Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
No ignoremos a los Lázaros que sufren la marginación social.
Ejercicio de lectio divina de LC. 16, 19-31.
Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 17-19.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es sentirnos ricos, porque Dios nos ha bendecido a los niveles espiritual y material. Quizás no tenemos todos los bienes que necesitamos y deseamos, pero, si pensamos en las carencias de muchos de nuestros prójimos los hombres, podremos comprender, cómo hemos sido enriquecidos con respecto a los tales.
Orar es ayudar a los carentes de dones espirituales y materiales, en conformidad con nuestras posibilidades. Según vimos en el ejercicio de lectio divina del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Dios nos ha hecho administradores del dinero, los bienes y los dones que nos ha dado, no solo para que los utilicemos beneficiándonos personalmente, pues desea que los usemos adecuadamente, para servir, a quienes los necesiten.
El rico epulón, -uno de los protagonistas del texto evangélico que consideraremos en el presente trabajo-, Vivía al margen de las necesidades del mendigo Lázaro, el cual no estaba lejos de sí, sino, en el portal de su casa. El Señor no se opone a que vivamos inmersos en nuestros asuntos, porque tenemos obligaciones ineludibles que llevar a cabo, y tenemos pleno derecho a disfrutar todo lo que poseemos, pero nos pide que nos compadezcamos de quienes tienen carencias espirituales y materiales, porque no todos tenemos las mismas oportunidades, para superarnos, en este mundo caracterizado por la competencia, la rapidez, y, la eficacia.
Así como a diferencia del rico que vestía lujosamente, Lázaro estaba cubierto de llagas, revistámonos con los dones y virtudes de Nuestro Salvador (EF. 4, 23-24), para que las riquezas no nos esclavicen, y siempre estemos dispuestos, a hacer el bien, en favor de quienes necesiten, los dones espirituales y materiales, que nos han sido concedidos.
El mendigo hubiera querido comerse las migajas con que el rico se limpiaba las manos como si fueran servilletas después de comer, pero nadie se las daba. Examinemos el entorno en que vivimos, y, probablemente, al percatarnos de que tenemos cerca gente que lo pasa peor que nosotros, nos daremos cuenta de que convertimos granos de arena en montañas, y seguiremos venciendo las dificultades, que puedan caracterizar nuestra vida.
El rico no tenía nombre, pero el mendigo se llamaba Lázaro, -es decir, Dios ha socorrido-. Si bien tal nombre es irónico y paradójico, considerando las circunstancias en que se encontraba el citado desdichado, por ilógico que parezca, les es más fácil creer en Dios a los pobres, enfermos y desamparados, que a quienes tienen todas sus necesidades materiales cubiertas.
Cuando los dos citados personajes murieron, Lázaro fue llevado al seno de Abraham, y, el rico epulón, fue sepultado. El primero fue compensado en virtud de los sufrimientos que caracterizaron su vida, y, el segundo, fue condenado, porque vivió regaladamente, y no se compadeció de la miseria, del pobre mendigo. Esta historia no debería sugerirnos la idea de que debemos socorrer a los mendigos con tal de evitarnos el paso por el infierno, pero podría hacernos reflexionar sobre la utopía, de crear un mundo, en que no existan, diferencias marginales.
El rico epulón quiso que Abraham le enviara a Lázaro con la punta de un dedo mojada en agua para que le refrescara la lengua, porque no podía soportar el tormento a que fue sometido. Aunque el primero de los Patriarcas de Israel no le concedió lo que deseaba, este hecho me hace pensar que, el bien que hacemos para favorecer a quienes carecen de nuestros dones espirituales y materiales, aunque no nos abre la puerta del cielo, porque nos salvaremos por ser objeto del amor de Dios, es muy valorado, por el Creador del universo.
Abraham le dijo al rico epulón que existe un gran abismo entre el paraíso y el infierno, de manera que no se puede pasar de un lugar al otro, aunque, quienes están en ambos estados, pueden verse y hablarse. Ello me recuerda que, si lo deseáramos, podríamos superar las diferencias marginales existentes en el mundo, pero, ¿querremos hacerlo? Podemos hablarles a los pobres, a los enfermos y a los desamparados, pero, ¿los integraremos a las familias y sociedades de que somos miembros?
