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¿Cómo vivimos y podríamos vivir los cristianos nuestros días de descanso? (Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   ¿Cómo vivimos y podríamos vivir los cristianos nuestros días de descanso?

   Este año he tenido la oportunidad de comprar algunas cosas en una ciudad sumida en la celebración de una de sus fiestas más importantes del año, debido a la gran cantidad de turistas que atrae tanto de España como de diversos países. En el centro comercial en el que hice las citadas compras, contemplé una escena bastante desagradable. Vi cómo un señor insultaba a su hijo porque se había manchado el pantalón, por lo cual tenían que ir al hotel en que se alojaban con tal que el niño se cambiara de pantalón, por lo que, consecuentemente, iban a llegar tarde a una cita que tenían concertada. En algunas ocasiones, -como este Domingo-, me cuesta un esfuerzo considerable el hecho de encontrar argumentos para escribiros mi meditación semanal, pero, esta vez, la escena que os he descrito resumidamente, me ha proporcionado la oportunidad de enviaros una meditación sobre cómo vivimos y cómo podríamos vivir los cristianos nuestros días de descanso.

   Ciertamente, aunque todos no tenemos la oportunidad de gozar de unos días o semanas de vacaciones, el contenido de esta meditación nos incumbe a todos, porque en la misma vamos a tratar sobre cómo podemos disfrutar al máximo, tanto de nuestro tiempo de descanso, como de la compañía de nuestros familiares y amigos, y de las posesiones que tenemos.

   Muchos de nuestros hermanos que tienen la costumbre de no faltar a la Eucaristía dominical, cuando viven periodos vacacionales, se alejan de la presencia de Nuestro Padre común, con la excusa de que quieren cambiar su rutina, y de que no tienen ninguna iglesia cercana a su lugar de descanso. Si verdaderamente tales hermanos nuestros no pueden asistir a las celebraciones eucarísticas, podrían aprovechar parte de su tiempo de descanso para leer algún libro de la Biblia, algún documento eclesiástico o alguna obra de algún Santo, con el propósito de que su fe no se debilite en su periodo de descanso, así pues, de la misma manera que debemos cuidar nuestras relaciones familiares y de amistad diariamente, no hemos de olvidarnos de que nos es preciso hacer lo propio con la fe que nos caracteriza, para evitar que la misma se nos debilite hasta que lleguemos a perderla.

   El autor de la Carta bíblica a los Hebreos, nos dice: (HEB. 10, 23-25). Analicemos lentamente el mensaje que hemos extraído de la Carta a los Hebreos, dado que ello es de radical importancia para nosotros.

   Hemos visto que, en nuestros periodos de descanso, debemos concederle a Dios el primer lugar en nuestra vida, así pues, Nuestro Hermano y Señor, nos dice, estas palabras: (MT. 6, 33).

   (HEB. 10, 23). De la misma forma que cuando trabajamos nos mantenemos bajo un ritmo frenético en la realización de nuestras actividades, a muchos de nuestros hermanos, los periodos de descanso, los estresan, porque, en vez de aprovechar los mismos para descansar y reponer fuerzas, aumentan radicalmente las actividades que llevan a cabo.

   Cuando el autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda el deber que tenemos de predicar la Palabra de Dios, y pensamos que podemos dedicar parte de nuestro tiempo de ocio a realizar tan importante labor en la viña del Señor, ello nos recuerda lo importantes que son nuestras relaciones familiares y de amistad.

   ¿Consideramos que la Palabra de Dios es importante para nosotros? Si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, ¿cómo vamos a negarles el conocimiento de las verdades fundamentales de nuestra fe a quienes amamos?

   no pretendo convenceros de que les impongáis a la fuerza nuestras creencias a vuestros familiares y amigos, así pues, sólo os digo que, si verdaderamente la Palabra de Dios es importante para vosotros, que intentéis dársela a conocer a quienes quieran oíros predicar.

   No olvidemos que, si deseamos ser buenos predicadores, antes de empezar a hablarles de Dios a nuestros familiares y amigos, debemos predicarles a los mismos con el ejemplo, pues es inútil la predicación de quien, -a modo de ejemplo-, se dedica a robar, pues hasta los más grandes desconocedores de la fe que profesamos, tienen conciencia de que un cristiano jamás debe sustraerle nada a nadie.

