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Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. (Meditación para el Viernes santo).

   Meditación.

   Pasión y muerte de Nuestro señor Jesucristo.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el día en que recordamos la Pasión de Nuestro señor, vamos a meditar sobre los hechos que constituyen los misterios esenciales de nuestra fe. Vivamos atentamente el recuerdo de los misterios principales de nuestra fe, ya que ello puede hacer que creamos más en dios y que, por ello, amemos más a nuestro Padre común y a nuestros prójimos.

   Aunque todos conocemos a Nuestro Padre común, se nos hace preciso describir a Nuestro Dios, ya que probablemente asistirá a la celebración de la Pasión del Señor junto a nosotros bastante gente que no conoce nuestras creencias. Dios es un ser carente de cuerpo, por lo que es espiritual. Llamamos Misterio de la Santísima Trinidad a Dios Padre -nuestro Creador-, dios Hijo -Jesús, descendiente de Dios, la imagen que el Padre vería si se mirara en un espejo-, y el espíritu Santo -el vínculo que une al Padre y al Hijo entre sí, por lo que procede de ambos-.

   Hecha la introducción a esta reflexión, comencemos a vivir esta meditación.

   1. La institución de la Eucaristía.

   (JN. 13, 1; LC. 22, 14-16). Desde la óptica de quienes vivimos en una sociedad en que son imprescindibles para alcanzar la gloria el prestigio, el dinero y el poder, es inconcebible el hecho de que el Hijo del Dios inmortal no encontrara una manera más adecuada para redimirnos que morir, dado que, según os dije en una de mis meditaciones anteriores, no queremos perder nuestra existencia, porque, si no estamos vivos, no podemos amar a nuestros prójimos ni sentirnos amados por ellos, ni tampoco podemos gozar de nuestras posesiones. Es cierto que Nuestro Señor vivió las intensas horas durante las cuales se prolongó su agonía desprotegido por Nuestro Padre común, así pues, cuando los creyentes en dios somos atribulados, tenemos la esperanza de que Nuestro criador se nos manifestará de alguna forma para aliviar nuestro padecimiento, pero Jesús sólo tuvo el consuelo de pensar que, después de que aconteciera su Resurrección, la humanidad tendría asegurada la salvación. Jesús murió sabiendo que dios Padre no iba a hacer nada para salvarlo de su insufrible agonía, y, a pesar de ello, el hijo de María no se sintió sólo antes de expirar, porque sabía que Nuestro criador lo miraba e incluso sufría por su Unigénito.

   San Juan nos explica que Jesús sabía que tenía que morir  antes de ser ascendido al cielo, y, por ello, antes de ser traicionado por Judas, quiso cenar con sus Apóstoles, con el fin de hacerlos partícipes de su fe, y de intentar consolarlos, ya que se sentirían perdidos en el mundo, al constatar que iba a morir. Los amigos de Nuestro señor no podían comprender la razón por la cuál iba a dejarse asesinar por sus enemigos. Imaginemos que somos miembros del Sacro Colegio Apostólico. Imaginemos que acompañamos a Nuestro Señor durante tres años por los caminos de Palestina, y que en su nombre sanamos a los enfermos, consolamos a quienes se sienten tristes y, en general, hacemos todo lo que está a nuestro alcance para ayudar a Nuestro Maestro a concluir la plena instauración del Reino de Dios en el mundo. Imaginemos que cuando Nuestro Maestro ha comenzado a difundir su obra y le llega el tiempo de hacer un gran milagro para que el mundo crea en Él y le acepte, misteriosamente, nos comunica que ha tomado la decisión de suicidarse, y, ante nuestras preguntas, lo único que nos dice, es que, en el Antiguo Testamento, podemos leer que el Mesías de dios, ha de ser asesinado por sus enemigos, y que ha de vencer la muerte, para ser glorificado posteriormente. Imaginemos que hemos dejado a nuestros familiares y que hemos abandonado nuestras posesiones para llevar a cabo un proyecto que no tiene sentido si el Creador del mismo se deja asesinar sin huir a algún lugar lejano para llevar a cabo su labor en otro tiempo que le sea más propicio. Para quienes no vivimos la cena del señor y desconocemos el miedo y la incertidumbre de los Apóstoles, nos es muy fácil decir que no tenían fe a pesar de que habían vivido durante tres años con Nuestro señor, pero si estuviéramos en el lugar de ellos, si nos estuviéramos jugando la vida por Jesús y por el reino de dios, y Él nos dijera que se va a suicidar, ¿cómo reaccionaríamos al conocer la decisión de Nuestro Maestro?