Así como el rico quería que Abraham resucitara a Lázaro para que el mismo advirtiera a sus hermanos con respecto a lo que debían hacer para evitar su condenación eterna, nos negamos a creer en Dios y por ello no cumplimos su voluntad perfectamente, y creemos que necesitamos ver un gran milagro, para poder confirmar que, la fe que nos caracteriza, es auténtica. A pesar de ello, no tenemos más información referente al Dios Uno y Trino, que la que se nos da en la Biblia. Tal como los hermanos del rico epulón no se hubieran convertido al Señor viendo a Lázaro resucitado de entre los muertos, y solo podían hacerlo meditando las Sagradas Escrituras, a nosotros nos sucede lo mismo. Si la Resurrección de Jesús de entre los muertos, y la lectura y meditación de la Biblia, no nos hacen creer en Dios, si fuéramos testigos presenciales de un milagro, especularíamos mucho respecto del mismo, pero no podríamos creer en Nuestro Padre común.
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque queremos vivir plenamente, manifiéstate en nuestra vida.
Porque queremos ser buenos padres, maridos, hijos..., manifiéstate en nuestra vida.
Porque queremos ser buenos trabajadores, manifiéstate en nuestra vida.
Porque queremos ser grandes amigos capaces de predicar la bondad del Dios Uno y Trino con palabras y obras, manifiéstate en nuestra vida.
Porque queremos inundar con tu alegría los corazones de quienes sufren por cualquier causa, manifiéstate en nuestra vida.
Porque nos cuesta ver más allá de los problemas que tenemos las dificultades de nuestros prójimos los hombres, manifiéstate en nuestra vida.
Porque nos cuesta ser desprendidos para socorrer a los necesitados de dinero y bienes materiales, manifiéstate en nuestra vida.
Porque deseamos ser sensibles al sufrimiento de quienes más necesitan un abrazo y una palabra consoladora, manifiéstate en nuestra vida.
Porque queremos que nos concedas nombres que aun cuando estemos muertos les indiquen a quienes nos recuerden que la plenitud de la felicidad a que aspiramos radica en servirte en los necesitados de dádivas espirituales y materiales, manifiéstate en nuestra vida.
Porque aun cuando estemos muertos deseamos que quienes nos recuerden jamás olviden que vivimos para servirte en los pobres, enfermos y desamparados, y no queremos ser sepultados en la tumba de la indiferencia y el olvido, manifiéstate en nuestra vida.
Porque queremos sentirnos ricos con las dádivas espirituales y materiales que nos concedas, y no sufrir contemplando a quienes tienen una posición social superior a la nuestra, manifiéstate en nuestra vida.
Porque la vida basada en el enriquecimiento aísla a quienes la padecen hasta de sus familiares, enséñanos que dar, es tan importante, como recibir.
Porque queremos que no exista más la marginación social, haznos desear romper las barreras que nos separan, por causas que no están relacionadas, con el cumplimiento de tu divina voluntad.
Porque deseamos ver milagros para convertirnos a ti, y no aplicamos tu Palabra a nuestra vida, ten piedad de quienes, entre aciertos, errores, pérdidas de fe, y nuevas oportunidades de servirte, nos encaminamos al cielo.
2. Leemos atentamente LC. 16, 19-31, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 16, 19-31.
3-1. Introducción.
Para comprender los textos lucanos en que se nos advierte del peligro que representan las riquezas materiales que estamos considerando el presente año, debemos cuidarnos de no ceder al error de rechazar a los ricos. El hecho de tener dinero y bienes materiales, además de que no tiene por qué distanciarnos de Dios ni de nuestros prójimos los hombres, puede contribuir a la realización, de la obra de la predicación del Evangelio, y ayudarnos a socorrer a los necesitados. Recordemos que, si Jesús hubiera predicado contra los ricos, no se hubieran contado ninguno de los mismos entre sus seguidores, cuya mayoría eran pobres, porque, paradójicamente, y a pesar de su difícil situación, estos últimos, tienen más facilidad para creer en Dios, que quienes tienen satisfechas todas sus carencias, y aún les sobran riquezas.
