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Señor, ¿qué podemos hacer por ti? (Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Señor, ¿qué podemos hacer por ti?

   Imaginemos por un momento que podemos hacer algo para beneficiar al Dios Uno y Trino. Al `pensar en ello, recuerdo el siguiente fragmento de los Salmos: (SAL. 50, 12). En este texto se nos recuerda que nuestro criador no tiene necesidad de nosotros, porque es Todopoderoso. No obstante, dado que Nuestro Padre celestial se complace en el hecho de amarnos, desea que cumplamos las siguientes instrucciones del citado Salmo (SAL. 50, 14-15). Los sacrificios de acción de gracias que podemos ofrecerle a Nuestro Creador son muchos, así pues, Nuestro Padre celestial se complace en que oremos y en que le demostremos el amor con que le amamos sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Aunque Jesús dijo en el sermón del monte las palabras contenidas en MT. 5, 37, no hemos de invalidar lo dicho con respecto al cumplimiento de los votos en el Salmo mencionado anteriormente, dado que, en un principio, el citado texto fue compuesto para que lo utilizaran para orar los hebreos, los cuales estaban sometidos al cumplimiento de la Ley de Moisés, la cuál, con el fin de instar a quienes la cumplían a ser veraces, permitía que los mismos se comprometieran bajo juramento a serle fieles a Dios.

   Al igual que muchos judíos se comprometían en juramento, muchos cristianos también les hacen promesas a Dios y a los Santos, aunque muchas veces tales promesas -todo hay que decirlo-, no son nada más que sobornos, pues no se trata de que muchos de los mismos se comprometen a hacer el bien sin recibir ningún favor a cambio de ello, sino de un intercambio de un gran favor divino, por un insignificante favor humano, el cuál no es necesario, ni para Dios, ni para sus fieles siervos.

   Aunque cada cuál según su conciencia es libre para comprometerse bajo juramento con la intención de sobornar a Dios o de serle fiel hasta la muerte si le fuera necesario padecer en defensa de la fe que profesa, personalmente estimo que no necesitamos jurar nada, pues a Nuestro Santo Padre le basta nuestra sana y firme intención de servirle en nuestros prójimos los hombres, así pues, si Él quiere algo de nosotros, es seguro que hallará el medio adecuado de manifestarnos su voluntad, y nos procurará el mejor modo de servirlo.

   Con respecto al hecho de que glorificaremos a Dios el día que nos libere de la angustia, somos muchos los que tenemos esa experiencia, aunque también son muchos los que, a pesar de que se han acordado de Nuestro Creador para pedirle ayuda cuando lo han pasado mal, no se han acordado de Él para agradecerle los favores que les ha hecho.

   Aunque con respecto a Dios estamos incapacitados para hacer nada por Él, seguramente hemos pensado en lo que le contestaríamos si nos dijera las palabras con que Jesús se dirigió a los hijos de Zebedeo cuando le pidieron que los revistiera de poder, sentándolos, en su Reino, a  uno a su derecha, y, al otro, a su izquierda (MC. 10, 36).

   Con lo que están sufriendo muchos ricos que tienen inmensas fortunas aunque carecen de felicidad, y muchos pobres que carecen de lo estrictamente indispensable para mantenerse vivos, si Jesús nos dijera que está dispuesto a concedernos lo que queremos, -siempre que ello no contradiga el designio salvífico de Dios-, estoy seguro que le pediríamos que cumpliera nuestro más anhelado sueño.

   Si abrimos los ojos lentamente para salir de este maravilloso sueño en que nos hemos sumido instantáneamente, y volvemos a la realidad lentamente para no desilusionarnos por habernos despertado tan rápidamente del sueño que representaba la vivencia del momento más soñado de nuestra existencia, recordamos las palabras que Jesús les dijo a los citados hermanos y a los demás futuros Apóstoles (MC. 10, 44).

