Misa del día.
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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San José de Nazaret. (Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José de Nazaret.
Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
(LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.
(LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).
Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
(MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).
-De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
-De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar, matar y perderlo todo por todo.
Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.
-Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José de Nazaret.
Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
(LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.
(LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).
Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
(MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).
-De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
-De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar, matar y perderlo todo por todo.
Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.
-Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Infancia de Jesús. (Reportaje para la fiesta de la Epifanía del Señor).
Meditación.
La Infancia de Jesús.
Introducción.
La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).
En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.
Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).
Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.
Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.
Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.
En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.
Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra salvación, siempre que:
1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.
2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.
En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:
La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.
La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.
El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.
El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.
El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.
La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.
La Misa Vespertina de Navidad.
El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.
A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.
(IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.
El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.
(IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.
(IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.
Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.
(1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).
Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.
(LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).
Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).
Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).
(MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).
(MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.
(MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
(MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.
(LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).
En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.
La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.
¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.
(LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.
(LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.
(LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.
(MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
(MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.
(MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.
(MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.
(LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.
(LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.
Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.
Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La Infancia de Jesús.
Introducción.
La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).
En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.
Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).
Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.
Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.
Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.
En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.
Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra salvación, siempre que:
1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.
2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.
En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:
La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.
La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.
El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.
El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.
El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.
La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.
La Misa Vespertina de Navidad.
El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.
A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.
(IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.
El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.
(IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.
(IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.
Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.
(1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).
Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.
(LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).
Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).
Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).
(MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).
(MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.
(MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
(MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.
(LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).
En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.
La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.
¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.
(LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.
(LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.
(LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.
(MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
(MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.
(MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.
(MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.
(LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.
(LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.
Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.
Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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