Meditación.
¿Es cierto que Dios castiga a sus hijos?
Estimados hermanos y amigos:
Lo hemos oído en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando. Dios castiga a sus hijos, pero no lo hace por venganza ni para presumir de su poder ilimitado, sino porque estima que ello es conveniente para la salvación de nuestra alma. Dios no nos castiga, pues aprovecha nuestras circunstancias vitales para corregirnos. A lo largo de la Historia, las correcciones divinas, se han visto como castigos, porque no ha existido evidencia científica, que justifique la existencia del sufrimiento.
Es cierto que en nuestros días no tememos por la salvación de nuestra alma de la misma manera que lo hacían los creyentes del pasado que temían la posibilidad de ser condenados en el infierno, lo cual, en vez de facilitarnos el hecho de que amemos más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, ha dado lugar a que, bajo la excusa de que no tenemos tiempo para estudiar la Palabra de Dios, permitamos que se nos debilite la fe.
Hermanos:
Soy el primero en reconocer que vivimos en una sociedad en que nos vemos obligados a hacer una gran cantidad de cosas en un tiempo muy reducido, lo cual tiene la triste consecuencia de que descuidamos las relaciones que mantenemos tanto con Dios como con nuestros familiares y amigos en algunos casos, pero, a pesar de ello, de la misma manera que tenemos el deber de potenciar nuestras relaciones familiares y de amistad con tal de no sentirnos solos cuando llegue el tiempo en que no tengamos una gran cantidad de obligaciones en que ocuparnos, hemos de hacer también todo lo que esté a nuestro alcance para conocer a Dios, porque, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos han dado la vida, y nadie más que ellos desean con mayor ímpetu que alcancemos la plenitud de la felicidad.
Sé que de nada nos sirve acercarnos a Dios con el miedo característico de quienes, por su falta de fe, temen ser condenados, pero, el hecho de ser conscientes de que somos libres para aceptar o rechazar nuestra fe, no debería hacernos acogernos a la posibilidad de alejarnos de Dios, pues, más bien, podría hacernos reflexionar sobre el amor con que el Dios Uno y Trino nos ha acogido en su presencia. No seamos como los niños que obedecen a sus padres por temor a que los mismos los abofeteen, pues, el Dios que nos ha creado libres para que vivamos en su presencia sin ser esclavizados por nada ni por nadie, quiere hacer de nuestra tierra su cielo, con el fin de que podamos creer en Él, cuando haya exterminado las miserias que actualmente marcan a la humanidad.
Cuando éramos pequeños y nuestros padres nos reprendían, quizá nos sucedía en muchas ocasiones que no estábamos de acuerdo con su punto de vista, a pesar de que les obedecíamos por miedo a ser castigados. Muchos adultos que protestábamos cuando éramos niños cuando nuestros padres nos reñían porque jugábamos con nuestros balones cuando ellos encalaban o pintaban las paredes de las casas en que vivíamos, en el tiempo en que hemos tenido que trabajar para poder sostener a nuestros familiares, hemos comprendido que nuestros antepasados gastaban grandes cantidades de dinero en proteger las viviendas del efecto de la humedad, lo cual justifica el hecho de que no estuvieran conformes con nuestros juegos.
En el tiempo en que hemos madurado psicológicamente hasta llegar a comprender que nuestros padres tenían razón cuando nos reprendían y no comprendíamos el hecho por el que nos reñían, nos es fácil comprender que, de la misma forma que los padres reprenden a sus hijos, Dios también hace lo propio, para encaminarnos por la senda del bien.
Se me puede preguntar. ¿No tiene Dios alguna forma más idónea de corregirnos que no sea recurrir a los castigos? Dado que muchas veces buscamos todo tipo de excusas con tal de no obedecer a Nuestro Padre común, Él no puede corregirnos sin reprendernos, porque respeta la libertad con que nos ha creado.
A menos que se dé la circunstancia de que seamos muy humildes, es muy probable que nos suceda que no nos guste que nadie nos corrija. Con el propósito de comprender la razón por la que Dios nos reprende, entresaquemos algunos versículos de la Biblia, que nos ayudarán a comprender mejor la forma de actuar de Dios.
Nuestro Señor Jesucristo, nos dice en el Apocalipsis, estas palabras: (AP. 3, 19).
De la misma manera que los padres que aman a sus hijos los corrigen amorosamente, Dios hace lo propio con quienes ama. Siendo conocedores de esta realidad, -la cual consiste en que todos los hechos que conforman nuestra vida son útiles para nuestra salvación-, en vez de perder el tiempo protestando cuando creamos que somos víctimas fatales de la adversidad, buscaremos la forma de obtener enseñanzas de todas las circunstancias que vivamos, especialmente cuando las mismas sean difíciles, porque sabemos que, el Dios que nos reprende cuando no vivimos en conformidad con el cumplimiento de sus mandamientos, nos ama inmensamente.
