Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
¿Ha llegado la salvación divina a nuestros hogares?
Ejercicio de lectio divina de LC. 19, 1-10.
Lectura introductoria: ROM. 9, 14-16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es acercarnos a Dios, no con la prepotencia de quienes creen que tienen derecho a alcanzar dones divinos por su exacto cumplimiento de las prescripciones religiosas a que se someten, sino como quienes saben que por sus propios méritos no son dignos de nada que Nuestro Padre común les pueda conceder, que no sea consecuencia, del amor divino, con que son tratados.
Orar es saber que, así como Jesús atravesó Jericó buscando a Zaqueo, el Señor recorre pueblos y ciudades, para venir a nuestro encuentro.
Zaqueo tenía dos causas por las que era indigno de Jesús, la primera de las cuales era la acumulación y el uso indebido de su riqueza, y, la segunda, el hecho de ser, jefe de recaudadores de impuestos.
¿Qué encontramos en nuestras vidas que nos hace indignos de Jesús?
Zaqueo no se hizo digno de ser salvo porque les dio la mitad de su dinero y bienes a los pobres, y multiplicó por cuatro la cantidad de dinero que había robado, para dárselo a sus víctimas, sino porque dejó que Jesús se invitara a cenar y hospedarse con él. Recordemos que no podremos alcanzar la salvación por nuestros méritos personales, pero podremos hacerlo indudablemente, si le permitimos a Jesús, hospedarse en nuestra casa, -es decir, si ponemos nuestra vida, en las divinas manos, de Nuestro Salvador, para que haga con ella, lo que sea más conveniente, para que podamos ser, purificados, y, santificados-.
Zaqueo quiso ver a Jesús, pero, su insignificante valía moral, y la multitud de curiosos que quisieron ver al Señor, se lo impedían. Nosotros también sentimos el deseo de seguir a Jesús, pero no encontramos tiempo para ello, porque siempre tenemos, muchas ocupaciones, que nos lo impiden. Tales circunstancias nos tientan a personalizar nuestra relación con Dios, al margen de sus hijos, lo cual puede hacernos no encontrar el tiempo ni los medios necesarios, para acrecentar la fe que nos caracteriza, la cual se nos puede debilitar hasta que la perdamos, por no cultivarla.
Zaqueo se desligó de los formalismos sociales que le impedían ver a Jesús, y se subió a una higuera egipcia, para poder contemplar al Mesías. Ello hubiera resultado ridículo si dicho jefe de recaudadores de impuestos hubiera querido ver a un gran personaje, pero carecía de sentido, porque iba a contemplar, a alguien que, realmente, era más pobre, que él. Quizás nosotros no nos encontramos con Dios, porque nuestra vida está atada a los formalismos sociales que cumplimos puntualmente, dentro de los cuales, destaca la asistencia, al culto religioso.
Zaqueo nunca debió sospechar que Jesús lo estaba buscando. Dado que consiguió su puesto de trabajo invirtiendo una gran cantidad de dinero que probablemente heredó de su padre, porque los jefes de recaudadores de impuestos conseguían emplearse comprando sus puestos de trabajo en subastas, tenía todas sus necesidades materiales sobradamente cubiertas, pero estaba aislado del pueblo, que, en el caso de que fuera judío, lo consideraba traidor a su raza, y, en el caso de que fuera pagano -o gentil-, además de odiarlo, lo marginaba. No recurramos a las apariencias que podamos guardar para ponernos en presencia de Jesús, pues el Señor desea que le manifestemos nuestra más profunda realidad, por mucho que nos duela, para iniciar nuestra purificación y la santificación que añoramos, a partir de la misma.
Orar es recibir a Jesús en nuestra casa, a imitación de Zaqueo, quien se bajó del sicómoro apresuradamente, caracterizado, por una gran alegría.
Orar es identificarnos con los socialmente marginados, sin que nos ciegue el miedo a que se nos tache de ser semejantes a los tales, para que podamos ayudarlos a extinguir sus carencias materiales en conformidad con nuestras posibilidades, e intentar salvar sus almas.
Orar es recordar que, quienes deseen ser santos, jamás deben olvidar, que iniciaron a tener fe divina, cuando muchos eran simples pecadores.
Por su condición de jefe de recaudador de impuestos odiado a nivel social, en el caso de que fuera judío, Zaqueo no asistía a las celebraciones de culto, pero supo demostrar la grandeza de la fe que le inspiró Jesús, dándoles a los pobres la mitad del dinero y los bienes materiales que tenía, y devolviéndoles a quienes robó, el cuádruplo de lo que les sustrajo. Zaqueo comprendió que su fe no debía estar inspirada en las apariencias que guardaban los considerados buenos, sino en el seguimiento de Jesús, cuya conducta imitó, y por ello quizás San Lucas contó la historia de su conversión en el tercer Evangelio, porque llegó a ser, un cristiano importante.
