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Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Después de leer atentamente con ojos incrédulos el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, un ateo exclamó lleno de asombro: “¡Ese Jesús debía estar loco!

   ¿Cómo podemos amar a aquellos de quienes creemos que nos odian, independientemente de que nuestra idea respecto del citado desprecio tenga fundamentos sólidos y reales?”.

   Quienes sois padres podéis hablar extendiéndoos mucho sobre lo que significa dar dádivas materiales y espirituales sin recibir nada a cambio, pero, ¿seremos capaces de dejar que quienes nos roben nos asalten nuevamente? Esta cuestión es muy llamativa para mí, porque he sido víctima de un grupo de adolescentes en varias ocasiones.

   El lenguaje de Jesús es claro y sencillo, pero es difícil encontrar a un personaje ilustre que sin usar de la poesía haya explicado con tanta magnificencia como lo hizo el Hijo de María  en su tiempo el significado del amor y las consecuencias que sufren quienes viven y aman a pesar de la adversidad que ello pueda significar para ellos y sus seres queridos en un determinado periodo de tiempo.

   El próximo miércoles empezaremos a conmemorar el tiempo de Cuaresma, durante el cual nos ampararemos en la meditación de la Palabra de Dios, para aprender a amarnos nosotros y aceptar a nuestros prójimos con sus virtudes y defectos. Es esta la razón por la cual creo oportuno el hecho de enumerar las características del amor de que nos habla San Pablo en su primera Carta a los cristianos de Corinto.

   1. El amor es comprensivo.

   2. El amor es servicial.

   3. El amor no sabe nada de envidias.

   4. El amor no sabe nada de jactancias.

   5. El amor no es orgulloso.

   6. El amor no es egoísta.

   7. El amor no pierde los estribos.

   8. El amor no es grosero.

   9. El amor no es rencoroso.

   10. El amor no se alegra de la injusticia.

   11. El amor encuentra su gozo en la verdad.

   12. El amor disculpa sin límites.

   13. El amor confía sin límites.

   14. El amor espera sin límites.

   15. El amor soporta la adversidad sin límites.

   16. El verdadero amor nunca muere (1 COR. 13, 4-8A).

   Sería interesante el hecho de que todos memoricemos las características del amor para intentar aplicarlas a nuestra vida. Analicemos todos los acontecimientos que vivamos y conozcamos bajo la óptica del amor con que Dios nos ha llamado a ser sus hijos la forma de interpretar los mismos.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Los textos que la Iglesia ha entresacado de las Sagradas Escrituras para que los meditemos en esta ocasión hacen referencia a nuestra forma de actuar en nuestro ámbito familiar y social. Es esta la causa por la cual deseo proponeros una serie de meditaciones extrabíblicas que pueden fomentar nuestras relaciones y hacer nuestra existencia más agradable.

   Una de las características que nos son comunes a los cristianos de todos los tiempos es la desunión que curiosamente se debe a la forma que tenemos de interpretar la Palabra de Dios.

   Cuando comprobamos que hemos cometido un error, puede sucedernos que deseemos considerarnos pecadores sin remedio, o quizá pensamos que nuestros fallos se pueden corregir de alguna manera, pero, ¿qué pensamos cuando la conducta y/o los pensamientos de nuestros prójimos no se corresponden con el beneplácito de nuestra voluntad?.

   Cuando nuestros prójimos no comprenden las circunstancias de su vida con la misma capacidad y rapidez que lo hacemos nosotros, tenemos tendencia a tacharlos de lentos e incompetentes, pero, cuando la lentitud de comprensión y conversión al Evangelio recae sobre nosotros, decimos que somos concienzudos y conscientes, y que necesitamos tiempo para ordenar nuestras ideas.

   Cuando nuestros prójimos no corrigen sus defectos, tenemos tendencia a tacharlos de pecadores malditos, pero cuando nos negamos a corregir nuestras deficiencias, decimos que no tenemos tiempo para meditar, que no sabemos cómo desechar lo malo de la vida y quedarnos con lo bueno, o que no sabemos escoger el camino correcto.

   Cuando nuestros prójimos cometen un fallo porque participan en una actividad en cuyo campo no se defienden muy bien, tendemos a decir que son unos entrometidos, que harían mejor si no se metieran donde nadie los llama, pero si el fallo es cometido por nosotros, o nos tachamos de pecadores irremediables, o decimos que todo el que tiene boca se equivoca.

   Cuando nuestros prójimos no se sienten identificados con los miembros de nuestro círculo social, solemos decir que tienen prejuicios con respecto a nuestros seres queridos y a nosotros, pero cuando nuestros prójimos se mueven en un ambiente que creemos perjudicial por sano que dicho medio sea, tendemos a decir que tenemos buen juicio, y que deseamos sacar a nuestros hermanos del círculo vicioso en que se hayan encerrados.