   ¿Cómo reaccionaríais quienes sois padres si uno de vuestros hijos os dijera que está dispuesto a sacrificar su vida por un motivo religioso?

   Mientras que los corazones de los Apóstoles estaban marcados por sus dudas, Nuestro Señor se limitó a demostrarles que los amaba, y a decirles que tenían que demostrarle su amor, sirviéndolo en sus prójimos los hombres.

   (LC. 22, 17-18). Jesús les dio a sus Apóstoles la primera copa con que los judíos celebraban el paso del Angel exterminador por las tierras de Egipto para indicarles que debían alegrarse de tener la dicha de celebrar con Él su último Pesaj y la primera Eucaristía cristiana. Quizá los amigos de Nuestro Señor estaban tan acostumbrados a recibir dádivas del Mesías, que no cayeron en la cuenta de que el Hijo de María les estaba sirviendo para que comprendieran lo fácil que sería vivir en este mundo si todos nos amáramos y nos sirviéramos recíprocamente.

   (LC. 22, 19-20). Jesús se les dio a comulgar a sus Apóstoles para decirles que aquel gesto significaba el sacrificio que llevaría a cabo el día siguiente en el Calvario. Nuestro señor también quiso hacerles entender a sus compañeros que debían servir a sus prójimos hasta el fin de sus vidas, costárales lo que les costara servir a Nuestro Padre común en sus hermanos los hombres.

   2. El amor recíproco.

   (JN. 13, 2-10). Pedro estaba incapacitado para comprender que Jesús les servía a El y a sus compañeros para que ellos hicieran lo propio entre sí y con sus prójimos los hombres. Pedro pensaba de sí mismo que era un pecador tan miserable que no merecía ser servido por el Hijo de Dios, pero, aún así, sufrió mucho al dejarse servir por el hijo de María. Conozco a muchos hermanos que hacen penitencia durante todo el año y se obstinan tanto en pensar en sus pecados, que son incapaces de dejarse amar por Nuestro padre común, porque creen que no merecen ninguna muestra de amor, porque son muy malvados. Ellos podrían dejarse amar por el dios que los quiere hacer felices llevándolos a su presencia.

   Pedro sufrió dejándose servir por su Maestro, pues ello no era razonable, si tenemos en cuenta que, a cambio de recibir una buena instrucción espiritual, Jesús debería haber sido servido por sus seguidores. Jesús vivía lo que predicaba, así pues, si decía que hemos de amar a nuestros prójimos, no podía darse el lujo de vivir regaladamente a costa de quienes creían en Él, así pues, según nuestro punto de vista actual, ello habría invalidado su doctrina (JN. 13, 10-17).

   3. Anuncio de la traición de Judas.

   Nuestro señor vivió durante su Pasión dos tipos de traiciones, las cuales fueron llevadas a cabo por sus enemigos -entre los que se encontraba el Apóstol Judas-, y la negación de Pedro, su amigo, aquel que le dijo que jamás le traicionaría, tal como veremos más adelante.

   (JN. 13, 18-20). Jesús sabía que aquel que le iba a vender por 18,030 euros se contaba entre sus Apóstoles. Nuestro señor quería hacerles saber a sus Apóstoles las cosas que iban a suceder, para que pudieran constatar que les decía la verdad, dado que su fallecimiento iba a coartar totalmente la fe de sus seguidores.

   (JN. 13, 21). Jesús les dijo a sus Apóstoles las citadas palabras, dado que ellos habían vivido muy unidos entre sí con su Maestro, y les iba a costar un gran esfuerzo creer que uno de sus hermanos en la fe del señor les iba a arrebatar a aquel por quien abandonaron a sus familiares y renunciaron a sus bienes. Jesús les dijo dichas palabras a sus compañeros marcado por una gran emoción, dado que le era muy difícil ser traicionado por un hombre que se había contado durante mucho tiempo entre sus amigos, y en aquel momento en que tanto lo necesitaba, estaba dispuesto a venderlo como si fuera su esclavo, dado que los esclavos eran vendidos en aquel tiempo por treinta monedas de plata del Templo (denarios).