Quienes tenemos la tentación de vivir una fe espiritualizada e intelectualizada, que debe ser guardada como un tesoro, y administrada con un cuentagotas, somos impactados por el ejemplo de Zaqueo, quien quizás era un ignorante de las cosas espirituales por su estilo de vida y el desprecio social que se ganó concienzudamente, pero, a pesar de ello, demostró su gran fe, haciendo lo que más difícil nos es sin duda alguna, lo cual consiste, en desprenderse del dinero y los bienes terrenales, de los que, por cristianos que seamos, pocos de nosotros son, los que se desprenderían de los tales, para socorrer a los necesitados.
Jesús, -quien no se deja ganar en generosidad-, por causa de la fe y la bondad características de Zaqueo, no solo le concedió la vida eterna al citado jefe de recaudadores de impuestos, pues salvó a todos sus familiares.
Orar es tener presente que, si nos hemos perdido en las sendas del pecado, y tenemos un sincero deseo de creer en el Dios Uno y Trino, Jesús nos está buscando, porque quiere salvarnos.
Orar es reconocer que nuestra estatura moral es insignificante si nos comparamos con Jesús, y que por ello nos confiamos al Espíritu Santo, para que nos haga gigantes, en el terreno del espíritu.
Oremos:
Espíritu Santo:
Ayúdanos a salir de nosotros mismos si no recorremos las sendas del bien, para que podamos encontrarnos con Jesús, quien recorre nuestros pueblos y ciudades, para darnos la vida eterna.
Penetra nuestras comunidades cristianas con tu amor, para que quienes nos decimos seguidores de Jesús no caigamos en la tentación de vivir permanentemente como quienes se miran a un espejo, y nos dispongamos a encontrarnos con quienes han abandonado nuestras iglesias -o congregaciones-, quizás porque no han encontrado en las mismas, el calor humano que necesitan, para sobrevivir, a sus dificultades.
Irrumpe en nuestras vidas, e ilumina las circunstancias que vivimos, para que la riqueza no nos aleje de Ti ni de nuestros prójimos los hombres, la pobreza no nos haga cometer pecados de los que podamos arrepentirnos algún día, y, en conformidad con las posibilidades que tengamos, les demos a los hijos de Dios, lo que te pedimos que nos concedas, porque todos somos hermanos, independientemente de las causas que hemos inventado para marginarnos, con tal de sentirnos superiores, a quienes despreciamos.
Ayúdanos a equilibrar nuestras relaciones familiares y sociales, el tiempo que trabajamos, y las actividades de ocio que llevamos a cabo, para que no dejemos de relacionarnos con el Dios Uno y Trino, pensando que no tenemos tiempo, para orar, ni, para celebrar, el culto divino.
Fortalécenos la fe que nos has dado, para que seamos fieles discípulos de Jesús, y no nos conformemos con aparentar una fe que no tenemos, ni deseamos cultivar.
Fortalece la fe que nos has dado, para que nos mostremos en tu presencia como somos, pues no queremos negarte nuestra verdad más dolorosa porque conoces nuestro interior, sino, compartirla contigo, porque deseamos aprender, a amarte, sinceramente.
Solo si reconocemos nuestros defectos y pecados en tu presencia, te acogeremos en nuestra casa.
Porque eres amor sincero, y esperanza cierta, danos el gozo, de recibirte en nuestra casa.
Fortalece nuestro amor a Dios y a sus hijos, para que las críticas mordientes de quienes se creen justos excepcionales, no nos impidan socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales, en conformidad con nuestras posibilidades, e intentar, salvar a los tales.
Ayúdanos a vivir la fe al nivel espiritual, pues, si no sabemos orar, ni experimentamos el incontenible gozo de saber que estamos en tu presencia, difícilmente podremos creer en Dios.
Ayúdanos a vivir la fe al nivel intelectual, pues, si no comprendemos tus razones, en la medida que ello nos sea posible, jamás podremos tener fe, en Dios.
Ayúdanos a vivir la fe que nos has dado a nivel práctico, para que, al hacer el bien en favor de los pobres, enfermos, desamparados y ancianos, podamos demostrarnos, si creemos, en Dios.
Porque deseamos ser fieles seguidores de Jesús, a pesar de nuestra debilidad, y los pecados que cometemos, haz que la salvación, llegue a nuestras casas.
Para que sean salvos aquellos familiares nuestros a quienes, aunque les pedimos que te conozcan, se niegan a creer en Dios, y actúan como quienes carecen de fe, haz que la salvación, llegue a nuestras casas.
Porque estamos perdidos entre múltiples ocupaciones, y creemos que nos es imposible superar los defectos que tenemos, ven a nuestro encuentro y sálvanos.
Espíritu Santo:
Cuales ovejas perdidas y amenazadas por lobos, te rogamos que nos purifiques y santifiques, y vivifiques la fe que nos has dado, para que podamos contribuir, a la plena instauración, de tu Reino de amor y paz, entre los hijos de Dios. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 19, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 19, 1-10.
3-1. Jesús entró en Jericó, y atravesó la ciudad (LC. 19, 1).
Merece la pena contemplar a Jesús recorriendo pueblos y ciudades, para poder encontrar, a quienes quisieran que les abriera, la puerta del cielo. Son muchos los religiosos que se han consagrado a predicar el Evangelio y a vivir orando, y también somos numerosos los laicos que servimos al Señor, en los templos en que le tributamos culto, en cualquier lugar donde sufran sus hijos los hombres, y, en los medios de comunicación, a que tenemos acceso. A diferencia de quienes hemos sido llamados a servir a Dios desde nuestro estado laical, Jesús servía a Nuestro Padre común continuamente, y por ello vivía buscando, a quienes quisieran alcanzar, la salvación.
