Introduce el texto que quieres buscar.

Meditación del Evangelio del Domingo XIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   MC. 5, 21-43.

   Acerquémonos a Jesús.

   El Domingo XII del Tiempo Ordinario del Ciclo B, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que celebramos el citado día, Jesús nos recordó que, en los momentos en que nos sentimos acorralados por nuestras dificultades hasta el punto que llegamos a perder la fe y la esperanza, Él nos ayuda a recobrar la serenidad preguntándonos: "-¿Por qué tenéis miedo? ¿Dónde está vuestra fe¿" (MC. 4, 40).

   Hace varios años conocí a una chica a través de un servicio de Chat que decía que estaba muy triste, porque una de sus amigas le dijo que su novio le era infiel. Cuando el novio de la chica conoció la causa por la que su prometida se sentía infeliz, le preguntó: "¿Por qué dudas de mí¿". Ella no pudo contestarle a su novio la citada pregunta porque la embargó la emoción al pensar que, el hombre al que amaba, jamás le había dado motivos para que desconfiara de él, tal como lo había hecho durante varios días. El chico le dijo a su novia: "Si alguna vez te he hecho daño, he obrado inconscientemente, sin saber que hería tus sentimientos".

   En el Evangelio de la semana anterior (MC. 4, 35-40), Jesús nos preguntó:

   ¿Por qué os sentís solos en los días en que sois atribulados?

   ¿Por qué no creéis "que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (MT. 28, 20) compartiendo vuestra alegría y que soy vuestro compañero de infortunio?

   Si en alguna ocasión habéis creído que os he desamparado, ello no ha sucedido porque os he rechazado de mi presencia por causa de mi odio hacia vosotros, sino por vuestra carencia de fe.

   (MC. 5, 21; 3, 7-8). La gente buscaba a Jesús, ora para que el Señor le concediera dádivas materiales, ora para que se cumplieran las palabras con que el impulsivo San Pedro le demostró su fe al Mesías, cuando éste les dio a sus discípulos la doble oportunidad de seguirle o de abandonarle (JN. 6, 68-69).

   (SAL. 42, 2-3). Nuestra alma está sedienta de Dios porque no podemos superar las dificultades que nos caracterizan si no caminamos asidos de la mano de Nuestro Señor, pero, aún en el caso de que creamos que somos plenamente felices porque la vida nos sonríe, nuestra alma está sedienta de Nuestro Padre común, porque el Reino de Dios que haún no ha sido plenamente instaurado en el mundo y el mismo es la Iglesia peregrina, no ha sido aceptado plenamente por la humanidad.

   (MC. 5, 22-23). Jesús podría haber atendido la petición de Jairo considerando el cargo que el padre de la niña enferma tenía en la sinagoga, pero Nuestro Señor siguió a Jairo por amor a la niña enferma y a cuantos la amaban, porque "él (Dios) es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32).

   Jairo se acercó a Nuestro Señor y se arrodilló delante de Él en actitud suplicante, pues sólo podía recurrir al Hijo de María para evitar el fallecimiento de su hija. "Jesús fue con él" (MC. 5, 24).

   (MC. 5, 24-26). ¿A quién acudimos cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos marcados por la impotencia de no poder hacer que retornen a la vida y verles felices junto a nosotros?

   ¿A quién acudimos cuando perdemos el trabajo, cuando nos traiciona uno de nuestros mejores amigos, o cuando la gente de la que esperamos más signos de afecto nos demuestra el más despiadado rechazo?

   El Salmista, pensando en las ocasiones en que deseamos buscar la forma de escapar de nuestras dificultades porque nos sentimos agobiados, escribió, las palabras que encontramos en el SAL. 54, 4-6.

   Le vamos a pedir a Nuestro Padre común que nos fortalezca para que seamos capaces de vencer los obstáculos gracias a los cuales Nuestro Criador nos concede la oportunidad de forjar nuestra entereza.

   (MC. 5, 27-28). No es mi pretensión ofender a aquellos de mis lectores que utilizan las imágenes religiosas como si las mismas, en vez de recrear superficialmente la espiritualidad de quienes representan, fueran fetiches, por cuya contemplación, al recitar alguna oración específica o al llevar a cabo algún rito mágico, pueden hacerles felices, concediéndoles los favores que les piden. La mujer hemorroisa creía que sería curada por el Mesías al tocar el manto de Jesús, pero, a pesar de esta creencia supersticiosa, no hemos de olvidar que esta mujer había de evitar que la gente la tocara, con el fin de no incumplir la Ley, que hacía que la citada enferma fuese tratada como una pecadora maldita.

