Viernes Santo en la Pasión del Señor de los Ciclos A, B y C.
Jesús nos vivificó por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.
Ejercicio de lectio divina de JN. 18, 1-19, 42.
Lectura introductoria: HB. 5, 7-9.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Viernes Santo no celebramos la Eucaristía, porque conmemoramos la Pasión y muerte de Jesús. Tal conmemoración se lleva a cabo por medio de la celebración de la Pasión del Señor, que ha de vivirse en torno a las tres de la tarde, -la hora en que murió el Mesías-. En dicha celebración, recordamos la Pasión y muerte de Nuestro Salvador, y adoramos la cruz de Jesús, -el trono desde el que el Señor ejerce su misión real-. Dado que la lectio divina consiste en meditar y rezar la Palabra de Dios, vamos a realizar el presente ejercicio, meditando el Evangelio correspondiente, a la citada celebración.
No meditemos la Pasión del Señor como si fuera un extracto de una novela que leemos y posteriormente olvidamos. Los hechos que vamos a considerar al reflexionar sobre el Evangelio de hoy, son muy importantes para los cristianos, porque, por medio de la vivencia de los mismos, Jesús nos demostró el amor, que, Nuestro Padre común, siente por nosotros.
Meditemos la Pasión y muerte del Señor tal como lo hizo San Juan, cuando, a diferencia de sus compañeros, que desampararon al Mesías, tuvo el valor de no separarse de su Maestro, a pesar del peligro que corría, de ser detenido, por haber sido seguidor, de Jesús. Dado que el texto evangélico que vamos a considerar es largo, os propondré meditaciones de grupos de versículos, para no meditar el Evangelio versículo a versículo, como tengo la costumbre de hacerlo, con el fin de no hacer de este trabajo, un texto demasiado largo.
Después de meditar el Evangelio de hoy, recordaremos la situación que viven quienes tienen carencias espirituales y materiales. Después de recordar cómo nos demostró Jesús su amor, no permaneceremos como espectadores de la Pasión de Jesús, que se repite incesantemente, en la vida de quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales.
Meditemos sobre la conducta que observaron los diferentes personajes que aparecen en el Evangelio que vamos a considerar, para ver a cuál de ellos nos parecemos, y para pensar en qué aspectos de nuestras vidas podemos mejorar.
Oremos:
Jesús vivió haciendo el bien, y orando constantemente. Las obras que el Señor hacía eran oraciones, y sus oraciones eran la afirmación del propósito, de llevar a cabo el designio salvífico, de Nuestro Padre común.
Tal como evitamos el sufrimiento en cuanto nos es posible, Jesús no quería morir, pero, con tal de cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, anuló la suya.
Si la voluntad de Nuestro Santo Padre consiste en que Jesús salve a quienes le fuimos encomendados, y nos resucite al final de los tiempos (JN. 6, 39), ¿por qué permitió la muerte de su Unigénito?
¿Por qué en ciertas circunstancias, los que más se esmeran en servir a Dios, tienen que padecer mucho?
Acompañemos a Jesús durante las horas de su Pasión, invocando al Espíritu Santo, para que nos haga comprender el Misterio pascual, y haga de nosotros fieles discípulos de Jesús, si lo deseamos, porque Dios no obliga a nadie, a actuar, contra su voluntad.
Jesús oró antes de que Judas consumara su traición. Él sabía que por Sí mismo no podría soportar su agonía, y que el Padre celestial no lo iba a socorrer, porque su Pasión y muerte fue la manera de demostrarnos que, independientemente de nuestra manera de ser, somos amados, y que la decisión de que seamos salvos es Nuestra, porque, Nuestro Padre común nos está esperando, con los brazos abiertos.
En el monte de los Olivos oraron con Jesús los enfermos, los pobres, los solitarios, y los que son fuertes para extinguir de sí, todo aquello que les impide, alcanzar la plenitud, de la felicidad.
El beso de la paz con que los judíos se saludaban, fue elegido por Judas, para ser utilizado como señal, de que era Jesús, Aquel a quien los guardias del Templo, debían arrestar.
Contemplemos a Jesús soportando estoicamente burlas y blasfemias, y siendo abofeteado.
Veamos en Jesús malherido, a quienes sufren carencias porque las riquezas de la humanidad fueron repartidas injustamente, y a quienes son víctimas de maltratos, porque aún muchos no aprendieron a buscar la felicidad en unión con sus prójimos los hombres.
Bienaventurados -o dichosos- son los que no ven en sus cruces instrumentos de tortura, sino posibilidades de superarse a sí mismos, para experimentar la Resurrección de Jesús en sus vidas, conforme superen sus dificultades.
2. Leemos atentamente JN. 18, 1-19, 42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 18, 1-19, 42.
3-1. Jesús se encaminó al huerto de los Olivos, después de cenar con sus discípulos, y de orar. (JN. 18, 1).
Los judíos debían permanecer unidos durante la noche de Pascua y tenían prohibido salir de Jerusalén. Ello les recordaba que tenían que vivir inspirados en sus creencias, evitando así que su fe sucumbiera, pues no querían aceptar formas de pensar diferentes a la suya, que les impidieran creer en Yahveh. A pesar de la citada prohibición, Jesús salió de Jerusalén, y se fue al huerto de los Olivos, a rezar, para disponerse, a iniciar su tan esperada hora, en torno a la cual, se desenvuelven todos los acontecimientos, que aparecen descritos, en el cuarto Evangelio.
La salida de Jesús de Jerusalén, nos recuerda que el Señor tuvo que ser despreciado por muchos hijos del pueblo de Dios. Los líderes religiosos judíos le dieron dinero a Judas por haberles dicho dónde podían encontrar a Jesús, ya que querían maltratar al Señor, y por ello quisieron comprarlo como si hubiera sido esclavo de Judas, ya que, la dignidad que tenían los hombres libres, no les permitía recibir el trato, que caracterizó a Jesús, antes de ser juzgado, por Poncio Pilato.
3-2. Judas traicionó a Jesús abiertamente ante sus compañeros (JN. 18, 2-3).
Judas conocía el lugar en que Jesús tenía la costumbre de orar en compañía de sus discípulos. Ello me sugiere la siguiente pregunta: ¿Nos conocen nuestros familiares y amigos porque nuestros pensamientos y obras son conformes al cumplimiento de la voluntad de dios?
Los líderes religiosos enviaron guardias del templo junto a soldados romanos para detener a Jesús, y por si tenían que evitar la rebelión de los posibles seguidores del Señor, que pudieran encontrarse aquella noche con el Mesías.
3-3. Jesús fue arrestado en Getsemaní (JN. 18, 4-8).