Los religiosos tienen el deber de vivir la conducta que Jesús observó sirviendo a sus prójimos, y los laicos hemos sido llamados a profesar nuestra fe, al mismo tiempo que nos desarrollamos, como hijos de nuestro tiempo. San Pablo llegó a afirmar que los cristianos casados estamos divididos, entre el servicio a nuestros cónyuges, y el cumplimiento de la voluntad divina (1 COR. 7, 32-34).
Jesús recorre nuestros pueblos y ciudades buscando a quienes deseen ser salvos, pero realiza la mayor parte de su trabajo de evangelización en las calles, y no se invita a entrar en ninguna casa, si, al escuchar su voz potente y clara, no olvidamos temporalmente nuestras ocupaciones y preocupaciones, para encontrarnos con Él. Es por ello que el Papa Francisco no cesa de decirnos que podemos encontrarnos con el Señor, al relacionarnos con los que más sufren, no para tratarlos como si fuéramos colaboradores de una O. N. G., sino para hacerlos miembros, de nuestras familias.
Si Jesús recorre nuestros pueblos y ciudades para encontrarse con quienes deseen ser salvos, ¿cómo nos dejaremos afectar por el quietismo?
Si Jesús trabaja constantemente para salvar a sus hermanos los hombres porque Nuestro Padre común también se ocupa de ello (JN. 5, 17), ¿cómo reduciremos nuestra fe a los campos espiritual e intelectual, y no la practicaremos, para hacer el bien, y poder saber si, realmente, creemos en Dios?
3-2. ¿Quién era Zaqueo? (LC. 19, 2).
Zaqueo era un jefe de recaudadores de impuestos que compró su posición en una subasta o la heredó de su antecesor. Él no era cobrador de impuestos, pues de eso se ocupaban sus subalternos, pero, por causa del trabajo que realizaba, era profundamente odiado, por todas las clases sociales, de los hermanos de raza, de Nuestro Salvador.
Zaqueo no era digno de relacionarse con Jesús, porque era rico, y, jefe de recaudadores, de impuestos. Dado que Roma no le pagaba un sueldo a Zaqueo por el trabajo que realizaba, éste tenía que aumentar el importe del dinero que le pagaban los contribuyentes, cosa que, según se deduce del texto que estamos meditando, llegó a hacer, abusivamente.
Es comprensible el hecho de que Zaqueo fuera marginado, por trabajar para los conquistadores romanos, y tener fama de ladrón, pero, ¿En qué sentido pueden las riquezas, impedir que quienes las poseen, puedan amoldarse plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina? Jesús llegó a decir en cierta ocasión que los ricos se sienten pagados de sí mismos (LC. 6, 24), y que la ambición de riquezas y bienes materiales, puede convertirse, en vacío espiritual (LC. 6, 25). El Señor también narró una parábola cuyo protagonista era cierto avaro, que se enriqueció consiguiendo dinero y bienes materiales, pero fue muy pobre, a los ojos de Nuestro Padre celestial (LC. 12, 16-21).
Según Jesús, los ricos caen en la tentación de amoldarse al cumplimiento de muchos compromisos sociales, y de solo darles dádivas, a quienes puedan pagárselas con creces. Es por ello que, si quieren ser salvos, deben empezar a experimentar el gozo divino, a partir del momento en que compartan sus posesiones, con quienes más las necesiten (LC. 14, 12-14). El rico protagonista que aparece en la parábola descrita en LC. 16, 19-31, no pudo ser llevado al paraíso, porque prefirió aumentar sus riquezas, en vez de hacerse cargo, de la situación que caracterizaba, al mendigo Lázaro. Igualmente, cierto rico que deseaba alcanzar la vida eterna (LC. 18, 18), se separó del Mesías muy triste, porque éste le indicó que solo podría ser santificado salvando a los hombres empezando por resolver sus carencias materiales, y tenía muchas riquezas, de las que no quiso desprenderse (LC. 18, 23). Si Jesús le hubiera indicado al citado rico cómo podría haberse santificado teniendo una fe espiritualizada, e intelectualizada, que no tenía obligación de practicar, el citado personaje, hubiera aceptado tal propuesta, pero, invertir su dinero, para favorecer a los pobres, era algo que, no entraba en sus planes.
Dado que muchos ricos no dejan de ganar dinero ni adquirir bienes aunque tengan que sacrificar sus relaciones familiares, el Señor dijo que, a los tales, les es muy difícil, entrar en el Reino de los cielos (LC. 18, 24-25).
Cierto día en que los ricos le donaban al Templo de Jerusalén el dinero que les sobraba, Jesús alabó a una pobre viuda, que dio todo lo que tenía, y la puso como ejemplo de fe, a seguir (LC. 21, 1-4). Los ricos dieron dinero que no necesitaban para vivir porque tenían mucho más, pero la viuda, al desprenderse de sus dos monedas que eran tan insignificantes que eran llamadas leprosos, le donó al Templo todo lo que tenía.
