Meditación.
MC. 5, 21-43.
1. Olvidémonos durante un tiempo de nuestras preocupaciones, y dispongámonos a servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.
(MC. 5, 21). Muchas veces caemos en la tentación de no ver más allá de nuestros problemas, y por ello podemos pensar que nadie tiene dificultades tan grandes como las nuestras. Hace algún tiempo, una de mis lectoras me dijo que Jesús pudo dedicarse a la evangelización de quienes lo aceptaron como Mesías, porque no tenía que atender las ocupaciones de quienes tenían familia. Es cierto que Jesús no tenía mujer e hijos, pero este hecho no debe hacernos pensar que la vida de predicador itinerante que abrazó Nuestro Salvador era placentera, pues todos sabemos las contrariedades que tuvo que afrontar, con tal de que creamos que Dios existe y nos ama.
Pasemos con Jesús a la otra orilla. Abandonemos por un tiempo nuestra zona de comodidad para predicar el Evangelio y hacer el bien, y quizás descubriremos que hay quienes sufren más que nosotros, y, aunque ello no solventará las dificultades que marcan nuestra existencia, no podremos evitar darle gracias a Dios, tanto por quienes somos, como por lo que somos, y por las dádivas espirituales y materiales, que hemos conseguido.
2. Seamos valientes a la hora de profesar nuestra fe en Jesús, como lo fue Jairo.
(MC. 5, 22-23). Siendo un personaje importante relacionado con el culto sinagogal, no debió ser fácil para Jairo demostrar su fe en Jesús, pues ello debió perjudicarle, porque, como es sabido, tanto los saduceos como los fariseos, odiaban a Jesús, y consideraban sus enemigos, a quienes se relacionaban con Nuestro Salvador. Quizás nosotros también hemos sido discriminados en alguna ocasión por ser discípulos de Jesús, no solo en nuestro círculo social, pues también lo hemos sido, en el seno de nuestra familia.
Jairo se arrodilló delante de Jesús, para pedirle al Señor, que sanara a su hija. Jesús era la última posibilidad a la que recurrió el padre de la pobre niña, antes de perder la esperanza, de que su hija no falleciera. Quizás hemos intentado buscar la felicidad recorriendo diferentes caminos, y hemos recurrido a Dios, cuando Él ha sido nuestra última esperanza, la cual evitó, que nos llegáramos a sentir frustrados.
3. ¿Cómo es nuestra relación con Jesús?
(MC. 5, 24). Recuerdo que, hace varios años, una ex compañera de trabajo, me contó que, estando en una calle muy transitada, una de sus clientas se desmayó, y ella fue la única que se ocupó de llamar a los servicios de emergencia, para que la enferma fuera debidamente atendida. Constantemente nos encontramos con gente que sufre en nuestro entorno social, y, a través de los medios de comunicación, se nos recuerda cómo sobreviven millones de personas en el tercer mundo, en medio de la peor de las miserias.
Hay quienes se relacionan con Jesús cuando necesitan ser favorecidos, hay quienes hacen lo propio orando sin cesar pero sin hacer el bien, y hay quienes, además de orar, convierten sus obras en bellas y fervientes oraciones, pues socorren a los necesitados de dones espirituales y materiales, como si fuera Nuestro Señor, quien sufre en lugar de sus amados hermanos pobres, solitarios y enfermos.
No pasemos junto a Jesús empujándole. Detengámonos a hablar con el Señor, y ayudémosle a hacer de la tierra su Reino de amor y paz.
4. La mujer hemorroísa tocó el manto de Jesús.
(MC. 5, 25-29). Después de agotar todos sus recursos con tal de ser curada, y de haber sufrido muchas intervenciones médicas en vano, la mujer hemorroísa tuvo la osadía de tocar el manto de Jesús, lo cual estaba prohibido por la Ley, porque al estar enferma era considerada maldita por Dios, y no podía tocar a un hombre puro -o sano, no considerado pecador-, como era Jesús. Igualmente, si Jesús se dejaba tocar por la hemorroísa, perdía su pureza legal. Si Nuestro Señor hubiera sido egoísta, lo mejor que hubiera podido hacer en tal caso, es aprovecharse de que la gente lo empujaba, con tal de que nadie se diera cuenta de que la mujer enferma tocaba su manto, para evitar el contagio legal de la impureza, pues ello significaba que tenía que asumir el estado de un simple pecador, o también hubiera podido despreciarla públicamente, para dejar constancia de que no estaba relacionado con la pobre enferma.