¿Por qué cayeron a tierra los hombres que fueron a prender a Jesús, cuando el Mesías, al decirles: "Yo soy", pronunció el Santo Nombre de dios? La respuesta a esta pregunta es misteriosa para nosotros, lo cual no ha de sorprendernos si tenemos en cuenta que San Juan no explicó los relatos con que compuso su Evangelio, confiando en que, el Espíritu Santo, iluminara a aquellos de sus lectores, que debieran conocer, la interpretación de dicha obra. Baste a nuestro propósito pensar que quienes fueron a prender a Jesús cayeron a tierra, para que podamos comprender que no pudieron resistir en pie ante la presencia real y divina de Nuestro Salvador, lo cual nos induce a pensar, que, aunque sea difícil para nosotros, queremos adaptarnos al cumplimiento de la voluntad, de Nuestro Padre celestial.
3-4. Jesús no permitirá que se pierda ninguna de las almas cuya salvación le ha sido encomendada por Nuestro Padre común (JN. 18, 9).
Jesús era consciente de lo que iba a sufrir para demostrarnos que somos el objeto del amor de Nuestro Padre común, pero no quería que ninguno de sus amigos padeciera a manos de quienes lo prendieron. De este hecho podemos deducir, con plena certeza, que Nuestro Salvador no permitirá que se pierdan, las almas cuya salvación le ha sido encomendada, por Nuestro Padre común. Cuando Jesús concluya la plena instauración del Reino de dios entre nosotros, y se lo entregue a Nuestro Padre celestial, tendrá el gozo de saber, que no se condenó ninguna de las almas, cuya salvación, le fue encomendada. Oremos para que, el día que fallezcamos, tengamos la dicha de haber vivido plenamente, cumpliendo la voluntad, de Nuestro Padre común.
3-5. Pedro quiso defender a Jesús (JN. 18, 10-11).
Para comprender por qué Pedro intentó defender a Jesús, recordaremos que, el citado discípulo de Nuestro Salvador, confiaba más en sí, que en Dios. Aunque fue admirable la valentía con que Pedro defendió a Jesús, el citado Santo, cometió un error al herir al siervo del sumo sacerdote, porque, de haber conseguido su propósito, hubiera impedido que se hubiera llevado a cabo la redención de la humanidad.
Quizás todos hemos vivido situaciones que hemos querido forzar, para que los acontecimientos se adaptaran al cumplimiento de nuestros deseos. Para nosotros es una gran tentación encargarnos de los asuntos relacionados con nuestras vidas, a pesar de que, en ciertas situaciones, debemos confiárselos, al Dios Uno y Trino, porque no está en nuestras manos, la posibilidad de resolverlos, satisfactoriamente. Existen situaciones en que las actitudes de no confiarle ciertos asuntos a dios y de forzar los acontecimientos que vivimos para que se amolden al cumplimiento de nuestra voluntad, son pecados.
La copa de que Jesús le habló a Pedro, significa el aislamiento, el sufrimiento y la muerte, que padeció Nuestro Salvador. Jesús apuró el contenido de la copa portadora del castigo merecido por los pecados cometidos por toda la humanidad.
3-6. Jesús fue llevado a la residencia del sumo sacerdote (JN. 18, 12-13).
Jesús fue llevado al palacio del sumo sacerdote, a pesar de que fue arrestado durante la noche. Dado que el sábado era día de reposo, y los judíos celebraban la Pascua, los líderes religiosos tenían necesidad de ejecutar a Jesús rápidamente, ya que querían crucificarlo, y el día de Pascua debía estar sepultado. Jesús fue juzgado antes del día de Pascua para que la mayoría de los jueces de Israel que estaban a favor del Señor y sus seguidores conocieran este hecho, cuando el Mesías estuviera sepultado.
Anás fue sumo sacerdote de Israel entre los años 6 y 15 después de Cristo. Posteriormente, los romanos nombraron sumo sacerdote a Caifás, quien ocupó dicho cargo, entre los años 18 y 36 o 37 de la era cristiana. Dado que según la Ley de los judíos la posición de los sumos sacerdotes era vitalicia, muchos hermanos de raza de Jesús, no aceptaron a Caifás como sumo sacerdote, y siguieron considerando a Anás como tal. Anás tenía una gran autoridad entre los judíos, pero, a pesar de ello, su yerno era quien tomaba las decisiones finales. Anás y Caifás tenían algo en común: su interés por someterse a las autoridades romanas con tal de conservar su privilegiada posición. Como buenos conocedores de las Escrituras, podrían haber aceptado a Jesús como Mesías, y haber encaminado a sus hermanos de raza, a creer en su Redentor. A pesar de ello, como estaban más interesados en conservar su privilegiada posición que en vivir inspirados en la espiritualidad, no tuvieron reparo alguno en condenar a Jesús a muerte, con tal de llevar a cabo sus ambiciones políticas.
3-7. El otro discípulo de Jesús (JN. 18, 14-15).
Curiosamente, San Juan no mencionó su nombre en su Evangelio. Sin embargo, es de suponer que, el discípulo anónimo del que habla en estos y en otros versículos, fuera él. Dado que tal discípulo cuyo nombre no se nos da a conocer actuó como un creyente ejemplar, los exégetas modernos consideran que el mismo es representante de la comunidad cristiana, que cree en el Señor, aunque no lo comprenda perfectamente, sin cuestionarlo, porque sabe que Jesús es el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida eterna que añoramos (JN. 8, 32 y 14, 6). Juan se aprovechó de la relación que mantenía con Caifás para entrar junto a Pedro en el atrio del palacio, en que, siervos y soldados, se calentaban junto al fuego que encendieron.
3-8. Pedro negó a Jesús (JN. 18, 16-18).
Jesús predijo las negaciones de Pedro, pero el citado discípulo no creyó que él sería capaz de cometer aquel pecado que jamás pudo olvidar. Es importante recordar que Pedro no negó a Jesús voluntariamente, pues lo hizo por miedo a ser encarcelado, por haber sido discípulo del Profeta de Nazaret. Dado que Dios aprovecha nuestras circunstancias vitales para purificarnos y santificarnos, la experiencia que tuvo Pedro de haber negado a Jesús, le sirvió para aprender que Dios perdona todos nuestros pecados, por muchos y graves que sean.
3-9. Anás interrogó a Jesús (JN. 18, 19-24).
Anás quiso obtener de Jesús información sobre sus seguidores y su doctrina. Él tenía experiencia de que cuando condenaba a un mesías sus seguidores normalmente volvían a realizar sus actividades ordinarias, pero, aun así, quiso obtener información sobre los seguidores de Jesús, por si seguían predicando la doctrina del nuevo Profeta, una vez que el mismo hubiera fallecido. Anás temía que esto llegara a suceder, porque era consciente de que Jesús había profetizado que resucitaría, al tercer día de su fallecimiento.
Jesús no se defendió cuando fue juzgado, pero quiso que el guardia del templo que lo agredió en presencia de Anás, le demostrara si lo halló digno de haberlo abofeteado, hasta hacerle caerse.
Una vez que Anás interrogó a Jesús en atención a quienes lo respetaban como si fuera sumo sacerdote, se lo remitió a Caifás, pues era quien tenía poder para sentenciarlo a muerte si las autoridades romanas se lo permitían.
3-10. Pedro siguió negando a Jesús (JN. 18, 25-27).