Dado que muchos ricos tienen grandes dificultades para entrar en el Reino de Dios, comprendemos fácilmente, el significado, del texto que podemos leer, en LC. 1, 53.
Evitemos asociar la palabra “rico” con los términos “ambicioso” y “ególatra”. El hecho de que seamos salvos no depende de si somos ricos o pobres, sino de si somos humildes. Entre los seguidores de Jesús había mujeres ricas que le aportaron dinero para que pudiera llevar a cabo su Ministerio de evangelización (LC. 8, 1-3). Los ricos que armonizan relaciones familiares y sociales, actividades laborales, celebraciones cultuales, y obras benéficas, merecen alcanzar la salvación, porque no solo viven para sí mismos, así pues, en la medida que les es posible, -y desean hacerlo-, oran y trabajan, por la salvación, de la humanidad.
Tal como podemos hacernos pobres cuando aprendemos a ser humildes, todos somos ricos, aunque no somos multimillonarios, en el sentido de que tenemos algo que compartir, necesidades que cubrir, sabiduría para instruir, y necesidad de adquirir conocimientos, que nos ayuden a sentirnos dichosos.
3-3. Zaqueo quería ver a Jesús (LC. 19, 3).
Así como la riqueza y el trabajo que realizaba hacían de Zaqueo un hombre indigno de ser bien considerado, de quien se suponía que no debía relacionarse con Jesús, a no ser que el Señor no se considerara varón justo, tenía dos razones por las que no podía ver al Mesías, las cuales eran el hecho de que la gente se lo impedía, y, su baja estatura, la cual era indicativa, del camino que le faltaba recorrer, para llegar a ser, un gigante espiritual.
Nosotros también tenemos causas que nos impiden relacionarnos con el Señor, y salir a su encuentro, para mirarlo fijamente, a los ojos. Quizás, las múltiples ocupaciones y preocupaciones que tenemos, nos hacen conformarnos con una fe débil, que no puede engrandecerse, porque no la cultivamos, adecuadamente. Es cierto que no tenemos tiempo para estudiar la Palabra de Dios, pero también es verdad, que no buscamos el tiempo que necesitamos para ello, porque, el crecimiento espiritual, no nos resulta, muy motivador, porque concebimos la religión como base sobre la que se nos quieren imponer grandes cantidades de privaciones, y no vemos las prescripciones religiosas que se nos incitan a cumplir constantemente, como camino de purificación, y, santificación.
3-4. Zaqueo se libró de los formalismos sociales que le impedían relacionarse con Jesús (LC. 19, 4).
Imaginemos el ridículo que haría un prestigioso cristiano al quitarse la chaqueta y subirse a un árbol, para quedarse esperando que Jesús pasara, con tal de poder verlo. Dado que, aunque Zaqueo era socialmente despreciado, tenía que cuidarse de guardar cierto protocolo, para que no fuera aumentada su falta de consideración, por parte de la gente, es de suponer que, el citado jefe de recaudadores de impuestos, sintió algo más que curiosidad, para subirse a una higuera egipcia, para esperar al Mesías.
Las higueras egipcias plagadas de hojas, simbolizaban la religiosidad de Israel. Tales higueras producían higos muy dulces, de lo cual podemos extraer, otra interesante enseñanza. A veces nos unimos a los miembros de cierta iglesia, no en atención a la espiritualidad que se cultiva en la misma, sino, porque nos sentimos bien, al asistir, a sus sesiones de estudio bíblico, y a sus celebraciones de culto. La religión verdadera, no debe dulcificar la boca como si fuera un higo dulce, y dejar desnutrido el espíritu. A pesar de ello, muchos caemos en la tentación de asistir al culto religioso independientemente de la denominación cristiana a que pertenezcamos, a veces escuchamos algo que nos alaga el oído y nos endulza la boca, pero no alimenta nuestro espíritu desnutrido, porque nos da pereza estudiar la Palabra de Dios por nuestra falta de fe, y nos interesan más los bienes materiales, que, las dádivas espirituales.
El hecho de que Zaqueo se subiera al sicómoro, significa, que intentó abrazar la fe de los judíos, para poder ver, al Señor. Los cristianos hemos aprendido que Zaqueo se confundió de árbol, pues no debió haberse subido a la higuera que simbolizaba el Judaísmo, sino a la cruz de Jesús, el árbol desde el que el Señor, llevó a cabo, la redención, de la humanidad.
Ya que sabemos cuál es el árbol al que podemos subirnos para esperar que Jesús pase por las calles de nuestros pueblos y ciudades, y se invite a cenar y hospedarse en nuestras casas apenas levante los ojos y nos vea, ¿qué haremos para sentirnos crucificados? (GÁL. 2, 19-20. 5, 13-14. 6, 14-15).
3-5. Jesús se invitó a cenar y a hospedarse en casa de Zaqueo (LC. 19, 5).
