de que disponemos para servirlo en nosotros, en nuestros familiares y amigos, y en los que carecen de dones terrenos y celestiales. Juan no se conformó con predicar y renunciar a tener un trabajo y una familia, así pues, como todo el pueblo no se convirtió a Dios al oír sus palabras, quiso arriesgarse a morir, con tal de que aquel hecho tuviera una gran repercusión que aumentara el número de seguidores de Jesús.

   2. Juan era muy humilde. Él sabía muy bien que no tenía ninguna razón por la que considerarse superior a sus contemporáneos en ningún aspecto, así pues, el hijo de Zacarías era consciente de la misión que Dios le encomendó, y de cuál era su posición social. Juan les decía a sus oyentes, las palabras expuestas en LC. 3, 16. Juan no predicaba para ser alabado, sino para cumplir la misión por la que Dios cumplió el sueño de sus padres al concederles la paternidad del Precursor del Mesías. El autor del Apocalipsis nos dice en su Evangelio, las palabras contenidas en JN. 1, 6-8. Más adelante, cuando el Mesías comenzó su misión como predicador, el Bautista dijo de él, las palabras contenidas en JN. 3, 30-33.

   3. A pesar de que la voluntad de Juan parecía inquebrantable, el trato cruel que recibió en la cárcel, y el extraño comienzo que tuvo Jesús con respecto a la forma de comunicarse como Verbo o Palabra de Dios a sus oyentes, probablemente le provocó al citado Profeta una crisis de fe. Él sabía que los Profetas habían hablado muchas veces de la condenación de los pecadores, pero Jesús, a pesar de que según se acercaba el día de su martirio utilizó en algunas ocasiones el estilo del hijo de Elisabeth, sólo pasaba su tiempo hablando de las bondades de Dios, alimentando a los pobres, curando a los enfermos, y consolando a los afligidos. Muchos autores sostienen que la crisis de fe de Juan no existió como tal, sino que fue una excusa que utilizó para hacer que algunos de sus seguidores se adhirieran a los discípulos de Jesús, pues, probablemente, dicho Profeta sabía que sus días en este mundo estaban contados.

   Nosotros, al tener una gran variedad de Mesías a los que aferrarnos, quizá nos hemos cuestionado como pudo hacerlo Juan en su prisión, en los siguientes términos, extraídos de MT. 11, 3).

   Jesús les dijo a los seguidores de Juan, las palabras escritas en MT. 11, 4-5. Las enfermedades mencionadas por Jesús tienen su significado espiritual, así pues, la ceguera se interpreta como la cerrazón de nuestro corazón a aceptar las realidades de Dios al confrontar las mismas con nuestra forma de pensar y actuar, la enfermedad de los cojos nos insta a que caminemos impartiendo la justicia divina porque todos tenemos los mismos deberes y derechos ante Dios, la lepra puede interpretarse como la incomunicación que nos está victimizando en aras de alcanzar una perfección que puede ser calificada como imperfecta porque cada día vivimos más aislados, la enfermedad de los sordos puede interpretarse como nuestro deseo de no escuchar lo que Dios tiene que comunicarnos a través de la Biblia y sus miles de predicadores, y, la resurrección de los muertos, se puede interpretar como el fin de las miserias que azotan a la humanidad, la resolución de todos nuestros problemas. Llama la atención el hecho de que Jesús no les dice a los discípulos de Juan que procurará que no les falten a los pobres los recursos necesarios para vivir, así pues, Él les comunica el Evangelio, se les da como Palabra de Dios hecha hombre, transformada en carne, un término que, al traducirlo de las versiones más antiguas del texto sagrado, se traduce como miseria, porque sabe que ello les bastará para que su fe provea sus necesidades, cuando Dios lo juzgue oportuno.

   4. Por su sacrificio y constancia en el cumplimiento de su deber, Juan Bautista, mereció el siguiente elogio de Jesús, escrito en MT. 11, 11. Juan Bautista es el mayor de los hombres según la óptica de Dios, pero a la vez es el más humilde de los siervos de Yahveh, porque no estimó su vida, ante la posibilidad de llevar a cabo su trabajo de predicador.

   5. A pesar de la diferencia existente entre la forma de predicar del Bautista y de Jesús, al leer los Evangelios, podemos percatarnos de que, mientras el Bautista predicaba en el desierto y sus oyentes tenían que ir a buscarlo para aprender sus enseñanzas, Jesús buscaba a la gente, exceptuando aquellas ocasiones en que tenía que interrumpir la apresurada instrucción espiritual de los futuros Apóstoles, porque la gente lo seguía, así pues, en muchas ocasiones, el Maestro tenía que embarcarse con sus más fieles amigos para que la gente le dejara inculcarle su sabiduría a sus más fieles seguidores.

