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Bendito sea Dios, porque envió a Israel a un gran Profeta, quien fue Precursor del Mesías. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la Misa del día de la solemnidad de la natividad de San Juan Bautista. 24 de junio).

   Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista de los Ciclos A, B y C (24 de junio).

   Misa del día.

   Bendito sea Dios, porque envió a Israel a un gran Profeta, quien fue Precursor del Mesías.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 57-66. 80.

   Lectura introductoria: (IS 40, 1-5).

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Hoy celebramos el nacimiento de aquel mensajero divino de quien Jesús dijo que es "más que un profeta" (MT. 11, 9). Los profetas son los mensajeros elegidos por dios para predicar su Palabra, y, en ciertas ocasiones, para vaticinar los acontecimientos futuros. San Juan Bautista fue considerado por Nuestro Salvador como superior a cualquier profeta, por cuanto se le confió la misión, de disponer a sus hermanos de raza, a recibir al Mesías. A pesar de la grandeza del Santo cuya natividad estamos conmemorando, Jesús dijo en cierta ocasión, las palabras que leemos en MT. 11, 11.

   ¿Cómo pudo ser el más importante de los Profetas bíblicos al mismo tiempo el más grande de los nacidos de mujer e inferior al miembro menos importante del Reino de Dios? San Juan fue grande porque cumplió cabalmente la misión que le fue encomendada por Nuestro Padre celestial, y, al mismo tiempo, fue pequeño, por cuanto sirvió a quienes le oyeron predicar, haciendo acopio, de una ejemplar humildad. Es importante pensar que San Juan murió sin verificar la realización de la obra redentora de Nuestro Salvador, tal como pudieron hacerlo, aquellos de sus seguidores, que se hicieron cristianos.

   Orar es desear cumplir nuestros deberes personales, sociales y religiosos con la perfección que San Juan dispuso a quienes creyeron su mensaje a recibir al Mesías, y con la humildad característica del Santo cuya natividad estamos conmemorando. Sintámonos importantes porque somos hijos de Dios, y pequeños, para que, nuestra soberbia humana, no interfiera negativamente, en el cumplimiento de nuestros deberes, produciendo el efecto de que, nuestro mal ejemplo de profesión de fe, impida que, los no creyentes, y los creyentes poco formados, deseen aumentar su conocimiento de Dios, y amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.

   Tal como se cumplió el tiempo en que Isabel dio a luz a su hijo Juan, llegará el día en que Dios cumplirá la promesa de exterminar el padecimiento y la muerte, y de conducirnos a su presencia. Dios logró que, de una mujer estéril, naciera el mayor de los profetas. Dios tiene la costumbre de actuar en las circunstancias que nos hacen perder la fe en ciertas ocasiones, si creemos que nos es imposible superarlas.

   Los parientes y vecinos de Isabel se congratularon con ella, cuando comprendieron que Yahveh la bendijo con el don de la maternidad, pero se enfrentaron a ella, cuando no quiso ponerle a su hijo el nombre de su marido, o del padre de Zacarías. Ello nos enseña que, independientemente de que seamos alabados, los cristianos necesitamos tener muy claro lo que podemos hacer en cada circunstancia que vivimos, tal como Isabel quiso cumplir el mandato angélico de que su hijo se llamara Juan, pese a la oposición que empezó a enfrentar, sin tener la potestad legal necesaria para ello, por ser mujer.

   Zacarías recuperó la voz cuando escribió en una tablilla que su hijo se llamaría Juan. Este hecho nos recuerda que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, más necesitamos aferrarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, quien, cuando menos lo esperemos, nos hará comprender cómo los problemas que tenemos, nos son útiles, para crecer espiritualmente.

   Los parientes y vecinos de los padres de San Juan, se maravillaban por causa de los hechos relacionados con la Natividad de dicho Santo. Ello nos recuerda que es de vital importancia no perder el asombro y la alegría que nos produce el hecho de sentirnos amados por Dios, porque, si nos acostumbramos a pensar que somos merecedores de todo tipo de dádivas celestiales, perderemos el interés en tener fe, y, por ello, dejaremos de crecer espiritualmente, y nos dejaremos arrastrar al campo de quienes quieran que cambiemos nuestras creencias por las suyas, conforme pase el tiempo, y se nos debilite la fe.

