Meditación de la Infancia de Jesús.
1. Durante el tiempo de Navidad hemos vivido una serie de acontecimientos trascendentales que no hemos de olvidar durante las semanas que faltan para comenzar la Cuaresma, los 40 días de preparación que nos adentran en la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. El relato del Nacimiento de Jesús no es una escena bíblica que hemos de recordar en la noche de Navidad para olvidarla durante el resto del año, así pues, Jesús nació para hacernos hijos de Dios y hermanos suyos.
2. Los Evangelistas Lucas y Mateo nos describen brevemente algunos pasajes de la infancia del Señor. En LC. 2, 1-20, encontramos el relato de la Natividad de Jesús y el encuentro de los pastores con el Mesías. En LC. 2, 21, podemos leer que José le impuso al Señor el nombre de Jesús el día en que su Hijo adoptivo fue circuncidado por mandato expreso del ángel Gabriel (LC. 1, 31). El nombre Jesús se traduce como "Dios salva", o como "Libertador". Es esta la razón por la que Yahveh, el Dios de los israelitas, se gloría de su siervo diciéndole las palabras que leemos en IS. 49, 6.
En LC. 2, 22-24, se nos habla de la presentación de Jesús ante Dios como primogénito de José y de María. Jesús le fue presentado a Dios para que Yahveh hiciera con él lo que estimara oportuno, pero fue rescatado inmediatamente después de su ofrecimiento, para servir a Dios en medio de su pueblo. Del texto que estamos meditando podemos deducir sin equivocarnos que José no tenía hijos, así pues, si hubiera tenido otros hijos anteriormente al establecimiento de su relación con María, ¿por qué le presentó a Dios a su último Hijo, cuando la Ley sólo le obligaba a consagrarle a su Criador a su primer hijo? José pudo poner a Jesús a disposición de Dios por ser el Mesías el primer hijo que tuvo con María. No debemos desestimar el hecho de que los personajes de los que San Marcos y San Mateo hablan en sus Evangelios eran primos de Jesús. Los nazarenos decían cuando oían a Jesús impartiendo magistralmente la enseñanza de su doctrina, las palabras escritas en MC. 6, 3, y en MT. 13, 55-56. El sacrificio de dos tórtolas o dos pichones o de un cordero que llevaron a cabo José y María para que la Madre de Jesús obtuviera su reconocimiento legal como mujer purificada, nos hace entender que la Sagrada Familia era pobre o acomodada, en el caso de que ofrendara un cordero. Muchos especuladores hablan de que Jesús y María provenían de familias muy acomodadas, basándose en el siguiente texto: (JN. 19, 23-24). Los citados especuladores han llegado a fantasear hasta el punto de difundir la idea de que Jesús se dio en matrimonio, protagonizando las bodas de Caná, un hecho que nosotros sabemos que no es cierto. Quizá el Evangelista llama a Jesús Nazareno en MT. 2, 23 porque ese fue el primer nombre con que se conoció a los cristianos y porque con ese nombre era conocido Jesús, pero, si estudiamos profundamente las Escrituras, podemos comprobar que Dios quería que su Hijo fuera conocido como nazareo o nazir, hombre casto, con el pelo corto, con la barba rasurada, que sólo vivía para cumplir la voluntad de su Criador. Aunque no todos estemos versados en el estudio del Antiguo Testamento, seguro que recordamos al famoso Sansón, su romance con la filistea Dalila, y las rogativas que le hizo a Dios para que acabara con su vida, con la esperanza de exterminar a quienes oprimían a su pueblo y le quemaron los ojos.