Para imaginar por qué Pedro negó a Jesús, tratemos de comprender cómo se sintió el citado pescador de Galilea, cuando vio cómo era juzgado y maltratado, Aquel quien dijo de Sí mismo, que era el enviado de Dios.
¿Les mintió Jesús a sus discípulos, -y se engañó a Sí mismo-, al creerse enviado de Dios?
Pedro tenía razones para sentirse confundido y asustado.
Quizás nos enfadamos con los enemigos de Jesús, al recordar cómo maltrataron al Señor, y lo condenaron a muerte. Jesús no solo fue maltratado por sus enemigos, pues también sufrió la traición de Judas, la negación de Pedro, y la huida de muchos a quienes consideraba sus amigos. Nosotros también hemos hecho sufrir a Jesús, al no actuar como cristianos, en determinados momentos de nuestras vidas, e incluso quizás lo hemos negado, para evitar ser presionados, por quienes carecen de nuestra fe, y quieren que la perdamos. Evitemos la tentación de consolarnos pensando que hay gente más pecadora que nosotros, y acudamos al Señor implorando su perdón, porque no existe pecado alguno, que no pueda ser perdonado, por Nuestro Redentor.
3-11. La hipocresía de los enemigos de Jesús (JN. 18, 28).
Los judíos debían evitar el contacto con los paganos según su Ley, para no caer en la tentación de negar a Dios, y de creer en divinidades falsas. Esta es la razón por la que, si entraban en las casas de los paganos, quedaban legalmente impuros, lo cual les impedía participar del culto que se celebraba en el Templo, y celebrar las fiestas religiosas, hasta que no repararan el citado pecado. Los enemigos de Jesús respetaron escrupulosamente el rito religioso de la purificación, sin reparar en que sus corazones estaban marcados por los pecados que cometían. Oremos y esforcémonos para no ser como los enemigos de Jesús. Cuidémonos de no obsesionarnos con el cumplimiento de los ritos religiosos, impidiéndole a dios que nos purifique de nuestros pecados, por no querer reconocer, que los cometemos.
3-12. Poncio Pilato (JN. 18, 29-30).
Pilato gobernó la región de Judea entre los años 26 y 36 después de Cristo. Pilato fue detestado por los judíos porque instaló imágenes en el Templo de Jerusalén y utilizó el dinero recaudado en el Templo para construir un acueducto.
Pilato sabía que Jesús era inocente, y que le fue entregado por causa de la envidia que sus enemigos sentían con respecto a su capacidad de hacerse amar y respetar por la gente. Pilato no quería condenar a Jesús a muerte, pero los judíos necesitaban que ratificara su decisión de crucificarlo, porque, recientemente, los romanos les impidieron dictar sentencias a muerte, sin que las mismas fueran revisadas por sus autoridades. Pilato les exigió a los enemigos del Señor que le presentaran evidencias que justificaran la ejecución del Profeta.
3-13. Los tres intentos que Pilato hizo de evitar la crucificción de Jesús (JN. 18, 31-32).
Al leer las obras de Flavio Josepho, nos percatamos de que Pilato no tenía reparo alguno a la hora de ordenar la ejecución de quienes se manifestaban contra sí, pero, a pesar de ello, no quiso mandar a crucificar a Jesús, quizás porque sintió lástima del Mesías, -cosa que era poco probable en alguien que disfrutaba sembrando hostilidades entre los judíos-, o porque quiso contradecir abiertamente a los líderes religiosos de Israel. Pilato hizo los siguientes intentos, con tal de evitarle a Jesús la muerte:
1. Dado que el yerno del Emperador Tiberio sabía que las autoridades judías tenían prohibido dictar sentencias a muerte sin que las autoridades romanas las autorizaran a ello desde el año 30, les dijo a los enemigos del Mesías, las palabras contenidas en JN. 18, 31.
Pilato sabía que Jesús podía ser azotado y encarcelado, pero no podía ser ejecutado, sin que los líderes religiosos de Israel, contradijeran la Ley de roma, pues sabía que no incurrirían en tal falta, para poder seguir manteniendo su privilegiada posición.
2. Dado que existía la costumbre de que Pilato liberara a un preso para celebrar la fiesta de Pascua, el Gobernador de Judea intentó liberar a Jesús de la muerte, a pesar de que, los hermanos de raza del Señor, prefirieron que Barrabás fuera librado de morir crucificado (JN. 18, 39).
Ya que Barrabás había tomado parte en una rebelión en la que se cometió un asesinato, y Jesús, además de ser inocente de las acusaciones que vertieron contra Él, era pacífico, Pilato tenía cierto interés, en que el Mesías no fuera crucificado. Obviamente, Barrabás no representaba una amenaza para los soldados romanos, pero Pilato estaba empeñado en evitar la muerte de Jesús.
3. Como los judíos no querían que Jesús fuera liberado de la muerte, Pilato decidió aplicarle la pena de la flagelación, para comprobar si podía impedir su crucificción, si sus hermanos de raza, se apiadaban de Él, aunque, lo que consiguió el Gobernador de Judea al mostrarles a los judíos a Jesús mortalmente herido, fue hacer que, los enemigos del Señor, ansiaran más, verlo crucificado (JN. 19, 1-3. 14-15).
3-14. ¿En qué sentido es Jesús Nuestro Rey? (JN. 18, 33-34).
Pilato interrogó a Jesús como Gobernador romano, intentando cerciorarse de que la víctima de la envidia de los rivales del Mesías era inocente de las acusaciones con que los judíos intentaban que se le condenara a ser crucificado. Si Jesús se hubiera declarado rey político, entonces Pilato hubiera tenido que actuar contra Él sin contemplaciones, por considerar que actuaba incumpliendo la Ley de Roma, pero, si Jesús se declaraba Rey mesiánico, en tal caso, Pilato no tenía nada de qué preocuparse, dado que el Señor solo era un simple e inofensivo, líder religioso, cuyas aspiraciones no estaban relacionadas, con el hecho de enfrentarse, a las autoridades establecidas.
3-15. Jesús es el Rey del Reino de Dios (JN. 18, 35-36).
Pilato le dio a entender a Jesús que le traían sin cuidado los malentendidos relacionados con el Judaísmo, pues su autoridad era política. Pilato quiso inquirir de Jesús la razón por la cual sus enemigos se lo entregaron, pero el Señor le confirmó cuál es su verdadera realeza, diciéndole que, si su Reino fuera de este mundo, sus soldados no hubieran permitido, que los judíos lo hubieran arrestado. Aunque tales palabras del Señor quizás le hicieron pensar a Pilato que el pobre Galileo había `perdido la cordura, merece la pena que las analicemos brevemente, desde el punto de vista teológico.