No pensemos que el Evangelio de hoy contiene una advertencia dirigida a quienes tienen muchas riquezas, pues, de alguna manera, todos somos ricos, así pues, hemos recibido dones espirituales y materiales, que podemos aprovechar para crecer a ambos niveles, socorriendo a los necesitados que encontremos en nuestro camino, según las posibilidades que tengamos, en cada circunstancia, que vivamos. Nunca es tarde para poner los dones espirituales que hemos recibido, y el dinero y los bienes que tenemos, a disposición, de los hijos de Dios. Trabajemos hasta conseguir que todos tengamos oportunidades similares, para que podamos superarnos. Todos tenemos derecho a tener un techo, comida, ropa, trabajo, ocio... No les demos a los pobres lo que nos sobre, porque todos tenemos necesidades ineludibles, y, al ser hijos de Dios, hemos sido llamados, a sentarnos, a la misma mesa. El culto cristiano que celebramos, además de ser encuentro de oración, es encuentro de hermandad, porque, si no amamos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a quienes vemos en nuestro ambiente y a través de los medios de comunicación, ¿cómo podremos amar al Dios a quien no vemos? (1 JN. 4, 20).
Si nos consideramos ricos, podemos aplicarnos el Evangelio, que vamos a meditar, en el presente trabajo, así pues, las dádivas espirituales y materiales que se nos han concedido para que las administremos, al mismo tiempo que pueden servirnos para ayudarnos a ser mejores personas y a superarnos en todos los aspectos, pueden empobrecernos, si nos negamos a convertirnos al Señor, y a servir, a sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales, y, materiales.
El texto evangélico que vamos a meditar, no debe ser considerado como una diatriba contra los ricos, sino como una llamada que se nos hace a todos, para que administremos las riquezas que hemos recibido de Dios, en conformidad, con su justicia divina. Ni los ricos se condenarán por nadar en la abundancia, ni los pobres se salvarán, por no haber tenido la suerte de ser ricos. Desgraciadamente, muchas veces se les ha enseñado a los pobres a ser pacientes con su situación, pensando que Dios castigará a los ricos, cuando Jesús concluya la plena instauración de su Reino, entre nosotros. Ese no es el sentido en que ha de ser interpretado el texto lucano que vamos a meditar, porque, para que el mismo nos sea útil, debe transmitirnos un mensaje, que nos ayude a crecer, en los campos espiritual, y, material. Recordemos que el rico no se salvó por nadar en la abundancia, sino por negarse a cumplir la voluntad divina, consistente en que socorriera al pobre Lázaro, quien no se salvó por ser un mendigo, sino porque estaba abierto a la actuación de Dios, en su vida.
Liberémonos de todo lo que nos esclaviza. Es fácil que nos esclavicen el dinero, la obtención de bienes materiales, y el abuso de los placeres. Rompamos las cadenas que nos atan, impidiéndonos ser auténticos.
Al pensar en las ayudas que necesitan los pobres, quizás creemos que se las deben dar los gobiernos, la Iglesia o los ricos, pero quizás nos sucede que tenemos tendencia a considerarnos pobres, no porque lo somos, sino porque hay quienes tienen una posición social, más elevada que la nuestra. Quizás no somos ricos, pero pensemos que somos muy afortunados, porque hay quienes son más pobres que nosotros.
La parábola lucana que vamos a considerar, no es una descripción exhaustiva del estado en que vivirán los destinados al cielo y al infierno, cuando acontezca su muerte. San Lucas nos habla en el citado texto evangélico del seno de Abraham y el infierno, según los concebían los judíos, quienes pensaban que todos los muertos, -independientemente de que tuvieran fe en Dios, o fueran buenos o malvados-, iban cuando morían. El Seol se dividía en dos apartados, cuyos nombres eran "Paraíso" o "Seno de Abraham" y "Hades", al primero de los cuales iban los justos, y, al segundo, los injustos.
Recordemos nuevamente que, el Evangelio que vamos a meditar, no es una promesa hecha a los pobres, de que, en el Reino de Dios, gozarán de una buena posición, por haber sabido sufrir sus penalidades en este mundo, pacientemente, pues, aparte de que los carentes de dádivas materiales no ganan nada al odiar a los ricos, -ni deben hacerlo si se consideran seguidores de Jesús-, en vez de vivir guardándoles rencor a los poderosos, pueden aprovechar las oportunidades que puedan tener, de mejorar su calidad de vida.