   ¿Por qué se empeña Jesús en demostrarnos que si queremos alcanzar la felicidad debemos aprender a sacrificarnos para beneficiar a nuestros prójimos? No nos es necesario aprender que vivimos en un mundo en el que no existe ni una sola persona que sea plenamente feliz, si tenemos en cuenta que, al no haberse concluido plenamente la instauración del Reino de Dios en nuestro planeta, en esta tierra no existe la dicha perfecta según nuestra óptica cristiana. Dado que vivimos en un mundo en que los pobres sufren por causa de sus carencias y muchas veces de la marginación que padecen, y en el que muchos que no son pobres sufren porque no saben hacerse amar, o porque no son comprendidos, o por otras muchas causas, si no aprendemos a considerar a nuestros prójimos tal como nos consideramos nosotros, no podremos hacer absolutamente nada para aumentar nuestra felicidad, así pues, aunque nos agrupamos en diferentes estamentos sociales, Dios lo ha dispuesto todo para que vivamos en comunicación constante, así pues, aunque lo que os voy a decir parezca que no tiene sentido, hemos sido creados para vivir en comunión, y, mientras no venzamos las diferencias que nos separan, seguiremos sufriendo la soledad característica de los caparazones en que estamos encerrados, unos por su propia voluntad, y otros porque no se les permite acceder a un estado de vida más acorde a su dignidad de hijos de Dios.

   Los cristianos practicantes, al pasar todo el tiempo que podemos buscando la forma de aumentar nuestra felicidad, ora mejorando nuestra forma de actuar como personas cristianas, ora mejorando las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos los hombres, nunca dejamos de recordar que, con el fin de lograr nuestro ansiado propósito de alcanzar la felicidad, en cuanto ello nos es posible en este mundo imperfecto, que podemos seguir aumentando nuestro conocimiento de Dios, para que podamos ser imitadores de Cristo, según las siguientes palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   En este mundo de las prisas y el ruido en que vivimos, debemos tener mucha paciencia si queremos mejorar las relaciones que mantenemos con los hombres, dado que, como no tenemos el tiempo que necesitamos para hablar con ellos, este hecho puede ser causa de malos entendidos y de otros problemas causados por el autismo social que nos impone esta forma de vivir que tenemos que no conduce nada más que al dolor y a la ambición desmedida, a no ser que tengamos muy claro lo que deseamos conseguir, y que se nos permita luchar por lo que verdaderamente nos hace felices.

   Son muchos los que piensan que ser cristiano consiste en encerrarse en una burbuja para no pensar en los problemas de la vida diaria y del mundo. Este lujo pueden permitírselo los cristianos que no dan a conocer su fe, pues los practicantes tenemos muy presentes las siguientes palabras de Jesús: (LC. 12, 51).

   San Pablo, quizás teniendo muy presentes las citadas palabras que le dio a conocer a su discípulo San Lucas, les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 4, 9).

   Jeremías recoge un texto en su profecía que últimamente estoy utilizando mucho en mis meditaciones dominicales a petición de aquellos hermanos que me dicen que el mismo les es muy útil para soportar sus depresiones (JER. 15, 19).

   Si sobrevivimos a la incomodidad de ser diferentes a la inmensa mayoría de la gente que nos rodea, ello se debe a que sacamos lo precioso de lo vil, es decir, a pesar de que el odio se ha adueñado del mundo, no podemos dejar de creer en la bondad de los hombres, porque Dios nos ha prometido que algún día todos seremos plenamente felices en su presencia, así  pues, Isaías nos transmitió en su profecía las siguientes palabras de Dios: (IS. 45, 21-23).

   Cuando pensemos en lo que más deseamos que Dios nos conceda, dadas las necesidades de este mundo en que muchas veces por necesidad y/o ambición buscamos lo que menos necesitamos a largo plazo, procuraremos pedirle a Dios que nos conceda lo que verdaderamente necesitamos con vistas a habitar en su Reino de amor y paz, esto es, ser verdaderos adoradores de Nuestro Padre común, capaces de servir a Nuestro criador en nuestros prójimos los hombres.

   Quiero concluir esta meditación respondiendo una pregunta de una lectora, a la cuál le voy a responder públicamente, porque considero que la pregunta que me ha planteado es importante. Nuestra hermana ha leído el siguiente texto de San Lucas: (LC. 16, 1-12). Nuestra hermana quería saber por qué nos insta Jesús a sentir, a la hora de confesarnos, el dolor de la atrición, si el mismo es imperfecto, ya que conlleva el interés de salvar el alma del infierno, y no el rechazo del pecado por la maldad característica del mismo.

