Visión pascual de JN. 6.
(Estudio breve de JN. 6).
Nota: El Evangelio de hoy es JN. 6, 51-58. El presente estudio ayudará a interpretar la perícopa evangélica que leeremos en las celebraciones eucarísticas de este día.
Estimados hermanos y amigos:
Sabemos que los Evangelios contienen la vida de Jesús en sus páginas, y, para interpretarlos adecuadamente, debemos ver cómo se entendían las palabras de Nuestro Salvador y los hechos de que el Mesías era protagonista, tanto en el tiempo en que acontecieron, como en el tiempo en que fueron escritos los cuatro volúmenes bíblicos más importantes de las Sagradas Escrituras, porque en los mismos se nos narra la redención de la humanidad, que fue llevada a cabo, por el Hijo de Dios y María.
Si analizamos superficialmente el sexto capítulo del cuarto Evangelio, -el texto que meditamos entre los Domingos XVII y XXI del Ciclo B del Tiempo Ordinario de la Liturgia de la Iglesia Católica-, nos percatamos de que, entre las letras del citado capítulo bíblico, se describen la falsa visión de Jesús de quienes lo aceptan a cambio de comprometerlo a cumplir sus expectativas, y la visión de quienes se adhieren a nuestro Redentor desinteresadamente, con tal de aprender a cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo del Profeta de Nazaret.
San Juan nos dice que Jesús era seguido por mucha gente, porque veía los milagros que hacía con los enfermos (JN. 6, 2). Este hecho debería hacernos meditar sobre las razones por las que somos seguidores de Jesús.
No sigamos a Jesús en atención a nuestras carencias materiales, aunque las mismas sean muchas, y lleguen a preocuparnos.
Sigamos a Jesús porque Nuestro Salvador es el pan de vida que necesitamos, porque su conocimiento del Padre y el Espíritu Santo, y sus experiencias vitales de víctima del odio inhumano, y del padecimiento, nos ayudan a vencer dificultades en nuestra vida, al mismo tiempo que nos acrecientan la fe.
No sigamos a Jesús pensando en buscar la forma de comprometerlo a satisfacer nuestras carencias y caprichos materiales, pues Él es el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre, la verdad que nos libera de seguir pecando y de la tristeza que comporta vivir sin amor, y la vida eterna de la gracia que deseamos, más allá de la vivencia de la miseria, que afecta a la mayor parte de la humanidad (JN. 14, 6).
Jesús multiplicó el pan para alimentar a la multitud de sus seguidores en la cima de una montaña (JN. 6, 3), -lo cual significa la cercanía a Nuestro Santo Padre-, cuando se acercaba la Pascua hebrea (JN. 6, 4), un tiempo propicio para cualquiera que quisiera ser seguido por sus convicciones religiosas, por causa de la importancia de la celebración del recuerdo de la liberación de los hebreos de la esclavitud de Egipto.
La cercanía de la Pascua hebrea de que nos habla San Juan en su primera obra es muy importante para nosotros, porque nos recuerda la necesidad que tenemos de encontrar tiempo para cultivar una bella relación tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. A veces la vida nos obliga a ser egoístas, ora porque tenemos que trabajar muchas horas por causa de la pobreza que nos afecta, ora porque estamos obsesionados con la consecución de riquezas, y nos creamos necesidades que nos esclavizan, tales como la compra de una vivienda cuyo pago agota nuestras mensualidades íntegramente.
Muchos de nuestros hermanos son extremistas, y tienen dificultades para calcular el tiempo que deben dedicarle a todas las áreas religiosas y cívicas en que desean crecer espiritualmente. Hay quienes oran mucho y no son caritativos, y quienes se dedican incansablemente a hacer el bien, y se niegan a orar, alegando que carecen de tiempo para permanecer ociosos, lo cual es un grave error. Hacer el bien y no orar, es un hecho característico de buenas personas, cuya fe en Dios es vacilante, o inexistente. De la misma manera que hablamos con quienes viven en nuestros hogares, nos es necesario comunicarnos diariamente con Dios. Orar mucho, y no hacer el bien, es indicio de que se profesa una fe ficticia. Recordemos el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).
¿Son creíbles quienes dicen amar a sus familiares, si no socorren a los mismos cuando están enfermos, o tienen problemas económicos? De la misma manera que la fe de quienes no tienen la costumbre de deleitarse orando es tendente a debilitarse hasta desaparecer en muchos casos, la fe de quienes no hacen el bien es irreal, porque, la práctica de la caridad, es la única manera que tenemos, de demostrar que amamos, tanto a Dios, -a quien no vemos-, como a nuestros prójimos los hombres, -a quienes vemos-.
Según nos dice San Juan en su Evangelio, tanto Felipe como Andrés, se vieron imposibilitados, cuando Jesús quiso que sus amigos consiguieran pan, para alimentar a la multitud de sus seguidores (JN. 6, 5-9). Dado que los alimentos con que los Apóstoles contaban para alimentar a la gente eran insuficientes, y no sabían dónde encontrar los recursos necesarios para producir la comida que necesitaban con urgencia, pensaron que cada cual debía buscar su sustento como pudiera.
