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¿Qué podemos leer en la Biblia con respecto a la fe? (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   ¿Qué podemos leer en la Biblia con respecto a la fe?

   Respondamos diez interrogantes relacionados con la fe.

   Introducción.

   En griego, la palabra "fe" se dice "pistis", y en hebreo "emun" y "emuna", ya que "aman", en el citado idioma, se relaciona con el hecho de creer. Ciertamente, -según veremos en esta meditación-, la fe es una creencia.

   En la primera parte de la Biblia, se menciona la fe en su sentido propio, en el siguiente pasaje: (HAB. 2, 4).

   ¿Quién es el que sucumbe porque no tiene el alma recta? El texto sagrado hace alusión al destino de los pecadores, a partir del momento en que reciban la recompensa merecida por sus acciones. El justo mencionado en la citada profecía, es la representación de los creyentes, cuya fe en Dios les alcanzará la salvación, según nuestra óptica cristiana. Esto se deduce del siguiente texto bíblico: (DT. 32, 20).

   El texto sagrado que estamos considerando, nos recuerda que Dios les escondió su rostro a los hebreos, -es decir, dado que los miembros del pueblo elegido de entre todas las naciones para ser la heredad de Dios no acataban la voluntad de su Creador, Yahveh decidió evitar manifestárseles en sus dificultades cotidianas temporalmente, con el fin de que comprendieran que no podían realizarse plenamente sin contar con la ayuda de su Dios-.

   De la misma forma que Dios les escondió su rostro a los hebreos, nosotros también vivimos tiempos de prueba o de sequedad espiritual cuando tenemos dificultades.

   Dios les ocultó su rostro a los hebreos porque los mismos eran una generación carente de lealtad hacia Él. Nosotros no pensaremos que sufrimos por causa de nuestros pecados, sino que todas las experiencias que vivimos contribuyen al propósito de hacernos fuertes ante lo que erróneamente consideramos  adverso, para que así seamos aptos para alcanzar la santidad de nuestro Padre común.

   Aunque el escaso espacio de que dispongo para enviaros esta meditación me impide hacer una amplia reflexión sobre el dolor, antes de seguir meditando sobre la fe, -porque ello nos lo exigen las lecturas que consideramos este Domingo en la celebración de la Eucaristía-, recordemos el siguiente texto bíblico: (ECLO. 2, 1-6).

   1. Definición de la fe.

   ¿Existe algún texto bíblico en el que se exponga el significado de la fe? En la Carta a los Hebreos, leemos, las siguientes palabras: (HEB. 11, 1).

   Dado que la fe consiste en esperar la dicha que aún no poseemos totalmente, ¿qué nos ayudará a no perder la citada creencia según la Biblia? (HEB. 11, 6).

   2. Seremos salvos porque Dios nos ama, pero ello no implica que dejemos de hacer el bien.

   En el primer libro de la Biblia, -el Génesis-, leemos con respecto a Abraham, el primero de los Patriarcas de Israel: (GN. 15, 6). El hecho de que Abraham creyera en Dios, le valió al padre de Isaac para alcanzar la salvación de su alma. San Pablo se vale del citado argumento para decirnos: (ROM. 4, 18-25).

   3. A quiénes debe profesárseles nuestra fe?

   Quienes creemos en la Santísima Trinidad, les profesamos nuestra fe al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por cuanto las citadas Personas son un sólo Dios verdadero, así pues, San Juan nos dice en su Evangelio: (JN. 3, 36).

   4. ¿Tenemos algún mérito por tener fe en Dios?

   La fe no nos concede ningún mérito especial por el que merezcamos alcanzar la salvación, ya que su misión consiste en vincularnos a Nuestro Creador, cuyo amor es la causa por la que esperamos que se nos conceda la salvación de nuestra alma. La fe es un don -o regalo- que recibimos de Dios, según se nos indica este hecho en el siguiente versículo paulino: (EF. 2, 8).

   A quienes creen que su salvación depende de su puntualidad en el ejercicio de la caridad y su asistencia al culto religioso, dicho Santo les dice que la salvación "tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe (para que nadie presuma de que se ha salvado a sí mismo, quitándole dicho mérito al amor de Dios)" (EF. 2, 9).

   5. ¿Es correcto el hecho de que los creyentes difundamos el conocimiento de Dios que poseemos?

   San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, estas palabras: (ROM. 10, 9).

   6. Además de predicar el Evangelio, ¿qué otra cosa podemos hacer para demostrar nuestra fe en Dios?

   En la Epístola Universal de Santiago, leemos: (ST. 2, 17-18).

   7. ¿Puede considerarse veraz la fe de quienes dicen que creen en Dios, pero no hacen el bien en favor de sus prójimos los hombres?

   (ST. 2, 19. 24. 26). No olvidemos que nuestra fe no es mental, sino que nos es necesario vivirla, dado que esta es la única manera de que no la perdamos y de que la misma nos valga como justificación para que no seamos avergonzados en la presencia de Dios cuando Nuestro Padre común nos juzgue.

   8. ¿Debe ser activa nuestra fe?

   (2 COR. 5, 1-10). El poder y actividad de nuestra fe deben residir en el hecho de que vislumbremos todos los acontecimientos de nuestra vida bajo la óptica del Dios Uno y Trino.

   9. ¿Son todas las religiones aceptas por Dios?

   La respuesta a este interrogante debería ser un amplio estudio bíblico que no puedo abordar en esta ocasión por falta de espacio. Es cierto que Dios ha permitido, desde la fundación de la Iglesia, que los cristianos nos hayamos dividido en diferentes comunidades, las cuales están caracterizadas por creencias que nos separan a unos de otros, pero ello no indica que todos los anuncios proféticos han de considerarse veraces, pues San Pedro nos dice, estas palabras: (2 PE. 2, 1).

   Por su parte, San Judas Tadeo, escribió en su Carta Universal: (JD. 1, 4).

   Negar a Jesús es creer que Nuestro Señor no es Dios.

   Decir que María Santísima no es Madre de Dios es el anuncio de un hecho más grave de lo que podemos pensar en un instante, dado que implica negar la Deidad del Mesías.

   Tengamos cuidado de no actuar en contradicción con la fe predicada por Nuestro Señor y su Iglesia.

   10. ¿Se contraponen la fe y la razón?

   La fe cristiana consiste en una revelación que hemos recibido de Dios que no podemos aceptar ni rechazar mediante el empirismo científico. La razón no nos incita a no creer en Dios, pues la misma no puede demostrar ni negar la existencia de Nuestro Padre común (ROM. 8, 5. 8).

   San Pablo nos dice con respecto a quienes rechazan a Dios voluntariamente: (ROM. 1, 21-23). Es importante notar que San Pablo habla en el citado texto de quienes negaron a Dios voluntariamente, pero no hace referencia a quienes no han tenido la oportunidad de conocer a Nuestro Creador, dado que los pecados no se juzgan únicamente con atención a su gravedad, pues también se tiene en cuenta la intención con que los mismos son cometidos.

   Aunque por medio de la ciencia nos es imposible conocer a Dios, Nuestro Padre común está dispuesto a revelársenos, si deseamos conocerle, no por curiosidad, sino marcados por una profunda sinceridad (1 COR. 2, 3-16).

joseportilloperez@gmail.com

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