   San Juan creció y se fortaleció física y espiritualmente, y completó su instrucción religiosa en el desierto, entre los rígidos esenios, que vivían separados del mundo, para evitar cometer los pecados que, a su juicio, cometía la mayoría de la gente. Si bien este hecho puede hacernos ver al citado Santo como un fanático religioso, si lo miramos positivamente, puede ayudarnos a defender nuestras creencias, cuando se nos invita a perder la fe, en Dios, en nuestros prójimos los hombres, y, en nosotros.

   Oremos:

"ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO"

Espíritu Santo, hoy quiero hablar contigo. Concédeme la luz y la paz
interior para ir hablándote paso a paso y sentirme escuchado.
Hoy es tiempo de una gran prueba interior, tu purificación para
conmigo. Te siento como el Podador, estás arrancando de cuajo lo que
no sirve y preparas el terreno para que ello suceda: una prueba aquí,
una cruz allá, un disgusto aquí, una resistencia acá. Estás
transparentando la toma de conciencia de mis propias respuestas
interiores para convertirme.
Recuerdo a San Juan de la Cruz cuando dice que al investir esa llama
de amor y de fuego en que consiste la purificación, el Espíritu Santo
nos da la luz a nuestro ojo espiritual, para poder ver con toda
claridad nuestra naturaleza humana: miseria.
Sé que tu forma de amarme es purificarme. ¿pero cuál es hoy mi
respuesta?
En la alternativa, sabes que muchas veces elijo mi propio parecer y
evado la respuesta evangélica que me haría vivir en paz y hasta
soportar con alegría la cruz.
Me doy cuenta que aspiro a pensar y a actuar sobrenaturalmente con
medios y actitudes exclusivamente humanos, apareciendo entonces por
doquier, las contradicciones que frustran, desconsuelan y angustian.
Te estoy escuchando: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos... Sin
mí no podéis hacer nada". En estos momentos quiero comenzar algo
distinto: AYÚDAME, ven con tu hierro candente, cámbiame, transfórmame
y que aprenda a orar incesantemente noche y día contigo.
No quiero contar más conmigo, deseo vencer mi orgullo y dar un paso
de humildad: Sin ti, no puedo hacer nada y nada soy. Espero verte
cara a cara en el misterio, charlar juntos con confianza y fe, sin
miedos y sin culpas.
Tú resucitaste, estás en espíritu y verdad, aquí, ahora, junto a mí.
Acepta mis miserias, te las entrego como lo único que puedo ofrecerte
y háblame al oído con tu delicada dulzura.
AMÉN.
(Desconozco el autor).

   2. Leemos atentamente LC. 1, 57-66. 80, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 1, 57-66. 80.

   3-1. El sufrimiento de los justos (LC. 1, 5-7).

   Si los padres de San Juan Bautista eran buenos creyentes en Dios y cumplían perfectamente las prescripciones características del Judaísmo, ¿por qué no pudieron tener un hijo?

   ¿Ignoraba Dios que las mujeres estériles eran consideradas malditas por Él a causa de los supuestos pecados que cometieron ellas o sus antepasados?

   Aunque con respecto al sufrimiento de los justos lo único que sabemos es que les sirve para crecer espiritualmente si son capaces de superar los sentimientos de desesperación e impotencia que pueden embargar sus corazones, somos conscientes de que, independientemente de nuestra justicia, nuestra vida es un camino de crecimiento y superación. Veamos lo que le sucedió al padre de San Juan, a este respecto (LC. 1, 11-20).

   Aunque no me es posible considerar profundamente el texto de San Lucas que hemos recordado para que esta publicación pueda llegar a todas las listas de correo en que será publicada, es interesante constatar cómo, a pesar de que Zacarías era sacerdote, no creyó la revelación angélica que recibió. Imaginemos a un líder religioso cristiano que, después de pasar 50 años predicando el Evangelio, recibe una revelación angélica, y no cree que la misma sea veraz. Al recordar LC. 1, 6, donde se nos indica que los padres del Bautista "eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor", dado que Zacarías demostró que su fe en Yahveh era débil o inexistente, nos preguntamos: ¿Cumplía Zacarías las prescripciones religiosas de su religión por rutina?