   (JN. 13, 22-30). San Juan apoyó su cabeza en el hombro de Nuestro señor mientras que el Mesías instruía a sus seguidores con respecto a lo que había de sucederle en las horas siguientes y sobre los sucesos característicos del tiempo de Pascua. Este hecho que puede ser visto como insignificante nos llama la atención, porque ello indica que el citado Apóstol que en aquél tiempo era un adolescente impetuoso, se fiaba de su Rabbi. Creo que podríamos preguntarnos si confiamos en Nuestro Señor como lo hizo san Juan, pues el fue el único Apóstol del Señor que no huyó cuando peligraba su vida, con tal de acompañar al Mesías durante las horas que se prolongó su Pasión y muerte. San Juan podría haber huido del Calvario cuando Jesús murió, pero él quiso estar junto al cadáver de su Maestro hasta que José de Arimatea y Nicodemo lo sepultaron. Aunque muchos creen que san Juan fue valiente aquel día por causa del ímpetu característico de su juventud, creo que nuestras experiencias vitales de sucesos desagradables no deben hacernos cobardes.

   Jesús le dio a Judas el pan porque quizá fue más fácil para Él señalar al traidor de forma que algunos de sus compañeros impidieran su muerte, y porque debía serle muy difícil explicarle al adolescente Juan que uno de sus compañeros lo traicionaría en un espacio de tiempo muy corto.

   Jesús le dijo a Judas que no se detuviera en su intento de traicionarlo y que hiciera pronto lo que estaba dispuesto a hacer, pues Nuestro Señor no quería retrasar su vivencia del dolor, ya que ello sólo conseguiría torturarlo y hacer más lenta y pesada su agonía. Si Jesús tenía que morir, le era preferible hacerlo pronto, porque le torturaba el hecho de pensar en lo que le iba a acontecer.

   Ninguno de los compañeros de Judas podía imaginar que el traidor más conocido de la Historia estaba recibiendo instrucciones de quien lo había tenido por amigo para que lo vendiera pronto. Judas huyó del Cenáculo rápidamente, y algunos de sus compañeros entendieron que había recibido las instrucciones debidas para que comprara las cosas que necesitaban para celebrar la liberación de los hebreos de Egipto (el Pesaj).

   4. el mandamiento nuevo del amor.

   (JN. 13, 31). Después de que aconteció la Resurrección de Nuestro señor, Jesús fue glorificado por Dios, y Nuestro Padre común fue glorificado en su Unigénito, dado que vivió su amor para con Él y para con nosotros hasta el extremo de probar la muerte.

   (JN. 13, 32-34). En la ópera Jesucristo Superstar, en la representación de la Cena del Señor, aparece Jesús pronunciando las palabras de la consagración del pan y el vino en su cuerpo y Sangre, y diciéndoles a sus Apóstoles que ellos le recordarían después de que acaeciera su crucificción. Jesús, dejándose arrastrar por su impotencia y desesperación, dijo: "Debo de estar loco si sigo pensando que me vais a recordar. Uno me niega, otro me traiciona...". Ante las palabras que Nuestro señor pronunció sin que sus compañeros de fatigas lo esperaran, se escandalizaron, y empezaron a pensar que no eran capaces de traicionar al Mesías. Esta escena nos hace meditar mucho sobre la importancia que le damos al dinero con el que se puede comprar todo menos el amor verdadero, y sobre el dolor del Jesús que tenía que fortalecerse a Sí mismo -cosa que era muy difícil- y aumentar la fe de sus Apóstoles al mismo tiempo.

   5. Anuncio de la traición de Pedro.

   (JN. 13, 36). Jesús sabía lo que les iba a suceder a sus Apóstoles y a Él, así pues, aunque Pedro le negaría varias horas más tarde, el primer Papa de la Iglesia fue crucificado por causa de su fe en Nuestro señor.

   (JN. 13, 37). Desgraciadamente, en nuestro entorno, en lugar de repetirse la frase de San Pedro: ¿Por qué no puedo seguirte ahora?, se repite más esta pregunta: ¿Por qué tengo que seguirte precisamente ahora? Es cierto que Pedro traicionó a Jesús, y que a nuestro Señor, -lógicamente-, debió dolerle más la traición de su amigo que el odio de todos sus enemigos, pero no hemos de olvidar que Pedro falló por causa de su humana imperfección, y que todos hemos traicionado a Nuestro señor en más de una ocasión (JN. 13, 38).