En LC. 2, 25-35, podemos leer el encuentro del anciano Simeón con la Sagrada Familia. Las prescripciones legales que José y María cumplieron aquel día les llenaron el corazón de júbilo, pero ciertamente su alegría fue perturbada por aquel misterioso anciano. Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué Dios oprime a los justos, sin entender que el sufrimiento nos ayuda a ser mejores personas cristianas (LC. 2, 25). Los cristianos, ante el mundo en que vivimos, a veces somos tenidos por visionarios e inconformistas. Dios quiere que el deseo de superarnos en nuestro medio sea parte del sentido de nuestra vida, así pues, quienes gustan de tener dinero son insaciables, de la misma manera que Simeón, además de ser un justo pacificador, no podía conformarse sin ver al Mesías antes de morir, porque, su encuentro con Dios, era el punto cúlmen de su felicidad. Para Simeón, el encuentro con Jesús, era el momento para el que había vivido durante mucho tiempo. Él era anciano, y sabía que sus servicios en el Templo cada día eran más escasos, porque se sentía débil, pero no por ello se dio a la estéril tarea de mortificarse, porque, siendo una creatura de Dios, no podía menospreciarse, para no rechazar a Yahveh.
Simeón les dijo a José y María que Jesús sería el motivo por el que muchos humildes serían levantados y muchos soberbios caerían desde el poder en Israel, y que su Hijo sería un signo de contradicción para sus enemigos. José no viviría para contemplar a su Hijo desangrándose en la cruz, pero María sufriría como si una espada atravesara su corazón lentamente siendo empuñada por un verdugo que disfrutaría haciéndola morir lentamente como jamás lo hubiera podido hacer llevando a cabo otra acción. Quizá José y María, ante aquel anuncio doloroso, se preguntaron qué sentido tendría el hecho de que el Mesías de Dios muriera ajusticiado como uno de los zelotes que eran castigados hasta ser asesinados por los soldados que odiaban intensamente a los judíos.
En LC. 2, 36-38, el Evangelista nos habla brevemente de la experiencia que tuvo la profetisa Ana sirviendo a Yahveh durante muchos años. Ella se consagró al servicio de Dios después de quedarse viuda durante el séptimo año de su matrimonio. Ana, al ver a Jesús, empezó a avivar la esperanza de sus oyentes, hablándoles de la redención de Jerusalén. Ana no se refería a la expulsión de los colonizadores de Palestina, sino a la purificación del pueblo.
Después de que la Sagrada Familia volviera de su viaje forzado a Egipto y se estableciera en Nazaret, se inició un largo periodo, del que ninguno de los Evangelistas que forman parte del canon bíblico (canónicos) nos han aportado ningún dato. Con respecto a este periodo, Lucas, el compañero de fatigas de San Pablo, nos dice: (LC. 2, 39-40). El Evangelista nos dice que Jesús era un niño saludable que se fortalecía, y, al mismo tiempo, adquiría conocimientos terrenos y la sabiduría de Dios se manifestaba en el Hijo de María. Pienso que todos los padres deberían cuestionarse sobre si sus hijos crecen en los aspectos citados anteriormente.
¿Son vuestros hijos saludables?
En el caso de los niños que padecen enfermedades que dificultan su vida, ¿se les aportan todos los medios que necesitan para adaptarse a su entorno?
¿Adquieren los niños conocimientos mediante el estudio y sus experiencias vitales?
¿Conocen vuestros hijos a la Trinidad Beatísima?
