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Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   1. El Apóstol San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto: (1 Cor. 2, 5). Aunque sintamos la tentación de crearnos un Dios a nuestra medida, y aunque adaptemos nuestra débil fe a las expectativas que tenemos, no hemos de olvidar que la verdadera fe procede de Dios. Nuestro Padre común nos ha dotado a todos con sus dones naturales, pero, por mediación de la fe que anhelamos tener, Nuestro Santo Padre nos colma de sus gracias sobrenaturales.

   Podemos definir la fe diciendo que la citada virtud teologal (es teologal porque la recibimos de Dios y nos encamina a desear vivir constantemente en su presencia) consiste en que debemos creer lo que no podemos ver. Nuestro Santo Padre nos afianza en la citada virtud según permitimos que el deseo de vivir como sus fieles hijos se acreciente en nosotros. Hace varios años, cuando yo era catequista de niños en la parroquia San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), le expliqué a la madre de uno de los niños a los que catequicé durante tres años el significado de la fe. Dicha mujer me preguntó: -¿Tener fe significa para nosotros que debemos creer lo que no podemos comprobar por nuestros medios? -Eso es tener fe -le dije, y añadí-: Tú sabes que tus familiares te quieren, a pesar de que no puedes palpar el amor que ellos sienten por ti… La joven madre me interrumpió afirmando: -Yo sé que mis hijos y mi marido me quieren porque ellos me demuestran su amor, pero no puedo decir lo mismo de Dios porque Él no se me manifiesta de ninguna forma.

   Posteriormente mi amiga y yo mantuvimos muchas charlas con respecto a la fe, pero ella optó por no creer en Dios. Son muchos los amigos que me han interrogado en los siguientes términos: -¿Qué debemos hacer para tener fe?

   Cuando Jesús descendió del monte de la Transfiguración (el Tabor) junto a sus tres discípulos predilectos, el Maestro se encontró con que los futuros Apóstoles que no ascendieron con él al citado monte intentaban curar a un joven poseído por el demonio sin poder vencer al espíritu satánico. El padre del muchacho, al constatar que lo único que podía hacer por su hijo era confiar en Jesús o esperar a que se le muriera aquel por el que había sido golpeado por el aguijón del dolor, le dijo al Mesías: (Mc. 9, 24). A todos nos cuesta un gran esfuerzo adaptarnos a las exigencias del Dios invisible, pero optamos por creer en Él cuando es esta la única opción que tenemos antes de perder la esperanza y sumirnos en una depresión incurable. No es lo mismo creer en Dios desde la niñez que aprender a tener fe en la edad adulta. Quienes tienen fe desde siempre ignoran lo gratificante que es para quienes aprendimos a creer en Dios a una edad en la que
tuvimos que lamentarnos de no haber abrazado la fe desde nuestra infancia, vencer los obstáculos que el tentador, el mundo incrédulo, ha hecho brotar como cizaña en nuestro camino.

   2. Empezamos a tener fe en el instante en que tenemos la plena seguridad de que Dios ha actuado eficientemente en nuestra vida. San Pedro se turbó cuando Jesús llenó la red de su barca de peces por mediación de su palabra (Lc. 5, 5-6). San Pablo empezó a creer en Jesús cuando nuestro Señor lo derribó del caballo en el que se dirigía a Damasco para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en su camino (Hch. 9, 4). La mujer samaritana empezó a tener fe en Nuestro Hermano, Señor y Maestro, cuando el Mesías, sin conocerla, le adivinó que había convivido con seis hombres (Jn. 4, 18). El Apóstol Natanael creyó en Jesús cuando el Príncipe de la paz le dijo que, antes de encontrarse con él, lo había visto debajo de una higuera (Jn. 1, 48), lo cuál no significa que lo había visualizado sentado debajo de un sicómoro según se traduce la citada expresión aramea a nuestras lenguas modernas, pues ello significa que el futuro Apóstol había estado meditando la Palabra de Yahveh.