Jesús llegó al sitio en que estaba Zaqueo soportando estoicamente las burlas de sus espectadores, y levantó sus ojos para buscarlo. Zaqueo quería ver a Jesús, pero, jamás pudo imaginar, que, el Hijo de Dios y María, lo estaba buscando. De igual manera, si alguna vez imaginamos que somos cristianos por nuestra propia elección, Jesús nos dirá que ha sido Él quien nos ha llamado, para unirnos a su familia, para que produzcamos frutos salvíficos abundantes, y para que le pidamos lo que necesitemos a Nuestro Santo Padre, para que nos lo otorgue (JN. 15, 16).
Dado que Jesús vio cómo Zaqueo hacía el ridículo al estar subido en la higuera, le dijo que bajara pronto, porque convenía que, aquel día, se hospedara, en su casa. Zaqueo tenía que cambiar la higuera estéril, por el árbol del sufrimiento y la glorificación, que hermana el cielo y la tierra.
3-6. Zaqueo bajó del árbol apresuradamente, y recibió al Señor con alegría (LC. 19, 6).
La cantidad de dinero que Zaqueo consiguió, no podía ser ganada, honradamente. Zaqueo se ganó el odio de sus coetáneos, pero, ¿cómo podría cambiar de vida, si le costó una inmensa fortuna conseguir su puesto de funcionario de aduanas, y, de seguir desempeñando su actividad laboral, podía asegurarles el futuro a sus hijos, en el caso que los tuviera?
No juzguemos a quienes pasan días y noches trabajando sin descansar apenas, porque el dinero es la sangre del mundo, y, por ello, quienes hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos hecho lo imposible, para mejorar nuestra situación vital, porque nadie lo hará, por nosotros. La utopía del compartir dinero y posesiones debería llevarse a cabo, intentando que, cuando sea posible, los perceptores de dinero y bienes, aprendan a vivir por sí mismos, para que no vuelvan a ser dependientes, de quienes se compadezcan de ellos en el futuro, en el caso de que suceda que vuelvan a empobrecerse.
3-7. Jesús fue criticado por la multitud (LC. 19, 7).
¿Cómo pudo hospedarse en casa de un maldito pecador, un hombre de quien sus seguidores decían que era Santo? Mientras que a los predicadores nos gusta tener multitud de oyentes y lectores entre quienes se difundan nuestros trabajos, Jesús pensaba que más le valía tener pocos, pero fieles, seguidores. Si los habitantes de Jericó hubieran creído en Jesús, y no hubieran intentado presionarlo para amoldarlo al acatamiento de sus creencias ancestrales marginales, no se hubieran sorprendido de que el Señor se hubiera hospedado con tal pecador, pues ello fue lo que probablemente les sucedió a los Apóstoles del Mesías, quienes estaban acostumbrados, a que su Maestro se relacionara con toda naturalidad, con quienes eran socialmente, marginados.
Los fariseos alimentaban a los pobres, pero no se relacionaban con los tales, porque los consideraban inferiores, a sí mismos. Igualmente, los cristianos podemos ayudar a los carentes de dádivas materiales, pero no relacionarnos con ellos. Como predicador del Evangelio, no quiero que la gente me perciba como culto, conocedor de Dios, y solitario, sino como abierto a compartir el gozo y el dolor de mis prójimos los hombres, para que, por medio de sus experiencias vitales y las mías, a todos nos sea un poco más fácil comprender, que Dios está entre nosotros, y lo podemos sentir, porque es el amor que nos hace confiar los unos en los otros, y nos ayuda a servirnos, en cuanto nos sea posible.
Si se nos critica por amar a quienes todo el mundo odia, no sucede nada superfluo, porque imitamos la conducta del Señor. Sufrir por ser cristianos no es malo, pero sí lo es, sufrir por pecar injustificadamente (1 PE. 2, 19-20).
Mientras que los habitantes de Jericó criticaban al Mesías, Jesús comió con Zaqueo, y ambos mantuvieron una larga conversación en una habitación de la casa en que estuvieron solos, de la que San Lucas no nos informa, la cual debió ser muy fructífera, porque Zaqueo tomó, una firme resolución, que afectó, toda su vida.
3-8. La impactante decisión de Zaqueo (LC. 19, 8).
Zaqueo les dio a los pobres la mitad de su dinero y bienes, y multiplicó por cuatro la cantidad de dinero que estafó, para devolvérselo, a sus víctimas. A diferencia del rico que quería ganar la vida eterna viviendo una fe espiritualizada e intelectualizada (LC. 18, 18-23), Zaqueo, a partir de su deseo desmedido de enriquecerse, hizo que su vida cambiara, y ganó la salvación de su alma, dándoles a los pobres la mitad de su fortuna, y multiplicando por cuatro el dinero que había robado, para devolvérselo, a sus víctimas. Aquel que parecía ser un pecador irremisible, resultó ser un mejor creyente, que quienes criticaron a Jesús, porque se hospedó en su casa. Ello me induce a pensar que puede suceder que en nuestro entorno haya mucha gente que, aunque no participe del culto religioso, tiene una fe viva, que necesita ser despertada, a base de que reciba una buena instrucción bíblica, y grandes dosis, de calor humano.