   2. Jesús cura nuestra alma enferma (MC. 5, 29-32). Según una tradición muy antigua, cuando Santiago el Mayor intentó evangelizar a los españoles, sufrió una crisis espiritual, al constatar que el mensaje divino que predicaba no era bien acogido por la gran mayoría de sus oyentes. Santa María Virgen se le apareció al citado amigo de Nuestro Señor en Zaragoza, y fortaleció su fe, con el fin de que concluyera el cumplimiento de la misión que le fue encomendada por el Mesías. Somos muchos los predicadores que nos hemos desanimado en algunas ocasiones al comprobar -o al creer- que nuestra predicación no ha sido bien acogida por nuestros oyentes yo lectores. Los versículos del Evangelio de San Marcos que estamos meditando nos instan a que detectemos la aceptación de nuestra actividad pastoral en la conducta de aquellos de nuestros hermanos que intentamos ayudar para que se acerquen al Dios Uno y Trino.

   (MC. 5, 33-34). Hace varios años leí en un foro un mensaje de una cristiana desesperada, que decía unas palabras parecidas a los términos siguientes: "No puedo soportar mi dolor". Una participante de ese medio de evangelización le contestó: "No sé qué decirte, así pues, por una parte deseo que no sufras para que seas feliz, pero, por otra parte, es necesario que conozcas el efecto del dolor, para que el Señor te fortalezca por medio del sufrimiento".

   Hemos visto que Jesús curó a la mujer hemorroisa. Hace varios años, uno de mis amigos que vivió intensamente unos ejercicios espirituales, me dijo: "Cuando acabé los ejercicios espirituales a los que asistí la semana pasada tenía la sensación de que estaba más en el cielo que en la tierra, pero, cuando volví a relacionarme con mis ex compañeros de la cárcel, mi fe se debilitó mucho¿. Nunca debemos creer que el proceso de nuestra conversión al Dios Uno y Trino ha terminado, así pues, de la misma forma que en ciertas ocasiones podemos tener la sensación de que nuestra fe es inquebrantable y de que por lo tanto la primera de las virtudes teologales no puede ser aumentada en nosotros, puede sucedernos que Nuestro Padre común permita que seamos probados, con el fin de que aprendamos que nos queda mucho camino por recorrer para alcanzar la salvación.

   (MC. 5, 35). Quizá Jairo se preguntó en su agonía: ¿Si Jesús ha curado a la mujer hemorroisa, no podrá hacer algo para remediar el dolor que embarga a mi familia?

   Quizá Jairo pensó: Si Jesús hubiera llegado antes a mi casa, mi hija no habría muerto.

   Cuando Jesús fue a Betania acompañado de sus amigos íntimos a expresarles sus sentimientos compasivos a Marta y a María por la muerte de su hermano Lázaro, Marta le salió al encuentro y le dijo: "-Señor, si hubieras estado aquí, habrías evitado la muerte de mi hermano" (JN. 11, 21).

   Si Jairo había visto cómo la mujer hemorroisa había sido restablecida de su enfermedad por el Hijo de María, aún tenía que luchar para que su fe evolucionara, hasta el punto de creer que Nuestro Señor podía resucitar a su hija por causa de su divino poder, sin tener que ir a su lugar de residencia, para hacer que la niña retornara a la vida al imponer sus manos sobre ella o sin pronunciar ningunas palabras mágicas delante de la misma.

   (MC. 5, 36). Jesús le dijo a Jairo que no flaqueara su fe, porque había de ir a su casa para callar a las mujeres que cobraban un sueldo por llorar la muerte de la niña.

   Jesús le dijo a Jairo que no perdiera la fe cuando la gente se burlara del Hijo del carpintero de Belén, cuando exclamara delante de la gente que la niña no estaba muerta, pues su muerte no había de diferenciarse mucho del sueño natural, por causa de la brevedad del tiempo durante el que se prolongó la misma.

   Jesús le pidió a Jairo que se gloriara por causa de su fe cuando pudiera abrazar a su hija resucitada y alimentarla, para demostrarles a quienes se habían burlado del Hijo de María que no veían a un fantasma al mirar a la niña resucitada.

   Por último, Jesús le pidió a Jairo que no divulgara el extraordinario prodigio que contempló en su casa, pues el Hijo del carpintero no quería ser amado por nosotros por causa de las dádivas que nos concede, sino por amor.

joseportilloperez@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja aquí tus peticiones, sugerencias y críticas constructivas