El siguiente episodio de la infancia del Mesías, nos lo narra San Lucas, entre los versículos 41 y 51 del capítulo 2 de su segunda obra. Cuando el Señor tenía 12 años, en conformidad con la Ley de Israel, el Hijo de María asistió a la celebración de la Pascua hebrea, que, como sabemos, era una fiesta que se celebraba en la capital de Judea, con motivo de la liberación de los descendientes de Abraham de la esclavitud de Egipto, que llevó a cabo Moisés, bajo la inspiración de Dios. Jesús debió vivir aquella fiesta intensamente con el corazón lleno de alegría recitando y meditando los Salmos graduales (los mismos que se utilizan en las horas tercia, sexta y nona, en la oración de la Liturgia de las Horas). Durante el tercer día de la celebración, José le ordenó a María que se dispusiera a preparar rápidamente el retorno a Nazaret, que habría de durar unos dos días. No era conveniente que se separaran de los nazarenos que los acompañaban y de sus conocidos de pueblos cercanos, pues ello podría contribuir a evitarles una serie de peligros muy desagradables, pues los zelotes acechaban en las tinieblas para ejecutar a sus víctimas. José inició su viaje de retorno pensando que su Hijo estaba con María. María pensaba que Jesús estaba con su marido, con la familia de San Juan Bautista, o con otro de sus conocidos. Cuando anocheció aquel día, José y María se separaron de la comitiva de peregrinos para volver a Jerusalén para buscar al Mesías. Ellos tenían muchos temores fundados que les hacían sospechar que Jesús podía estar siendo torturado, si es que no había sido sacrificado. José y María no tenían tiempo de culparse el uno al otro por la pérdida del niño, así pues, apenas llegaron a la ciudad, iniciaron una búsqueda que se prolongó durante tres días, al cabo de los cuáles, encontraron al Niño Dios en el Templo, meditando la Palabra de Dios junto a a los doctores de la Ley, que estaban admirados de la sabiduría de aquel niño. Cuando María pudo acercarse a su Hijo, hizo un gran esfuerzo por ocultar sus lágrimas, pero no pudo evitar que su preocupación se convirtiera en enfado. Jesús, temiendo una buena reprimenda de sus padres, le dijo a María que tenía que anteponer el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común ante la observancia de las órdenes de ellos. Jesús no le dijo a María que no la amaba, sino que tenía que vivir atento al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello le costara un gran esfuerzo. José y María no comprendieron a Jesús, pero, con la alegría de haber encontrado a su Hijo, iniciaron nuevamente su viaje a Nazaret, intentando recuperar parte del tiempo que habían perdido.
A partir de la pérdida y aparición de Jesús en el Templo, se extendió un silencio en la vida de Jesús en las predicaciones de los Evangelios canónicos, que abarcó un periodo aproximado de 16 años, durante el cuál, San Lucas nos dice que "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (LC. 2, 52). Con la meditación de los misterios de la Infancia de Jesús por parte de María y la maduración de Jesús, San Lucas finaliza su relato de la infancia del Señor (LC. 2, 51-52).
Por su parte, San Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió en Apóstol o testigo ocular del Mesías, hizo un breve resumen del Nacimiento de Jesús, que se extiende entre los versículos 18 y 25 del capítulo 1 de su obra, antecedido por una genealogía de Jesucristo. Si San Lucas enfocó su Evangelio de forma que sus lectores pudieran abarcar la misericordia divina, San Mateo, que tenía la intención de hacer que sus lectores hebreos comprendieran que las antiguas profecías mesiánicas se cumplieron en Jesús, juzgó oportuno escribir un relato de la infancia del Señor diferente al de San Lucas, aportando la visita de los Magos de Oriente a Herodes y al Mesías. (Para obtener información del capítulo 2 de San Mateo, consúltese la fiesta de la Epifanía del Señor).
3. A pesar de que finalizamos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor, la Iglesia nos pide que, al leer y meditar el Evangelio de hoy, recordemos nuevamente la citada fiesta. Jesús es el Cordero de Dios que fue sacrificado para conducirnos a la presencia del Padre inmaculados e indefectibles.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
Introduce el texto que quieres buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta pastores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pastores. Mostrar todas las entradas
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos. (Estudio bíblico para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. (19 de marzo).
Meditación.