Para tomar tan drástica resolución, Zaqueo cambió sus planes vitales. En el caso de que tuviera mujer e hijos, les hizo a los tales una gran faena, pero ese fue el precio que tuvieron que pagar, para alcanzar la salvación, de sus almas. Aunque perdieron mucho dinero y bienes, recibieron del Señor una dádiva infinitamente mayor, que los bienes a los que se vieron obligados a renunciar, por voluntad de Zaqueo.
3-9. La salvación llegó a casa de Zaqueo, el hijo de Abraham (LC. 19, 9).
El rico que quiso ganar la salvación de su alma mediante la vivencia de una fe quietista (LC. 18, 18), renunció a su propósito con gran tristeza, porque el Señor le dijo que, si quería ganar el cielo, debía librarse del impedimento de sus riquezas, pues, al retenerlas, hacía más gravosa la situación, de pobres, enfermos, desamparados, y, ancianos (LC. 18, 23). En contraposición a dicho personaje, aparece Zaqueo, quien probablemente no sabía nada de espiritualidad, y como les sucede a muchos que no creen en Dios, que piensan que, la espiritualidad quietista, no sirve para nada más, que, para perder el tiempo, y, concebir, falsas ilusiones, Zaqueo raramente oraría, y jamás leería, las Sagradas Escrituras. A pesar de ello, como se diferenciaba del rico anterior en que vivió su fe siendo misericordioso con las víctimas de su desmesurada ambición, ganó el cielo, sin que le fuera necesario, llevar a cabo las prácticas características, de los creyentes que tenían, una fe, quietista.
Cuando Zaqueo se libró de los bienes que no le pertenecían, en cierta manera, se sintió como el ciego que le suplicó a Jesús que le devolviera la vista antes que la comitiva entrara en Jericó (MC. 10, 46-52). Cuando Jesús llamó al ciego, el enfermo se desprendió del manto que simbolizaba los impedimentos que lo separaban de Dios, donde la gente le arrojaba las monedas que mendigaba, y que utilizaba para abrigarse, durante las noches de frío (MC. 10, 50). Hemos dificultado mucho el modo de relacionarnos con Jesús, pensando que debemos tener algo que ofrecerle, pero el Señor nos quiere tal cuales somos. El Señor no quiere nuestros dones materiales, sino el amor con que podamos recibirlo. De esto aprendió mucho Zaqueo, pues quizás pensó que Jesús se hospedó en su casa para pedirle el dinero que necesitaba para llevar a cabo su Ministerio de evangelización, y se llevó una gran sorpresa, porque Jesús no le pidió nada para Sí ni para sus Apóstoles ni discípulos, pues lo quería a él, como hermano. Como Zaqueo pasó muchos años viviendo siendo socialmente despreciado, tomó una drástica resolución, porque sabía que Jesús lo acompañaría, mientras intentaba ganarse la confianza, de aquellos a quienes había explotado inmisericordemente, con tal de enriquecerse injustamente.
Que los gigantes espirituales se libren de todas las ataduras que los unen a todo cuanto en este mundo puede alejarlos de Dios, y que se eleven al cielo, dejando sobre la tierra, la dulce fragancia, de su santidad.
En el caso de que Zaqueo fuera judío, era hijo de Abraham, por derecho, pero, si era pagano, también era hijo del primer Patriarca de Israel, porque, por ser amado por Dios, y hacer una profesión de fe tan grande, ganó ese privilegio. Recordemos que Jesús no se deja ganar en generosidad.
3-10. Jesús vino al mundo a buscar y salvar lo que estaba perdido (LC. 19, 10).
Si somos sinceros al reconocer que todos hemos sido pecadores, podremos comprender, como aquellos de quienes los judíos pensaban que eran irremisibles, no solo se dejaron evangelizar por Jesús, pues produjeron frutos de fe, que, por su ejemplaridad y grandeza, han pasado a la historia.
Cuando Jesús pasó por el despacho de recaudación de impuestos de Leví, y le pidió que fuera su seguidor, el mismo dejó todo lo que tenía, y se puso a disposición, de Nuestro Salvador (LC. 5, 27-28).
Jesús dijo que, entre quienes se dejaron bautizar por San Juan Bautista, había publicanos (LC. 7, 29), indicando que, los tales, si recibían la instrucción espiritual y el afecto de que carecían, podrían llegar a ser, excelentes creyentes. Como ejemplos tenemos a San Mateo, quien llegó a ser uno de los Doce Apóstoles del Señor (VÉ. MC. 3, 18), y Zaqueo, quien se convirtió en creyente ejemplar, al rascarse los bolsillos, para beneficiar, a aquellos, por los que, poca gente, sería capaz, de mover un dedo, para beneficiarlos.
¿Qué sensación experimentaríamos los cristianos, si en las puertas de nuestros lugares de culto, aparecieran carteles, indicativos de que Jesús es amigo de borrachos, drogadictos, prostitutas, y estafadores?
¿Cómo podríamos permitir que se comparara a nuestro Líder con la gente de tan baja estatura moral?
A pesar de nuestra negativa a permitir que el Señor se relacionara con la gente de mala reputación, tales considerados maleantes, fueron los predilectos de Nuestro Salvador, por quienes murió y resucitó, para purificarlos, santificarlos, y, salvarlos (LC. 7, 34).