   6. San Mateo, en el Evangelio de hoy, nos dice que, cuando Jesús supo que el Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, desestimando la posibilidad de establecerse entre sus vecinos de Nazaret, el pueblo en que vivió durante muchos años junto a María y José. Vivimos en un entorno social en que muchas veces no se comprende la forma de actuar de la gente que, en virtud de su forma de ser, marca la diferencia de alguna forma. Jesús se expresó en los siguientes términos en la Sinagoga de Nazaret: MC. 6, 4). Yo creo que los hombres más íntegros y llenos de fortaleza son tan respetados en su trabajo como en su casa, pero el respeto que podemos recibir de nuestros conocidos no siempre depende de nosotros. Jesús se apartaba de quienes no querían escucharle predicar, pero, al mismo tiempo, se convertía en el más fiel compañero de quienes veían en Él a un predicador, a un Hermano capaz de alimentarles, a un Maestro de espiritualidad, o a un médico capaz de curar sus enfermedades. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de ver a mucha gente capacitada para realizar sus actividades haciendo que se muevan quienes le rodean constantemente.

   7. San Mateo, en el Evangelio correspondiente a este Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos dice que Jesús es la luz que ilumina a quienes están dispuestos a aceptar su doctrina. ¿Recordáis lo que le dijo el Maestro a Pedro durante la última Cena cuando éste no quiso que Jesús le lavara los pies? (JN. 13, 8), así pues, si no aprendemos lo que Jesús nos transmite en sus sermones, si no nos dejamos alimentar por el Señor, y no nos dejamos sanar por el Hijo de María, ¿de qué nos aprovecha fingir que somos discípulos de Jesús? No podemos hacer nada frente a Dios porque somos muy limitados con respecto a nuestro Criador, pero esa es, pues, la causa por la que Él desea ardientemente que nos dejemos redimir acogiendo con humildad y alegría los dones que nos concede por obra y gracia del Espíritu Santo. Abramos los oídos de los sordos, tranquilicemos las mentes inquietas, abramos los ojos de los ciegos, que hablen los mudos, y que salten los cojos, porque está por llegar el exterminio de nuestras miserias, y, por la fe, nuestro Padre y Dios se nos está manifestando, por lo que somos miembros de su Reino, y porque la Providencia divina nos hará superar los estados adversos que vivimos. "Convertíos -nos dice San Mateo en el Evangelio de hoy-, porque ya está cerca el reino de Dios" (MT. 4, 17).

   Isaías nos habla del Reino de Dios: (IS. 35, 2b-4a).

   8. Jesús les dijo a Simón y a Andrés, las palabras expuestas en MT. 4, 19. A pesar de que aquellos pescadores eran pobres, no debemos ignorar el mérito que tuvieron al dejar todo lo que tenían para seguir al Maestro. Jesús no logró la conversión de ellos instantáneamente, así pues, hizo que sus discípulos creyeran en Él a través de muchas de sus vivencias.

   Pedro y Andrés eran pobres, pero no tanto como lo somos nosotros, cuando ni siquiera somos capaces de detener a Cristo que pasa por nuestra vida, de la misma forma que los discípulos de Emaús retuvieron a su Maestro de espiritualidad, sin ni siquiera sospechar que era el Mesías quien les instruía en la interpretación de las Escrituras (LC. 24, 29).

   El caso de Santiago y Juan ilustra perfectamente la forma en que debemos abandonarnos en los brazos de Dios (MT. 4, 22).

   9. Jesús les dijo a Andrés y a Pedro las siguientes palabras, expuestas en MT. 4, 19. Unámonos al Mesías, convirtámonos en pescadores de hombres, y ganemos almas para el Señor, porque "El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca" (MC. 1, 15).

   10. En la segunda lectura de hoy (1 COR. 1, 10-13. 17), San Pablo describe brevemente la forma en que los cristianos de Corinto estaban divididos, de forma que cada cual adaptaba la enseñanza de los predicadores que les enviaba el Señor a sus necesidades. La desunión es uno de los mayores problemas que tenemos los cristianos de hoy, y, por tanto, una de las mayores dificultades que tenemos para aumentar el número de hijos de la Iglesia. A pesar de las divisiones que nos caracterizan, hemos de buscar los puntos doctrinales que nos son comunes, para fomentar nuestra relación fraternal, y para que nuestros desacuerdos no les cierren las puertas de los templos a quienes quieren acercarse a nosotros, para que les demos a conocer el Evangelio (COL. 1, 23).

   11. Los futuros Apóstoles dejaron sus redes para seguir a Jesús. Muchos cristianos dejan sus redes y se convierten en religiosos contemplativos, de forma que se dedican a orar exclusivamente, para apresurar la instauración del Reino de Dios entre los hombres. La gran mayoría de los cristianos tenemos que convertirnos al Señor desde nuestras redes, desde la barca en que vivimos, desde nuestro estado actual, de manera que ninguna cosa sea para nosotros más importante que el Reino de Dios y su justicia, así pues, nuestro Señor nos dice, las palabras expuestas en MT. 6, 33. Jesús no pretende decirnos que hemos de olvidar las metas que deseamos alcanzar, sino que nuestras prioridades han de ser inferiores a la imitación de Cristo que ha de caracterizar nuestra existencia.

joseportilloperez@gmail.com