A pesar del protagonismo que nuestro santo tuvo en la vida de Jesús, en la Biblia se nos da una información muy reducida con respecto al marido de María, la cuál nos es suficiente como para reconocer los méritos que coronaron la existencia del Patrón de la Iglesia Católica, los seminaristas y la buena muerte. En la Biblia se nos dice que José pertenecía al linaje de David (MT. 1, 20), por lo cuál era de Belén. Él pactó con Joaquín su matrimonio con María. José no sabía que Dios iba a cambiar sus planes de una forma inesperada. Antes de contraer matrimonio con la Madre del Mesías, José supo que su prometida estaba embarazada (MT. 1, 19), por lo cuál la Ley (LV. 20, 10) le obligaba a lapidarla, para extirpar el adulterio de Israel. Si él asesinaba a su prometida no podría evitar la difusión de aquel hecho que era conocido por todos los habitantes de Nazaret. Él amaba demasiado a María como para asesinarla, pero no podía aceptar el hecho de convivir con un Hijo de María que le recordaría todos los días de su vida la supuesta infidelidad de su futura esposa.
Dios tiene la solución ideal a todos nuestros problemas, pero, antes de iluminarnos, pone a prueba nuestra voluntad, con el fin de que nos conozcamos. Cuando con gran alegría Nuestro Padre común vio que José en lugar de querer lapidar a su futura esposa decidió alejarse de su prometida secretamente, hizo que un ángel le dijera que se casara con la hija de Ana, pues el fruto de su vientre procedía del Espíritu Santo (MT. 1, 20), por lo cuál había de creer que ella no le había sido infiel.
José hubo de organizar su boda rápidamente antes de que Jesús naciera para evitar las miradas burlonas y críticas de los nazarenos, y para emprender el viaje a Belén junto a su mujer, pues ambos habían de empadronarse cuando Tiberio, el Emperador de Roma, realizó un censo, con el fin de obtener dinero para subvencionar las obras imperiales (LC. 2, 1-5).
A pesar de que José tenía medios suficientes para hospedarse en la posada de Belén, Dios quiso que viviera la terrible humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban como establo, mientras que, según un relato apócrifo, Dios gozó intensamente al nacer entre dos animales muy dóciles que calentaron al Niño Dios con su aliento, una mula y un buey. Ojalá todos comprendiéramos que en el mundo que vivimos no podemos prescindir unos de otros, y por ello empezáramos a transmitirnos el afecto que ha de caracterizarnos para que podamos aprender a compartir nuestras posesiones con quienes las necesitan. José recibió una gran lección de amor y compañerismo de adversidad cuando los pastores visitaron a la Sagrada Familia en la cueva de Belén.
La Profecía de Simeón (LC. 2, 28-32) hizo que nuestro santo sufriera mucho al saber que no sería partícipe del sufrimiento de Jesús y María porque tenía que morir antes de que las personas que más amaba entraran en agonía. La vida del Patrón de la Iglesia fue una gran lucha contra sus sentimientos, una gran resistencia contra la idea de que su mujer le fue infiel en su juventud, un intenso esfuerzo para aprender a amar a un Hijo que no fue engendrado como compendio del vínculo que le unía a la mujer que amaba, y un esfuerzo constante por resistir a la miseria que invadía al país de los judíos por causa de las diversas injusticias que se llevaban a cabo en esa tierra.
Os copio un fragmento de la meditación que edité el día de la Sagrada Familia con la pretensión de que podamos recordar cuál era la situación social que vivió la Sagrada Familia de Nazaret:
"Son muchas las familias que tienen problemas graves. Muchos hijos no comprenden la forma de pensar de sus padres, y muchos padres no pueden aceptar la forma de proceder de sus hijos. Como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, tenemos muchos problemas que afectan nuestras relaciones de familia. En los años en que Jesús vivió en Palestina, aquel país estaba dominado por los romanos, los cuáles no se privaban de usar la violencia para someter a los judíos. Igual que en el tiempo de Jesús, existen hombres capaces de hacer cualquier cosa por aumentar su riqueza, y verse encumbrados en la más alta cima del poder. Al igual que sucede en nuestro tiempo, el terrorismo estaba presente en el país de Jesús, pues los zelotes siempre asesinaban a las víctimas que seleccionaban cuidadosamente. Todos los contemporáneos de Nuestro Señor estaban sometidos a las percepciones religiosas de la clase sacerdotal, de igual forma que en nuestro tiempo mucha gente vive sometida a los líderes espirituales que dirigen cuidadosa y astutamente las sectas a las que pertenecen. Muchos niños, jóvenes y adultos pasan bastantes horas frente al televisor y el ordenador, obviando la posibilidad de desarrollar su espiritualidad, impidiéndose a sí mismos el hecho de comunicarse con sus prójimos.
