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Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   No tiene nada de malo el hecho de que los nueve leprosos restablecidos de su enfermedad se limitaran a cumplir con las disposiciones legales que le explicitaban a la sociedad judía que no eran enfermos cuya enfermedad se podía contagiar, pero hay momentos en la vida en los que hemos de actuar impulsados por la lógica que deducimos de nuestros propios sentimientos, así pues, aquel leproso que vivió no sabemos cuantos años huyendo de las piedras que le tiraban los que no querían contraer tan temida enfermedad, sabía que estaba sano, y que su vida no corría peligro, por consiguiente, ¿cómo se iba a negar el placer de darle gracias al que le había devuelto al mundo de los vivos? ¿Hemos sido en alguna ocasión mal agradecidos para con Dios? En el capítulo 9 del Evangelio de San Juan, Jesús hizo lodo con saliva y tierra, y lo huntó en los ojos de un ciego de nacimiento, al cual le ordenó que se lavara los ojos en la piscina de Siloé, término que significa el Enviado, el Mesías. Aquel ciego tenía miedo de que Jesús tocara sus ojos, pues nadie había hecho jamás tal cosa.

   Nosotros somos desagradecidos cuando no percibimos el amor de Dios no sólo en nuestro entorno, sino, en nuestras propias personas. Alguno de vosotros me habéis dicho en alguna ocasión: "No entiendo el por qué de la existencia de la violencia" Dios es el único que puede responder vuestra pregunta sin errar. Aprendamos lo más vonito e inexplicable del mundo, esto es, el oficio de amar, aunque sea a costa de sacrificios, pues San Juan solía decir:

   "Obras son amores y no buenas razones" (1 Jn. 3, 18)

   Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Señor que sane nuestra lepra que nos incita a juzgar indebidamente a mucha gente.

 Pidámosle a Nuestro Padre que nos enseñe a ser agradecidos, y que nos dejemos impulsar por el Espíritu Santo para que se nos abran de una vez los ojos de la fe. Amén.

joseportilloperez@gmail.com

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