Tal como sucedió en el caso de Jairo, vemos en la mujer hemorroísa otro caso desesperado, de quien quiso confiar en Jesús, antes de resignarse, pensando que su enfermedad, no tenía remedio.
5. ¿Quién tocó a Jesús?
(MC. 5, 30-32). Jesús notó el poder que salió de Sí mismo que curó a la mujer hemorroísa, y cómo la misma le tocó tímidamente, con miedo a ser marginada y castigada, y con la esperanza de que el Señor le devolviera la salud.
Dado que a Jesús no le importaba que le consideraran impuro, porque vino al mundo a ocupar el lugar de quienes sufren el mayor desprecio, Nuestro Señor quiso que la multitud que lo oprimía supiera cómo curó a la pobre enferma, dando a entender que los pecados que hayamos cometido en el pasado no son obstáculos que nos impiden acercarnos a Él, porque nos perdona todo el mal que hacemos. Si hay algo a lo que le debemos temer, ello consiste en rechazar a Dios, negarnos a hacer el bien, y despreciarnos, y si no vamos a caer en este estado, no tenemos nada que temer, -esto es, nada que nos impida ser salvos-.
6. Jesús no margina a nadie, ni por su pobreza, ni por la enfermedad que padezca, ni por vivir aislado.
(MC. 5, 33-34). Aunque Jesús fue quien sanó a la pobre enferma, le dijo que fue su fe la que la salvó, para felicitarla por creer en Él, y para infundirle ánimo, y perdiera el miedo que tenía a ser marginada y castigada. Jesús no solo sanó a la citada mujer de la enfermedad que padecía, pues también le dio la posibilidad de vivir como una persona libre de máculas legales.
7. Cuanto más nos relacionemos con Dios, más se nos exigirá aumentar la fe que tenemos en Él.
(MC. 5, 35-36). Dado que el principal de la sinagoga fue testigo de cómo Jesús curó a una mujer enferma, no solo debía tener fe para creer que el Señor tenía poder para curar enfermos únicamente, pues también debía creerlo capacitado para resucitar a los muertos. Ello nos recuerda que, cuanto más nos esforzamos en superarnos, se nos abren más puertas para que podamos alcanzar nuestros objetivos.
Por nuestra propia experiencia, sabemos que, cuanto más crecemos espiritualmente, se nos exige que tengamos más fe, para que podamos perfeccionarnos mejor, superando pruebas que, en conformidad con el paso del tiempo, siempre aumentan su nivel de dificultad.
8. Jesús hacía milagros en secreto.
(MC. 5, 37). Jesús curó a la mujer hemorroísa públicamente para convencer a la multitud de que no marginara a nadie por causa alguna, pero llevó a cabo la resurrección de la hija de Jairo en secreto, porque no tenía la intención de publicitarse, sino de beneficiar, tanto a la niña como a su familia, sin hacerse pasar por sanador.
9. Para Jesús, resucitar de la muerte, es como despertar del sueño.
(MC. 5, 38-40). Jesús dijo que la niña estaba dormida, para no decir abiertamente que la iba a resucitar, y fue víctima de la burla de quienes intentaban consolar a los familiares de Jairo. El Señor quiso resucitar a la niña junto a los padres de ella y a sus tres amigos más allegados, porque no quería dar un espectáculo, y, como no era considerado como Mesías, quiso evitar que nadie pensara que hacía milagros sin estar relacionado con Dios, pues, en el pasado, los escribas le acusaron, de estar poseído por un demonio.
10. Jesús, el vencedor de la muerte.
(MC. 5, 41-43). ¿Hacemos el bien sin intentar publicitarnos, con la intención de hacer felices a quienes beneficiamos?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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