¿Qué significa el hecho de que el Reino de Jesús no es de este mundo? Para responder esta pregunta, recordaremos, las siguientes palabras, del cuarto Evangelista, expuestas en 1 JN. 5, 19. Para San Juan, el mundo dominado por el pecado, no puede ser el Reino de Dios. Esta es la razón por la que Jesús no puede ser el Rey de este mundo, -aunque lo es de quienes se dejan purificar y santificar-. Esta es la causa por la que, al rezar el Vía Crucis, muchos imaginan a Jesús y a Pilato, como representantes de dos reinos, totalmente opuestos. Jesús aparece como Rey del Reino de Dios, y, Pilato, como representante de la humanidad pecadora. Dado que ambos reinos son antagónicos, la humanidad pecadora, le declara la guerra al Hijo de dios y María, quien se deja derrotar, para vencer el mal y la muerte, y abrirles la puerta del cielo, a quienes se dejen salvar por Él, por medio de la purificación, y la santificación.
Pilato creyó las palabras de Jesús, pues las mismas le confirmaron que el Mesías no merecía ser crucificado. A pesar de ello, Pilato no supo imponerse a las autoridades de los judíos, por lo que condenó a Jesús a morir crucificado. Existen situaciones en que, saber la verdad, y no prestarle atención, se convierte en una tragedia. Evitemos rechazar la verdad de Dios si la conocemos, no solo para evitarnos ser salvos, pues también queremos respetar dicha verdad, para adorar y alabar a Nuestro Dios.
3-16. El cinismo de Pilato (JN. 18, 38).
Pilato pensaba que la verdad era de carácter relativo. Para el Gobernador de Judea, la verdad era cualquier cosa con la que estuvieran de acuerdo aquellos a quienes gobernaba o que le ayudara a promover su poder alcanzando las metas políticas que se proponía. Quienes vivimos en países en que existe la libertad de expresión, y por tanto coexisten creencias diferentes, podemos tener la visión de Pilato. En este terreno los cristianos podemos complicarnos la vida, porque no podemos relativizar la verdad de Dios. Jesús nos ha dado a conocer una verdad que nos hace libres (JN. 8, 32), la cual consiste en que somos el objeto del amor del Dios, que desea que vivamos cumpliendo su voluntad.
Si amamos a Dios, busquemos a Nuestro Santo Padre, intentando discernir, todas las verdades existentes en el mundo. No podemos cometer el error de pensar que todos los que no piensan como nosotros son malvados. El hecho de conocer las verdades existentes en el mundo, no debe conducirnos a renunciar a la verdad característica de la fe que profesamos.
3-17. Barrabás (JN. 18, 39-40).
No es descartable el hecho de que entre los esbirros de los líderes israelitas que condenaron a Jesús a muerte, hubiera gente que podría haberse beneficiado de las predicaciones e incluso de los milagros que Jesús hizo en su beneficio, que odiaba tanto a los romanos, que prefirió que fuera librado de la muerte Barrabás, el cual quizás era visto como un héroe, por haberse revelado contra el poder establecido por Roma, antes de que fuera liberado Jesús, porque, aunque el Señor hacía muchas obras de caridad, era pacífico, y ellos necesitaban a alguien que se enfrentara a sus dominadores.
3-18. Pilato condenó a Jesús a la flagelación, para intentar evitar su crucificción (JN. 19, 1-3).
Las manos de Jesús fueron atadas a un pilar después de que le desnudaran la parte superior del cuerpo, y fue flagelado con un látigo de tres puntas. No sabemos cuántos azotes recibió el Señor, pero sabemos que el Mesías fue víctima de otras torturas. Los soldados le pusieron un manto real a Jesús y coronaron al Señor de espinas, para burlarse de su realeza. Jesús fue golpeado con una caña, recibió puñetazos y bofetadas, y soportó las burlas de los soldados. Jesús sufrió mucho cuando le pusieron la túnica después de azotarlo y cuando lo desnudaron para crucificarlo, ya que la tela de la túnica se adhería a sus heridas.
Pensemos de qué maneras se repite la flagelación de Jesús en quienes sufren por causa de los vicios que atentan contra su vida, y por causa de su pobreza y/o enfermedades. Pensemos cómo sigue siendo flagelado Jesús, en los pobres que son obligados a trabajar por cantidades de dinero insignificantes, y en los niños y mujeres obligados a prostituirse, para que gente sin escrúpulos obtenga dinero, por explotar a los mismos. Obviamente, no estamos capacitados para evitar los sufrimientos que afectan a la humanidad, pero, si lo pensamos detenidamente, algo podremos hacer, para que Jesús no sea torturado ni crucificado, en aquellos de nuestros prójimos los hombres, que sufren por cualquier causa.
3-19. He aquí el Cristo sufriente. He aquí la mayor parte de la humanidad, que es víctima de enfermedades, pobreza, y otros padecimientos (JN. 19, 4-6).
Quizás, al leer la Pasión y muerte de Jesús, pensamos que, si hubiéramos podido acompañar a San Juan cuando vivió la experiencia de las torturas y la crucificción del Mesías, no hubiéramos gritado pidiendo la muerte de Nuestro Redentor. Obviamente, no podemos evitar los sufrimientos que Jesús padeció aquel trágico día, pero, si no ayudamos a quienes sufren por cualquier causa, -empezando por los que viven bajo nuestro techo-, nos engañamos a nosotros mismos, si pensamos que, de haber podido estar en el tribunal de Pilato, hubiéramos pedido que Jesús hubiera sido liberado de la muerte.
El Hombre herido de muerte que Pilato les presentó a los judíos con la esperanza de que se compadecieran de Él, para evitar su crucificción, representa a la humanidad herida por grandes plagas, entre las que destacan las ambiciones desmedidas de poder, riqueza y prestigio. Si tales ambiciones no fueran extremas, servirían para cumplir la voluntad de Dios, y muchos enfermos, pobres y desamparados, tendrían una excelente calidad y calidez de vida. El mundo es una representación del tribunal de Pilato, en que, en nuestras vidas ordinarias, y a través de los medios de comunicación, vemos a quienes sufren por diversas causas.
¿Nos mostraremos indiferentes al contemplar el dolor de la humanidad, contribuiremos a hacer más insoportable la vida de quienes sufren, o les ayudaremos a resolver sus problemas, en conformidad con nuestras escasas posibilidades?
3-20. Pilato descubrió las intenciones de los líderes judíos que querían crucificar a Jesús (JN. 19, 7).
Pilato desenmascaró a quienes querían que Jesús fuera crucificado, pues los tales le dijeron abiertamente que lo habían engañado al inventar que alborotaba al pueblo incitándolo a rebelarse contra Roma empezando por no pagar impuestos, pues querían condenarlo por haber incumplido su Ley religiosa. Dado que Jesús dijo de Sí mismo que es Hijo de Dios, el Señor fue acusado de blasfemia por sus enemigos, ya que tal acusación lo hacía merecedor de la pena de muerte. Acusar a Jesús de blasfemia, tendría el efecto de que muchos judíos desearían la muerte de Nuestro Redentor. Acusar a Jesús de traición a Roma, obligaría a Pilato a condenar al Señor a muerte. A los líderes judíos les daba igual que Jesús fuera condenado por ser blasfemo o traidor, ya que deseaban eliminarlo.
3-21. ¿Qué significa el temor que San Juan le atribuyó a Pilato? (JN. 19, 8).