   Veamos lo que le sucedió a Isabel (LC. 1, 24-25). Isabel se recluyó en su casa cuando supo que estaba embarazada, pensando que Dios la había librado de ser el objeto del desprecio de quienes la consideraban maldita. Desde el punto de vista del Cristianismo, hubiera sido deseable que Isabel hubiera salido a la calle, y hubiera dado a conocer alegremente lo que el Señor Dios hizo en su vida.

   Zacarías tuvo que aprender a confiar en Dios, e Isabel tuvo que hacerse fuerte ante una sociedad que consideraba a las mujeres prácticamente como si fueran esclavas. Teniendo en cuenta estos ejemplos, ¿nos resulta más fácil saber en qué sentido les es útil el hecho de padecer a los justos?

   En lugar de perder el tiempo preguntándonos por qué sufrimos, preguntémonos: ¿Qué enseñanzas nos aportarán las experiencias difíciles que vivimos?

   3-2. ¿Creemos que Dios cumplirá la promesa de exterminar el pecado, el sufrimiento y la muerte, y de conducirnos a su presencia? (LC. 1, 57).

   Es ley de vida el hecho de vivir esperando y planeando lo que haremos en el futuro. Los niños desean crecer, y los adultos desean trabajar, casarse y constituirse en familias o consagrarse al servicio de Dios. El día que dejemos de planear lo que haremos en el futuro, nos sucederá que perderemos el deseo de vivir.

   Imaginemos cómo debió sentirse Isabel cuando se quedó embarazada, y cómo debió sentirse, cuando dio a luz, a un niño fuerte y sano.

   Recordemos cómo nos hemos sentido en cada ocasión que nuestros esfuerzos han producido resultados muy satisfactorios, y en que hemos alcanzado metas muy añoradas, o hemos superado circunstancias difíciles.

   ¿Cómo nos sentiremos cuando constatemos que Dios ha cumplido la promesa de salvarnos?

   3-3. No nos dejemos influir por quienes desean que perdamos la fe para llevarnos a su terreno (LC. 1, 58-62).

   Los parientes y vecinos de Zacarías e Isabel se alegraron cuando comprobaron que la madre de San Juan había superado la esterilidad, y la felicitaron por ello, y, al mismo tiempo, se enfrentaron a ella, porque no quiso ponerle a su hijo el nombre de su suegro, ni el de su marido, en conformidad con la tradición que observaban escrupulosamente. De este hecho se deducen importantes enseñanzas para nosotros.

   1. Evitemos marginar a quienes no tienen creencias idénticas a las nuestras. Podemos dar a conocer nuestras creencias y hacer que nuestros oyentes las acepten si las consideran razonables, pero no nos es lícito despreciar a quienes no comparten plenamente nuestra manera de pensar.

   2. Si estamos seguros de nuestras creencias, -a menos que se nos demuestre que no son ciertas-, las defenderemos, no porque somos fanáticos, sino porque, independientemente de que seamos religiosos, si nos impiden vivir en base a nuestras creencias, nuestra existencia corre el peligro de perder su sentido.

   La circuncisión era para los judíos lo que el Bautismo es para los cristianos, -es decir, el acceso a la posibilidad de conocer a Dios, tener fe en Él, y cumplir su voluntad-. La valentía que tuvo Isabel de insistir en que su hijo se llamara Juan sin tener la potestad legal necesaria para ello, nos enseña cómo ha de ser nuestra profesión de fe.

   3-4. Que la gravedad de nuestras dificultades no nos impida relacionarnos con Dios (LC. 1, 63-64).

   El hecho de que Zacarías quedara mudo al no creer la revelación angélica del nacimiento de su hijo, significa que, cuando no conocemos a Dios, ni tenemos fe en Él, no podemos ser creyentes ejemplares, que deben ser imitados, por los seguidores del Señor. Nadie puede creer lo que desconoce, ni profesar durante toda su vida fielmente, una fe que no le caracteriza.