Gracias a Dios estamos superando enfermedades que en el pasado eran mortales y en nuestro tiempo carecen de importancia porque pueden ser curadas con una facilidad muy relativa, pero, al sumirnos excesivamente en la observación de los avances científicos, nos estamos construyendo un caparazón, y por ello cada día nos sentimos más aislados. Me asombra mucho la debilidad que caracteriza a quienes no son capaces de enfrentarse a sus dificultades. María no contó con la ayuda de ningún psicólogo cuando temió que José la asesinara por haberle sido supuestamente infiel. José no contó con ningún libro de autoayuda para borrar de su alma el resentimiento letal que le causaba el supuesto acto de adulterio que María cometió contra su persona. José y María no contaron con la asistencia social que hubieran necesitado sin duda cuando tuvieron que huir a Egipto amparándose en las tinieblas de la noche para salvar a Jesús de la muerte.
¿Por qué les encomendó Dios la extraña misión de salvarle la vida a Jesús a María y a José?
¿Cómo podría aquel Niño salvar a su pueblo en el futuro si Dios lo puso en el mundo sin diferenciarlo de otros niños, exponiéndolo a la muerte?
En nuestro tiempo hay mucha gente incapacitada para luchar y lograr sus objetivos. Cada día hay más gente que quiere divorciarse. La Sagrada Familia resistió sus dificultades. No podemos decir que Dios facultó a la Sagrada Familia con dones especiales para que resistiera perfectamente sus problemas, así pues, es digno de recordar el malentendido que les surgió cuando Jesús desapareció de la vista de los padres con motivo de la celebración de la Pascua (LC. 2, 41-50), pues sus progenitores creían que su Hijo estaba con alguno de sus parientes".
José fue un regalo que Dios les hizo a Jesús y a María para que les protegiera y les amara. José fue para sus familiares más queridos la imagen del Dios amante y protector a quienes ellos se sometieron por designio divino y porque en aquel tiempo los niños y las mujeres eran inferiores a los hombres, así pues, aunque no dudamos del amor que José le manifestó a su Hijo, eran muchos los hombres que tenían a sus descendientes como si los mismos fueran sus esclavos.
José de Nazaret, por tu dolor, por tu aceptación de la paternidad de Jesús y de la Iglesia, y por el amor y protección que le brindaste a María, pídele a Dios que, independientemente de nuestras divisiones, todos aprendamos a ser hermanos unos de otros, para que, a través del ejercicio de la caridad, veamos en Dios a Nuestro Padre verdadero, y por ello empecemos a vivir en esta tierra, haciendo de ella el Reino de Dios presente entre los miembros de nuestra Santa Madre Iglesia. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
A pesar del protagonismo que nuestro santo tuvo en la vida de Jesús, en la Biblia se nos da una información muy reducida con respecto al marido de María, la cuál nos es suficiente como para reconocer los méritos que coronaron la existencia del Patrón de la Iglesia Católica, los seminaristas y la buena muerte. En la Biblia se nos dice que José pertenecía al linaje de David (MT. 1, 20), por lo cuál era de Belén. Él pactó con Joaquín su matrimonio con María. José no sabía que Dios iba a cambiar sus planes de una forma inesperada. Antes de contraer matrimonio con la Madre del Mesías, José supo que su prometida estaba embarazada (MT. 1, 19), por lo cuál la Ley (LV. 20, 10) le obligaba a lapidarla, para extirpar el adulterio de Israel. Si él asesinaba a su prometida no podría evitar la difusión de aquel hecho que era conocido por todos los habitantes de Nazaret. Él amaba demasiado a María como para asesinarla, pero no podía aceptar el hecho de convivir con un Hijo de María que le recordaría todos los días de su vida la supuesta infidelidad de su futura esposa.