Pensar que Pilato sintió temor al saber que Jesús dijo de Sí mismo que es Hijo de Dios, es desconocer el carácter del Gobernador de Judea, el cuál no creía en ningún dios que fuera superior a la conservación de su poder. A pesar de ello, el citado temor, nos invita a reflexionar, sobre nuestra corresponsabilidad, en la Pasión y muerte, de Nuestro Salvador. Recordemos que el cuarto Evangelio fue escrito por San Juan, quien no explicó los relatos que incluyó en la citada obra, porque tenía la esperanza de que el Espíritu Santo se los interpretara, a quienes debieran conocerlos.
3-22. Jesús no perdió el control de Sí mismo ni de los acontecimientos que lo condujeron a la muerte (JN. 19, 9-10).
Jesús no respondió la pregunta que le hizo Pilato, porque sabía que iba a morir, y deseaba acabar con aquella situación tan angustiosa. Por su parte, Pilato, como no quería darles gusto a los líderes judíos, presionó al Mesías amenazándolo de muerte, con tal de buscar desesperadamente una excusa, que le permitiera incumplir el deseo de los enemigos del Señor.
Jesús mantuvo el control de Sí mismo y de los acontecimientos que lo condujeron a la muerte. Pilato demostró una gran ambición por mantener su poder, la cual lo obligó a vacilar, en su deseo de liberar al Mesías de la muerte. Las autoridades de Israel desearon que Jesús muriera porque odiaban a Aquel que descubría sus intenciones y tenía una asombrosa capacidad de ganarse el aprecio de las multitudes, lo cual no los caracterizaba a ellos, porque convirtieron el Judaísmo en una secta coercitiva que agobiaba a sus hermanos de raza, en lugar de liberarlos del peso de sus cargas. Jesús sabía cuál era la Verdad de Dios, y cuáles eran las verdades de sus enemigos. Jesús conocía el designio de dios sobre nosotros, y los motivos por los que sus enemigos lo juzgaron, y lo condenaron a muerte.
Cuando nos sintamos ridiculizados y juzgados por quienes carecen de nuestra fe, y son incapaces de respetar a quienes no piensan como ellos, mantengámonos firmes en nuestra postura, tal como lo hizo Jesús, siendo consciente, de que lo iban a crucificar. Jesús no se mantuvo impasible pensando en su muerte, sino en su Resurrección. Cuando nos sintamos acosados por ser cristianos, no permitiremos que el agobio nos impida ser felices, porque Dios recompensa a quienes mantienen la fe, aunque ello les sea difícil. Recordemos que, hasta que la fe no nos duela, y sintamos que dicho dolor forma parte de nuestra existencia, no podremos decir, que la misma es auténtica.
3-23. ¿Quién le dio a Pilato poder para condenar a Jesús a muerte? (JN. 19, 11).
Jesús quería ser ejecutado rápidamente para que terminaran sus horas de sufrimiento. Esta fue la causa por la que le dijo a Pilato que había alguien que era más culpable que él de su condena, dado que le proporcionó la oportunidad de sentenciarlo a muerte. Quizás podemos pensar que Nuestro Dios y Padre fue quien le entregó a Jesús a Pilato, porque el Señor le dijo al Gobernador de Judea que se le dio el poder para ejecutarlo desde arriba, pero Jesús no se refería a Yahveh, sino a Caifás, el sumo sacerdote, ya que, si el citado personaje no hubiera dictado su sentencia a muerte, Pilato no hubiera tenido que autorizar la misma. Jesús no disculpó a Pilato por el pecado que cometió al condenarlo, pero el Gobernador de Judea no era tan responsable de aquella situación, como lo eran los líderes judíos, que premeditaron el asesinato del Profeta de Nazaret.
3-24. Jesús fue condenado a muerte por Poncio Pilato (JN. 19, 12-16).
Dado que Pilato era Gobernador de Judea, sus superiores esperaban que mantuviera la paz, cosa que debía hacer especialmente durante los días de Pascua, porque Jerusalén estaba llena de peregrinos de todo el mundo, que iban a celebrar la liberación de sus antepasados, de la esclavitud de Egipto. Ya que Roma no podía enviar tropas numerosas a las regiones distantes de la capital del Imperio, sus autoridades aplastaban cualquier revuelta que surgiera en las mismas, por medio de la aplicación de torturas que escarmentaban a quienes las presenciaban. Si el César llegaba a tener noticias de que en Judea surgía una insurrección, Pilato, además de perder su privilegiada posición, podía perder la vida.
Cuando tomamos una decisión difícil, podemos escoger transitar el camino más fácil, o hacer lo que es correcto a los ojos de dios, aunque ello tenga un alto costo para nosotros. En este terreno, solo Dios y sus héroes los Santos, pueden alcanzar grandes victorias, porque no escatiman el sufrimiento que ello les supone.
Aunque muchos enemigos de Jesús odiaban a los romanos, fingieron estar de acuerdo con el poder que sus dominadores ejercían sobre Israel, con tal de conseguir, que Jesús fuera condenado. Ellos sabían que Dios debía ser su único Rey, pero lo traicionaron, con tal de conseguir lo que deseaban, lo cual era, la crucificción de Jesús.
¿Le hemos vendido en alguna ocasión nuestra alma al diablo, con tal de conseguir algún propósito?
3-25. Jesús fue crucificado en el Gólgota (JN. 19, 17-18).
el Gólgota era una colina que se hallaba a las afueras de Jerusalén, junto a un camino muy transitado, donde los romanos crucificaban a quienes no eran ciudadanos romanos e incumplían sus leyes, para escarmentar a quienes los vieran morir.
Jesús fue conducido por las calles de Jerusalén desde el pretorio hasta el Gólgota, para servirles de escarmiento a quienes desearan revelarse contra las autoridades romanas. Después de llegar al Gólgota, el Señor fue crucificado junto a dos malhechores. La crucificción era una condena cruel y lenta. Los crucificados morían por causa de sus dificultades para respirar. Si se apoyaban sobre los pies, el clavo que les sujetaba a las cruces, se les clavaba más, lo cual les producía un gran dolor, y, si se apoyaban sobre los riñones, se les dificultaba la respiración. A los malhechores que fueron crucificados junto a Jesús, les rompieron las piernas, para precipitar la llegada de su muerte, por asfixia.
3-26. Jesús es el Rey de la humanidad redimida (JN. 19, 19-20).
Los enemigos del Señor, desearon que Pilato creyera que Jesús quiso ser proclamado rey enemigo de Roma, a fin de obtener del Gobernador de Judea, la sentencia a muerte, de la víctima de su envidia. Esta fue la causa por la que Pilato fijó un letrero por encima de la cabeza del Nazareno, donde se leía la razón por la que el Mesías fue condenado a morir. Si Jesús había pretendido ser un rey con expectativas meramente humanas, está claro que, al haber sido desnudado y ejecutado públicamente, había perdido todo el poder, que le concedieron sus seguidores. A pesar de ello, Jesús, -de quien sabemos que invierte la sabiduría del mundo, concediéndole valor a lo que los hombres consideran inútil-, en lugar de sentirse derrotado, y a pesar de que sabía que iba a morir, era consciente, de que estaba empezando a reinar. Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 1, 25).
