Meditación.
¿Qué se dice en la Biblia del fin del mundo?
No nos es necesario aprender a los católicos que vivimos en un mundo alejado de Dios, porque, muchas veces, precisamente, somos nosotros las mejores pruebas de esta afirmación, por cuanto nos negamos a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común. Una lamentable prueba de esta triste realidad, es la gran proliferación de denominaciones que se dicen cristianas que existen, gracias, en gran parte, a la obstinación de muchos católicos de no preocuparse por la difusión de la Palabra de Dios.
La negación de muchos católicos conocedores de Dios a predicar el Evangelio, ha sido una de las causas que ha logrado el hecho de que muchos de nuestros hermanos tanto católicos como no católicos, vivan intentando atormentarnos con sus incoherentes creencias referidas a la trágica manera en que este mundo verá su fin, en el momento menos esperado. ¿Son ciertas las palabras de quienes utilizan los símbolos bíblicos para atormentarnos, o dichos símbolos sólo son sucesos no realistas dotados de significados apocalípticos?
Tal como demostré en el estudio del sermón escatológico de Jesús contenido en el capítulo veinticuatro del Evangelio de San Mateo que os envié el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del ciclo B el pasado año 2009, la única realidad que debemos temer con respecto a la llegada del fin del mundo, -la cual no se expresa con símbolos, sino que se deduce de las palabras del Mesías-, es que, antes de que nuestra tierra sea transformada definitivamente en el Reino de Dios, muchos de nosotros, los católicos, por no mantenernos constantemente creciendo espiritualmente y orando, sufriremos una terrible crisis espiritual, la cual debilitará nuestra fe.
Dado que los mensajes terribles de la Biblia referidos al final trágico del mundo sólo son escenificaciones que nos demuestran que debemos creer en Nuestro Padre común, en vez de temer por nuestra salvación, intentemos cumplir nuestras obligaciones ordinarias, mientras que la tierra es plenamente transformada en el Reino de Dios, aplicándonos las palabras de San Pablo, expuestas en 1 TES. 3, 1-4.
¿Existe alguna relación entre nuestras dificultades actuales y la proximidad del fin del mundo? Tal relación no existe, dado que las dificultades no nos vienen como castigos merecidos, sino como oportunidades de superarnos como hijos de Dios y habitantes de este mundo, destinados a alcanzar la felicidad, en virtud de las posibilidades que tenemos para lograr alcanzar el citado propósito. Además, no olvidemos que no puede existir ninguna relación entre nuestros sufrimientos actuales y la llegada del fin del mundo, por cuanto, -como he demostrado en publicaciones anteriores-, no existe ningún dato fiable que nos informe con respecto a la fecha de la conclusión de este mundo, antes de que el mismo sea plenamente transformado en el Reino de Dios.
Hace años tuve la oportunidad de participar en reuniones de una denominación cristiana cuyos adeptos gozaban cada vez que conocían alguna noticia dolorosa por medio de los medios de comunicación, pues ello significaba para los tales que se acercaba el fin del mundo, lo cual significaba para ellos el fin de su militancia como predicadores, la recepción de la vida eterna por su trabajo realizado, y la destrucción del mundo que tanto los había despreciado. De la misma manera que una casa puede ser destruida en muy poco tiempo y tardar meses en ser reconstruida, cuando nuestra formación de católicos es escasa, y les prestamos oídos a los hermanos sectarios que quieren debilitar nuestra fe, puede sucedernos que empecemos a vivir esa crisis de fe que antecederá al fin del mundo, no porque el mismo está cerca como muchos creen, sino por perder nuestro tiempo dejando que nos llenen la cabeza de pájaros.