   6. Jesús es el camino que nos conduce al Padre.

   (JN. 14, 1-3). Es importante que comprendamos que Nuestro Señor les dijo a sus Apóstoles que no perdieran la fe cuando no estuviera con ellos, ya que intercedería ante Nuestro Padre común, con el fin de llevarlos con Él a su Reino. Este mensaje también es válido para nosotros, ya que Jesús nos dice que por grandes que sean nuestras dificultades no tiene sentido el hecho de creer que estamos solos, ya que Nuestro dios está con nosotros porque nos ama.

   Jesús no quiere que estemos desamparados en este mundo que muchos consideran un valle de lágrimas, sintiendo que somos muy propensos a pecar, mientras que nos es imposible alcanzar la salvación por nuestros propios medios (JN. 14, 15-16).

   7. Oración de Jesús en el huerto de los Olivos.

   (LC. 22, 39-40). Jesús les pidió a sus Apóstoles que oraran para que no perdieran la fe durante las horas que Él había de ser torturado ni durante las semanas en que habían de adaptarse a vivir únicamente por medio de su fe ni cuando se enfrentaran a las persecuciones del futuro. Jesús nos pide a nosotros que oremos cuando seamos atribulados para que no se extinga la fe de nuestros corazones.

   (LC. 22, 41-42). Jesús le pidió a Nuestro Padre común que lo librara de la muerte, pero también le dijo que aceptaba el hecho de perder la vida, si esa era la voluntad de Nuestro Criador. Este hecho nos enseña a pensar que cuando seamos atribulados ello no significará jamás que dios nos habrá abandonado, sino que permitirá que seamos probados para perfeccionar nuestra espiritualidad.

   (LC. 22, 43-44). La visión del Ángel fue para Jesús una prueba que le indicaba que dios no le había abandonado, y le concienciaba de que su sacrificio era necesario para que se cumpliera el designio del Dios que debía sufrir el castigo que le correspondía por no haber librado a la humanidad de las miserias que caracterizan su existencia. La citada visión también tuvo el efecto de que el Mesías comprendiera que su padecimiento sería corto, por lo que había de enfrentarse al dolor como el Dios que vencería a la muerte desde las entrañas de la misma y como el hombre débil que aspira a ser divinizado. Esta es, pues, una de las razones por las que decimos que Nuestro Hermano Jesús es dios y hombre al mismo tiempo.

   (LC. 22, 45-46). El sueño que venció a los Apóstoles Pedro, Juan y Santiago en Getsemaní me ha hecho reflexionar mucho desde los años de mi adolescencia. Es muy fácil pensar que los citados apóstoles se durmieron porque no querían saber nada de Nuestro señor, pues preferían la vivencia del pecado a la vivencia de nuestra fe. Yo pienso que el sueño que venció a los citados amigos de Nuestro Señor fue la impotencia, aunque algunos investigadores afirman que ellos se durmieron porque consumieron una hierba anestésica para no ver cómo Jesús se suicidaba sin que pudieran remediarlo, un hecho comprensible, si tenemos en cuenta que lo dejaron todo para seguir a Nuestro Maestro. Los amigos del Mesías llevaban mucho tiempo intentando comprender cuál era la razón por la que Jesús se iba a dejar asesinar, ya que la misma es completamente absurda desde nuestro punto de vista. Ellos habían estado muchas noches sin dormir pensando sobre los hechos que se les venían encima. Ellos habían que se iban a sentir desamparados cuando Jesús no dirigiera sus vidas... Creo que quienes se han sentido desamparados pueden describirnos los sentimientos de los amigos de Nuestro señor con mucha facilidad.

   Jesús se entristeció cuando descubrió dormidos a aquellos de quienes esperaba que estuvieran orando por sí mismos y por Él, pero no les reprochó su cansancio, pues habían recorrido Palestina sin descanso durante tres años cuando tomaron la decisión de ser sus seguidores, lo cuál fue una tarea sumamente agotadora pero, aún así, Nuestro Señor les pidió que se despertaran y oraran para no perder la fe, pues, a partir de aquella noche, vivieron experiencias muy difíciles de soportar.