   3. Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan: (Jn. 6, 29). Nosotros no hemos tomado la iniciativa de tener fe, así pues, antes de que Dios nos infundiera la citada virtud teologal en el alma, Nuestro Padre se nos reveló para que, a través de nuestra vivencia de su poder y su amor, pudiéramos constatar su existencia, a pesar de que nos sea imposible demostrar la citada realidad en el campo científico. Esta es, pues, la causa por la que Jesús nos dice a través del Santo Hagiógrafo: (Jn. 15, 16). San Juan nos ha dicho las siguientes verdades esenciales con respecto a nuestra fe:

   -Dios nos ha llamado a la existencia para que seamos seguidores de Jesús.

   -Somos libres para aceptar la fe que recibimos de Dios. Sabemos que nuestra fe no procede de nosotros.

   -Dios quiere que produzcamos frutos en abundancia, lo cuál se traduce en que hagamos el bien.

   4. Jesús nos ha dicho que, si tenemos fe y hacemos el bien, Dios nos concederá lo que le pidamos cuando lo crea oportuno en base a nuestra salvación.

   5. Tenemos fe en Dios porque sabemos que Él actúa en nuestra vida, así pues, cuando los que no creen en Nuestro Padre común nos pregunten lo que deben hacer para sentir que el Señor se manifiesta en su vida a través del Espíritu Santo, les contestaremos con las famosas palabras de San Pablo y Silas (Hch. 16, 31). Cuando en cierta ocasión dos ciegos le pidieron a Jesús que les curara, el Señor les preguntó: "-¿Creéis que puedo hacer esto¿". Ellos le contestaron: "-Sí, Señor" (Mt. 9, 28). De la misma forma que a todos nos afectan los problemas que tenemos según permitimos que las preocupaciones estériles nos impidan vivir en paz, Nuestro Santo Padre necesita que tengamos fe en Él para que pueda actuar en nuestra existencia, así pues, ¿de qué les sirve a muchas madres manifestarles el amor que sienten a sus hijos con respecto a ellos si los tales no son capaces de juzgar los acontecimientos de su vida mirando en varias direcciones? Dios nos tiene asidos de su diestra y nunca nos abandona, pero nosotros cerramos los ojos para no percatarnos de ello, especialmente cuando tenemos que ayudar a las personas que más nos molestan.

   6. Nuestra fe nos hace libres. ¿Recordáis lo que le dijo Jesús a la mujer que tuvo el valor de arrodillarse ante Él para expiar sus pecados en casa de Simón, el fariseo leproso? (Lc. 7, 50). Hace varias semanas os dije que nuestras riquezas espirituales son regalos de Dios que hemos recibido que no nos pueden ser sustraídos. Nuestra fe no tiene límites, esta es, pues, la razón por la que existen unas personas más capacitadas que otras para hacer lo que se proponen, según el dicho de nuestro Rabbi (Mc. 11, 23).

   7. Todos los que trabajamos como catequistas, en grupos litúrgicos, cofradías, movimientos o comunidades, corremos el riesgo de caer en la presunción, porque, en algunas ocasiones, la gente que se beneficia de los servicios que le prestamos nos alaba. Podemos ser un poco hipócritas al autocompadecernos cuando las cosas no nos salen bien. Jesús no era partidario de la aplicación de autocastigos, pero, como Él es muy humilde, con la intención de que sigamos progresando en el terreno espiritual, nos ha dicho en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (Lc. 17, 10). Por más que hagamos, nunca concluiremos la instauración del Reino de Dios, pero nuestro Padre lo tiene todo previsto, y cuenta con nuestro esfuerzo para lograr su propósito.

   Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a Nuestro Santo Padre que nos ayude a acercarnos a Él con amor y confianza, de la misma forma que lo hizo Nuestra Santa Madre cuando fue atribulada al concebir a Jesús, en el tiempo durante el que se prolongó la huída a Egipto, y en muchas otras ocasiones entre las que destacan la muerte de José y la crucifixión del Mesías.

joseportilloperez@gmail.com

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