Meditación.
El alimento que fortaleció a Elías cuando Jezabel le persiguió a muerte es la prefiguración de la Eucaristía, el alimento espiritual que nos ayuda a sobrellevar la adversidad que atañe a nuestra vida.
No entristezcamos al Paráclito con nuestra conducta característica de quienes viven sin fe.
Aceptemos a Jesucristo en su Eucaristía sin desconfiar de Nuestro Dios, la fuente de la que mana la vida.
1. ¿Habéis interrogado a Dios?
Conocemos la forma en que Elías mandó asesinar a los 450 profetas baalitas después de demostrarles a quienes le vieron aquél día memorable que, mientras Baal es una invención de la mente humana, Yahveh es el Dios verdadero. Si el citado profeta alabó a Dios al realizar aquél prodigio de hacer descender fuego del cielo bajo la inspiración del Espíritu Santo, no hemos de olvidar las consecuencias funestas que aquél episodio bíblico le acarrearon al siervo del Dios Altísimo (I REY. 19, 2).
Imaginemos que uno de nuestros familiares o amigos más amados sufre un grave accidente y fallece después de estar varias horas hospitalizado. Imaginemos también que perdemos nuestro trabajo, y, por ello, todos nuestros bienes. Imaginemos que la vida deja de sonreírnos y que la fatalidad cae sobre nosotros hasta que llega el momento que no deseamos seguir viviendo. ¿Qué podríamos hacer en tan dramáticas circunstancias? Existe una gran diferencia entre el hecho de interrogar a Nuestro Padre común con respecto a nuestro origen y nuestro destino final cuando la vida nos sonríe, y el hecho de interrogar a Nuestro Padre común cuando carecemos de esperanza y fe en alguna circunstancia que nos incite a seguir creyendo. Tenemos muy presentes las imágenes que vemos en televisión en cada ocasión que sucede un atentado terrorista en cualquier parte del mundo, las caras afligidas de las familias de las víctimas del egoísmo humano preguntándole a Nuestro Padre común como quien le habla al silencio:
¿Por qué...?
(I REY. 19, 3). Elías no quiso que su criado le acompañara porque sabía que la única forma de librarle de la muerte era separarle de él. ¿Significó aquella separación un acto de desconfianza de Elías con respecto a Nuestro Padre común? No sabemos hasta qué punto pudo debilitarse la fe de nuestro profeta si es que ello llegó a suceder, pero, el hecho de pensar en que podía ser asesinado, no era causado por su falta de fe, pues tenía que pensar en luchar para seguir viviendo, pues no ignoraba que, en el peor de los casos, o sea, si le arrancaban la vida, más le valdría morir intentando salvar su vida, que acobardarse, dejándose alcanzar fácilmente, sin intentar hacer nada para seguir viviendo, amparándose en la confianza que le inspiraba su fe.
(I REY. 19, 4). Elías se desesperó y le dijo a Nuestro Padre común en oración: Yahveh, no soporto más esta situación. Arráncame la vida, porque yo no soy superior a los Patriarcas de Israel, y soy tan pecador como lo fueron mis antepasados. Déjame morir, Señor, porque no soporto esta situación agotadora.
Elías se dejó vencer por su miedo fundado hasta que se durmió (I REY. 19, 5-6). Es importante que celebremos la Eucaristía siempre que tengamos la ocasión, así pues, cuando menos lo esperemos, Nuestro Padre común nos ayudará a concluir nuestros estudios, nos remediará alguna de las enfermedades que padecemos, o solventará algún otro problema que tengamos. No olvidemos que hemos de resolver nuestros problemas uno a uno y en muchas ocasiones lentamente, pues no podemos solucionarlos todos en un instante.
(I REY. 19, 7-8). Jesús en su Eucaristía es nuestro alimento espiritual. Puede sucedernos que no comprendamos esta realidad, pero también puede sucedernos que rechacemos nuestro alimento espiritual, al tener la mente ocupada pensando en la forma de obtener bienes que, aunque son provechosos para nuestra vida actual, son caducos en cuanto no nos sirven para enriquecernos espiritualmente.
2. Jesús está en el sagrario de vuestro corazón.
¿Tenéis la costumbre de visitar a Nuestro Señor a solas y de orar ante el sagrario? Si no tenemos la costumbre de asistir a la Iglesia y de hablar a solas con Nuestro Señor ya sea en algún templo o en nuestro hogar, deberíamos pensar si verdaderamente tenemos fe en el Dios Trinidad. Cuando yo era catequista de niños, en una ocasión en la que le explicaba a una de mis compañeras la necesidad que tenemos de hablar a solas con Nuestro Hermano Jesús, ella me dijo: -¿Crees tú que yo voy a venir a la Iglesia para que entre alguien aquí y me vea hablando con un receptáculo?
Yo le respondí a aquella mujer: -Si no crees en Dios, y no te vas a esforzar para tener fe en Él ni para que tus familiares le acepten en sus corazones, más te vale hacerle una fiesta a tu hijo el día en que sus compañeros hagan la Comunión, pues, así, te ahorrarás de venir a las reuniones de catequistas y a las celebraciones eucarísticas.
Hace varios años, en algunas cadenas de televisión españolas, se transmitían esporádicamente una serie de debates, en los que muchos participantes de los mismos, rebatían la doctrina de la Iglesia, argumentando que Dios no se manifiesta librándonos de nuestras miserias. Yo les digo a quienes piensan de esa forma que Dios no es un curandero a quien se le puede encerrar en su propia trampa, pues Él sabe cuándo y por qué actúa dándosenos a conocer en las ocasiones en que no le vamos a rechazar, para que, cuando le acojamos en nuestros corazones, no tengamos la triste sensación de que en el pasado le rechazamos, y pensemos que, por ello, somos pobres pecadores.
joseportilloperez@gmail.com
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