   8. Jesús fue arrestado y juzgado.

   ¿Por qué sudó nuestro señor grandes gotas de sangre en Getsemaní?

   ¿Padecía Nuestro señor la hemofilia?

   ¿Sangró Nuestro Señor por causa del miedo que tenía ante la visión de su Pasión y muerte?

   ¿Sangró Jesús por la angustia que le producía el futuro sufrimiento de sus Apóstoles y por causa de las persecuciones que padecerían sus creyentes del futuro?

   Aunque no podemos responder estas preguntas afirmando que disponemos de la verdad absoluta al respecto de las mismas, no podemos negar que cualquier persona que se enfrentara al martirio de la crucificción sintiera un gran terror, pues la muerte de los crucificados era muy lenta, así pues, su agonía era terrible.

   Judas, uno de los amigos de Jesús, vendió al Mesías dándole un beso, para que los enemigos del Hijo de María supieran a quién tenían que prender. Judas podría haber elegido otra señal que no fuera el beso de la paz, aunque el mismo sólo fuera el símbolo de la traición...

   Durante la celebración del juicio, Nuestro señor fue humillado, y sólo se defendió argumentando que es el Hijo de Dios, porque sabía que ello haría que sus enemigos lo ejecutaran rápidamente, dado que necesitaban que se manifestara como Mesías para ajusticiarlo sin sacar a relucir que no querían perder su status social.

   9. Os incluyo el siguiente texto que publiqué el año 2005, ya que el mismo fue bien acogido entre mis lectores.

   Es mi deseo, queridos hermanos y amigos, que hoy meditemos las últimas Siete Palabras que Nuestro Hermano y Señor pronunció en la cruz, antes de sucumbir bajo el dominio temporal de la muerte.

   1. (LC. 23, 34). Jesús fue prendido en el huerto de los Olivos durante la noche del Jueves Santo. Las cuerdas con que le ataron las manos le cortaban la circulación de la sangre por las muñecas. Además de no poder dormir durante la noche, resistió con gran valentía muchas burlas y golpes. Los judíos sólo les daban 39 azotes a quienes castigaban con la pena de la flagelación, pero los romanos, los que azotaron al Señor, no tenían ningún número de latigazos reglamentario para castigar a sus víctimas, lo que nos conduce a pensar que azotaban a los reos sin ninguna consideración. Los látigos que se utilizaban para flagelar a los ajusticiados eran de cuero, y tenían en la punta huesos o bolas de hierro, según algunas fuentes, acabadas en púas. Muchos presos que fueron sometidos a esa tortura murieron antes de que sus ejecutores concluyeran la aplicación del citado castigo sobre ellos. A los flagelados se les abrían las carnes, se les cubría todo el cuerpo de sangre, y, en algunas ocasiones, llegaban a perder el conocimiento. Los enemigos del Señor entendieron que Pilato sometió a su víctima al cruel castigo de la flagelación para acortar la vida del Mesías una vez que este fuera clavado en la cruz, pero el yerno del Emperador sólo pretendía castigar a Jesús para soltarlo después de que sus enemigos comprendieran que un moribundo no podía pretender alcanzar la realeza, ya que el Pretor sólo pretendía castigar al Profeta para llamar a compasión al pueblo que vibró ante la posibilidad de triturar al Hijo de María.

   Jesús fue sujetado firmemente a una columna y posteriormente fue golpeado por seis lictores con sus correspondientes flagelos los cuales se turnaron en tres grupos de dos. No sabemos si las entrañas de Jesús se descubrieron cuando sus victimarios lo torturaron, pero, en el caso de que sus agresores fuesen sádicos, sólo le respetaron la parte del corazón, con la intención de que no muriera mientras le golpeaban. Cuando Nuestro Señor caminaba con el madero subiendo la cuesta que conducía hacia el Gólgota, cedió varias veces bajo el peso del travesaño, así pues, es posible que, al caer a tierra y al llenársele las heridas de tierra y al pincharse con las piedras que podía haber en su camino, se desmayara por causa del dolor tan difícil de soportar que sufría. Es fácil pensar que el Cuerpo de Nuestro Señor quedó muy marcado por los flagelos de sus agresores, pues no hemos de olvidar que, cuando entró en agonía la noche anterior en Getsemaní, sudó grandes gotas de sangre, lo cuál hizo su piel muy sensible, así pues, ese hecho justifica el rápido efecto que le produjeron los latigazos que recibió.