3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 19, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué merece la pena contemplar a Jesús recorriendo pueblos y ciudades, para poder encontrar, a quienes quisieran que les abriera, la puerta del cielo?
2. ¿Cómo sirven al Señor los religiosos?
3. ¿Cómo servimos al Señor los laicos?
4. ¿Cómo deben aplicarse la conducta de Jesús los religiosos?
5. ¿Cómo podemos profesar los laicos la fe que nos caracteriza al mismo tiempo que nos desenvolvemos como hijos de este mundo?
6. ¿Qué se deduce del texto de 1 COR. 7, 32-34?
7. Ya que Jesús realiza la mayor parte de su obra evangelizadora en las calles de nuestros pueblos y ciudades, ¿cómo conseguiremos que se hospede en nuestra casa?
8. ¿Por qué nos pide el Papa Francisco incansablemente que nos relacionemos con pobres, enfermos y desamparados, hasta llegar a hacerlos formar parte, de nuestras familias?
9. Si Jesús recorre nuestros pueblos y ciudades para encontrarse con quienes deseen ser salvos, ¿cómo nos dejaremos afectar por el quietismo?
10. Si Jesús trabaja constantemente para salvar a sus hermanos los hombres porque Nuestro Padre común también se ocupa de ello (JN. 5, 17), ¿cómo reduciremos nuestra fe a los campos espiritual e intelectual, y no la practicaremos, para hacer el bien, y poder saber si, realmente, creemos en Dios?
3-2.
11. ¿Quién era Zaqueo?
12. ¿Cómo logró Zaqueo llegar a ser jefe de recaudadores de impuestos?
13. ¿Por qué era Zaqueo odiado por los hermanos de raza de Jesús?
14. ¿Por qué no era Zaqueo digno de relacionarse con ningún judío que se considerara justo?
15. ¿Por qué debía haber evitado Jesús contactar con Zaqueo?
16. ¿Por qué llegaron a ser ladrones muchos recaudadores de impuestos?
17. ¿En qué sentido pueden las riquezas, impedir que quienes las poseen, puedan amoldarse plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina?
18. ¿Qué se deduce del texto de LC. 6, 24?
19. ¿Por qué la ambición de riquezas materiales puede convertirse en vacío espiritual?
20. ¿En qué doble sentido fue pobre y rico, el protagonista de la parábola descrita en LC. 12, 16-21?
21. ¿Qué deducimos que deben hacer los ricos para sentirse salvados, a partir de la lectura de LC. 14, 12-14?
22. ¿Por qué fue llevado al infierno el rico que aparece en la parábola narrada en LC. 16, 19-31?
23. ¿Por qué renunció a su deseo de alcanzar la vida eterna, el rico que aparece en LC. 18, 18-23?
24. ¿Por qué les es muy difícil a muchos ricos entrar en el reino de los cielos, según el texto de LC. 18, 24-25?
25. ¿Por qué consideró Jesús que la pobre viuda que aparece en LC. 21, 1-4, era un excelente ejemplo de fe, a imitar, por sus seguidores?
26. Interpretemos el texto de LC. 1, 53, con nuestras palabras.
27. ¿Por qué no debemos pensar que todos los ricos son egoístas, ambiciosos y ególatras?
28. ¿De qué depende el hecho de que seamos salvos?
29. ¿Por qué merecen ser salvos los ricos que viven para sí mismos, para Dios, y para sus prójimos los hombres?
30. ¿En qué sentido nos empobrece la humildad?
31. ¿En qué sentido somos ricos, y necesitamos adquirir riquezas espirituales?
3-3.
32. ¿Por qué dos razones no podía Zaqueo relacionarse con Jesús?
33. ¿Por qué dos causas no podía Zaqueo ver al Señor?
34. ¿Qué causas nos impiden relacionarnos con el Señor?
35. ¿Qué razones nos impiden salir al encuentro del Señor, para poder mirar sus ojos fijamente?
36. ¿Por qué no engrandecemos la fe que tenemos?
37. ¿Por qué no nos esforzamos en buscar el tiempo que necesitamos para ser instruidos en el conocimiento de la Palabra de Dios?
38. ¿Por qué pensamos que las prescripciones religiosas solo se reducen a convertirse en privaciones?
3-4.
39. ¿Por qué sabemos que Zaqueo no quiso ver a Jesús por simple curiosidad?
40. ¿Qué simbolizaban las higueras egipcias plagadas de hojas?
41. ¿Qué podemos aprender del dulce sabor de los higos producidos por los sicómoros?
42. ¿Cómo debe servirnos de alimento la instrucción religiosa verdadera?
43. ¿Cuáles son las dos causas por las que no cultivamos la fe que nos ha regalado el Espíritu Santo?
44. ¿Qué significa el hecho de que Zaqueo se subió al sicómoro?
45. ¿A qué árbol debió haberse subido Zaqueo, en vez de trepar a la higuera egipcia?
46. ¿Qué haremos para ser crucificados en la cruz de Jesús, sirviendo a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales, y, materiales?
3-5.
47. ¿Cómo demostramos que Jesús buscaba a Zaqueo?
