Meditación.
Somos Apóstoles y discípulos de nuestro Señor.
Nuestro Señor, después de ser bautizado por San Juan el Bautista, vivió el episodio de las tentaciones en el desierto de su soledad, y, posteriormente, empezó a trabajar para reunir, primero a sus discípulos, y, posteriormente, cuando tuvo muchos seguidores y necesitó organizar su comunidad, a sus Apóstoles. San Mateo escribió en su Evangelio con respecto al inicio de la actividad misionera de Jesús, las palabras que leemos en MT. 14, 3. CF. MC. 6, 17 y LC. 3, 19-20. JN. 2, 12. MT. 4, 14-16.
San Mateo nos está recordando un fragmento de la primera lectura correspondiente a la Misa de la media noche de la Natividad de Nuestro Señor (IS. 9, 1).
El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz -leemos en el principio del capítulo 9 del primer Isaías-. Quienes no hemos creído en Dios durante todos los años que hemos vivido, sabemos perfectamente lo que significa vivir en tinieblas y vislumbrar la luz indeficiente procedente del cielo. Recuerdo la ilusión con que celebramos el tiempo de Adviento preparando la celebración de la Navidad, el júbilo con que nuestro corazón penitente esperó la llegada de su Redentor al mundo. En la celebración de la media noche de Navidad nos gloriamos al recordar el bien que Nuestro Señor nos hizo al encarnarse en las entrañas purísimas de Nuestra Santa Madre y al venir a nuestro encuentro para santificarnos y hacernos hijos de Nuestro Padre común, gratuitamente, sin que hiciéramos nada para merecer tal don, aunque, siendo nosotros incapaces de creer que el amor existe más allá de la posesión de los bienes materiales sin cuya valía se extingue nuestra vida, Él derramó su Sangre y se nos dio en la Eucaristía, para demostrarnos la grandeza del amor del Dios que sacrificó a su Hijo único en favor de sus hijos adoptivos, nacidos del bautismo, supervivientes del agua que simbolizaba nuestras miserias sobre las que caminó Jesús en el mar de Tiberíades, y nacidos de la gracia santificante, y de la fuerza impetuosa del Paráclito.
(IS. 9, 2). La luz resplandeció sobre los enfermos, los desamparados, los presos, los pobres... Desde que inicié mi labor en la red el pasado año 2001, en cada ocasión que hemos celebrado el Nacimiento de Nuestro Señor, algunos de mis lectores me han dicho: Si la luz de Cristo resplandece sobre nosotros, ¿cuál es la causa por la que Dios no ha eliminado el dolor del mundo?
Aunque no es este el momento para hacer una meditación sobre el dolor y nuestras carencias porque dispongo de un espacio reducido en la red para dirigirme a vosotros con el fin de no seros molesto y porque el Evangelio de hoy trata sobre el servicio de Dios en nuestros prójimos los hombres, aunque es difícil -por no decir imposible el hecho de saber por qué sufrimos a nivel individual-, no olvidemos un tema sobre el que trata el Evangelio de hoy: nuestra posibilidad de ayudar a nuestros prójimos a vencer sus situaciones difíciles, así pues, si no sabemos cuál es la causa por la que tenemos carencias y por lo tanto por la que sufrimos, ello no nos impide cargar las cruces del mundo sobre nuestros hombros para que, al aligerar el peso de nuestros prójimos, nuestra vida nos sea más llevadera (IS. 9, 3-7).
Prosigamos meditando la obra de San Mateo (MT. 4, 17).
San Marcos nos expone el mensaje con que Jesús comenzó su ministerio público en los siguientes términos: (MC. 1, 15).
Al comparar los dos versículos citados de ambos Evangelistas, nos preguntamos: ¿Por qué San Mateo nos dice que nos arrepintamos de nuestros pecados mientras que San Marcos nos dice que nos es suficiente con creer en el Evangelio?
Si leemos el Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que el intérprete de San Pedro en Roma no predicó un Evangelio diferente a la buena noticia que predicó el citado recaudador de impuestos, así pues, lo que sucedió es que San Marcos, al igual que hacemos muchos predicadores de nuestro tiempo, predicó el Evangelio, en un principio, evitando darles a conocer a sus lectores la existencia de la condenación de los pecadores, dado que los mismos no habían sido instruidos en la sabiduría del Antiguo Testamento antes de que tuvieran la oportunidad de conocer a Nuestro Señor, mientras que San Mateo escribió su Evangelio pensando en los lectores judíos conocedores del Antiguo Testamento, a quienes dirigió el citado texto.
