Meditación.
Hubo un tiempo en que los padres del Bautista se sentían castigados por la ira de Dios, pues, uno de los dos, era estéril, y, según el sexismo dominante en aquel tiempo, se decía que era Isabel la que no podía tener hijos. Tanto Zacarías como su mujer, eran de edad avanzada. Cierto día, estaba Zacarías rindiéndole culto a Dios, cuando un ángel del Señor, le comunicó que sería padre del Precursor del Mesías, quien había de redimir a su pueblo de sus propios prejuicios.
Juan Bautista hizo que mucha gente se preparara espiritualmente a recibir al Mesías, pues este estaba por llegar a Palestina. Juan, el último de los Profetas del Antiguo Pacto o Testamento, fue un predicador valiente, hecho que le costó la vida, convirtiéndolo en un nuevo Mártir del libro de la vida, en el cual, según el Apocalipsis de San Juan Apóstol, constan los nombres de los hijos de Dios.
Jesús recibió la comunicación de la muerte de su pariente Juan, y decidió retirarse a orar en la soledad, porque su alma se llenó de tristeza, pero, la gente, no permitió que el Señor estuviera sólo. Jesús no podía descansar, no encontraba un segundo para llorar su dolor, y fortalecer su espíritu orando como solía hacerlo cada vez que lo necesitaba. Viendo Jesús que aquella gran multitud era semejante a un rebaño de ovejas sin pastor, fortaleció su espíritu obrando misericordiosamente, multiplicando panes y peces, para alimentar a la multitud. Hay un hecho muy significativo en la multiplicación de los panes, pues, los alimentos no eran del Señor, sino, de algunos miembros de la multitud. Pongamos nuestras virtudes y dones en las manos del Señor, y que Él nos haga rendir fruto, multiplicando nuestros actos de misericordia y oraciones, para que así anticipemos la Parusía o segunda venida de Nuestro Señor.
Hay momentos en nuestra vida en que nos sentimos cansados, exasperados.
¿Quién podría contarnos lo que significa padecer un ataque de pánico?
¿Quién puede darnos testimonio de una vivencia sin esperanza?
Todos sabemos del esfuerzo con que Jesús predicaba, y del propósito con que llevaba a cabo sus prodigios.
Nuestro Señor era consciente del tormento que le había de llevar al suplicio de la crucifixión, de igual manera que no ignoraba el martirio que aguardaba a muchos de sus seguidores.
Si Jesús que fue el fundador de la Iglesia fue rechazado por quienes no creían en Él, ¿qué no había de hacerse con muchos de sus seguidores?
Si leemos los versículos 10-13 del capítulo 20 de la Profecía de Jeremías, nos encontramos con un Profeta tan torturado y desesperado, que llegó a desear que Dios vengara sus sufrimientos. Jesús no tiene malos deseos con respecto a los pecadores y a quienes no creen en Él, pero también desea la felicidad y la paz de que carecen quienes no conocen la Buena Nueva del Reino de Dios. Jesús se sintió impotente ante lo mucho que tenía que decir y hacer, pues tenía muy poco tiempo para llevar a cabo su obra salvífica en Palestina, y su predicación no tenía mucho éxito entre quienes le oían.
Supongamos que preparamos un discurso y predicamos ante un cierto número de personas, las cuales no creen nuestras palabras. A pesar de que podemos desanimarnos, podemos buscar el consuelo de nuestros amigos y familiares, ya que ellos nos comprenden. Jesús, no sólo estaba rodeado de incomprensión, pues, como sabemos, luchó hasta morir crucificado. Jesús no podía recurrir a Santa María cada vez que era incomprendido por alguien. Tras pronunciar su discurso, Jesús tenía que explicarles lo que había dicho a los Apóstoles, la mayoría de los cuales, no eran expertos en interpretación bíblica precisamente. Pensemos en un hombre que conduce un coche a gran velocidad, y está a punto de caer por un precipicio que está al final del camino. Imaginemos cuál sería nuestra impotencia al estar a punto de contemplar una muerte inevitable. Jesús era consciente de la infelicidad que vivían quienes se apegaban a los bienes materiales, en lugar de abogar el amor de sus prójimos los hombres.
joseportilloperez@gmail.com
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