Meditación.
1. Hemos sido muchos los autores cristianos que nos hemos esforzado en adquirir el conocimiento de la Palabra de Dios para posteriormente intentar responder las cuestiones más trascendentales que nos atañen, a pesar de que en muchas ocasiones, por causa de la incredulidad y la impotencia de quienes carecen de fe, nuestra conversación con la gente es semejante a la charla que pueden mantener varios amigos en una discoteca en la que es imposible hablar debido al considerable volumen de la música. Desde hace varias semanas la Iglesia nos está instando insistentemente a que seamos seguidores de Jesús, porque, a través del Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Dios nos recuerda que no estaremos condenados hasta que el Sol abrase nuestro planeta a vivir subyugados por el odio, el dolor, la enfermedad y la muerte. Jesús conoce nuestra debilidad, y por ello nos anima al mismo tiempo que nos advierte con respecto a lo desagradable que es vivir sin amor (LC. 12, 32-33).
Jesús nos anuncia la salvación divina, pero nos advierte que no podemos ser felices viviendo aislados en el mundo.
2. San Pablo describe con gran belleza la forma de vida que ha de caracterizarnos a los cristianos (2 COR. 5, 20). No es necesario que meditemos sobre cómo hemos de actuar, porque todos sabemos sobradamente lo que Dios espera que hagamos con respecto a nosotros y a nuestros prójimos. Las palabras de San Pablo citadas anteriormente son de esencial aplicación para nuestra vida cristiana, así pues, si no nos reconciliamos con Dios, si evadimos nuestras responsabilidades cristianas inventando una serie de argumentos para quedar bien ante el mundo para no manifestar que no amamos a nuestros hermanos los hombres como para servirlos como si se tratara de nosotros, tendremos la certeza amarga de no poder alcanzar la felicidad.
Vivimos en la civilización del bullicio. Tenemos demasiadas cosas que hacer como para disponer del tiempo que necesitamos para meditar con respecto a nuestros actos, aunque ello redunde en impedir que cometamos errores graves. Como nuestra mente está embotada porque vivimos tomando decisiones a velocidad de crucero, no tenemos tiempo para meditar el complicadísimo misterio de Dios, porque estamos cansados y necesitamos relajarnos para emprender nuevamente nuestra lucha. Cuando estamos tristes, si nuestra condición social nos lo permite, nos granjeamos el afecto de un sicólogo que intente agilizar nuestra mente sin tocar la profunda herida que causa nuestras depresiones. Si no podemos ganarnos el afecto de un sicólogo, nos dejamos seducir por un astuto cartomante cuya conversación es más estimada que la de los sicólogos, ya que, después de interrogarnos hábilmente, nos deja asombrados cuando acierta lo que nos sucederá en un futuro inmediato, o quizá porque adivinan nuestro pasado, a pesar de que nuestra forma tan estúpida de maravillarnos de su falsa profecía nos hace olvidar que fuimos nosotros quienes le contamos nuestra vida hace tiempo. Si el sicólogo y el cartomante no satisfacen nuestras aspiraciones, oramos utilizando a Dios y a los Santos como amuletos, e incluso los sobornamos pidiéndoles lo que deseamos a cambio de ofrecerles sacrificios que ellos no necesitan, dado que los citados actos no redundarán en su felicidad.
Es preciso, queridos lectores, hermanos y amigos, por la consecución de la felicidad que tanto deseamos obtener, que aprendamos a orar.
¿Hasta cuándo vamos a estar pidiéndole a Dios que nos dé el valor que necesitamos para atenuar una posible dificultad que quizá tenemos que nos hace sufrir?
Como muchos de vosotros sabéis porque me conocéis desde hace tiempo, soy ciego, y os escribo utilizando algunas aplicaciones informáticas que están adaptadas para que yo tenga acceso al mundo de la Informática. Imaginaos que tengo la necesidad de cruzar una calle. ¿Tendré que orar cuando me surja esa necesidad? No es necesario que yo esté pidiéndole a Dios ayuda en cada momento de mi vida, así pues, para un cristiano, tanto la vida como la muerte tienen ganancias muy estimables.
¿No deberé utilizar mi bastón o pedir ayuda si me lo dejo en casa -esto me sucede con mucha frecuencia- para satisfacer mi carencia?
¿Hasta cuándo vamos a pedirle a Dios que nos solucione nuestros problemas sin que suframos el precio de nuestra purificación?
Cuando estamos enfermos, no le pedimos a Dios que nos conceda la paciencia necesaria para esperar la curación, sino que nos sane inmediatamente, de forma que olvidemos nuestro malestar y el hecho de agradecerle su bondad.
No somos felices porque nos gustan más los caramelos de nuestro Padre común que la misericordia del Dios del amor.
Nuestra carencia de felicidad se debe al hecho de que nos gusta más vivir regaladamente que esforzarnos para alcanzar la felicidad junto a nuestros hermanos los hombres, dado que no podemos ser dichosos viviendo aislados del mundo y de Dios.
Cristo viene, y, si intentamos aportar nuestro granito de arena para construir un nuevo mundo de amor, paz y concordia, cuando Jesús venga, no nos sorprenderá el hecho de poder abrazarlo, porque, al fin Él estará con nosotros para siempre, porque estaremos acostumbrados a habitar en la Iglesia, el Reino de Dios. Amén.
joseportilloperez@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja aquí tus peticiones, sugerencias y críticas constructivas