Dios tiene la solución ideal a todos nuestros problemas, pero, antes de iluminarnos, pone a prueba nuestra voluntad, con el fin de que nos conozcamos. Cuando con gran alegría Nuestro Padre común vio que José en lugar de querer lapidar a su futura esposa decidió alejarse de su prometida secretamente, hizo que un ángel le dijera que se casara con la hija de Ana, pues el fruto de su vientre procedía del Espíritu Santo (MT. 1, 20), por lo cuál había de creer que ella no le había sido infiel.
José hubo de organizar su boda rápidamente antes de que Jesús naciera para evitar las miradas burlonas y críticas de los nazarenos, y para emprender el viaje a Belén junto a su mujer, pues ambos habían de empadronarse cuando Tiberio, el Emperador de Roma, realizó un censo, con el fin de obtener dinero para subvencionar las obras imperiales (LC. 2, 1-5).
A pesar de que José tenía medios suficientes para hospedarse en la posada de Belén, Dios quiso que viviera la terrible humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban como establo, mientras que, según un relato apócrifo, Dios gozó intensamente al nacer entre dos animales muy dóciles que calentaron al Niño Dios con su aliento, una mula y un buey. Ojalá todos comprendiéramos que en el mundo que vivimos no podemos prescindir unos de otros, y por ello empezáramos a transmitirnos el afecto que ha de caracterizarnos para que podamos aprender a compartir nuestras posesiones con quienes las necesitan. José recibió una gran lección de amor y compañerismo de adversidad cuando los pastores visitaron a la Sagrada Familia en la cueva de Belén.
La Profecía de Simeón (LC. 2, 28-32) hizo que nuestro santo sufriera mucho al saber que no sería partícipe del sufrimiento de Jesús y María porque tenía que morir antes de que las personas que más amaba entraran en agonía. La vida del Patrón de la Iglesia fue una gran lucha contra sus sentimientos, una gran resistencia contra la idea de que su mujer le fue infiel en su juventud, un intenso esfuerzo para aprender a amar a un Hijo que no fue engendrado como compendio del vínculo que le unía a la mujer que amaba, y un esfuerzo constante por resistir a la miseria que invadía al país de los judíos por causa de las diversas injusticias que se llevaban a cabo en esa tierra.
Os copio un fragmento de la meditación que edité el día de la Sagrada Familia con la pretensión de que podamos recordar cuál era la situación social que vivió la Sagrada Familia de Nazaret:
"Son muchas las familias que tienen problemas graves. Muchos hijos no comprenden la forma de pensar de sus padres, y muchos padres no pueden aceptar la forma de proceder de sus hijos. Como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, tenemos muchos problemas que afectan nuestras relaciones de familia. En los años en que Jesús vivió en Palestina, aquel país estaba dominado por los romanos, los cuáles no se privaban de usar la violencia para someter a los judíos. Igual que en el tiempo de Jesús, existen hombres capaces de hacer cualquier cosa por aumentar su riqueza, y verse encumbrados en la más alta cima del poder. Al igual que sucede en nuestro tiempo, el terrorismo estaba presente en el país de Jesús, pues los zelotes siempre asesinaban a las víctimas que seleccionaban cuidadosamente. Todos los contemporáneos de Nuestro Señor estaban sometidos a las percepciones religiosas de la clase sacerdotal, de igual forma que en nuestro tiempo mucha gente vive sometida a los líderes espirituales que dirigen cuidadosa y astutamente las sectas a las que pertenecen. Muchos niños, jóvenes y adultos pasan bastantes horas frente al televisor y el ordenador, obviando la posibilidad de desarrollar su espiritualidad, impidiéndose a sí mismos el hecho de comunicarse con sus prójimos.
