Hora Santa.
¿Para qué ha servido el sacrificio de Jesús?
Introducción.
Aunque Dios nos creó para que fuéramos plenamente felices sirviéndolo mientras que se prolongaran los días de nuestra permanencia sobre la tierra, lo cierto es que, desde que nuestros primeros padres habitaron el paraíso terrenal que Nuestro Padre común les regaló para que le manifestaran su fidelidad, el propósito con que Nuestro Padre celestial nos creó fue interrumpido temporalmente, hasta que el Todopoderoso considere que ha llegado la hora de concluir la tan ansiada instauración de su Reino de amor y de paz entre nosotros. Si bien es verdad que en nuestro medio se nos insta a que no nos interroguemos sobre nuestro origen, el destino que nos aguarda y las vicisitudes que vivimos, porque no podemos abordar los temas relacionados con la religión desde el punto de vista científico, cada día somos más los que pensamos en las mismas, porque las circunstancias que vivimos no nos ayudan a alcanzar el estado de felicidad al que nos ha llamado Nuestro Creador, desde el punto de vista de la fe que profesamos.
Desde que se originó el Socialismo, los partidarios del mismo se han esforzado para lograr que, la gran cantidad de riquezas injustamente poseídas por muy poca gente, sean repartidas equitativamente, para lograr que la mayor cantidad de personas posible, vivan sin sucumbir bajo la miseria que, a lo largo de la Historia, ha sido manipulada hábilmente por muchos egoístas, que se han aprovechado de los débiles, para explotarlos a placer. A pesar del citado esfuerzo, aunque la revolución industrial logró un gran cambio social, y también a pesar de que en nuestros días hay mucha gente en el mundo que tiene suficientes medios para vivir sin estrecheces, no podemos dejar de sorprendernos al constatar que, en los países más desarrollados del mundo, aumenta alarmantemente la tasa de suicidios juveniles.
¿Por qué se suicidan los jóvenes que tienen suficientes recursos para vivir, si nunca han conocido la vivencia de la pobreza? Vivimos en un mundo caracterizado por la competitividad excesiva y la vanal acumulación de riquezas. Al margen de la fe que los cristianos profesamos, en este mundo todos valemos los bienes que poseemos, así pues, vivimos adaptados a un horario de estudios y/o de trabajo, a la realización de actividades hogareñas y de ocio, quizás nos preocupamos demasiado por lo que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo piensan de nosotros... La pregunta inicial de este párrafo se puede responder fácilmente cuando pensamos que vivimos en un mundo en que no todos hemos tenido la oportunidad de valorarnos como personas que, independientemente de las riquezas que poseamos, de la realización de nuestro trabajo y de los fracasos que hayan marcado circunstancialmente nuestras vidas, tenemos un valor personal que nada ni nadie puede aumentar ni disminuir.
La religiosa María Bartorta escribió que Jesús le dijo que debemos vivir la Hora Santa para aprender a morir. Por mi parte, -dado que en la vida tenemos demasiadas oportunidades para aprender a entristecernos, a desanimarnos y a morir-, creo que, la hora que tradicionalmente dedicamos en la noche del Jueves Santo a recordar la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Señor, no debe servirnos para aprender a morir, sino para aprender a vivir, para verificar el tan conocido hecho de que Jesús, por su sacrificio y Resurrección, nos abrió la puerta del cielo.
1. La Eucaristía.
1-1. El amor ejemplar de Jesús.
(JN. 13, 1. 15, 13). Hace escasas horas que recordamos que Jesús nos amó hasta entregar su vida por nosotros en la cruz. Nuestro Señor, con tal de que no nos olvidáramos de su sacrificio, instituyó el Sacramento de la Eucaristía, con el fin de que, en cada ocasión que celebremos el mismo, recordemos que, por muy graves que puedan llegar a ser las causas por las que sufriremos en nuestras vidas, más grande es el amor del Dios que, sin tener necesidad de nosotros, no sólo nos dio la vida, sino que nos purificó del pecado, y nos predestinó para que alcanzáramos la plenitud de la felicidad en su Reino, del cual es la Iglesia terrena y purgante la imagen viva e imperfecta, que espera ser transfigurada y configurada a la semejanza espiritual de su Creador.
Aunque el Dios Uno y Trino nos ama incondicionalmente, Jesús nos impone una condición para que podamos ser sus amigos, así pues, el Mesías les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 14).
