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Meditación para la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista (24 de junio).

   Meditación.

   Estimados hermanos y amigos:

   Este día, en lugar de meditar los textos litúrgicos correspondientes al Domingo de la semana XII del Tiempo Ordinario, consideramos las lecturas correspondientes a la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, el Precursor del Mesías.

   Cuando fuimos niños, nuestros padres empezaron a formarnos para que llegáramos a ser hombres y mujeres de provecho al alcanzar la edad adulta, y, paralelamente a la recepción de la citada formación, muchos tuvimos la oportunidad de crecer espiritualmente, lo cual, además de sernos útil para adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos ayudó a comprender la importancia que tiene, el hecho de servir a Nuestro Santo Padre, en quienes tienen carencias espirituales y materiales.

   San Juan Bautista no vino al mundo para buscar la manera de obtener una formación que le ayudara a abrirse puertas para alcanzar una buena posición social, sino para preparar a sus hermanos de raza a recuperar la fe original de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, que había sido manipulada conscientemente, para ser adaptada, a las creencias de las diversas ramas, en que se dividió el Judaísmo, con el paso de los siglos. Esto fue precisamente lo que oyó Zacarías, -el padre del citado profeta-, en el templo de Jerusalén, cuando le dijo el ángel que le reveló que sería padre (LC. 1, 16-17).

   Los padres citados en el texto que estamos considerando, son los Patriarcas de Israel, y, los rebeldes, son los hebreos que, a través del paso de los siglos, modificaron la comprensión de las Sagradas Escrituras, para adaptar a los creyentes, a la consecución de sus propósitos, que no estaban relacionados, precisamente, con la espiritualidad. Tales rebeldes tenían que ser justos, es decir, tenían que creer en Dios y someterse al cumplimiento de su voluntad, pues en ello consistía la misión del citado Profeta.

   (LC. 1, 57-64). San Juan Bautista tenía que haber tenido el nombre de su abuelo paterno según la tradición de sus hermanos de raza, pero, debido a que su padre era de edad avanzada, lo lógico hubiera sido que hubiera sido llamado con el nombre de su antecesor, pero Dios quiso que se llamara Juan, para indicar que, después de venir el Mesías al mundo, serían renovadas las creencias de quienes creyeran en Yahveh, siguiendo la predicación de Nuestro Señor Jesucristo.

   El hecho de que San Juan no fuera llamado con el nombre de su abuelo ni de su padre es importante para nosotros, pues nos recuerda que el Señor quiere innovar en nuestra vida, haciendo de la humanidad una gran familia, pues quiere que le ayudemos a lograr su objetivo. A veces no se puede llevar a cabo la realización del designio divino de purificar, santificar y salvar a la humanidad sin violencia. En el texto que estamos considerando, nos encontramos con el hombre que tenía potestad para ponerle nombre a su hijo mudo, y con una mujer que, sin tener poder para romper una tradición ancestral, les comunicó a sus familiares y conocidos, que su hijo tenía que tener un nombre nuevo. A nosotros nos parece imposible el hecho de que Dios logre santificarnos si no nos saca de este mundo en que hay tanta gente egoísta, pero necesitamos confiar en Él, pues sabe cómo ha de conducirnos a su presencia.

   El Nacimiento del Bautista asombró a quienes tuvieron noticias de cómo desapareció el impedimento que Zacarías tenía para hablar (LC. 1, 65-66<).

   Si recordamos cómo Zacarías quedó mudo en el Templo de Jerusalén, podemos pensar en el hecho de que no queremos evitar dejar de cumplir la voluntad de Dios.

   (LC. 1, 18-20). Zacarías estuvo mudo mientras no creyó en Dios, pero tuvo nuevamente la facultad de hablar, cuando recuperó la fe. Ello nos indica que la voluntad de Dios prevalecerá sobre los deseos de quienes se oponen al cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre común.

   Es sorprendente el hecho de que Zacarías, a pesar de que era sacerdote, no creía en Dios, tal como lo hacía Nuestra Santa Madre, quien, quizás con una instrucción religiosa muy deficiente, optó por cumplir la voluntad divina poniendo su vida en peligro, dado que San José tenía potestad para denunciarla por haber cometido supuestamente adulterio contra él.

   María, -como sabemos-, no le fue infiel a su futuro marido, pero, ¿cómo podía demostrarle que Jesús fue engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo?

