Estudio bíblico sobre el significado y uso de las riquezas.
Introducción.
¿En qué consiste la felicidad? Los cristianos, al igual que la mayoría de los habitantes de nuestro planeta, queremos alcanzar la plenitud de la felicidad. Nuestro deseo no responde exclusivamente a la satisfacción de nuestras necesidades personales, pues el mismo es una vocación, es decir, una llamada que hemos recibido de parte de Dios, a la que tenemos que responder, con tal de vivir, -en conformidad con la fe que profesamos y nuestras posibilidades actuales y futuras-, la plenitud característica de nuestro Padre común.
¿En qué consiste la felicidad cristiana?
-La felicidad cristiana radica fundamentalmente en que somos hijos de Dios, destinados a vivir en el Reino de Nuestro Padre común. Esto significa que, a diferencia de quienes se esfuerzan en este mundo excesivamente consumista para ser "algo", -es decir, para ser importantes, para destacar de alguna manera-, nosotros nos esforzamos para ser "alguien". Nuestra felicidad no radica en las posesiones que tenemos, en el poder que hemos logrado alcanzar ni en el prestigio -o fama- que nos caracteriza, sino en el hecho de que somos personas únicas e irrepetibles creadas a imagen y semejanza de Nuestro Padre común. Por supuesto, todos los logros que alcancemos en este mundo serán bien acogidos por nosotros y deberemos felicitarnos por ello, pero los mismos no deben atentar contra nuestra vocación de alcanzar la felicidad verdadera, la dicha que no perderemos ni aunque vivamos bajo los efectos de la pobreza y, consiguientemente, del desprestigio y la total carencia de poder.
-La felicidad cristiana consiste en aplicarnos las siguientes palabras de Nuestro Señor y Salvador: (MT. 6, 33).
¿De qué nos sirve colmar nuestros hogares de riquezas, si nuestros corazones están vacíos de amor?
¿De qué nos sirve tener millones en el banco, si nuestros sentimientos se resumen en una total carencia de alegría?
¿De qué nos sirve afanarnos para conseguir bienes terrenos, si hemos perdido la fe en los hombres?
¿Cómo podemos confiar en el Dios que no vemos, si somos incapaces de confiar en nuestros prójimos los hombres, a quienes vemos? (1 JN. 4, 20).
¿De qué nos sirve vestir nuestro cuerpo con ropas ricas, si interiormente estamos marcados por la desolación característica de la visión de nuestras experiencias vitales?
¿Cuándo vamos a centrarnos en la lucha para conseguir la verdadera felicidad, la que no depende de la vivienda que tenemos, del coche que conducimos, de la ropa con que nos vestimos ni del dinero que tenemos en el banco?
Para poder creer en Dios, necesitamos creer en nuestros hermanos los hombres. En el Evangelio de hoy, vemos que uno de los oyentes del Señor, le pidió al Mesías que persuadiera a su hermano para que compartiera la herencia familiar con él. Aunque el hecho de compartir nuestros bienes es característico de la fe que profesamos, Jesús se negó a intervenir en aquel problema, porque Dios no quiere impedirnos actuar movidos por la libertad con que nos ha creado, lo cual explica por qué no interviene en nuestros asuntos, porque, si lo hiciera, al aplicarnos su justicia, nos impediría actuar cumpliendo nuestra voluntad, lo cual sólo nos serviría para acusarlo de esclavizarnos injustamente.
El mundo está lleno de pobres que odian a los ricos que los explotan. El odio de estos pobres no nace de su apego al mal, sino de la impotencia que les produce el servilismo a que están sometidos. Nos es necesario recordar que el hecho de odiar a quienes consciente o inconscientemente nos hacen daño no va a solucionar nuestros problemas, pero sí nos va a amargar la vida sin que aquellos que nos hieren sufran lo más mínimo por el citado hecho.