   El hecho de anunciarles el Evangelio a quienes deseen conocer la Palabra de Dios, no sólo nos proporciona la oportunidad de mejorar la calidad de las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos, de hecho, ello nos concede la oportunidad de acercarnos a mucha gente, especialmente a quienes sufren por alguna causa, y, al no encontrar consuelo, se refugian en la religión, buscando una leve esperanza que les ayude a soportar sus sufrimientos.

   Al entrar en contacto con gente que vive diversas realidades, en el caso de que tengamos problemas, nos será fácil percatarnos de que nuestras dificultades no son las más difíciles de sobrellevar, pues corremos el riesgo de caer en la trampa, de no ser capaces de ver más allá de nuestras narices.

   Además de instarnos a predicar la Palabra de Dios, el autor de la Carta a los Hebreos, nos anima a que no nos cansemos de hacer el bien. No olvidemos que corremos el riesgo de ser muy bondadosos con todo el mundo exceptuando a quienes viven bajo nuestro techo. Los periodos de descanso deben ser aprovechados por nosotros para mejorar la calidad de las relaciones que mantenemos con nuestros familiares. Quizá algunos recordaréis que en algunas de mis meditaciones navideñas os invito a escuchar a vuestros padres y abuelos aunque su memoria flaqueante les impida recordar que siempre os cuentan las mismas historias. Por otra parte, muchos hombres, que viven consagrados a sus actividades laborales, al no ayudar a sus esposas en la realización de sus actividades hogareñas, ni en la educación de sus hijos, apenas tienen la ocasión de entrar en sintonía con sus familiares, de manera que en sus hogares sólo son los que aportan dinero y dan órdenes tajantes.

   Si podemos beneficiar a nuestros familiares y amigos al ejercitar la virtud teologal de la caridad que hemos recibido del Espíritu Santo, también podemos hacer lo propio con quienes no viven bajo nuestro techo, especialmente en favor de los pobres, los ancianos, los solitarios y los enfermos. Recordemos que, una de las mejores cosas que podemos hacer los días en que tenemos la oportunidad de descansar, es contactar con quienes nos rodean, pues ello repercute, tanto en beneficio de los tales, como en el nuestro.

   El autor de la Carta a los Hebreos, nos anima también a que no dejemos de asistir a las celebraciones sacramentales y a otros encuentros de la iglesia más cercana a nuestra residencia. Recordemos que, si no somos capaces ni siquiera de asistir a las celebraciones eucarísticas, ¿cómo se podrá esperar de nosotros que vivamos como auténticos cristianos? Al plantear esta cuestión, son muchos los lectores que me replican que no asisten a las celebraciones litúrgicas porque no comprenden las mismas, pero ello no es más que una excusa, porque, gracias a Dios, en la actualidad existen muchos medios, para que los tales puedan conocer al Dios Uno y Trino.

   Recordemos que, de la misma manera que necesitamos relacionarnos con nuestros prójimos los hombres para evitar el triste hecho de vivir aislados, también necesitamos tiempo para permanecer, no aislados, sino solos, ora en la presencia del Señor, ora recordando las dificultades que nos caracterizan, para, a la luz de la Palabra de Dios, si no encontramos el modo de superar las mismas, vislumbremos la forma de poder seguir sobrellevando las tales dignamente.

   Muchos de nuestros hermanos que disfrutan de periodos de vacaciones, tendrán la oportunidad de reencontrarse con familiares y amigos con los que no pueden relacionarse personalmente durante todo el año. Recordemos que, de la misma forma que tales encuentros son celebrativos, también debe ser una celebración nuestra convivencia con quienes permanecen todo el año bajo nuestro techo, a pesar de los defectos que nos caracterizan a todos, los cuales deben ser compensados con las virtudes que también tenemos.

   Es sorprendente el hecho de que muchos matrimonios se disuelven en los periodos vacacionales, así pues, los que se ven durante muy poco tiempo y tienen dificultades para evitar discusiones, al tener que convivir juntos las veinticuatro horas del día durante varios días o semanas, ven más lógico el hecho de separarse, que la posibilidad de soportarse. Por causa de este grave problema de las rupturas matrimoniales y de otras causas que desestabilizan a las familias, dado que los católicos tenemos mucho que decir al respecto, he pensado que nos será provechoso el hecho de dedicar esta meditación a profundizar sobre nuestra convivencia familiar.

