Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
¿Creemos en la resurrección de los muertos?
Ejercicio de lectio divina de LC. 20, 27-38.
Lectura introductoria: 1 COR. 15, 12-14.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es saber que estamos en este mundo como peregrinos que esperan llegar a su patria.
Orar es dirigir nuestros pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, que Jesús nos enseñó a aguardar.
Orar es, para quienes saben que no podrán resolver sus dificultades en esta vida, mantenerse firmes ante la visión de los problemas que tienen, esperando que Dios se manifieste en ellos, concediéndoles la vida, que añoren.
Orar no es debatir temas religiosos buscando desesperadamente tener la razón, sino predicar el Evangelio, con la esperanza de encontrar y difundir, la verdad de Dios, y sus hijos, los hombres.
Orar es tener la certeza de que Dios no actúa teniendo en cuenta nuestros razonamientos, ya que, por ser perfecto, y vivir eternamente, tiene perspectivas diferentes, a nuestros puntos de vista.
Orar es, estudiar y meditar la Palabra de Dios, más que buscando satisfacer nuestra curiosidad natural y comprensible, intentando obtener las respuestas que necesitamos, a fin de que nos sea posible crecer, espiritualmente.
Orar es aguardar la vida que experimentaremos en el estado de dicha que no podemos concebir, porque lo desconocemos.
Orar es saber que, aunque muramos, algo de nosotros siempre vivirá, porque somos objeto, del amor de Dios.
Oremos:
Espíritu Santo:
Tú que eres el amor de Dios, y la luz que iluminas nuestra vida, inspíranos a quienes nos consideramos cristianos la necesidad que tenemos de profesar una misma fe, para que, nuestras visiones doctrinales, no aumenten, la distancia que nos separa.
Porque Jesús venció la muerte, concédenos la vida que no podemos imaginar, por no haberla experimentado.
Porque amas a quienes se lamentan por su pobreza, enfermedades, ancianidad y abandono, concédenos la vida, que no estará caracterizada, por las miserias que, en la actualidad, afectan, a muchos hijos de Dios.
Porque divagamos frecuentemente con respecto a las verdades que desconocemos, y no profundizamos en el conocimiento de la fe que nos has concedido, ayúdanos a meditar sobre lo que nos conviene, para que, nuestra instrucción espiritual, sea plena.
Ayúdanos a mantener firmemente la fe que nos has concedido, mientras Jesús concluye, la plena instauración del Reino mesiánico, entre los hijos de Dios.
Porque queremos vivir cumpliendo tu voluntad plenamente, para que nuestra vida en el Reino mesiánico sea la prolongación de nuestra existencia actual, más allá de las dificultades que podamos experimentar, escucha nuestra oración.
Manifiéstate en nuestra vida, para que caminemos con los pies firmes en el suelo, y los ojos elevados al cielo, mientras Jesús concluye, la plena instauración del Reino de amor y paz, entre nosotros.
2. Leemos atentamente LC. 20, 27-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 20, 27-38.
3-1. ¿Quiénes eran los saduceos? (LC. 20, 27).
Los saduceos fueron una escuela o agrupación político-religiosa judía que surgió el siglo I antes de Cristo y fue extinguida el año 70 del siglo I, que quizás tomó su denominación de un sacerdote llamado Sadoq que vivió en tiempos de los reyes David y Salomón, o de los sadoquitas. Se caracterizaron por no aceptar como canónico ningún volumen de las Sagradas Escrituras que no estuviera incluido entre los primeros cinco libros de la biblioteca que conocemos en la actualidad como la Biblia, y por su rechazo de las doctrinas de la resurrección de los muertos, y la existencia de los seres espirituales, que eran apoyadas, por sus oponentes, los fariseos. Los saduceos eran la clase israelita a la que pertenecían los grandes sacerdotes y los aristócratas. Se confabularon con los conquistadores romanos, quienes les dejaron ser la clase dirigente de Palestina, concediéndoles muchos privilegios, a cambio de que les ayudaran, a doblegar a los rebeldes. Su manera de explotar a los más pobres, abusar del culto religioso para enriquecerse, y gobernar con mano de hierro a los judíos fue tan implacable, que, cuando perdieron el poder el año 70 del siglo I, durante la guerra que entablaron los judíos contra sus colonizadores, sus hermanos de raza instituyeron una fiesta, para recordar tan importante evento.