   De la misma manera que los padres aman más a sus hijos cuando viven varios años con ellos que cuando los tienen recién nacidos debido al hecho de estar vinculados a los mismos durante mucho tiempo, es imposible el hecho de que los que se inician en el conocimiento y ejercicio de nuestra fe amen a Dios con la misma intensidad al principio de su ciclo formativo catequético que cuando llevan muchos años teniendo el servicio a Dios como la principal prioridad de su existencia. Dado que a Dios no le podemos amar cuando le conocemos con la misma intensidad que le amamos cuando experimentamos la vivencia en su presencia aunque sólo sea por medio de la fe que tenemos en Él, Jesús nos insta a que, con el paso del tiempo, el temor a la condenación, acabe desapareciendo, dando paso al rechazo del pecado, por causa de la fealdad del mismo.

   Según deduzco de la lectura de LC. 16, 8, comprendo perfectamente que los no cristianos e incluso los llamados cristianos que no viven para amar a Dios, son mucho más sagaces a la hora de ver las cosas terrenas que los servidores de Dios, dado que, estos últimos, al estar ejercitándose en la práctica de las virtudes divinas, corren el riesgo de no cuidarse de las intenciones de los que sólo piensan en enriquecerse, aunque para ello tengan que aplastar a quienes piensan que les estorban, aun sin considerar que los mismos pueden ser más débiles que ellos.

   Cuando en el versículo 9 del citado texto Jesús nos dice que ganemos amigos por medio de las riquezas injustas, no nos dice que hagamos el mal para ganarnos a la gente, sino que utilicemos las riquezas materiales, que no son nuestras, dado que son del mundo anticristiano, para cristianizar a nuestros prójimos los hombres, y, de paso, para que los tales, cuando nos vean sufrir, vengan en nuestro socorro.

   En los versículos 11 y 12, Jesús nos dice que si no somos fieles a la hora de administrar las riquezas injustas, -es decir, los bienes materiales-, si ello nos beneficia al modo que a los hombres nos gusta ser recompensados, ¿cómo nos confiará Nuestro Padre común sus bienes espirituales, teniendo en cuenta que los mismos, aunque más valiosos, son más difíciles de mantener, porque la posesión de los mismos no nos reporta beneficios amados por los egoístas?

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se haga su voluntad en este mundo en que mucha gente no sabe a dónde va.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Hagamos el bien por amor a Dios y a sus hijos. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Miércoles de Ceniza).

  Tiempo de Cuaresma.

   Miércoles de Ceniza de los Ciclos A, B y C.

   Hagamos el bien por amor a dios y a sus hijos.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 6, 1-6. 16-18.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Hoy damos por concluida la primera parte del Tiempo Ordinario del presente año, y empezamos a vivir intensamente el tiempo de Cuaresma, el cual va a ser aprovechado, para aumentar nuestra fe en Dios, para acercarnos más a Nuestro Padre común y servirlo en sus hijos los hombres, para aumentar la calidad y la calidez de nuestras relaciones, y para intentar superar algunas de nuestras deficiencias. Obviamente, en un espacio de tiempo de cuarenta días, no podemos hacer todo aquello que nos proponen las lecturas bíblicas del presente periodo litúrgico, pero sí podemos intentar mejorar lo que podamos, en conformidad con nuestras posibilidades de seguir creciendo espiritualmente, pues eso es lo que nos corresponde hacer a los cristianos.

   Iniciemos nuestra oración, pidiéndole a Nuestro Padre común, que purifique nuestras intenciones, pues deseamos aprender a servir a nuestros prójimos los hombres, no para presumir de nuestra supuesta bondad, sino por amor a Dios, y a sus hijos adoptivos.

   Oremos pensando que no queremos hacer el bien para ser recompensados por quienes nos ven, sino por Nuestro Padre celestial. Si practicamos la caridad buscando recompensas humanas, no actuaremos por amor, sino, por egoísmo.

   Dirijámonos a Nuestro Santo Padre en oración desde nuestro interior, y no oremos para que nadie alabe nuestra supuesta bondad.

   No nos sometamos a ninguna privación para presumir de bondadosos. Si, -a modo de ejemplo-, vamos a dar un donativo para que se haga una obra benéfica, actuemos anónimamente, sin buscar el reconocimiento de los hombres.