   Si la vida tan estresante que nos caracteriza no nos permite comunicarnos apropiadamente con nuestros familiares, lo primero que podemos hacer cuando descansamos, es relacionarnos más y mejor con los mismos, con el fin de que, al intentar resolver las dificultades que tenemos, no nos separemos de ellos por causa de nuestra rutina de la que no podemos escapar, cuando concluya nuestro periodo de vacaciones.

   Frente a nuestro mundo consumista en el que se valoran más las posesiones que los sentimientos, los católicos tenemos la ventaja de que no necesitamos viajar para disfrutar de periodos vacacionales ni pedir préstamos bancarios para disfrutar con quienes amamos, pues, la vivencia de nuestros valores, nos es suficiente para sentirnos felices.

   Actualmente, muchos hombres, -tal como recordamos anteriormente-, viven consagrados a sus actividades laborales. Por su parte, si las mujeres no pueden -o no quieren- trabajar, viven consagradas a sus actividades hogareñas. Muchos son los niños que están acostumbrados a vivir bajo el amparo de sus abuelos o de mujeres contratadas por sus padres, los cuales prefieren efectuar sus salidas solos, unas veces para aclarar sus ideas, y, en otras ocasiones, porque sienten que sus hijos constituyen una carga difícil de sobrellevar o molesta para ellos. A la luz de este panorama, la organización de unos días de vacaciones, puede ser toda una aventura.

   Cuando se nos juntan los problemas, -ya sabemos que un problema suele ser el inicio de una o varias dificultades-, podemos sentirnos fracasados. Hay quienes se separan con la excusa de que se les ha muerto el amor, olvidando las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 13, 8A).

   Somos muy propensos a olvidar que las dificultades que tenemos sólo son las oportunidades que tenemos de superarnos. Los problemas que tenemos con nuestros familiares sólo son las oportunidades que tenemos de demostrarnos si el amor que sentimos unos por otros es veraz o es una pantomima. Recordemos que las relaciones que se prolongan durante muchos años suelen verse empañadas por algunas dificultades temporales, y la familia es la institución a la que permanecemos vinculados la mayor parte de los años que vivimos.

   El hecho de haber tenido la oportunidad de trabajar ante el público durante más de nueve años como vendedor de lotería, pan, pasteles y revistas, me ha proporcionado miles de oportunidades de ver cómo acontecen las relaciones familiares en tiempos vacacionales. No paso ni un sólo verano sin encontrarme con familias divididas por causa del reparto de las herencias paternas, el cual siempre consideran injusto, los grandes beneficiados porque lo quieren todo, y los hijos menos afortunados, porque piensan que sus antecesores han sido injustos con ellos.

   La organización de las vacaciones es toda una inversión de ilusión, esfuerzo, trabajo y dinero. En el caso de que surjan dificultades en tales periodos, es conveniente saber resolverlas o paliar el efecto de las mismas, más que por evitar que se estropeen las vacaciones, por mantener la armonía familiar, que corre tanto riesgo de romperse en este mundo en el que tenemos la impresión de que hemos nacido para movernos a la velocidad de la luz.

   Si queremos vivir felizmente, tanto los tiempos vacacionales, como todos los días de nuestra vida, no nos queda más remedio que aplicarnos la máxima de Nuestro Salvador Jesucristo: (MT. 7, 12A).

   De la misma manera que los niños, los adolescentes y los jóvenes suelen ser impacientes ante los intentos de sus padres de educarlos y de mantener el equilibrio de la armonía familiar, no son pocos los padres que mantienen la creencia de que son dueños de sus hijos, los cuales tienen que hacer su voluntad por el sólo hecho de que ellos lo desean. Si queremos mantener la armonía en nuestro entorno familiar, debemos respetar a quienes viven bajo nuestro techo como desearíamos que ellos nos respeten a nosotros, lo cual no impide el hecho de que los padres ejerzan su necesaria autoridad sobre sus hijos, sin exasperarlos, pues San Pablo les dice a quienes son padres, las palabras que leemos en EF. 6, 4.