Durante todos los años que me he mantenido activo predicando la Palabra de Dios a través de Internet, durante los meses de octubre y noviembre, he recibido numerosas cartas de muchos lectores, pidiéndome que les hable del fin del mundo, porque, al perder su tiempo leyendo supuestas revelaciones hechas por Jesús, María y muchos Santos a supuestos videntes, lo único que han conseguido, es sentirse invadidos por el miedo, al llegar a temer, tanto por su salvación, como por la salvación de sus familiares y amigos queridos, especialmente en el caso de aquellos que carecen de fe.
A quienes temen por la salvación de su alma al conocer historias apocalípticas, muchas veces inventadas por grandes mentes capaces de aprovecharse sin escrúpulos de los incautos, les digo que la religión verdadera, -la fundación de Cristo-, no puede contener un mensaje pensado para desalentar a los hombres, así pues, ¿qué sentido tiene que el Señor que se dejó crucificar para enseñarnos a vencer nuestras dificultades ordinarias quiera hacernos sufrir a lo largo de nuestra vida, como si con ello se cobrara el dolor que le causaron los azotes que recibió y los clavos que le hicieron derramar toda su sangre en la cruz?
Dado que durante las tres primeras semanas del tiempo de Adviento del presente ciclo litúrgico os envié publicaciones con información del tema que estamos tratando, os recomiendo que leáis las mismas, con tal de no repetir las citas bíblicas contenidas en las tales en esta meditación, con tal de que la misma no se alargue demasiado, para que así podamos meditar algunas de las citas bíblicas de mayor relevancia en lo que se refieren al tema que nos ocupa.
Cuando en la Biblia se nos habla del "fin de los tiempos", "el día de Dios", "el día de Jesús", etcétera, los autores sagrados no hacen referencia literal al juicio con que Dios castigará inmisericordemente a quienes no creen en El, pues sólo se refieren al cambio tan grande de que seremos testigos, cuando nuestro mundo, marcado por el mal en todas sus formas, sea transformado en el Reino de Dios, más allá de nuestras miserias actuales. Este misterio tan incomprensible e increíble, es el propósito de la Biblia, la cual nos fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo, con tal de infundirnos la esperanza de que, más allá de nuestras dificultades actuales, viviremos la plenitud característica de la inmensa dicha de Dios.
Cuando los autores bíblicos nos hablan del fin del mundo, no se refieren a la destrucción de la tierra descrita por los símbolos del texto sagrado, sino al fin del tiempo actual, el cual está marcado por la adversidad, como bien sabemos.
¿Cuándo se acabará el tiempo en que hemos de purificarnos y disponernos así a vivir en la presencia de Dios? (MT. 24, 36). El hecho de que no sabemos cuando será transformado nuestro mundo en el reino de Dios, no significa que vamos a olvidarnos de este hecho tan esperado y deseado por nosotros, sino que, sabiendo que seremos testigos del mismo, ello nos animará a realizar nuestras actividades ordinarias, porque, aunque se dé el caso de que suframos más de lo que creamos que podemos hacerlo, siempre tendremos el consuelo de que, cuando menos lo esperemos, el mismo Dios nos socorrerá personalmente.
¿Por qué no quiso Dios que supiéramos el día y la hora exactas de la transformación del mundo en su Reino? Si supiéramos que faltan cuatro mil quinientos millones de años para que desaparezcan los sufrimientos de la tierra, no podríamos tener la fe que nos caracteriza al pensar que, aunque desconocemos este dato tan curioso, el hecho de pensar que se cumplirá la promesa de Dios de salvarnos cuando menos lo esperemos, nos ayuda a seguir venciendo nuestras dificultades, aunque se dé el caso de que a veces sean nuestros problemas los que nos venzan a nosotros, en vez de que los resolvamos adecuadamente.
Quienes han fijado la fecha del fin del mundo, han tenido que ser conscientes forzosamente, a la luz de MT. 24, 36 y de MC. 13, 32, de que han engañado a sus adeptos conscientemente, porque ni el mismo Jesucristo conocía la fecha del fin del mundo cuando vivió en Palestina.
