Meditación.
2. Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre.
Meditación de 1 JN. 3, 1-3.
El mérito de los cristianos no radica en las horas que le dedicamos al estudio de la Palabra de Dios, a la práctica de la oración, ni al ejercicio de la caridad, sino en que somos hijos de Dios, porque no obtendremos la salvación que aguardamos por causa de nuestras cualidades humanas, pues lo haremos por causa de la profesión de nuestra fe. El estudio de la Palabra de Dios nos capacita a los cristianos para conocer a Nuestro Santo padre, la práctica de la oración nos vincula más a Nuestro Creador, y, el ejercicio de la caridad, nos hace imitadores de Yahveh, y fortalece las relaciones que mantenemos, con nuestros prójimos los hombres.
¿En qué influye en nuestra vida el hecho de saber que Dios es Nuestro Padre?
¿Sería diferente nuestra vida si no nos identificáramos como hijos de Dios?
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, las siguientes palabras: (ROM. 8, 14-17). Quienes eran adoptados bajo el influjo de la cultura romana, perdían los derechos que les provenían de sus antiguas familias, y ganaban los derechos de sus nuevas familias, como si siempre hubieran formado parte de las mismas. San Pablo se sirvió de la citada realidad, para explicarles a los cristianos de Roma que, al haber sido hechos hijos de Dios, perdieron los derechos anticristianos característicos del mundo, y recibieron, gratuitamente, -y sin merecerlo-, el privilegio de ser hijos de Dios, las responsabilidades consecuentes del citado derecho, y, por consiguiente, la salvación de sus almas.
Uno de los dones que se nos conceden por ser hijos de Dios, es la guía del Espíritu Santo, que se hace presente en nuestra vida, a fin de ayudarnos, a alcanzar el estado de santidad.
(GÁL. 4, 4-7). Jesús nació y llevó a cabo la obra de nuestra redención en el tiempo apropiado, para que nadie fuese salvo por sucumbir a la esclavitud de las prescripciones religiosas simbolizadas por la Ley de moisés, pues Dios quiere salvarnos haciéndonos sentir que somos sus hijos, no sus esclavos, pues el cumplimiento obsesivo de los preceptos religiosos, coarta nuestra libertad, e impide que el Espíritu Santo se adapte a nuestras circunstancias, para llevar a cabo la obra de nuestra santificación.
Como nuestra salvación no depende de la puntualidad y exactitud con que cumplimos los preceptos religiosos, no sentimos que somos esclavos, sino hijos de Dios, de quien hemos recibido sus mayores riquezas, pues hemos sido redimidos por Jesucristo, -lo cual significa que somos receptores del perdón divino apenas lo pedimos-, y, hemos recibido el don de la vida eterna, aunque aún no ha concluido el tiempo de nuestra formación para poder vivirlo y valorarlo.
La vida de los cristianos tiene un nivel de dificultad que está relacionado con la medida con que nos disponemos a servir a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres. Cuanto más nos entregamos al servicio de Dios, nos sentimos más identificados con Él, pero, al mismo tiempo, podemos convertirnos en el objetivo de quienes rechazan nuestra fe, hasta despreciar a quienes no piensan como ellos.
Para poder sentirnos privilegiados por Dios, nos es conveniente tener una gran disposición a servir a los hombres.
Cuanto mayores sean las dificultades que tenemos que afrontar y confrontar por ser cristianos, más se nos fortalecerá la fe.
¿Son compatibles las riquezas que recibimos de Dios con nuestra capacidad de servir a los hombres y los sufrimientos que aguardan a muchos de nuestros hermanos en la fe? Si solo pensamos en sentirnos privilegiados por Dios, el amor que sentimos por Nuestro Santo Padre estará relacionado con el egoísmo humano, y estará lejos de equipararse a la misericordia divina.
Si nos sentimos privilegiados por Dios por tener la dicha de servirlo en nuestros prójimos los hombres que necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, no querremos a Nuestro Santo Padre pensando exclusivamente en ser favorecidos, pues nos esforzaremos en conseguir que toda la humanidad forme parte de una misma familia.
Si nos sentimos privilegiados por sufrir a causa de la profesión de nuestra fe cristiana, ello nos dispondrá a tener una gran fuerza espiritual, a valorar todo lo que Dios nos concede, y a comprender a quienes son marginados por cualquier causa.
¿En qué consisten las tribulaciones que sufren muchos cristianos a causa de la profesión de su fe? Ello depende de las circunstancias históricas en que viven los seguidores de Jesús, entre quienes existen historias de marginalidad familiar y social, privación de bienes temporales, persecuciones, encarcelamientos y muerte.
Dado que desgraciadamente la mayoría de la gente tiene la costumbre de rechazar lo que desconoce, y vivimos en una etapa histórica en que el Cristianismo no es valorado justamente, por causa de los pecados que muchos creyentes han cometido a lo largo de la historia, y cometen en la actualidad, si no estamos pagando algún precio referente a la incomprensión o la marginalidad social, ello significa que nuestra fe es un mero asentimiento mental a las verdades que decimos que creemos, pero no estamos imitando la conducta de Jesús, sino creyendo lo que nos interesa aceptar de nuestra religión, y evitando profesar nuestra fe públicamente, para no ser víctimas del rechazo social.
El mundo no conoce a Dios, y tampoco comprende plenamente, lo que significa seguir a Jesús, porque contempla más los pecados de los creyentes que las buenas obras llevadas a cabo por los mismos, y porque necesitamos testigos de la fe, que nos demuestren que es posible vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre. El Cristianismo no es una ideología basada en la vivencia de privaciones materiales, sino una forma de vivir, consistente en utilizar los recursos existentes en el mundo, para eliminar las miserias -en cuanto sea posible en conformidad con los medios disponibles-, que impiden que toda la humanidad, alcance la plenitud de la felicidad.
joseportilloperez@gmail.com
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