   Evitemos ayunar y someternos a mortificaciones por cuya vivencia salgamos a la calle malhumorados, buscando ser compadecidos por la gente, o buscando a posibles víctimas, sobre las que descargar nuestra ira.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo, y que santificas a quienes te aceptan como Dios, para que sean dignos de vivir en tu presencia:

   Ayúdanos a comprender que el mayor estado de felicidad al que podemos aspirar, consiste en amar, y en ser amados.

   Ayúdanos a comprender que nuestros ayunos no deben ser privaciones de alimentos que nos mantengan malhumorados, sino privaciones materiales que solventen las carencias de los necesitados de dones espirituales y materiales.

   Hoy queremos aprender a vivir impulsados por tu amor, porque nos damos cuenta de que nuestra necesidad de ser amados, es superior a la necesidad de los bienes que, aunque son efímeros, los hemos convertido en elementos vitales, sin los que nos cuesta vivir, y sentirnos realizados.

   Hoy queremos orar en tu presencia, pero no queremos que nuestra oración sea una práctica espiritual que nos haga olvidar nuestras preocupaciones, sino el inicio de un camino de crecimiento espiritual, que nos conduzca al cielo.

   Ayúdanos a tener el valor necesario para corregir los defectos que nos caracterizan, y para solucionar los problemas que no queremos resolver, porque nos sentimos débiles para ello y nos atemoriza el fracaso, ya que pensamos que somos incapaces de hacer lo debido en tales casos.

   Haznos fuertes para recorrer el camino de la purificación y de la santificación, para que podamos ser felices, viviendo en tu presencia.

   Danos vida en abundancia en el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, para que nos sintamos fuertes para eliminar el veneno que llevamos en el corazón, que nos hace valorar más los bienes materiales que a las personas, nos hace sentirnos inferiores a las posesiones que tenemos, nos hace adeptos de los falsos dioses bajo cuyo amparo nos sitúa nuestro instinto, nos hace ignorar las carencias espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, nos hace ególatras para que obviemos al Dios verdadero, y por ello paradójicamente nos aísla en el mundo de las comunicaciones, a la espera de que fallezcamos, bajo el efecto de la depresión y de los vicios, creyendo que, todo lo que no son placeres momentáneos, solo es una falsa quimera.

2. Leemos atentamente MT. 6, 1-6, 16-18, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.

   3-1. No siempre podremos ser recompensados por Dios y los hombres al mismo tiempo (MT. 6, 1).

   Existen situaciones en que nuestras creencias de cristianos se diferencian de las creencias de quienes carecen de la fe que profesamos. En tales casos, nos es imposible ser recompensados por dios y los hombres al mismo tiempo. En tales situaciones, tenemos que tomar una decisión para ser elogiados por una de las dos partes en conflicto y rechazados por la otra, o vivir al margen de la toma de decisiones para quedar bien con las dos partes, para ninguna de las cuales, podremos ser plenamente confiables. Esta es la causa por la que Jesús nos recuerda que no podemos ser elogiados por Dios y los hombres al mismo tiempo.

   ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos hacer el bien buscando recompensas humanas tales como la demostración de admiración?

   ¿Ignora Nuestro Salvador que, cuando nos creó para que viviéramos en comunidad, Él mismo nos imprimió el deseo de ser amados y reconocidos constantemente?

   Permitidme que os cuente una breve historia, con el fin de responder las dos preguntas que os he planteado.

   Hace bastantes años conocí a un niño que tenía una grave deficiencia visual, pero, a pesar de ello, durante las noches, su visión debilitada, le permitía pasearse en una bicicleta, por las calles de la aldea en que vivía. Una noche en que el citado niño estaba en su casa, aunque su madre ignoraba que había regresado, escuchó que le decía a su abuela: "Yo tengo cuidado de que el niño no tropiece cuando está con la bicicleta, porque, si le sucede algo, todo el mundo hablará mal de mí, criticándome porque lo dejo solo."

   No sé si podréis imaginar lo que sufrió el pobre niño, quien siempre creyó que la madre lo amaba por sí mismo, cuando pensó que ello no era cierto, dado que era cuidado, para evitar habladurías, en el caso de que tuviera un accidente.