(MT. 4, 18-23. Quizá nos llama la atención la forma tan radical en que los citados Apóstoles de Nuestro Señor se separaron de sus familiares y dejaron de realizar sus actividades ordinarias con tal de seguir al Hijo de dios y María. Aún en nuestros días nos preguntamos cuál es la razón por la que el Hijo de María es seguido por millones de religiosos y laicos en muchos países. Para satisfacer nuestra curiosidad es preciso vivir la fe que profesamos, pues no basta para ello saber que los cristianos seguimos al Hijo del carpintero nazareno porque afirmamos que es el Hijo de Dios (MT. 4, 24-25).
Cuando Jesús recorría las tierras de Palestina, los Apóstoles eran semejantes a aquellos hombres que, misteriosamente, descubren que su vida tiene un sentido que, a pesar de ser desconocido, resulta ser un misterio que conduce a la posesión de la felicidad. Ellos tenían muchas opiniones -o puntos de vista- con respecto a los acontecimientos ordinarios y a veces catastróficos del que quizás era más conflictivo de los países conquistados por el Imperio Romano.
Los Doce tenían la costumbre de discutir mucho con respecto a cuál de ellos sería el sucesor del Rabbi, y seguramente entre ellos debieron surgir muchos problemas, los cuales debieron serles comentados a Jesús, a fin de que el Maestro dictara su sentencia, con respecto a la resolución de los mismos.
Aparte de lo "fácil" que resultaba vivir con Jesús, los Apóstoles, en lugar de ser conscientes de la existencia de la inspiración del Espíritu Santo en sus personas, se emocionaban porque estaban capacitados para hacer milagros, pero, su actitud no era pecaminosa, pues eran conscientes de que aquel poder sobrenatural que poseían no procedía de ellos, pues era Jesús quien sostenía aquella portentosa obra evangelizadora que junto a sus amigos llevaba a cabo.
Los Doce eran con respecto a Jesús semejantes a aquellas personas que siempre necesitan que se les diga lo que han de hacer y cómo han de pensar y actuar, pues, confiaban tanto en el Señor, que estaban incapacitados para actuar según su libre albedrío. Ellos sabían perfectamente que el hecho de seguir a Jesús no les permitía ser egoístas, pues ello significaba que habían de vivir consagrados a servir a Dios en sus hijos los hombres.
Durante el tiempo que se prolongó su Ministerio público, Jesús les dijo a los Doce Apóstoles que ellos no podrían estar siempre con Él, pues, el Maestro, únicamente, les estaba adoctrinando, para que continuaran realizando su obra real, sacerdotal y profética.
Los Apóstoles no querían -ni podían- entender que Jesús IVA a morir, así pues, después de haberse separado de sus familiares y haber abandonado sus posesiones para seguir al Señor, ¿qué podrían hacer en el mundo después de que aconteciera la muerte del Nazareno?
Al leer atentamente el Evangelio de hoy, nos percatamos de que algún hecho no está escrito o no es vivido por nosotros en concordancia con la verdad absoluta, así pues, mientras que nuestra vida está orientada a hacer cosas e incluso favores con tal de que podamos recibir dádivas a cambio de los esfuerzos que llevamos a cabo con el fin de favorecer a nuestros prójimos y del tiempo y la dedicación que invertimos para ello, Jesús nos dice que procuremos que se nos conozca por el hecho de poseer el don de la gratuidad. Tengo que deciros que me sorprendéis a medida que os voy conociendo cuando tengo la oportunidad de chatear con vosotros utilizando las cuentas de Chat de Trigo de Dios:
amigosdetrigodedios@hotmail.com
en el MSN Messenger y:
trigodedios
en Skype. Los hermanos y amigos con quienes he tenido la oportunidad de conversar son muy ricos con respecto a la vivencia de experiencias buenas y adversas.
Jesús nos envía a todos nuevamente en este día a que convirtamos a los no creyentes a su Evangelio, pero, para llevar a cabo tan magno propósito, no tenemos más remedio que resolver nuestros problemas al mismo tiempo que nos dedicamos a servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos, así pues, se nos plantea la posibilidad de resolver nuestras dudas milenarias de fe al menos individualmente.
joseportilloperez@gmail.com
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