   Cuando Zacarías escribió que su hijo debía llamarse Juan, desapareció la enfermedad que le impedía hablar y escuchar, y bendijo a Dios. Ello nos recuerda que, cuanto más grandes son nuestra fe y el conocimiento de Dios que tenemos, mejor podemos servir y alabar, a Nuestro Padre común.

   Tal como Zacarías no se alejó de Dios durante el tiempo que se prolongó su enfermedad, cuanto más graves sean nuestras dificultades, acerquémonos más a Dios, pues Él nos ayudará a solventar unos problemas, y a convivir con otros, de los que obtendremos enseñanzas cruciales, que nos posibilitarán el crecimiento espiritual que necesitamos, para estar dispuestos a vivir, en la presencia de Nuestro Padre celestial.

   3-5. La reacción de los parientes y vecinos de los padres de San Juan (LC. 1, 65-66).

   Dado que los parientes y vecinos de Zacarías e Isabel constataron que una mujer mayor de edad a la que consideraban estéril tuvo un hijo, y vieron que Zacarías, siendo sordomudo, quedó sano de su enfermedad, sintieron un gran temor. Para comprender dicho sentimiento, nos es necesario recordar que los judíos tenían miedo de estar en la presencia de Dios, porque se sabían muy inferiores a su Creador, y pecadores. A pesar de ello, la mezcla de gozo y temor que sintieron, debió acrecentar la fe de muchos de ellos, que debían vivir deseando ver señales celestiales, dado que hacía siglos que no surgían profetas en Israel.

   Los parientes y vecinos de los padres del Bautista, no se preguntaron: "¿Qué milagros hará Dios por medio de este niño?", sino: ¿Qué será este niño?". También los católicos con escaso conocimiento de Dios, pueden recurrir más a los Santos, que al Dios Uno y Trino, confundiendo la adoración con la veneración, y, por tanto, idolatrando a los Santos.

   3-6. El desierto (LC. 1, 80).

   El Bautista creció y se fortaleció física y espiritualmente, y convivió entre los esenios, de quienes recibió una buena instrucción religiosa.

   Oremos y esforcémonos para que los cristianos del futuro puedan crecer y superarse física y espiritualmente, y salgan vencedores de las pruebas que deban superar en el desierto en que se les debe aumentar la fe, para que sean excelentes ejemplos de fe viva a imitar.

   3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 57-66. 80 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. Si los Padres de San Juan Bautista eran buenos creyentes en Dios y cumplían perfectamente las prescripciones características del Judaísmo, ¿por qué no pudieron tener un hijo?
   2. ¿Qué sabemos con respecto al sufrimiento de los justos?
   3. ¿Por qué perdió el futuro padre del Bautista la capacidad de hablar y escuchar?
   4. ¿Por qué no creyó Zacarías la revelación angélica que recibió con respecto al futuro nacimiento de su hijo?
   5. Al igual que le sucedió a Zacarías, ¿cumplimos puntualmente las prescripciones relativas a nuestra Iglesia -o Congregación-, y carecemos de fe en Dios?
   6. ¿Cumplimos nuestras prescripciones religiosas porque tenemos fe en Dios, o porque ello es una rutina que observamos desde siempre?
   7. ¿Por qué se recluyó Isabel durante cinco meses cuando supo que estaba embarazada?
   8. ¿Qué aprendieron Zacarías e Isabel?
   9. ¿Sabemos en qué sentido les es útil a los justos el hecho de sufrir?
   10. ¿Por qué no nos es conveniente pasar tiempo pensando en las causas por las que sufrimos, cuando las mismas no son producidas por nosotros, y nos es imposible cambiarlas?
   11. ¿Por qué se convierte el sufrimiento en un reto a superar cuando pensamos que nos aportará enseñanzas que nos posibilitarán el crecimiento espiritual?

   3-2.

   12. ¿Por qué es estimulante vivir pensando lo que haremos en el futuro?
   13. ¿Qué nos sucederá cuando no podamos pensar lo que haremos en el futuro?
   14. ¿Podemos imaginar cómo se sintió Isabel cuando se quedó embarazada, y cuando dio a luz a un niño sano?
   15. ¿Cómo nos hemos sentido cuando nuestros esfuerzos han producido un resultado muy satisfactorio?
   16. ¿Cómo nos hemos sentido cuando hemos alcanzado metas muy añoradas, y hemos superado circunstancias difíciles?
   17. ¿Cómo nos sentiremos cuando constatemos que Dios ha cumplido la promesa de salvarnos?