-La felicidad cristiana se caracteriza por nuestra capacidad de perdonar. Recordemos que las personas dadas a hacer el mal siendo conscientes del daño que hacen, han vivido en entornos hostiles en los que se las ha maltratado injustamente. Si somos víctimas de alguien, no caigamos en el círculo vicioso de castigar con nuestras malas acciones a quienes nada tienen que ver con nuestros sufrimientos actuales, así pues, no ganaremos nada al encerrar a más gente en el círculo vicioso del mal, del que cuesta un gran esfuerzo salir.
Perdonemos plenamente a quienes nos hieren, pues, aparte de que los cristianos queremos perdonar a quienes nos hacen daño, sucede que, aunque nuestros enemigos no merecieran nuestro perdón, el hecho de no pensar mal en nuestro interior contra ellos, constituye una dicha infinita para nosotros, pues, el hecho de maldecirlos, no los va a afectar lo más mínimo y nos va a causar sufrimiento estéril, y, en cambio, el hecho de bendecirlos, nos va a proporcionar una gran felicidad.
Desgraciadamente, muchos son los que creen que los bienes terrenos lo significan todo para nosotros. He conocido a pobres que han sido felices en la medida que se han conformado con los bienes que han podido adquirir, y a ricos que, aunque han tenido cantidades de dinero astronómicas, se han visto envueltos en una gran depresión producida por su soledad, por su falta de comunicación con sus hermanos los hombres, y por su persistente encierro en sus bienes materiales, los cuales, -como sabemos-, están desprovistos del calor humano que tan necesario nos es para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad.
-La felicidad cristiana se caracteriza por el optimismo de los hijos de Dios. Recordemos que el optimismo no significa que hemos alcanzado la felicidad, sino que tenemos coraje para portarnos tal como nos gustaría ser. Este hecho no significa que queremos actuar hipócritamente o haciendo uso de una doble personalidad, sino que comprendemos que no podemos presentarnos ante el mundo todos los días de nuestra vida marcados por la tristeza, pues es mejor hacerlo intentando ser las personas que nos gustaría ser, para lo cual, además de orar fervientemente, nos esforzamos, sabiendo que nos gustaría mucho conseguir ver realizado ese sueño.
-La felicidad cristiana consiste en relacionarnos con nuestros hermanos los hombres, tanto con los que sufren como con quienes afirman que son felices. Especialmente, si nos sentimos tristes, podemos relacionarnos con hombres y mujeres optimistas, capaces de levantarnos el ánimo, con tal que no nos dejemos vencer por la depresión.
1. El uso correcto de las riquezas.
Las riquezas por sí mismas no son malas en absoluto. Muchas veces he escuchado a quienes se han lamentado de que por culpa de las riquezas tanto sus familiares como ellos han sufrido mucho, los cuales no han sabido reconocer que no han sido las riquezas las que los han hecho sufrir, sino el uso que tanto ellos como otras personas han hecho de las mismas. NO olvidemos que las riquezas son un bien, es decir, una bendición confiada por Dios al hombre, ora para que satisfaga sus necesidades, ora para que socorra a quienes tienen carencias de cualquier índole.
En la Biblia, leemos: (1 CRO. 29, 12. EC. 5, 18-19).
Quienes tienen riquezas, no pecan al disfrutar de las mismas, siempre que no dejen de practicar la caridad con quienes sufren carencias materiales y/o espirituales.
Una cosa que necesitamos tener muy clara, es que Dios nos hace administradores de las pocas o muchas riquezas que nos concede, pero no permite que seamos dueños de las mismas, así pues, al mismo tiempo que debemos proveer en beneficio de quienes viven bajo nuestro techo y nuestro, no debemos olvidarnos, ni de la obra llevada a cabo por la Iglesia, -de la que somos hijos-, ni de aquellos de nuestros hermanos los hombres, víctimas de sus carencias.
Al no ser dueños de los bienes que poseemos, el Dios Uno y Trino, que es dueño de todo lo que hay en el mundo, nos capacita para que socorramos liberal y generosamente a los pobres (SAL. 24, 1. DT. 15, 7-11. 2 COR. 9, 7-8. DT. 15, 4-5).
2. ¿Cuál es el peligro de las riquezas?