   A raíz de la historia que hemos recordado, ¿comprendemos por qué no queremos hacer el bien buscando ser recompensados por los hombres al margen del cumplimiento de la voluntad divina?

   3-2. No seamos imitadores de los hipócritas, sino seguidores de Jesús (MT. 6, 2).

   En el Nuevo Testamento, mientras que se nos dice pocas veces que seamos imitadores de Cristo, se nos insiste mucho en que seamos seguidores de Cristo. Yo tengo la costumbre de animar a mis lectores a imitar a Cristo, a pesar de que sé que, lo que debería hacer, es animar a los tales, a ser seguidores de Cristo. Si les pido a mis lectores que imiten a Cristo, ello sucede porque sé lo que cuesta seguir a Jesús, en un mundo en que nuestra fe, en ciertas circunstancias, no es bien reconocida. Esa es la causa por la que no quiero hacer que ninguno de mis lectores se sienta sobrecargado, con tal de que no renuncie a creer en el Dios Uno y Trino. El mejor consejo que puedo darles a quienes leen mis meditaciones semanales, no es que sean imitadores de Cristo, pues la imitación lleva en sí algo de egoísmo, por cuanto nos estimula a servir al Señor, pensando en nuestro perfeccionamiento, sino que sean seguidores de Cristo, por cuanto, el seguimiento del Señor, nos supone amoldarnos a la manera de pensar y actuar de Nuestro Salvador, es decir, nos supone servir a Dios en sus hijos los hombres, con muchas frustraciones garantizadas, y sin esperar recibir, beneficio alguno, por parte de los hombres, quienes difícilmente nos alabarán, por causa de nuestro progreso espiritual, por muy notable que sea el mismo.

   Los griegos llamaban "hipócritas" a los actores que representaban obras de teatro, porque los mismos fingían ser personajes que no estaban relacionados con su manera de ser. Nosotros también podemos ser hipócritas, si hacemos el bien aparentando ser compasivos, cuando, en realidad, lo que deseamos conseguir, es aparentar una bondad, que no nos caracteriza.

   ¿Qué pueden ameritar quienes llevan a cabo buenas acciones, si, los motivos que los mueven a actuar, son malos?

   ¿Qué recompensas pueden obtener quienes hacen el bien intentando aparentar una misericordia que no los caracteriza? Tal recompensa consiste en recoger el fruto de obras vacías de amor, pues, es tanto el afán de guardar las apariencias de los tales que, aunque se les agradezca el bien que hacen, no se sienten amados, porque, en realidad, el amor, es lo que menos les interesa.

   3-3. Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha (MT. 6, 3).

   ¿Por qué tenemos la costumbre de dar?

   ¿Damos esperando conseguir bienes más valiosos que aquellos de los que nos desprendemos?

   ¿Damos esperando recibir bienes que tengan el mismo valor que los que repartimos?

   ¿Daríamos sin esperar recibir nada a cambio, o sabiendo que nadie reconocería el valor de nuestras buenas acciones?

   Jesús nos insta a los cristianos a dar pensando en disfrutar de la satisfacción que conlleva hacer el bien. Si alguien premia nuestra buena acción para con él, agradezcámosle el don que nos conceda, o las palabras con que nos elogie, porque tan importante es dar como recibir, pero no demos por egoísmo, sino por amor, a Dios, y a sus hijos.

   3-4. Haz el bien buscando la manera de conseguir que Dios sea reconocido y alabado por causa de la grandeza del amor que manifiestas (MT. 6, 4).

   ¿Cómo podemos conseguir estar seguros de que los motivos que nos mueven a hacer el bien no son egoístas? Actuemos secretamente, sin esperar recompensas por parte de los hombres, pues, los tales, jamás podrán imaginarse, que estamos beneficiándolos.

   No actuemos buscando la forma de que los hombres nos alaben, sino esforzándonos para que los tales alaben la grandeza del amor de Dios, que, para nuestra satisfacción, se les debe manifestar por nuestro medio. Recordemos que no nos conviene sentirnos privilegiados al ser alabados por una bondad que no nos caracteriza, sino por haber sido elegidos por dios, para representarlo ante sus hijos los hombres, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   No olvidemos que Dios recompensa las obras que hacemos sin esperar ser recompensados por los hombres, y que las recompensas divinas difícilmente serán bienes materiales, a menos que los mismos contribuyan a nuestra purificación, y a nuestra santificación. Recordemos que no deseamos actuar buscando recompensas divinas, porque Dios no recompensa a quienes sirven a sus hijos, no por amor, sino esperando recibir dádivas celestiales.