¿En qué se diferencia Jesús de quienes les dicen a sus familiares y amigos que si quieren ser amados por ellos los tales han de someterse al cumplimiento de su voluntad? Nuestro Señor se diferencia de esas personas en que, mientras que las mismas dominan a quienes desean ser amados por ellas, el Hijo de Dios y María nos insta a hacer lo que tenemos que hacer para alcanzar la plenitud de la felicidad, lo cual consiste en aplicarnos las siguientes palabras de Nuestro Salvador: (MC. 12, 30-31).
Es admirable el hecho de contemplar al mismo Hijo de Dios lavándoles los pies a sus seguidores (JN. 13, 3-5).
¿Por qué les lavó Jesús los pies a sus seguidores? (JN. 13, 13-15).
¿Verdaderamente quiere Dios que sirvamos a nuestros prójimos los hombres? (FLP. 2, 3).
Aunque hemos de ser cuidadosos a la hora de cumplir el citado precepto paulino porque si damos todas nuestras pertenencias cometeremos el gran pecado de dejar de atender a los que viven bajo nuestro techo, es totalmente cierto que debemos amar a nuestros prójimos, en cumplimiento del nuevo y eterno Mandamiento de nuestro Hermano y Señor Jesucristo (JN. 15, 12).
El Profeta Isaías nos demuestra el gran amor de Nuestro Salvador para con nosotros (IS. 50, 4-9).
1-2. La confianza y la entrega de Jesús al cumplimiento de la voluntad de Dios.
La confianza de Jesús en Nuestro Padre común siempre fue absoluta (JN. 17, 4-5; 13, 3; 10, 17-18).
A pesar de la gran misión que Nuestro Señor llevó a cabo a petición de Nuestro Padre común, ¿qué decía Jesús de Sí mismo? (JN. 5, 30-31. 36).
1-3. La institución de la Eucaristía. Imitemos la entrega generosa del Señor a Nuestro Padre común sirviendo a nuestros prójimos los hombres.
(1 COR. 11, 23-26). Quienes nos hemos interrogado con respecto a nuestro origen, el sentido de las circunstancias que vivimos, y el destino que nos aguarda cuando concluya el tiempo en que hemos de ser probados, cuando nos preguntamos qué es lo que Nuestro Padre común quiere de nosotros, nos llenamos de alegría al recordar los siguientes textos bíblicos, en los que se responde el último interrogante que nos hemos planteado claramente: (JN. 6, 29. AM. 5, 24).
Si creemos en Jesús, hemos de dar por supuesto que desearemos vivir imitando al Hijo de María en el ejercicio de sus dones y virtudes, de tal manera que el mundo reconocerá que somos cristianos, y no nos avergonzaremos de ello.
Si creemos en Jesús, llevemos a cabo las obras características de la fe que tenemos, según nos habla de ello Santiago en su Epístola Universal (ST. 1, 27).
Si creemos en Jesús, tendremos fe en que las dificultades que vivimos actualmente no se prolongarán durante todos los años de nuestras vidas, y, si circunstancialmente vivimos las mismas siempre, la fe que profesamos en Dios, nos ayudará a vivirlas dignamente (ST. 1, 12).
¿Cómo podremos mantenernos firmes en la profesión de nuestra fe si vivimos en un mundo que se niega a creer en Dios? En cierta ocasión, Jesús dijo: (LC. 18, 8B).
(1 TES. 5, 21). Aún en nuestros días hay muchos cristianos que no se han percatado de que ha pasado el tiempo de la Ley de Moisés, los cuales mantienen la creencia de que Dios no los salvará por la vivencia de la fe que nos caracteriza, sino por su escrupuloso cumplimiento de la Ley mosaica. Esos cristianos no se cansan de decirnos que nos privemos de leer ciertos libros, y que no nos juntemos con quienes rechazan a Dios, con tal de evitar la posibilidad de pecar a toda costa. Si leemos atentamente la primera Carta de San Pablo a los cristianos de Corinto, nos llevamos una sorpresa mayúscula, pues el citado Apóstol escribió: (1 COR. 5, 11). No podemos evitar el trato con quienes no comparten nuestras creencias ni debemos tener el más mínimo deseo de hacerlo, porque Dios nos ha hecho cristianos, no para que nos escondamos de los hombres, sino para que evangelicemos a los cristianos del futuro. Lo que San Pablo nos dice es que no tengamos trato familiar con los que se dicen cristianos e incumplen la voluntad de Dios, con el fin de que los mismos, al sentirse necesitados del amor de sus hermanos en la fe, se sientan motivados a corregir su conducta pecadora.
2. Cuando concluya el tiempo de nuestra prueba seremos glorificados.
2-1. No perdamos la fe en el Dios Uno y Trino.