   Cuando Jesús recibió el primer azote, todas las partes de su Cuerpo que fueron golpeadas por el extremo del azote del lictor que le golpeó, quedaron manchadas de sangre. A medida que el Señor iba recibiendo latigazos, se le producía un dolor más intenso, por lo cuál tenía graves problemas para respirar. Debido a la fuerza con que Jesús fue fijado a la columna, apenas podía estremecerse cada vez que le golpeaban. Cuando el primer lictor concluyó el cumplimiento de su deber, los cinco soldados restantes continuaron golpeando a Jesús con extremadas fuerza y rapidez. Las heridas de la espalda de Jesús acabaron siendo una única llaga roja, de la que la sangre manaba hasta llegar al suelo. Si Jesús no hubiera estado fijado fuertemente a la columna, al debilitársele las piernas, hubiera caído sobre su propia sangre. Cuando concluyó la ejecución del castigo, Jesús fue desatado, y cayó a tierra. Si el Señor cayó al suelo desmayado, los lictores debieron arrojarle cubos de agua con la intención de hacerle reaccionar.

   A los ejecutores del Mesías no les fue difícil inmovilizar a Jesús para crucificarlo. Dos soldados le sujetaron los brazos y un tercer verdugo le sujetó ambas rodillas. Una vez que el Señor fue tumbado sobre el leño, un cuarto soldado, le colocó al Hijo de María clavos en las muñecas, y, con golpes rápidos, secos y diestros, se las atravesó, fijándoselas al leño. Posteriormente le fueron colocados al Señor los pies uno sobre el otro, y, con un clavo más largo que los anteriores, y con un golpe más violento y preciso, le fueron fijados sobre la madera. Cuando la cruz fue levantada, el Cuerpo de Jesús quedó sujeto de los clavos, y, aunque Isaías dice que el Mesías permaneció en silencio durante su Pasión, es muy probable que gritara por causa de su dolor y desesperación agónicas, porque no podía respirar, pues, para ello, tenía que apoyarse sobre los riñones presintiendo que se le dividía el Cuerpo en varios trozos, y, al apoyarse sobre los pies, el clavo que le sujetaba ambos pies al madero parecía clavársele más.

   Los dos ladrones Dimas y Gestas, a pesar de que eran conscientes de que no se podían defender, debieron luchar contra los soldados hasta quedar sin fuerzas, y, para acortar su dolor, recibieron varios latigazos y, finalmente, fueron colgados de sus respectivas cruces, a ambos lados de Jesús, el cuál, sin oponer resistencia, se tumbó sobre el madero, orando, sin fuerza para afrontar el tramo final de su agonía. Cuando el soldado que clavó a Jesús al madero golpeó el clavo que sujetaba sobre la mano derecha del Señor, los otros tres soldados contuvieron a su víctima que se retorció mientras que intentaba apagar sus lamentos. Cuando le colocaron la mano izquierda a la altura del agujero en que habían de fijársela, se repitió el primer estremecimiento. Cuando los soldados se apoyaron en las rodillas del Señor para cruzarle los pies y clavárselos golpeándolo certeramente, el Cuerpo del Mesías se arqueó como una cuerda de violín. Cuando la cruz fue elevada, los músculos de Jesús se contrajeron, se le dificultó la respiración, la sangre le manó hasta el suelo, se le nubló la mente por su asfixia, fue víctima del calor del medio día, y las moscas lo atormentaron hasta que murió.

   A pesar de este dolor, Jesús, cuando fue elevado en la cruz y empezó a morir lentamente, perdonó a sus ejecutores, y a todos sus enemigos.

   Ahora nos corresponde a nosotros examinarnos, así pues, ¿somos capaces de perdonarnos nuestros defectos?

   ¿Les perdonamos a nuestros prójimos el daño que nos han hecho voluntaria o inconscientemente?

   ¿Le hemos pedido perdón a Dios si hemos actuado hiriendo el corazón de nuestros prójimos o siendo conscientes de que hemos hecho lo que Dios no aprueba porque nos hiere a nosotros en primer lugar, a nuestros hermanos los hombres y a él?