Cuando pensamos en los pobres de nuestro tiempo, tenemos la misma visión de los citados seguidores de Jesús. Como no tenemos dinero ni medios para ayudar a los que tienen necesidades, dejémosles que se alimenten como buenamente puedan, que los atiendan las ONGS. que se dedican a sustentarlos...
Existe una gran diferencia entre el hecho de querer hacer el bien y carecer de medios para ello, y la posibilidad de enmascarar el desinterés por los que sufren, aprovechando la citada carencia de bienes para socorrer a los menesterosos.
Si queremos hacer el bien, y carecemos de medios para ello, obviamente, no podremos socorrer a todos los pobres del mundo, pero algo podremos hacer, aunque sea por una sola persona que tenga necesidades que cubrir.
Recordemos cómo Jesús no se valió para realizar el signo de la multiplicación de los panes y peces exclusivamente de su poder divino, pues utilizó también los panes y peces de un adolescente que, quizás, de no haber podido venderlos, se los hubiera terminado comiendo. Quizás muchas veces no llamamos por teléfono a un enfermo por miedo a no saber ayudarlo, o nos negamos a dar una limosna, porque sabemos que la misma es insuficiente para ayudar a una familia con necesidades económicas graves. Recordemos que Dios pondrá en juego su poder llevando a cabo los prodigios que le pidamos cuando oremos, si ponemos en juego los escasos recursos de que disponemos, para hacer lo que nos sea posible, con tal de lograr lo que deseamos.
Los recursos de que disponemos nos han sido dados por Dios, no para que los explotemos egoístamente, sino para que nos sirvamos de ellos, y socorramos a quienes los necesitan. Si nuestras oraciones para que Dios socorra a los pobres son sinceras, pongamos en juego nuestra fe, nuestra esperanza de recibir lo que pedimos, y los recursos de que disponemos, y Dios pondrá en juego su amor y poder, concediéndonos lo que le pidamos.
Lamentablemente, la gente no interpretó adecuadamente el signo de la multiplicación de los panes, y pensó en hacer de Jesús su rey, para comprometer al Señor a satisfacer sus carencias materiales (JN. 6, 14-15).
El Mesías murió bajo la acusación de ser rey sin haber sido constituido en tal cargo por el Emperador romano, y, aunque quizás sabría que ello iba a acontecer, no quiso que tal acusación fuera veraz, con tal de que no se pudiera decir que cometió un solo pecado. Esforcémonos en imitar la pureza de Jesús, para que así cada día nos sintamos más preparados para vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, sin estar relacionados con el pecado.
Quienes al día siguiente de que Jesús multiplicara los panes y peces se asombraron de verlo en Cafarnaúm, porque ignoraban que los futuros Apóstoles lo encontraron caminando sobre el mar como vencedor de una gran tempestad (JN. 6, 16-21), le preguntaron: (JN. 6, 25).
Nosotros también quisiéramos saber cómo adoptó Jesús la fortaleza necesaria para renunciar a constituir su propia familia, cómo fue capaz de sobrevivir a su complicado Ministerio, y de dónde sacó la fuerza necesaria para dejarse sacrificar, siendo el Señor de la vida.
Jesús no quiere que nuestras dudas sobre Él se basen en la curiosidad. Él no quiere que lo busquemos en atención a lo que creemos de su vida que son rarezas ni por su capacidad de hacer milagros, pues quiere que hagamos de su imitación el centro de nuestra existencia.
(JN. 6, 26-27). ¿Cómo vamos a darle prioridad a nuestro crecimiento espiritual obviando la necesidad que tenemos de trabajar para conseguir los bienes que necesitamos? Jesús no pretende que dejemos de atender nuestras necesidades, y nos pide que evitemos caer en el apego excesivo a las riquezas, porque el mismo nos separa de Dios y de nuestros prójimos los hombres, y hace de nuestra vida un desierto.
(JN. 6, 28-29). La pregunta que los judíos le hicieron a Jesús, con respecto a cómo debían tener contento a Dios cumpliendo su voluntad, para que Jesús extinguiera sus necesidades materiales a cambio de ello, ha de entenderse, por medio de este interrogante:
¿Quiere Dios que cumplamos la Ley de Moisés como hemos hecho desde que éramos niños?
Jesús les dijo a sus oyentes que no serían salvos por el cumplimiento de la Ley del Talión, sino por el hecho de darle su plena adhesión. Tales palabras del Mesías, al no ser comprendidas, hicieron que la multitud lo rechazara, y que muchos de sus discípulos se separaran de Él, porque no entendían lo que significa el hecho de que Jesús es el pan de vida, que tiene el poder de concedernos la salvación.
Dado que los judíos querían que Jesús actuara como un rey de este mundo, y recordaban cómo Moisés sirvió a sus antepasados durante cuarenta años sin pedirles nada a cambio de ello, le preguntaron sobre sus credenciales para creer en Él, y sobre sus méritos para pedirle que fueran sus perfectos imitadores, pues ello era algo excesivo, bajo su punto de vista (JN. 6, 30).