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, constituyeron un golpe mortal, contra las fuerzas del mal, y constituyeron el Reino de Dios, sobre la tierra, según quedó demostrado este hecho en Pentecostés, cuando los Apóstoles de Nuestro Salvador, recibieron el poder, del Espíritu Santo.
La causa por la que Jesús fue condenado, fue escrita en tres idiomas: arameo para los judíos, latín para las autoridades y soldados romanos, y griego para los extranjeros, y los judíos dispersos en diferentes países influenciados por la cultura griega.
3-27. La venganza infantil y absurda de Pilato (JN. 19, 21-22).
Como Pilato se vio obligado a ceder a la presión que ejercieron contra él los sacerdotes principales de Israel por miedo a perder su poder e incluso su vida, demostró su incapacidad para encajar sus fracasos, escribiendo por encima de la cabeza de Jesús, lo que más podía molestarles a los enemigos del Señor, lo cual era que, el Mesías, era el rey de los judíos.
3-28. Los soldados que crucificaron a Jesús, no fueron los únicos que se repartieron la ropa del Señor (JN. 19, 23-24).
Los soldados romanos tenían la costumbre de repartirse los vestidos de aquellos a quienes crucificaban como si se tratara de botines de guerra. Dado que la túnica de Jesús era valiosa, los soldados decidieron echar suertes sobre ella, para ver a cuál de los tales le tocaba.
Desgraciadamente, los cristianos nos robamos los vestidos de Jesús unos a otros, pues no echamos suertes sobre ellos, porque creemos que son nuestros. Ello sucede porque, además de no tener buenas relaciones con nuestros hermanos en la fe que no pertenecen a nuestra iglesia, en ciertas circunstancias, tampoco nos llevamos bien, con quienes son nuestros hermanos de congregación. Cometemos el error de considerar que Jesús y sus pertenencias son nuestra propiedad, en lugar de pensar que nosotros somos de Jesús, y que por ello queremos mantener buenas relaciones, para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios, entre nosotros.
3-29. Las mujeres que estuvieron junto a la cruz de Jesús (JN. 19, 25-27).
Junto a la cruz de Jesús, estaba la Madre del Señor, una hermana suya, y María Magdalena. A pesar de que las mujeres eran terriblemente marginadas cuando Jesús vivió en Israel, las mujeres que aparecen en el texto evangélico que estamos considerando, fueron un ejemplo de fe, para los hombres que, aunque fueron discípulos de Jesús durante años, y convivieron con Nuestro Salvador, lo desampararon, cuando más los necesitaba. Ellas también son un gran ejemplo de fe a tener en cuenta por nosotros, si nos consideramos cristianos cuando la vida nos sonríe, y renegamos de nuestra fe cuando tenemos dificultades, o actuamos como ateos, cuando no sabemos responder las cuestiones relativas a nuestras creencias, que, quienes no comparten nuestra manera de pensar, nos plantean.
Aunque Jesús estaba muriéndose, quiso ocuparse de su Madre, dado que los judíos creían que, las mujeres viudas que no tenían hijos, eran malditas de Dios, lo cual hacía que fueran más despreciadas, que las demás mujeres. Jesús le pidió a Juan que cuidara de Nuestra Corredentora, y, a su Santa Madre, que amara al cuarto Evangelista, hasta llegar a considerarlo, como su hijo. Esta es la razón por la que los católicos vemos en quienes sufren por cualquier causa, imágenes de Jesús Crucificado, y de María Santísima viendo morir a su Hijo impotente. Ello nos insta a considerar que no podemos quedarnos indiferentes, ante el sufrimiento que padece, la mayor parte de la humanidad.
Nuestra familia es un don celestial, que queremos cuidar, bajo todo tipo de circunstancias. Ningún trabajo mundano ni actividad cristiana deben eximirnos de cuidar a nuestros familiares.
¿Qué haremos en este día para demostrarles a nuestros familiares que los amammos, y que son importantes para nosotros?
3-30. La sed y la muerte de Jesús (JN. 19, 28-30).
Jesús murió demostrando una sed que a veces nos falta, porque nos desanimamos ante nuestras dificultades, o al pensar en la incapacidad que nos caracteriza, para resolver los grandes problemas de la humanidad. Jesús murió sintiendo el efecto de la sed de demostrarnos que somos amados por Nuestro Padre común. Jesús vivió y murió, demostrándonos cómo podemos actuar, si queremos ser buenos hijos de Dios. Por su parte, los soldados romanos, al no comprender de qué tenía sed el Señor, le dieron un poco del vino barato que bebían, mientras esperaban que murieran, los tres crucificados.
Jesús murió sabiendo que había cumplido cabalmente, la misión de redimirnos que le encomendó, Nuestro Padre común. Oremos para que, cuando seamos juzgados por el Señor, cuando acontezca nuestra muerte, y al final de los tiempos, podamos tener la cabeza bien alta ante Él, y decirle que siempre actuamos, cumpliendo la voluntad, de Nuestro Padre común.
Jesús le entregó su espíritu a Dios.
¿Somos conscientes de que, independientemente de que estemos vivos o muertos, somos de Dios?
3-31. Los soldados romanos comprobaron que Jesús murió (JN. 19, 31-37).
La Ley de los judíos no permitía que los cadáveres estuvieran expuestos durante toda la noche, ni que se realizaran trabajos a partir de la puesta del sol del viernes, ya que, en ese momento, iniciaba el Sábado. Esta es la causa por la que los líderes religiosos de Israel, quisieron que Jesús y los dos malhechores, fueran sepultados, antes de que se pusiera el sol.
Los soldados que crucificaron a Jesús, al ser conocedores de su trabajo, sabían cuándo los crucificados estaban agonizando, y cuándo estaban muertos. Dado que Jesús había fallecido cuando les rompieron las piernas a los malhechores, le traspasaron el costado de una lanzada, así pues, la separación del suero sanguinolento y del agua, certificó la muerte del Mesías. Hay quienes afirman que Jesús no murió, sino que se desmayó, lo cual justifica científicamente su Resurrección, si la misma se entiende, como la recuperación del conocimiento, por parte de Nuestro Salvador.
Dado que los huesos de los corderos que los judíos sacrificaban para celebrar la Pascua no se rompían, a Jesús no se le rompieron las piernas, porque es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (JN. 1, 29).
3-32. Jesús fue sepultado (JN. 19, 38-42).
José de Arimatea era uno de los jueces de Israel que no estuvieron de acuerdo con el hecho de que Jesús fuera sentenciado a muerte. Él fue discípulo oculto de Jesús, temiendo que, el hecho de que creía en el Mesías, hiciera peligrar su posición social, ya que, el alto Tribunal de Israel, estaba dividido, por causa del último Mesías.
¿Qué sintió José al ser testigo de los sufrimientos y la muerte de Jesús, para que su testimonio de fe, fuera más importante para él, que la defensa de su alta posición social?
¿Es el Dios Uno y Trino la causa que les da sentido a nuestras vidas?