   El verbo "perdonar" viene del Latín "per" y "donare", y significa que, los perjudicados por las ofensas o cualesquiera otras formas en que se les haya agraviado, se comprometen a no recordar esas causas a veces insufribles con rencor. Jesús crucificado, a pesar del daño que le hicieron y de las ofensas que sus enemigos profirieron contra él, perdonó a sus adversarios, alegando ante el Padre que ellos no sabían lo que hacían, o más bien, a quién le estaban quitando la vida.

   San Pedro les dijo en cierta ocasión a sus oyentes en el Templo de la ciudad santa, las palabras expuestas en HCH. 3, 13-15. 17.

   2. (LC. 23, 39-43). La postura de Gestas es muy frecuente en nuestro mundo, así pues, mientras que muchos de nuestros hermanos carecen de la fuerza que necesitan para sobrevivir a las vicisitudes que les son comunes, no faltan quienes, animados por su deseo de alcanzar sus propósitos a costa de lo que sea y de quien sea preciso aplastar, carecen de moral y principios éticos. Jesús fue clavado entre malhechores en cumplimiento de una antigua profecía, así pues, sus enemigos concibieron esa forma de mofarse de Él. Por su parte, Gestas se burlaba de Jesús como si, al iniciar s trance agónico, quisiera hacer que el Hijo del carpintero desechara el rastro de la fe que le caracterizaba, cuando le faltaban escasas horas, para entregarle su espíritu al Padre eterno.

   Dimas, el otro malhechor, hizo un examen de conciencia muy preciso, reconociéndose digno del castigo que acabaría con su vida para purgar sus acciones ilícitas, y temiendo la llegada de su hora final, pues duro había de ser el castigo que Dios eligió para que le fuera aplicado a su Hijo, el cuál había de compensar la culpabilidad divina en su empeño de no coartar el dolor de los hombres, si ello significa reducir el uso de la libertad de ellos mismos o el derecho a decidir sobre sus enfermos letales, a los que cuidan temiéndose lo peor. Ahora bien:

   ¿a cuál de los dos malhechores nos parecemos?

   ¿Perdemos la esperanza en los días que somos atribulados, o intentamos que nuestra fe venza las pruebas que hemos de superar, aunque acabemos siendo víctimas del pesimismo, como le sucedió a Jesús instantáneamente?

   ¿Creemos que al final de nuestras vidas Jesús nos llevará al Paraíso?

   ¿Creemos que al final de los tiempos viviremos en un mundo nuevo y más humano que nuestra sociedad actual?

   3. (JN. 19, 26-27). Antes de morir, Jesús quiso asegurarse de que María, su Madre, no iba a quedar desamparada. Quizá Juan, por su juventud, por su natural rebeldía, no imitó a sus compañeros huyendo aterrorizado de Getsemaní, así pues, él se decidió a seguir a Jesús hasta el final, intentando no sopesar la posibilidad de que, ni siquiera su parentesco con el Sumo Sacerdote, podría servirle para que no lo eliminaran los adversarios del Mesías. Jesús le entregó a María como Madre al único de sus seguidores que no lo abandonó, de igual manera que constituyó a Pedro primer Papa de su Iglesia, sabiendo que, el citado Apóstol, tenía el tesón necesario para no sucumbir ante la presión de los gentiles que, con la intención de hacer desaparecer su conocimiento del Señor, le clavaron cabeza abajo, como si se hubiera proclamado el nuevo rey de la cristiandad, al afirmar que Cristo le designó como sucesor suyo. Juan cuidó a María hasta que, tres años después de la vivencia de la Pasión de Jesús, murió, no sé si en Jerusalén o en Efeso. Imitemos, pues, a Juan, mimando a María, en los pobres, en los enfermos, y en los carentes de dádivas espirituales y materiales, en los solitarios, en los huérfanos, en los ancianos...