3-2. Somos ricos (LC. 16, 19).
El pecado del rico epulón, no consistía en vestir lujosamente, ni en celebrar fiestas todos los días. Si consideramos que todos hemos recibido dádivas espirituales y materiales, para que las administremos en nuestro beneficio y en favor de quienes carecen de las mismas, podemos considerar con toda certeza, que somos ricos, de hecho, así como el citado rico epulón vestía lujosamente y celebraba fiestas todos los días, atendemos a nuestros familiares, el trabajo que realizamos, pasamos tiempo con nuestros amigos, y quizás trabajamos como voluntarios en nuestras iglesias -o congregaciones-, y realizamos tareas de voluntariado, en alguna organización no gubernamental. Al igual que el rico epulón, vivimos plenamente, en conformidad con nuestro estado social.
¿Dónde radicó el pecado del rico epulón, y en qué consiste el nuestro?
3-3. Los Lázaros de este mundo (LC. 16, 20-21).
Aunque se dé el caso de que vivamos inmersos en nuestras ocupaciones, y no conozcamos exactamente el impacto brutal que produce la indigencia en la mayoría de habitantes de nuestra tierra, somos conscientes de que existe la pobreza, y de que no todos tenemos las mismas oportunidades de superarnos en este mundo competitivo. El hecho de que El mendigo Lázaro se echaba al portal del rico esperando poder alimentarse con las migajas que el epulón utilizaba como servilletas para limpiarse las manos al terminar de comer, me recuerda que, la gente que necesita nuestra ayuda espiritual y material, no está lejos de nosotros, no solo porque los medios de transporte y comunicación existentes en la actualidad acortan las grandes distancias, sino porque, la mayoría de habitantes del orbe, tiene causas, por las que sufrir.
En contraste con las vestiduras con que el rico cubría su cuerpo, el mendigo Lázaro, estaba cubierto de llagas. Ello me hace pensar en las desigualdades existentes en el mundo. Los pobres necesitan dinero y alimentos en casos extremos, y, al mismo tiempo, también necesitan trabajar, para depender de sí mismos.
Algunos perros sin amo que vieron al pobre Lázaro en el estado en que estaba, le lamieron las llagas. Aunque los judíos consideraban que los perros eran inmundos, tales animales, se compadecieron del mendigo, cosa que debiera haber hecho el rico, al considerar que Lázaro era, su hermano de raza si era descendiente de los Patriarcas, y en la fe judía, si profesaba la religión de los israelitas, y era un prosélito extranjero.
3-4. Destinos diferentes (LC. 16, 22-23).
Cuando Lázaro murió, fue llevado por los ángeles al seno de Abraham, y el rico epulón fue sepultado dignamente según el estado social a que pertenecía, pero fue encerrado en el infierno. Lejos de pensar en amenazar a mis lectores incitándoles a socorrer a los pobres con tal de que no vayan al Hades, veo en este hecho, el resultado de cómo vivimos. El pobre vivió desprovisto de bienes materiales, pero permaneció abierto a la acción del Espíritu Santo en su vida, y ello le ganó la salvación, y, el rico, aunque nadó en la abundancia, se negó a amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina, y, consecuentemente, fue condenado. No nos cerremos a la posibilidad de relacionarnos con Dios y sus hijos los hombres, para poder colaborar en la construcción de un mundo, en que no existan las diferencias marginales, que tanto afectan a los desposeídos de la tierra.
Se nos presenta en el Evangelio que estamos considerando, una visión trágica. Estando atormentado en el Hades, el rico vio a Abraham, y al mendigo Lázaro, en el Paraíso. Dado que en MT. 12, 32, se nos informa de que hay pecados que no serán perdonados en este mundo ni en el otro, ello me hace suponer, que hay pecados que serán perdonados, cuando el Reino de Dios sea plenamente instaurado, entre nosotros. Bueno será para nosotros no sentir miedo con respecto al infierno para esperar que se nos pase y no efectuar cambios en nuestra vida, y gastar tiempo, medios y energía, en vivir plenamente, tal como desea que lo hagamos, Nuestro Padre común.