   Cuando nuestros prójimos no ceden en la afirmación de sus argumentos cuando discutimos con ellos, tenemos tendencia a decir que son tercos, pero cuando no cedemos en la defensa de nuestros pensamientos, nos sentimos orgullosos porque nuestra personalidad es firme y constante.

   Cuando nuestros prójimos se fijan en pequeños detalles, los tachamos de maníacos, pero nosotros hacemos lo propio cuando consideramos que debemos ser detallistas y cuidadosos.

   Por amor y respeto a Nuestro Dios y a nuestros hermanos los hombres, debemos aceptar a los demás como son, con sus virtudes y defectos, e incluso hemos de valorar los méritos de la discrepancia.

   2. El Evangelio de hoy me ha traído a la memoria una célebre frase: "Vive y deja vivir".

   No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que nuestros prójimos se contagien de nuestras debilidades.

   No podemos consentir que nuestros familiares y amigos contraigan nuestro miedo a la condenación eterna, pues debemos inculcarles a nuestros hijos una educación que sustituya el miedo por el respeto, la tolerancia, la libertad y la responsabilidad.

   A la hora de transmitirles a nuestros familiares y amigos nuestros apreciados valores, debemos considerar las siguientes frases:

   "No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina, justamente, junto a mí para, sencillamente, ser mi amigo".

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   El autor del libro de la Sabiduría nos habla minuciosamente en la primera lectura de la forma según la cual la increencia de la gente ha dado pie a que muchos cristianos de todos los tiempos hayan sido asesinados por la incomprensión y muchas injusticias como lo es el afán de poder. Sin llegar al extremo de entregar la vida a través del sometimiento voluntario por nuestra parte a la pena capital, somos muchos los discípulos de Jesús que día a día sufrimos el agravio de quienes en muchas ocasiones involuntariamente hieren nuestra sensibilidad. Para poder vivir concordemente con quienes no aceptan nuestras creencias, debemos asimilar que vivimos en una sociedad con cierta tendencia a hacerse pluralista, es decir, con un gran afán de dar cabida en su seno a una gran diversidad de personas con diferentes creencias que se caracterizan porque comparten comúnmente una serie de derechos y deberes por cuya existencia no podemos decir que somos miembros constituyentes de pequeñas o grandes sociedades o comunidades aisladas en el ámbito pluralista que nos caracteriza actualmente. Por otra parte, no debemos sentirnos acosados si los ateos y otros que tienen una ideología que difiere de nuestra fe universalista nos interrogan con respecto a nuestra forma de actuar y pensar, por consiguiente, imaginaos cuánta pena no sentirán con respecto a nosotros quienes creen que nuestros Sacramentos son ritos estériles y que la vida eterna sólo es para nosotros una especie de antidepresivo que nos ayuda en ciertos momentos a soportar las contrariedades que atañen a nuestra vida. Cuando yo tenía 17 años y empecé a prepararme seriamente para testimoniar mi fe, mi familia se escandalizaba de mí no con la idea de ridiculizarme para que desistiera de mi pretensión, sino porque mis seres queridos carecen de mi fe y creen que mi actividad evangélica carece de sentido.

   La Santa Sede y los Episcopados están contribuyendo involuntariamente al aumento del rechazo de nuestra fe por parte de muchos hermanos nuestros que dicen ser católicos pero que no soportan los largos periodos de Catequesis durante los cuales deben ser instruidos para que sus hijos reciban la primera Comunión. Nuestros pastores me dan la impresión de que quieren enfrentarse a las ópticas no católicas ampliando los periodos catequéticos basándose en la doctrina tradicionalista que la Iglesia siempre ha defendido, un sistema catequético que desgraciadamente carece de fundamentos en ciertos aspectos para satisfacer las necesidades espirituales de la gente de nuestro tiempo que no lo comprende.

   No debe extrañarnos el hecho de que el mundo no comprenda nuestra forma de proceder, así pues, es difícil encontrar a alguna persona que ignore las recomendaciones que Jesús nos hace con respecto a los pobres en los Evangelios, y nosotros, nos dedicamos a orar, tomamos la parte de la Biblia que más nos satisface en determinados momentos, presumimos de ser hombres y mujeres de fe cuando procesionamos nuestras imágenes sagradas, y el trabajo que muy pocos de entre nosotros hacen con los carentes de dádivas espirituales y materiales es desconocido entre otras cosas porque no contribuimos económicamente a extender y ampliar el magnífico proyecto del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Si nuestro ideal no va más allá de formar una familia, tener un buen coche y algún dinero para aliviar nuestras penas teniendo medios para vivir un rato de ocio, el ideal del Reino consiste en la creación de una sociedad universalista en la cual no existen diferencias marginales de ningún tipo.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com