William Miller, fundador de los adventistas, calculando como si fueran años los días mencionados en DN. 8, 14, fijó la Parusía o segunda venida de Cristo a la tierra para el veintiuno de marzo del año 1843. Cuando, después de llegar el día señalado, en la tierra no hubo ninguna señal del Mesías, Miller volvió a anunciar dicho evento para el veintiuno de octubre del siguiente año. Como en aquella ocasión tampoco sucedió nada extraordinario, el fundador de los adventistas se inventó que había comenzado en el cielo el juicio sobre los hombres de la tierra, lo cual significaba que estaba a punto de acontecer la segunda venida del Señor.
Por otra parte, los testigos de Jehová, también anunciaron la destrucción del mundo para la noche del cinco al seis de octubre del año 1914. En vista de que su profecía fue un fracaso, volvieron a sacarla a la luz diciendo que se cumpliría en el año 1925. Tras cosechar otro fracaso, y después de repetir el mismo fallo el año 1975, alegando que sus representantes (el Esclavo Fiel y Discreto) no presumen de ser infalibles como los Papas, -de camino, a la hora de defenderse, nos atacan a los católicos-, justificaron así dichos fallos, diciendo también que aún no lo sabían todo de la Biblia, por lo que permanecían abiertos a hacer nuevos descubrimientos.
Que la posible lejanía del fin del mundo no nos induzca a olvidarnos de Dios ni de nuestros prójimos, a la luz de los textos de la Biblia que cito a continuación a modo de ejemplos: (2 PE. 3, 10. 1 TES. 5, 2).
Los elementos de la tierra quedarán pulverizados ante la venida del Señor, esto es, el mundo será plenamente transformado según el querer de Dios, con tal de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad.
¿Cuándo acontecerá la segunda venida o Parusía de Cristo al mundo? Al leer la Biblia, podemos llegar a creer erróneamente que existe una contradicción con respecto a este tema, ya que algunos textos dan la impresión de que anunciaban el citado evento para el siglo I de la era cristiana, mientras que otros textos informan de que, aunque este hecho tan deseado por nosotros acontecerá ciertamente, hemos de esperar para ser testigos del mismo un tiempo indefinido, cuya duración desconocemos.
El caso mencionado anteriormente no ha de ser visto como una contradicción, dado que, entre los primeros cristianos, se extendió rápidamente la creencia de que el mundo estaba a punto de ser transformado en el Reino de Dios, así pues, cuando, en el día de Pentecostés San Pedro pronunció su primer discurso al acontecer el nacimiento de la Iglesia, sucedió el siguiente hecho: (HCH. 2, 44).
Aunque muchos cristianos se entregaron totalmente a la práctica de la caridad por amor a Dios y a sus hermanos los hombres, otros lo hicieron porque, al creer cercana la segunda venida del Señor, decidieron renunciar a parte de sus bienes, con tal de salvar su alma de la condenación eterna.
El autor de la Carta a los Hebreos, escribió: (HEB. 10, 35-37). En un tiempo en que los cristianos eran perseguidos, la esperanza en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, sirvió de consuelo para los mismos.
Por su parte, San Pablo escribió: (1 COR. 7, 29-31). Ante su creencia en la inminencia de la realidad de la proximidad del fin del mundo, San Pablo les recomendó a todos los creyentes que vivieran dedicándose exclusivamente a cumplir la voluntad de Dios, con el fin de que fueran encontrados aptos por Nuestro Padre común para ser salvos, apenas aconteciera la segunda venida de Nuestro Salvador al mundo.