3-5. La petición del rico epulón (LC. 16, 24).
Se ha concebido el infierno como un fuego destructor que, en vez de eliminar a los condenados, los atormenta eternamente, y, supuestamente, por causa del sufrimiento que soportan, pierden la capacidad de amar, y su maldad llega a ser tan grande, como la capacidad de malherirlos, del fuego que los hiere sin cesar, sin llegar a consumirlos. Así como muchos presos vuelven a ser encarcelados cuando recuperan la libertad porque la pobreza y la exclusión social los impulsan a delinquir aunque no deseen hacerlo, se dice que, quienes van al infierno, son imposibles de redimir, porque, los sufrimientos de que son víctimas, aumentan su capacidad de odiar.
El rico quiso que Abraham enviara a Lázaro a que tocara su lengua con un dedo mojado en agua, para que aliviara su tormento. Tal como veremos más adelante, cuando Abraham le negó lo que le pidió, quiso que sus hermanos fueran advertidos, respecto de lo que debían hacer, para evitarles la condenación. El citado personaje, antes de pensar en la salvación de sus hermanos, pensó en sí mismo. Aunque estaba muerto, condenado, y privado de sus riquezas y placeres, seguía siendo egoísta, porque tendría que haber pensado antes en la salvación de sus hermanos, que en el instantáneo alivio de su sufrimiento.
3-6. La justificación de los tormentos del rico (LC. 16, 25).
A pesar de que el rico fue condenado en el Hades, Abraham lo llamó hijo, porque no fue encerrado en aquel lugar de tormento por voluntad del citado Patriarca, sino por su negativa a cumplir, la voluntad divina. La justificación de la condenación del rico pronunciada por Abraham, puede alertarnos para que nos cuidemos de hacer el bien para no ser condenados si no estamos seguros de que seremos salvos, o puede recordarnos la posibilidad que tenemos, de vivir haciendo el bien, colaborando en la plena instauración del Reino de dios, en el mundo. Siempre les pido a mis lectores que no se dejen vencer por el miedo, porque, el amor, es más fuerte que la muerte, y San Pablo siempre manifestaba su imperturbable confianza, en Nuestro Salvador (FLP. 4, 13).
3-7. Entre el Paraíso y el Infierno, hay un abismo infranqueable (LC. 16, 26).
Nuestra vida cuando resucitemos de entre los muertos, será un reflejo, de la manera en que hayamos vivido, durante los años que se prolongue, nuestra vida actual. Si los judíos creían que entre el Paraíso y el Hades había un abismo insalvable, también los cristianos afirmamos que, cuando el Señor concluya plenamente la instauración de su Reino entre nosotros, se nos acabarán las oportunidades que tengamos, para enmendar los errores que hayamos cometido, para que nos sea posible vivir, en su presencia. Esta meditación está dirigida a creyentes de diferentes denominaciones cristianas, y, por tanto, con percepciones diferentes, con respecto a lo que es el infierno. Dado que no deseamos perder la esperanza de ser redimidos, nos conviene leer y meditar, el texto de 1 COR. 3, 13-15.
3-8. Nuestro coprotagonismo en el Evangelio de hoy (LC. 16, 27-31).
Después de experimentar en su cuerpo y alma el tormento del Hades, el rico epulón, quiso que Abraham resucitara a Lázaro y se lo enviara a sus hermanos, para que les dijera que hicieran el bien, con tal de que se evitaran, el paso por el infierno. Abraham no accedió a complacer al citado condenado, y le dijo unas palabras muy importantes para nosotros, quienes estamos representados, por los cinco hermanos, del rico epulón. Si no escuchamos la predicación de los autores de la Biblia, ni aunque seamos testigos de un gran milagro, lograremos creer en Dios. A pesar de que a veces insistimos en que necesitamos ver milagros para creer en Dios, Jesús nos dice que, la predicación de la Palabra de Nuestro Padre celestial, es el único medio eficaz existente, para que podamos creer sinceramente, en el Dios Uno y Trino.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 16, 19-31 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué debemos cuidarnos de ceder al error de rechazar a los ricos al interpretar el texto evangélico que hemos considerado?