   3-5. Oremos por amor a Dios, y sin esperar que los hombres nos alaben por una fe, que no tenemos (MT. 6, 5).

   Si a todos nos gusta ser amados por quienes somos para nuestros familiares y amigos, ¿le gustará a dios que nos dirijamos a Él para aparentar que somos buenos cristianos?

   Imaginemos los católicos que leeremos esta meditación -la cual llegará a cristianos de diferentes denominaciones-, el siguiente caso: Supongamos que no tenemos la costumbre de arrodillarnos durante la conversión del pan y el vino, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad, de Nuestro Salvador, pero nos sucede que asistimos a una iglesia, en la que, en el citado momento, todos los asistentes a la misma, se arrodillan. ¿Permaneceríamos en pie en tal situación? En el caso de que nos arrodilláramos, ¿lo haríamos por amor a dios, o por no quedar mal? ¿Nos percatamos de que puede ser más fácil orar para guardar la apariencia que para demostrarle a Dios el amor que sentimos por Él?

   Hay quienes no oran si no siguen un orden litúrgico invariable. Hay quienes oran recitando fórmulas cuyo significado es desconocido para los tales. A Dios no le importa lo que le decimos cuando oramos, ni cómo se lo decimos, ni la postura que adoptamos para decírselo, ni el lugar en que se lo decimos. Para los católicos y evangélicos, los lugares más apropiados para orar, son las iglesias en que le tributan culto a Dios. Para los testigos de Jehová, los mejores lugares para orar, son los llamados salones del Reino, pero, a pesar de ello, todos los cristianos podemos orar, en cualquier lugar en que nos encontremos, y sintamos el deseo o la necesidad, de hablar, con Nuestro Padre celestial, a quien le importa, más que cómo guardamos las apariencias cuando oramos, la intención con que nos dirigimos a Él.

   A Dios, más que importarle el hecho de si nuestras oraciones son públicas o privadas, le interesa sentirse amado por nosotros, cuando nos dirigimos a Él (MT. 6, 6).

   3-6. ¿Con qué intención ayunamos? (MT. 6, 16).

   Dios no tiene necesidad de que ayunemos, pero, a pesar de ello, el ayuno tiene ciertos beneficios para nosotros, pero no tiene sentido abusar del mismo, porque puede perjudicarnos. Tengo muchas lectoras que tienen la costumbre de no desayunar durante muchos días, lo cual hace que las tales pongan en peligro su salud. De la misma manera que la falta de instrucción espiritual dificulta el crecimiento de la fe que nos caracteriza, el cuerpo debe ser debidamente alimentado, para que no contraiga enfermedades.

   Quienes quieran ayunar para dedicarse a la oración, no hacen nada malo, pero deben evitar ayunar prolongadamente, y abusar de esta práctica.

   -El ayuno nos sirve para crecer espiritualmente, pues nos conciencia de que, de la misma forma que tenemos que alimentar nuestros cuerpos, no tenemos por qué descuidar el aumento de nuestra fe.

   -El ayuno nos sirve para disciplinarnos. De la misma forma que necesitamos ser alimentados, queremos estar dispuestos, a cumplir nuestras obligaciones diarias.

   -El ayuno nos ayuda a apreciar los dones espirituales y materiales que Dios nos concede, y nos hace tener la conciencia de que, si nos sobran el dinero y los bienes materiales, podemos reducir el gasto en placeres y bienes efímeros, para ayudar a los pobres, a superar su difícil situación.

   Hagamos donaciones sin que nadie lo sepa para beneficiar a los desposeídos de este mundo, y no actuemos buscando el reconocimiento de los hombres.

   3-7. No pretendas que nadie te tenga lástima (MT. 6, 17-18).