San Pedro también escribió: (1 PE. 4, 7-10). Las siguientes palabras de Nuestro Señor, han dado lugar a que muchos crean que hasta el mismo Jesús cometió el error de creer que su Parusía estaba próxima. (MT. 16, 28). Los Apóstoles Pedro, Juan y Santiago, vieron una imagen del Reino de Dios, cuando vivieron el episodio de la Transfiguración del Señor en el monte tabor. Aproximadamente un año después, quienes tuvieron la dicha de ver al señor Resucitado de entre los muertos, de alguna manera, vieron un anticipo del Reino de Dios, en la Persona de su Rey. A pesar de estos dos hechos, las mencionadas palabras de Jesús no se cumplieron, en el sentido de que los Doce han muerto, y la Parusía del Señor aún no ha acontecido. Algunos investigadores afirman que Nuestro Señor, con las citadas palabras, hizo alusión a la destrucción de Jerusalén acaecida en el año setenta, cuando Tito y Vespasiano iniciaron una cruel guerra contra Palestina, dando a entender que el Reino de Dios fue manifestado en aquella venganza divina, así pues, según dichos investigadores, Dios entregó a los judíos a los romanos, vengándose así de la muerte que los tales le dieron a su Unigénito. Personalmente no estoy de acuerdo con esta óptica, porque considero que Dios es Dios de amor, y no de venganza estéril.
Conforme pasaba el tiempo, muchos de los creyentes de las primeras comunidades cristianas, al ver que no acaecía la segunda venida del Salvador al mundo, se burlaban de quienes esperaban que este hecho aconteciera instantáneamente (2 PE. 3, 3-4).
San Pedro, cuando comprendió que el hecho de que la segunda venida del Señor se haga esperar no significa que no vamos a ser testigos de la misma, escribió: (2 PE. 3, 8-9).
Dado que la vida de Dios es indefinida, al no estar sometida al paso del tiempo, hace posible el hecho de que Nuestro Padre común pueda concluir nuestra redención cuando lo crea oportuno, a pesar de la impaciencia que nos caracteriza a quienes vivimos un número de años limitado. Por otra parte, el hecho de que la segunda venida de Jesús se prolongue a lo largo del tiempo, no ha de servirnos para perder la fe, sino para que podamos prepararnos a recibir al Señor, con el corazón henchido de los frutos característicos del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
¿Qué señales precederán al fin del mundo? (MT. 24, 14). En el estudio bíblico anteriormente citado que os envié el Domingo XXXIII Ordinario del año 2009, expuse mi creencia de que el citado versículo bíblico que acabamos de recordar, no hace referencia al fin del mundo, sino a la derrota de Jerusalén acaecida en el año setenta, pues en aquel tiempo el Evangelio había sido predicado prácticamente en todo el Imperio romano, y, los Apóstoles San Pedro y San Pablo, -columnas de la Iglesia-, ya habían sido martirizados. A pesar de lo aquí expuesto, es de tener en cuenta la opinión de quienes sostienen que el citado texto de MT. 24, 14, hace referencia al fin del tiempo de que disponemos para crecer espiritualmente, antes de que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, hasta el punto de haber convertido las citadas palabras de Nuestro Señor en una de las señales previas al fin del mundo.
Por su parte, San Pablo nos da como señal definitiva de la conclusión de este tiempo, el hecho de que parte de los judíos, -a pesar de que los mismos están distanciados del Cristianismo desde que Jesús fundó nuestra religión-, abrazarán la fe que nos caracteriza (ROM. 11, 25).
La tercera y última señal que antecederá a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, fue mencionada al principio de esta meditación, y consiste en el debilitamiento de la fe de muchos creyentes. Esto sucederá porque el mal se instalará en el mundo de una forma tan drástica, que tendrá como consecuencia la pérdida de la fe de muchos creyentes mencionada (2 TES. 2, 1-12).
Dado que ha quedado demostrado tanto en esta como en otras publicaciones anteriores que os he enviado que no hemos de tener miedo con respecto al fin del mundo, no hemos de olvidar que hemos de prepararnos para el día de nuestra redención, para lo cual debemos tener presentes las palabras del Apóstol, con las que finalizaremos esta meditación: (1 TES. 5, 15-24).
joseportilloperez@gmail.com
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