Nicodemo también fue juez de Israel y discípulo oculto de Jesús. Aunque en un principio no comprendió la doctrina de Jesús porque actuaba como los cristianos que cumplen muchas prescripciones religiosas por rutina, se opuso a la crucificción del Nazareno.
¿Por qué cambiaron de conducta José de Arimatea y Nicodemo cuando contemplaron a Jesús en su Pasión y muerte?
¿Por qué creemos en Jesús?
Si somos discípulos del Señor veraces, queremos creer en Dios, proclamar su Palabra mediante la predicación, y actuar como cristianos, no solo cuando celebramos el culto divino, sino, en todos los aspectos de nuestras vidas.
¿Somos creyentes ocultos de Jesús, por miedo a lo que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo piensen de nosotros?
La tumba de Jesús era una cueva en cuyo interior podía caminar un hombre. José y Nicodemo sepultaron a Jesús rápidamente, para no incumplir la Ley que no les permitía trabajar en los días preceptivos.
Nadie había sido sepultado en el sepulcro de Jesús. Ello nos recuerda que Nuestro Salvador fue el primero en resucitar de entre los muertos para no volver a morir, y que por ello nos abrió la puerta del cielo.
Hermanos:
No nos quedemos en el Viernes Santo junto a la cruz de Jesús. Celebremos la Pascua, resucitando con Jesús lentamente, en conformidad con la resolución de los problemas que tenemos, de nuestra purificación, y de nuestra santificación. Que así sea.
3-33. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-34. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en JN. 18, 1-19, 42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué tenían que permanecer los judíos reunidos con sus familiares y debían evitar salir de Jerusalén durante la noche de Pascua?
2. ¿Por qué incumplió Jesús el citado precepto legal?
3. ¿A qué lugar fue Jesús a rezar, para concluir su preparación a iniciar su lenta Pasión?
4. ¿Qué nos recuerda la salida de Jesús de Jerusalén?
5. ¿Por qué le compraron los enemigos de Jesús a Judas a Nuestro Señor?
3-2.
6. ¿Nos conocen nuestros familiares y amigos porque nuestros pensamientos y obras son conformes al cumplimiento de la voluntad de dios?
7. ¿Por qué fueron los guardias del Templo a prender a Jesús acompañados por soldados romanos?
3-3.
8. ¿Por qué cayeron a tierra los hombres que fueron a prender a Jesús, cuando el Mesías, al decirles: "Yo soy", pronunció el Santo Nombre de dios?
9. ¿Por qué no interpretó San Juan los relatos que escribió en su Evangelio?
10. ¿Qué nos induce a pensar el hecho de que quienes fueron a prender a Jesús cayeron a tierra, porque no pudieron permanecer en pie, ante la presencia real y divina de Nuestro Salvador?
3-4.
11. ¿Creemos que Jesús velará para que seamos salvos?
12. ¿Imitaremos la conducta de Jesús, intentando esforzarnos para que sea salva la mayor cantidad de almas posible?
13. ¿Qué le diremos al Señor cuando nos interrogue sobre cómo les amamos a Él y a nuestros prójimos cuando nos juzgue?
3-5.
14. ¿Qué recordaremos para comprender por qué quiso Pedro evitar la muerte de Jesús?
15. ¿Qué hubiera sucedido si Pedro hubiera evitado la Pasión y muerte de Jesús?
16. ¿Somos conscientes de que existen situaciones que no podemos forzar para que se amolden al cumplimiento de nuestra voluntad, porque a veces no nos es posible hacerlo, y, porque en otras ocasiones, el hecho de forzarlas, es pecaminoso?
17. ¿Cuál es el significado de la copa que Jesús le mencionó a Pedro?
3-6.
18. ¿Por qué fue llevado Jesús al palacio de Caifás durante la noche?
19. ¿Por qué razones tenían necesidad los enemigos de Jesús de que el Señor muriera y fuera sepultado antes de que se pusiera el sol el viernes?
20. ¿Quiénes fueron Anás y Caifás?
21. ¿Qué tenían en común Anás y Caifás?
22. ¿Por qué muchos judíos no aceptaron a Caifás como sumo sacerdote?
23. ¿Por qué condenaron Anás y Caifás a Jesús a muerte?
3-7.
24. ¿Quién fue el discípulo anónimo de quien se nos habla en el cuarto Evangelio, y a quiénes representa, según los exégetas modernos?
25. Interpreta JN. 8, 32 y 14, 6.
26. ¿Por qué pudieron entrar Juan y Pedro al patio de la residencia del sumo sacerdote?
3-8.
27. ¿Por qué no creyó Pedro el anuncio que Jesús le hizo de que lo iba a negar?
28. ¿Cuál fue la causa por la que Pedro negó a Jesús?
29. ¿Por qué le fue útil a Pedro la experiencia que tuvo al negar a Jesús?
30. ¿Qué aprendió Pedro cuando se sintió perdonado por Jesús?
3-9.
31. ¿Por qué quiso Anás que Jesús lo informara sobre sus discípulos y su doctrina?
32. ¿Crees que Jesús se defendió cuando fue abofeteado por un guardia del Templo porque sabía que Juan registraría tal hecho en su Evangelio, y que los lectores de tal obra debían creer en la inocencia y la Divinidad de Nuestro Salvador?
33. ¿Por qué le remitió Anás a Jesús a su yerno?
3-10.
34. ¿Cómo se sintió Pedro cuando vio a Jesús maltratado y juzgado, y constató que su Maestro no intentó defenderse?
35. ¿Les mintió Jesús a sus discípulos, -y se engañó a sí mismo-, al creerse enviado de Dios?
36. ¿Por qué tenía Pedro razones para sentirse confundido y asustado?
37. ¿De qué maneras hemos hecho sufrir a Jesús a lo largo de los años que hemos vivido?
38. ¿Hemos negado al Señor?
39. ¿Por qué no nos conviene consolarnos pensando que en el mundo hay gente más pecadora que nosotros?
40. ¿Por qué podemos implorar el perdón divino?
3-11.
41. ¿Por qué estaban los judíos obligados a evitar el contacto con los paganos?
42. ¿Nos hemos obsesionado con el cumplimiento de los ritos religiosos, impidiéndole a dios que nos purifique de nuestros pecados, por no querer reconocer que los cometemos?
3-12.
43. ¿Entre qué años fue Judea gobernada por Pilato?
44. ¿Por qué se ganó el yerno de Tiberio César la aversión de los judíos?
45. ¿Por qué necesitaban los jueces de Israel que condenaron a Jesús que Pilato confirmara la sentencia del Señor?
3-13.
46. ¿Por qué razones es probable que Pilato quisiera evitar la muerte de Jesús?
47. ¿Por qué les dijo Pilato a los enemigos de Jesús que juzgaran a la víctima de su desprecio según su Ley?
48. ¿Por qué quisieron los enemigos del Señor que Jesús muriera y Barrabás fuera librado de ser crucificado?
49. ¿Por qué mandó Pilato que Jesús fuera flagelado, y qué consiguió al aplicarle dicha condena al Mesías?