48. ¿Por qué no pudo imaginar jamás Zaqueo que el Mesías lo estaba buscando?
49. ¿Somos cristianos por nuestra elección, o porque Jesús lo quiere, nos ha confiado una tarea, y nos ha prometido que recibiremos lo que deseemos, cuando oremos?
50. ¿Por qué quiso Jesús que Zaqueo descendiera pronto de la higuera?
51. ¿En qué sentido, el árbol del sufrimiento y la glorificación, hermana el cielo y la tierra?
3-6.
52. Zaqueo se ganó el odio de sus coetáneos, pero, ¿cómo podría cambiar de vida, si le costó una inmensa fortuna conseguir su puesto de funcionario de aduanas, y, de seguir desempeñando su actividad laboral, podía asegurarles el futuro a sus hijos, en el caso de que los tuviera?
53. ¿Por qué no debemos juzgar equivocadamente a quienes trabajan sin apenas descansar?
54. ¿Cómo puede llevarse a cabo la utopía del compartir dinero y bienes materiales, y enseñar a sembrar, a los necesitados de un buen trabajo?
3-7.
55. ¿Cómo pudo hospedarse en casa de un maldito pecador, un hombre de quien sus seguidores decían que era Santo?
56. ¿Por qué quería Jesús tener una pequeña muchedumbre de fieles seguidores, en vez de ser seguido por una gran multitud, que quería adaptarlo a la consecución de sus intereses personales y comunitarios?
57. ¿Alimentamos los cristianos a los pobres tal como lo hacían los fariseos, o hacemos que los tales se integren en nuestras familias y comunidades de fe?
58. ¿Qué diferencia existe entre sufrir por ser cristiano, y sufrir por haber hecho el mal?
3-8.
59. ¿Por qué tomó Zaqueo la firme decisión de deshacerse de una gran parte de su fortuna?
60. ¿Qué ganó Zaqueo para sus familiares y para sí con su gran acción?
61. ¿En qué sentido resultó ser Zaqueo un mejor creyente que todos los que criticaron a Jesús por hospedarse con él?
62. ¿Recuperaremos a quienes abandonan sus iglesias, para despertar la fe que duerme en ellos, con nuestro calor humano?
63. ¿Qué precio pagaron Zaqueo y sus posibles familiares para alcanzar la salvación de sus almas?
64. ¿Hemos llevado a cabo alguna acción drástica por la cual nuestros prójimos sepan que somos cristianos?
3-9.
65. ¿Por qué renunció el rico de LC. 18, 18-23, a su deseo de alcanzar, la plenitud de la dicha?
66. ¿Por qué es probable que Zaqueo no estuviera relacionado con la espiritualidad?
67. ¿En qué se diferenció Zaqueo del rico que deseó alcanzar la vida eterna?
68. ¿Cómo pudo Zaqueo ser salvado sin observar ritos religiosos considerados imprescindibles para aumentar la fe de los creyentes, y para que los tales alabaran a Yahveh?
69. ¿En qué se asemejaron Zaqueo y el ciego de Jericó cuando el primero se despojó de una gran parte de sus riquezas?
70. ¿Qué simbolizaba el manto del ciego?
71. ¿Qué utilidad tenía el manto del ciego?
72. ¿Qué quiere Jesús de nosotros? ¿Por qué?
73. ¿Qué quería Jesús de Zaqueo?
74. ¿Por qué debió llevarse una gran sorpresa Zaqueo?
75. ¿Por qué se sintió Zaqueo fuerte para desprenderse de una buena parte de sus riquezas para beneficiar a los pobres?
76. ¿Por qué era Zaqueo hijo de Abraham, independientemente de que fuera judío?
3-10.
77. ¿Cómo es posible que las conversiones más profundas se lleven a cabo en pecadores de quienes pensamos que no merecen el perdón divino?
78. ¿Qué sensación experimentaríamos los cristianos, si en las puertas de nuestros lugares de culto, aparecieran carteles indicativos, de que Jesús es amigo de borrachos, drogadictos, prostitutas, y estafadores?
79. ¿Cómo podríamos permitir que se comparara a Nuestro Líder con la gente de tan baja estatura moral?
80. ¿Por qué apostó Jesús por aquellos que generalmente eran odiados, sin que le importara arriesgar su imagen social?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el capítulo 3 del libro de los Proverbios, agradeciéndole a Dios, las riquezas espirituales y materiales, que nos haya concedido.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 19, 1-10.
Comprometámonos a ofrecer una Misa si celebramos la Eucaristía, o a rezar el Padre nuestro si no celebramos la Eucaristía meditándolo lentamente. Con tales gestos, le pediremos a Dios, que dejen de producirse, las situaciones dolorosas causadas, por el mal reparto de las riquezas materiales, y la carencia de riquezas espirituales.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Gracias por enseñarme que, si ayudo a solventar las carencias espirituales y materiales de mis prójimos los hombres en cuanto me sea posible, en ello veré el camino que debo recorrer, para poder crecer, espiritualmente.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 63, pidiéndole a Dios que extermine el padecimiento, que caracteriza a la mayor parte, de la humanidad.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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