   Entre todas las mujeres de Israel, ¿por qué había tenido que ser precisamente ella la escogida por Dios para que su enviado se encarnara en sus entrañas? (LC. 1, 28-29).

   ¿En qué se diferenciaban las actitudes de Zacarías y María ante las revelaciones que les fueron hechas? Mientras que el primero dio por sentado que el anuncio que San Gabriel le hizo era falso, Nuestra Santa Madre quiso saber, cómo sin haber mantenido relaciones conyugales, sería posible, que ella fuera Madre. A Dios no le importa que sintamos curiosidad a la hora de indagar cómo hace las cosas, pero no desea que desconfiemos de Él. De nada nos sirve tener una gran formación en el conocimiento de la Palabra de Dios, si, cuando tenemos que demostrar que tenemos fe, descubrimos que, nuestros amplios conocimientos, no nos han sido útiles, para lograr creer en Nuestro Padre común (LC. 1, 34).

   Recordemos que Jesús predicaba usando parábolas, las cuales solo les eran explicadas a quienes llegaron a ser los Doce Apóstoles. Bajo nuestra perspectiva humana, hubiera sido deseable que el señor les expusiera detalladamente sus alegorías a quienes oían sus predicaciones, con el fin de hacer que su mensaje hubiera sido comprendido de igual manera por todos ellos, pero Nuestro Salvador quiere que todos lleguemos a su conocimiento, dejándonos inspirar por el Espíritu Santo, y utilizando nuestras facultades mentales, para descubrir su designio salvífico, sobre nosotros. Os digo esto por causa de las cartas que recibo de catequistas que se quejan de que la instrucción religiosa que les imparten a los niños y jóvenes es insuficiente, pues parece ser que los tales no actúan como verdaderos creyentes. Yo les digo a quienes me escriben dichas cartas que, quienes predicamos el Evangelio, no tenemos la capacidad de averiguar hasta qué punto se hacen creyentes quienes nos oyen, por lo cual, aunque tengamos la impresión de que nuestra actividad evangelizadora es infructífera, al ser conscientes de que anunciamos la Palabra de Dios, tenemos que dejar que el Espíritu Santo recoja el fruto de nuestra siembra, pues, aunque Dios es buen pagador de sus servidores, no podemos constatar hasta qué punto llegan a creer en Dios, quienes oyen nuestras charlas, o leen nuestras publicaciones (LC. 1, 80).

   ¿Se esfuerzan los padres cristianos en compaginar la formación escolar de sus hijos con el crecimiento espiritual que les es necesario para amoldarse al cumplimiento de la voluntad de Dios? Recordemos que la sencilla instrucción que los niños reciben antes de comulgar por primera vez, no les es suficiente para afrontar y confrontar las posibles dificultades que tendrán que tener, ni para desear vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Creador.

   Al recordar cómo San Juan Bautista se ocultó del mundo para evitar cometer los pecados con que muchos de sus hermanos de raza renunciaron a la fe que debían profesar, podemos pensar que se equivocó de camino, porque Jesús hizo todo lo contrario que él, -es decir, el Señor, en lugar de hacerse buscar por la gente, buscó a las ovejas perdidas de Israel-. A pesar de la creencia que muchos albergan de que el Santo cuya Natividad estamos celebrando era un fanático religioso, podemos pensar si tenemos una fe como la suya, a la hora de rechazar la realización de acciones contrarias al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre (LC. 3, 10-14). En lugar de pensar que San Juan era un fanático, pensemos si tenemos su valentía, tanto para predicar el Evangelio, como para vivir como buenos cristianos. Quizás podemos tener la pretensión de ser como aquellos fariseos que creían que podían comprar la salvación cumpliendo los preceptos de la Ley de Moisés, que ellos mismos modificaron, adaptándola a la consecución  de sus intereses materiales, al mismo tiempo que satanizaban a quienes incumplían tales mandamientos. Quizás somos como los saduceos que se aprovechaban de la religiosidad popular para enriquecerse, o somos como los esenios que, con tal de evitar la comisión de pecados, se aislaban en el desierto, olvidando que la santificación no solo se obtiene estudiando y orando, pues, en tal proceso, es fundamental la práctica de todo lo aprendido, durante muchos años de intensa formación doctrinal.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús, que nos ayude a ser como Él, y que nos permita experimentar la presencia de Dios, tanto en las horas de formación y oración, como a la hora de servir a Nuestro Santo Padre, en quienes tienen carencias materiales y espirituales.

joseportilloperez@gmail.com

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