(PR. 1, 23). Si somos conscientes de que todo lo que nos sucede durante los años que se prolonga nuestra vida es útil para la salvación de nuestra alma, seguiremos el consejo bíblico que acabamos de recordar, de aprovechar las reprensiones del Señor Nuestro Dios para aumentar nuestra vivencia de fe, esperanza y caridad en su presencia.
(PR. 3, 11-12. 10, 17. 13, 1). Veamos, a través de un ejemplo bíblico, por qué recurre Dios a la reprensión, con el fin de corregirnos.
Sabemos que Moisés, por orden de Dios, condenó severamente la práctica del adulterio entre los hebreos. El hecho que vamos a recordar superficialmente, fue protagonizado por David, un Rey que, a pesar de su gran fe en Nuestro Creador, no respetó la citada prohibición de Yahveh (2 SAM. 11, 2-17).
Resumamos brevemente la acción de David. El Rey deseó mantener relaciones sexuales con la mujer de uno de sus soldados, y se aprovechó de su status social para lograr su propósito. Al saber que Betsabé estaba encinta, David intentó lograr que Urías se uniera a su mujer, con tal de evitar la difusión de su acción vergonzosa. Viendo que el citado soldado no dejaba de cumplir su papel ni en el estado de embriaguez, resolvió asesinarlo, con tal de quedarse con Betsabé como mujer, no por amor al hijo de ambos y a ella, sino para evitar la difusión de su vergonzoso acto.
Dado que betsabé quedó embarazada al mantener relaciones ilícitas con David, el hijo de ambos murió, con tal de que el Rey comprendiera la maldad de sus dos acciones, -cometer adulterio y asesinar a un inocente-, en la presencia de Dios.
El hecho de intentar explicar por qué Dios nos castiga nos sirve para comprender mejor los textos evangélicos que estamos meditando durante el mes de agosto los Domingos, los cuales están relacionados con el anuncio del fin del mundo, y con la necesidad que tenemos de purificarnos, con tal que el Señor nos encuentre preparados para vivir en su presencia, cuando acontezca su segunda venida o Parusía, al final de los tiempos.
En este mundo en que nos gusta la vida fácil y regalada, cuesta un gran esfuerzo el hecho de comprender las siguientes palabras extraídas del Evangelio de hoy: (LC. 13, 24).
¿Cuál es la puerta estrecha de la que nos habla Nuestro Señor? (MT. 7, 13-14).
Desde los años de mi adolescencia, he visto a muchos jóvenes españoles que se han quejado por causa de la dificultad que les supone el hecho de conseguir trabajo, dado que muchos empresarios exigen que sus trabajadores tengan experiencia antes de ser contratados por los mismos. Muchos de esos jóvenes llegan a abandonar sus estudios ante la desesperanza que les produce el hecho de no encontrar trabajo.
En muchos países pobres, a pesar de que las mujeres tienen todas las posibilidades existentes para no encontrar trabajo, porque los hombres tienen preferencia ante ellas, muchas de las tales estudian incansablemente, como si estuvieran a punto de encontrar trabajo, por si casualmente ello acontece.
En los países desarrollados son muchos quienes han llegado a ser víctimas de una peligrosa enfermedad, consistente en que se han acostumbrado a la vida fácil, y en que, consecuentemente, se les ha olvidado que es necesario que se esfuercen en gran manera si quieren llegar a alcanzar metas encumbradas en la vida. Es verdad que hay gente que escala puestos respetables sin hacer el más mínimo esfuerzo, pero la gran mayoría del común de los mortales, si queremos conseguir algo, tenemos que luchar denodadamente por ello.
Los cristianos tenemos un gran ideal, consistente en prepararnos a recibir a Jesús en su segunda venida o Parusía. Ello es posible para nosotros, si vivimos el ideal cristiano, de formación, acción y oración, del que os he hablado en algunas de mis meditaciones.
Quienes se instruyen espiritualmente por medio de la lectura continuada de la Biblia, los documentos de la Iglesia y las obras de los Santos, tienen que estar preparados para vivir una intensa vida de oración, y para demostrar, mediante sus obras, que son hijos del Dios verdadero.
Las almas conocedoras y amantes del arte de la oración, desean seguir instruyéndose en el conocimiento de Dios, con el fin de mejorar su comunión con Nuestro Criador, y muchas de ellas desean darles a conocer su fe a quienes aman, con el fin de que los tales se contagien de su seguridad de ser alcanzados por la salvación divina.
Los llamados pastoralistas, -los que se sienten llamados a demostrar su amor mediante el ejercicio de la caridad divina-, necesitan formarse convenientemente, con el fin de dirigir su actividad a Dios, y con tal de no enfocar mal sus obras, invalidando el efecto de las mismas. Para no descuidar su instrucción y no cansarse de hacer el bien, tales almas necesitan recurrir a la oración, para que su fe no se debilite.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a beneficiarnos de sus reprensiones saludables para nuestra alma, y que, por medio de la formación, la acción y la oración, haga de nosotros auténticos hijos suyos. Amén.
joseportilloperez@gmail.com
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