El peligro de las riquezas consiste en que, si las deseamos con ambición desmedida, podemos amarlas más que a Dios y a nuestros prójimos los hombres, lo cual constituye el doble pecado de la idolatría y del desapego de nuestros hermanos los hombres (PR. 18, 23. 28, 11. EC. 4, 7-8. 5, 7-13).
Jesús nos advierte de la más grave consecuencia que arrastra el excesivo amor a las riquezas (MT. 19, 23-24).
Hemos visto que las riquezas son una bendición que Dios nos concede, pero, si no las administramos apropiadamente, la ambición excesiva de las mismas, puede conducirnos a perder la salvación de nuestra alma.
(MC. 10, 17-22). El protagonista del relato anterior era un judío que había dedicado su vida al estudio y cumplimiento de la Ley de Moisés, el cual, aunque deseaba ser salvo, no pudo superar su excesivo apego a las riquezas que tenía. Este mismo relato se repite con demasiada frecuencia en la vida de muchos de nuestros hermanos en la fe. Los días preceptuales muchos ricos van a las iglesias que se han construido a rendirle culto a Dios. Ciertamente, dichos hermanos hacen bien en vestirse lo mejor que pueden para ponerse en la presencia de Dios, pero si en vez de observar esta conducta por causa de su fe, la observan para no aparentar que tienen un rango menor al de sus iguales, e incluso si no son generosos, en conformidad con la administración de las riquezas que han recibido, ello no les sirve de nada.
Jesús no cuestionó en ningún momento el dicho de su interlocutor de que vivía consagrado al cumplimiento de los mandamientos de la Ley mosaica, así pues, San Marcos nos dice en su Evangelio que le amó, estimando la posibilidad de darle la clave imprescindible para que concluyera su ciclo de formación espiritual, el cual consistía en el desprendimiento de los bienes que lo separaban de Dios, lo cual era factible, ya que había cultivado la fe durante muchos años.
Ante la ambición desmedida de muchos ricos que en ciertas ocasiones si son solidarios no lo hacen en virtud de su caridad, sino para alardear de ello, y de la imperiosa necesidad de los pobres de obtener los bienes mínimos que les son necesarios para vivir dignamente, nuestro Señor, nos dice, las palabras que encontramos en MT. 6, 24-34.
San Pablo le escribió al Obispo Timoteo con respecto a los ricos: (1 TIM. 6, 17-19).
Jesús es nuestro ejemplo a imitar, a la hora de practicar la caridad cristiana (2 COR. 8, 9).
Si la inadecuada administración de las riquezas es condenable, también será sometida a juicio la adquisición de riquezas llevada a cabo por efecto de la avaricia (PR. 28, 20-22).
Tenemos prohibida la adquisición de riquezas mediante el engaño (JER. 5, 25-30).
Se nos impide recurrir a la rapiña para enriquecernos (MI. 6, 8. 12-14).
Se nos impide oprimir a los pobres y a nuestros trabajadores, con tal de enriquecernos por medio del abuso de los mismos (ST. 2, 5-6. 5, 1-6).
Como hijos de la Iglesia que somos, podemos corregir nuestras imperfecciones en la administración de las riquezas que Dios nos ha concedido, por medio de las riquezas de Jesús (AP. 3, 14-20).
3. ¿Cuáles son las verdaderas riquezas a las que podemos aspirar?
Las riquezas más importantes, no sólo para los cristianos, sino hasta para los no creyentes que desean alcanzar la plenitud de la felicidad, son de carácter espiritual. En concreto, Dios comparte sus riquezas espirituales con sus hijos (FLP. 4, 19).
Dios nos ha dado a conocer sus riquezas por medio de Jesucristo, nuestro Redentor. Dichas riquezas, son:
1. La gracia (EF. 1, 7).
2. La benignidad (ROM. 2, 1-6).
3. La gloria (ROM. 9, 21-23).
4. El conocimiento de las verdades de Dios (ROM. 11, 33-36).
5. El pleno entendimiento de las verdades de Dios (COL. 2, 1-3).
Conclusión.
Recordemos a quién deben dirigirse nuestras obras y oraciones, y no cesemos de hacer el bien (AP. 5, 12).
joseportilloperez@gmail.com
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