3-14.
50. ¿Con qué intención interrogó Pilato a Jesús?
51. ¿Por qué debería haber condenado a la crucificción Pilato a Jesús si el Señor se hubiera declarado enemigo de Roma, y hubiera podido permanecer indiferente, si Jesús se hubiese declarado líder religioso?
3-15.
52. ¿en qué sentido es Jesús Nuestro Rey?
53. ¿Qué significa para San Juan Evangelista el hecho de que el Reino de Jesús no es de este mundo?
54. ¿Por qué muchos cristianos, al rezar el Vía Crucis, imaginan a Pilato y a Jesús, como representantes de reinos antagónicos?
55. ¿Por qué se dejó condenar Jesús por Pilato?
56. ¿Qué medios utilizará Jesús para conducir al cielo a los redimidos?
57. ¿Por qué sentenció Pilato a Jesús a muerte?
58. ¿Por qué no debemos ignorar la verdad de Dios si la conocemos y aceptamos?
3-16.
59. ¿Qué pensaba Pilato que era la verdad?
60. ¿Por qué queremos evitar los cristianos relativizar la verdad de Dios?
61. ¿En qué consiste la Verdad de Dios?
62. ¿Por qué debemos discernir las verdades existentes en el mundo?
63. ¿Por qué el conocimiento de las verdades mundanas no debe conducirnos a renunciar a la Verdad de Dios?
3-17.
64. ¿Por qué pidieron la liberación de Barrabás y la crucificción de Jesús, aquellos que quizás se beneficiaron de las predicaciones y signos de Nuestro Señor?
3-18.
65. ¿En qué consistía la flagelación?
66. ¿Qué otras torturas le aplicaron a Jesús después de flagelarlo?
67. ¿De qué maneras se repite la flagelación de Jesús en quienes sufren por sus vicios, su pobreza, sus enfermedades y/o su aislamiento social?
3-19.
68. ¿A quiénes representó Jesús herido de muerte en el tribunal de Pilato?
69. ¿En qué sentido el poder, la riqueza y el prestigio añorados por el mundo, no constituyen ocasiones de pecar?
70. ¿Nos mostraremos indiferentes al contemplar el dolor de la humanidad, contribuiremos a hacer más insoportable la vida de quienes sufren, o les ayudaremos a resolver sus problemas, en conformidad con nuestras escasas posibilidades?
3-20.
71. ¿Cómo desenmascaró Pilato a los enemigos de Jesús?
72. ¿Por qué quisieron tales judíos que Jesús fuera condenado por ser blasfemo o traidor a Roma?
3-21.
73. ¿Qué significa el temor que San Juan le atribuyó a Pilato?
3-22.
74. ¿Cómo podemos demostrar que Jesús no perdió el control sobre Sí mismo ni sobre los acontecimientos que lo condujeron a la muerte?
75. ¿Por qué presionó Pilato a Jesús amenazándolo de muerte?
76. ¿Por qué vaciló Pilato al intentar salvar a Jesús de la crucificción?
77. ¿Por qué condenaron los judíos a Jesús a muerte?
78. ¿Por qué ganó Jesús muchos seguidores, y los líderes judíos tenían dificultades para hacerse amar por sus hermanos de raza?
79. ¿Por qué necesitamos mantener la fe que nos caracteriza cuando vivimos circunstancias adversas?
3-23.
80. ¿Quién facilitó el hecho de que Pilato sentenciara a Jesús a muerte?
3-24.
81. ¿Por qué tenía Pilato la obligación de mantener la paz?
82. ¿Por qué reprimían las autoridades romanas a los revolucionarios bruscamente?
83. ¿Qué podía pasarle a Pilato si llegaba a Roma la noticia de que era incapaz de contener una insurrección en Jerusalén?
84. ¿Qué podemos hacer cuando tenemos que tomar una decisión difícil?
85. ¿Le hemos vendido en alguna ocasión nuestra alma al diablo, con tal de conseguir algún propósito?
3-25.
86. ¿Por qué fue crucificado Jesús entre dos malhechores?
87. ¿En qué consistió la crucificción del Mesías?
88. ¿Por qué les rompieron las piernas a los malhechores que fueron crucificados con Jesús?
3-26.
89. ¿Por qué pretendieron los enemigos de Jesús que Pilato creyera que el Señor se proclamó rey enemigo de Roma?
90. Interpreta 1 COR. 1, 25.
3-27.
91. ¿Por qué mandó Pilato fijar un letrero por encima de la cabeza de Jesús en que se leía que el Nazareno era el rey de los judíos?
3-28.
92. ¿en qué sentido nos disputamos los cristianos los vestidos de Jesús?
3-29.
93. ¿Por qué fueron las mujeres que permanecieron junto a la cruz de Jesús grandes ejemplos de fe para los discípulos del Señor, al igual que también lo son para nosotros?
94. ¿Por qué le pidió Jesús a Juan que cuidara de su Madre?
95. ¿Por qué vemos los católicos en quienes sufren imágenes de Jesús Crucificado y de Nuestra Santa Madre viendo morir a su Hijo sin poder socorrerlo?
96. ¿Qué haremos en este día para demostrarles a nuestros familiares que los amamos, y que son importantes para nosotros?
3-30.
97. ¿De qué sintió sed Jesús?
98. ¿Por qué pierden nuestras vidas su sentido cristiano cuando carecen de la sed del Señor?
99. ¿Somos conscientes de que, independientemente de que estemos vivos o muertos, somos de dios?
3-31.
100. ¿Por qué quisieron los líderes judíos que los ajusticiados fueran sepultados antes de que se pusiera el sol?
101. ¿Cómo fue certificada la muerte de Jesús?
102. ¿Por qué no le rompieron los soldados las piernas a Jesús?
3-32.
103. ¿Por qué fueron José de Arimatea y Nicodemo discípulos ocultos de Jesús?
104. ¿Qué sintieron José y Nicodemo al ser testigos de los sufrimientos y la muerte de Jesús, para que su testimonio de fe, fuera más importante para ellos, que la defensa de su alta posición social?
105. ¿Es el Dios Uno y Trino la causa que le da sentido a nuestras vidas?
106. ¿Por qué creemos en Jesús?
107. ¿Qué debemos hacer si somos cristianos veraces?
108. ¿Somos creyentes ocultos de Jesús, por miedo a lo que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo piensen de nosotros?
109. ¿Qué significa el hecho de que nadie fue sepultado en la tumba del Señor?
110. ¿Cómo nos conviene celebrar la Pascua, después de haber conmemorado la Pasión y muerte de Jesús?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos IS. 52, 13-53, 12.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 18, 1-19, 42.
Comprometámonos a imitar la conducta generosa de Jesús durante un día, y, si ello es satisfactorio para nosotros, sigámoslo haciendo.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Gracias por haberme demostrado que me amas, a pesar de mi imperfección. Hazme fuerte para que pueda ser tu fiel seguidor.
8. Oraciones finales.
Leemos y meditamos los Salmos 22 y 51.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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