2. ¿En qué sentido pueden servirnos las riquezas materiales para acercarnos a Dios y a sus hijos los hombres?
3. ¿En qué caso obstaculizan las riquezas materiales tales relaciones?
4. ¿Para qué son útiles las riquezas materiales?
5. ¿Predicaba Jesús contra los ricos? En el caso de que respondas esta pregunta afirmativa o negativamente, razona tu respuesta.
6. ¿Por qué tienen más facilidad para creer en Dios los pobres, los enfermos y los desamparados, que los ricos?
7. ¿Por qué debemos evitar pensar que el Evangelio de hoy contiene una advertencia pensada para impedir que solo los multimillonarios se condenen en el Infierno?
8. ¿En qué sentido todos somos ricos?
9. ¿Qué se espera que hagamos los cristianos con los dones espirituales y materiales que hemos recibido de Dios?
10. ¿Será posible que algún día deje de existir la exclusión social? ¿Por qué?
11. ¿Qué significa el hecho de que hemos sido llamados para sentarnos a la misma mesa?
12. ¿Por qué nuestros encuentros de oración, si no son encuentros de hermandad, no son cristianos?
13. Si no amamos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a quienes vemos en nuestro ambiente y a través de los medios de comunicación, ¿cómo podremos amar al Dios a quien no vemos? (1 JN. 4, 20).
14. ¿Por qué no podemos aplicarnos el Evangelio que hemos considerado, si no pensamos que somos ricos?
15. ¿Cómo conviene que consideremos el Evangelio sobre el que hemos reflexionado?
16. ¿En qué sentido no es el citado texto una diatriba contra los ricos?
17. ¿De qué depende la salvación de ricos y pobres?
18. ¿Por qué se condenó el rico epulón?
19. ¿Por qué se salvó el mendigo Lázaro?
20. ¿Nos atrevemos a romper las cadenas que nos atan, impidiéndonos ser auténticos?
21. ¿Quiénes deben concederles a los pobres el dinero, los bienes y el trabajo que necesitan?
22. ¿Tendemos a considerarnos pobres aunque tengamos mucho dinero, al pensar que en el mundo hay quienes son más ricos que nosotros?
23. ¿Comprobamos lo afortunados que somos al constatar que hay quienes sufren más que nosotros?
24. ¿Por qué no es la parábola que hemos meditado una descripción exhaustiva del estado en que se encuentran los destinados al Cielo y al Infierno?
25. ¿Qué es el Seol?
26. ¿Qué es el Seno de Abraham -o Paraíso-?
27. ¿Qué es el Infierno -o Hades-?
28. ¿Quiénes son en la Biblia los justos y los injustos?
29. ¿Por qué no deben deducir los pobres al leer este Evangelio que, a cambio de sufrir en este mundo, alcanzarán la plenitud de la dicha, en el Reino de Dios?
30. ¿Deben resignarse los pobres en su estado al leer este Evangelio, y negarse a trabajar para tener una mejor calidad de vida?
3-2.
31. ¿Para qué se nos han confiado por dios dádivas espirituales y materiales?
32. ¿Dónde radicó el pecado del rico epulón, y en qué consiste el nuestro?
3-3.
33. ¿Por qué somos conscientes de que hay pobres en el mundo?
34. ¿A qué distancias están quienes sufren por cualquier causa de nosotros?
35. ¿En qué casos deben recibir dinero y bienes materiales los pobres?
36. ¿En qué sentido beneficia el trabajo a quienes lo necesitan y son conscientes de ello?
37. ¿Qué nos enseña el hecho de que ciertos perros callejeros lamieron las llagas del mendigo?
3-4.
38. ¿Qué le sucedió al mendigo cuando murió?
39. ¿Dónde fue encerrado el rico cuando falleció?
40. ¿Por qué fue salvo Lázaro?
41. ¿Por qué fue condenado el rico epulón?
42. ¿Qué queremos buscar al relacionarnos con Dios y sus hijos los hombres?
43. ¿A quiénes vio el rico epulón desde el infierno?
44. ¿Existe la posibilidad de que se perdonen pecados en este mundo y en el otro?
45. ¿En qué sentido puede paralizarnos la vida el miedo a la condenación?
46. ¿Cómo quiere que vivamos Nuestro Padre común? ¿Lo haremos?