(1 TES. 2, 13). Jesús sabía perfectamente que cuando sus seguidores dejaran de verle la mayoría de los mismos perderían la fe. Nosotros también podemos perder la fe cuando sufrimos por la pérdida del empleo, el fallecimiento de nuestros familiares y amigos queridos, y otras causas tales como desavenencias familiares. Jesús nos anima enérgicamente a que no dejemos de creer ni en el Padre ni en Él (JN. 14, 1-3; 16, 33).
2-2. Jesús oró en Getsemaní.
(LC. 22, 39). Con las manos humedecidas por haberles lavado los pies a sus seguidores, y con el corazón sangrante de emoción por haber prefigurado su entrega sacrificial en el primer sacrificio eucarístico, Jesús salió del Cenáculo, y, acompañado por sus seguidores, se dirigió al monte de los Olivos.
Aunque como cristianos conocedores en parte de la fe que profesamos que somos, aún no podemos responder todas las preguntas relacionadas con el dolor que embarga al mundo, nos vemos necesitados de seguir buscando respuestas, viviendo nuestras experiencias amargas, y caminando sobre los pasos de Nuestro Señor, para ver, nuevamente, sudando sangre, al Redentor de nuestra alma.
Cuando intentamos saber por qué sufrimos más o menos tiempo durante los años que vivimos, los Evangelistas nos muestran la trágica y sorprendente imagen de un Dios destrozado por el mismo dolor que asola a la humanidad.
Con tal de explicar la existencia del sufrimiento, muchos autores han supuesto que padecemos en razón de la culpa causada por el pecado de desobediencia de Adán y Eva. Cuando desde el punto de vista tanto de la Filosofía como de la Psicología moderna se ha objetado que este hecho hace que Nuestro Padre común sea injusto, porque cada cual debe pagar sus propios errores, se nos ha dicho que sufrimos en pago de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. Por si este tema no se hubiera complicado hasta el punto de llegar a convertirse en uno de los puntos por cuya interpretación el conjunto de los cristianos estamos divididos en diferentes iglesias y/o congregaciones, sucede que los autores bíblicos también están divididos en la interpretación de este tema controversial.
No hacemos bien al pensar que sufrimos por causa de la conducta que observamos, ni porque Dios quiere que tengamos esa experiencia, por una causa que, si no descubrimos a lo largo de nuestra vida actual, nos será manifestada por el mismo Dios, cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
¿Cómo podemos acompañar al Señor al monte de los Olivos? Isaías responde esta pregunta en su Profecía, cuando nos dice: (IS. 40, 1).
Ciertamente a Jesús no le va a servir de nada el hecho de que lloremos meditando su Pasión y muerte ni que imitemos a los andaluces que comen limones viendo los desfiles de Semana Santa empeñados en sentir la amargura que padeció el Mesías durante las horas que se prolongaron sus torturas, pero Jesús sí se va a sentir satisfecho si nos esforzamos, no en vivir el drama de su Pasión para olvidarnos de Él posteriormente, sino en acompañar a los que sufren e intentar consolar a los mismos en conformidad con las posibilidades que tenemos para llevar a cabo el citado propósito.
(LC. 22, 40). En esta noche en que vamos a permanecer en actitud orante acompañando al Señor en su lenta agonía, pidámosle a Nuestro Padre común que, tanto al contemplar el sufrimiento del mundo en la Persona de Nuestro Salvador, como al pensar en las dificultades que marcan nuestras vidas, no sintamos la tentación, ni de dejar de creer en Él, ni de dejar de intentar superar en conformidad con nuestras posibilidades las causas que nos entristecen (ST. 1, 13-17).
(LC. 22, 41-42). ¿Tenemos valor para decirle a Nuestro Padre común, cuando estamos contemplando a uno de nuestros familiares moribundo, que se haga su voluntad, a pesar de que la misma puede no ser la nuestra?
(LC. 22, 43). ¿Hemos experimentado la fortaleza de Dios en nuestras tribulaciones, hora a través de la Biblia, nuestros familiares o el sacerdote de la Iglesia en que celebramos la Eucaristía?
¿Qué podemos hacer cuando creamos que nuestros problemas carecen de solución? (LC. 22, 44).
Aunque puede explicarse el hecho de que Nuestro Señor sudó sangre científicamente, Jesús nos dio ejemplo de mantención de la fe y de actitud orante en sus dificultades.
(LC. 22, 45-46). Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que, cuando tengamos que padecer por cualquier causa, que el sufrimiento no nos deje inactivos como les sucedió a los Apóstoles en Getsemaní, sino que el Espíritu Santo nos ayude a vivir bajo la inspiración divina, a fin de que podamos cumplir la voluntad de Nuestro Padre común.
joseportilloperez@gmail.com
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