Meditación.
La verdadera riqueza.
En el Evangelio de hoy se refleja la situación que muchos de nosotros vivimos desde diferentes ópticas, desde nuestra opulencia, desde la pobreza que caracteriza nuestra vida, y desde el compromiso que hemos hecho o desde la renuncia que hemos hecho al hecho de establecer un sistema social gracias a cuya existencia todos los ciudadanos del mundo, independientemente de nuestro estado social, podamos cubrir nuestras necesidades. Hace algún tiempo le dije a uno de mis amigos: "Yo pienso que si queremos que Dios concluya la instauración de su Reino entre nosotros, deberemos esforzarnos para conseguir que todos los habitantes del mundo tengamos derechos y deberes análogos". Para mi sorpresa, mi amigo me contestó: "Aunque todos somos iguales para Dios, en este mundo únicamente debemos pensar en aprovecharnos de los beneficios que nos aporta el hecho de mantener nuestro status social". En un principio me costó un gran esfuerzo creer que un católico de muy buena posición decía que los pobres de siempre han de ser pobres e ignorantes porque así se les manipula mejor, pero en el mundo hay de todo... Os he contado esta anécdota porque en el Evangelio de hoy leemos el siguiente texto: (LC. 12, 13-15).
Jesús nos dice que nuestra vida no depende de los bienes que poseemos, algo muy difícil de comprender en un mundo tan materialista como el nuestro, sobre todo para quienes hemos tenido necesidades muy graves que cubrir. A aquel amigo del que os he hablado le dije el día en que le expliqué la situación de pobreza que he atravesado: "Según una canción muy famosa de los años sesenta, "tres cosas hay en la vida: Salud, dinero y amor". De estas tres cosas, no sabemos cuál es más importante. La salud nos es imprescindible para conseguir dinero y amor, porque, si carecemos de ella, lo único que podemos hacer es perder la vida. El dinero nos ayuda a mantener la salud y a vivir, y a mantener dignamente a nuestros familiares. El amor es un sentimiento que nos puede hacer felices, del que podemos tener la impresión de que no siempre lo sentimos de la misma forma, aunque no deja de ser imprescindible para nosotros, porque nos aporta el calor que necesitamos para seguir viviendo y venciendo dificultades". Yo tengo actualmente treinta años, y empecé a leer la Biblia cuando tenía doce, así pues, aunque no siempre he podido cubrir todas mis necesidades, conozco el significado de las palabras de Jesús, expuestas en MT. 4, 4.
No sólo de pan vive el hombre -nos dice Jesús-, no sólo vive el hombre para acumular riquezas que muchas veces ni disfruta por causa de su ambición, pues la fe es de vital importancia para los creyentes. En el Evangelio de hoy también se nos habla de un personaje que se dedicó a almacenar bienes, hasta el momento en que le llegó la hora de entregarle su vida a Dios, y no le sirvió de nada la acumulación de riquezas.
(MT. 11, 5). El Evangelio es la buena noticia de nuestra liberación de la adversidad que atañe a nuestra vida. Si consideramos que el Evangelio es tan poderoso que si lo vivimos intensamente podemos alcanzar la felicidad, podemos pensar en hacer algo para exterminar tanto la pobreza como la riqueza abundante e innecesaria de quienes poseen más recursos de los que les son necesarios para vivir. En el Levítico leemos: (LV. 19, 13-14).
Por su parte, Santiago escribió en su Epístola universal, las siguientes palabras: (ST. 2, 1-9).
Si según el punto de vista materialista caracterizante de nuestro entorno social todos tenemos el valor de los bienes que poseemos, ¿qué sucede con los pobres, los ancianos, los discapacitados y los desamparados que no pueden trabajar de ninguna forma para obtener bienes materiales? ¿Cómo hemos de considerar a quienes sufren por causa de alguno de los problemas anteriormente citados? (ST. 1, 1-6, 12).
(MT. 6, 25). Yo sé perfectamente que el hecho de ser pobre no es vergonzante, así pues, hubo un tiempo en que me vi prácticamente a un paso de perder todo lo que había logrado a lo largo de años de trabajo. Yo que tanto había escrito en algunos de los textos que publicaba semanalmente en Internet con respecto a la forma en que ha de ser sobrellevada la miseria, tuve la oportunidad de verificar lo que había escrito para que mis lectores de aquel tiempo lo leyeran. Al leer el versículo de San Mateo que estamos meditando, pensé que tenía que esperar el momento en que Dios me diera una nueva oportunidad de seguir viviendo. Al seguir leyendo el Evangelio, me encontré con el siguiente texto: (MT. 6, 26). De alguna forma, aunque mi situación empeoraba por días, Dios me decía que el hecho de no adquirir riquezas en aquel tiempo no hacía peligrar mi existencia, dado que El nos cuida a todos, y nos aporta las experiencias que tenemos que vivir para adquirir la sabiduría que necesitamos.
Jesús nos dice con respecto a la inseguridad que nos caracteriza cuando pensamos en las incertidumbres que podemos sufrir en el futuro, las siguientes palabras: (MT. 6, 30-32).
Recuerdo a una señora que, dos años antes de casarse, empezó a preguntarse: ¿de dónde sacaré el dinero que necesito para comprarme una casa, amueblar mi vivienda, celebrar mi boda y costearme la luna de miel? Después de meditar unos minutos y no encontrar una posible solución a estos interrogantes, siguió preguntándose: ¿Cómo podré casarme sin la seguridad de saber que seré feliz junto a mi futuro marido? La buena mujer suspiró y se dijo: aunque actualmente soy muy feliz con mi novio, la vida me cambiará mucho al separarme de mis padres, ya que ellos siempre han solucionado todos mis problemas... Aquella señora siempre había tenido cubiertas todas sus necesidades, y, como no había adquirido la experiencia que necesitaba para "buscarse las habichuelas" según decimos en mi pueblo, se sintió atormentada al pensar en su futuro. Jesús nos dice en el Evangelio que estamos meditando que no nos agobiemos al pensar en nuestros problemas, y que vivamos haciendo todo lo que tenemos que hacer, porque Dios nos hará ver la luz cuando lo crea conveniente para nosotros.
joseportilloperez@gmail.com
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