   3-3.

   18. ¿Cómo reaccionamos cuando nos felicitan por los logros que alcanzamos?
   19. ¿Cómo reaccionamos cuando somos objeto de reproches?
   20. ¿En qué sentido nos beneficia vivir en conformidad con nuestras creencias aunque no se nos comprenda en nuestro ambiente?
   21. ¿Por qué se enfrentaron los judíos a Isabel?
   22. ¿Por qué necesitamos evitar marginar a quienes no comparten nuestras creencias?
   23. ¿Cómo conviene que prediquemos la Palabra de Dios?
   24. ¿Por qué defendemos nuestras creencias independientemente de que seamos religiosos?
   25. ¿En qué sentido necesitamos ser abiertos de mente para estudiar todas las creencias existentes así como la forma de iluminar las mismas gracias a nuestra fe cristiana?
   26. ¿Qué nos enseña la valentía con que Isabel les dijo a sus parientes y vecinos que su hijo se llamaría Juan, en un entorno en que las ideas eran más importantes que las personas?

   3-4.

   27. ¿Qué significa la enfermedad de Zacarías si la equiparamos a nuestra vida de fe?
   28. ¿Qué significa la curación de Zacarías si la equiparamos a nuestro crecimiento espiritual?
   29. ¿Por qué podemos servir y alabar a Dios mejor cuanto más grandes son nuestro conocimiento religioso y la fe que tenemos?
   30. ¿Por qué nos acercamos a Dios más cuanto mayor es la gravedad de nuestras dificultades?

   3-5.

   31. ¿Qué hechos vieron los parientes y vecinos de los padres del Bautista para sentirse alegres?
   32. ¿Cómo justificamos el temor de los judíos?
   33. ¿En qué sentido se beneficiaron los judíos para crecer espiritualmente de los hechos de que fueron testigos?
   34. ¿Distinguimos la diferencia existente entre la idolatría, la hiperdulía y la veneración?

   3-6.

   35. ¿Qué representan las experiencias de desierto para los católicos?
   36. ¿Por qué necesitamos crecer espiritualmente mientras se prolonga nuestra vida?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos MT. 3, 1-12, para conocer el ministerio de San Juan Bautista.

   6. Contemplación.

   Después de haber estado casada durante muchos años, y de haber perdido la esperanza de poder tener un hijo, por alcanzar la mayoría de edad, cierto día, Isabel constató que estaba embarazada, y, meses después, tuvo un hijo sano. Ello nos recuerda que, aunque Dios suele tardar tiempo en concedernos lo que le pedimos, escucha nuestras peticiones, y actúa cuando ello conviene a nuestro crecimiento espiritual.

   A Isabel no debió serle fácil explicarles a sus parientes y vecinos que su hijo tenía que llamarse Juan. Existen situaciones en que, independientemente de que seamos religiosos, tenemos que hacer y decir cosas, que no le gusta a la gente que nos rodea, que son importantes para nosotros.

   Tal como Zacarías bendijo a Dios, hagámoslo también nosotros, cuando sintamos que, el Dios Uno y Trino, actúa en nuestra vida.

   Tal como los judíos difundieron los hechos relacionados con el nacimiento del pequeño Juan, demos a conocer a Nuestro Dios Uno y Trino.

   ¿Pueden hacer los Santos milagros?

   ¿Por qué les rezan los católicos a los Santos, si pueden recurrir directamente a Dios?

   ¿Podemos quienes no estamos inscritos en el Santoral interceder ante Dios por los creyentes y los no creyentes?

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 57-66. 80.

   Comprometámonos a planificar nuestro tiempo de formación, acción y oración, para poder crecer espiritualmente.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a sentir el deseo de conocerte y seguirte, porque quiero que mi fe sea fuerte y estable, como lo fue la fe de San Juan Bautista, quien murió defendiendo sus creencias.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Benedictus (LC. 1, 67-79).

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

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