   4. (MC. 15, 34; MT. 27, 46). Cuando perdemos a uno de nuestros seres queridos, cuando nos sentimos traicionados o débiles por causa de nuestras enfermedades y la fe se extingue de nuestros corazones, Dios nos ayuda para que volvamos a creer en Él, pero Jesús murió sin contar con ese privilegio, sabiendo de antemano que, para que percibamos la misericordia de Nuestro Padre común, para que sepamos cuánto nos ama Dios, Él había de experimentar el abandono total, por consiguiente, murió sin tener en quien apoyarse para ser consolado. Si las tres palabras anteriores nos han manifestado la misericordia de Dios, las palabras cuarta y quinta, hacen referencia al tremendo dolor que extinguió la vida del Hijo de María. Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se vació el corazón de su Divinidad para ser probado por Satanás como nos sucede a nosotros diariamente, pero, el primer Viernes Santo, y en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, Jesús se despoja de su poder y muere como el más indefenso de los hombres de todos los tiempos, y como el malhechor que debe ser castigado, aunque Él jamás cometió ningún delito, así pues, esta muerte tiene el fin de concienciarnos de que Nuestro Padre común nos ama hasta el extremo de sacrificar a su Hijo, así pues, si el Padre se hubiera sacrificado, al menos no hubiera sufrido al contemplar al Hijo del carpintero sin vida. La muerte del Señor es el desgarramiento de la Trinidad Beatísima, la comunidad divina e indivisible.

   5. (JN. 19, 28). Antes de que Jesús fuera crucificado, se le ofreció una sustancia anestésica que, aunque por una parte debería haber aliviado su padecimiento, en un principio le mortificó aún más. Al final de su agonía, dijo que tenía sed, a pesar de que sabía que, el vinagre que se le ofreció en una esponja enganchada a un hisopo, le haría sentir la sensación de que el fuego del infierno lo abrasaba desde sus entrañas. él sabía que estaba a punto de concluir la misión que el Padre le había encomendado, y, por ello, aunque tuviera que sufrir más, eso no le importaba si conseguía que nosotros nos convirtiéramos al Evangelio. El vinagre que hirió al Hijo de Dios, le sirvió al Hijo de María para soportar la sed que lo atormentaba.

   ¿Somos conscientes de que, cuando Dios permite que seamos atribulados, lo hace en virtud de su pedagogía salvadora, con la intención de purificarnos y santificarnos?

   6. (JN. 19, 39). La obediencia de Jesús con respecto a Dios tiene un gran mérito si consideramos que su entrega total fue llevada hasta el extremo de que el Hijo de María no escatimó su propia vida para llevar a cabo el designio salvador de Nuestro Padre celestial. Jesús sabía que le había llegado la hora de entregarle su espíritu al Padre, porque Él había cumplido a la perfección el mandato divino de redimirnos. Nuestro Señor, según Isaías, contuvo sus gritos cuando fue flagelado y crucificado, pero gritó con toda su fuerza antes de morir, porque le dolía más la incredulidad de sus enemigos, que el estado tan difícil de sobrevivir que estaba conduciéndole lentamente a sucumbir bajo el efecto de la muerte.

   7. (LC. 23, 46). Jesús sabía que, después de cumplir la misión que le fue encomendada por Dios, tenía que retornar junto al Padre, y que, para lograr su propósito, tenía que pasar por la muerte, entregándole su alma a Nuestro Criador. Esta consideración me hace tener la sensación de que Él no quiso morir, que hizo acopio de su escasa fuerza para prepararse para entregarle su espíritu al Padre, sin que se le nublara la mente por su dificultad respiratoria, y sin permitir que el dolor y la desesperanza le cegaran. él se sintió abandonado por Dios, pero, antes de morir, se esforzó en recuperar la fe que momentáneamente perdió, porque, a todos nosotros, alguna vez a lo largo de nuestras vidas, la mente nos traiciona, al presentarnos nuestra debilidad. Antes de orar por última vez, el Señor se irguió para poder respirar, pero por su propio peso se aplastaba los riñones, y se le intensificaba el dolor, pero, aún así, quiso dirigirse por última vez al Padre, haciendo lo que hacen quienes deciden confiar en Dios en su último instante de vida: pedir clemencia, así pues, el que se hizo pecado para redimir a los pecadores, se sintió culpable del mal que muchos han hecho, hacen y harán desde que Caín asesinó a Abel hasta el fin de los tiempos. Después de orar, Jesús se desplomó, y empezó a experimentar la muerte. Se le crucificó mirando al Templo para que se sintiera pecador, pero murió con la cabeza inclinada hacia el suelo, como preguntándonos: ¿Qué más puedo hacer para que creáis en mí?

joseportilloperez@gmail.com

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