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La alegría cristiana. (Meditación del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   3. La alegría cristiana.

   Meditación de JN. 2, 1-11).

   Quizás nos extrañamos al pensar cómo Jesús, siendo consciente de la misión que tenía que desempeñar, en lugar de dedicarse a atender a los pobres, a los enfermos y a los marginados, tuvo la ocurrencia de asistir a una boda, pensando que no debería haberle dedicado su tiempo a una diversión, teniendo cosas más urgentes que hacer. Si nos extrañamos al pensar que Jesús asistió a una boda, a pesar de que tenía cosas más importantes que hacer, ello sucede, porque no hemos comprendido el significado, de la misión que llevó a cabo, Nuestro Salvador.

   Para comprender la razón por la que Jesús asistió a la boda de Caná, y a otros banquetes a que fue invitado, nos es necesario pensar que Nuestro Dios nos ama a todos, independientemente de que seamos ricos o pobres, y de que estemos sanos o enfermos. Independientemente de la posición social que ocupamos, y del estado de nuestra salud, tenemos algo en común, de lo que Jesús vino a liberarnos: el pecado. No creamos que las celebraciones festivas no son ocasiones propicias para que Dios las aproveche para aumentar el número de quienes lo aceptamos como Padre. A pesar de que muchos cristianos viven su fe más como una tortura física y psíquica que como un motivo de gozo, no olvidemos que Dios quiere que seamos felices, y, las celebraciones familiares y comunitarias, son una estupenda manera, de demostrar la alegría, que debe caracterizar, nuestra profesión de fe.

   Los católicos podemos celebrar fiestas, siempre que no permitamos que los vicios nos dominen, controlemos el gasto que hacemos para divertirnos y asistir a compromisos sociales, no descuidemos por ello el cumplimiento de nuestras obligaciones, y no dejemos de socorrer a los pobres, ni de contribuir al sostenimiento de las obras de la Iglesia.

   Las bodas en el tiempo de Jesús, duraban entre una y dos semanas, si las novias eran solteras, o tres días, si eran viudas. Quienes podían permitírselo, invitaban a todos los habitantes de sus pueblos a las celebraciones de sus uniones conyugales, y , el hecho de no asistir a las mismas, se consideraba como una falta de respeto, hacia los familiares de los contrayentes. El hecho de que los novios se quedaran sin vino, era sumamente vergonzoso, y, por la manía que tenían -y tienen- muchos pueblerinos de echarse en cara los errores que cometen unos a otros, ello se les hubiera recordado a los contrayentes, durante todos los días de su vida, con tal de hacerles sufrir.

   Cuando María supo que los novios se quedaron sin vino, sintió tristeza, a causa de la vergüenza de ellos. Desde el punto de vista lógico, es difícil discernir si María recurrió a Jesús pidiéndole que hiciera un milagro, o si lo hizo con la esperanza de que su Hijo supiera la manera de obtener vino, para resolver el problema tan desagradable, que hubiera puesto fin a la celebración, y hubiera sido un motivo de vergüenza para los recién casados.

   Dado que Jesús le concedió a María lo que le pidió, los cristianos llamamos a Nuestra Santa Madre "Omnipotencia Suplicante".

   Sorprende la respuesta que Jesús le dirigió a su Madre, pero la misma tiene su explicación. Jesús no le dijo a María que no era problema de ambos el hecho de que los novios se hubieran quedado sin vino, sino que aún no había llegado su hora. Hay quienes interpretan tal hora como la hora de la glorificación de Jesús, y hay quienes la interpretan como la muerte y sepultura del Mesías. En el primer caso, Jesús hablaba de la boda mística del Cordero de Dios con la humanidad, y, en el segundo caso, al pensar Jesús que no estaba retenido por la muerte, se mostró dispuesto, a resolverles a los novios su problema.

   Quizás María no comprendió la respuesta de Jesús, pero, a pesar de ello, no perdió la esperanza, en que su Hijo solucionaría, el problema de los recién casados. Ello contiene una enseñanza importante para nosotros. Cuando sintamos que Dios nos ha abandonado, porque no le vemos actuar en nuestra vida, evitemos dejar de creer en Él, y adhirámonos más al cumplimiento de su voluntad, porque Él se nos manifestará, cuando sepa que contribuirá mejor, a purificarnos, y a santificarnos.

   Tengamos en cuenta que Dios no resolverá nuestros problemas como esperamos que lo haga, sino como crea que es mejor para nosotros. No caigamos en la tentación de pensar que Dios nos ha abandonado, justo en el momento en que tiende sus brazos para estrecharnos.

joseportilloperez@gmail.com

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