   No convirtamos nuestros ayunos en espectáculos. En este mundo en que se valoran el poder, la riqueza, el prestigio y la eficacia, nadie nos tendrá lástima si salimos a la calle sin peinarnos, sin ducharnos y sin vestirnos adecuadamente. Si ayunamos, realicemos nuestras actividades con normalidad, con tal de actuar en secreto.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 6, 1-6. 16-18 a nuestras vidas.

   Responde las siguientes preguntas, ayudándote del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué no podemos ser recompensados siempre por dios y los hombres al mismo tiempo?
   2. ¿Por qué en ciertos casos tenemos que optar entre estar de parte de Dios o renunciar a seguir profesando nuestra fe?
   3. ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos hacer el bien buscando recompensas humanas tales como la demostración de admiración?

   3-2.

   4. Explica la diferencia existente entre la imitación y el seguimiento de Cristo.
   5. ¿Cómo podemos ser hipócritas aunque insistamos en que con nuestras obras y actos de culto manifestamos la fe que nos caracteriza?
   6. ¿Qué pueden ameritar quienes llevan a cabo buenas acciones, si, los motivos que los mueven a actuar, son malos?
   7. ¿Qué recompensa pueden obtener quienes hacen el bien intentando aparentar una misericordia que no los caracteriza?

   3-3.

   8. ¿Qué significa la frase de Jesús: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”?.
   9. ¿Por qué tenemos la costumbre de dar?
   10. ¿Damos esperando conseguir bienes más valiosos que aquellos de los que nos desprendemos?
   11. ¿Damos esperando recibir bienes que tengan el mismo valor que los que repartimos?
   12. ¿Daríamos sin esperar recibir nada a cambio, o sabiendo que nadie reconocería el valor de nuestras buenas acciones?
   13. ¿Crees que es tan importante dar como recibir? ¿Por qué?

   3-4.

   14. ¿Cómo podemos conseguir estar seguros de que los motivos que nos mueven a hacer el bien no son egoístas?
   15. ¿Cómo puedes conseguir que algunos de tus prójimos vean que Dios se les manifiesta por medio de tus obras caritativas y de las oraciones que le diriges a Nuestro Padre celestial?
   16. ¿Cuál es el mayor privilegio al que queremos aspirar los cristianos en esta tierra?
   17. ¿Cómo podemos representar a Dios ante quienes tienen una fe débil o no creen en Él?

   3-5.

   18. Si a todos nos gusta ser amados por quienes somos para nuestros familiares y amigos, ¿le gustará a dios que nos dirijamos a Él para aparentar que somos buenos cristianos?
   19. ¿Son útiles las oraciones que hacemos recitando fórmulas cuyo significado desconocemos?
   20. ¿Cuál es la postura correcta para orar?
   21. ¿Debemos hablarle a dios con nuestras palabras, o solamente nos conviene hacerlo utilizando fórmulas litúrgicas, dado que las mismas son oraciones más bien hechas que las nuestras?
   22. ¿Qué es lo que Dios requiere de nosotros cuando oramos, para considerar que nuestras oraciones son auténticas?

   3-6.

   23. Si Dios no necesita que ayunemos, ¿por qué se nos insta en la Biblia a recurrir a esa práctica?
   24. ¿Por qué no es conveniente abusar de la práctica del ayuno?
   25. ¿Explica qué relación hay entre los beneficios del ayuno, el crecimiento espiritual, y la alimentación de los cuerpos.
   26. ¿En qué sentido podemos disciplinarnos por medio de la práctica del ayuno?
   27. ¿Qué nos enseña el ayuno con respecto al uso y el abuso del dinero, y la vivencia desordenada de los placeres mundanos?

   3-7.

   28. ¿Por qué nos conviene realizar nuestras actividades ordinarias con plena normalidad cuando ayunemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos  IS. 1, 10-19. 58, 1-14.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 6, 1-6. 16-18.

   Comprometámonos a hacer una obra de caridad durante esta semana, para que la misma nos ayude a comprender el deseo que Dios tiene, de que toda la humanidad, viva como una sola familia de fe.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre Santo:

   Que las prácticas de la oración, el ayuno y la limosna, me ayuden a crecer espiritualmente, y me hagan comprender que si me esfuerzo en predicar el Evangelio y hacer el bien desinteresadamente, cada día serán más, los que te acepten y te amen, como su Dios y Padre.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 51.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com