Gracias a Dios estamos superando enfermedades que en el pasado eran mortales y en nuestro tiempo carecen de importancia porque pueden ser curadas con una facilidad muy relativa, pero, al sumirnos excesivamente en la observación de los avances científicos, nos estamos construyendo un caparazón, y por ello cada día nos sentimos más aislados. Me asombra mucho la debilidad que caracteriza a quienes no son capaces de enfrentarse a sus dificultades. María no contó con la ayuda de ningún psicólogo cuando temió que José la asesinara por haberle sido supuestamente infiel. José no contó con ningún libro de autoayuda para borrar de su alma el resentimiento letal que le causaba el supuesto acto de adulterio que María cometió contra su persona. José y María no contaron con la asistencia social que hubieran necesitado sin duda cuando tuvieron que huir a Egipto amparándose en las tinieblas de la noche para salvar a Jesús de la muerte.
¿Por qué les encomendó Dios la extraña misión de salvarle la vida a Jesús a María y a José?
¿Cómo podría aquel Niño salvar a su pueblo en el futuro si Dios lo puso en el mundo sin diferenciarlo de otros niños, exponiéndolo a la muerte?
En nuestro tiempo hay mucha gente incapacitada para luchar y lograr sus objetivos. Cada día hay más gente que quiere divorciarse. La Sagrada Familia resistió sus dificultades. No podemos decir que Dios facultó a la Sagrada Familia con dones especiales para que resistiera perfectamente sus problemas, así pues, es digno de recordar el malentendido que les surgió cuando Jesús desapareció de la vista de los padres con motivo de la celebración de la Pascua (LC. 2, 41-50), pues sus progenitores creían que su Hijo estaba con alguno de sus parientes".
José fue un regalo que Dios les hizo a Jesús y a María para que les protegiera y les amara. José fue para sus familiares más queridos la imagen del Dios amante y protector a quienes ellos se sometieron por designio divino y porque en aquel tiempo los niños y las mujeres eran inferiores a los hombres, así pues, aunque no dudamos del amor que José le manifestó a su Hijo, eran muchos los hombres que tenían a sus descendientes como si los mismos fueran sus esclavos.
José de Nazaret, por tu dolor, por tu aceptación de la paternidad de Jesús y de la Iglesia, y por el amor y protección que le brindaste a María, pídele a Dios que, independientemente de nuestras divisiones, todos aprendamos a ser hermanos unos de otros, para que, a través del ejercicio de la caridad, veamos en Dios a Nuestro Padre verdadero, y por ello empecemos a vivir en esta tierra, haciendo de ella el Reino de Dios presente entre los miembros de nuestra Santa Madre Iglesia. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Infancia de Jesús. (Reportaje para la fiesta de la Epifanía del Señor).
Meditación.
La Infancia de Jesús.
Introducción.
La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).
En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.
Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).
Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.
Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.
Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.
En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.
Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra salvación, siempre que:
1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.
2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.
En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:
La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.
La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.
El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.
El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.
El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.
La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.
La Misa Vespertina de Navidad.
El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.
A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.
(IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.
El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.
(IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.
(IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.
Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.
(1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).
Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.
(LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).
Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).
Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).
(MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).
(MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.
(MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
(MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.
(LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).
En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.
La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.
¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.
(LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.
(LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.
(LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.
(MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
(MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.
(MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.
(MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.
(LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.
(LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.
Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.
Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La Infancia de Jesús.
Introducción.
La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).
En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.
Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).
Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.
Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.
Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.
En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.
Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra salvación, siempre que:
1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.
2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.
En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:
La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.
La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.
El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.
El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.
El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.
La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.
La Misa Vespertina de Navidad.
El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.
A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.
(IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.
El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.
(IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.
(IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.
Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.
(1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).
Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.
(LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).
Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).
Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).
(MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).
(MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.
(MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
(MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.
(LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).
En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.
La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.
¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.
(LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.
(LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.
(LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.
(MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
(MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.
(MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.
(MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.
(LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.
(LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.
Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.
Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)