¿Por qué no aceptaban los saduceos ningún libro del Antiguo Testamento que no formara parte del Pentateuco? Mientras que la mayoría de los cinco primeros libros de la primera parte de la biblia constan de artículos legales, los demás volúmenes de la misma, contienen enseñanzas referentes al cuidado que habían de tener los judíos de crecer espiritualmente, y de socorrer a los pobres, cosa que no les convenía a los saduceos, ya que, en parte, se aprovechaban de la incultura y la pobreza de los más desvalidos, para explotarlos, inmisericordemente. Dado que los saduceos cifraban la consecución de la felicidad en esta vida, por causa de los privilegios que les concedieron los romanos, no tenían necesidad de imaginar una vida mejor, porque conseguían todo cuanto deseaban.
¿Existe algún parecido entre la mentalidad de los saduceos y la manera de pensar de los que nos denominamos seguidores de Jesús?
¿Ciframos nuestra felicidad en la vida eterna que añoramos, o pensamos que, cuando fallezcamos, no tendremos otra oportunidad de ser felices?
3-2. La trampa que los saduceos le tendieron a Jesús (LC. 20, 28-33).
Lo que los saduceos le dijeron a Jesús en LC. 20, 28, obedece a la imposición de la Ley del levirato, expuesta en DT. 25, 5-6. Si una mujer quedaba viuda sin tener hijos, quedaba a merced de su suegro, quien había de casarla con otro hijo suyo, con el fin de que, el primer hijo que le naciera, fuera tenido por descendiente del difunto, y la herencia del mismo, no fuera repartida. Tal imposición se pensó para que nunca se extinguieran los linajes de los judíos.
En el caso de la parábola que los saduceos le contaron a Jesús para burlarse abiertamente de la creencia en la resurrección de los muertos fielmente observada por sus oponentes los fariseos y el Mesías, aunque la Ley indicara lo contrario, es poco probable que una mujer, después de que se le murieran más de dos maridos, fuera casada, con otro cuñado suyo. Tal historia era utilizada por los saduceos para negar la resurrección de los muertos, de la misma manera que se expresan quienes piensan que la resurrección no puede existir, diciendo que, en el caso de aquellos a quienes les sean trasplantados algunos de sus órganos, cuando resucitaran, no sabrían si dichos órganos les serían devueltos, a sus dueños originales.
3-3. ¿Cómo será nuestra vida cuando el Reino de dios sea plenamente instaurado entre nosotros? (LC. 20, 34-36).
Jesús les dijo a sus opositores que, en este mundo, hay hombres y mujeres que contraen matrimonio, para amarse, ayudarse, protegerse, y, tener hijos. A pesar de ello, quienes alcancen la vida eterna, no necesitarán casarse, porque vivirán en un mundo perfecto, en que no tendrán que prestarse ninguna ayuda, y tampoco tendrán hijos. Los salvados serán como los ángeles, lo cual, en la terminología judía, significaba que alcanzarán la plenitud de la felicidad, y no experimentarán jamás, la muerte.
Quienes imaginan que al dejar de superarse perderán la oportunidad de seguir acrecentando su nivel de felicidad, porque piensan que su vida perderá el propósito que los estimula a seguir viviendo, piensan que, la contemplación de Dios en el cielo, será tan insoportable, como podría serlo, el peor de los castigos. Si durante bastantes siglos han sido muchos los cristianos que han deseado estar permanentemente adorando a Dios, ello inquieta las mentes de muchos hombres y mujeres modernos, que no se imaginan capacitados, para renunciar a la hiperactividad, que caracteriza, su vida actual.
Decir que estaremos permanentemente en el cielo adorando a Dios, y sin hacer otra cosa, es una descripción gráfica, de la felicidad que aguardamos, que no debemos interpretar, literalmente. Lo único que sabemos que nos sucederá cuando Jesús concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz en la tierra, es que experimentaremos una felicidad tan grande, que jamás seremos capaces de soñarla, hasta que la vivamos (1 COR. 2, 9), así pues, no pensemos que, nuestra vida en el Reino de Dios, será semejante, a la existencia que experimentamos, en la actualidad.
Creer en la resurrección de los muertos, no es esperar que llegue el día en que Jesús concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz, sin colaborar en tan apasionante empresa, así pues, para creer en la vida perdurable, necesitamos ayudar a crecer a nuestros prójimos los hombres a los niveles espiritual y material, partiendo de sus circunstancias actuales.
3-4. La resurrección de los muertos (LC. 20, 37-38).