Los judíos le dijeron a Jesús que moisés alimentó a sus antepasados en el desierto durante cuarenta años sin exigirles nada, y que El, por haber alimentado a una multitud en una sola ocasión, tenía la oportunidad de ser rey. Ellos querían que Jesús comprendiera que, siendo inferior a Moisés, y habiendo hecho un milagro inferior al que le atribuían a Moisés en el desierto, debía aceptar la imposición de la realeza que le hicieron, pues, bajo su óptica, ello sería lo mejor para todos. (JN. 6, 31).
Jesús quería que sus interlocutores no pensaran en el pasado, porque estaban inmersos en su presente. El Señor les dijo que Moisés no les dio el maná a sus antepasados porque ello fue obra del Padre, quien les daba a ellos en aquel momento el pan del cielo, si estaban dispuestos a aceptarlo (JN. 6, 32).
(JN. 6, 33; 35). Jesús es el pan de la vida que sacia nuestra necesidad de amar y ser amados, y nuestra sed de justicia.
Jesús es el pan de vida que nos enseña a ser panes pascuales que han de servirles de alimento a quienes quieran comer el pan de la vida.
Los judíos desconfiaban de Jesús, pero el Señor les dijo: (JN. 6, 37).
Tal como les sucedió a los oyentes del discurso del pan de vida, nosotros tampoco comprendemos plenamente a Dios, pero, no por ello, dejamos de creer en Él. Nosotros nos acercamos a Jesús porque Nuestro Santo Padre le ha confiado nuestra redención al Hijo de María, quien no permitirá que seamos alejados de su presencia.
Nadie puede creer que Jesús es Dios, si no es inducido a ello por Nuestro Santo Padre. (JN. 6, 44). No critiquemos a Jesús porque fue un pobre entre los pobres, porque probablemente no pudo pagarse la instrucción de un reconocido intérprete de la Ley de Israel, o, simplemente, porque no podemos aceptar su Divinidad (JN. 6, 41-42).
Jesús es el pan de la vida que nos alimenta espiritualmente y nos enseña a ser cristianos practicantes. Si recordamos el proceso existente desde que se siembra el trigo, hasta que se hace el pan, podemos ver en ello la vida y obra de Nuestro Salvador. Jesús tiene el conocimiento de Dios que necesitamos para ser santos, y el conocimiento de las experiencias dolorosas de la vida a que nos enfrentamos, para enseñarnos a superarlas, pero, el pan que nos da Jesús, no es exclusivamente un alimento espiritual, pues también es un alimento físico, es decir, para poder vivir en la presencia de Dios, tenemos que dejarnos redimir por el Cuerpo y la Sangre de Jesús, quien fue crucificado, para demostrarnos cómo nos ama Nuestro Santo Padre (JN. 6, 51).
He titulado este breve trabajo "Visión pascual de JN. 6". Los oyentes del discurso de Jesús que estamos meditando debieron escandalizarse sobremanera si el Señor les dijo que debían comer su carne para ser sus fieles seguidores, porque, para los judíos, el hecho de alimentarse de carne humana era sacrílego, y su Ley les prohibía terminantemente alimentarse de sangre. En los últimos lustros del siglo I en que San Juan escribió sus obras bíblicas, los cristianos no tendrían por qué escandalizarse por causa del hecho de ser alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Jesús, porque estaban acostumbrados a celebrar la Eucaristía. Además, al insistir en la necesidad que tenían los cristianos de ser alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Jesús, San Juan rebatía las creencias de los docetas y los gnósticos, que se diferenciaban de la visión judeocristiana del cuerpo humano.
Los judíos se preguntaban: (JN. 6, 52).
Jesús no solo les dijo a sus oyentes que debían ser alimentados con su Cuerpo, sino que también tenían que beber su Sangre. Bajo nuestro punto de vista, si Jesús les hubiera aclarado el simbolismo de sus palabras a sus oyentes, el Señor no hubiera sido abandonado por muchos de los tales, pero el Mesías no dejó de hablarles en lenguaje de signos, para que solo se quedaran con Él quienes quisieran darle su adhesión, y se retiraran de Él los curiosos, que no acrecentaban su fe, y, posiblemente, estorbaban el crecimiento espiritual, de quienes querían abrazar la ideología de Nuestro Salvador.
(JN. 6, 53-58). Jesús resucitará al final de los tiempos a quienes sean alimentados con su Cuerpo y Sangre, si los tales viven imitando la conducta de Nuestro Señor, lo cual se traduce en su conversión en panes pascuales, con que ha de ser alimentada la humanidad no creyente, mientras se dispone a ser alimentada por el pan de la vida, que ha de hacer de ella el pan espiritual de las próximas generaciones.
Si somos alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, viviremos en el Señor, y el Mesías vivirá en nosotros, es decir, seremos tan semejantes a Jesús espiritualmente, que, si nos pareciéramos al Mesías físicamente, sería imposible distinguirnos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja aquí tus peticiones, sugerencias y críticas constructivas