3-5.
47. ¿Cómo ha sido concebido el infierno?
48. ¿Qué relación existe entre el efecto del fuego infernal y la maldad que se les atribuye a los condenados?
49. ¿Por qué quiso el rico que Abraham le enviara a Lázaro?
50. ¿En qué sentido fue egoísta el rico?
3-6.
51. ¿Por qué llamó Abraham hijo al rico, a pesar de que el segundo estaba condenado, y por tanto, ya no era miembro del pueblo de Dios?
52. ¿Por qué fue condenado el rico?
53. ¿Qué puede recordarnos la justificación de la condena del rico por parte del Patriarca Abraham?
3-7.
54. ¿Cómo será nuestra vida cuando resucitemos de entre los muertos?
55. ¿Cuándo se nos acabarán las oportunidades que tenemos para amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina?
56. ¿Qué importante enseñanza extraemos de 1 COR. 3, 13-15?
3-8.
57. ¿Por qué quiso el rico que Abraham resucitara a Lázaro y se lo enviara a sus cinco hermanos?
58. ¿Por qué era Lázaro el único mediador que podía ser utilizado según el rico para que se cumplieran sus deseos?
59. Que nuestra caridad sostenga a los necesitados de dádivas espirituales y materiales, y, que las oraciones de los tales, nos abran de par en par, la puerta del cielo.
60. ¿Por qué no complació Abraham al rico en las dos ocasiones que le pidió favores?
61. ¿A quiénes representan los cinco hermanos del rico epulón?
62. ¿Por qué es la predicación el único medio con que contamos para creer fielmente en Dios?
63. ¿Por qué los milagros que a veces añoramos, si acontecieran, no podrían producir el resultado, de afirmar nuestra débil fe?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos DT. 30, 8-20, reflexionando sobre cómo Dios quiere que nuestra vida se adapte, al cumplimiento de su voluntad.
6. Contemplación.
Los fariseos pensaban que quienes recibían riquezas materiales de parte de Dios, merecían tal don, por causa de su rectitud moral. Ya que Jesús les dijo que el uso de las riquezas puede serles contraproducente a quienes se separan de Yahveh y sus prójimos los hombres por causa de su egoísmo, como ellos pensaban que podían utilizar sus riquezas como quisieran, se burlaron del Señor (LC. 16, 14). El hecho de que un administrador malvado fuera alabado (LC. 16, 1-8), de que un mendigo solitario y enfermo fuera salvado, y de que un honorable rico fuera condenado, no tenía sentido para los fariseos, porque creían que los enfermos, los pobres y los desamparados, merecían su situación, por sus pecados, o las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de sus antepasados.
El rico no se condenó porque tenía bastante dinero y muchos bienes, sino porque era egoísta. Si hubiera hospedado, alimentado, y curado al mendigo, sus riquezas no le hubieran impedido ser alcanzado, por la salvación. La cantidad de dinero y bienes materiales que tengamos no influye en el hecho de que nos salvemos, aunque sí lo hace, nuestra manera de usarlos. En este sentido, tanto ricos como pobres, pueden ser altruistas, y avaros.
Ocupémonos de atender debidamente a nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe.
Desempeñemos honradamente el trabajo que realizamos.
No olvidemos el hecho de colaborar en la realización de la obra del Señor, consistente en la predicación del Evangelio, en la atención a quienes necesitan dádivas espirituales y materiales, y, en la celebración del culto.
No ignoremos a quienes sufren cerca y lejos de nosotros. Esforcémonos para encontrar los medios adecuados para servir a Dios en aquellos de sus hijos que padecen por cualquier circunstancia.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 16, 19-31.
Comprometámonos a conseguir que el deseo de adquirir bienes materiales no nos haga sufrir. Distingamos entre lo que nos es necesario y lo que deseamos porque nos gusta, pero no nos es imprescindible.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentarán nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a relacionarme con quienes sufren por cualquier causa, para que, la necesidad de amar y ser amado que tengo, no sea superada, por el deseo de enriquecerme, y adquirir bienes que no necesito.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 49, pensando en cuál es la verdadera riqueza, que jamás dejaremos de acumular, e invertir, al mismo tiempo.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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