   Fijémonos en que los padres pueden educar y reprender a sus hijos, pero no de cualquier manera, sino como lo haría el Señor, no con la pretensión de arrebatarles su libertad, sino con el deseo de hacer de ellos gente de bien.

   Si queremos respetar a los demás y que los tales nos respeten a nosotros, es necesario que recordemos que no siempre puede hacerse nuestra voluntad. ES necesario que las familias dialoguen para tomar sus decisiones en conformidad con la forma de pensar de todos sus integrantes, en cuanto ello sea posible. En el caso de que nos surjan discusiones, evitemos el hecho de humillar a quienes nos contradigan, con tal de demostrar que la razón está de nuestra parte. Cuando discutimos honradamente buscando aclarar las circunstancias que provocan dichas discusiones, no pecamos, intentamos resolver las dificultades que envuelven nuestras relaciones. Recordemos que una discusión no es un pulso entre voluntades contrarias, sino un intento de aclarar una situación, antes de que la misma se agrave.

   Durante todos los días del año, en cuanto ello nos sea posible, y especialmente en los periodos de descanso, debemos acordarnos de servirnos unos a otros, especialmente a los enfermos, a los solitarios que viven bajo nuestro techo y no entendemos por qué se han aislado, y a las amas de casa. Recordemos que las mujeres consagradas a la realización de sus actividades hogareñas trabajan durante veinticuatro horas trescientos sesenta y cinco días al año, sin sueldo y sin agradecimiento de nadie por la prestación de sus múltiples servicios familiares. Las amas de casa, al supervisar sus actividades hogareñas y vacacionales, acumulan una gran cantidad de estrés, y pocos son los que se percatan de que ellas también tienen derecho a descansar un poco.

   Cuando prestemos nuestros servicios, hagámoslo gratuitamente, sin esperar nada a cambio de ello. No sirvamos de mala gana a nadie, sino con el amor que nos debe caracterizar a todos los cristianos.

   En el libro bíblico de los Proverbios, leemos: (PR. 17, 17).

   (ROM. 12, 6-10). Nos es imposible apreciar a nuestros prójimos más que a nosotros mismos, pero sí podemos amarlos como nos amamos. San Pablo nos ha recordado que podemos cumplir nuestros deberes de cristianos con alegría y no de mala gana, para que ello le sirva de testimonio de fe al mundo, cuando la humanidad logre creer en un sólo Dios verdadero, Aquel a quien los cristianos llamamos Padre.

   San Pablo nos da más pistas para mejorar nuestras relaciones familiares (COL. 3, 12-17).

   Tratemos a todos los que viven bajo nuestro techo con gran amor y respeto, así pues, si a ninguno de nuestros familiares le falta lo necesario, la carencia de odio y de impotencia de los más desfavorecidos en nuestro seno familiar, -dado que todos seremos tratados con gran amor, nadie será menos importante que nadie-, no irrumpirá en nuestra familia desestabilizándola.

   En los tiempos de descanso como la Navidad y el verano, solemos asistir a diversas celebraciones. En tales eventos, al dejarnos atrapar por el consumismo, y la necesidad de destacar de alguna forma, nos perdemos lo mejor de esos actos, que no es otra cosa que el hecho de relacionarnos unos con otros, tal como somos, obviando la tediosa necesidad de esconder nuestras enfermedades y defectos y de demostrar al precio que sea que no somos pobres.

   Recordemos que hay gente que, sin dejar de estar acompañada, se siente sola. Estar acompañados no es para nosotros estar rodeados de nuestros familiares y amigos, sino realizar actividades comunes con ellos. Nos es necesario buscar tiempo para realizar esas actividades y para hablar tranquilamente con quienes amamos, aprovechándonos de que no vivimos sometidos a nuestra estresante agenda anual, que nos suele privar de relacionarnos con nuestros familiares y amigos.

   Estar con nuestros familiares y amigos es sentir la presencia de los tales en nuestra vida.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a mejorar la calidad y calidez de nuestras relaciones familiares, y que nos ayude a ser buenos cristianos en nuestro entorno familiar y social, para que nuestro ejemplo de fe viva, contribuya a la salvación del mundo. Que así sea.

joseportilloperez@gmail.com

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