Dado que los saduceos no consideraban tan fiables los libros no pertenecientes al pentateuco como los cinco primeros volúmenes de la biblia, Jesús recurrió al pasaje de ÉX. 3, 6, para demostrar la veracidad, de la resurrección, de los muertos. Dado que muchos judíos mantenían la creencia de que quienes morían desaparecían literalmente, y solo quedaba de los tales el recuerdo en la memoria de Yahveh, el Señor pensó que, si Nuestro Padre celestial es llamado en el texto Sagrado Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob, ello sucede, porque, los tres grandes Patriarcas de Israel, están vivos, porque, para Dios, todos sus hijos viven, ya que, aunque hayan muerto, resucitarán, para no experimentar jamás, la muerte.
3-5. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-6. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 20, 27-38 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes fueron los saduceos?
2. ¿En qué año del siglo I se extinguieron los saduceos?
3. ¿De dónde proviene la denominación de los saduceos?
4. ¿Por qué no le daban la misma importancia los saduceos a los 46 libros que conforman nuestro Antiguo Testamento?
5. ¿Qué doctrinas observadas por Jesús y los fariseos rechazaban los saduceos?
6. ¿A qué se debía tal rechazo?
7. ¿Quiénes pertenecían a la clase de los saduceos?
8. ¿Por qué se confabularon los saduceos con los conquistadores de Israel?
9. ¿Por qué fue motivo de gozo para los judíos la extinción de los saduceos?
10. ¿Por qué cifraban los saduceos el alcance de la plenitud de la felicidad en esta vida en la consecución del poder, las riquezas y el prestigio?
11. ¿Por qué no tenían los saduceos necesidad de imaginar una vida en que pudieran ser más felices que en su existencia mundana?
12. ¿Existe algún parecido entre la mentalidad de los saduceos y la manera de pensar de los que nos denominamos seguidores de Jesús?
13. ¿Ciframos nuestra felicidad en la vida eterna que añoramos, o pensamos que, cuando fallezcamos, no tendremos otra oportunidad de ser felices?
3-2.
14. ¿Por qué le narraron los saduceos a Jesús la parábola de la mujer que tuvo siete maridos?
15. ¿De qué versículos del Deuteronomio entresacaron los saduceos la justificación de los últimos seis enlaces matrimoniales de la citada viuda?
16. ¿Por qué fue casada la viuda con sus seis levires -o cuñados-?
17. ¿A qué fines obedecía la citada Ley del levirato?
3-3.
18. ¿Cuáles son los fines del matrimonio cristiano?
19. ¿Por qué no necesitarán casarse quienes gocen de la vida eterna?
20. ¿Qué significa el hecho de que los salvados serán semejantes a los ángeles?
21. ¿Qué piensan los hiperactivos con respecto a la permanente contemplación de Dios en el cielo?
22. ¿Qué significa el hecho que tanto se ha predicado de que estaremos en el cielo adorando a Dios constantemente?
23. ¿Qué nos sucederá cuando Jesús concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros?
24. ¿En qué se diferenciará la vida que experimentaremos en el cielo de nuestra existencia actual?
25. ¿Qué relación existe entre nuestra existencia actual y la vida de gracia que añoramos?
26. ¿Por qué no podemos demostrar nuestra creencia en la existencia en la vida eterna si nos negamos a cumplir la voluntad de Dios, consistente en que lo sirvamos en nuestros prójimos los hombres?
3-4.
27. ¿Por qué recurrió Jesús al pasaje de ÉX. 3, 6, y no recurrió a DN. 12, 2, u a otro pasaje del Antiguo Testamento, para demostrarles a sus adversarios, que existe la vida eterna?
28. ¿Cómo llegó Jesús a la conclusión de que el citado pasaje del segundo libro del Pentateuco es útil para demostrar que la resurrección de los muertos no es una creencia errónea?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 TES. 4, 13-18, un texto que, aunque no debe ser interpretado literalmente, ya que contiene varios símbolos, acrecentará nuestra fe, en la resurrección, de los muertos.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 20, 27-38.
Comprometámonos a pensar que nuestros pensamientos, obras y palabras, deben estar encaminados, a la vida eterna, que añoramos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a alcanzar la vida eterna, en compañía de mis prójimos los hombres, aquellos hijos de Dios por quienes derramaste tu Sangre, pues quiero hacer mi mejor esfuerzo, para que, donde estés tú, estemos ellos y yo (JN. 14, 1-3).
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 3, orando por quienes sufren por cualquier causa, e implorando la salvación de los mismos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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